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El día entre pantanos

En las vacaciones de Navidad era el momento de ver como estaban los pantanos de Entrepeñas y de Buendía después de enterarme que tenían una ocupación del 10% aproximadamente, osea, prácticamente vacíos. También era una ocasión de verlos otra vez tras unos 35 o 40 años que no pasaba por esos lugares.

Mi recuerdo era de unos pantanos enormes y casi llenos, y esta vez, aunque me esperaba una imagen más esperpéntica de los mismos por la sequía que atravesamos, resulta que, a pesar de estar casi vacíos, todavía se ven enormes y con “bastante” agua. Ese 10% de agua que tiene el pantano de Buendía supone casi toda el agua que tienen (a 19-1-18) todos los pantanos de la cuenca del Segura.

Antes de llegar a la presa del embalse de Buendía intenté llegar a la Ruta de las Caras en la orilla del mismo pantano, pero no pude. El camino estaba mojado y en alguna parte hasta embarrado de las lluvias del día anterior, así que, antes de que me quedara atrancado en el barro (que por poco no me quedé) decidí dar media vuelta y volver por donde vine para llegar al verdadero destino de mi excursión.

Cuando el sol llevaba una horica fuera, yo estaba en mitad de la presa viendo lo enorme que es el pantano y que aunque le queda agua está a años luz de estar medianamente lleno. Mis cálculos, a ojo de buen cubero, es que la falta de agua hacía que se vieran unos 60 metros (tal vez más) de pared de la presa, muchos metros teniendo en cuenta que la presa tiene una altura de 80.

Con el silencio de acompañante, el sol mirándome directamente a los ojos y el agua debajo de mi, no podía pedir más que la tranquilidad y la paz que me rodeaba. Maravilloso era ver el color azul de cielo y el agua solo separados por una franja marrón y verde de la tierra y los pinares. Los ánades bañándose, los gorriones piando y el silencio solo era roto por el esporádico rugir de algún motor de los paisanos que se dirigían a sus quehaceres.

El Guadiela seguía su camino al fondo de la presa, y paralelo a él un camino de tierra me llamaba para que lo visitara y me guiara por la pequeña hoz del río, para goce y disfrute de mis sentidos. La pequeña hoz, en cambio, se hacía cada vez más ancha, pues a pocos centenares de metros se encontraban con el Tajo y con otra presa formando el pantano de Bolarque.

A estas horas tan tempranas y en invierno por estos lares no estaba ni el Tato, lo que yo agradecí enormemente. Silencio absoluto solo acompañado de los graznidos (no se si se dice así) de las aves circundantes, que por cierto, con tal que avistaban un leve acercamiento salían despavoridas. Naturaleza en movimiento, pero en modo lento. De vez en cuando me deleitaba con el paisaje, parándome en cualquier pequeño recodo o ensenada para hacer alguna foto. A mitad de camino se encuentra un puentecito que cruza a un camino inexistente o que simplemente nos lleva al otro lado, y que seguramente lo usaran los de las poblaciones de los alrededores para lanzarse al agua en el verano, o en otra época estacional.

Más o menos un kilómetro más allá el camino se cortaba al paso de los vehículos. Allí me paré a ver la situación. Podría haber seguido andando hasta llegar a la ermita de la Virgen de los Desamparados que apenas quedaban unos cientos de metros, pero como todavía me quedaba camino que recorrer, preferí continuar (cosa que luego me arrepentí) con dicho trecho para llegar a casa antes de comer.

El siguiente punto era la otra presa cercana, el embalse de Entrepeñas.

Se tarda poco en llegar y su presa está prácticamente pegada al pueblo de Sacedón. Un poco antes de llegar al muro empecé a parar para realizar las primeras fotos del entorno. Y para eso tuve que salirme de la carretera actual a Guadalajara e ir por la antigua carretera. Desde esta, o saliéndose un poco de la misma, hay lugares ideales para hacer foticos, miradores desde los cuales ver como está de seco el pantano.

La sensación que me dio es que este pantano estaba más seco que el de Buendía, que ya es decir. También puede ser por la orografía del terreno. La presa está más encajonada y el inicio del embalse está entre montañas más elevadas con lo que da la impresión de llevar bastante menos agua. Lo que pasa es que este pantano es muy extenso, además de ir ensancharse mucho en su parte central.

Cuando llegas a la presa por su lado sur, a mano izquierda, sale una carretera que actualmente está cortada por desprendimientos, aunque de vez en cuando salían o entraban coches. Pues en esa intersección se encuentra “El Castillejo”, que es lo que sería una área de descanso (que por las pintas de conservación se debió hacer por la misma época que la presa) con un mirador sobresaliendo para ver la presa y la hoz del río Tajo. Da un poco de cague asomarse pues no sabes si su estado de conservación aguantará el peso o si la barandilla cederá. Aún así saco mi cabeza por encima de la baranda y me asomo al vacío para contemplar la combinación de cables eléctricos con los pinos de ambas laderas.

Como soy un curioso (algo me tenía que dejar mi padre en los genes) bajo andando por la carretera cortada a olisquear un poco del porqué de ese corte al tráfico rodado. En una de las curvas me asomo al precipicio de la hoz y veo como se aleja el río para salir a campo abierto unos cienes de metros más adelante. Justo casi cuando se pierde el río a la vista, se ve la figura de lo que parece un puente romano cruzándolo. Está claro que tenía que ir para allá a afotarlo, pero, claro, si no podía bajar por esa carretera tendría que dar un rodeo de 6 kilómetros, y eso no podía ser. Precisamente en ese momento subía un coche, así que lo paro y le pregunto si ha encontrado la razón del corte, a lo que me contesta que no. Con esta respuesta mi decisión estaba clara, bajaría por esa “peligrosa” carretera.

Es un tramo de un kilómetro escaso, pero es precioso. Ligerísimamente sinuoso y metido como una cueva en la roca por la izquierda, con el bosque de pinos y el río en la derecha, va en continuo descenso hasta la ribera del río donde lo cruza por el puente romano.

El puente viejo, antiguo o viejuno, como vosotros queráis llamarlo, está en un enclave bucólico, el río avanza manso, entre chopos y otras especies de árboles y al llegar al puente el paisaje se abre y apenas hay unos pocos árboles. Romano no es, pero si se construyó con el diseño de aquella época. Hay datos escritos que confirman que ya estaba en pie en 1361. El puente sufrió varias guerras en sus piedras, la de Sucesión, la de la Independencia y la Carlista.

Un dato curioso que se dio en este lugar fue el cambio de significado de “empecinado”. El militar apodado “Empecinado” luchó en este puente en un corto espacio de tiempo contra los franceses y contra los absolutistas, ganando en ambas batallas. Ese empeño hizo que se cambiara el significado de la palabra de “sucio y poco cuidado” a “empeñarse en conseguir algo”. Y ahora diréis ¿y porque antes era “sucio y poco cuidado”? Y ahora os lo diré: el Empecinado es oriundo de Castrillo de Duero a los que se les decía empecinados por un cieno que existe en la zona que se le llama pecina, y por lo que se ve, en Castrillo de Duero iban continuamente sucios por ese cieno. Y hasta aquí el dato curioso de hoy.

Da su cosilla cruzarlo con el coche pues no sabes realmente como está de bien conservado. Es estrecho, no cabe más que un coche y que no sea muy ancho, por supuesto, una caravana no creo que quepa o entraría muy justita.

Cruzando el puente, a mano derecha sale un camino que me llama: “ven, adéntrate, asómate, no te arrepentirás” Y yo, como persona obediente que soy, me adentro. Me dirijo río arriba hacia la presa. Y, bueno,… no me arrepentí, pero tampoco es que hubiera algo destacable de ver. Na, con las mismas, me di la vuelta y seguí mi camino.

Apenas 500 metros más allá del puente me encuentro con unas ruinas a la izquierda. Como buen oliscón que soy, paro y me bajo a ver que hay de interesante, y mira tu por donde resulta que era una estación de tren antigua, la estación de Auñón. Esta estación formaba parte del “Tren de Arganda”, una línea que quería unir Madrid con Teruel y que apenas tuvo 50 años de vida, en cuanto a transporte de pasajeros se refiere, y unas decenas de años más como transporte de mercancías. Esta estación se cerró en 1949. Paseando por ella todavía se puede ver lo que sería la zona de los andenes y las vías. Muy curioso.

Ahora si, sin interrupciones, tocaba ir a la tercera presa del día, al embalse de Bolarque. Precisamente este embalse es anterior en el tiempo a los anteriores, valga de repetición. Se hizo a principios de siglo XX en la desembocadura del Guadiela con el Tajo, y comparado con los otros dos embalses, este es un escupitajo en medio del monte, apenas sería un 4% del tamaño del de Entrepeñas y un 2% del de Buendía, osea que es solo un 1% del agua embalsada entre los tres si los tres estuvieran al 100% de su capacidad. Eso si, al contrario que los otros dos, este es el único que puede desembalsar agua, estaba al 100%, o bien poquito le faltaba.

Aquí si que se respira tranquilidad, pues para llegar a la presa hay que venir aposta, no hay circulación y salvo una pareja de la Guardia Civil y tres personas más, olisconas como yo, sin contar con los trabajadores (que no se les veía), aquí solo se oía a la naturaleza en pleno ebullición, es decir, unos cuantos pajarillos cantando y la brisa moviendo los pinos circundantes. Osea, una maravilla, aunque suene un poco raro, ya que hay una presa de hormigón entre los pinares.

Me recorrí toda la presa, por suerte no había vallas que me cortaran el paso, ni ninguna persona que me detuviera. Esta presa fue la que se eligió como cabecera del trasvase Tajo-Segura. Desde aquí se empieza a trasvasar agua para las tierras mediterráneas y que tanta polémica suscita, tanto si se trasvasa agua, como si no se hace. Para ello construyeron dos tubos que suben el agua a un embalse cercano más pequeño, y desde allí ya va encauzada hacia el sureste de España.

Una vez que me paseé por toda la zona llegó la hora de volver a casa. Si me daba prisa llegaría a comer, así que para allá que me fui.

Y esto es todo en el día de los pantanos.

Hasta pronto.

 

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El final, del verano, llegó…

Todo llega y, por supuesto, el final de las vacaciones también. Este año (2010) han sido 15 días por Roma y la Toscana, con una ligera escapada a Pompeya.

De todas formas todavía nos quedaba un día completo que pasar en Florencia, y lo íbamos a disfrutar tranquilamente paseando por la capital de la Toscana. No haríamos nada más ese último día, solo pasear. Ya habíamos visto todo lo visitable (seguro que hay algo que se nos escapó) y dedicamos el día a tomar heladitos, pizza y echar unas risas por cualquier lugar. Lo único que vimos nuevo fue el mercadillo de puestecillos de San Lorenzo (por hacer algo), sito en el mismo lugar del mismo nombre: Mercado de San Lorenzo.

Así pasamos esas finales horas con los florentinos. Un día realmente tranquilo y en paz, sin nada en que pensar ni hacer.

El día siguiente si que nos teníamos que mover. Lavados y desayunados, y con las maletas hechas agarramos la fulgo y salimos hacia Roma para pillar el vión de vuelta pa Madriz.

El avión salía por la tarde, sobre las seis, aún así salimos temprano porque queríamos hacer escala en Orvieto. Si os acordáis, en el post del viaje a Florencia paramos en un lugar donde había un mirador desde el que se tenía una visión espectacular de la ciudad. Pues ahí paramos un par de horas antes de seguir camino a Roma.

La ciudad está subida en un promontorio volcánico, a unos 50 metros sobre la llanura. En ese promontorio está solamente la parte vieja, la ciudad se ha ido expandiendo por la parte de abajo, pues ya no hay más hueco arriba.

Un dato curioso de la ciudad es que durante un par de siglos (siglos XI y XII) fue independiente y además tuvo mucho poder sobre la zona colindante.

Nosotros entramos para ver su catedral, que tenía un estilo parecido a las de la zona de la Toscana (no se porque, pero me parecen todas iguales, como los chinos), aunque esta es gótica. La verdad es que por fuera es espectacular, tiene unos relieves a los lados de las puertas preciosos, y un colorido de los mosaicos (o pinturas) de la fachada tremendo. No es muy grande, pero esa ornamentación combinando mosaicos con esculturas la hace única. La pena fue que no pudimos visitarla por dentro ya que estaba cerrada.

Por lo demás, solo estuvimos deambulando por la plaza del pueblo, sin ir a ningún sitio. Podíamos haber ido a alguno de los miradores que tiene la ciudad, pero estábamos un tanto tristes porque se terminaba el viaje y un poco nerviosos por si se nos hacía tarde para llegar al aeropuerto.

De aquí ya os podéis imaginar lo que hay, llegar al aeropuerto, dejar la furgo, coger el avión, llegar a Madrid, y volver a Murcia medio dormidos y de bajón. Lo único positivo es queda menos tiempo para las siguientes vacaciones.

Hasta pronto.

Un paseo por la Toscana

Antepenúltimo día de vacaciones.

Hoy toca un “road trip”. Hoy prácticamente (y sin la práctica) íbamos a estar todo el día por ahí. Primero veríamos Pisa, luego nos pasaríamos por San Gimignano, y finalmente acabaríamos en Siena hasta que se acabara el día.

Pero vayamos despacico. Un poco más temprano de lo habitual nos levantamos para así estar cuanto antes en Pisa. En realidad, más que en Pisa, íbamos a estar en la plaza del Duomo, nada más. Aproximadamente, sobre las diez aparcamos la flagoneta en una de las esquinas de la plaza de la catedral, más exactamente, en la puerta Nueva. Por suerte, a esta hora no había “mucha” gente, con lo que pudimos acercarnos sin problemas hacia las tres estructuras que conforman la plaza. El Baptisterio, la Catedral y el Campanario o Torre, como más la conocemos.

A mano derecha según nos acercábamos a la torre habían colocado unos “cuantos” puestecillos de baratijas varias, lo que servía de diablillo para las débiles mujeres (suena machista, pero es que fue así) que caían como moscas en sus stands.

Llegaba la hora de hacer la típica foto sujetando la torre para que no se caiga y así lo hicimos todos, no quedó ninguno del grupo que no se la hiciera. Nos acercábamos a la torre para verla más de cerca, aunque no íbamos a subir porque sencillamente no teníamos pensado subir.

El conjunto románico es el más importante del mundo, o casi, por no hablar de absolutismo. En cambio, nadie conoce el lugar como el sitio de la catedral de Pisa, sino que se conoce por la inclinación de la torre, yo diría que ni siquiera debido a la torre, y si al hecho de que está inclinada. Seguro que si vas preguntando por ahí de qué estilo es la torre, el 90% (me incluyo) no sabría decirnos que es románica. Y si a esas mismas personas les preguntas que qué edificio está al lado, algunas te dirían “¿es que hay algún edificio al lado?” Pero así somos las personas, vamos a los lugares porque nos los recomiendan los amigos o los hemos visto en la tele o en libros, pero no nos preocupamos por saber algo más de esos lugares.

De la torre fuimos rodeando la catedral sin prestarle mucha atención (ya he dicho que fuimos a lo que fuimos porque somos lo que somos), y de ahí al baptisterio, situado frente a la fachada principal de la catedral. Aquí estuvimos un poco más de tiempo, pero solo por la sombra de la catedral que nos cobijaba de la solana que empezaba a caer.

Sobre las doce del mediodía estábamos otra vez metidos en la busoneta. Ahora tocaba ir hacia el interior de la Toscana, a ver el singular pueblecillo de San Gimignano y sus torres. Hasta llegar a nuestro destino pasearíamos por las colinas redondeadas, llenas de vides bañadas por el cálido sol, unidas a la tierra por sus centenarios troncos creciendo para convertirse en caldos exquisitos listos para degustar en una buena mesa acompañado de un buen queso curado y en compañía de buenos amigos con los que disfrutar de dichos manjares.

80 kilómetros y hora y media después, y tras esta palabrería melancólica, llegamos al pueblecito. Unos kilómetros antes de llegar se puede ver el skyline del pueblo con sus torres mirando al cielo. Una postal preciosa.

Una vez conseguido aparcamiento en las afueras del casco viejo nos dirigimos a otearlo. Con la tardanza del trayecto se nos hizo la hora de comer y conforme nos adentrábamos en el pueblo íbamos mirando donde zampar.

Entramos por la puerta de San Giovanni y empezamos a recorrer las medievales y peatonales callejuelas de San Gimignano. Ascendemos por la calle cuyo nombre coincide con el de la puerta que anteriormente hemos atravesado, paseando a través de heladerías, museos, hoteles y, sobre todo, tiendas de mercadería turística. A los pocos metros decidimos comer en el restaurante Bel Soggiorno, que pertenece al hotel del mismo nombre.

Tiene muy buena pinta y de precio anda bastante bien para lo que queremos gastarnos. Pero lo mejor está dentro. El local tiene unas vistas acojonantes, digo, alucinantes. El recinto es más o menos cuadrado y tiene una pared, de unos 15 metros de largo totalmente acristalada mirando a la campiña toscana. Aunque cuando entramos ya no tenemos sitio en el ventanal (una lastima), nos colocan en un lugar centrado y ligeramente elevado, con lo que también podemos disfrutar del campo a la vez que tragamos. De comer, más o menos, lo de siempre, los críos pasta y nosotros probamos alguna cosilla local, pero nada demasiado ostentoso ni nada de eso.

 

Bien alimentados y con el sol dándonos de lleno y por todos los lados comenzamos la visita al pueblo de las torres. La verdad es que me pesaban un poco los huesos (mentira, son los kilos, so gordo), una camica me vendría de cine para echar una siestecica. Como no podía ser, fui arrastrado los pies mientras nos movíamos cuesta arriba entre las casas hechas de sillería simulando otros tiempos anteriores hasta llegar a la primera plaza, la Piazza della Cisterna. Antes de llegar a ella ya pasamos por la primera de las torres, la de Cugnanesi (en castellano, del cuñao).

Antes de continuar voy a explicar eso de las torres, eso de que es la ciudad de las torres. San Gimignano es una ciudad medieval fortificada famosa por sus torres altas y finas como espaguetis, llegó a tener más de 70 torres. La construcción de éstas se debe a la competición de a ver quién la tenía más grande (la fortuna, mal pensados) de entre los ricachones del pueblo. El que tenía más dinero la tenía más grande (dime de que presumes y te diré de que careces) A lo mejor algunos querían sustituir algo que no tenían. Ya solo quedan unas 15 erectas y fuertes, el resto se han caído de viejas y ya no se levantarán más.

De la plaza della Cisterna pasamos a la del Duomo y/o Catedral, donde están situado el ayuntamiento y, por supuesto, la catedral y/o duomo. Allí el cansancio hizo que nos sentáramos en la escalinata. Mientras charlábamos de cosas banales, podíamos ver varias de las torres, la Grosa, la Rognosa (que sucia tiene que estar), otra pequeñita al lado de la Rognosa, y a la izquierda una doble. La plaza tiene un encanto encantador, la verdad es que todo el pueblo lo tiene. El haber mantenido ese aire medieval le hace un punto de referencia a la hora de visitar la zona, y al ser todo el centro del pueblo peatonal hace que el paseo por sus calles se haga más placentero.

 

Decidimos levantar el culo y nos metimos por un lateral de la catedral a la plaza Luigi Pecori para luego volver a la plaza principal. Ahí decidimos volver al coche para acercarnos a Siena. La verdad es que estuvimos poco tiempo en San Gimignano. Es una localidad que merece echarle más tiempo, pasear por cada rincón, subir a alguna torre (maldita sea la hora que no lo hicimos) para ver todo el paraje circundante, y sentarte a tomar un capuchino o helado en cualquiera de las terrazas diseminadas por sus calles. En otro viaje habrá que subir a una de las torres, como mínimo.

Al llegar a Siena el problema fue el aparcamiento más que otra cosa, tardamos un rato en encontrar un hueco grande para la fulgo. Eso si, cuando lo encontramos tocaba disfrutar de una ciudad pequeña, pero encantadora. La falta de tiempo, y el abotargamiento que llevábamos, hizo que estuviéramos más tiempo en la plaza del Campo, donde se celebra la famosa carrera de caballos, el Palio, que en otro lugar de la ciudad.

Sentados en una terracita, tomándonos unos heladitos y unos cafeses, pasamos el tiempo viendo la torre del palacio comunal de la ciudad, torre muy similar a la de la signoria de Florencia. La gente iba y venía por la plaza. Turistas o paisanos que descansaban en la plaza o que iban de un sitio a otro trabajando. Tras el descansito, me levanté y me moví por la plaza en forma de semicírculo o abanico para hacer foticos a todo lo que se movía o estuviera inerte. De un frente a otro, o de una parte a la de enfrente, de aquí a allí y de acá a allá. Principalmente le hice fotos a la cabeza que preside la plaza, el edificio comunal. A simple vista, si quitásemos la torre, parece un castillo con sus merlones en la parte superior para defender el edificio.

La torre es fina y alta (fue la más alta de Italia en la época en que se hizo, más que la de Florencia) y tiene el nombre de torre de Mangia. Lo curioso de su nombre es de donde viene, no se debe a ningún constructor o personalidad pública, sino a un guardian de la torre que tenía el apodo de “Mangiaguadagni”, que significa que gastaba todo su dinero en comida. Os podéis imaginar como estaba el colega.

Ya al final de la tarde nos acercamos a ver por fuera la catedral, que es muy parecida a todas las grandes iglesias de la zona de la Toscana, aunque esta es gótica, y no románica como la de Pisa. Paseamos por su plaza viendo su fachada (una verdadera joya) y su campanario (este si, con pegotes románicos) hasta que llegó la hora de empezar a recogernos.

Tranquilamente nos dirigimos a recoger el vehículo transportador. Antes de salir cenamos cualquier cosiña. Ya de noche cerrada, cerradísima, llegamos a nuestro hotel, y nos fuimos a la cama bastante cansados de estar todo el día por ahí aperreaos, como diría mi abuela. Mañana sería otro día.

Hasta pronto.

Recorriendo la ciudad

Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

Descansando por Florencia

La ciudad de Florencia no es muy grande, y la parte vieja aún menos. De Santa María de la Novella a la Santa Croce hay un kilómetro y medio. De la Academia al palacio de los Pitti hay un poco más de un kilómetro y medio. Con lo que, en general, todo el arte se sitúa en apenas un kilómetro y medio cuadrado, estás a unos 20 minutos andando de un lugar u otro. Lo más lejano era el hotel que se encontraba diez minutos más allá de uno de los puntos, la Santa Croce. Con lo cual la ciudad iba a ser sencilla de ver, sin agobios ni prisas.

Comenzamos, como debe ser, desayunando y salimos paseando por la orilla derecha del Arno hacia el centro. Charlando de cosas banales llegamos a los pies del palacio de los Uffizi y desde el que tomamos el primer contacto visual con el ponte Vecchio (divino de la muerte) Hicimos la cola pertinente para entrar a ver la galería de arte y cuando nos tocó entramos, normal. La galería es pequeña si la comparamos con los grandes museos, pero contiene una cantidad enorme de arte, tanto en escultura, como en pintura. Es visita obligada si se va a Florencia y se tiene un mínimo de tiempo y de interés por el arte, claro.

La visita de las distintas salas no nos llevó más de hora y media, por supuesto, a los niños les sobró hora y veintinueve. Eran las doce cuando volvimos a las calles de la ciudad del renacimiento. En seguida llegamos a la plaza de la Signoria y deambulamos sin rumbo por la misma. De paso miramos en los distintos restaurantes que hay en la plaza y se nos quitaron las ganas de comer. Es lógico que sea el sitio más caro, o por lo menos, de los más caros de la ciudad, estás en el mismo centro. Así que no íbamos a comer allí. Tontín, tonteando, se iba pasando el tiempo y moviéndonos por la zona al final acabamos comiendo en uno de las muchas pizzerías que hay por esas callejuelas.

Una vez alimentados continuamos nuestro tranquilo paseo para rebajar la panza, pero teníamos tal modorra que decidimos ir al hotel a descansar un poco. ¿Descansar? Si no habíamos hecho nada. Sin embargo, por la razón que fuese estábamos para el arrastre, seguramente nos pasó factura los días anteriores que no paramos de movernos. Como había días para poder ver la ciudad nos recogimos un ratico.

A eso de las siete y media, de la tarde por supuesto, movimos otra vez el culo y fuimos a ver la Santa Croce. Por supuesto, llegamos tarde y estaba ya cerrada la iglesia. Uff, con que parsimonia íbamos este día. De todas formas, no todo estaba perdido, paseando también se disfruta del lugar que estás visitando, y más si te sobra tiempo para hacerlo. Sin mirar el reloj cruzamos la plaza de la Santa Croce, cosa que merece la pena debido a la belleza limpia que poseen sus edificios. En el centro de la plaza no hay nada, es diáfana, no hay ni siquiera una fuente o una estatua, por no haber, no hay ni sombra. Pero esta limpieza hace que la plaza se pueda admirar con más facilidad todo lo que hay en ella, y más, si miras hacia la iglesia desde la otra punta de la plaza.

¿De aquí a dónde íbamos a ir? A la plaza de la Signoria. Estaba al lado, unos 300 ó 400 metros de la Santa Croce. Ya estaba anocheciendo y empezaban a salir los colores anaranjados del atardecer. Aquí si que encontramos el palacio de la Signoria o, más apropiadamente, el palacio Vecchio (viejo, no bello, aunque también lo sea) abierto y pasamos a ver su patio interior. Su patio es pequeño y está compuesto por unas 10 columnas y la arcada está pintada con planos de la ciudad o vistas de la misma. Se ve rápido, pero creo que merece la pena verlo.

Antes de ir a cenar nos acercamos a ver la puesta de sol al puente Vecchio. Nos abrimos hueco entre el gentío para poder hacernos unas foticos de recuerdo. La verdad es que una vez hechas te das cuenta que el puente Vecchio no sale, más allá del muro-barandilla, con lo que la foto podía haber sido en cualquier sitio del mundo mundial. Lo que pasa es que nosotros si que sabemos que la hicimos allí, con lo que nos da lo mismo lo que puedan pensar los demás, je, je.

Ahora si, ahora nos vamos a cenar y ahora si que me acuerdo del lugar donde está el restaurante, y de su nombre. La plaza de cimatori y el restaurante se llama Birreria Centrale. La plaza es pequeñita y en ella se sitúan un par de locales de hostelería. En uno de ellos fue donde cenamos. La cervecería hace esquina con la via Dante Alighieri. Pero hay un par de detalles por los que me acuerdo del lugar. Uno por que era muy estrecho, incluso de perfil apenas entrábamos en la mesa, era tan estrecho que el que se sentaba en un fondo sin salida se tenía que quedar allí hasta el final, no podía ni ir a mear. Y dos porque allí probé el rissotto más bueno que he tomado hasta el momento, rissotto con ternera. ¡¡¡Bueniiiiisimo!!! Todavía tengo el recuerdo del sabor de esta cena. ¡Qué buena, leñe!.

Salimos ya con la intención de retirarnos a nuestros aposentos después de uno de los días más tranquilos que he vivido estando de vacaciones, aunque con esa misma tranquilidad nos íbamos a despedir de este día, ya noche. Volveríamos a pasar por la plaza de la Signoria, si mis cálculos no me fallan creo que fue la cuarta vez en el mismo día, en dirección al río Arno y así darle también las buenas noches a uno de los puentes más emblemáticos del mundo y el que más de Florencia, el Ponte Vecchio.

Cantando y riéndonos volvimos a hotel a sobar. Al día siguiente continuábamos en Florencia visitando más cosillas, o las mismas que hoy, ¿quién sabe?

Hasta pronto.

Andiamo a Firenze

Bonito día para conducir y mover a toda la tropa a Florencia.

Una vez arreglados y echado un último vistazo al apartamento por si se nos olvidaba algo, cogimos las maletas y partimos hacia nuestro nuevo destino. Alguna lagrimita se nos escapó al mirar atrás. Habíamos pasado ocho días en la ciudad eterna y uno en Pompeya y sin embargo nos faltó tiempo para ver con más tranquilidad Roma, tal vez, un par de días más hubiese estado mejor para disfrutar totalmente de sus calles, y todo esto a pesar de los chiquillos porculeros.

El viaje a Florencia lo planteamos con tranquilidad, en lugar de coger la autopista y hacerlo de un tirón, que en poco más de un par de horas hubiésemos estado allí, decidimos ir por carreteras secundarias (aquí, en Italia, o hay autopistas de peaje o mierdas de carreteras secundarias, no hay un paso intermedio) y disfrutar de algún pueblecillo con encanto que haya por el camino.

Nuestro primer destino fue Bracciano y su castillo triangular. En una hora escasa estábamos a las puertas del castillo dispuestos a conquistarlo. Aparcamos justo a los pies de sus muros y esperamos a que se hiciera la hora de entrar, pues se entraba con guía y, por lo tanto, en grupo. El castillo es privado y de ahí esa exigencia, para tener controlado al personal y que no se desvíen por sus habitaciones libremente. Lo bueno, es que te van explicando su historia (si te enteras del idioma) Entre sus cosillas es la de poder hacer celebraciones de cualquier tipo, bodas, comuniones u otras. Destacan las celebraciones de boda de Tom Cruise y de Eros Ramazzotti, no entre ellos, sino la de ellos con sus respectivas parejas.

El castillo ha tenido varios nombres durante su larga vida. Uno el de Bracciano, lógico, ¿no?, todos dirían, “¿a dónde vas?” “a ver el castillo de Bracciano”, ya que está en esa localidad. Otro, el de Orsini, ya que en la edad media pertenecía a los Orsini. Allá por 1700 pasó a ser castillo de Odescalchi al pasar la propiedad a estos, los Odescalchi. De esta fecha hasta ahora, salvo un corto período de tiempo, sigue perteneciendo a esta familia de ricachones, aunque ahora al castillo (en algunas publicaciones) se le conoce como Orsini-Odescalchi.

El castillo merece la pena visitarlo, lo tienen muy bien conservado y da gusto pasear por sus salas y murallas. Encima está en una situación privilegiada. Como es normal en todos los castillos, está en alto, pero encima tiene unas vistas al lago de Bracciano acojonantes (alucinantes, flipantes), para quedarse allí toda la vida sin hacer nada que no sea disfrutar de las vistas. Por cierto, cambiando de tema, del lago salían uno o varios acueductos en la época romana para abastecer a la ciudad de Roma.

La visita duró una hora y media, más o menos, y sobre la una volvimos a partir hacia Florencia. Empezamos rodeando el lago, pegaditos a el, hasta coger otra carretera que nos llevara hacia nuestro destino en dirección a Viterbo. En esta ciudad no paramos y continuamos sin un rumbo en especial por esas carreteras inmundas, malas, estrechas, y con unos usuarios que no respetan las señales ni a los que circulan por ellas (la famosa fama de malos conductores que tienen los italianos) Sobre las dos dijimos de parar a comer y nos acercamos a Montefiascone. Sin querer paramos en la tratoria La Cavalla, donde comimos de lujo sin ser caro y encima con unas vistas al lago que tiene la ciudad a sus pies, el de Bolsena. Todo un acierto y un placer.

En la comida tomamos la decisión de coger la autopista porque sino no llegaríamos en la vida a nuestro destino. Apenas habíamos recorrido unos 130 kilométros y eran las cuatro de la tarde, y todavía nos quedaban 200 kilómetros más. Así pues, si no queríamos llegar muy de noche a Florencia debíamos dejar esas carreteruchas e ir más deprisa y más directos por la autopista. Y así fue, fuimos en dirección hacia la entrada de la autopista que hay en Orvieto. Por el camino paramos en un mirador desde donde se ve la ciudad y donde nos hicimos unas fotillos de recuerdo.

Desde aquí la ruta se volvió sosa de narices, rápida, pero sosa. Y sobre las siete y media, pizca más o menos, llegamos al hotel. Si, en Florencia no encontramos apartamento para los nueve, o yo no encontré, así que uno de mis cuñados nos recomendó el Gran Hotel Mediterráneo, y allí fuimos. El hotel de 4 estrellas tenía muy buena pinta, está situado a la orilla del Arno y pegado en un límite de la ciudad vieja, desde donde ya no se puede acceder con el coche, salvo que tengas permiso.

Nos aseamos, colocamos las cosas, los niños se volvieron locos corriendo por los pasillos del hotel, y a eso de las nueve nos fuimos en busca de papeo. Tu fíjate bien, recuerdo muy bien el hotel, pero para nada dónde puñetas cenamos esa noche. Seguro que fue pizza, pero no se donde. Estoy perdiendo la memoria.

Comenzamos a pasear (¿para que íbamos a correr?) por las callejuelas de la capital de la Toscana hasta encontrar un restaurante. Y tras cenar más de lo mismo. Hay momentos que no necesitas más en unas vacaciones, paseas, te mezclas con la gente local, no interactuas porque así somos nosotros de sosos, pero es una gozada ir sin ningún rumbo específico. Acabamos en la plaza donde está la logia del mercado nuevo o logia del porcellino, un techado sostenido por unas ventitantas columnas donde se colocan puestecillos de diversas mercancías para los turistas y en el que se encuentra un porcellino (o lechón o cochinillo, aunque en realidad es un jabalí adulto) de bronce que hace de fuente y que si le tocas el morro vuelves a Florencia, superchería que de un modo u otro hay en casi todas las ciudades. Y así ves a todos los turistas pasando la mano por el bicho como pardillos, yo incluido, como muestra la foto. En una de las esquinas de la plaza hay una heladería donde pedimos uno de los miles de cucuruchos que nos hemos ido tomando en este viaje. Buenísimo.

Era la hora de volver al hotel a descansar, no sin antes ir dando vueltecillas por esas calles (se estaba de gloria). Cogimos el catre con ganas y hasta el día siguiente.

Hasta pronto.

Hoy si que tocaba madrugar de cojones, digo, de narices. Nuestro destino estaba a 250 kilómetros de la casa. Desayunamos lo que pudimos y a las seis de la mañana salimos hacia Pompeya. Conducía yo y yo fui el único que no dormí en todo el viaje. El que más y el que menos se echó un rosquete o dos o tres, los que pudieron.

El viaje no se hizo largo ni pesado, aunque lo empezamos de noche, y llegamos justa a la hora de abrir, las 9 de la mañana. No queríamos perder día y por eso fue madrugar. Si nos sobraba tiempo mejor era que fuera al final que no llegar tarde y que nos faltase día para poder ver toda la ciudad.

Entrada a la Basílica desde el Foro

Templo de Apolo

Aparcamos y nos fuimos a hacer cola en la fila para entrar. No había mucha por la hora que era. Entramos por la Porta Marina desde donde empezó la visita. Aunque son ruinas y te tienes que imaginar casi todo, están en muy buen “estado” y es fácil andar por ellas y ver que es cada cosa. De todas formas, es prácticamente imposible ver todo en un día. Nosotros pudimos disfrutar de un 60% o 70% de la extensión de la ciudad excavada, y no del todo lo bien que uno hubiese querido. De lo que si disfrutamos es del mucho polvo que había por todos los sitios, la sequedad de la tierra y el mucho sol que estuvo haciendo esos días hacía que hubiera muuuucho polvo por doquier. El que llevara chanclas se lleno hasta la rodilla de polvo y tierra, además de ser muy incómodo andar por esas calles de Pompeya.

Antes de nada un pelín de historia (que se que no os gusta) para el que no sepa nada de nada de la destrucción de la ciudad.

Templo de Apolo

Figura en el templo de Apolo

Fuentes oficiales dicen que fue una erupción espasmódica y tremenda del volcán Vesubio que hizo que la ciudad, junto a otras de la zona, fuera enterrada por unos cinco metros de ceniza y piedra pómez, haciendo que parte de su población pereciera sin poder reaccionar (debido a la rapidez y lo sorpresiva de la explosión)

Extraoficialmente, la erupción fue provocada por la concatenación de sucesos que provocaron los elementos subversivos de la OLP, la Organización para Liberación de Pompeya. Este grupo terrorista, liderado por Arafat I, el cejijunto, estaba construyendo túneles en la falda del monte Vesubio para el tráfico ilegal de esclavos y así desestabilizar la economía local, lo que provocó una inestabilidad geológica e iniciara la explosión del volcán. Sin querer, la OLP se cargó por completo la economía de la zona, la cultura de la zona, la justicia de la zona, todo, se cargó todo.

Foro con el Vesubio al fondo

Foro desde el templo de Júpiter

Fuese de una forma o de otra, la ciudad se “conservó” casi en perfecto estado debido a toda la ceniza y piedras que cayeron sobre la misma. Eso si se mantuvo tapada y oculta durante casi 17 siglos hasta que un agricultor descubrió una casa del pueblo de al lado, Herculano, que también fue destruido por la erupción, allá por el siglo XVIII. A partir de ahí se empezaron a buscar los restos de Pompeya. Y fue un ingeniero español, Roque Joaquín de Alcubierre, por orden de Carlos III, que por entonces además de rey de España lo era también de Nápoles, el que empezó a excavar en la zona para así destapar la ciudad de Pompeya casi a finales del siglo XVIII.

Una vez contados todos los puntos de vista de las noticias, y algo del descubrimiento de la ciudad, volvemos con el viaje. Subimos a las ruinas, yendo hacia el foro, a través de la puerta Marina. Lo primero que vemos es el templo de Venus a la derecha y unas cuantas domus o establecimientos de artesanos a la izquierda. El templo está en un estado un tanto pobre, debe ser que no les ha dado tiempo para desenterrar del todo el edificio. Antes de llegar al Foro pasamos el templo de Apolo, que conserva muchas columnas y se ve fácilmente el altar del mismo. El templo es uno de los lugares más antiguos de Pompeya.

Escayola de como se quedó una persona en el momento de la erupción

Supuestamente, así les sorprendió la erupción a una madre y su hijo, uno al lado de otro.

Inmediatamente después del templo se encuentra la basílica, que como ya dije en otro post, es donde se impartía la justicia, no donde se rezaba, como actualmente. Era el edificio más grande y esplendido de los que daban al foro de la ciudad. Precisamente de la basílica pasamos al Foro, que como en todas las ciudades romanas era el centro de la vida cotidiana de la población. Nosotros estuvimos paseando de aquí para allá viendo los distintos edificios que dan a la plaza del pueblo, que se alinea, más o menos, de sur a norte con el Vesubio. En el foro se encuentra el templo de Júpiter, que ocupaba la zona norte, justo delante de las termas.

Conforme miras el templo de Júpiter, a su izquierda, se encuentran lo que eran unos graneros, pero que ahora son almacenes de lo que se ha ido encontrando en las distintas excavaciones. En el lado opuesto, a parte de otros edificios o templos, se encuentra el Macellum, un mercado donde se vendían frutas y otro tipo de género. En el se encuentran unos estantes donde se pueden ver varios cuerpos de pompeyanos y como quedaron en el momento de la erupción. En realidad, no son cuerpos petrificados, sino estatuas que se hicieron al rellenar el molde que se dejó en la piedra volcánica al descomponerse los cuerpos.

Termas del foro

Vía de Mercurio

Seguimos foro arriba, pasamos el templo de Júpiter y nos acercamos a las termas. Allí, antes de entrar, vimos que en una esquina del edificio hay una cafetería, que es donde íbamos a comer algo ese día. No había otro sitio donde comer y no nos habíamos llevado nada de picar. Volviendo a la termas, es uno de los pocos edificios techados no artificialmente. Como todas las termas romanas tiene habitaciones para baños fríos, templados y calientes. Pero estos, por la conservación se pueden observar como era la decoración llena de pinturas y de figuras de terracota.

De las termas nos dirigiríamos a una de las esquinas de la excavación, para ver la villa de los Misterios. Pero por el camino hay mucho que ver. La casa del Poeta Trágico tiene un mosaico de un perro y una frase que hoy sigue en vigor: “cave canem”, “cuidado con el perro”. El mosaico solo lo puedes ver, pero antiguamente formaba como una alfombrilla de entrada de la casa.

Casa de Salustio

Al lado de la casa del Poeta Trágico está la casa de Pansa, una casa aristocrática, enorme, en el que las habitaciones se distribuían alrededor del atrio y del peristilo. Era tan grande que incluso su dueño alquilaba algunas habitaciones.

Continuamos por la vía Consolare que llega hasta la puerta de Ercolano o Herculano. En esta calle hay una casa donde hacían pan, osea, una panadería, o como decían antiguamente, un horno. Este horno era uno de los más de 30 que había en la ciudad. Estaba claro que los pompeyanos comían a base de pan, bocadillos, o mojete. Justo después del horno se encuentra la casa de Salustio, una de las más importantes de la ciudad y una de las más viejas (año 180 antes de Cristo), además de una de las mejor conservadas. Aunque le han puesto techado para que nos podamos hacer una idea de como era entonces, esto también ha servido para poder proteger las pinturas de las paredes que son de las mejor conservadas de toda la ciudad. La casa sufrió un pequeño bombardeo aliado en 1943, dañando algunas pinturas del jardín.

Pinturas de la casa del Misterio

Más pinturas de la casa del Misterio

Bajamos paseando con el sol en nuestros calvas (los que las tuvieran) que calentaba bastante bien. Pasamos por la puerta de Ercolano, al lado de la necrópolis, y un poco más adelante a la izquierda está la casa de Diomedes, casa que no vimos, no me acuerdo el porqué, no se si estaba cerrada al público o que ni nos dimos cuenta de que estaba allí. Seguramente, la razón fue esta segunda, pues llevábamos ya tres horas dentro viendo piedras (como dirían mis críos), arrastrando a los mengajos y con un calor de tres pares de narices, lo que nos hizo perder de vista esta casa.

Un poco más abajo llegamos a la casa del Misterio. Situada en la esquina noroeste del parque arqueológico, está totalmente apartada de todo lo demás, pero guarda unas pinturas que se han conservado perfectamente hasta ahora. Merece la pena venir a Pompeya solo por esta casa/mansión. Casi toda la casa está llena de pinturas por todas partes. Aunque está techada, esa techumbre se ve que es actual, solo para salvaguardar las habitaciones que contienen dichas pinturas. La casa era de una persona muy rica, que después del terremoto previo a la erupción pasó también a ser una granja dedicada, sobre todo, a la elaboración de vino.

Jardín de la casa de la Fontana Piccola

Impluvio de la casa del Fauno

Deshicimos el camino y llegamos otra vez a la casa de Salustio, donde nos desviamos a la izquierda para ver la casa de la Fontana Piccola. Casa que solo por su fuente debía pertenecer a alguien rico. Un poco más adelante entramos en una de las casas más bonitas y que debían de serlo en la época, la casa del Fauno, además de ser una de las más grandes. Ocupa toda una manzana, la rodea cuatro calles. Tiene dos peristilos y dos atrios. Entre los dos peristilos se encuentra una copia del mosaico que hubo en su tiempo y que representa una batalla entre Alejandro Magno y el rey de Persia. ¡Impresionante!. En el atrio principal se encuentra una copia de la estatua del sátiro danzate, el fauno, de ahí el nombre de la casa. En la antigüedad se llamaría de otra forma, o no se llamaría, pero cuando lo descubrieron le colocaron el nombre por la estatua, como a otras casas por otras estatuas, pinturas, u otras cosas que se encontraron en ella.

De aquí nos empezamos a dirigir hacia el restaurante, aunque antes pasaríamos por el lupanar para ver sus cuadros eróticos. Para llegar a ello pasamos por otro horno (con perro incluido, y digo lo del perro porque en las ruinas nos encontramos una docena de perros al parecer callejeros pululando por entre las piedras, me sorprendió que no los echaran de un lugar tan turístico y emblemático), y por otra casa en la que se veía otra fuente parecida a la de la Fontana Piccola, además de otras muchas que no nos interesó pasar o que no había nada de relevancia o que no nos apeteció, simplemente.

Uno de los muchos hornos que había en la ciudad

Casa de la Venus de la Concha

El centro de lujuria y perdición, más otras cosas innombrables, el lupanar, el puticlub de hoy en día. La situación era ideal, rodeada de muchas casas y cerca de unas termas. Ibas, te tirabas a la churri y te acercabas a las termas a lavarte el churro. Ideal. El lugar es pequeño, pero con sus cinco o seis habitaciones cerradas con simples cortinas que dan a un pequeño pasillo ilustrado con escenas eróticas, y al fondo un urinario. Normalmente las lupas (putas en latín) eran esclavas griegas y orientales que vivían en la planta superior junto al chulo correspondiente. Es la única vez que he ido a un puticlub, allá vosotros si no creéis en mi palabra.

Aquí llegó la hora de picar algo y nos fuimos al restaurante a pillar una mierda pinchá en un palo, es una forma burda de decir que no comimos nada bueno. Mas vale que os llevéis algo en una mochila porque el mini restaurante de las ruinas no vale nada. Lo único bueno es que nos sirvió de descanso y nos pudimos esconder del sol un poco, que no vino nada mal.

Llevábamos más de cinco horas en la ciudad y aún nos quedaba bastante por ver. Ahora nos íbamos al extremo este de las excavaciones con el fin de ver el anfiteatro. Para ello cogemos la vía dell’Abondanza, de la abundancia, en la que había abundancia de domus, pero prácticamente todas cerradas y de las que solo se podía ver algo desde una valla exterior en lo que sería la puerta de la casa. Alguna estaba cerrada porque estaban actuando los arqueólogos en ella y no podías pasar. Aún así en alguna pudimos pasar y contemplar lo que en ella hubiera, pinturas, alguna estatua, etc.

Jardín de la casa del Citarista

Chino, chano, llegamos a la casa de Octavius Quartio en la que sorprende el tremendo jardín con una piscina alargada con pequeñas cascadas. Y al lado de esta, está la casa de la Venus de la Concha, también con un jardín amplio con peristilo y con casi todas las habitaciones con abundantes pinturas. En una de las paredes del peristilo está la pintura que da nombre a la casa, la Venus de la Concha. Esta es una de las domus más bonitas de Pompeya.

Tras esta maravilla, nos acercamos al anfiteatro más antiguo que se conoce de la antigua Roma, se construyó allá por el 70 A.C., casi, casi antes que la ciudad, vamos como ahora las urbanizaciones, primero se construye el campo de golf y después las casas. En sus gradas podían llegar a caber hasta 20000 personas de Pompeya y sus alrededores. Una curiosa anotación documentada en la historia es que ya en aquellos tiempos había peleas entre distintos grupos de hooligans, un grupo de pompeyanos y otro de Nocera se liaron a mamporros y eso provocó que el anfiteatro se cerrara durante 10 años.

De aquí ya empezamos el regreso hacia la salida, nos quedaba poco que ver. Pero lo curioso fue que nos perdimos una de las casas más grandes y bonitas de la ciudad, la casa de Menandro. Habrá que volver a Pompeya para verla. Un poco después de esta casa está la casa del Citarista, también una de las grandes. Tiene dos atrios y tres peristilos. El peristilo principal tiene una piscina central con figuras de animales de bronce que son fuentes.

Cuadripórtico de los teatros o cuartel de los gladiadores

Nos acercamos a ver el pequeño teatro y el gran teatro, que están juntos. Los dos forman un pequeño complejo cultural, junto a una especie de claustro cuadricular (cuadripórtico) que usaban los espectadores como descanso entre acto y acto de las obras teatrales. Pero diez años antes de la erupción dejó de tener ese uso para convertirse en un cuartel de gladiadores. De los dos teatros el más viejo es el pequeño u Odeion. El grande fue el primer gran edifico que se limpió en las excavaciones.

Alrededor de los teatros hay varios edificios, como un foro triangular, un gimnasio samnita de una época anterior a la romana y un par de templos, en el que destaca el templo de Isis por lo que representa, dar culto a una divinidad no griega, a una diosa egipcia. El templo es pequeño y está bastante bien conservado y tiene a su lado un altar y un pequeño foso donde se dejaban las ofrendas a la diosa.

Como dato curioso del templo es que como ya he dicho el teatro grande fue el primer gran edificio excavado y por tanto los otros lugares de su alrededor fueron también descubiertos al principio de la excavación, el templo fue el primer edificio religioso que vio la luz en la ciudad. Además de ser el mejor conservado de todos, los arqueólogos tenían un interés especial en el porque era el primer santuario egipcio que podían ver ya que en aquella época era bastante difícil viajar a Egipto, supongo que por otra razón que la del viaje, pues si se había ido a América unos siglos atrás, navegar al otro lado del Mediterráneo no sería ningún problema, vamos, digo yo.

Templo de Isis

Ya desde aquí decidimos irnos. En total estuvimos unas ocho horas dentro de las excavaciones y nos faltó tiempo, aproximadamente vimos un poco más de la mitad. Las ruinas están en un estado de conservación que te hace ver más que otras ruinas romanas, como vivían los romanos, las riquezas y pobrezas, los espectáculos, la religión, hasta te hace ver como valoraban ellos algo tan simple para nosotros hoy en día como es el pan. Cuando visitas ruinas como las de Ampuria Brava, Baelo Claudio, Segóbriga o la misma Roma no te das totalmente cuenta de como eran o vivían antiguamente, pero en Pompeya, si. Disfruté como un enano por esas calles. Recomiendo su visita totalmente.

Bueno, de vuelta a Roma paramos en un centro comercial a la entrada de la capi, a comprar cena y llevárnosla al apartamento. Pero la relajación llegó cuando terminamos de hacer las maletas, pues al día siguiente partíamos hacia Florencia.

Hasta pronto.