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Otro día en el paraíso.

El cuarto día en Normandía volveríamos a visitar pueblos y lugares del desembarco. Esta vez íbamos a ir a la otra punta del desembarco. Si el primer día empezamos por la invasión de los paracaidistas británicos de la zona este, hoy íbamos a ir la zona oeste con la 82ª y la 101ª aerotransportada americana.

Un poquito de historia que tanto os disgusta.

Al igual que en el este y a la misma hora, fueron lanzados miles de soldados paracaidistas americanos en la península de Cotentin, a unos pocos kilómetros en el interior desde la playa de Utah, sobre la zona del pueblo de Sainte Mère Église. Principalmente porque era un punto estratégico de cruces y puentes para conquistar y proteger hasta la llegada de las tropas desde la playa.

Muchos de los paracaidistas murieron ahogados ya que los alemanes habían inundado muchas zonas precisamente para que le fuera difícil al enemigo descender o moverse por la zona. Los paracaidistas tenían previsto caer al oeste del pueblo, pero unos cuantos cayeron por error en el mismo pueblo cuando, precisamente, estaban todos los alemanes intentando apagar un incendio en una casa, con lo que casi los estaban esperando. Fue una masacre. Como curiosidad, que muchos ya sabréis si os gustan las pelis de la segunda guerra mundial, uno de los paracaidistas, John Steele, vio todo sin poder hacer nada pues quedó colgado de uno de los pináculos de la iglesia, y se mantuvo en el hasta que los alemanes se dieron cuenta que estaba vivo y lo hicieron prisionero. Fue uno de los pocos que se salvo de los que cayeron en la ciudad.

El resto de los paracaidistas corrieron diversa suerte (la operación fue más desastrosa que exitosa), aunque, eso si, consiguieron tomar y defender varios puntos desde los cuales el resto de las tropas consiguieron avanzar con algún que otro problema en el objetivo principal de reconquistar Francia.

En cuanto al desembarco por mar (perdón por la tontería, no puede haber un desembarco por tierra) fue más exitosa que la aérea aunque casi sin querer. Me explico. Las embarcaciones destinadas a la playa Utah iban a desembarcar en una zona, pero un error de cálculo hizo que lo hicieran unos kilómetros más al sur, con lo que no sufrieron muchos cañonazos de las batería de Crisbecq y Azeville. También había menos tropas de las esperadas esperándoles con los que también fue más fácil el asalto a la playa.

El “único” problema fue que al salir más al sur tardaron más en encontrarse con las tropas caídas del cielo y así avanzar más rápidamente. Eso sí con más o menos rapidez llegaron a Sainte Mère Église y consiguieron liberarla. Fue una de las primeras poblaciones que fueron liberadas en el desembarco y la primera que se liberó en la península de Cotentin.

Creo que ya está bien de historia, aunque amenazo con volver, je, je.

Yendo a lo que hicimos nosotros ese día lo empezamos con una baja en el equipo. Mariluz no se encontraba bien, así que tomamos la decisión de ordenar a su marido que se quedara con ella para que no hiciera ninguna tontería (luego nos enteramos que fue sobornado e hicieron una tontería perdonable) Los restantes seis nos montamos en nuestra carroza mágica y cabalgamos hacia la guerra.

Justo a la hora oportuna llegamos a la batería de Crisbecq, el lugar más lejano del día, y desde allí íbamos a ir acercándonos otra vez a casa. A las nueve de la mañana abrían el pequeño museo de la batería. La batería no se había terminado de construir en el momento del desembarco, pero tenía dos casamatas para los cañones que si estaban conclusos. Los demás cañones estaban al descubierto. El lugar fue bombardeado la noche anterior al desembarco provocando daños, pero no los suficientes como para dejarla inactiva, es más, uno de los cañones hundió uno de los barcos aliados.

Lo que si no pudo hacer fue atacar las posiciones del desembarco en la playa debido a lo que ya he dicho anteriormente de la equivocación aliada de llevar unos kilómetros al sur las tropas a desembarcar. En la misma batería de Crisbecq se situaba la posición de tiro de otra batería, la de Azeville (que luego veríamos de pasada), ya que no tenía visión directa al mar, cosa que no entiendo por parte de los alemanes, dejará de haber sitios en Normandía para acercar la batería hasta el lugar oportuno. Pues al parecer no.

Estuvimos paseando y visitando cada edificio y emplazamiento de los cañones, incluso uno que está fuera del museo. Debe ser que el paisano poseedor de esas tierras no ha querido vendérselo al museo. Seguro que pide más pasta. Bueno, que me desvío del tema. En varios edificios hay recreaciones de lo que fue cada uno, enfermería, cocina, etc… Lo que me pareció más curioso fue enterarme de lo que le había pasado a una de las casamatas, la que esta en la entrada. Está totalmente hundida y destruida, solo queda el cañón, que evidentemente ha sido colocado posteriormente para poder ver y situarte de como era la casamata. Yo pensé que había sido destruida por la acción de los cañones de los barcos, pero no fue así. Resulta que el hundimiento del pedazo de techo de tres metros de grosor se debió al mal manejo de la artillería por parte de los americanos cuando estos terminaron por tomar la batería. Un par de días (más o menos) después  de la conquista, estos estaban manejando lo que quedaba de arsenal en el interior de la casamata cuando explotó todo el arsenal, lo que hizo que todo el bloque se levantara, se partiera y cayera totalmente hundido en el interior del bunker. Que explosión no sería para conseguir lo que no pudieron hacer los barcos, destrozar la casamata.

En el asalto en los días posteriores al desembarco (los días 7 y 8 de junio), los alemanes tuvieron que tomar la decisión de pedir ayuda a la batería cercana de Azeville, pidiéndoles que las bombardearan para hacer que se fueron los asaltantes. Uno de los zambombazos que lanzaron desde Azeville tuvo el tino de entrar por la misma puerta de uno de los bunkers auxiliares dejando un boquete de un metro de diámetro, más o menos. Espectacular. Y que casualidad.

La visita se alargó más de lo esperado, pero es que cuando uno está disfrutando de lo que ve no se da cuenta de como corre el tiempo. Además, al contrario de otras baterías o lugares que visitamos, en esta nos dieron un par de papeles explicativos de lo que era cada sitio, y eso te da pie a que veas cada piedra de distinta manera. Lo vives más.

Sobre las 10 y media nos fuimos hacia la batería de Azeville, a apenas unos 5 kilómetros de la de Crisbecq. Aparcamos la furgoneta y nos dimos una vueltecilla por el par de bunkers que hay justo al lado del aparcamiento. Nos subimos encima, entramos en los pocos agujeros que era posible entrar.

Justo al otro lado de la carretera que divide la batería están las otras dos casamatas a las que para acceder tienes que pagar (normal). Como acabábamos de ver la otra batería y apenas había un par de casamatas, decidimos no pagar, lo único que hicimos fue pasear al lado de la valla y ver las pinturas que tenían las casamatas, que simulaban la pinturas que tenían en aquel tiempo para camuflarlas y hacer creer que eran casas en lugar de bunkers. Aunque nos fuimos tan felices de no habernos perdido nada, resulta que si nos perdimos la cantidad de cientos de metros laberínticos subterráneos que tenía la batería, donde estaban todas las dependencias. Bueno, la próxima vez que visite la zona entraré.

Como historia no se puede contar mucho más que cualquier otra batería, salvo lo que he contado anteriormente, que su posición de tiro se encontraba en la de Crisbecq, principalmente porque las cabeza pensantes alemanas fueron un tanto inútiles a la hora de colocar una batería que tenía que disparar a barcos en un sitio en el que no se veía el mar. Otra cosa, que también le sucedía a muchas baterías, era que estaba inacabada en el momento de la invasión. Y como nota curiosa, que los soldados estaban tan aburridos que se montaron una piscina, un campo de fútbol y hasta un casino.

Llegaba el momento estrella del día, la visita del pueblo de Sainte Mère Église y del Museo Aerotransportado, uno de los mejores de toda Normandía.

El pueblo es pequeñito, pero muy turístico debido a la segunda guerra mundial. Y a pesar de la gente que había nos fue muy fácil aparcar la furgo en pleno centro del mismo, justo al lado de la plaza. Y lo primero que había que hacer era tomarse algo antes de que nos cayéramos desfallecidos. En la misma plaza nos tomamos un cafelito y unas pastas. Tras eso y la visita a una tienda de souvenirs militares, nos dispusimos a ver al soldado Steele colgado del pináculo de la iglesia, principal atracción turística del pueblo hasta que se abrió el museo.

Lógicamente, visitamos la iglesia por si tenía algo merecedor. No tiene gran cosa, es más lo único reseñable por mi eran las vidrieras modernas en la que salían paracaidistas al lado de la Virgen.  Otra vez fuera, hicimos un ligero paseo por la plaza y viendo que si entrábamos al museo a esa hora (sobre la 12), seguramente no comeríamos hasta las cuatro de la tarde y sabiendo como son los franceses para sus horarios, a esa hora solo comeríamos donuts o algo similar, con lo que tomamos la osada decisión de comer, ¡¡¡a las doce!!! Había que hacerlo. En la plaza no había mucho donde elegir, pero había un hueco en una pizzería en el lado contrario de la plaza con respecto a la iglesia, y a 10 metros de la taquilla del museo, y allá que fuimos.

Comimos visto y no visto y sobre la una menos cuarto ya estábamos dentro del museo, del pedazo de museo.

Es pec ta cu lar.

El museo es uno de los mejores de Normandía, aunque me faltarán unos cuantos (hay infinidad) por visitar. Está principalmente dedicado a las divisiones 82ª y 101ª aerotransportadas del ejército de los Estados Unidos. Se inauguró en 1964 y en un principio solo tenía un edificio. Por cierto, está construido en el lugar de la casa que se incendió previamente a la caída de los paracaidistas americanos y que hizo que desvelara, con la luz del fuego, su caída.

Actualmente tiene tres, cada cual más interesante. En uno, el más viejo, hay un planeador original Waco, que además es el único que hay en Francia. Lo mejor es que lo han adaptado para que puedas subirte y poder ver como era su interior y como iban los paracaidistas. El edificio es redondo, simulando un paracaídas de la época y alrededor del planeador hay infinidad de vitrinas con multitud utensilios y enseres que llevaban los soldados en la guerra.

El segundo edificio, inaugurado unos 20 años después, contiene un avión original Dakota C-47. La pena es que no pudimos subirnos a el, solo lo puedes observar desde fuera. Y el tercer edificio, el más moderno contiene simulaciones de esos días, de los lanzamientos y de las luchas por los puentes y de los pueblos.

Fue una visita más o menos rápida, apenas una hora y media, pero yo personalmente disfruté como un bebé saltando en un charco. Recomiendo la visita del museo, aunque no se sea muy aficionado a lo que pasó en la segunda guerra mundial, o no se sea a la guerra en general. Si sabes inglés o francés puedes aprender bastante de lo que pasó en esos días. Un último detalle curioso, si no recuerdo mal, el museo está financiado por donaciones de los americanos principalmente.

Ya habíamos acabado con el pueblo de Sainte Mère Église y tocaba avanzar en nuestro cometido. Ahora nos íbamos a acercar a un pequeño lugar, que parece actualmente insignificante, pero que fue uno de los sitios donde se peleó con más fiereza de los días del desembarco por los paracaidistas de la 82ª división. Al Memorial Paracaidista o Memorial Iron Mike. Fue donde se produjo la batalla de la Fière.

Los paracaidistas que cayeron la noche del 5 al 6 de junio debían tomar diversas zonas y puentes, entre estos estaba este de la Fière. Entre unas cosas y otras se tardó cuatro días en tomar este puente “insignificante” sobre el Merderet, un río que prácticamente se puede saltar, apenas tiene unos cinco metros de ancho. Visto ahora parece fácil, pero entonces, toda la zona al oeste del puente estaba inundada y era impracticable, con lo que no solo había que capturar el puente sino una franja bastante larga de carretera que encima no tenía protección de árboles, casas o montículos. La “batallita” duró cuatro largos días en terminarse. Y en memoria a las vidas perdidas y a los que sobrevivieron en la lucha se colocó este memorial, una estatua de un soldado estadounidense mirando hacia el oeste.

Tras unos minutos haciendo fotos y pastando como las vacas por los verdes prados, cogimos otra vez carretera y manta y partimos hacia Utah beach, nuestro último destino del día. En el camino que nos llevaba a la playa y a un par de kilómetros a la salida del pueblo de Sainte Marie du Mont paramos a hacer una foto a una estatua que me pareció interesante y que estaba en medio de la nada acompañada por un par de banderas de Estados Unidos y de Francia y rodeada de maizales. Después me enteré que estaba dedicada a un grande de la segunda guerra mundial, estaba dedicada a Richard D. Winters. Dicho así seguramente a nadie os sonará el nombre, pero a lo mejor os suena más si os digo que era el oficial al mando de la Compañía Easy que fue llevada a la pequeña pantalla en la serie “Hermanos de sangre” y que relata su vida desde el entrenamiento en Inglaterra hasta el final de la guerra cuando llega al retiro de Hitler en Berchtesgaden.

Tras hacer la foto sin querer queriendo, como diría el Chavo del ocho, continuamos para la playa. Enseguida llegamos y aquí si nos dimos cuenta de como pudo ser el desembarco. A ver, faltaban muchas cosas, bunkers, nidos de ametralladoras, los barcos, etc., pero si que estaba la playa cuasi tal cual estaba entonces. En esta zona no ha habido el boom del ladrillo o simplemente se ha protegido la naturaleza, no como la zona de las playas del este, Sword, Juno y Gold, que, aunque había pueblos costeros, también se construyó cerca de la playa.

Además, al ser verano, las playas estaban abarrotadas de gente, mientras que en Utah solo había gente viendo el lugar del desembarco, como mucho un par de paisanos paseando al perro. De esta manera, uno podía imaginar como fue la batalla, sin que hubiera ningún obstáculo que dificultara la visión.

Podíamos haber entrado al museo de la playa, pero como en las anteriores, decidimos no hacer tanto gasto. Parece que no, pero si hubiésemos visitado todos los museos que más o menos teníamos previsto visitar, nos hubiésemos gastado unos 50 o 60 euros diarios por persona, con lo que hubiéramos llegado aproximadamente a los 1000 euros solo en entradas de museos en mi familia. Una pasta.

Volvamos al tema. Estuvimos viendo los tanques que habían apostado por allí las autoridades pertinentes, las lanchas de desembarco, los obstáculos alemanes, y sobre todo, la playa. Es enorme, tu. No llegas a su fin con la vista.

El día era soleado y con el mar enfrente solo tenías una opción, meter los pies en el. Y eso hicieron los chiquillos. La tarde solo transmitía paz, el mar tranquilo, con una brisilla que apenas te movía los pelillos, sin ruidos ni ladridos. Lo que se suele venir llamándose, tranquilidad. Lo único que apetecía era quedarte mirando la inmensidad de la playa y el mar. Tal vez leyendo un libro mientras pasan los minutos. Tal vez charlando con tu mujer o con los críos. Tal vez simplemente viendo pasar las horas. Lo que se perdieron Joaqui y Mariluz.

Minutejos después de poner los juanetes en agua salada, llegaba la hora de volver a la carretera. Sobre las cinco y media partíamos ya hacia casa, se había acabado el día. Nos quedaba todavía una hora de camino, aunque pudo ser menos sino hubiésemos estado vagando por esos caminejos sin rumbo ni dirección hasta que pudimos llegar a la nacional. Este día nos perdimos el museo de tanques que hay cerca de Carentan, pero el tiempo es el tiempo y no pudo ser.

Cuando llegamos a casa nos encontramos que Mariluz se encontraba mejor (estupendo) y que habían aprovechado para acercarse al pueblo de Port-en-Bessin. Estaba a un paseo de seis kilómetros entre ida y vuelta.

Esto es lo que dio el día, así que cenamos, charlamos, chateamos, y nos fuimos al catre.

Hasta pronto.

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Hoy iba a ser otro día de arte y monumentos. Íbamos a visitar la parte más al oeste de Normandía y lo más al este de Bretaña. El Monte San Miguel o Mt Saint Michel y St Malo.

Madrugar jode, pero en medio del campo, escuchando nada más que los pajaricos, se hace mucho más ameno, menos estresante. La tranquilidad que tiene la casa es única. Solo se rompe el silencio cuando los inquilinos, osea nosotros, se levantan, cuando empezamos a subir y bajar, cuando hacemos tintinear las cucharillas contra la porcelana de la taza de café haciendo que se disuelva el azúcar, cuando empiezan los gritos de a ver cuando sale uno del baño para entrar otro, en resumidas cuentas, cuando la vida empieza a emerger, cuando el sol se levanta por donde siempre.

Sobre las 8,30 de la mañana ya habíamos recorrido los casi 130 kilómetros que separaban la casa del aparcamiento habilitado para los turistas que van a visitar el pueblecito. De este al pueblecito hay varias formas de ir, un carruaje con sus caballos y todo, un autobús que sale cada cierto tiempo, o andando. Nosotros escogimos ir andando para así empaparnos de toda la belleza que rodea y que es St Michel.

Al llegar la marea estaba baja, así algunos de nosotros decidimos meternos a la arena y tener otra visión de la mole que emergía delante de nuestros cuerpos. Esa mole consta principalmente de la abadía dedicada al arcángel San Miguel y lleva más de 1300 años en pie (se empezó a construir en el año 709, aunque no fue hasta el 966 cuando se instalaron los benedictinos). El lugar es uno de los sitios más visitados de Francia y el más visitado de Normandía con alrededor de más de 3 millones de turistas al año. Y en cambio solo viven una treintena de persona en el peñasco. Fue nombrada patrimonio de la humanidad en el año 1979.

Mientras estábamos en la arena no paraba de acercarse gente, y conforme avanzaba más el día, más eran las personas que llegaban. Joaquí, Mariluz, Toñi y Elena se cansaron de esperarnos y accedieron al recinto amurallado, así, hasta una hora y pico más tarde no volvimos a estar juntos otra vez.

Hasta que no cruzamos la puerta de entrada/salida no nos dimos cuenta de la cantidad de peña que visita el monte. Prácticamente había de dar machetazos para poder avanzar, y como todo lugar de este tipo que se precie, antes tenías que pasar por multitud de tiendas y tiendecitas que vendían todo tipo de productos publicitarios del lugar, desde cucharillas y platos pintados hasta las típicas camisetas y sudaderas con distintos y variopintos dibujos del monte.

Empezamos a callejear por las tres calles que hay en una dirección y en otras. Nos movíamos despacio debido al gentío que había. Cruzamos por una callejuela que nos llevó a un cementerio al pie de la misma abadía. Y de allí, atravesando al iglesia de San Pedro, pensando que íbamos a acortar distancia, nos volvemos a encontrar en la calle principal.

Un poco más adelante se reúne el grupo otra vez. Empezamos a ver una cola que sale de una puerta de la muralla más cercana a la abadía. Resulta que era la cola para poder acceder a la misma. Si queríamos entrar deberíamos ponernos en la cola y esperar a poder entrar. Pero lo malo era que todavía nos quedaba una media hora o una hora para poder llegar a la puerta, y desde allí todavía un par de horas para poder entrar.

Así que decidimos dejarlo estar y no perder semejante tiempo, y no porque no valga la pena visitar la abadía, sino porque deberíamos vivir más tiempo y más lugares. Volvimos a la iglesia de San Pedro para que el resto del grupo la viera, así como el cementerio. Y de aquí, nos fuimos a un pequeño parquecito a comer. Allí teníamos que estar muy pendiente de las gaviotas, pues estaban al acecho para llevarse todo lo que pillasen. A nosotros no nos lo quitaron, pero a una familia descuidada si se llevo una gaviota un bocadillo. Y ahora vas y la pillas.

Aunque precioso, el monte se ve muy deprisa (salvo que entres en la abadía), y una vez comidos decidimos acercarnos a St Malo. No entraba en nuestros planes, pero como no teníamos nada que hacer nos dirigimos para allá.

Nos fuimos paseando por la carretera de la playa (salvo un par de tramos) En Le Vivier-sur-Mer hicimos una pequeña parada técnica y nos encontramos un pedazo de Rolls Royce antiguo. Todo un carro.

Sobre las 4 y pico llegamos al casco antiguo de St Malo. Esta es otra cosa, ni mejor ni peor, simplemente otra cosa. Es una ciudad con playa, más grande que Mont St Michel, y con un pequeño centro histórico. Allí fue donde nos dirigimos.

El casco viejo es una pequeña zona amurallada. Entramos por una de las puertas y nos dirigimos a ver al catedral. Aquí podíamos andar tranquilamente, a pesar que es verano y hay gente, pero no hay tanto gentío como en San Miguel. Tras la visita a la catedral, que, por cierto, es bastante pequeña, parece más una iglesia que toda una seo. Pues eso, tras la visita a la catedral, empezamos a callejear sin dirección. Aparecimos en una plazoletilla en un alto donde había una estatua dedicada a un corsario francés nacido en St Malo, Robert Surcouf. Seguramente, John Travolta se inspiró en esta estatua para realizar parte del baile de “Fiebre del sábado noche” Solo hace falta que la veáis para que sepáis lo que digo.

De ahí continuamos por lo alto de la muralla rodeando la zona vieja. Desde allí vimos distintas playas y el puerto. En una de las playas habían construido como una piscina, la cual se llena de agua cuando está la marea alta y se puede disfrutar cuando la marea es baja.

Tras un par de horas moviéndonos por allí llegaba la hora de empezar a recogerse. Aún nos quedaban un par de horas de regreso. Pero antes dimos una vuelta sin rumbo con el coche, así encontramos una torre que resulta ser un museo sobre los movimientos de navegación a través del cabo de Hornos.

Ya de forma directa llegamos a casa, cenamos y vimos las estrellas antes de irnos a dormir.

Hasta pronto.

Caen

No todo era historia bélica. Este día se iba a dedicar más al arte que a otra cosa.

El segundo día lo íbamos a dedicar a ver Caen. Antes de empezar comentar para los no francófonos y/o ignorantes en el tema como yo, que la pronunciación de Caen no es tal y como muchos lo decimos aquí en España, sino es como una “o” más abierta y nasalizada, como entremedias de cong y cang, una “o” más abierta o una “a” más cerrada. Mu rara, tu.

Después de esta aclaración fonética sigo con el tema que nos atañe.

Empezamos temprano, como es costumbre en las vacaciones, para llegar a primera hora a la gran ciudad de Normandía y así no nos quiten el sitio. En realidad es la tercera ciudad de Normandía. Le Havre y Rouen (capital de la región) son más grandes, aunque no por mucho.

Llegamos tan temprano que no había abierto todavía el castillo o fortaleza y nos dimos una vueltecilla por las calles aledañas. Paseamos por los alrededores de la catedral, la iglesia de San Pedro, a la que accedimos antes del castillo ya que estábamos al lado de ella.

Aunque se denomina iglesia, los turistas la llamamos catedral de Caen, pero en realidad la ciudad no es un obispado, con lo que no puede ser catedral. Pinta tiene de ello. Sin embargo, en Murcia hay catedral y el obispado está en Cartagena, con lo que puede ser que haya catedral sin que sea necesariamente sede del obispado. Así que para mi es catedral.

Gótica y renacentista más algún que otro estilo. Sólo tiene una torre-campanario, en el lado derecho conforme miras la fachada, que fue destruida en la reconquista de Europa en la segunda guerra mundial por parte de los aliados, y posteriormente reconstruida en su totalidad. Esta mide seis metros más que la catedral de Notre-Dame de París, sin embargo no da la sensación de ser (ni es) tan grande como ella porque solo tiene una torre y porque la nave es más corta y más baja que Notre-Dame.

Esta situada en un lugar privilegiado, la plaza de San Pedro, con toda una zona verde enfrente y con el castillo mirándola. Desde este se ve hermosa y limpia, sin que haya nada delante que entorpezca su visión. No puedo pasar sin poneros una foto de como estaba la catedral en 1944. La foto está tomada desde la fortaleza y en aquella época se ve que si había unos edificios entre esta y la catedral. Hoy solo es una zona verde. Mas bonita, urbanísticamente hablando.

Por cierto, hay que decir, para que no haya problemas legales que la foto está tomada desde la wikipedia y según ella pertenece a la colección de Imperial War, y fue hecha por el Mayor Stewart del 5º Army Film and Photographic Unit.

Tras la rápida visita de la catedral, tocaba asomarnos al castillo. Estaba justo enfrente, como ya he dicho. Accedimos a el por la puerta de San Pedro (¿porqué será que le han puesto ese nombre?) El castillo es más que un castillo, es una zona amurallada en la que su interior se encuentran varios lugares que visitar, un par de museos, una pequeña iglesia y unas ruinas de lo que fue una torre prisión. Además tiene grandes explanadas con varios miradores hacia la ciudad o con un pequeño grupo de esculturas al aire libre.

Nosotros empezamos por esta última. Accedimos a las esculturas por un pasillo en cuesta, que también te llevaba a la terraza del restaurante, y por el que entrábamos a un recinto cerrado entre las murallas del castillo y las paredes del restaurante. La cuadrícula era muy simple, y las esculturas estaban subidas a postes lo que le hacía un recinto un tanto soso, con lo que estuvimos más bien muy poco tiempo.

De aquí nos fuimos a allí, a la iglesia, pasando de largo el museo de bellas artes. La iglesita se vio mu rápida, era mu pequeñita y sin grandes artificios. Así que continuamos nuestro camino, eso si, cada uno por un lado, los primos por un lado, las cuñadas por otro y los hermanos cada uno por su lado para no estorbarse.

Una vez paseado por todas las esquinas del recinto y con las tripas que empezaban a crujir decidimos salir del castillo e irnos a comer. Para ello nos fuimos por la puerta de los Campeones. No es que seamos unos campeones, que si, es que la puerta se llama así. Además era la puerta más cercana al lugar de restauración del centro de la ciudad al que íbamos a ir. Solo hacía falta cruzar la calle y llegábamos a una calle peatonal muy mona, con casas combinadas de madera y piedra, en la que había muchos bares y restaurantes. ¿El problema?, que eran muy caros, o muy pitiminí, o solo hamburgueserías (lo que querían los críos, y no lo queríamos los adultos), o no entendíamos el menú, o un conjunto de todo esto unido.

En fin, una vez recorrido los doscientos metros de calle para abajo y para arriba, nos decidimos por uno, La Poterne. No es que fuera una mala decisión, pero no fue muy acertada. Entre que no sabíamos demasiado el francés y que los camareros no sabían el español, no supimos lo que pedíamos y algunos acertaron y otros no. Es lo que suele pasar cuando no sabes idiomas.

No nos entretuvimos mucho en hacer la sobremesa, lo dicho, no estuvimos muy a gusto. Así que cogimos otra vez las zapatillas y salimos a ver más ciudad, esta vez hacia la Abadía de las Damas, o también de la Trinidad. Es una de las dos grandes abadías que hay en la ciudad, una es esta y la otra es la de los Hombres a más o menos un kilómetro de la de la Trinidad. La abadía fue creada por la reina Matilde, esposa del rey Guillermo el conquistador. En la iglesia todavía está la tumba de la reina Matilde. La abadía de las Damas, como la de los Hombres, tienen casi 1000 años de existencia, en los cuales han pasado numerosas vicisitudes, saqueos, guerras, etc. Desde 1986, además de abadía, es sede del Consejo Regional de la Basse-Normandie.

Hicimos una visita muy rápida al interior de la iglesia, que era lo único que se podía visitar de los edificios, y nos fuimos a dar una vuelta por los jardines más cercanos a la iglesia, precisamente donde está situado el edificio del Consejo Regional.

Lo malo era la modorra de después de comer. Empezaba a pesar en los cuerpos, pero no podíamos caer, no podíamos hacer que ganara la modorra frente a nuestras ganas de ver y conocer cosas. Con lo que teníamos que movernos para despejarnos. Nos íbamos a la otra gran abadía, la de los Hombres o de San Esteban. Para ello volvimos a deshacer nuestros pasos hasta llegar a la puerta de la catedral y de allí seguimos rectos por la calle de San Pedro, peatonal y llena de vida, se puede decir que es la calle principal o una de ellas.

Paseamos bajo el sol normando que, aunque menos caluroso, también pegaba bien. En mitad de la calle dejamos de lado la iglesia de Sant Sauveur y seguimos hasta el final de la calle que se bifurca en la calle Arcisse de Caumont y la calle Ecuyere. Es esta la que tomamos hasta la plaza Fontette, y de ahí a la izquierda hasta la explanada del Ayuntamiento, edificio que era parte de la abadía, justo pegado a la iglesia de San Esteban. Este complejo también fue realizado bajo el hospicio de Guillermo el conquistador y su mujer Matilde. Aquí es donde yace Guillermo. Es curioso que estuvieran unidos en vida y en la muerte separados, como si fuera un propósito de la iglesia (que perverso soy), ya que en vida la iglesia no vio bien la unión de ambos pues eran parientes, lo que, para resarcirse, los tortolitos proyectaron y realizaron ambas abadías. Pero cuando la muerte llegó ambos fueran separados, como la iglesia quiso en tiempos anteriores, y enterrados cada uno en sus abadías correspondientes.

Bueno continuemos. Enfrente de la explanada están las ruinas de la vieja iglesia de San Esteban ¿De que época serán si son más antiguas que la iglesia de la abadía? Si esta consta que es del siglo XI, la vieja tendrá los mil años fijo. En fin, ya me enteraré algún día, o no, de que año es. Las ruinas solo las vimos desde la lejanía, desde la explanada, ya que el paseo no nos despejó y solo estábamos más agotados (que flojos somos) Algunos nos sentamos en los bancos que había por allí con el peligro de que no nos pudiéramos levantar nunca más. Con gran esfuerzo conseguimos situarnos en vertical y mover los restos de nuestro bodies hacia la iglesia que vimos con muy pocas ganas y deprisa y corriendo, como se dice por ahí.

Seguro que Caen tiene más cosas que ver, al final solo fueron unas seis horas las que pasamos allí, pero aquí ya dijimos que habíamos dado todo por esta bonita ciudad, con lo que empezamos el camino de regreso al coche. Volvimos a la plaza Fontette donde habíamos localizado una pequeña heladería y nos aprovisionamos de unos politos para refrescarnos un poco. Con ellos en la mano pillamos la calle Sant Sauveur hasta llegar al castillo. Lo rodeamos y nos fuimos hasta la calle de la Délivrande que era donde estaba la furgo.

De vuelta paramos otra vez en el Carrefour de Bayeux a coger provisiones y papel higiénico (muy importante). Y ya justo antes de llegar a casa nos detuvimos en un chateau y nos hicimos unas foticos. Bueno, en realidad solo se hizo Mariluz las foticos porque los demás se quedaron en la furgoneta como ratas escondidas del gato del casero.

Y ya llegó a su fin este día con la esperanza de que al día siguiente el sol volviera a salir por el este y nos iluminara en nuestro camino al siguiente punto.

Hasta pronto.

Dia D. Hora H

Es el momento de iniciar nuestro desembarco particular por tierras normandas. El 6 de junio de 1944 fue el desembarco de Normandía, el 6 de agosto de 2016 tomamos estas verdes tierras en nombre de los Hernández, 72 años, 2 meses y unas horas después de que lo hicieron los aliados.

Empezamos nuestra semana como lo hicieron entonces, en la batería de Merville y el puente Pegasus. Todos tenemos en nuestra mente que el desembarco de Normandía fue lo que fue, el desembarco de miles de soldados y de material para abrir otro frente en la segunda guerra mundial en la lucha contra los alemanes. En realidad, el desembarco es eso, pero esto sólo es una parte de la batalla de Normandía. Pero no solo fue el hecho intrínseco de la llegada de barcos a las orillas de las playas.

A parte de la preparación de la batalla durante meses, el inicio lo marcan dos incursiones con tropas aerotransportadas (osease, paracaidistas), una por el este y otra por oeste. Hoy íbamos a recorrer (más o menos) lo que hizo la 6ª División Aerotransportada inglesa que cayó en el este.

Alrededor de 700 soldados de la tercera brigada del 9ª Batallón Paracaidista saltaron sobre la 1 de la madrugada para asaltar esta batería y otras posiciones vitales, como puentes para cortar la posible ayuda de refuerzos alemanes. Por desgracia, el aterrizaje de las tropas fue caótico y cayeron sobre zonas inundadas y/o muy desperdigados, lo que ocasiono que murieran muchos soldados y los supervivientes tardaran mucho en reunirse para acometer sus objetivos.

Con apenas 150 hombres (menos de la cuarta parte de lo previsto) y sin ningún apoyo pesado debido al total desorden del aterrizaje de los planeadores Horsa, donde transportaban Jeeps, cañones o morteros, el Teniente Coronel Otway decidió atacar la batería a las 4 de la mañana, tomándola en solo tres cuartos de hora, eso si, perdiendo casi 100 hombres entre muertos y heridos.

La inutilización de la batería hacía que el desembarco en la playa Sword fuera más fácil. Una vez que se inutilizó la batería, Otway la abandonó y se dirigió a otros objetivos. Los alemanes la volvieron a tomar al día siguiente, pero ya no tuvo la importancia bélica que tenía ese 6 de junio.

Nos levantamos tempranico, para así estar en la entrada del museo de la Batería de Merville cuando abrieran, a las 9,30. Como era normal no había nadie cuando llegamos. Lo primero que te llama la atención es el avión C-47 (conocido como Dakota) que se utilizó para el transporte de los paracas, y que se encuentra nada más pasar la taquilla. No te dejan subir a el y es una lastima, porque hubiese estado bien verlo por dentro.

Hay un recorrido prefijado para la visita de las distintas casamatas y puntos de interés, pero al ser tan pequeño el lugar, daba lo mismo ir por un lado que por el otro. En cada casamata había una historia o un pequeño museo explicando como vivían los alemanes allí o como fue tomada la batería. En especial, hay una casamata donde se recrea con sonidos y algo de luces como fue conquistada. Para ello cada hora suena una sirena avisando del inicio del teatrillo.

Tras una hora y pico (algo más de lo que estaba previsto) paseando y viviendo en lo posible lo que se inició allí, volvimos a la furgoneta, no sin antes pasar por su pequeña tienda y comprar algunos suvenires. Desde allí bajaríamos hasta Ranville y torcer hacia el oeste para llegar al siguiente punto de nuestro desembarco: el Puente Pegaso.

A la misma vez que se debía tomar la batería de Merville, otro grupo de soldados debían tomar dos puentes, sobre el río Orne (el de Ranville) y sobre su canal (el de Benouville, que después se convirtió en el famoso puente Pegasus). Fue el Mayor Howard de la 5ª brigada de la 6ª división aerotransportada el encargado de tomar ambos puentes.

Sobre las 00:15, tres de los seis planeadores Horsa aterrizaron apenas a unos metros del puente Pegaso, y a pesar del ruido los alemanes no se pusieron en alerta, pensaron que era parte del bombardeo. En apenas unos pocos minutos tomaron el puente con apenas una baja y todos los alemanes muertos o huidos. En el lado izquierdo del canal se encontraba un café, el cual, desde esa noche, se considera como la primera casa liberada de Francia. Actualmente es un pequeño museo.

Otros dos planeadores cayeron más cerca del puente de Ranville y también fue liberado sin apenas oposición. Una vez lograda la operación Tonga el Mayor Howard envió el mensaje “Ham and jam” para indicar que los puentes habían sido tomados. Fue la única operación de todo el desembarco de Normandía que acabó tal cual había sido planeada y en el tiempo previsto.

La operación en sí no terminaba con la toma de los puentes, había que aguantar las embestidas de los alemanes hasta que llegaran refuerzos desde la playa Sword. Los alemanes hicieron un par de intentos que fueron repelidos muy fácilmente.

Sobre la 1 de la tarde llegaron los refuerzos comandados por el brigadier Lovat y su excéntrico gaitero Bill Millin, alertando con su música que estaban llegando para apoyarlos en la defensa del puente.

Aquí pasamos a ver el museo del puente. En el exterior del edificio del museo (en el patio) se encuentran una réplica de un Horsa que transportó a las tropas invasoras, armamento variado, pero por encima de todo destaca el puente original que se encontraba en el canal del Orne en ese día D. Puedes pasear por el viendo los efectos de los balazos que recibió en esos días.

En el interior nos encontraríamos con mucho material utilizado por los aliados y por los nazis, entre ellos una gorra de Montgomery. Pero lo mejor de todo fue hacernos una foto con un veterano de guerra que volvía a pisar terreno francés desde ese fatídico día. Nos comentó que él no fue un partícipe real del desembarco, que “simplemente” era un radio de una las lanchas que llevaban a las tropas a la playa, el iba y venía del barco a la playa. También nos comentó que en realidad él no pisó la tierra francesa, que una vez que realizó el último viaje para llevar a los soldados, volvió al barco y regresó a Inglaterra. El veterano se llama ALEC KNIBBS. Un placer y un orgullo haberlo conocido.

Acabamos de ver el museo a la misma hora que nuestros cuerpos nos pedían comida. Así que en el mismo parking nos hicimos unos bocadilletes y nos lo zampamos con ganas.

A los pocos minutos cruzamos el puente Pegasus por última vez dirigiéndonos hacia Ouistreham y la playa Sword. Pero antes de salir de Benouville paramos en la plaza del Comando nº 4, en una panadería para comprar algo más que llevarnos a la boca. Enfrente de esta hay una iglesia con su pequeño cementerio, en el cual se encuentran enterrados varios soldados muertos en esos días de la guerra. Como apenas había nada en la panadería tuvimos que parar en un Champion que había unos kilómetros más adelante. Todo esto hacía que nuestro retraso para ver cosas, unido al horario tan estrictamente europeo de los museos (o tan inútilmente corto), fuera en aumento y apenas pudiéramos ver más lugares de interés, como el museo del radar. De todas formas, tampoco pasaba nada si nos lo tomábamos con más parsimonia, estábamos de vacaciones, no tenía que haber estrés.

En la siguiente rotonda al hipermercado torcimos a la derecha para dirigirnos a las compuertas del canal del Orne con el Mar del Norte y dirigirnos al faro que estaba en el lado derecho del canal. Allí aparcamos y disfrutamos de las vistas de la bahía y desembocadura del Orne y del canal de la Mancha.

Tras un ratico nos desplazamos a la primera playa de las cinco que íbamos a ver estos días, la playa Sword. Enorme. Se perdía en la lontananza y es ancha de narices. Ese día estaba atiborrada de gente pues el día lo valía. Accedimos a ella por un caminito que hay al lado del monumento a los franceses libres.

Aunque fue la primera playa que vimos, en el desembarco fue precisamente la última en la que se empezó el mismo, cronológicamente hablando. El desembarco de tropas empezó en la playa de Utah, la playa que está más al oeste de todas, y solo unos minutos después se desembarcó en Omaha. Otros pocos minutos después en Gold, Juno y Sword. Apenas serían unas decenas de minutos, pero el efecto fue el mismo.

Estuvimos paseando por la playa, viendo como se lo pasaban en grande los pequeñines jugando en la arena y como los valientes se aventuraban a meterse en esas aguas heladitas. Pero tras unos minutos el paisaje ya había dado de si todo lo que podía, así que volvimos a la acera y a las calles paralelas a la playa del pueblo de Oustreham, donde se podían ver casas cuasi señoriales de los señoritos de París y de la zona.

En Oustreham podíamos haber visto un par de museos de la segunda guerra mundial (el del Comando nº4 y el del Muro Atlántico), pero no teníamos intención de verlos, entre otras cosas porque hubiésemos necesitado un par de meses para ver todos y cada uno de los museos de Normandía dedicados a la batalla y había que elegir unos cuantos. De todas formas, aunque hubiésemos tenido previsto ver los museos los habríamos dejado pasar porque llevábamos ya bastante retraso ese día. Es más, entre el retraso que portábamos y el excelente horario que tienen los franceses para sus cosas ya no íbamos a ver por dentro más lugares de interés ese día.

De Oustreham nos fuimos dirección Colleville-Montgomery donde, pasado el pueblo, se encuentra el Sitio Hillmann o Hillmann Fortress, aunque desde hace poco más de 20 años se le llama Memorial del regimiento Suffolk. Por cierto, el pueblo solo se llama así desde el término de la segunda guerra mundial en honor al mariscal Montgomery que llevó a cabo el desembarco de sus tropas en esa playa. Hasta entonces se llamaba Colleville-sur-Orne.

Volviendo al Memorial, nos lo encontramos ya cerrado (cerraba aún más temprano que cualquier otro museo) De todas formas, pudimos pasearnos por los exteriores que era como pasearnos por sus tejados ya que era un bunker construido tres metros bajo tierra y recubierto con cúpulas blindadas de 30 o 40 cm de grosor.

Pudimos acceder a algún que otro bunker pequeño que estaba abierto, pero lo que es la propia oficina central, donde está el museo, estaba cerrada. Así mismo estuvimos paseando por los alrededores y al estar el día despejado podíamos ver el océano a lo lejos. La fortaleza tenía un lugar privilegiado por su altura sobre el nivel del mar (60 metros) y una zona de fuego de 600 metros.

El sitio estaba ocupado por el Cuartel general de artillería y el Cuartel general de las defensas costeras. La tardanza en apoderarse de la fortaleza por parte del ejército británico fue clave para que no se pudiera tomar Caen esa noche del 6 de junio.

El siguiente punto a visitar era el Museo del radar, a unos 12 kilómetros hacia el oeste. Sabíamos que iba a estar cerrado, pero por si acaso les había dado por mantenerlo abierto, por alguna extraña razón, nos acercamos a verlo. Como era lógico, con estos “lógicos” horarios de los franceses, el museo se encontraba cerrado. Por lo menos, el lugar solo tenía un mallazo rodeando sus posesiones y pudimos ver, de lejos, algunos radares.

Ya sabíamos que no íbamos a llegar a ninguna parte, como museos y centros similares, que estuvieran abiertos, así que con tranquilidad ya nos dirigimos a ver lugares abiertos, como las playa de Juno y Gold. La primera playa, o más bien la playa que teníamos más cercana, fue la Juno. Allí nos acercamos a lo que es el centro de interpretación de la batalla que tuvieron allí los canadienses y británicos, situado en la población de Courseulles-sur-Mer. Evidentemente estaba cerrado, pero paseamos por los alrededores viendo multitud de cañones antiaéreos y de otro tipo que habían situado por los alrededores. Cercanos al edificio habían colocado varios monolitos con los nombres de los combatientes muertos en esta playa.

Empezaba a hacerse tarde y los cuerpos estaban un poco cansados, con lo que, sin prisa, pero sin pausa, nos dirigimos a la ciudad de Arromanches-les-Bains, que era donde íbamos a cenar. Antes de llegar al pueblo paramos en un mirador con un parking, que luego resultó que era el parking del Arromanches Cinema 360º.

En esta pequeña explanada había de todo, aparte del acceso al cine, había un Cristo o un Sagrado Corazón de Jesús, tipo corcobado, pero en pequeñito. También había, bueno, seguirá estando, un memorial a los ingenieros de la fuerza real británica que consistía en un par de secciones del puerto Mulberry, a los cuales te podías acercar hasta tocarlos y pasear alrededor de ellos y ver todos sus entresijos y, por supuesto, ver lo que fue uno de los hitos históricos de la ingeniera bélica, y que ayudaron tanto al despliegue de más tropas y material en el desembarco hasta conseguir conquistar un puerto de alguna de las ciudades cercanas, y así conseguir la victoria de los aliados frente a los alemanes lo más rápido posible.

Además se había situado un montículo para tener una mejor visión del pueblo de Arromanches, de los diques que se dejaron como muestra del puerto que se construyó allí y de la playa Gold. En el mismo montículo hay unos paneles que te van indicando donde están las distintas playas, pueblos y demás lugares de la batalla.

Aunque se podía ver perfectamente la playa desde allí, yo preferí acercarme al borde del acantilado para tener una mejor visión de la misma. Fui el único que se acercó del grupo, pues los otros integrantes estaban ya cansados de tanta guerra (no les quedaba na) y del largo día y prefirieron quedarse al cobijo de la furgoneta.

La marea baja dejaba ver una pedazo de playa muy ancha, además que era también muy larga. En esta playa fueron los británicos los que sufrieron la lucha contra los alemanes. Asimismo se veía el semicírculo que formaban los bloques de hormigón del puerto artificial que como ya he dicho se montó aquí.

Llegó la hora de terminar de acercarnos a Arromanches. Todavía había luz, pero ya empezaba a perder luminosidad el día. En un principio este iba a ser el sitio desde el que partir a hacer las distintas excursiones, pero la tardanza en elegir el apartamento hizo que nos birlaran uno estupendo.

Una vez aparcados, la mayoría pasó de los vestigios bélicos que había en este pueblo de apenas 500 habitantes, pero que en verano se pone a rebosar, y se pusieron a buscar un sitio bueno, bonito y barato para cenar, cosa que fue un tanto difícil ya que los de aquí se aprovechan de los incautos que aparecen por su pueblo para poner precios de Noruega o Finlandia en todos sus productos. Al final creo que cenamos pizza, lo más barato y fácil de tomar sin sorpresas.

Pero antes, cuando todavía había resquicios de luz, me dio tiempo para dar un paseo por su playa y fotografiar los bloques de hormigón que había en la misma e imaginarme el tipo de puerto que se construyó aquí. El puerto consistía en bloques de hormigón prefabricados en Inglaterra y llevados allí para hundirlos unidos entre si formando un semicírculo para convertirse en rompe olas y tener una zona interior tranquila (como los puertos actuales). Luego mediante unos puentes oscilantes y flotantes transportar los materiales y tropas a tierra.

Se construyeron dos de estos puertos, pero una tormenta, más bien un tormentón, se cargó el que se colocó en la playa de Omaha y casi hace lo mismo con el de Arromanches. Por suerte, los ingenieros pudieron reparar este y seguir con el desembarco hasta que conquistaron una ciudad más hacia el noreste que ya tuviera la infraestructura suficiente para trasladar allí a los barcos para continuar el aprovisionamiento de las tropas.

Después de cenar, nos fuimos para casita. Aún teníamos unos 15 kilométricos hasta llegar a ella y lo hicimos ya con la noche caída, cosa rara pues anochecía sobre las 11.

Esto es lo que dio de sí el primer día, que ya fue bastante. Ahora tocaba pillar cama y descansar que mañana había que madrugar y seguir con las vacaciones.

Hasta otra, pues.

A vueltas con la ruta 66

Espero no gafar con este nuevo post el reanudar el viaje de la ruta 66 que dejamos en stand by hace unos años. Cruzaré los dedos de las manos y de los pies si fuera necesario.

Fue allá por el 2013 cuando teníamos previsto el primer intento de viaje. Entonces lo dejamos para un par de años después, pero tampoco se pudo. Y así hasta este momento.

Ahora, el que va a ser nuestro tercer intento, parece que si se va a llevar a cabo, o por lo menos, hemos vuelto a empezar el trámite de mirar (en realidad, está todo ya más visto que el tebeo) y de programar (más de lo mismo) por donde nos vamos a mover, dormir, comer, etc.

Hay un cambio sustantivo en el viaje, y es que se ha apuntado mi hija al viaje. “Y más te vale que me dejes ir” así me convenció. Es el quinto paquete en el vehículo que nos llevará hasta el final.

Mientras tanto, mucha gente nos preguntaba que si la íbamos a hacer en moto, que es la forma más auténtica de recorrer los 4000 kilómetros que separan Los Ángeles de Chicago. Pero creo que precisamente la motera no es la mejor manera, puede que la si sea la más aventurera, pero no la más auténtica. Es en coche y no en moto. Así fue como recorrieron el asfalto familias enteras para llegar al estado dorado, en coche, saliendo de la crisis del 29. Cargados hasta las cejas con sus pocas pertenencias iban los abuelos, padres e hijos en esos coches destartalados con la intención de llegar al paraíso del trabajo.

Por suerte, nosotros no vamos a buscar trabajo ni a pasar penurias, pasaremos el desierto de Mojave con el aire acondicionado a 21 gradicos, y sin necesidad de llevar colchones en la baca del coche. Eso si, el maletero irá lleno de ilusión, de recuerdos, además de calzoncillos y camisetas.

El primer síntoma de que esta vez parece que vamos en serio es la documentación que nos hemos agenciado para ir más correctamente por el país de los vaqueros e indios. Un mapa de cada uno de los ocho estados por los que atraviesa la ruta. Para los estados extras que visitaremos (Nevada y Utah) emplearemos el google-maps. Una guía típica de la ruta, como cualquier otra de un país, provincia o ciudad que hay en cualquier mercado. Y por último, una más especifica la cual te va indicando cruce a cruce, milla a milla por donde tienes que ir, vamos un GPS de papel.

Dentro de unos meses llegarán los billetes de avión, alquiler del carromato y otras cosas. Mientras tanto seguiremos informándonos de lugares, paisajes, edificios que ver, visitar e investigar.

Hasta entonces, hasta pronto.

Nos vemos en el siguiente cruce.

Desembarco en Normandía

Hace ya mucho tiempo que tenía ganas de combinar el viaje de verano con una de mis aficiones, la historia de la segunda guerra mundial. Era difícil ya que no voy solo y hasta ahora solo había conseguido ver el museo de la segunda guerra mundial de París, el que está en los Inválidos. Pero en el verano del 2016 conseguí convencer a mi mujer e hijos para visitar Normandía y así disfrutar de dos de mis aficiones, viajar y la IIGM. Encima, al enterarse, se unió mi hermano con su mujer y dos de sus hijos. Total que fuimos ocho al viaje, con lo que se hizo más ameno para todos, los primos iban por un lado, las mujeres por otros y los hermanos por otro, aunque todos juntos.

Partimos un día como otro cualquiera de verano para Madrid, donde haríamos noche en el Axor Barajas y aprovecharíamos tanto para dejar en su garaje los coches y como su shuttle para acercarnos al día siguiente a la terminal correspondiente y pillar el avión a París. El hotel merece la pena por lo bien que está y por sus servicios, sobre todo, si el avión que tienes que coger sale temprano. Si tu salida es al mediodía o más tarde te puedes ahorras el dormir y el parking de larga estancia de Barajas es unos 30€ más barato que el hotel por semana. Pero en nuestro caso, el avión salía sobre las 8,30 y preferimos salir un día antes que viajar por la noche y no arrastrar el cansancio el resto del día.

En Madrid poco pudimos hacer (por no decir nada), el hotel está pegado al aeropuerto y simplemente salimos por los alrededores para estirar las piernas después del viaje de cuatro horas desde Murcia, y para cenar en un restaurante cercano, que, por cierto, no nos gusto mucho, sobre todo por la calidad-precio. La comida no estuvo mal, pero se subieron un poco a la parra a la hora de cobrar. El restaurante se llama Arte-Sano. De aquí a la piltra que al día siguiente teníamos que madrugar.

Con las legañas todavía pegadas a los ojos nos montamos en el shuttle en dirección a la terminal 1 (creo que era esa) para montar en Easyjet en dirección al aeropuerto Charles de Gaulle. De los tres aeropuertos de París elegimos ese por que era mas fácil ir hacia Normandía. Desayunamos en el aeropuerto un café malo con un bizcocho pedorro y ya os podéis imaginar que no resultó precisamente barato. Nos montamos, volamos, aterrizamos, recogimos un par de maletas que facturamos y nos fuimos al mostrador de Sixt a por la furgona que nos estaba esperando en el parking. Aclaramos todos los detalles del alquiler y salimos del aeropuerto en dirección a París.

No era necesario que pasáramos por París, pero una petición de Alejandro (no se acordaba de cuando estuvo aquí con cuatro añitos) y secundada por todos los demás hizo que nos adentráramos en la ciudad de la luz, principalmente a ver y comernos un bocata al pie de la torre Eiffel. Y eso hicimos, compramos unos bocadillos por el camino a ella y luego nos sentamos en los jardines de Trocadero con la torre a la vista entre los árboles a zampárnoslos.

Un tiempo después recogimos las mantas y nos fuimos para Normandía. Nos esperaban casi trescientos kilómetros, prácticamente todo por autopista de peaje, más caras que las españolas, pero bastante mejores y además te permiten ir un poco más deprisa.

Nuestro destino estaba en la localidad de Maisons, perteneciente a la provincia de Bayeux. La casa que alquilamos se llama “Le moulin de la Fosse Soucy”. La casa está genial para los ocho que fuimos, un poco cara (poco más de 1200 euros), pero como tardé un tiempo en reservarla me quitaron las baratas y nos tuvimos que quedar con esta. De todas formas, como ya he comentado, la casa está muy bien y los dueños fueron muy diligentes, nos ofrecieron mucha información de la zona, tanto turística como de festejos o eventos, y estuvieron para lo que necesitáramos. La localización de la casa está genial para el que quiere visitar las playas del desembarco. Justo en medio de la playas, la única que pilla un poco más alejada es la playa de Utah (unos 60 kilómetros al oeste) o la batería de Merville (unos 70 kilómetros al este)

Llegamos sobre las 6 de la tarde, buena hora para los franceses, sorteamos las habitaciones, colocamos las cosas y nos bajamos a Bayeux al Carrefour que nos dijo la casera (por cierto, cierran a las ocho de la tarde) Compramos el desayuno y algo para bocatas y cenas y nos fuimos para la casa a descansar. Aun así el día todavía duraría, hasta las once y pico íbamos a tener luz, por lo que se hacía raro estar en la casa. Pero con el cansancio acumulado de tanto ir de allá para acá nos fuimos a sobar que al día siguiente empezaría nuestro desembarco.

Así que, hasta pronto.

Arizona turolense

Esta Navidad, como en otras navidades, hemos hecho una rutica senderista. La family nos juntamos unos días en esas fechas y pensamos en movernos algún día en lugar de estar totalmente sedentarios delante de la mesa, al calor de la calefacción, y con la única intención de estar zampando como si no hubiera un mañana.

Pero cuando llegó el momento de hacer la excursión, la peña se empezó a rajar. Algunos que tenían que estudiar, otros que no me apetece pasar frío, otros que lo de madrugar no va con ellos, hasta mi madre puso como excusa con no podía andar, vamos, que no podía andar, ¿habrase visto?, pero si con 84 años está hecha una moza y va y dice que no puede andar, vergonzoso.

Así que, al final nos fuimos solo 2, mi hermano Rober y el menda. Mejor, teníamos todo el monte para nosotros, sobre todo, porque hacía 2 grados bajo cero y porque era un día entre semana, con lo que no nos íbamos a encontrar ni al Tato.

La ruta comenzaba en el barranco, o rambla, de Barrachina, para ello nos dirigimos hacia Teruel desde Cella, para luego tomar la carretera que va hacia Cuenca. A unos 3 kilómetros, antes de llegar al cruce de Villaespesa, sale un camino de tierra a la derecha que va a unas granjas. Al pasar la primera de ellas, en una curva a la derecha, dejamos el coche y nos disponemos a darnos la caminata del día.

El día comenzó despejado pero conforme nos íbamos acercando al curso del Turia nos adentrábamos en una espesa niebla, que parecía que iba a fastidiarnos la jornada. Pero justo cuando aparcamos el coche la niebla se quedó arropando al río y nos dejó avanzar disfrutando del color anaranjado de las montañas y laderas.

Avanzamos por la rambla escuchando a los perros perrunos de los apeaderos/pajares, que hay por el camino, lanzar sus amenazas a los dos únicos personajes que campaban por esas tierras. A mano derecha tenemos los escarpados montes que aparentan ser montañas del oeste americano.

A un par de kilómetros nos salimos de la rambla y tomamos un camino ascendente hacia la derecha. El silencio nos acompañaba por toda la caminata, la tranquilidad era absoluta. Hasta que, a mitad del ascenso, esa misma tranquilidad se nos puso, junto a nuestros huevos, en la garganta. Nos topamos con tres jabalis, dos adultos y un jabato, que venían de frente. Tanto nosotros como ellos nos paramos en seco. Menos mal que los jabalis se cagaron más que nosotros y además reaccionaron antes, se dieron la vuelta y salieron corriendo en otra dirección. Si hubiésemos tenido que reaccionar nosotros, hubiésemos acabado esparcidos por el monte cuales conejos atropellados por un coche en la caliente carretera, pues no había ni un solo arbolito al que subirse para escapar de ellos.

Tras esta experiencia con la naturaleza salvaje continuamos la andada. Al poco tiempo llegamos al camino Trocha de Campillo y torcimos a la derecha para continuar la ascensión a la Muela. En varias zonas del camino teníamos vistas a las dos vertientes, a la derecha teníamos el vallecito por el que habíamos venido, con sus campos de labranza, y a la izquierda teníamos un terreno más escarpado y ondulado, con pequeños barrancos y correnteras.

Unos cientos de metros más allá, en un caseto rodeado por una valla metálica, torcimos a la derecha para subir monte a través y terminar de llegar al punto geodésico de la Muela, desde el que nos espera unas vistas espectaculares de los montes turolenses. Durante la subida hay colocados varios carteles que nos indica que puede haber restos de materiales de la guerra civil, además de encontrarnos restos de lo que podían ser trincheras de las batallas que se libraron por los alrededores.

A partir de aquí teníamos el mundo delante de nuestros ojos, bueno, más bien, el barranco y la niebla. Con la vista hacia el sur se podía ver un mar de nubes sobre el valle del Turia. Espectacular. Por lo menos para mi que no he visto ninguno de los buenos.

Arriba andábamos casi por el borde del precipicio, para así poder asomarnos y tener el barranco a nuestro alcance, pues eso, el mundo a nuestros pies.

Poco a poco íbamos avanzando en nuestro camino y disfrutando del día. Veíamos como entraba y salía la niebla por el barranco, aunque la mañana se iba “caldeando” lentamente. Paisanos de la zona habían aprovechado la posición al borde del precipicio para colocar un hyde y así estudiar o fotografiar a las aves que vivían en la zona. Por desgracia nosotros no vimos ningún bichejo extraño (a parte de los jabalis) por estos lares.

Sobre las 11 tocaba empezar a bajar. Aunque yo quería llegar hasta la punta sur de la Muela, decidimos que pa qué, así que tomamos un camino que había un poco más adentro. A mi me hubiese gustado haber podido bajar por la misma rambla del barranco de los ciervos (creo que se llama así), pero el principio de ella era un tanto abrupta con algunos desniveles un tanto altos y peligrosos, así que tomamos el camino ya comentado, más sencillo, pero no por eso dejaba de ser menos espectacular.

El sol le daba de lleno en sus lomos, me refiero a una de las paredes del barranco, una pared totalmente vertical con tonos anaranjados salvo la zona más alta que eran grisáceos. La temperatura ya no era tan baja y el hielo del suelo había pasado a ser líquido con lo que la tierra compacta del principio se convirtió en terreno embarrado en algunos  tramos, con lo que se nos cargaban los pies con un par de kilos de peso por el barro que se nos pegaba en las zapatillas.

Continuamos la bajada haciendo fotos y disfrutando del paisaje, hasta que casi al final del descenso tomamos un pequeño sendero hacia la derecha que hay entre dos montes, el de la Muela que se nos queda a la derecha y otro que no se como se llama a la izquierda.

Ya nos quedaba poco para terminar y por fin nos cruzamos con unos seres humanos. Tres horas para ver a tres bichos con patas. Tras un saludo seco:

— Eh. – Dijimos nosotros.

— Quiá. – Dijeron ellos.

Cada uno siguió su camino.

Esta zona final es una pequeña rambla con multitud de grietas hechas por el agua y unos cuantos diques hechos por el hombre para que la tierra no se desplace y el agua no baje a gran velocidad. Poca vegetación, solo unos cuantos árboles vivos y muertos. Y al final de la ruta nos encontramos una casa de madera que parecía del oeste americano semiabandonada, quedaba muy bien colocada allí en ese paraje.

En unas tres horas recorrimos 10 kilómetros acompañados de un tiempo frío, pero soleado que hizo que la ruta no se hiciera incomoda. Una ruta muy recomendable, tremendamente fácil y no muy larga, perfecta para realizarla cualquier persona y pasar un rato estupendo con la naturaleza.

Espero que hayáis disfrutado del rollo como de las fotos (si pulsáis en ellas las podréis ver más grandes)

Nos vemos. Hasta pronto.