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Recorriendo la ciudad

Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

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Descansando por Florencia

La ciudad de Florencia no es muy grande, y la parte vieja aún menos. De Santa María de la Novella a la Santa Croce hay un kilómetro y medio. De la Academia al palacio de los Pitti hay un poco más de un kilómetro y medio. Con lo que, en general, todo el arte se sitúa en apenas un kilómetro y medio cuadrado, estás a unos 20 minutos andando de un lugar u otro. Lo más lejano era el hotel que se encontraba diez minutos más allá de uno de los puntos, la Santa Croce. Con lo cual la ciudad iba a ser sencilla de ver, sin agobios ni prisas.

Comenzamos, como debe ser, desayunando y salimos paseando por la orilla derecha del Arno hacia el centro. Charlando de cosas banales llegamos a los pies del palacio de los Uffizi y desde el que tomamos el primer contacto visual con el ponte Vecchio (divino de la muerte) Hicimos la cola pertinente para entrar a ver la galería de arte y cuando nos tocó entramos, normal. La galería es pequeña si la comparamos con los grandes museos, pero contiene una cantidad enorme de arte, tanto en escultura, como en pintura. Es visita obligada si se va a Florencia y se tiene un mínimo de tiempo y de interés por el arte, claro.

La visita de las distintas salas no nos llevó más de hora y media, por supuesto, a los niños les sobró hora y veintinueve. Eran las doce cuando volvimos a las calles de la ciudad del renacimiento. En seguida llegamos a la plaza de la Signoria y deambulamos sin rumbo por la misma. De paso miramos en los distintos restaurantes que hay en la plaza y se nos quitaron las ganas de comer. Es lógico que sea el sitio más caro, o por lo menos, de los más caros de la ciudad, estás en el mismo centro. Así que no íbamos a comer allí. Tontín, tonteando, se iba pasando el tiempo y moviéndonos por la zona al final acabamos comiendo en uno de las muchas pizzerías que hay por esas callejuelas.

Una vez alimentados continuamos nuestro tranquilo paseo para rebajar la panza, pero teníamos tal modorra que decidimos ir al hotel a descansar un poco. ¿Descansar? Si no habíamos hecho nada. Sin embargo, por la razón que fuese estábamos para el arrastre, seguramente nos pasó factura los días anteriores que no paramos de movernos. Como había días para poder ver la ciudad nos recogimos un ratico.

A eso de las siete y media, de la tarde por supuesto, movimos otra vez el culo y fuimos a ver la Santa Croce. Por supuesto, llegamos tarde y estaba ya cerrada la iglesia. Uff, con que parsimonia íbamos este día. De todas formas, no todo estaba perdido, paseando también se disfruta del lugar que estás visitando, y más si te sobra tiempo para hacerlo. Sin mirar el reloj cruzamos la plaza de la Santa Croce, cosa que merece la pena debido a la belleza limpia que poseen sus edificios. En el centro de la plaza no hay nada, es diáfana, no hay ni siquiera una fuente o una estatua, por no haber, no hay ni sombra. Pero esta limpieza hace que la plaza se pueda admirar con más facilidad todo lo que hay en ella, y más, si miras hacia la iglesia desde la otra punta de la plaza.

¿De aquí a dónde íbamos a ir? A la plaza de la Signoria. Estaba al lado, unos 300 ó 400 metros de la Santa Croce. Ya estaba anocheciendo y empezaban a salir los colores anaranjados del atardecer. Aquí si que encontramos el palacio de la Signoria o, más apropiadamente, el palacio Vecchio (viejo, no bello, aunque también lo sea) abierto y pasamos a ver su patio interior. Su patio es pequeño y está compuesto por unas 10 columnas y la arcada está pintada con planos de la ciudad o vistas de la misma. Se ve rápido, pero creo que merece la pena verlo.

Antes de ir a cenar nos acercamos a ver la puesta de sol al puente Vecchio. Nos abrimos hueco entre el gentío para poder hacernos unas foticos de recuerdo. La verdad es que una vez hechas te das cuenta que el puente Vecchio no sale, más allá del muro-barandilla, con lo que la foto podía haber sido en cualquier sitio del mundo mundial. Lo que pasa es que nosotros si que sabemos que la hicimos allí, con lo que nos da lo mismo lo que puedan pensar los demás, je, je.

Ahora si, ahora nos vamos a cenar y ahora si que me acuerdo del lugar donde está el restaurante, y de su nombre. La plaza de cimatori y el restaurante se llama Birreria Centrale. La plaza es pequeñita y en ella se sitúan un par de locales de hostelería. En uno de ellos fue donde cenamos. La cervecería hace esquina con la via Dante Alighieri. Pero hay un par de detalles por los que me acuerdo del lugar. Uno por que era muy estrecho, incluso de perfil apenas entrábamos en la mesa, era tan estrecho que el que se sentaba en un fondo sin salida se tenía que quedar allí hasta el final, no podía ni ir a mear. Y dos porque allí probé el rissotto más bueno que he tomado hasta el momento, rissotto con ternera. ¡¡¡Bueniiiiisimo!!! Todavía tengo el recuerdo del sabor de esta cena. ¡Qué buena, leñe!.

Salimos ya con la intención de retirarnos a nuestros aposentos después de uno de los días más tranquilos que he vivido estando de vacaciones, aunque con esa misma tranquilidad nos íbamos a despedir de este día, ya noche. Volveríamos a pasar por la plaza de la Signoria, si mis cálculos no me fallan creo que fue la cuarta vez en el mismo día, en dirección al río Arno y así darle también las buenas noches a uno de los puentes más emblemáticos del mundo y el que más de Florencia, el Ponte Vecchio.

Cantando y riéndonos volvimos a hotel a sobar. Al día siguiente continuábamos en Florencia visitando más cosillas, o las mismas que hoy, ¿quién sabe?

Hasta pronto.

Andiamo a Firenze

Bonito día para conducir y mover a toda la tropa a Florencia.

Una vez arreglados y echado un último vistazo al apartamento por si se nos olvidaba algo, cogimos las maletas y partimos hacia nuestro nuevo destino. Alguna lagrimita se nos escapó al mirar atrás. Habíamos pasado ocho días en la ciudad eterna y uno en Pompeya y sin embargo nos faltó tiempo para ver con más tranquilidad Roma, tal vez, un par de días más hubiese estado mejor para disfrutar totalmente de sus calles, y todo esto a pesar de los chiquillos porculeros.

El viaje a Florencia lo planteamos con tranquilidad, en lugar de coger la autopista y hacerlo de un tirón, que en poco más de un par de horas hubiésemos estado allí, decidimos ir por carreteras secundarias (aquí, en Italia, o hay autopistas de peaje o mierdas de carreteras secundarias, no hay un paso intermedio) y disfrutar de algún pueblecillo con encanto que haya por el camino.

Nuestro primer destino fue Bracciano y su castillo triangular. En una hora escasa estábamos a las puertas del castillo dispuestos a conquistarlo. Aparcamos justo a los pies de sus muros y esperamos a que se hiciera la hora de entrar, pues se entraba con guía y, por lo tanto, en grupo. El castillo es privado y de ahí esa exigencia, para tener controlado al personal y que no se desvíen por sus habitaciones libremente. Lo bueno, es que te van explicando su historia (si te enteras del idioma) Entre sus cosillas es la de poder hacer celebraciones de cualquier tipo, bodas, comuniones u otras. Destacan las celebraciones de boda de Tom Cruise y de Eros Ramazzotti, no entre ellos, sino la de ellos con sus respectivas parejas.

El castillo ha tenido varios nombres durante su larga vida. Uno el de Bracciano, lógico, ¿no?, todos dirían, “¿a dónde vas?” “a ver el castillo de Bracciano”, ya que está en esa localidad. Otro, el de Orsini, ya que en la edad media pertenecía a los Orsini. Allá por 1700 pasó a ser castillo de Odescalchi al pasar la propiedad a estos, los Odescalchi. De esta fecha hasta ahora, salvo un corto período de tiempo, sigue perteneciendo a esta familia de ricachones, aunque ahora al castillo (en algunas publicaciones) se le conoce como Orsini-Odescalchi.

El castillo merece la pena visitarlo, lo tienen muy bien conservado y da gusto pasear por sus salas y murallas. Encima está en una situación privilegiada. Como es normal en todos los castillos, está en alto, pero encima tiene unas vistas al lago de Bracciano acojonantes (alucinantes, flipantes), para quedarse allí toda la vida sin hacer nada que no sea disfrutar de las vistas. Por cierto, cambiando de tema, del lago salían uno o varios acueductos en la época romana para abastecer a la ciudad de Roma.

La visita duró una hora y media, más o menos, y sobre la una volvimos a partir hacia Florencia. Empezamos rodeando el lago, pegaditos a el, hasta coger otra carretera que nos llevara hacia nuestro destino en dirección a Viterbo. En esta ciudad no paramos y continuamos sin un rumbo en especial por esas carreteras inmundas, malas, estrechas, y con unos usuarios que no respetan las señales ni a los que circulan por ellas (la famosa fama de malos conductores que tienen los italianos) Sobre las dos dijimos de parar a comer y nos acercamos a Montefiascone. Sin querer paramos en la tratoria La Cavalla, donde comimos de lujo sin ser caro y encima con unas vistas al lago que tiene la ciudad a sus pies, el de Bolsena. Todo un acierto y un placer.

En la comida tomamos la decisión de coger la autopista porque sino no llegaríamos en la vida a nuestro destino. Apenas habíamos recorrido unos 130 kilométros y eran las cuatro de la tarde, y todavía nos quedaban 200 kilómetros más. Así pues, si no queríamos llegar muy de noche a Florencia debíamos dejar esas carreteruchas e ir más deprisa y más directos por la autopista. Y así fue, fuimos en dirección hacia la entrada de la autopista que hay en Orvieto. Por el camino paramos en un mirador desde donde se ve la ciudad y donde nos hicimos unas fotillos de recuerdo.

Desde aquí la ruta se volvió sosa de narices, rápida, pero sosa. Y sobre las siete y media, pizca más o menos, llegamos al hotel. Si, en Florencia no encontramos apartamento para los nueve, o yo no encontré, así que uno de mis cuñados nos recomendó el Gran Hotel Mediterráneo, y allí fuimos. El hotel de 4 estrellas tenía muy buena pinta, está situado a la orilla del Arno y pegado en un límite de la ciudad vieja, desde donde ya no se puede acceder con el coche, salvo que tengas permiso.

Nos aseamos, colocamos las cosas, los niños se volvieron locos corriendo por los pasillos del hotel, y a eso de las nueve nos fuimos en busca de papeo. Tu fíjate bien, recuerdo muy bien el hotel, pero para nada dónde puñetas cenamos esa noche. Seguro que fue pizza, pero no se donde. Estoy perdiendo la memoria.

Comenzamos a pasear (¿para que íbamos a correr?) por las callejuelas de la capital de la Toscana hasta encontrar un restaurante. Y tras cenar más de lo mismo. Hay momentos que no necesitas más en unas vacaciones, paseas, te mezclas con la gente local, no interactuas porque así somos nosotros de sosos, pero es una gozada ir sin ningún rumbo específico. Acabamos en la plaza donde está la logia del mercado nuevo o logia del porcellino, un techado sostenido por unas ventitantas columnas donde se colocan puestecillos de diversas mercancías para los turistas y en el que se encuentra un porcellino (o lechón o cochinillo, aunque en realidad es un jabalí adulto) de bronce que hace de fuente y que si le tocas el morro vuelves a Florencia, superchería que de un modo u otro hay en casi todas las ciudades. Y así ves a todos los turistas pasando la mano por el bicho como pardillos, yo incluido, como muestra la foto. En una de las esquinas de la plaza hay una heladería donde pedimos uno de los miles de cucuruchos que nos hemos ido tomando en este viaje. Buenísimo.

Era la hora de volver al hotel a descansar, no sin antes ir dando vueltecillas por esas calles (se estaba de gloria). Cogimos el catre con ganas y hasta el día siguiente.

Hasta pronto.

Hoy si que tocaba madrugar de cojones, digo, de narices. Nuestro destino estaba a 250 kilómetros de la casa. Desayunamos lo que pudimos y a las seis de la mañana salimos hacia Pompeya. Conducía yo y yo fui el único que no dormí en todo el viaje. El que más y el que menos se echó un rosquete o dos o tres, los que pudieron.

El viaje no se hizo largo ni pesado, aunque lo empezamos de noche, y llegamos justa a la hora de abrir, las 9 de la mañana. No queríamos perder día y por eso fue madrugar. Si nos sobraba tiempo mejor era que fuera al final que no llegar tarde y que nos faltase día para poder ver toda la ciudad.

Entrada a la Basílica desde el Foro

Templo de Apolo

Aparcamos y nos fuimos a hacer cola en la fila para entrar. No había mucha por la hora que era. Entramos por la Porta Marina desde donde empezó la visita. Aunque son ruinas y te tienes que imaginar casi todo, están en muy buen “estado” y es fácil andar por ellas y ver que es cada cosa. De todas formas, es prácticamente imposible ver todo en un día. Nosotros pudimos disfrutar de un 60% o 70% de la extensión de la ciudad excavada, y no del todo lo bien que uno hubiese querido. De lo que si disfrutamos es del mucho polvo que había por todos los sitios, la sequedad de la tierra y el mucho sol que estuvo haciendo esos días hacía que hubiera muuuucho polvo por doquier. El que llevara chanclas se lleno hasta la rodilla de polvo y tierra, además de ser muy incómodo andar por esas calles de Pompeya.

Antes de nada un pelín de historia (que se que no os gusta) para el que no sepa nada de nada de la destrucción de la ciudad.

Templo de Apolo

Figura en el templo de Apolo

Fuentes oficiales dicen que fue una erupción espasmódica y tremenda del volcán Vesubio que hizo que la ciudad, junto a otras de la zona, fuera enterrada por unos cinco metros de ceniza y piedra pómez, haciendo que parte de su población pereciera sin poder reaccionar (debido a la rapidez y lo sorpresiva de la explosión)

Extraoficialmente, la erupción fue provocada por la concatenación de sucesos que provocaron los elementos subversivos de la OLP, la Organización para Liberación de Pompeya. Este grupo terrorista, liderado por Arafat I, el cejijunto, estaba construyendo túneles en la falda del monte Vesubio para el tráfico ilegal de esclavos y así desestabilizar la economía local, lo que provocó una inestabilidad geológica e iniciara la explosión del volcán. Sin querer, la OLP se cargó por completo la economía de la zona, la cultura de la zona, la justicia de la zona, todo, se cargó todo.

Foro con el Vesubio al fondo

Foro desde el templo de Júpiter

Fuese de una forma o de otra, la ciudad se “conservó” casi en perfecto estado debido a toda la ceniza y piedras que cayeron sobre la misma. Eso si se mantuvo tapada y oculta durante casi 17 siglos hasta que un agricultor descubrió una casa del pueblo de al lado, Herculano, que también fue destruido por la erupción, allá por el siglo XVIII. A partir de ahí se empezaron a buscar los restos de Pompeya. Y fue un ingeniero español, Roque Joaquín de Alcubierre, por orden de Carlos III, que por entonces además de rey de España lo era también de Nápoles, el que empezó a excavar en la zona para así destapar la ciudad de Pompeya casi a finales del siglo XVIII.

Una vez contados todos los puntos de vista de las noticias, y algo del descubrimiento de la ciudad, volvemos con el viaje. Subimos a las ruinas, yendo hacia el foro, a través de la puerta Marina. Lo primero que vemos es el templo de Venus a la derecha y unas cuantas domus o establecimientos de artesanos a la izquierda. El templo está en un estado un tanto pobre, debe ser que no les ha dado tiempo para desenterrar del todo el edificio. Antes de llegar al Foro pasamos el templo de Apolo, que conserva muchas columnas y se ve fácilmente el altar del mismo. El templo es uno de los lugares más antiguos de Pompeya.

Escayola de como se quedó una persona en el momento de la erupción

Supuestamente, así les sorprendió la erupción a una madre y su hijo, uno al lado de otro.

Inmediatamente después del templo se encuentra la basílica, que como ya dije en otro post, es donde se impartía la justicia, no donde se rezaba, como actualmente. Era el edificio más grande y esplendido de los que daban al foro de la ciudad. Precisamente de la basílica pasamos al Foro, que como en todas las ciudades romanas era el centro de la vida cotidiana de la población. Nosotros estuvimos paseando de aquí para allá viendo los distintos edificios que dan a la plaza del pueblo, que se alinea, más o menos, de sur a norte con el Vesubio. En el foro se encuentra el templo de Júpiter, que ocupaba la zona norte, justo delante de las termas.

Conforme miras el templo de Júpiter, a su izquierda, se encuentran lo que eran unos graneros, pero que ahora son almacenes de lo que se ha ido encontrando en las distintas excavaciones. En el lado opuesto, a parte de otros edificios o templos, se encuentra el Macellum, un mercado donde se vendían frutas y otro tipo de género. En el se encuentran unos estantes donde se pueden ver varios cuerpos de pompeyanos y como quedaron en el momento de la erupción. En realidad, no son cuerpos petrificados, sino estatuas que se hicieron al rellenar el molde que se dejó en la piedra volcánica al descomponerse los cuerpos.

Termas del foro

Vía de Mercurio

Seguimos foro arriba, pasamos el templo de Júpiter y nos acercamos a las termas. Allí, antes de entrar, vimos que en una esquina del edificio hay una cafetería, que es donde íbamos a comer algo ese día. No había otro sitio donde comer y no nos habíamos llevado nada de picar. Volviendo a la termas, es uno de los pocos edificios techados no artificialmente. Como todas las termas romanas tiene habitaciones para baños fríos, templados y calientes. Pero estos, por la conservación se pueden observar como era la decoración llena de pinturas y de figuras de terracota.

De las termas nos dirigiríamos a una de las esquinas de la excavación, para ver la villa de los Misterios. Pero por el camino hay mucho que ver. La casa del Poeta Trágico tiene un mosaico de un perro y una frase que hoy sigue en vigor: “cave canem”, “cuidado con el perro”. El mosaico solo lo puedes ver, pero antiguamente formaba como una alfombrilla de entrada de la casa.

Casa de Salustio

Al lado de la casa del Poeta Trágico está la casa de Pansa, una casa aristocrática, enorme, en el que las habitaciones se distribuían alrededor del atrio y del peristilo. Era tan grande que incluso su dueño alquilaba algunas habitaciones.

Continuamos por la vía Consolare que llega hasta la puerta de Ercolano o Herculano. En esta calle hay una casa donde hacían pan, osea, una panadería, o como decían antiguamente, un horno. Este horno era uno de los más de 30 que había en la ciudad. Estaba claro que los pompeyanos comían a base de pan, bocadillos, o mojete. Justo después del horno se encuentra la casa de Salustio, una de las más importantes de la ciudad y una de las más viejas (año 180 antes de Cristo), además de una de las mejor conservadas. Aunque le han puesto techado para que nos podamos hacer una idea de como era entonces, esto también ha servido para poder proteger las pinturas de las paredes que son de las mejor conservadas de toda la ciudad. La casa sufrió un pequeño bombardeo aliado en 1943, dañando algunas pinturas del jardín.

Pinturas de la casa del Misterio

Más pinturas de la casa del Misterio

Bajamos paseando con el sol en nuestros calvas (los que las tuvieran) que calentaba bastante bien. Pasamos por la puerta de Ercolano, al lado de la necrópolis, y un poco más adelante a la izquierda está la casa de Diomedes, casa que no vimos, no me acuerdo el porqué, no se si estaba cerrada al público o que ni nos dimos cuenta de que estaba allí. Seguramente, la razón fue esta segunda, pues llevábamos ya tres horas dentro viendo piedras (como dirían mis críos), arrastrando a los mengajos y con un calor de tres pares de narices, lo que nos hizo perder de vista esta casa.

Un poco más abajo llegamos a la casa del Misterio. Situada en la esquina noroeste del parque arqueológico, está totalmente apartada de todo lo demás, pero guarda unas pinturas que se han conservado perfectamente hasta ahora. Merece la pena venir a Pompeya solo por esta casa/mansión. Casi toda la casa está llena de pinturas por todas partes. Aunque está techada, esa techumbre se ve que es actual, solo para salvaguardar las habitaciones que contienen dichas pinturas. La casa era de una persona muy rica, que después del terremoto previo a la erupción pasó también a ser una granja dedicada, sobre todo, a la elaboración de vino.

Jardín de la casa de la Fontana Piccola

Impluvio de la casa del Fauno

Deshicimos el camino y llegamos otra vez a la casa de Salustio, donde nos desviamos a la izquierda para ver la casa de la Fontana Piccola. Casa que solo por su fuente debía pertenecer a alguien rico. Un poco más adelante entramos en una de las casas más bonitas y que debían de serlo en la época, la casa del Fauno, además de ser una de las más grandes. Ocupa toda una manzana, la rodea cuatro calles. Tiene dos peristilos y dos atrios. Entre los dos peristilos se encuentra una copia del mosaico que hubo en su tiempo y que representa una batalla entre Alejandro Magno y el rey de Persia. ¡Impresionante!. En el atrio principal se encuentra una copia de la estatua del sátiro danzate, el fauno, de ahí el nombre de la casa. En la antigüedad se llamaría de otra forma, o no se llamaría, pero cuando lo descubrieron le colocaron el nombre por la estatua, como a otras casas por otras estatuas, pinturas, u otras cosas que se encontraron en ella.

De aquí nos empezamos a dirigir hacia el restaurante, aunque antes pasaríamos por el lupanar para ver sus cuadros eróticos. Para llegar a ello pasamos por otro horno (con perro incluido, y digo lo del perro porque en las ruinas nos encontramos una docena de perros al parecer callejeros pululando por entre las piedras, me sorprendió que no los echaran de un lugar tan turístico y emblemático), y por otra casa en la que se veía otra fuente parecida a la de la Fontana Piccola, además de otras muchas que no nos interesó pasar o que no había nada de relevancia o que no nos apeteció, simplemente.

Uno de los muchos hornos que había en la ciudad

Casa de la Venus de la Concha

El centro de lujuria y perdición, más otras cosas innombrables, el lupanar, el puticlub de hoy en día. La situación era ideal, rodeada de muchas casas y cerca de unas termas. Ibas, te tirabas a la churri y te acercabas a las termas a lavarte el churro. Ideal. El lugar es pequeño, pero con sus cinco o seis habitaciones cerradas con simples cortinas que dan a un pequeño pasillo ilustrado con escenas eróticas, y al fondo un urinario. Normalmente las lupas (putas en latín) eran esclavas griegas y orientales que vivían en la planta superior junto al chulo correspondiente. Es la única vez que he ido a un puticlub, allá vosotros si no creéis en mi palabra.

Aquí llegó la hora de picar algo y nos fuimos al restaurante a pillar una mierda pinchá en un palo, es una forma burda de decir que no comimos nada bueno. Mas vale que os llevéis algo en una mochila porque el mini restaurante de las ruinas no vale nada. Lo único bueno es que nos sirvió de descanso y nos pudimos esconder del sol un poco, que no vino nada mal.

Llevábamos más de cinco horas en la ciudad y aún nos quedaba bastante por ver. Ahora nos íbamos al extremo este de las excavaciones con el fin de ver el anfiteatro. Para ello cogemos la vía dell’Abondanza, de la abundancia, en la que había abundancia de domus, pero prácticamente todas cerradas y de las que solo se podía ver algo desde una valla exterior en lo que sería la puerta de la casa. Alguna estaba cerrada porque estaban actuando los arqueólogos en ella y no podías pasar. Aún así en alguna pudimos pasar y contemplar lo que en ella hubiera, pinturas, alguna estatua, etc.

Jardín de la casa del Citarista

Chino, chano, llegamos a la casa de Octavius Quartio en la que sorprende el tremendo jardín con una piscina alargada con pequeñas cascadas. Y al lado de esta, está la casa de la Venus de la Concha, también con un jardín amplio con peristilo y con casi todas las habitaciones con abundantes pinturas. En una de las paredes del peristilo está la pintura que da nombre a la casa, la Venus de la Concha. Esta es una de las domus más bonitas de Pompeya.

Tras esta maravilla, nos acercamos al anfiteatro más antiguo que se conoce de la antigua Roma, se construyó allá por el 70 A.C., casi, casi antes que la ciudad, vamos como ahora las urbanizaciones, primero se construye el campo de golf y después las casas. En sus gradas podían llegar a caber hasta 20000 personas de Pompeya y sus alrededores. Una curiosa anotación documentada en la historia es que ya en aquellos tiempos había peleas entre distintos grupos de hooligans, un grupo de pompeyanos y otro de Nocera se liaron a mamporros y eso provocó que el anfiteatro se cerrara durante 10 años.

De aquí ya empezamos el regreso hacia la salida, nos quedaba poco que ver. Pero lo curioso fue que nos perdimos una de las casas más grandes y bonitas de la ciudad, la casa de Menandro. Habrá que volver a Pompeya para verla. Un poco después de esta casa está la casa del Citarista, también una de las grandes. Tiene dos atrios y tres peristilos. El peristilo principal tiene una piscina central con figuras de animales de bronce que son fuentes.

Cuadripórtico de los teatros o cuartel de los gladiadores

Nos acercamos a ver el pequeño teatro y el gran teatro, que están juntos. Los dos forman un pequeño complejo cultural, junto a una especie de claustro cuadricular (cuadripórtico) que usaban los espectadores como descanso entre acto y acto de las obras teatrales. Pero diez años antes de la erupción dejó de tener ese uso para convertirse en un cuartel de gladiadores. De los dos teatros el más viejo es el pequeño u Odeion. El grande fue el primer gran edifico que se limpió en las excavaciones.

Alrededor de los teatros hay varios edificios, como un foro triangular, un gimnasio samnita de una época anterior a la romana y un par de templos, en el que destaca el templo de Isis por lo que representa, dar culto a una divinidad no griega, a una diosa egipcia. El templo es pequeño y está bastante bien conservado y tiene a su lado un altar y un pequeño foso donde se dejaban las ofrendas a la diosa.

Como dato curioso del templo es que como ya he dicho el teatro grande fue el primer gran edificio excavado y por tanto los otros lugares de su alrededor fueron también descubiertos al principio de la excavación, el templo fue el primer edificio religioso que vio la luz en la ciudad. Además de ser el mejor conservado de todos, los arqueólogos tenían un interés especial en el porque era el primer santuario egipcio que podían ver ya que en aquella época era bastante difícil viajar a Egipto, supongo que por otra razón que la del viaje, pues si se había ido a América unos siglos atrás, navegar al otro lado del Mediterráneo no sería ningún problema, vamos, digo yo.

Templo de Isis

Ya desde aquí decidimos irnos. En total estuvimos unas ocho horas dentro de las excavaciones y nos faltó tiempo, aproximadamente vimos un poco más de la mitad. Las ruinas están en un estado de conservación que te hace ver más que otras ruinas romanas, como vivían los romanos, las riquezas y pobrezas, los espectáculos, la religión, hasta te hace ver como valoraban ellos algo tan simple para nosotros hoy en día como es el pan. Cuando visitas ruinas como las de Ampuria Brava, Baelo Claudio, Segóbriga o la misma Roma no te das totalmente cuenta de como eran o vivían antiguamente, pero en Pompeya, si. Disfruté como un enano por esas calles. Recomiendo su visita totalmente.

Bueno, de vuelta a Roma paramos en un centro comercial a la entrada de la capi, a comprar cena y llevárnosla al apartamento. Pero la relajación llegó cuando terminamos de hacer las maletas, pues al día siguiente partíamos hacia Florencia.

Hasta pronto.

Caracalla y poco más

Hoy iba a ser el último día en Roma, que no la última noche, pues al día siguiente, aunque dormiríamos en Roma, el día lo íbamos a pasar a 300 kilómetros de allí, en Pompeya.

Pero vamos a lo que vamos. Este día teníamos planeado visitar el puerto o ciudad de Ostia, pero como nos habíamos dejado algunas cosas sin ver los días anteriores, decidimos no movernos de la ciudad y visitar alguna cosilla local. Otra de las razones por la que no fuimos a Ostia fue que teníamos que recoger sobre la seis de la tarde la furgoneta que utilizaríamos hasta el final de las vacaciones italianas, con lo que sería un viaje muy corto.

Había varias cosas que podíamos ver, San Sebastián extramuros, las catacumbas, o las termas de Caracalla. Nos decidimos por esto último porque estaba más cerca que ningún otro lugar y, seguramente, porque al no ver las de Diocleciano hace unos días así veíamos lo que serían unas termas.

A todo esto no madrugamos prácticamente, fuimos sin ninguna prisa. Cuando llegamos a las puertas de las termas eran las 11,30 de la mañana, ya pegaba un buen solanero. Al llegar (una vez pagada la entrada correspondiente) nos encontramos con unas ruinas enormes, con unos muros gordísimos y altísimos, todo en ladrillo visto, pero que en su época estaría recubierto de paneles de mármol y esto haría que las termas fuesen majestuosas.

Al pasar vas caminando por tierra casi todo el trayecto, pero en su época estaba todo cubierto de mosaicos, de los cuales puedes observar algunos trozos apoyados en las paredes y se conservan algunas zonas en el suelo, que, por supuesto, no se pueden pisar.

Las termas las empezó a construir Settimio Severo, el mismo que el arco que hay en el Foro Romano, con su hijo Caracalla y solo para pasar a la historia, para que se les recordara (y vaya que nos acordamos de ellos) con esta macro construcción, al igual que hicieron Vespasiano con el Coliseo y Trajano con la Basílica Ulpia. Se dice que en las termas cabían 10.000 personas a la vez y eran tan grandes que estando lleno cada persona disponía de media de 10 metros cuadrados para cada uno. Eran tan fastuosas que allí no solo iban para quitarse la roña, sino que también para cerrar negocios y para otras ciertas cosillas. No seáis mal pensados, se leía y se hacían amistades.

En el recinto había hasta un estadio, además de bibliotecas y galerías de arte. Por desgracia, para los romanos, solo estuvieron en “pie” 300 años, hasta que los visigodos arramblaron con los acueductos que surtían de agua a las termas. A partir de aquí sufrieron saqueos continuos, como todas las ruinas romanas, y muchas de sus grandezas se encuentra esturreadas por toda Roma en distintas construcciones, ya sean grandes o caseras.

La visita es corta, apenas estuvimos poco más de una hora, ya que muchas zonas están cerradas o cortadas al público, aunque se ven salas a lo lejos. Está claro que para preservar la ruina, pero bien que podían abrir el sitio un poco más, pues se hace corto. Y encima, si no vas con una guía (de papel o humana) que te vaya explicando las distintas salas puede que el lugar no te parezca nada del otro mundo, a pesar de su grandeza.

Allá sobre la una de la tarde estábamos saliendo para ir de vuelta al Coliseo. Y antes de comer subimos para ver si podíamos ver (valga la repetición) la Domus Aurea, zona que fue donde vivió el loco de Nerón y que por el nombre os podéis imaginar como estaba hecha su casa, de oro. No toda la casa, pero si una gran parte estaba recubierta de este metal precioso. Por desgracia no pudimos ver nada más que algunas ruinas por fuera, pues la Domus estaba cerrada, se supone que por restauración. No se si lo comenté en el post de la visita al Coliseo, pero Nerón hizo inundar toda la zona en la que está el Coliseo para poder acceder a su casa en barco. Así de chulito era Nerón.

Más tarde, Trajano empezó a destruir sistemáticamente la casa y a taparla para construir sus termas, lo que hizo que se conservara “estupendamente” la Domus, que fue redescubierta en el renacimiento.

No recuerdo donde fuimos a comer, pero teniendo en cuenta donde estábamos y lo bien que comimos días atrás en el Squisito Cook, yo apostaría que volvimos a comer allí, enfrente del Coliseo.

Luego ya solo hicimos tiempo paseando por la zona del Coliseo y del arco de Constantino hasta que se hiciera la hora para ir a por el furgón. A las seis estábamos en la estación de Termini Juanpe, Alejandro y yo para retirar el vehículo que nos llevaría a Pompeya, Florencia y sus alrededores. Los demás creo que se fueron para casa. Aquí tengo un lapsus mental, pues no recuerdo eso, ni que cenamos, si fue cualquier cosa en el apartamento o cenamos en restaurante. Tengo que ir al médico a revisarme la chota para que me saque esos recuerdos.

Bueno hasta aquí mis vacaciones en Roma, pero esto no acaba, ya que la estancia en Italia continuó acercándonos a Pompeya y a la Toscana durante seis días más. Pero eso será en otros post.

Hasta pronto.

Egipto en Roma

Debido a la majestuosidad de la ciudad, o por que no caes, o por que lo ves mimetizado en sus plazas, o por cualquier otra razón, cuando paseas por Roma no te das cuenta de la cantidad de piedras egipcias en forma de obeliscos que hay esturreadas por sus calles y plazas. Los hay solitarios, o encima de fuentes, o de elefantes, o delante de edificios oficiales. El caso es que hay mogollón de obeliscos por todos los lados, en concreto hay 13.

Todo es debido a los antiguos romanos, que se los traían de aquellas tierras, cuando la conquistaban o simplemente los espoliaban. Le gustaron mucho y no hacían nada más que traer, yo creo que crearon hasta una línea de barcos expresamente para ir trayéndose todos los obeliscos, la Obelisquian Ships. Pero fue a partir del siglo XVI cuando se empezaron a instalar en las distintas ubicaciones. El promotor de ello fue el papa Sixto V y de ahí en adelante fueron otros papas o magnates los que los movieron de lugar.

Como son tantos les voy a dedicar una entrada solo para ellos. No va a ser nada del otro mundo, solo va a ser nombrarlos, decir donde están y poner una fotico de ellos.

Para empezar, decir que nos faltaron por ver dos. Uno está en la Villa Celimontana, una zona ajardinada al este del circo máximo, la cual no nos llamó la atención de ser visitada. Otro no visto, por torpes y tontos fue el que está colocado al lado de la estación Termini, entre esta y las termas de Diocleciano. Tanto en la estación como en las termas estuvimos, si no vimos el obelisco (también es verdad que es de los pequeños) es porque estábamos despistados o yo que se.

De los otros once poco os voy a explicar más, solo que son egipcios y están en Roma. ¡Ah! y que os pongo una foto.

Empecemos por el más llamativo o más visto, el del Vaticano. Y no por que sea mejor o peor que los otros, simplemente por el lugar donde está, en la plaza de la basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.

Ahora el que se encuentra detrás de Santa María la Mayor, que posiblemente mucha gente de la que visita la ciudad no se da cuenta de el, porque está en la parte de atrás de la basílica y la gente no irá a la parte trasera a ver el obelisco, se queda delante de la iglesia.

Otro que se encuentra delante de otra de las grandes iglesias, es el de San Juan de Letrán. Es uno de los que más me gustaron, por la situación, con San Juan detrás y el palacio Lateranense a un lado. Es mi gusto, y para gustos los colores.

Uno de los más curiosos es el de Minerva, frente a la iglesia de Santa María sopra Minerva. Es el más pequeño y está situado encima de un elefante que realizó Bernini.

De los más espectaculares, es el de la fuente de los cuatro ríos. El obelisco culmina la tremenda fuente y la hace aún más bonita y grandiosa.

Otro que tiene una gran localización es el que está en la Plaza del Popolo. La amplitud de la plaza y su altitud (la del obelisco) hace que destaque mucho. Además desde cualquier punto que lo mires destaca, ya sea desde el mirador al este o con las dos iglesias del sur, o con la puerta del Popolo al norte. Da lo mismo, su soledad central, solo acompañada de cuatro figuras de animales con función de fuente, le da una belleza singular.

Muy cerca de este obelisco se encuentra otro, en el Pincio, en Villa Borghese. Casi pegado al mirador que da a la plaza del Popolo. Este estuve a punto de no verlo. Estaba más pendiente de ver donde estaba el mirador que del jardín que tenía a mi derecha y que es donde está. Fue puritita casualidad.

Uno situado en uno de los lugares más bonitos de Roma, el de la coqueta plaza de la Rotonda. Colocado encima de la fuente y frente al Panteón romano. No se si los turistas se darán cuenta de la belleza que da a la plaza, puede que se fijen más en el Panteón por lo grande que es frente a lo pequeño del obelisco, pero el conjunto de la fuente-obelisco en ese lugar, con las coloridas casas tan cercanas hacen de la plaza uno de los rincones más pintorescos y más bonitos de la ciudad, por lo menos para mi.

El parlamento no se podía quedar sin obelisco, aunque cuando se colocó allí, allá por el siglo XVIII, no estaría lo que es el edificio actual del parlamento.

Otro edificio oficial que “posee” otro obelisco es el palacio del Quirinale, donde vive el presi de Italia. El obelisco está acompañado por dos estatuas de Castor y Polux.

Y por último, y no menos importante, el que está situado en la parte superior de la escalinata de la plaza de España y delante de la iglesia de la Trinidad del Monte. Es fácil de ver, sobre todo si te sitúas en la plaza, y levantas la vista para ver la larga escalera y la iglesia.

Bueno, hasta aquí este post en homenaje a tanta pieza egipcia en tierra extranjera.

Hasta pronto.

Trastévere, te veré

Otro día en el paraíso.

Aunque un poco menos paraíso gracias a los niñitos que tenemos y que solo quieren estar en casa. ¡¡Válgame la burra!!, con lo que hay en Roma de que disfrutar y solo quieren ver televisión. De donde no hay, no se puede sacar.

Hoy va a ser un día bohemio, toca el Trastévere.

Nos acercamos hasta el río Tiver para coger un bus que nos suba hasta el mirador del Gianicolo. Ese bus, si no recuerdo mal, sale desde el puente de Amadeo Savoya. Escalamos la colina por sus curvilíneas callejuelas hasta llegar a una explanada donde hay una estatua ecuestre a Garibaldi, que debió ser alguien importante, sino a ver porque tiene una estatua homenajeándolo.

Desde esta explanada se puede observar toda Roma, es uno de los mejores miradores, junto a la cúpula de la Basílica del Vaticano, que hay en la ciudad.

Hacía un día precioso de Agosto y, por suerte, no había mucha bruma con lo que podíamos disfrutar de las vistas. Jugamos con los críos a descubrir los edificios, a ver si sabían donde estaban. Y tras un rato en el mirador, fuimos bajando por el paseo de Gianicolo y la vía de Garibaldi que nos llevaría al Trastévere.

Pero antes pararíamos en otra de las fuentecitas que hay en Roma, la Fontana dell’Acqua Paola. Esta, como la de Trevi, es una “mostra terminale” de un acueducto, la primera fuente donde llega el agua desde un manantial, el lago Bracciano, unos kilómetros más al norte. También la llaman Fontanone o fuente grande.

Enfrente de la fuente se encuentra el que era el edificio residencial del embajador español. Menuda casita tenía el colega, veía todo lo que pasaba en Roma desde sus terrazas. Ahora ya no vive y se ha convertido en el Instituto Cervantes.

Una vez que hemos bebido de la fuente y rellenado las botellas que llevábamos, continuamos nuestra ruta. Un poco más abajo hay un monumento a los caídos por Italia, un templete formado por 12 columnas. No nos entretenemos mucho y seguimos nuestro camino.

Casi enfrente del monumento a los caídos se encuentra la iglesia de San Pietro in Montorio, donde en un principio se creyó que fue crucificado San Pedro. Pegado al edificio del claustro está la Real Academia de España. Desde las escalera de la iglesia seguimos teniendo unas vistas preciosas de la ciudad eterna.

Hasta aquí hemos ido yendo por paseos sin apenas gente, rodeados de arboledas, con mucha sombra. A partir de aquí ya vamos a entrar en el barrio propiamente dicho y caminaremos por entre sus callejuelas estrechas, con sus edificios anaranjados, sin otro fin que el de disfrutar de sus rinconcitos llenos de yedras, Vespas aparcadas y ropa tendida.

Descendemos hacia la plaza principal, donde esta la iglesia de Santa María in Tratevere, gozando de cada adoquín, intentando no doblarnos los tobillos, con el sol dándonos en los cogotes, pero sin amilanarnos en absoluto de poder disfrutar de todas las esquinas de este bohemio barrio. Al medio día justo cruzamos la puerta de Santa María in Trastevere, que según la superchería o religión o leyenda, cada cual que lo justifique como quiera, San Jerónimo vio rezumar aceite del suelo durante un día y ya pensó que la gracia de Cristo llegaría pronto a la humanidad. Aceite, gracia de Cristo. Gracia de Cristo, aceite. No le veo la relación, pero como ya he dicho que cada cual piense o crea lo que quiera. Lo que si es cierto, es que la iglesia merece la pena visitarla, por su columnata, por sus mosaicos, por su belleza artística en general, es preciosa.

Una hora más tarde, más o menos, estábamos fuera otra vez, y como se acercaba la hora de zampar, empezamos a mirar donde comer, mientras íbamos circulando. De todas formas, dijimos de salir del barrio e ir a ver la boca de la verdad, ya que no podíamos entrar en Santa Cecilia hasta por la tarde. Por lo que descendimos toda la vía della Lungarina que va a parar todo recto al puente Palatino, que cruza el Tiber, y nos topamos sin querer (o queriendo) con la iglesia de Santa María in Cosmedin, que es donde está la susodicha boca de la verdad.

Como casi todo en este mundo, y como he dicho anteriormente con Santa María in Trastevere, las leyendas justifican el porque de las cosas, edificios o personajes. En el caso de la boca de la verdad, es que tienes que meter la mano en la boca y si mientes a una pregunta (principalmente de amor) la piedra se queda la mano, si dices la verdad sigues en posesión de tu extremidad. Como buenos turistas nos hicimos las típicas fotos metiendo la mano en la boca. Evidentemente no nos pasó nada, nuestros amores estaban a salvo y sin cuernos.

Lo curioso es que la iglesia que hospeda a la boca tiene mucho más que ver que la propia boca, pero nadie, o casi nadie, pasa a ver su interior (como nosotros). Todos se pasan a hacer el paripé de meter la mano y a hacerse la foto correspondiente (ya digo, nosotros incluidos)

A partir de aquí hubo divergencias sobre dónde comer, algunos querían ir al centro, donde hay más variedad de restaurantes y así encontrar algo suave para Ángela que fue al viaje con problemas digestivos. Y otros, entre ellos yo, que optábamos por volver al Trastévere, pues la ruta seguía por allí y pensábamos que era una paliza (y una pérdida de tiempo) ir al centro para luego volver al mismo sitio. Como estamos en libertad, cada uno hizo lo que quiso y nos dividimos, unos se fueron al centro y otros volvimos al barrio. Nosotros comimos bien en la Antica Osteria Rugantino.

Aunque nos dividiéramos para comer, luego quedamos para seguir nuestra ruta del día. Sobre las cinco llegamos a Santa Cecilia, después de ir zigzaguendo por esas callejuelas trasteverinas. Pasamos a ver la iglesia que crearon (en el lugar donde vivía) en memoria de Cecilia, una mártir de la época romana. Santa Cecilia es patrona de la música. De la iglesia original no queda nada, dicen que se hizo allá en el año de la picor (como diría mi abuela) De la actual está el campanario del siglo XII y la fachada, como el interior, del XVIII, principalmente. La figura yacente de Santa Cecilia que hay debajo del baldaquino tiene la cabeza vuelta y se ve en el cuello el corte (murió decapitada) Dicen que la escultura se hizo a imagen y semejanza de como estaba en la tumba la santa.

No me acuerdo porque no vimos la cripta, no se si estaba cerrada al público o no nos dimos cuenta que había cripta, pero en un viaje más reciente si pude verla y recomiendo que se visite.

Salimos de Santa Cecilia y fuimos a ver otro “éxtasis” de Bernini que está en la iglesia de San Francisco a Ripa (orilla del río) La iglesia está a unos 500 metros de Santa Cecilia, en el punto más al sur del Trastévere, unos metros más allá y nos vamos del barrio. Bernini hizo tres éxtasis, y aunque el más famoso para nosotros los españoles es el de Santa Teresa de Jesús, en realidad el más bonito, artísticamente hablando, el más conseguido, es el que está en San Francisco a Ripa, dedicado a Ludovica Albertoni. La estatua tiene un realismo tremendo, como la de Santa Teresa, pero yo, más que éxtasis, veo otra cosa. Yo que tengo la mente sucia.

La verdad es que por la tarde íbamos un pelín rápido, en 40 minutos nos habíamos ventilado Santa Cecilia y San Francisco a Ripa. Y ahora nos tocaba una de las grandes, San Pablo extramuros. Para ello teníamos que coger un autobús. Cruzamos el río al sur del Trastévere, por el puente cercano a la Porta Portese, hacia la via Marmorata, donde pillaríamos el bus que nos dejaría en la misma puerta de la iglesia.

Durante el trayecto en bus pasamos al lado de la puerta más al sur de la ciudad del siglo VIII, la puerta de San Pablo, desde la que salía (en la antigüedad) un pórtico que cubría todo el trayecto hasta la iglesia, para que así la gente no sufriera las inclemencias del tiempo. San Pablo (la iglesia, claro) se levantó donde se enterró al santo tras morir decapitado (al ser ciudadano romano no podía ser crucificado)

La iglesia es enorme, gigantesca, fantástica. Aún así, dicen que la original del siglo IX era más fastuosa aún (era lo más de lo más hasta que se hizo San Pedro), pero un incendio al principio del siglo XIX la destruyó y la que reconstruyeron no llegó a la grandiosidad de la primera. A pesar del incendio todavía mantienen las puertas de bronce que Constantino mando hacer en el año 1070 y varios mosaicos de los siglos V y XIII. La visión de la nave central es tremenda, está separada de las otras dos laterales por 80 columnas. Creo que San Pablo extramuros es una visita obligatoria si se va a Roma.

Sobre las siete de la tarde terminamos la visita de la iglesia y de todo lo que nos tocaba ver en este día. Cogimos otro bus que nos llevaría al centro y decidimos bajar en el Coliseo y terminar la tarde-noche paseando. Cenar íbamos a cenar en el restaurante que hay detrás de la plaza Navona, en el que ya habíamos comido o cenado en otras ocasiones. Como siempre cenamos pizza y algún risoto bañado con cervecilla fresca. Postre no tomamos, pensamos que era mejor despedirnos de la plaza Navona tomándonos un helado (el mio de nocciola) sentaditos en una de sus fuentes, disfrutando de la noche, del helado, de la plaza y de la compañía. Y eso hicimos.

A las tantas, bus y pa casa a descansar.