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Archive for 27 julio 2009

Madrugamos para salir hacia el aeropuerto de Barajas. Eran las cuatro y cuarto cuando salimos dispuestos a disfrutar de nuestras vacaciones.

Después de cuatro horas de carretera, estábamos en la cola de facturación, y como no podía ser de otra forma, algo teníamos mal. Uno de nosotros llevaba más peso de lo normal en la maleta. Hala, quita de una y pon en otra para compensar, ¡que estupidez! que más dará que lleves los 50 kilos en una maleta o en dos, si al final llevas los 50 kilos igual. Estas mentes pensantes…

Una anécdota en la cola de facturación fue lo que le ocurrió a una familia. Estaba el padre portando una tremenda maleta, una megasupermaleta, una sola maleta, llevaban la ropa de toda la familia, cinco personas. Por supuesto cuando llegó a la báscula el indicador sobrepasó el límite de peso. Después de mosquearse y despotricar, para mí con razón, salió de la fila, puso a su familia a un lado y la maleta en el suelo. Parecía que no habría solución, a no ser que fuera a comprar otra maleta. Pero abrió su megasupermaleta, y dentro de ella apareció otra maleta que encajaba perfectamente en la grande, como esas figuritas rusas que una va dentro de la otra y así hasta seis o siete. Una vez fuera la maleta empezó a repartir la ropa y consecuentemente el peso. Después de esto, volver a ponerse a hacer la cola, responder las mismas tontas preguntas que te hacen, pesar las maletas y facturar definitivamente. Lo único que consiguen con eso es mosquear al personal y llevar el mismo peso en el avión.

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Despegamos con Delta Airlines hacia NY ¡qué ilusión!, cuatro años esperando esto y ya ha llegado el momento. Partimos, miramos a un lado, al otro, volvemos a repetir el movimiento, hacia abajo, arriba, ¡buff, que aburrimiento!, hacemos sudokus, leemos, vemos películas, lo que dan de sí ocho horas de viaje, perdón siete, porque la última si que estuvo emocionante.

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Comenzamos el descenso, vemos por la ventanilla y a través de los nubarrones algunas casitas (mansiones) del barrio de Long Island. Esto empieza a moverse en demasía. ¡JODER!, que descenso más brusco. ¡JODER!, otro más. Y otro, y otro. Ni la montaña rusa más grande del mundo puede ofrecer semejantes movimientos. La niña de la fila de atrás vomita. Los efluvios hacen que me entren ganas de vomitar. Esto no se acaba. Vuelta a descender bruscamente. Pensamos en nuestros seres queridos. Otro descenso brusco. Pensamos en lo peor. El movimiento hace que la regla se me pase en el mismo día en el que me ha venido, y eso que soy un tío. Salimos de las nubes y parecen desaparecer las turbulencias. No, sigue meneándose el avión. Entre el olor y el ajetreo elevan las ganas que tengo de echar todo lo que llevo dentro, principalmente pizza.

El avión sigue descendiendo, esta vez con más pausa, y menos turbulencias. Eso es bueno. Llegamos al tramo final, la toma de contacto de las ruedas con el suelo. Vamos acercándonos poco a poco, todos estamos con los nervios alterados. Por fin, notamos el golpe, pero con el ruido que hace, algunos pasajeros gritan. El miedo sigue latente. Las ruedas delanteras se posan en el suelo. Más gritos. El avión empieza a frenar y la gente empieza a sentir alivio. Cuando llegamos a velocidad de aeropuerto, se oyen aplausos dirigidos a la tripulación. La verdad es que da gusto sentirse a salvo. Pero sigo sin sentirme a gusto, quiero salir y que me de el aire y quitarme de encima el olor a vomito que tengo en la nariz.

Después de los últimos momentos del avión, pasamos a los primeros en tierras americanas. Empezamos a notar la estupidez estadounidense con respecto a los controles aduaneros. Hora y media de cola entre goteras para que simplemente pongamos los deditos en un papel y nos hagan una foto, todo ¿para qué?, para tener una base de datos macro gigantesca que les llene los ordenadores y no les sirva de nada. Me río de esa seguridad.

Pasamos la aduana, cogemos las maletas y salimos al mundo neoyorkino. ¡Qué mundo! Me pensaba que iba a salir a una sala enorme, luminosa, con cantidad de gente moviéndose de acá para allá. Pues no. Decepción. La salida de pasajeros del JFK es una cutrería. Techos bajos, pasillos estrechos y oscuros, gente apelotonada, los típicos señores trajeados con el cartelito “Smith”, “Warhinsky”.

Buscamos un teléfono para llamar al casero, pero primero necesitamos monedas. Encontramos un puestecito de información en el que nos cambian un dólar. Después de hacer la primera selección de las monedas para mi afición numismática, nos dirigimos a un teléfono. Llamamos una vez y una vocecita dulce me dice cositas al oído. No se como tomarlas, no se si me están haciendo una proposición para esta noche o simplemente me están diciendo que el número  marcado no existe. Mis amigos me dicen que seguramente será lo segundo lo que me habrá dicho, así que vuelvo a marcar, esta vez con más cuidado. Me contesta una voz de hombre. ¡Que chasco!, acabo de darme cuenta que la señorita no quería nada de mí. Sorprendentemente consigo entenderlo mejor que a la voz melodiosa anterior y quedamos con él en el apartamento de su propiedad en una media hora. Por fin parece que algo va aclarándose. La verdad que para ser el primer día de unas vacaciones, es un tanto caótico.

Salimos a un túnel donde se encuentran los taxis, esos taxis amarillo-mostaceros que dan color a las calles. Vemos tantos que tiene haber por lo menos, por lo menos, 1000 en toda la ciudad. Pillamos un monovolumen, por lo de las maletas y por ir más anchos detrás. Pero resulta que me tengo que montar delante, por dos razones: una por que han quitado una fila de asientos y solo hay tres plazas en la parte trasera; y dos porque los espabilados de mis acompañantes se han metido más rápido y me han quitado el sitio. Ahora toca entenderse con el conductor, claramente de otro país, pakistaní diría yo, aunque también puede ser de otro sitio, no se lo pregunté. Como me temía, al final tengo que escribirle la dirección en un papel, 416 de la calle 46, entre la novena y la décima, avenida claro.

Nos movemos todos llenos de ilusión, ya que estamos en la ciudad en la que queríamos estar de vacaciones. Oímos un ruido, ¿qué coño es? Otro más y otro. Cada vez que cogemos un bache escuchamos un ruido, hasta que damos con lo que es. ¡Y es que nos hemos subido en una tartana!

¡Va una mielda taxi!

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El tío va despacito para que no termine de romperse. La suerte para él, pero no para nosotros, es que pillamos un atasco nada más salir de la zona del aeropuerto. Pues empezamos bien.

_DSC7575Para más inri, estamos dando una vuelta de tres pares de narices, o por lo menos eso es lo que me indica la brújula que llevo dentro.

¿Brújula?, ¿qué dice este tío de que lleva una brújula dentro?

Pues si, las mujeres tienen un instinto especial, maternal se dice, u otros dicen que llevan la belleza en su interior. Yo no tengo nada de eso, yo llevo una brújula dentro.

Esperaba que nos pasara a Manhattan por el puente del mismo nombre, por el de Brooklyn o el Williansbourg, pero atravesó el East river por el Queens Midtown tunnel, por otra parte, cosa lógica, pues salíamos casi directos a nuestra calle.

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Comenzamos la tournée por las calles de Manhattan y, aunque excitado por llegar acá, me llevé un pequeño chasco, pues vi la ciudad un tanto oscura (debido a la altura de los edificios que no deja pasar la luz), desastrada, por lo menos por los meneos de los baches en el taxi. Por suerte esa impresión irá cambiando con el paso del tiempo.

Después de ver de lejos el edificio Chrysler, la estación central, y el Empire State building, el taxista nos lleva, esquivando Times Square, a la puerta de nuestro apartamento. Serían las tres y media de la tarde de la costa este, cuando le pagamos los 50 pavos más el 10% de propina, mucha propina teniendo en cuenta el cascajo _DSC7585de coche que tenía el pakistaní.

Nos quedamos chafados al ver la fachada del apartamento, un tanto lamentable. Tenemos un restaurante chino a un lado y un tailandés al otro, con la salida de humos a nuestro patio. Construido con ladrillo visto con la necesidad de una limpieza. Llamamos al dueño. Nada más hacerlo baja (estaba en el apartamento esperándonos) y nos ayuda a subir las maletas por una escalera estrechísima (calculo que no tendría más de 70 cm.). Subimos un par de pisos y entramos. Chapurreamos algo con él, lo que buenamente entendemos, le pagamos la semana y nos despedimos. Nos hemos librado de pagar la fianza, 500 dólares, supongo que porque ha visto que somos adultos y no una panda de niñatos jóvenes.

Echamos un primer vistazo y confirmamos la mala sensación que tenemos del piso. Es pequeño, eso lo sabíamos, pero una habitación no tiene ventana, la puerta de su cuarto de baño no cierra bien. Sólo tiene un par de cosas buenas, que precisamente son las mejores, las camas son buenas, con lo que descansaremos bien todas las noches, y que está muy céntrico, apenas a unos 600 metros de Times Square._DSC7604

Después de descansar un rato y colocar las maletas, cogemos la puerta y salimos a ver “la gran cebolla”. Vamos hacia el este por la 46 y nada más cruzar la novena nos encontramos con una ristra de restaurantes de todas las clases y con bastantes pubs. Nos quedamos con la situación para otro día venir y cenar o tomar una copichuela. Seguimos para adelante y llegamos al cruce de la 46 con Broadway. ¡¡¡ALUCINANTE!!! Me quedo boquiabierto, estamos en Times Square, y a pesar de que todavía es por la tarde y hay luz natural, los carteles publicitarios están encendidos y hay un colorido tremendo.

¡Esto si que es NY! Mogollón de gente por todos los lados, para arriba, hacia abajo, a cualquier sitio van, turistas, curiosos, gente que va o viene del trabajo, carteristas, vendedores de Rolex falsos, de entradas de teatro. Una marabunta, y es lunes, ¿qué será cuando sea fin de semana?

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Después de pasar un rato alucinando y de realizar las fotos correspondientes, continuamos en dirección al Radio City Music Hall, situado en la esquina de la 50th st con la 6th avenida. Le hago las pertinentes afotos. Mis compañeros me abandonan y tengo que correr para alcanzarles. Pasamos al lado del Rockefeller Center y de su plaza donde colocan todos los inviernos la famosa pista de patinaje. Es curioso, porque creía que me iba a encontrar una gran plaza y luego resulta que es muy pequeña, o eso es lo que me parece.

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Antes de subir al Top of the Rock, nos acercamos a echarle un rápido vistazo a la catedral de Saint Patrick en la quinta avenida, la famosa quinta avenida con sus tiendas de mírame pero no me toques, pero nos la encontramos cerrada (cierra sobre las cinco de la tarde) con lo que trasladamos la visita al viernes 15 por la mañana.

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Con las ganas de subir al TOR, volvemos sobre nuestros pasos, son las ocho de la tarde, la hora perfecta para hacer fotos atardeciendo, pillar la hora azul y ya de noche total. Nos adentramos en el hall, allí nos encontramos una lámpara impresionante hecha de cientos de cristalitos de Swarovsky. Compramos los tickets (creo recordar que nos costaron 18 dólares a cada uno) y cogemos el ascensor. Al montar nos damos cuenta que no hay techo, bueno en realidad si lo hay, pero es traslucido para que nos demos cuenta de la velocidad a la que sube, además han colocado lucecitas en el hueco del ascensor para así dar mayor sensación de rapidez.

Al salir del ascensor nos dirigimos a la terraza con las ganas de descubrir la ciudad desde las alturas, y al llegar a ella nos quedamos boquiabiertos, ¡qué vistas!, ¡qué panorama!, ¡grandioso!, ¡qué gastazo de luz más inútil! Estos son algunos de los comentarios que se nos ocurren observando a nuestro alrededor.

Cruzas las puertas y te encuentras en una amplia terraza rodeada de paneles de cristal blindado que sobresale de la barandilla propia del edificio. Estos paneles, puestos por seguridad para que ningún colgao se tire al vacío, y aunque te deja ver la ciudad, están colocados de tal manera que no encuentro un lugar lo suficientemente amplio entre paneles para meter la cámara y apoyarla para realizar fotos en condiciones, sin que salgan movidas. Me sorprende la poca gente que hay, es lunes pero en agosto hay mucho turista y creo que no es normal la ausencia de gente. Está claro que a la gente se le vende más las vistas desde el Empire State Building que desde aquí. Después de los primeros momentos en los que estamos babeando con el espectáculo que se nos ofrece, nos damos cuenta que hay otra altura más. Esta terraza, un poco más pequeña, está metida dentro de la grande, y está a la suficiente distancia del borde como para que no puedan tener la tentación de tirarse y cascarse contra el suelo. Y al no tener mamparas protectoras, puedo hacer todas las fotos que quiera colocando el mini trípode en la barandilla de piedra.

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Lo que se logra ver es tremendo, Brooklyn al este, New Jersey al oeste, Central Park y Harlem al norte y el downtown al sur. Mira tú por donde me ha salido una lección de geografía. Por supuesto, logras identificar otros lugares de Manhattan. Ves bajar los coches por la quinta avenida, el edificio Chrysler, el Empire, la zona financiera detrás de este, los puentes sobre el East river, y sobre todo, un gran rectángulo con apenas iluminación, Central Park.

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Tras casi un par de horas de permanencia en lo alto del Rockefeller center y con el estómago haciendo más ruido que una locomotora de vapor, decidimos ir a cenar. Cuando nos íbamos, en el hall de los ascensores se encuentra una vitrina en la que estaba expuesta la estrella que se pone en la copa del árbol de navidad en la plaza del edificio, una estrella de unos 25 centímetros de largo y ancho, si no recuerdo mal también es de cristal de Swarovsky, la verdad es que brilla una barbaridad.

Dejamos atrás la estrella y una vez abajo, empezamos a buscar un restaurante para cenar, al final decidimos volver hacia casa y si encontramos algo en el camino, paramos y entramos. Para ir más rápido preguntamos a unos españoles (hay que ver que pocos ves por estos sitios, je, je) a dónde podíamos ir. No supieron recomendarnos ningún restaurante en especial, lo único que nos aconsejaron fue que no fuéramos a un Burger King, que las hamburguesas eran aún más malas que en España. De todas formas lo que teníamos claro es que no íbamos a ir a ninguna hamburguesería tipo Mac o Burger. Después de unas risas con ellos nos vamos a Times Square a cenar a Friday’s, que era uno de los bares que nos habían recomendado, y entre que nos pillaba de camino y que teníamos hambre no nos paramos a buscar otra cosa.

Curioso lugar este Friday’s. Una decoración llena de barras y estrellas (que raro, no suelen verse por ahí), un tanto oscuro, y en el rellano de subida al piso de arriba han colgado una enorme cabeza de alce o ciervo, no se cual es. No recuerdo que cenamos, pero a Toñi no le sentó bien lo que tomó, tenía un sabor fuerte, con muchas especias. Nos soplaron 100 pavos.

Terminamos la cena y salimos hacia la casa, pero antes volvemos a pasar por la mayor zona publicitaria del mundo. Puede que me repita, pero es impresionante ver todos esos carteles-pantallas de grandísima calidad, te quedas embobado viendo la gran variedad de publicidad. Se puede comparar lo que hay con lo que había unos cuantos años antes. En el punto de información situada en la misma plaza está colocada una foto de la misma de finales del siglo XIX sin ningún cartel, las casas estaban tal cual como las construyeron, peladas, ¡se veían hasta las ventanas! Otra foto famosa en la que se puede comprobar lo pelados que estaban los edificios, es la del beso famoso que da un marinero americano a una mujer al enterarse que la segunda guerra mundial ha terminado.

A los que fuimos allí, el cartel publicitario que más nos impresionó fue uno que no está en Times Square propiamente dicho, está a unos 50 metros en la séptima avenida hacia el norte. Es uno patrocinado por M&M’s. No se, a lo mejor me equivoco, pero creo que podría medir unos 100 metros cuadrados y de tal calidad que daba la sensación que se iban a salir los caramelejos, sorprendente e impresionante (hay que ver como me repito).

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Dejamos atrás ese gran colorido y ya en la calle 46, nuestra calle, empezamos a notar el cansancio de tantas horas de pie o sentados en el avión, llevábamos unas 26 horas despiertos y una vez que nuestra mente empezó a descansar, nos pegó el bajón y solo deseábamos llegar a casa para coger el catre y descansar todo lo posible para estar bien al día siguiente, que también nos esperaba un día largo. Lo que no nos imaginábamos era lo que nos iba a pasar esa y un par de noches más, el jet-lag maldito.

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Después de casi dos años sin leer un libro, o dejármelos a medias, por fin, estos días he terminado uno, el primero de la trilogía de Millenium de Stieg Larsson: “Los hombres que no amaban a las mujeres”.

Entretenido he estado durante ocho días que es lo que he tardado en leer las casi 700 páginas que tiene el libro. Pero puedo decir que no es uno de los mejores libros, de lejos, que he leído. Está pasable, tiene unos altibajos un tanto raros. Las primeras 150 páginas la emoción o el enganche al libro va in crescendo, para de repente, pegar un bajón, volviendo a presentar más personajes y dar más descripciones de cosas o actos de los historia, lo que hacía que cogiera un buen sueño a la hora de la siesta.

Por suerte, la lectura volvió a coger el tono otra vez y ya no lo dejó hasta casi las últimas 100 páginas, que sobran como la mierda. Si el autor hubiese eliminado este final (y otras partes), el libro hubiera quedado más o menos niquelado.

Bajo mi entender, el argumento debería haber sido uno, la investigación de la desaparición de una joven, pero al meter otra trama, en realidad, esto hace que sea la vida del protagonista durante un año. Es esto último lo que hace que pierda algo de interés. Si las dos tramas hubiesen estado entrelazadas, el lector estaría enganchado a las dos, pero primero termina una y es entonces cuando entra la segunda. Dos libros en uno. Además la segunda trama entra demasiado rápido y se resuelve tremendamente veloz, lo que hace que parezca más un relleno que algo intrínseco al libro.

Es un libro para estar entretenido durante unos días en lo que no se tiene otra cosa que hacer, pero, personalmente, creo que no lo voy a recordar durante mucho tiempo. Lo único que va a hacer que lo tenga en mi mente es que me voy a leer las otras dos partes de la trilogía, a ver en que termina la cosa. Aun así recomiendo su lectura a todo aquel que esté interesado en la lectura.

Lo curioso es la sorpresa que se lleva uno al enterarse que la sociedad sueca no es lo idílica que uno se imaginaba. No lo digo por la historia, que puede o no ser inventada, sino por los apuntes que da el autor en el inicio de cada parte. Se supone que conforme lo dice se ha de tomar en serio, si luego es una mentira o forma parte del libro, a mi, por lo menos, me ha engañado totalmente.

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