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Archive for 19 noviembre 2009

Menos mal que ya nos vamos acostumbrando al horario local, hoy solo nos hemos despertado a las seis y media. Para que vamos a perder el tiempo, ¡todos arriba!, ¡¡que nos vamos de compras!!

Ya decidimos que el miércoles sería el día de hacer el gran gasto. Nos marcharemos al outlet Woodbury Commons, a unos ochenta kilómetros de NY. Pero antes de partir bajaremos a que yo haga el mayor gasto de todos, derrochar en B&H comprándome chorrocientas cosas para mi afición foteril.

Tomamos la octava avenida para abajo y desayunamos en un Starbucks, casi con la esquina de la calle 43, frente a un sex-shop. Muy didáctico.

Después de un café latte y una mierda de bollo, los demás ya son adictos al capuchino, continuamos nuestro paseo por la octava. Pasamos frente al Port Authority, o estación de autobuses, desde donde salen los autobuses para el outlet. Por todas las esquinas nos avasallan con publicidad de los autobuses turísticos y los del outlet. Cogemos un par para tener información y así no ir a ciegas cuando volvamos de B&H. Enfrente de la estación de autobuses se encuentra la sede del NY Times.

Llegado el momento cruzamos a la novena, que es donde está la tienda de fotografía y de otros aparatos electrónicos, en la esquina con la 34, la misma calle del ESB. La tienda es grandísima, es judía y en ella trabajan muchísimos judíos, apenas hay personal de otras religiones, eso si, se sabe quienes son. No llevan tirabuzones.

Miramos en los paneles donde se encuentra la sección de fotografía y nos vamos para allá. Mis compañeros de viaje me siguen, pero a ellos lo que voy a hacer ni les va ni les viene. De todas formas al ratillo deciden ir a otros sitios y oler lo que venden por ahí. Al llegar a la sección oportuna te tienes que colocar en un punto para que puedas ser atendido por un vendedor (creo recordar que hay hasta 60). Conforme se van liberando sale su número en un panel y hacia allá te tienes que dirigir para ser atendido. Por suerte hay algunos que saben castellano y solo te tienes que esperar a que se quede libre para ponerte con él y así no tener problemas por el idioma. Una vez delante del vendedor, le vas diciendo lo que quieres, y es curioso como llega lo que has pedido. A través del ordenador va pidiendo y los del almacén te mandan lo comprado por una cinta transportadora por debajo del mostrador hasta el punto en el que nos encontramos. Una vez visionado el producto para cerciorarte que es lo que quieres, lo vuelven a mandar al punto de pago, donde lo recoges cuando sales, y has pagado, por supuesto.

Por fin, tras hora y media comprando, comprobando en una salita lo que te has agenciado y después de la visita del diablo Juanpe, que quería que me comprase el i-pod touch, salimos de la tienda, para descanso de las mujeres, no sin antes cambiar de planes debido a mi tardanza en realizar las compras. Hoy no lo pasaremos en el outlet, haremos lo que estaba planeado hacer al día siguiente. La verdad es que es un descanso no ir de compras, no que no quiera ir, pero con el tiempo que me he pasado comprando estoy ya saturado de ellas, y eso que eran cosas mías.

Antes de comenzar la ruta volvemos a casa para dejar todos los cristalitos. Y una vez colocadas las cosas nos marchamos al Downtown. Por primera vez vamos a coger el metro, ya llevamos bastante rato andando, octava abajo, novena arriba, pero aún nos queda un ratito hasta llegar a TS para coger el famoso subway neoyorkino, el subterráneo más fotografiado y filmado del mundo.

Al llegar a la altura del hotel Marriot nos quedamos sorprendidos con el mogollón de gente que está haciendo cola. Están delante de las taquillas de los teatros, más bien, delante de las taquillas que venden las entradas sueltas que quedan en las obras de los teatros para ese día. Las venden a precios muy, muy baratos, pero si vas con gente seguro que te toca estar en diferentes asientos y a no ser que seas un apasionado de esa obra, creo que no merece la pena, por lo menos para mi. Además son para unas horas que no nos conviene, normalmente son para las primeras sesiones, es decir, para las dos o las cuatro de la tarde, y a esas horas estaremos en otros lugares. No nos cuadra estar en el sur de la ciudad y volver, para luego regresar al sitio donde estabas inicialmente.

Torcemos en broadway hacia el sur para ir a la boca del metro, pero antes de bajar entramos en la tienda de Levi’s para ver que precios tienen y de paso olemos un ratillo.

Nada, salimos de la tienda y cruzamos la séptima para bajar por la boquera del metro, que está en la esquina que forman la séptima y broadway. Compramos cuatro billetes (ahora no me acuerdo como los compramos, si lo hicimos en la máquina o al señor de la taquilla) y cruzamos las puertas de hierro. Aquí si que no se puede colar nadie, de las taquillas hacia dentro está totalmente cerrado, de techo a suelo y de pared a pared. Sólo hay una puerta para minusválidos o carritos de bebé y las puertas giratorias que se mueven cuando metes el ticket en la ranura de la maquinita.

Al cruzar la puerta entramos en otro mundo, el que sale en las películas, como en “Pelham 1, 2, 3”. A la derecha hay una zona abierta, con una pequeña valla, una especie de mirador, que cualquiera puede saltar e introducirse dentro de los túneles. Y a la izquierda hay un final de vía para que alguna vez duerma allí algún vagón de metro. Unos pasos más adelante nos encontramos ya en el andén propiamente dicho, con sus carteles informativos de líneas, bancos, las típicas columnas casi al borde del andén. Te introduces en algo que ya tienes visto pero en el que no has estado nunca, por eso cuando estás allí viéndolo tienes una sensación rara, como si fueras a ver al fantasma de Patrick Swayze pasear por el andén, o la pelea del señor Smith con Neo. Pero solo hay personas normales queriendo ir a otros lugares de la ciudad.

Entre las conversaciones que tenemos en el metro está la de cómo conseguir el dólar de plata, tanto para mi colección de monedas, como porque mis amigos quieren hacer un regalo a otros amigos suyos que también son coleccionistas. No sabíamos donde pillarla, la lógica es que fuera en un banco, pero con anterioridad ya habíamos preguntado a varias personas (en una oficina de correos) dónde podríamos conseguirla y no supieron decirnos con seguridad el lugar en el que poder comprarla. Así que cuando bajáramos (je, je, que curioso, bajar cuando en realidad hemos de subir) del metro iríamos a un banco para pedirla, comprarla o preguntar sobre la moneda dichosa y deseada.

Después de unos minutos ya estábamos en la plaza del ayuntamiento, bueno más bien jardín del ayuntamiento. Y desde allí vemos el impresionante edificio Woolworth. Espectacular construcción que se construyó el comerciante Woolworth, que pagó al contado, como si de calderilla se tratara, y dicen que se asemeja a una catedral gótica, tendrán que pasar por el oculista a que les traten. De 1913 hasta 1930 fue el edificio más alto del mundo, hasta cuando construyeron el Chrysler y el 40 de Wall street.

Justo en un edificio contiguo al Woolworth entramos al Citybank para preguntar sobre la moneda de plata. Una señora muy educada (en los maristas) nos dice que allí no tienen de plata y que no sabe donde podemos pillarlas. Pero con la confusión idiomática, pudimos comprender que en el banco podíamos cambiar billetes por monedas de un dólar, las de curso legal. Yo sabía que existían pero pensaba que eran monedas de difícil acceso, y la verdad es que luego nos dimos cuenta que en el único sitio donde las dan de cambio son las máquinas expendedoras de billetes del metro. En tiendas o en otros lugares prefieren devolverte en billetes de uno que en monedas de ese mismo valor, y si te devuelven monedas siempre serán en moneda fraccionaria. Encima para más sorpresa propia, resulta que hay distintos modelos o distintas acuñaciones, tanto en plateado como en dorado, así que lo que iba a ser un simple cambio de un dólar por otro, se convirtió en un masivo cambio monetario. Aproximadamente cambiamos unos 20 dólares, consiguiendo casi todas las acuñaciones que hay en el mercado. Lo del dólar de plata lo buscaremos en el edificio de la reserva federal, que es donde las cajeras creen que pueden cambiarnos.

Con las monedas en el bolsillo, cruzamos la calle y nos metimos en el parque del City Hall. Que pequeño es pero también muy tranquilo, está al lado de Broadway con el jaleo que provoca la circulación y dentro apenas te enteras. Te metes en la tranquilidad y el sosiego. La propia gente que pasea va despacio como si no tuviera preocupaciones ni prisas. Habría gente como nosotros, de vacaciones, pero otra iría de un sitio para otro y al pasar por el parque el paso se ralentiza. Te contagia el lugar.

Son las doce del mediodía. Buscamos un sitio para hacer el primer descanso y casi lo encontramos, todos los bancos a la sombra estaban ocupados. Sentados, terminamos de planear el día y leemos algo de información del libro que llevamos.

Una vez hecho el ligero descanso, partimos otra vez rodeando el parque en dirección al edificio anexo al ayuntamiento. Pasamos por la calle que va a parar al puente de Brooklyn y vemos un mogollón de gente que va hacia él para cruzarlo. Nosotros nos esperaremos un poco para hacer lo mismo. Terminamos de rodear el parque y el ayuntamiento, y cuando volvemos a Broadway veo por primera vez y, casi única, a un homeless de los de carro de supermercado. Por suerte las autoridades han sabido limpiar las calles tanto de delincuentes como de indigentes.

Por Broadway vamos bajando y en un esquina antes de llegar a Saint Paul’s Chapel vemos un puesto de perritos y allá que vamos a por el, para zamparnos el primer perrito caliente. Hay que hacer todas las cosas típicas de un viaje a NY. Juanpe es el único al que no le apetece un perrito, mientras que los demás nos lo tomamos con la decepción que supone el descubrir que tampoco es una cosa del otro mundo. Para quitarte el hambre en un momento dado, vale, pero para absolutamente nada más.

Llegamos a la capilla, a la pequeña capilla, pero para muchas personas milagrosa capilla. Hoy en día se ha convertido en una capilla museo del desgraciado 11-S. Allí se instaló el primer hospital de campaña el día del atentado y ahora posee un montón de recuerdos, de mensajes de apoyo a las familias de las víctimas, de objetos donados, de reliquias,… Hay cosas que te entristecen y otras que te estremecen, sobre todo, cuando recuerdas los acontecimientos que ocurrieron ese día. Entre muchas cosas encontramos varios escudos de policías locales de la provincia, de Murcia, Cartagena, Torre de Cotillas.

Salimos por la puerta que da al pequeño cementerio de la capilla. En el dicen que paseaba George Washington cuando estaba en la ciudad, hay un banco con una placa que así lo corrobora. Nada más salir, a la derecha, hay un tronco cortado de árbol, del que dicen fue el árbol que contuvo los cascotes de World Trade Center cuando se derrumbaron, y que por ese motivo la capilla fue el único edificio de los aledaños de la zona cero que no sufrió ningún daño.

Cruzamos el camposanto y salimos por la calle del World Trade Center o zona cero. Ahora ya no hay nada más que obras para construir el nuevo mastodonte de la ciudad. Como no pudimos hacernos una idea de lo grande o no que es la zona, seguimos adelante, volviendo a Broadway para dirigirnos a la Trinity church.

Justo enfrente de la calle muro, más conocida como Wall street, se sitúa la iglesia de la Trinidad, o Trinity church. La iglesia actual es la tercera que se levanta en el mismo sitio. La primera se terminó en 1698 y se incendió 78 años después. Se reconstruyó en 1787 y unos años después fue demolida para construir la iglesia neogótica actual. Como casi todos los edificios en esta ciudad, durante unos años fue el edificio más alto de la misma, eso ocurrió hasta el año 1860.

Al pasar me despisté del grupo y estuve deambulando un rato por toda la iglesia y su cementerio, más grande que el de Saint Paul, haciendo fotos y viendo las lápidas y panteones que había por allí. Al cabo de un rato empecé a buscarlos y encontré a los compañeros en la puerta de la iglesia.

Sólo tuvimos que cruzar la calle en perpendicular para entrar en la zona financiera más importante y más influenciadora del mundo. Wall street. Una calle estrecha que se hace aún más estrecha cuando miras hacia arriba, hacia los “pequeños” rascacielos. Lo único que hace que puedas pasear por ella es que es peatonal. El nombre de la calle se debe a una empalizada de madera levantada por los holandeses para proteger el lado norte de la colonia. Wall street nos conduce a Broad street, calle donde se encuentra la bolsa de NY, la bolsa que marca nuestros destinos, destinos económicos, pero indirectamente nuestras vidas. Si el presidente de la bolsa de NY se mea fuera del vater, el mundo se echa a temblar. Demasiada dependencia de un edificio, valores, personas o lo que sea. Mucha globalización.

Llegamos al Federal Hall, edificio que tiene una escalinata en la que se encuentra la estatua a George Washington. Éste juró aquí como primer presidente del país.

Sentándote junto a la estatua como muchos turistas y brokers, se observa el NYSE, New York Stock Exchange, la bolsa para los amigos. Un edificio que costó dos millones de dólares a principio del siglo XX y que maneja los valores de casi tres mil empresas que cuestan más de quince trillones de dólares en el mercado mundial. Lo curioso fueron sus comienzos. Hace más de 200 años, unos cuantos empresarios se reunían para cambiar acciones y bonos de sus empresas. De ahí hasta ahora, un mundo.

En el momento que pasamos por allí una gran bandera norteamericana cubría la columnata, lo que supone unas dimensiones tremendas. Lo curioso, por lo menos para mi, es que una de las tres banderitas que están al pie de la grande, era la de China en lugar de otra de USA. Y digo que es curioso porque los americanos son muy suyos y dejar libre un mástil para poner una bandera de otro país es muy raro, salvo que sea por intereses propios o por peloteo, pues China es el país al que más dinero debe Estados Unidos. Ignoro si realmente hubiesen puesto otra bandera, como la griega, cuatro años antes cuando coincidía con las olimpiadas, como sucedía ahora. De todas formas cada uno es libre de hacer lo que le de la gana, siempre que no moleste o fastidie a las demás personas, y en este caso no creo que moleste a nadie, salvo que sea al gusto de cada uno.

Bueno, eran las dos de la tarde y empezaba a asediarnos el hambre, con lo que empezamos a buscar un sitio donde comer. Cogemos otra vez Broadway y nos dirigimos hacia Battery park. Si antes de llegar a Bowling Green encontrábamos donde comer, comeríamos, pero no fue así. En la plaza de Bowling Green, donde antiguamente se jugaba a los bolos sobre la hierba, nos dispusimos a ver al toro famoso, el que dicen que da potencia a la economía, pero ahora tiene que estar depresivo, más que nada por conforme está la misma. El toro estaba atestado de gente, prácticamente había que coger número para poder hacernos unas fotos y aún así salieron unos cuantos japoneses por al lado.

Por la zona, antes de llegar a Battery park, vimos un par de sitios de comida rápida. Al final entramos en el “Au bon pain”, un restaurante de bocadillos, wraps y otros sandwichs. No está mal para comer algo en un momento, pero no se puede decir que sea un restaurante que vaya a salir en la guía michelín.

Por fin paseamos por el parque sur de Manhattan. En Battery park los británicos construyeron una batería de cañones, de ahí el nombre, para defender el puerto, esto ocurrió hace unos años, así como dos siglos. Enfrente del embarcadero de los ferrys a Staten Island se encuentra la casa de Elysabeth Ann Seton, la primera santa americana. Una pequeña casa anaranjada rodeada de rascacielos donde vivió la santa.

Nos adentramos hacia el paseo junto a las desembocaduras de los ríos East y Hudson disfrutando de las vistas hacia la estatua de la libertad y la isla de Ellis. Era genial, un rato tranquilo con el sol dándonos por todos los lados, disfrutando, si, se que me repito, pero es que estaba, estábamos disfrutando del momento, de un momento especial, de un viaje preparado durante cuatro años y, ahí, en este parque yendo despacio en la ciudad con más prisa del mundo, sentándonos en los bancos que miran hacia el agua, con el único ruido de los graznidos de las gaviotas y algún aislado silbato de los barcos que van y vienen de la isla de la estatua de la libertad. Como día laborable no había mucha gente en el paseo, pero aún así, como nosotros, algunas personas decidieron hacer lo mismo, tomar un respiro en una ciudad que me estaba sorprendiendo por momentos cada vez más.

Apenas nos movimos en 50 metros, y mientras que los demás se sentaban, yo me puse a probar el “torito” en los alrededores. Fotografiaba todo lo que se movía y lo que no, hasta que decidimos ir a tomar el ferry de Staten Island. Quisimos coger este y no el de la estatua, porque como no se podía subir a la misma, nos pareció una tontería hacer ese viaje. Pero como no queríamos perdérnosla, aunque fuera desde más lejos, pillamos, entre una marabunta de gente, el barco de la isla estatal, que además es gratuito, lo único gratuito que hay en NY.

Unos minutos después de las cuatro zarpamos, y unos cinco minutos más tarde pasábamos a unos 500 ó 700 metros de la Liberty island. Entonces todos los turistas a la derecha del barco según la dirección que llevábamos. Más foticos y a esperar llegar a puerto para dar la vuelta. Antes de llegar vemos a lo lejos el puente de Verrazanno, el más largo de Estados Unidos. De vuelta volvimos a hacerle foticos a la señora libertad y por supuesto al skyline de Manhattan.

A la hora de haber partido hacia Staten island estábamos otra vez de vuelta en Battery park, esta vez para pasear por él y ver lo que se cuece dentro. Lo primero que vemos es una fiesta con música a lo Macarena y toda la peña bailando al son de la música, todos con el mismo baile repetitivo. Al lado de donde se hacía la fiesta está situado el monumento a los caídos en la segunda guerra mundial. Una águila con las alas abiertas, de unos tres metros de grande, encima de un pedestal cúbico, y enfrente de el águila varios bloques de hormigón con centenares de nombres fallecidos en la guerra.

Continuamos hacia el fuerte, el castle Clinton. No tiene nada que ver con el ex-presidente, sino con el alcalde que reforzó las defensas del puerto, DeWitt Clinton. Lo curioso del fortín es que cuando se construyó estaba situado en una isla a 100 metros de la costa, para más tarde rellenar ese hueco y así formar lo que es el actual Battery park.

Desde sus inicios defensivos, con 28 cañones en su interior y que nunca fueron disparados, hasta la actualidad, ha tenido varios usos, parque de diversiones, centro de inmigración (antes de la apertura de la isla de Ellis), un acuario y finalmente, museo y monumento nacional. Al lado de este está la estatua dedicada a los millones de inmigrantes que han entrado en los Estados Unidos por esta ciudad y pasaron antes por el fuerte Clinton para tramitar los papeles.

En sus proximidades tuvimos el último y definitivo contacto con los vendedores de Rolex. Por 50 pavos adquirimos dos falsificaciones. Continuamos por el parque y vemos a una ardilla loca saltando de paloma en paloma por el jardín. Al fondo del mismo está la Sphera, la bola que estaba situada en el World Trade Center y que sufrió la caída de las torres gemelas. Hoy se conserva en este lugar tal y como se quedó el día del atentado. Al mismo tiempo que la observábamos escuchábamos la canción “When a man loves a woman” cantada por un cantante callejero.

Salimos del parque con la intención de dirigirnos al puente de Brooklyn, el punto fuerte del día, y para ello lo único que tenemos que hacer es subir por Broadway hasta llegar al ayuntamiento, y de ahí girar a la derecha. Pero a alguna mente lúcida se le ocurrió torcer hacia el este por Pine st lo que trajo cuasi fatales consecuencias para los ya maltrechos pies.

Pasamos por delante de uno de los edificios emblemáticos de NY, el 40 de wall st. Llegamos al borde del East river tres cuartos de hora más tarde, pasamos por delante del Pier 17 y no le hicimos ni puto caso de lo cansados que teníamos, bueno tenían los pies, porque yo hubiese seguido hasta reventarlos. Además lo que hacía que quisiera seguir era lo que me esperaba justo en el otro lado del río. Si hubiese sido por mis compañeros de viaje en ese momento hubiésemos cogido el metro para irnos a casa a descansar. Unos minutos después me agradecieron el que insistiera para que cruzáramos el puente andando.

A pesar que dimos un rodeo bueno, pues después de llegar al río tuvimos que volver a subir en paralelo al puente para llegar a la punta del mismo (hicimos un trayecto de c puesta al revés sobre el mapa de Manhattan), mereció la pena por las vistas que hay del puente y de Brooklyn desde el Pier 17 y sus alrededores. El trío calatrava prefirió no cruzar la calle para ir al dique y ver el puente, estaban hecho polvo, ellos se lo perdieron.

Cuando les dije que teníamos que subir la cuesta de Dover st para llegar al principio del puente me empezaron a tirar todo tipo de objetos pesados. Pero lo que hizo que subieran fue que no tenían más remedio que hacerlo, aunque nos hubiésemos ido para casa.

Una vez arriba, en park row, nos tomamos un descanso y un café en un starbucks antes de cruzar el puente.

El puente de Brooklyn se empezó a construir en 1870 y se concluyó trece años después. Fue el primer puente en el que se utilizó el acero como material de construcción y fue el primer puente colgante de acero del mundo. Tiene poco más de un kilómetro de largo y tiene dos pasarelas, una encima de la otra. La inferior es para vehículos y la superior es para los peatones y bicis. Es uno de los símbolos de NY y uno de los puntos preferidos por los turistas y nativos. Los viandantes tienen que tener un especial cuidado de no cruzar a la zona reservada para las bicicletas, pues estas suelen llevar una velocidad algo elevada y no se cortan en echarte la bronca si te encuentran en su camino.

Entramos en el puente disfrutando de las vistas que se ven de las dos orillas, haciendo fotos sin parar de mirar la calzada, no vaya a ser que en un descuido te lleve por delante una bici o hagas tropezar a algún footinero. Por el camino nos encontramos a muchos españoles. Los neoyorkinos, salvo que vayan haciendo footing o bicicleta, no suelen coger el puente, por lo menos en esta época del año.

En un momento del camino nos sentamos en uno de los bancos que hay en el trayecto, y mientras los demás descansan, yo me dispongo a hacerles una foto. Me sitúo en el carril bici vigilando que no venga ninguna, ellos se acicalan, les enfoco y empiezo a afotarles. La primera sale mal porque hay mucha gente que pasa andando y no se da cuenta que hay gente haciendo fotos, no importa. Pero el que tenga que repetir le causa la risa tonta a un par de chinos o japoneses que están sentados también en el banco, contagiándonos a nosotros de la risa tonta, con lo que al final salieron todos partidos de risa en la foto.

Recorridos los mil y pico metros del puente junto al resto de la fauna turística descendemos hacia el muelle desde donde se ve el skyline de NY. De camino vemos la pizzería Grimaldi’s que es donde pensábamos reservar para cenar, pero nos encontramos con una cola medianamente grande y resulta que no aceptan reservas, si quieres cenar o comer allí tienes que ponerte en la cola. Dejamos el restaurante para después de que pasemos el rato despidiendo el día viendo Manhattan. Pero antes vemos otro restaurante justo debajo del puente y entramos a ver que tal es y si podemos reservar para cenar, pero ¡Ángela María!, menuda pinta tiene, es de esos restaurantes de mírame y no me toques. Podías cenar en una terracita con vistas al downtown, con lucecitas tenues, prácticamente en familia, vamos un marco incomparable, pero un sitio en el que la tarjeta sale temblando, así que salimos por donde entramos y ya cenaremos más adelante donde sea.

Ahora tocaba disfrutar del paisaje, espectáculo o lo que quieras pensar. Estábamos en el muelle frente a Manhattan a la altura del Pier 17, justo al lado del puente de Brooklyn. Lo normal en estos casos, mogollón de gente. En ese momento echo en falta el trípode para poder hacer cientos de fotos de todas las formas posibles y sin tener que hacerlas a pulso. Por lo menos llevo el gorillapod de los chinos que utilizo poniéndolo en una papelera, pero lo malo es que no hay papeleras en el lugar que uno quiere para hacer la típica foto del skyline de la gran cebolla.

Mientras espero a que acabe otro fotógrafo que no ha traído el trípode y tiene agarrada una papelera que había en un lateral del muelle, nos sentamos en una mesa de un chiringuito a tomarnos una cervecita bien fresquita y unos panchitos. Nos sienta que no te digo na. Descansamos, disfrutamos, charlamos.

Al ratillo nos ponemos a disfrutar de las vistas, impresionantes, no digo más. Aunque están más vistas que el tebeo de Mortadelo y Filemón, eso de estar enfrente en vivo y en directo es otra sensación. Contemplar los edificios con tus propios ojos, que te esté dando la brisilla, viendo anochecer y pasar el tiempo sin tener ningún tipo de prisa y de cortapisa. Es genial, simplemente. Lo único malo fue que al no llevar trípode, las fotos no salieron todo lo bien que hubiese querido.

Una vez echadas unas risas y cuando empezaba el estomago a crujir más que el suelo de la mansión de Psicosis, nos dimos cuenta que ya era hora de tomar otra dirección, especialmente la del restaurante. Lo intentamos otra vez en Grimaldi’s, pero ahora había el doble de cola. Esta iba rapidilla, pero no lo suficiente, aún hubiésemos tenido que estar allí una horica, como mínimo.

Después de usar el inodoro de la pizzería nos vamos a pillar el metro, según las indicaciones del maître de la misma. Un rato más tarde estamos en el centro, cerca de donde vivimos. Allí, en la octava, nos metemos a cenar en la trattoría Daniela’s donde nos atienden más hispanos que en Hispania.

Terminamos la jornada y nos vamos a dormir machacados vivos. No hacemos más que llegar al portal de casa y Juanpe está dormido. No sabemos como sube las escaleras, pero logra llegar a su cama y descansar hasta el día siguiente.

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Por fin he terminado con la trilogía, que leído lo leído, bien podría ser una bilogía, ya que el segundo y tercer libro es uno dividido para sacar más pasta al populacho.

El último libro está bien pero es demasiado extenso, demasiada investigación para saber el resultado, que se intuye leyendo el segundo libro y parte del tercero.

Al igual que en el resto de los libros anteriores de la trilogía de Larsson, hay partes que son innecesarias, en este, por ejemplo, se tira más de 25 páginas explicando la vida de un personaje que se suicida tres páginas más adelante, para mi una narración totalmente innecesaria para el resto del libro, y por lo tanto prescindible.

Visto lo visto, o mejor dicho, leído lo leído, en este caso de la trilogía de millenium, se puede decir que el marketing ha hecho un gran papel para que la gente lo compre, porque literariamente no es, de lejos, algo de lo que se pudiera sentir orgulloso el escritor. El libro no es malo, pero el boom que ha tenido ha hecho que esté más arriba de lo que, para mi, debiera.

Otra cosa que no entiendo es el porqué se le llama trilogía. Lo que yo entiendo por trilogía es una historia dividida en tres con ligeras variaciones entre los tres libros. Pero aquí lo único común son los personajes y no tanto la historia. El argumento del primer libro no tiene nada que ver con el resto. Pero ahí entra el marketing, el nombrar a estos libros trilogía ha hecho que la gente acabe comprando los tres.

Aún así la editorial sueca amenaza con un cuarto libro. A mi que no me esperen o que lo hagan sentados para que no se cansen, ya que no me lo voy a comprar ni pedir prestado a nadie.

A pesar de lo que parezca, a través de mis comentarios, los libros merecen la pena siempre que se quiera pasar sólo un buen rato, sin más pretensiones.

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Como no tengo muchas ganas de comentar el partido, os insto a que os metais en cualquier página de basket y la leais si os apetece.

Lo único que os doy son fotos. Que las disfruteis.

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Zona de animación.

¡¡¡Por fin!!!, por fin las chicas estrenan vestimenta, mucho más acorde a lo que es su trabajo. Todavía van con zapatillas, pero todo se andará.

También ha habido nuevas incorporaciones, ahora ya son nueve. Una más y se ponen a jugar al baloncesto.

Hoy os pongo dos fotos, una un tanto más general de cinco chicas, y otra de una de las nuevas.

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Hasta otra.

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