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Archive for 31 diciembre 2009

Como diría Encanni: “madrugando voy, madrugando vengo, vengo”.

Es en el único sitio, de vacaciones, que da gusto levantarse temprano. Da lo mismo la hora ya que vas a disfrutar del día y el lugar. Hoy nos toca la 5ª avenida y los museos, el de historia natural y el MET.

Desayunamos en Times Square, como casi siempre, y nos vamos a ver la famosa avenida. La primera parada la hacemos en la catedral de Saint Patrick. Esta es grandísima, pero al estar rodeada de rascacielos parece más pequeña de lo que en realidad es. Lo malo es que la pillamos en periodo de restauración y está casi cubierta de andamios.

Tras verla por dentro y rezar por nuestros seres queridos, cruzamos la calle para hacernos la foto con el Atlas del Rockefeller Center.

Continuamos por la quinta hacia arriba y vamos cruzando de una acera a otra parando en cada escaparate que nos encontramos. De esta forma llegamos a la tienda de la NBA, pero está cerrada. Son la diez menos diez, faltan diez minutos para abrir, así que seguimos el camino viendo cada edificio y cada tienda, de esta forma llegamos a Tiffany’s. Como yo no tenía mucho interés por entrar, me separé de ellos y volví a la tienda de la NBA y quedamos en la joyería en un rato.

A pesar de haber comprado un par de cosillas y de tener el cambio del dólar a favor, había cosas que no se podían ni tocar.

Acabo con la NBA y vuelvo a Tiffany’s con la esperanza de que sigan dentro. Cuando entro en la joyería empiezo a mirar de un lado a otro para ver donde están y no los encuentro. Empiezo a moverme por dentro con la mirada en todos los lados y nada de nada. Como estos hayan salido a ver donde los encuentro. Llego al fondo de la tienda donde están los ascensores. Bueno, ahora si que la hemos hecho buena. ¿En qué piso estarán? yo que creía que era solo una planta, ahora, ¿a ver qué hago?

— Perdone, ¿quería algo?

¡Coño! un armario empotrao…, digo, un miembro…, digo, un segurata vestido de armani.

— ¿Perdón? – pregunto en un inglés perfecto.

— ¿Qué si quería algo?

Joder y ¿porqué se pensará este que quiero algo? solo porque voy en zapatillas, bermudas, mochila fotográfica y voy mirando a todos los lados como perdido, ¿debo querer algo?

— Busco a mi mujer.

— En la tercera planta.

— ¿Eiin?

— En la tercera planta, señor. – me dice con una sonrisa de pabellón auditivo a pabellón auditivo.

Con tanta seguridad uno no puede negarse, así que me voy a la tercera planta y mira tu por donde, allí encuentro al trío rociero mirando entre tanta joya.

Ahora entiendo el porqué tenía que estar mi peña en esa planta. Resulta que es la planta donde está la plata, y por lo tanto, la planta más asequible para los de a pie. Se ve que los turistas no tenemos acceso a otras joyas. De todas formas no teníamos intención de gastarnos más allá de diez o quince mil euros en Tiffany’s.

Después de un rato viendo tanto brillo, y de poner los dientes largos a las mujeres, y, por supuesto, de adquirir un par de cosillas, salimos a la calle para continuar nuestra ruta.

Un poquito más arriba llegamos a la esquina donde se encuentra el cubo de Apple y la tienda de juguetes FAO Schwartz, enfrente justo del archifilmado hotel Plaza, edificio este que si te lo encuentras en medio del monte, en un temporal de rayos y truenos y de noche, no se te ocurriría entrar ni de cachondeo del aire tétrico que tiene, por lo menos es lo que me parece a mi.

Nos vamos a la juguetería a comprar algunas cosillas para hijos, sobrinos, amigos, etc. Lo primero que hacemos es comprar chuches, bueno, en realidad, las compra Juanpe que es un golosón de cuidado, je, je. Nos movemos por toda la tienda viendo los juguetes conocidos y desconocidos, y seguimos los carteles para llegar al piano que salió en la película “Big”, de Tom Hanks. Encima del piano estaban unos niños aporreando las teclas, con los pies, y en un lado otros niños aguardando cola para hacer lo mismo. Estuvimos en un tris de hacer cola, pero no queríamos dejar en ridículo a las demás personas haciendo una demostración de cómo se toca el piano entre cuatro. Del piano nos fuimos para la salida. Pagamos las tres cosillas que nos llevábamos y nos fuimos al cubo de Apple.

Más que nada entramos por curiosidad de ver la tienda, que por cierto está debajo del cubo, y para preguntar por el iphone, por si nos lo podíamos llevar por el módico precio de 20 dólares más los puntos de promoción. Pero los dependientes se empeñaron en que debíamos hacer un contrato de dos años con AT&T y por ahí no pasábamos, así que nos fuimos.

En los siguientes minutos llegó unos de los momentos que mejor recuerdo me llevé de NY, a mí y creo que puedo decir que también a mis tres acompañantes.

Cruzamos de Apple hasta la entrada de Central Park que hay en esa esquina de la quinta avenida con Central Park South y nos encontramos con un caballero montando a su brioso corcel, aunque en este momento no se movía, pues era una estatua. A su lado una panda de palomas echándose la siesta del borrego, impertérritas ante el bullicio de gente y ruido.

Dejamos East Drive a la derecha y nos metemos por un caminito entre la arboleda. Vamos paseando y disfrutando del paisaje y de lo variopinto de la gente. Bajando empezamos a ver un claro dentro de la espesura, y un poco más allá un lago.

Conforme va extendiéndose la mirada y siguiendo un camino que rodea el lago por la derecha, los ojos van a parar a un puente que hay al final y que al volver la vista poco a poco a un plano más general, te vas quedando con la boca cada vez más abierta con el paisaje que tienes delante. Es la zona llamada The Pond. Un lago con plantas acuáticas en sus orillas, con macizos de flores en muchos puntos, con el camino rodeándolo con bancos mirando en dirección al agua que invitan a sentarse y disfrutar de la vista, o a leer tranquilamente o, simplemente, a meditar.

La gente va de aquí para allá, unos con pausa como nosotros, y otros con más prisa, hacia sus labores. Pero a pesar de que hay bastante gente, sigue dando sensación de tranquilidad y puedes ir  por la cantidad de caminos y vericuetos, o por la hierba, que tiene el sitio sin que te atosigue nadie.

¡Qué maravilla!, ¡qué gozada! da gusto poder disfrutar de esto, de un espectáculo así. Acabamos de entrar en Central Park y ya me ha sorprendido. Supongo que todo no será igual, que habrá puntos más aburridos o sosos, pero con que tenga partes como estas, mañana disfrutaré como un enano.

Me lío a hacer fotos por todos los lados y a todo lo que se menea o está estático. En un momento me tiran una piedra, es un decir, quien dice que te tiran una piedra, es que te llaman amablemente, lo mismo da. Son mis compas que reclaman mi atención para que les haga una foto con el lago y el puente de fondo. Una vez hecha seguimos disfrutando del paseo yendo hacia el puente. Desde la distancia el mismo parecía pequeño pero al ir acercándonos se iba convirtiendo al tamaño que tiene y que nos sorprende. No es el puente de Brooklyn pero no es un puentecito de madera. Se ve bastante robusto, recubierto de piedra y con una barandilla que llega al pecho de una persona con una estatura normal.

Estamos un ratico en el puente gozando de la vista. El lago bajo el puente y delante de nuestra mirada con el césped y árboles a los lados y enfrente, y detrás de todo esto, como mastodontes, los rascacielos de Manhattan, el Midtown.

Nos vamos en diagonal por el parque hacia la calle 66. Pasamos por uno de los múltiples campos de béisbol en los que perdemos un poco el tiempo viendo a la gente jugar. Continuamos y llegamos a la zona del Tavern on the Green, desde donde salimos del parque a Central Park West y subimos la calle hacia el Museo de Historia Natural. Por el camino nos damos cuenta que en esta calle no hay ni un solo local comercial, ni cafetería, tienda, nada. Pasamos por delante de edificios diferentes a los del Midtown. Aquí no hay edificios de cristal y, por supuesto, no son tan altos. No tengo ni idea de arquitectura, ni de arte, pero estos edificios tienen otro estilo, no se explicarme, simplemente me gustan más.

Unos pasos más adelante de nuestra salida del parque nos encontramos con el edificio Dakota, edificio famoso por una desgracia más que por su propio estilo de construcción. Seguramente antes del asesinato de John Lennon el lugar sería un punto de visita, pero desde esa fatídica fecha se le recuerda más por la muerte del ex-beatle que por su belleza. Aún más con la colocación de Strawberry Field como homenaje al cantante, que se ha convertido en un lugar de peregrinación de todos los fans de John Lennon, además de atraer a los turistas.

Llegamos a las dos al Museo de Historia Natural y lo mejor es que antes de entrar deberíamos comer, pero no hay nada a simple vista, así que Encarna y yo nos vamos aún más hacia arriba a ver si encontramos algún baretico de comida rápida, pero nada, no encontramos nada, así que volvemos a la puerta del museo y decidimos comer un par de perritos de unos de los puestos que hay enfrente de la puerta principal del museo. Al día siguiente nos dimos cuenta que en las avenidas de detrás estaban llenos de Starbucks, McDonald’s, y lugares de ese tipo. De todas formas por un día que comiéramos de esta guisa no nos pasaba nada.

Mientras comemos decidimos cambiar el plan que teníamos. En un principio, después de ver el Museo de Historia Natural cruzaríamos Central Park para ver el MET, pero la verdad es que eran las dos de la tarde, no habíamos comido y todavía no habíamos entrado al primer museo, como para ver esta tarde más arte. Así que decidimos dejar el MET para el día siguiente a primera hora y así hoy nos dejaba unas horas para ir de compras a Macy’s y resarcirnos del chasco del día anterior.

Entramos al museo y nos encontramos con un dilema. Pagar la entrada o hacer una donación. O pagar 80 dólares (veinte cada uno, creo recordar que es lo que vale la entrada) o unos dólares por los cuatro. En el foro de Nueva York todos aconsejan hacer una donación. A todos nos daba corte el dar sólo unos cuantos dólares, pero yo estaba por la labor de intentarlo, si luego nos decían que no podía ser, pues pagábamos y punto. Así, con la intención de hacer una donación de cinco dólares por los cuatro, nos acercamos al mostrador y pedimos que nos atienda alguien que sepa español. Nos dirigimos al taquillero y nos explica lo que hay:

— Son 20$ por persona, en total 80$.

— Gracias, pero queremos hacer una donación – esto dicho lleno de nervios y, seguramente, más colorado que un tomate por la vergüenza.

— ¿De cuánto?, por favor.

— De cinco dólares.

— Muy bien, entonces son 85$.

— No, no me ha entendido, sólo quiero hace la donación.

— Pero entonces no pueden pasar al museo.

— No puede ser, si con hacer la donación ya basta para visitar el museo.

— Si claro, y le ponemos una alfombra roja, le damos el almuerzo y le lavamos la ropa. No te digo.

Que no, que no ocurrió así. Vamos a volver a cuando nos acercamos a los mostradores para que nos atienda uno que sepa español. Nos explica lo que cuesta el entrar al museo, y en ese momento, viene lo más cortante. Le digo que queremos hacer una donación de cinco dólares, y, temiendo lo peor, nos dice que no hay problema. Nos extiende los tickets, le doy los cinco pavos y nos salimos de la fila sin ningún tipo de problema, pero con la sensación de haber cometido un delito.

Todavía con los nervios en el cuerpo, empezamos a disfrutar del lugar, comenzando con el tremendo dinosaurio que hay en el hall, creo que es un diplodocus. Lo que está claro es que no es el tiranosauro rex de la película de Ben Stiller, “Una noche en el museo”.

Al ser el museo muy grande decidimos ver solo algunas partes. Nos metemos en la zona marina, allí está todo muy bien montado con múltiples escenas de ese mundo, con mogollón de animalejos puestos en las paredes, o colgados del techo. Entramos en una gran sala donde nos sorprende una ballena azul a tamaño real, aunque no se si es realmente real o irreal, es decir, disecada o de cartón-piedra, pero, eso si, es tremenda de grande. Además la sala la han amenizado con sonido de los gritos o chillidos que da la ballena con lo que le da al lugar un tono relajante, a pesar del gentío que había en ese momento.

De esta sala pasamos a buscar a los dinosaurios, las múltiples salas con esqueletos de dinosaurios. Hasta que llegamos allí vamos pasando por otras salas con escenas de animales americanos, osos grizzlies, alces o bisontes. Ya dentro de la grandísima sección de los dinosaurios, nos sorprendemos de la cantidad de esqueletos o fósiles que hay, y de cómo están montados, algunos de los cuales necesitan prácticamente una sala para ellos solos.

Por donde pasábamos hacía fotos, alguna típica, como ponerse delante de una cabeza con cuernos y que parezca que eres tu el que los tiene, lo que nos hace que nos echemos una risas de vez en cuando.

Tras hora y media con esqueletos, nos paramos a tomar un refrigerio antes de seguir hacia otro punto. Terminamos la visita viendo un tótem de la isla de Pascua, pasando antes por una sección de animales africanos.

Tres horas después salimos del museo con una muy buena sensación, nos ha encantado, pero con tan poco tiempo que te quedas con ganas de quedarte allí y de ver muchas más cosas. Se necesitan varios días para poder verlo todo, así tenemos otra excusa para volver a Nueva York.

Cogemos el metro a la salida del museo y nos bajamos en la 34 con Penn Station, y de allí andandico a Macy’s. Al llegar, lo primero que hacemos es ir a por el vale descuento que hacen a todos los extranjeros, un 11%, creo recordar. Preguntamos donde teníamos que ir y nos mandaron a las oficinas. Allí con el pasaporte en la mano nos dieron una tarjeta válida para un cierto tiempo, no se si un mes, y que nos descontaban ese 11% en todo menos en cosmética y joyería.

Con la tarjeta descuento en nuestro poder solo faltaba comenzar a rayar la tarjeta y eso es lo que hicimos uno vez y otra vez y otra vez…

Personalmente me llevé dos Levi’s por 50 euros los dos y alguna camiseta. Los demás otras cosillas.

Nos tuvieron que echar del centro comercial, es un decir, y ya fuera, ahora tocaba buscar restaurante. ¡Buff! Con lo cansados que estábamos, ahora ponte a buscar sitio para picar algo. Lo que teníamos claro es que no nos apetecía un sitio de comida rápida, y más después de haber comido la comida más rápida que hay, perritos calientes.

El caso es que nos vamos para arriba por la novena, charlando sobre lo que hemos hecho en el día, mirando a ver si nos encontramos con algún restaurante en condiciones. Queríamos uno como el de la noche anterior, un sitio en el que estemos alrededor de una mesa, y que no nos atosigue la gente que va con prisa entrando y saliendo. Vamos, un restaurante como los que hay en España, como Dios manda.

Parece que vamos a acabar en la calle 46 cuando al pasar por la esquina de la 44 vemos el restaurante Marseille, oteamos como es, nos gusta y nos metemos dentro.

¡Tremenda decisión! ¡Magnífica decisión! Es el mejor restaurante del viaje en el que hemos comido y de los que vamos a comer, y eso que hay en San Francisco alguno que nos gustará, pero esa historia ya vendrá.

Al entrar te llama la atención la luz tan tenue que hay, a pesar de venir de fuera, que es noche cerrada, el ojo se tiene que acostumbrar a la poca luz que tiene el local. Luego, una vez dentro si se ve bien, se ve lo que comes y a las demás personas del restaurante, una vez que la retina se acostumbra a la luz existente.

Lo que si logro ver, y muy bien, es a la maître que nos atiende al entrar, está de muy buen ver, je, je. Nos sentamos en una mesa y empezamos a leer la carta, y como apenas entendemos algo, pedimos al camarero que nos atiende si hay alguien en el local que sepa castellano, y al rato aparece un argentino que nos explica de qué va cada plato.

En ese momento ya sabía lo que iba a pedir. Me apetecía pescado y me pedí una “tuna steak”. ¡¡Joder, que bueno!! ¡el atún está impresionante, delicioso! En general, toda la cena estuvo genial, no se si sería el hambre o las ganas que teníamos de comer algo en condiciones, pero nos sentó todo divinamente.

La cena nos salió por 150$, propina incluida, que al cambio nos salió a unos 25 euros por cabeza. La calidad-precio creo que estuvo más que bien. Le doy una nota de un nueve, porque la perfección no existe, para el restaurante Marseille.

Terminada la cena, volvemos a casa riéndonos de las tonterías que vamos diciendo hasta que casi le da algo a Encarna. Se nota que nos ha sentado genial la cena.

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Un día de rodaje

A petición de una grandísima persona, le coloco las fotos del rodaje del anuncio de Burger King de 2008. Lo vimos en las calles de Nueva York.

Un día normal, paseando, no nos llamó la atención el mogollón de gente que había en una esquina cualquiera de una calle cualquiera de NY. Pero al pasar al lado del grupo, vimos el travelling de lo que parecía ser un rodaje de algo que no podíamos concretar.

Para los que no habíamos visto nada igual y/o similar resultaba curioso como se hacían las cosas de publicidad y por ende del cine. Pasamos al lado del catering del personal, sin posibilidad de poder pillar ni un bocadillo, por más que le suplicamos.

Dispuesto a ver como hacen una toma, me coloco en la acera de enfrente, que no es lo mismo que ser de la acera de enfrente. Mientras el director se lo piensa, hablo con un trabajador, que me comenta que en un simple anuncio como este, están currando alrededor de 60 personas, la mayoría extras.

Llega el momento y… ¡¡¡ACCIÓN!!!

Yyyyyy….. ¡¡¡¡CORTEN!!!!

Esto fue todo. Hasta aquí estuvimos sopando, una vez que nos quitamos el jipo de conocer lo que era aquello, nos fuimos.

Espero que te haya gustado Miguelico. Y también a los demás.

Hasta pronto.

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Este fue el primer día sin jet-lag, eso sí, nadie nos libró del madrugón, que por otra parte no nos importaba, ya que queríamos disfrutar del día.

Fue un día de contrastes, de cosas buenas y de cosas malas, y de esa forma voy a explicarme.

Bueno.

Después de arreglarnos y echarnos un agüilla al ojo para despejarnos salimos en dirección a Port Authotity. Hoy nos vamos de comparas al outlet Woodbury Commons. Pero antes desayunamos en el European Café que sorprendentemente tienen tostadas, a parte de lo normal que tiene cualquier otro sitio. Como todo no podía ser perfecto, no tenían mermelada ni mantequilla para untar, te servían la tostada con la mantequilla ya untada, pero para hacerla con ella en la plancha.

Malo.

Durante el trayecto al desayuno, Toñi debió pisar mal y le empezó a doler el talón, así que después de desayunar nos fuimos en busca de una farmacia o parafarmacia para comprar una venda. Nos dijeron que en el Duane vendían vendas, y para allá que fuimos. La verdad que me sorprendió la tienda, parece un todo a cien porque tiene de todo pero a precios normales. Si necesitas algo en el Duane lo encontrarás, además estas tiendas las hay por todas partes. Al principio como  no necesitas nada no te das cuenta de que existen, pero una vez que las has utilizado las ves por todos los lados.

Bueno.

Llegamos a la terminal de autobuses donde buscamos la taquilla o ventanilla de venta del billete. Se encuentran en el primer piso, pero antes preguntamos en la cabina de información y nos encontramos con uno de los pocos cardos borriqueros que hay en NY. Con una apatía y desidia total nos dijo donde se encontraban las taquillas. Antes de subir Juanpe y yo miramos en el quiosco la prensa para ver si hay algún periódico español y así enterarnos de lo que pasa por el mundo y, sobre todo, de las olimpiadas. Pero no hay nada, como mucho periódicos mejicanos que no nos solucionan nada.

Accedemos a la primera planta, compramos los billetes (40 dólares cada billete, si alguien es audaz le sale mejor alquilar un coche por un día), nos montamos en el bus y nos vamos de compras.

Después de una hora de viaje, y tras echarme un rosquete, llegamos al outlet. Lo primero que hay que hacer es buscar la oficina de información para preguntar todo lo necesario, además con el billete nos dan un taco con vales de descuento en algunas tiendas y según lo que compres. Por supuesto cogemos un plano y planificamos como nos vamos a mover por allí.

La primera impresión que tenemos del centro comercial es muy buena. Es como si fuera un pueblo, las tiendas están en casicas bajas que se extienden a lo largo de distintas calles adoquinadas, con maceteros y pequeños jardines pegados a las casa, lo que hace que para acceder a las tiendas tengas que atravesar un caminito. Vamos, como en las típicas casas americanas. La disposición de las casas es como si fuera un lazo, las lazadas que forman un ocho y los cordones que caen desde la unión de las lazadas, además hay otra sección de tiendas que está situado fuera del mismo, al otro lado de un aparcamiento.

Empezamos el “paseo” por la derecha, conforme sales de información y empezamos a entrar en una y en otra y en otra y en otra tienda. Esto puede ser una ruina. Eso hace que cambiemos el plan y que a partir de ese momento solo entremos a las tiendas para ver y que más adelante volvamos a comprar lo que más nos guste o necesitemos. Y  también por el tipo de tienda y el gusto de unos y de otras hace que nos separemos, pero que estemos en contacto a través del teléfono.

Malo.

Nos separamos y empezamos a ver cada pareja sus cosicas. Pero pasado un tiempo, los maridos fuimos en busca de las mujeres y no las encontramos, nos lanzamos a localizarlas a través del maravilloso mundo de la electrónica, es decir, el móvil. Nosotros tan confiados y ¡zas! el móvil no encuentra cobertura, no funciona o no se que cojones le pasaba. El caso es que estábamos oficialmente no encontrados.

Digo bien, no encontrados, porque en realidad, perdidos no estábamos, simplemente no localizábamos a las mujeres. Si, nosotros no las habíamos encontrado porque ellas habían cambiado el rumbo establecido, sin darse cuenta, y seguían felices cuales mariposas revoloteando de flor en flor, en este caso, cuales compradoras compulsivas saltando de tienda en tienda.

Bueno.

A pesar de este contratiempo, decidimos seguir nuestra ruta, de nada sirve ponerse nerviosos, quedaba todavía mucho día y, seguramente estarían en alguna tienda de más adelante.

Continuando el itinerario, nos metimos en Converse, tienda magnífica donde las haya, donde adquiero unos muy buenos utensilios para la indumentaria cotidiana.

Malo.

Mientras tanto, Juanpe está con el móvil en la mano llamando a su mujer cada tres minutos y cabreándose, también cada tres minutos, porque no encuentra la cobertura, o se le ha ido la conexión, o alguna zarandaja relativa con el teléfono.

“No lo entiendo”, “cagüen la leche”, “estoy por mandar a la mierda el móvil”. Estaba nerviosito perdido. Yo, en cambio, no me preocupaba, sabía que las chicas estarían comprando tranquilamente y que ya aparecerían en algún momento, solo cuando llegase la hora de irse me preocuparía si no han aparecido.

Nos sentamos en un banco, al lado de un puesto de coca colas para que no nos faltara líquido mientras esperábamos. Allí estuvimos de cháchara, sin conexión de móvil, por si aparecían las niñas.

Se acercaba la hora de comer y estas no aparecían, así que ideamos un plan que haría que diéramos con ellas… o no. Estábamos cerca de la zona de restaurantes con lo que solo teníamos que separarnos, ¡qué peligro!, entrar en el lugar uno por cada puerta y así las atraparíamos en el centro mientras se estaban zampando alguna ensalada y/o similar. Así lo hicimos, Juanpe se fue por la derecha y yo por la izquierda. Anduve 50 metros rodeando tiendas, torcí a la izquierda y me topé con la puerta de la zona de comer. Me introduje, cual ratón, en el antro entre olores a mostaza, hamburguesa, y pollo al curry. Las tripas me empezaron a crujir como si no hubiese comido en días, pero me olvidé de mi estómago y avancé entre la gente con los ojos bien abiertos para localizar a las presas, nuestras mujeres, y también para que no se me escapara mi compañero de búsqueda. ¡Estupendo! El lugar no era muy grande, zigzagueo por entre la gente y las mesas mirando cada movimiento extraño, escrutando cada mirada y/o cuerpo y de esta manera alcancé la puerta contraria a la que entré.

¡Coño! ¡¿Dónde está Juanpe?! No solo habían desaparecido las dos chicas, sino que ahora también nosotros nos habíamos dejado de ver. Doy tropecientas vueltas al local y nada de nada. Salgo, entro, vuelvo a entrar, vuelvo a salir, doy la vuelta y voy al banco, donde todo empezó, tampoco está.

Bueno.

Al cabo de un tiempo y de unos cuantos viajes a los restaurantes, aparece Juanpe junto al banco. Resulta que no se había metido a la zona de la manduca, había seguido recto y se había ido a la otra punta del outlet. Así podía estar yo, dando vueltas al lugar, no lo hubiese encontrado ni en dos vidas juntas.

Bueno, una vez juntos, entramos de nuevo y decidimos comer, no merece la pena estresarse, ya aparecerán, además se piensa mejor con un bocata de medio metro en la panza. Lo que pasa es que Juanpe no se encuentra con fuerzas para comer, así decido comer por los dos, me zampo un wrap de no se que narices y una Pepsi que me sientan de cojones.

Malo.

A pesar del reencuentro masculino, Juanpe sigue nervioso por el desencuentro con la parte femenina, y eso a pesar de que le doy ánimos diciéndole que ahora somos hombres libres y que podemos hacer lo que queramos. No, creo que eso no fue lo que le dije, creo que simplemente le animé diciéndole que seguro que ellas están bien disfrutando de la compras.

Sobre las dos de la tarde, y una vez terminada la comilona, el cielo empieza a cubrirse y al poco tiempo comienza a caer un tormentón de muy señor mío. Dura unos ¾ de hora. Mientras llueve nos protegemos metiéndonos, otra vez, en la zona de comidas, pero sólo para guarecernos del agua, pues Juanpe no tiene pizca de ganas de comer.

Peor.

Es esas estábamos cuando, como en cualquier tormenta eléctrica que se precie, se va la luz. En un momento que parecía que iba a parar de llover, salimos en busca de lo más preciado, y decidimos ir por la calle en la que está Tommy y otras marcas en las que será más probable que estuvieran.

Vamos de chaflán en chaflán y pasando a algunas tiendas,  de las que se mantenían abiertas, para ver si estaban por allí, resguardándose de la lluvia. Pasamos enfrente de Tommy pero como ha vuelto a caer con fuerza, nos quedamos en el otro lado de la calle, total ya habrá tiempo de cruzar y pasar al otro lado de la misma. Situación que no se dio porque volvimos por otra calle hasta llegar, otra vez, al local de los restaurantes.

Bueno.

Una vez dentro, vuelta a empezar. De nuevo a buscar, chiringuito por chiringuito, mesa por mesa, a las niñas de nuestros ojos.

Pero, ete aquí que, casualidad, milagro, destino, no se, cuando íbamos a salir por la puerta contraria, nos reencontramos. ¡Por fin! Juanpe respira gozoso. Abrazos, besos, hacemos el amor en el suelo. Que no, que no, eso no.

Ellas habían estado muy tranquilas, como habían tomado un camino equivocado sin darse cuenta se pensaban que en un momento u otro nos íbamos a cruzar, y solo se preocuparon cuando empezó a llover, se fue la luz y no pudieron seguir comprando. Lo que le hace a las mujeres la obsesión de comprar, les ciega y les hace olvidar a lo más importante, no se si de su vida, pero si de este viaje, mientras puedan seguir viendo tiendas y comprar.

Como ya he comido, ahora les toca a ellos tres. Se pillan cualquier chuminá y nos contamos las batallitas. No tienen mucho donde elegir, pues al no haber luz, los restaurantes no pueden cobrar y han empezado a cerrar. Además disimuladamente van limpiando cada mesa en cuanto se vacía y no dejan que la ocupe nadie.

Para más inri, nos enteramos que los apagones en esa zona son de larga duración y que es raro que vuelva pronto.

Ha dejado de llover y salimos fuera para que nos de el aire y, de paso, comprobamos la situación de las tiendas, dando un paseo. Prácticamente todas las tiendas han cerrado y en algunos han dejado un cartel diciendo que no abrirán hasta el día siguiente, entre ellas Levi’s, lo que nos jode y mucho porque era una de las tiendas en las que íbamos a arrasar.

La ausencia de luz hace que haya momentos graciosos, especialmente, cuando se ha de ir al servicio. Estos no tienen ventanas y cuando entras es la oscuridad absoluta. Sólo con la luz del móvil y cuando acostumbras el ojo a la situación, es cuando puedes ver el urinario y atinar dentro.

Bueno.

Cuando estamos en el centro del outlet y pensando en irnos, ya que allí no hacíamos nada, viene la luz en una sección y nos vamos para allá como posesos. Encarna y Juanpe se van a ver ropa y Toñi y yo nos vamos a Timberland a comprar zapatos para toda la familia.

Malo.

Media hora después nosotros hemos terminado y vamos a por los otros dos. Los encontramos en una tienda ya dispuestos a pagar, y justo cuando les tocaba se va la luz otra vez. Se quedan con una cara de tontos a la vez que te ríes por no llorar.

Visto el problema y que ya las tiendas han cerrado, decidimos irnos de vuelta a la gran urbe. Hacemos cola para montar en el bus y mientras estamos esperando vuelve la luz (cinco horas después). Nos tienta salirnos de la fila  y mirar si aún podemos comprar algo (que consumismo), pero nos auto convencemos fácilmente ya que las tiendas estaban cerradas. A pesar de haber comprado poco, nos volvemos con unos gastos de 300 pavos, más o menos. Menos mal que se fue la luz, sino hubiera sido la ruina.

Bueno.

En el viaje de vuelta me echo un rosquete, como en la ida. Llegamos de noche, pero con un par de horas de adelanto a lo que teníamos previsto, y además, con menos cansancio. Vamos a casa a dejar los regalos y demás compras y nos vamos a cenar. Para no tener que estar dando vueltas, nos metemos en un restaurante de nuestra calle, de los muchos que hay, pero que nos había llamado la atención.

El Bourbon st. está situado, como ya he dicho, en la calle 46, entre la 8ª y la 9ª, rodeado de otros muchos restaurantes, rusos, españoles, italianos, orientales. Los hay tranquilos o con música en directo. De todos los colores.

El Bourbon tiene una fachada más grande que los demás restaurantes y la tiene iluminada, al contrario que los demás que apenas tienen iluminada la entrada. Tiene dos plantas con unos balcones. Se entra bajando unos escalones y tienes dos mesitas con su par de sillas en el porche de la entrada. En un lado de la puerta te da la bienvenida un cocodrilo, disecado, claro. Entras y te encuentras un local a medio iluminar, con la música con el volumen en su justa medida para que puedas hablar, con una escalera nada más entrar a la izquierda , que va al piso de arriba, donde solo hay mesas pegadas a la pared, con una barra al fondo, todo esto con una terraza en forma de “u”. En la planta baja, la barra está a la izquierda, conforme entras, mesas a la derecha y un pasillo amplio con mesas pequeñas y altas al lado de las columnas. Al fondo hay como un reservado. La decoración está básicamente realizada con televisiones, conté unos siete u ocho, cuatro pantallones detrás de la barra y los demás distribuidos por el local.

Cuando nos dieron la carta y empezamos a leer solo entendimos el plato de la hamburguesa y poco más. Intentamos que el camarero nos explicara lo que era cada cosa, pero acabamos pidiendo la hamburguesa lo que hizo que se riera el camarero como diciendo “pobrecitos no saben más vocabulario que el de la hamburguesa”.

¡Vaya pedazo de hamburguesa! ¡Ojalá sirvieran estas hamburguesas en el McDonald’s! Enorme, nos la sirvieron en un plato con todos los condimentos alrededor, así tu te la preparabas como tu querías. Estaba muy buena, sobre todo, con un par de cervezas.

Cuando terminamos de cenar, aprovechamos y nos pedimos unas copichuelas. Mientras estábamos allí, pedí permiso para hacer una foto, permiso que me concedieron. Cogí la cámara y el gorillapod y me fui arriba. Cuando estoy colocando la cámara y el trípode se acerca un camarero de la planta de arriba y me pregunta que qué hago y, a partir de aquí empezó la odisea de hacerme entender. Le intento explicar en mi inglés macarrónico que me han dado permiso para hacer un par de fotos, pero el tío se queda como si no me entendiera nada, que por otra parte sería lo más lógico. Tras diez minutos intentado que me entienda, al final lo consigo, o a lo mejor es lo que me pareció a mi y lo que en realidad pasó es que me dejó por inútil y me dejó hacer la dichosa foto, solo para no volver a oirme escupir palabras inconexas e incomprensibles.

Mejor.

Llegado el momento nos vamos a casa a coger la horizontal y descansar para el día de mañana.

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Después de mucho tiempo, por fin puedo poner las fotos del partido contra el Estudiantes.

El resultado no importa ya. Tras este se han dado circunstancias que han hecho tambalear al club y ahora está en plena marejada de problemas. Espero que se soluciones rápido.

Ahí van las fotos.

La afición del Estudiantes, la Demencia, siempre fiel a su equipo, vaya bien o mal.

Aunque el equipo no parezca de la ACB, que por lo menos se vea que sí estamos en ella.

Una de las pocas jugadas espectaculares, sino fue la única, que ofreció el Murcia. En el programa Zona ACB fue una de las mejores de la jornada.

Lucha desigual, aunque parezca lo contrario.

Aquí los de siempre, no fueron el revulsivo que se esperaba.

El veterano, de los pocos que se libran de la criba.

A pesar que se retiró lesionado, no entiendo los improperios de algunos brutos, por decir algo, deseándole que se muera, tal cual.

Dos secuencias de una misma jugada.

Buen intento de Xavi.

Ni con dos pudieron con él.

Este hizo lo que quiso con los nuestros.

Al final hacían lo que querían con nosotros. Para muestras estas dos imágenes.

Zona de animación.

Dos fotos del grupo de baile la orquesta mal afinada, que es el equipo murciano.

Una del grupo.

Otra individualizada.

Espero no tardar tanto para escribir algo.

Hasta pronto.

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