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Archive for 15 enero 2010

The last day in NY.

El último día en NY. Y no se porque pero me pareció el día más…, como decirlo, más soso.

Madrugamos como siempre. Desayunamos como casi siempre, en el European café.

Lo primero que hacemos es volver a B&H para ver si tienen la Nintendo DS y el iphone y aprovechar el cambio euro-dólar. Pero no tienen ninguno de los dos, así que nos vamos a nuestras cositas, ver los villages, Soho, Chinatown,… No se lo que nos dará tiempo de ver, lo que sí queremos es terminar en el Flatiron.

Bajamos callejeando y nos introducimos en el Greenwich Village. Sin rumbo fijo vamos paseando por el Nueva York de casa pequeñas, con escaleras exteriores de servicios, con tiendas pequeñas de barrio. En la zona no tenemos prefijado ver algo en especial. En una de esas calles, la que va a parar al lado oeste de Washington Square Park, está la casa de la creadora de “Mujercitas”. No es que tenga un interés especial, la casa no se puede visitar, pero siempre viene bien saber cositas, además es en esta zona, los alrededores de WSP, donde se hospedaban a finales del XIX y principios del XX muchos escritores y artistas. Aún hoy en día siguen haciéndolo, Nicole Kidman o Willem Defoe poseen casas en la zona.

Llegamos a Washington Square Park donde está el Washington Arch. Un arco de triunfo que no es gran cosa, pero que para los seguidores de la serie Friends tiene algo especial, por lo menos para mí, cuando la veía me preguntaba donde estaba el arquito. Pues por fin iba a verlo, y ¡zas!, chasco al canto. La mitad del parque está en obras, entre ellas el arco y no se puede ver más que a través de alambradas y con escombros de por medio. Una pena.

Sin embargo, aprovechamos el parque para descansar un rato en un banquito de la zona que no está empantanada de polvo y basura.

Momentos después tomamos camino al Soho y Chinatown bajando por la calle Laguardia, que cambia el nombre por el de West Broadway en el siguiente cruce. ¡Qué arrepentido estoy de bajar por esta calle! La cosa empieza bien, pues había algunas tiendecillas pequeñas y alguna que otra galería de arte. Pero más abajo empezó, como decirlo, como contarlo, empezó el acabose.

Paseábamos por la acera de la izquierda, según nuestra dirección, cuando en la acera de enfrente se divisa una tienda de DKNY. Pues hala, para allá que vamos. Paso dentro y busco un asiento mientras los demás miran que comprar. Salimos de la tienda y no habíamos salido del todo cuando enfrente se encuentra Ralph Lauren. A cruzar se ha dicho. Esta vez me quedo fuera. Personalmente no disfruto yendo de compras, salvo que sea necesario, pero por otra parte, con el chasco que tuvimos el día del outlet, comprendo que se aproveche cualquier momento para poder hacer alguna que otra compra, y más con el punto tan favorable que teníamos con el cambio monetario. Esto nos retrasaba, pero bueno, tampoco se puede hacer lo que uno quiere cuando se va en grupo, si no coges y te vas solo, así harías lo que te diese la gana.

Fue salir de Ralph Lauren y ver en la acera de enfrente la tienda de Tommy. Fue en este momento cuando, en lugar de esperar en la puerta, los que no ibamos a entrar decidimos esperar a los que sí, en un pub que vimos en la esquina de la calle Broome con West Broadway, el Kenn’s Broome street Bar. Siempre íbamos a estar mejor tomando una cerveza que en la puerta.

A pesar de tanta tienda, solo hubo suerte con un bolso en DKNY. No hubo suerte.

Si la hubo cuando llegaron al pub-bar-restaurante los compradores compulsivos y decidimos comer allí mismo. El sitio era un lugar coqueto, pequeño con apenas diez mesas, unas cinco en la sección del bar, muy pequeño para comer, simplemente servía para estar sentado mientras que te tomas un café o un refresco. Todas estaban pegadas a una gran cristalera que tenía pintados el nombre del bar. Un poco más al interior, en una pequeña salita, había otras cuatro o cinco mesas, estas más grandes en las que podías sentarte más cómodamente, pero sin pasarse. En la pared del fondo tenían escrito con tiza el menú que tenían.

Es la primera vez que hacíamos la comida tirando de carta, normalmente habíamos comido en buffets o en locales de comida rápida, pero hoy nos encontramos con esto y ya no buscamos más. De todas formas era una calle en la que no abundaban los bares y restaurantes con lo que nos vino bien quedarnos allí. En cuanto a la comida, según me apuntan, fue una comida típica de aquí, hamburguesa con todas las salsas habidas y por haber. Además nos pusieron, más bien pedimos, unos nachos para abrir boca. Todo esto dulcificado a base de coca-colas y cervezas, varias cervezas. No estuvo mal, eso si, tengo es un buen recuerdo del sitio.

Terminamos y sin tiempo para descansar, seguimos la marcha. Continuamos hacia el sur por la misma calle, la West Broadway, hacia Chinatown. Cuando llegamos a Canal street todo cambió radicalmente. Del lujo y el arte, a la aglomeración, la falsificación y la chabacanería. Fue cruzar a la acera sur y tener que andar rigurosamente saliéndote a la calzada, mientras mucha gente te ofrecía sus productos en la calle, pero no te los ofrecían como en el mercado “mire, señor que reloj tan bonito”, no, te ofrecían sus productos casi a escondidas y, sobre todo, nombrando la marca que ellos te vendían “Louis Vuiton”, “Rolex, Rolex”, etc. Si picabas, entonces es cuando te enseñaban la mercancía, casi como de droga se tratase. Sobra decir que todo era falso como la falsa monea.

La calle estaba repleta de bazares y tiendas que te venden desde tiritas a tecnología punta (es un decir). Y esto es lo que vimos de Chinatown. Si había más calles, que seguro que las hay, no nos apeteció meternos pensando que iba a ser igual. Seguramente no lo sea pero viendo la cutrería en Canal street preferimos dirigirnos a Little Italy.

Dicho y hecho, en una calle de cuyo nombre no puedo acordarme nos fuimos hacia el norte y llegamos a Little Italy. Es una calle con bastante animación con transeúntes que van y vienen. Está llena de pizzerías, trattorías y demás restaurantes italianos. Todo indicaba que estábamos en Italia, hasta las bocas de incendios estaban pintadas con los colores de la bandera italiana.

Nos sentamos en una terraza que, qué casualidad, está en la esquina con la calle Broome, hoy todos los bares que visitamos están en esquinas con esa calle. Lo dicho, nos sentamos en una terraza a tomar café, a ver si aquí hacen el capuchino mejor que en el Starbucks. Y efectivamente, el café está bastante mejor.

Justo al lado nuestro, hay un pequeño refrigerador expendedor de helados, que debían estar muy buenos, porque no paraban de vender cucuruchos. Como diría mi cuñada “el sitio tiene salida”.

Mientras que nos tomamos el café, disfrutamos de la calle, de la gente, del panorama.

Terminado nuestro tentempié nos vamos hacia la cuarta avenida y así llegar a Union Square. El camino se nos hace largo. Pasamos por calles y callejuelas que no tienen ningún atractivo turístico, salvo el social de ver como es otra zona de Nueva York.

Llegamos a Union por la esquina sureste y lo primero que me llama la atención es la tienda de Virgin, enorme como la de Times Square. Por lo demás Union Square me defraudó un poco, simplemente es un parque, eso si, multitudinario. Estaba el parque plagado de gente, me imagino que aprovechando las últimas horas del fin de semana.

Cruzamos el parque y continuamos por Broadway para terminar el día viendo el edificio plancha, es decir, el Flatiron. Mira que es delgadico el edificio, incluso en la parte de atrás. Pero es original, teniendo en cuenta que aquí solo hay edificios de planta cuadrada y a cada cual más alto, ver un edificio de forma triangular y que en su esquina más delgada apenas cabe una ventana hace de este edificio uno de los más originales del mundo. Curiosamente, a pesar que no es muy alto, durante un tiempo fue el más alto de Nueva York y que la gente pensó que no resistiría al viento y que este lo derribaría.

Estuvimos pululando por los alrededores, aunque no entramos en el parque Madison. Estamos tan cansados que nos hacemos las fotos sentados, con el Flatiron detrás.

Aquí terminamos la ruta turística de hoy. Ahora  toca, como no, ir de compras a Macy’s, otra vez, a ver si terminamos las compras de regalitos para la familia. Yo no me estoy quieto y al final pico también comprándome una camiseta Nike.

Cansados, como todos los días, volvemos arrastrando el culo y con las compras de última hora nos vamos a cenar. Esta vez ya habíamos decidido donde íbamos a ir, el restaurante Swing 46. Está en la calle 46, nuestra calle, y tiene música de jazz en directo.

Al entrar te encuentras en la zona del bar. Una larga barra con tres o cuatro mesas en la pared de enfrente, separadas de la barra por un par de metros de pasillo. Al final del bar se encuentra una amplia sala con unas veinte mesas que rodean una pista de baile y la zona de orquesta y cantante. Nosotros nos colocamos en la zona del bar, que disfrutábamos de la música, pero que podíamos charlar sin tener que levantar mucho la voz.

Lo primero y primordial son las cervezas. Que gusto da no tener que conducir y poder tomar las cervezas sin tener ninguna cortapisa, ¡qué buenas estaban! ¿eh, Juanpe?

Esta noche nos gustaron los mejillones, pero sobre todo, la ensalada Cesar, fue la mejor de las que hemos ido probando en todo Nueva York.

La última cena en la ciudad y nos ha sentado genial. Mi pie derecho no decía lo mismo, me temía una ampolla, o como poco una herida cojonera que no me dejara disfrutar de los siguientes días. Por suerte al final no fue nada, ni siquiera una rozadura, solo un simple dolorcillo de tanto andar estos días.

Esta noche no podíamos perder el tiempo, al día siguiente partíamos hacia Buffalo y aún teníamos que hacer las maletas. Así que eso es lo que hicimos, al terminar de cenar cogimos nuestros bártulos y nos fuimos al apartamento.

Nueva York se terminó. Se acabó lo que se daba. Nos llevamos un recuerdo estupendo de la ciudad y de su gente, amable como pocas. Aunque la ciudad no era santo de mi devoción, reconozco que me ha encantado, he disfrutado cada metro cuadrado de los que he visto, y me ha sorprendido muy gratamente. Me imaginaba una ciudad masificada, sucia, desordenada que no caótica, y lo que me encontré fue todo lo contrario, salvo lo de la masificación.

Cierto que he hablado de Nueva York como si la hubiese visto entera, pero en realidad solo he pisado Manhattan, con lo que queda para un posterior viaje el ver el resto de los barrios de la ciudad.

La semana ha sido intensa, no hemos parado ni un momento, no hemos tenido problemas gordos, todo lo que  nos ha pasado lo hemos solucionado sin ningún tipo de problemas. Aunque ha habido ligeras variaciones en el planning prácticamente se ha seguido a raja tabla, con cansancio, pero con ilusión. Pese a que no tengo pensado volver en un corto espacio de tiempo, espero tener la salud suficiente, y dinero, para poder volver a visitar la ciudad que nunca duerme.

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Sexto día de viaje.

Y otra vez nos levantamos a las siete. Nos arreglamos y nos vamos a desayunar a Times Square, como casi siempre. Terminado el mismo, nos acercamos al centro de información para echar un vistazo a Internet. La verdad que tanto tiempo sin estar delante de un ordenador da un pelín de mono, parece una tontería, pero estas acostumbrado a colocarte delante de la pantalla, casi inconscientemente, que cuando llevas un tiempo sin conectarte, lo echas de menos.

Cada uno mira lo que quiere. Yo le echo un vistazo a mi correo y hay un mensaje del dueño, pidiéndonos que salgamos antes de las 12 de mañana. Le respondo que no hay ningún tipo de problema, que saldremos bastante antes, pues tenemos que estar en el JFK a las 8’30. Además del correo miro el googlemaps y me apunto el itinerario de pasado mañana cuando cojamos el coche de alquiler en el aeropuerto de Buffalo para ir a Niagara.

Terminado todo, nos vamos al metro y ponemos dirección al MET. Salimos en la 86, donde nos damos cuenta que la calle paralela a Central Park East está plagada de chiringuitos de comida rápida. Y nosotros ayer comiendo mostaza y ketchup. Que pena.

Al salir del metro me pasa una cosa que no me suele ocurrir muy a menudo, por no decir que nunca. Me encontré desorientado, no sabía por donde debía ir. Por suerte se pasó pronto, na, apenas unos segundos, y pasados estos seguimos hacia el parque, en dirección al MET, como habíamos decidido el día anterior.

Habíamos salido dos avenidas al este, o como dicen allí “two bocas hacia el east”. Fuimos paseando por una de las zonas VIP de Nueva York, cada portal tiene su toldo que invade la acera con el número en el frontis y, a veces, también el nombre del edificio. Las calles muy limpias y muy poco transitadas, al no haber comercios la gente no necesita ir por esas calles, o van de paso como nosotros, o viven en la zona.

Llegamos a Central Park East y bajamos hasta llegar al museo. En la puerta, mucha gente que iba a entrar. La hora, la verdad es que no era muy temprana, las once de la mañana, madrugar, no habíamos madrugado, para llegar acá. En la acera un saxofonista afroamericano intentando agradar a la gente que pasaba y así hacer que la dieran unos dólares para poder vivir.

Dicen que el MET es el mayor museo de occidente, incluso más que el Louvre o el British. No se si será verdad, solo puedo compararlo con el parisino, pero a mi me parece muy grande.

Entramos por debajo de la columnata y lo primero que pasamos es la zona de seguridad. Nos miran los bolsos, mariconas, etc. A mi me llevan aparte, para abrir la mochila de la cámara. Le echan un vistazo y no encuentran nada raro, pero por motivos de seguridad, durante mi estancia en el museo debo llevar la mochila en el pecho o en la mano.

Nos arrejuntamos otra vez y vamos a las taquillas. Como ya teníamos la experiencia del día de ayer, hoy no nos da tanta vergüenza hacer una donación de cinco dólares por los cuatro. Como entrada nos dan una chapita que tenemos que ir enseñando por cada sala que entramos o cada vez que nos lo pida uno de seguridad o del museo. Es curioso porque el museo no tiene una entrada como la tienen otros. Las taquillas están dentro del edificio puedes ir a una u otra sala, salir de esta y pasar a otra pasando por el hall y las taquillas. Llevando la chapita todo va bien.

El plan para ver el museo pasa principalmente por Grecia, Roma y Egipto, para después ver alguna cosa que nos pille por el camino, es decir, apenas un 10% del museo, si llega.

A mi parece un museo como otro cualquiera de este estilo que tiene cosas imprescindibles de ver, pero que la mayoría es lo mismo que hay en otros museos pero con otro nombre, época y autor. Prefiero otro tipo de museo, como el que vimos ayer, que ves cosas diferentes. Eso si, no se pierde nada con ir a ver estos sitios, porque es cultura y siempre puedes aprender o ver algo nuevo.

Empezamos el tour por la antigua Grecia. Toñi va a alucinando de pieza en pieza, pero es que da gusto ver cascos, monedas, esculturas, mosaicos, cada una más bonita y atrayente que la anterior. Después de unas salas en Grecia pasamos a Roma con más piezas aún, sobre todo, esculturas con sus brazos rotos y todo.

Casi al acabar con Roma, de una de las salas se abría otra exposición, una exposición temporal que no tenía nada que ver con la época. Una exposición de trajes de héroes de comics y personajes de ficción, desde Spiderman hasta el bicho de Species. Era el único lugar del museo donde no se podían hacer fotos, una putada, aún así alguna salió de mi cámara. La exposición es corta y se termina pronto. Volvemos a Roma y de ahí, cruzando el hall, nos vamos a Egipto, donde la que flipa es Encanni, aunque los demás también. De la multitud de piezas me quedo con el templo de Dendur. Personalmente quedaría mejor al aire libre, sobre todo, en Central Park, pero me imagino que podrá más el pensamiento de seguridad y de tener un control de la gente que accede a él que cualquier otro pensamiento, como el que la gente pueda disfrutar del templo sin ningún tipo de cortapisa, salvo el de la responsabilidad ciudadana.

Después de terminar la tremenda sección de Egipto pasamos a ver la colección de armas y armaduras donde se pueden contemplar multitud de armas desde la edad media al lejano oeste pasando por el país del sol naciente.

Como el hambre azuzaba ya, decidimos comer en cualquier baretico del museo, pero al enterarnos que en la terraza del museo había uno, nos subimos allí, a comer al solecico. Al ir hacia ella pasábamos por una sala rectangular repleta de estatuas acojonantes, así que nos entretuvimos un rato más antes de comer, merecía la pena.

Subimos a la terraza y nos ponemos en la cola del tenderete, porque en realidad ni era restaurante, ni bar, ni nada de nada, era un mostrador de comida rápida en el que encima nos clavaron vilmente por un bocadillo y una cerveza. Lo único salvable es que teníamos unas vistas excepcionales de Central Park y del Midtown y el West side. Además también tenía “arte”. Había una especie de mampara de cristal semitransparente y con colorines formando una figura que se asemejaba a algo parecido a Cobi, la mascota de la olimpiada de Barcelona, y dos figuras más de unos tres metros de altura que parecían figuras que hacen los payasos con los globos, una era un corazón rojo chillón y otra un perro amarillo.

Llevábamos tres horas y media y los maridos estábamos ya hasta el moño del museo. Al bajar del ático nos dirigimos hacia la salida viendo arte moderno. Una vez en la salida, las mujeres, que no tienen hartura, se quedan en la tienda del museo, a ver si pillan algo. Derrochadoras. Nosotros nos vamos a Central Park y las esperamos en el obelisco egipcio que hay justo detrás del MET. Lo que no nos esperábamos es que tuviéramos que esperar, valga la redundancia, otra hora más a que llegaran las chicas, claro que tal vez hubiesen llegado antes si no se hubiesen perdido al intentar salir de la tienda y del museo. De todas formas son cosas que le suelen pasar a las mujeres.

Los chicos nos vamos a Cleopatra’s Leedle, el obelisco de 20 metros de altura que Egipto regaló a USA en 1885. Este sería un buen lugar para ubicar el templo de Dendur, que tiene el MET en su interior, justo al lado del obelisco. Nos sentamos en los bancos de alrededor, donde Roque hace su aparición y llama a Juanpe que no tarda en quedarse ídem.

Mientras Juanpe disfruta con la marmota, yo lo hago con el torito, nombre que se le da al objetivo 70-200 de Sigma en el ámbito fotográfico, haciendo fotos a la gente que está disfrutando del día soleado en The Great Lawn, una extensión muy grande de césped, limpia de árboles donde hay varios campos de béisbol, y donde además puedes ver a gente tumbada al sol, con sus perros paseándolos o jugando con ellos, tirándose el frisby o el balón de rugby, en fin, haciendo infinidad de cosas.

Cuando empecé a leer y escribir en el foro de Nueva York, recomendaban no ir a Central Park en fin de semana. ¡No! Es precisamente en fin de semana cuando se ha de ir, es cuando el parque esta en plena ebullición, cuando se ve a los neoyorquinos disfrutar del parque y cuando realmente tiene vida y se ve para qué fue realizado.

Central Park fue concebido a mediados del siglo XIX y terminado a finales del mismo. Tiene 341 hectáreas, 60 más de las que inicialmente fueron proyectadas. Aunque muchos conocen o han visto prácticamente Central Park, ya sea por televisión o lecturas o en persona, pero hay un detalle que no es muy conocido y que, por supuesto, yo tampoco lo conocía, y es que el parque tiene 18 puertas originales y cada una de ellas tiene nombre, aunque en solo tres de ellas (inventores, navegantes e ingenieros) aparecen escritos en las mismas. Nosotros no miramos, ni buscamos las puertas, pero la próxima vez que vayamos ya lo haremos. Una de las normas que pusieron en el reglamento del parque fue que no se podían organizar picnics, ni actividades en grupo. Quién lo ha visto y quién lo ve. Es precisamente todo lo contrario a estas prohibiciones lo que le da vida y es lo que hace que apetezca ir allí.

Bueno, mientras las mujeres seguían en el MET, de vez en cuando me pasaba por el banco para ver como seguía la siesta de Juanpe, y no podía seguir mejor. ¡Qué carita de ángel! Se nota que está descansando, ¡angelico!

¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! Me quedaría allí toda la eternidad, viendo pasar la gente, tomando el sol, sin hacer nada de nada, salvo lo fisiológicamente posible. A pesar de la cantidad de gente que había no te da la sensación de agobio, sino todo lo contrario.

Por fin llegan ellas y Juanpe ha dejado de ser un lindo lirón. Tras ver los regalitos que han comprado empezamos la visita de Central Park, en realidad, la media visita pues solo vamos a ver la mitad sur del parque. Vamos hacia el oeste para ver el castillo Belvedere situado en un pequeño montículo con el Turtle Pond debajo del mismo. Creo que el castillo funciona como observatorio de aves o algo parecido. Del castillo nos dirigimos en dirección sureste, hacia el Consevatory center. En el camino vamos atravesando rincones preciosos, viendo a la gente realizar distintas actividades. Si viviera en Nueva York haría todo lo que estuviera a mi alcance para pasar el mayor tiempo posible en este lugar, ya fuese con amigos o solo, haciendo deporte o paseando. Está claro que este es uno de los puntos que más me han dejado huella del viaje, y eso que no lo hemos visto en su totalidad.

Encontramos la estatua de Alicia en el país de las maravillas, que está junto al lago del Consevatory, lago en el que se juntan los aficionados al radio control de barcos. La estatua está plagada de niños. Niños por encima de Alicia, niños rodeándola, niños encima de las setas, niños por debajo de las setas, niños por doquier, y en medio, más niños. Pero llegamos nosotros y empezamos a hacernos un hueco, lo más grande posible, entre tanto niño.

Tras las oportunas fotos paseamos alrededor del lago. Este es el lago de la película, entre otras, “Stuart little”. Paseamos por el lado derecho, hacia la estatua de Hans Christian Andersen, famoso en Copenhague por su tortilla de espárragos. Allí nos sentamos a descansar y disfrutar del lago y sus barcos teledirigidos. Cuando estábamos sentados apareció una ardilla que, a pesar que se acercaba mucho no lo hacía lo suficiente para cazarla, llevárnosla y meterla en la olla para el cocido del día siguiente. Una lastima.

Cuando estuvimos hartos de descansar, continuamos el camino, esta vez hacia Bethesda. Cruzamos East drive y nos encontramos The lake, uno de los muchos lagos que hay en Central Park, y una cola tremenda para poder alquilar una barca y navegar por el lago. Nosotros continuamos nuestro paseo, no nos atrae eso de darle a los remos, más que nada porque te puedes topar con gente que lleva la barca al revés, o que insista e insista en una dirección aunque se este dando contra otra barca, como así sucedía con algunos supuestos marineros.

Al ratico llegamos a la fuente llamada “Ángeles en el agua”, situada en la plaza de Bethesda. Una fuente preciosa, llena de nenúfares, y también muy fotografiada en multitud de películas. La plaza está casi a rebosar y en un momento estoy a punto de perder a mi peña, todo por culpa de ambas partes, unos porque no se quedaron donde dijeron que se iban a quedar, y por mi parte por las ganas que tengo de olisquear por todos los lados. Por suerte, tras un par de minutos de mirar por todos los lados, consigo ver a Encarna y un poco más tarde a los demás.

Nos movemos por la plaza y vemos a tres o cuatro parejas de novios haciéndose fotos (además de ellos y los padrinos van a salir unas 2000 personas más en ellas).

Cuando estábamos a punto de irnos aparecen dos negros, perdón, dos hombres de color, que empiezan a montar un show. En un principio no nos atrae debido a nuestra escasez de entenderas del idioma, pero poco a poco nos va enganchando y gustando, es más resulta bastante gracioso, casi todo es mímica, saltos y piruetas y las frases que sueltan son sencillas o las entendemos por el contexto, con lo que al final nos acomodamos en una esquina, al igual que otras 200 ó 300 personas más. No todas en la esquina sino rodeándolos, a ver si nos vamos entendiendo. Al final pasamos unos cuarenta minutos muy buenos. Antes de acabar el show pasan el sombrero y entre unas cosas y otras les arreamos unos treinta dólares del ala.

Nos vamos de Bethesda y su fuente bordeando el lago y escuchando el murmullo del show que ha vuelto a empezar. Llegamos al puente Bow. Puente en el que el inmortal Christopher Lambert se cita con otro inmortal amigo suyo. Nos hacemos las fotos pertinentes, permanecemos un rato viendo el lago y los edificios del west side. Bordeamos el lago y disfrutamos de los parajes que nos deja por donde pasamos. Vamos hacia el oeste, hacia Strawberry fields. Cuando llegamos nos encontramos a una romería de fans de John Lennon y como tales están ya entrados en años, que no en carnes. La mayoría tienen pintas de ser hippies y seguidores del cantante pero también hay otros que son turistas como nosotros que vienen a ver el mosaico, con la palabra “imagine” en su interior, que donó el ayuntamiento de Nápoles tras la muerte de John. Para poder ver dicho mosaico casi hay que coger número y da cosa pasar por encima, pues está lleno de flores hasta casi tapar la palabra de la famosa canción del ex-beatle.

Hasta aquí hemos llegado con la visita del parque, el resto de la zona sur ya lo vimos el día anterior. Sólo nos falta la mitad norte que dejamos para la próxima visita de la ciudad. Llegamos al edificio Dakota y nos dirigimos a la boca de metro más cercana. Son las seis y media de la tarde y nos vamos a Times Square para hacer unas compras en la tienda oficial de Levi’s, donde Juanpe disfruta como un enano reventando la tarjeta y Toñi vuelve a fracasar como ZP. De allí a Sephora. De Sephora a buscar el dólar de plata, donde fracasamos estrepitosamente, parece que no vamos a poder encontrarlo por ningún lado.

Llega el momento deseado de la cena y entramos en la discusión de si vamos al apartamento a dejar las compras y arreglarnos, o irnos tal como vamos con las bolsas y trastos. Al final gana la segunda idea. No recuerdo el porque, pero seguro que si hubiésemos ido a la casa ya no hubiésemos salido del cansancio que llevábamos encima.

Con los apechusques nos vamos a cenar al BB King Blues and Grill, a la sala Lucille. El local se encuentra, si el alzheimer me lo permite,  en la calle 44 o en la 42. Tiene dos salas, una para conciertos más a lo grande y la otra, donde cenamos, es un restaurante con una tarima donde toca algún grupo amenizándote la cena. Nosotros entramos en la segunda. Una vez esquivas a dos maromos de seguridad como armarios roperos, bajas unas escaleras y en un pequeño descansillo, donde se encuentra el guardarropa, giras a la izquierda y entras en la sala Lucille.

Entramos y pedimos mesa para cuatro sin saber si iba a haber alguna libre, no habíamos hecho reserva. Por suerte, a pesar de ser sábado, había mesas de sobra. La verdad es que el local es bastante grande. Nos dieron una mesa a la derecha, bajando un par de escalones. Pedimos, pero no acertamos con la cena, me imagino que por la deficiencia idiomática. Yo cené lo que parecía un pollo asado, lo que comieron los demás no lo recuerdo. De todas formas se hizo amena la cena con la música, a pesar de que estaba un pelín alta y casi no dejaba que pudiéramos hablar.

En el local se podía ver todo tipo de gente, gente turista, al lado nuestro había una pareja española, gente muy arreglada que había salido de saturday night, y los tipos de color enjoyados vestidos con traje blanco y que te saludan con el signo de la paz.

La cena nos salió un poco más cara que otros días, 177 dólares, pero no estuvo mal. Le doy al sitio un 7 sobre 10, principalmente por la música en vivo.

Al final las chicas se fueron sin bailar, no porque no quisieran sino por la no adecuación de vestimenta. En fin, son cosas que suelen suceder.

Como colofón a un gran día, volvimos a casa dando un paseo, entre empujones, por Times Square, hay que ver no nos cansaremos de pasar por el “gran camino blanco” las veces que sean gustosamente necesarias. Sería la última vez que veríamos tanta luminaria en este viaje.

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Eso es lo que hay. Si en la directiva se piensan que con siete jugadores se puede ganar, van de culo. Con los cinco que sobran (para mi: García, Xavi Sánchez, Moncasi, Faverani y Prestes) en algún momento o partido te pueden echar una mano, pero en general no son jugadores a los que se puede recurrir para luchar, ni siquiera, contra equipos de la parte baja de la ACB.

Si a eso unimos que, salvo uno o dos, los demás jugadores son del montón, pues no puedes llegar muy lejos en esto del baloncesto. Con este panorama solo queda rezar y pedir una heroicidad para no descender de categoría.

El inicio del partido ya presumía que íbamos a pelear hasta el final por el triunfo. Y se veía las carencias del equipo murciano que no era capaz de meter una canasta de dos, ni jugar con los hombres de la pintura, con lo que se mantenía en el partido a base de triples (los 18 primeros puntos venieron de más allá de los 6’25).

A pesar de no dar más de si, y lo dicho antes, que cierta gente no aporta nada o no puede aportar más, el resultado se mantuvo igualado. Al final tres tiros libres lanzados por Robles provocaron la prorroga. Esta situación le tenía que haber dado alas al equipo local, pero no. Por cierto, enhorabuena a Robles, que fue padre por tercera vez, y por esta alegre circunstancia no jugó la primera parte.

En la prorroga se dieron unos números tremendos. En cinco minutos el resultado fue de 16 a 21. También es verdad que los puntos visitantes llegaron, sobre todo, desde la línea de tiros libres, pero estos hay que meterlos.

Los locales tuvieron la oportunidad de colocarse por delante en el primer minuto en varias posesiones que les concedieron los de Valladolid, pero la inoperancia, la ineptitud, la falta de calidad, no se me ocurre más cosas para calificar al equipo murciano, hizo que fallaran y no consiguieron el premio que querían. En los minutos siguientes la tranquilidad vallisoletana les llevo a ganar el partido por 96-101.

La derrota hace que sigamos igual, o peor (ahora la salvación está a tres victorias), y con menos tiempo para poder reaccionar. Además parece que los dueños del club no están dispuestos a soltar algo de dinero para sustituir a nadie, ni siquiera a dos de “nuestras figuras” y sacar esto adelante, con lo que el panorama es bastante negro. Mi sensación es que los dueños han cogido al equipo como escaparate para otras cosas, vease la fórmula 1, y no van a hacer ningún esfuerzo más allá del necesario.

A ver que nos depara el futuro.

Zona de animación

Uno de los aficionados más jóvenes en brazos de su padre, supongo.

Y otra vez esta chiquilla. Debe ser que me ha caído bien al ojo.

Hasta pronto.

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