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Archive for 21 febrero 2010

Segundo día en San Francisco.

Nos levantamos bien temprano y después del acicalamiento oportuno, preparamos el sobre que le tenemos que entregar a las dueñas. La noche anterior nos habían dejado por el buzón un sobre y una nota diciéndonos que les metamos el dinero que falta del alquiler por el buzón de puerta vecina (su casa). No nos parece la forma correcta de tratar el asunto del dinero, son poder hablar con las dueñas y resolver posibles dudas. Pero bueno, ellas lo quieren así, pues no vamos a hacer una montaña de una tontería, les metemos el dinero restante en el sobre y se lo metemos en el buzón. Arreglado.

Mientras tanto seguimos pensando en la maleta de Encarna y Juanpe, sobre todo, son ellos los preocupados, ya son cuatro días sin maleta y sin visos de solución.

Hoy nos dirigimos hacia Misión Dolores, el edificio más viejo de San Francisco y, presuntamente, el edificio fundacional de la ciudad, allá por 1791. Aunque está cerca y podíamos haber ido andando, preferimos coger el bus y utilizar el Muni-pass, que para eso lo tenemos.

Llegamos sobre las nueve, muy temprano, y preguntamos dónde podemos desayunar por esas calles. Nos mandan a un bareto, llamado “Mayfields, la casa de la cafeína”. El local está regentado por lo que creemos son homosexuales. El bar tiene internet, pagando claro, lo que nos sirve para indagar aún más sobre la maleta. De paso le echo un vistazo al Marca para enterarme de las olimpiadas. En la página de Delta nos dicen que hoy sobre las 11’30 de la mañana, o eso es lo que entendemos, pasarán por la casa a dejar la maleta. Es una buena noticia, lo malo es que por equivocación nuestra la iban a dejar en el número 350 y nosotros vivíamos en el 332.

A pesar de haber avanzado en la investigación del paradero de la maleta, Encanni continúa indagando, esta vez a través del teléfono y vía España, para saber aún más donde está su maleta. Si hubiese puesto el mismo interés en aprenderse la lista de los reyes godos, ahora mismo no estaría limpiando escaleras, seguro.

Esto ocurría en la puerta de la Misión Dolores o como se llama originariamente Misión de San Francisco de Asís. El cambio de nombre fue debido a que inicialmente estaba situada a unas manzanas de allí y se llamaba Misión de Nuestra Señora de los Dolores.

Junto a la misión actual se ha construido una iglesia, de 1918, que fue declarada basílica en 1952, y es de estilo churrigueresco.

Aunque estamos en la mismísima puerta, no entramos ya que Encarna está hablando por teléfono, con lo que hasta que no acabe no vamos a movernos, y además está más nerviosa que un flan, al contrario que Juanpe que es más frío que un témpano.

En el momento de colgar llega un cortejo fúnebre a la basílica para celebrar, evidentemente, un funeral. De todas formas ya no íbamos a entrar porque decidimos volver a casa a esperar la maleta. En un principio solo iban a volver Juanpe y Encarna, pero al final volvemos todos. Era tontería estar unos por un lado y otros por otro sin saber en que momento íbamos a volver a estar juntos. Así que volvimos en autobús a casa a esperar a la deseada maleta.

En el camino “mantengo” una conversación con un paisano que, según él, es vasco, que lleva diez años en la ciudad y que en ese tiempo ha olvidado el castellano. A mi me parece raro pero sigo la conversación como si nada. Al bajar, los compañeros me dicen que llevaba una pulserita como los que llevan los enfermos o los locos que les dan permiso para darse un voltio por la calle. Había mantenido una conversación con un loco.

Una vez en la puerta de casa esperamos la buena nueva.

Y esperamos la nueva.

Y esperamos la buena.

Y esperamos.

Joder con la maletita, se hace de rogar. Seguimos esperando, empezamos a pensar que se están riendo de nosotros. En esto que a la Antonia se le ocurre una magnífica idea. “¿Porqué no hablamos con los propietarios del 350 para que si vienen los de Delta sepan de que va la cosa y les dejen la maleta?” “¡Brillante idea!”, saltamos todos. Así que allá que fueron Encarna y Toñi a hablar con los vecinos. Mientras tanto Juanpe y yo montaríamos guardia en la calle.

A los veinte minutos volvieron las chicas como si hubiesen estado en la guerra, sangrando, con la ropa rota por multitud de sitios. Encarna venía despeinada, raro en ella, le faltaba un pendiente, sangraba por la nariz, nudillos y por las pantorrilla izquierda, lugar donde su pantalón estaba hecho tiras, además le faltaba el zapato izquierdo. El resto de la ropa presentaba un aspecto sucio y deshilachado por diferentes sitios.

Toñi estaba por el estilo. Igualmente despeinada, la cara presentaba un aspecto deplorable, le faltaba una oreja y dos dientes, por supuesto, sangraba por dichas partes, venía con el brazo en cabestrillo como si lo tuviera roto y con marcas de haberle mordido algún animal. No le faltaba ningún zapato pero si tenía la ropa bastante deplorable, sucia y ensangrentada. Las dos estaban hechas un cuadro, les había atacado el vecino. Aún así lo había convencido para que estuviera atento a la posible llegada de la maleta.

Las cosas no sucedieron así pero me ha divertido contar tal chorrada.

Las chicas volvieron de hablar con los vecinos y vinieron con el compromiso de que si vinieran los de la compañía aérea, ellos se encargarían de guardar la maleta hasta que volviéramos de dar una vuelta por la ciudad. Fueron muy amables, como casi todos en Estados Unidos.

De todas formas nos esperamos en la puerta hasta las once y media, pero cuando vimos que no venían decidimos marcharnos a seguir viendo San Francisco. Cogimos otra vez el bus hasta el Civic Center. Este es el centro administrativo con varios edificios oficiales, entre ellos, el ayuntamiento, la biblioteca, y varios museos, así como el edificio de la ópera.

Nos bajamos en Market y lo primero que vemos son varios indigentes o mutilados de guerra, visión que nos causa mala impresión.

Llegamos al cogollo y nos quedamos sorprendidos de lo majestuoso, osea grande, que es la cúpula del ayuntamiento así como él mismo.

Es grandísimo. Fue construido en 1915 con mármol y granito. Su cúpula está hecha a imagen y semejanza de la de la basílica de San Pedro y tiene 93 metros de altura, más grande que la cúpula del capitolio de Washington. El hall es tremendo. Una escalinata de mármol bajo la cúpula que cubre cuatro plantas. Pero lo más curioso es que tras el terremoto de 1989, los franciscanos se gastaron más de 300 millones de dólares para poder mantener el ayuntamiento que tienen. Hasta el punto de que en la remodelación le pusieron unos cauchos en la estructura para evitar que los daños en un posible terremoto sean mayores.

Delante del ayuntamiento hay una explanada ajardinada que los nativos utilizan para dormir o tomar el sol o descansar. Pasamos al interior y lo primero es el rutinario control de bolsos y mochilas. Al pasarlo llegamos a la escalinata y nos quedamos con la boca abierta ante lo que vemos por encima de nuestras cabezas, la cúpula es enorme. Empezamos a hacer fotos y vemos pasar todo tipo de gente. Subimos las escaleras y allí vemos unos zapatos preciosos en un lado. Enseguida viene una novia y se los cambia por unas chanclas para salir en la foto. Tras ver la foto de familia nos vamos a recorrer el edificio.

A través de pasillos y escaleras subimos a la última planta a la que podemos acceder o sabemos acceder, desde los balcones vemos la escalinata y, evidentemente, el suelo del hall. Desde arriba presenciamos la llegada de lo que iban a ser dos bodas gays, una lesbiana y otra homosexual. En esta última los dos chicos llevaban calcetines de color arco iris. Que monos.

Acabamos la visita al ayuntamiento y como todavía resonaba en la mente lo de la vuelta de la maleta, cruzamos el parquecito y nos vamos a la biblioteca a echar un vistazo a internet, a ver si nos llevamos una buena sorpresa. La sorpresa o más bien extrañeza la tenemos cuando vemos pasar por el centro del recibidor de la biblioteca a un indigente como si no fuera con el la cosa, con la permisividad de los guardias de seguridad. Pero es que no había nadie que dijera nada ni que se quejara, todo era muy normal. En España esto no hubiese ocurrido ni de cachondeo. No es que esté mal que vayan a la biblioteca los sin techo, yo no les niego eso, pero que raro si que es, más que nada porque en nuestro país no hubiese pasado ni de la puerta.

Pero si nos extrañó eso, más nos extrañó que en el cola para acceder a uno de los ordenadores con internet, había otro sin techo. No se lo que iría a buscar pero allí estaba y cuando llegó su turno se sentó y empezó a navegar. Tal vez estuviera buscando ofertas de trabajo o simplemente mirar el periódico, no lo se, pero era curioso que nadie decía nada ni se extrañaba.

Bueno, sigamos con nuestra aventura. Hicimos cola para coger un PC, bueno la cola la hizo Encanni. Miró la página de Delta y nada de nada, no había ninguna novedad. Así que, después de tomar una Coca-Cola en el bar de la biblioteca, nos fuimos a pillar el bus para bajar al Ferry Building. Fue un trayecto corto, pero que si lo hacemos andando hubiésemos tardado demasiado.

Al bajar del bus nos encontramos un pequeño mercadillo, situado justo al final de la calle Market y en la antesala del edificio de los ferrys. Como es natural en las mujeres, en seguida se acercaron al primer puesto y a oler la mercancía. Juanpe las siguió y mientras yo me puse a hacer fotos, que nunca había hecho antes. Tras adquirir una preciada mercancía basada en pendientes varios, marchamos a nuevas aventuras en el mundo de Pin y Pon.

Entramos en el antiguo edificio de los ferrys, de donde salían y entraban los transbordadores y aquí era como cualquier estación, donde estaban las taquillas, donde iba y venían los viajeros. Ahora es un mercado de abastos al estilo europeo desde el año 2003, año de su última restauración. El edificio data de 1898 y ha resistido los seísmos de 1906 y 1989, lo único que le pasó es que se le pararon los cuatros relojes que tiene en la torre, que, por cierto, mide 72 metros de altura.

Era la hora de comer, más o menos, cuando entramos a pasear por su interior. Tenía unas tiendas curiosas, como una de setas exclusivamente, otra era charcutería que también te preparaba el bocadillo de los que tú quisieras. Además, como buen centro comercial, tenía sus restaurantes de comida rápida.

Allí es donde nos pusimos a comer, en un mejicano, aunque las chicas prefirieron los bocadillos de la charcutería y volvieron allí para que se los hicieran. Una vez que se los hicieron, volvieron y comimos juntos en una de las mesas del mejicano.

Después de la comida y para hacer la digestión paseamos por los muelles del antiguo embarcadero (el nuevo está justo al lado) y desde estos tenemos unas vista privilegiadas del puente de la bahía, “el otro puente”, que conecta San Francisco con lo que llaman el área de la bahía de SF, o lo que es lo mismo “con el otro lao”. En dicha área de la bahía está la ciudad Oackland, ciudad sede del equipo de la NBA, el Golden State Warriors, equipo que ha ganado tres anillos de la mejor liga de basket del mundo, y donde jugaron Wilt Chamberlain y Chris Mullin, entre otros.

Salimos del embarcadero y nos vamos a ver el Hyatt hotel, más en concreto el hall, que hemos leído que es alucinante. Y la verdad que lo es. El hall es como un patio interior enorme que se va cerrando hasta hormar una especie de triángulo en el que se asoman terrazas, no de las habitaciones sino de los pasillos que llevan a ellas, a los que se pueden acceder a través de ascensores acristalados que dan al hall. En este hay distintos apartados para que los huéspedes se sienten y disfruten del hotel y su tranquilidad. En el centro del hall hay una escultura esférica que simula una bola del mundo pero que, más bien, parece un ovillo de lana gigante. Y en un lado está el mostrador de la recepción, y es aquí donde vemos un episodio parecido al de la biblioteca. Un indigente con ropa vieja y sucia, con pelo sucio y largo, haciendo cola para preguntar o pedir algo al recepcionista. Nadie dice nada, ni el recepcionista, ni el de seguridad, ni la gente que está haciendo cola, nadie.

Vamos a ver, a lo mejor pensáis que soy racista o que no soporto a los homeless, no es así, simplemente que este hecho y de la biblioteca no habrían ocurrido aquí. Aquí hubiese sido ver al indigente y la seguridad o porteros no le hubiesen dejado pasar, sin más, y menos en un centro privado como es un hotel de cinco estrellas.

Al salir del hotel es cuando empieza nuestro paseo por el financial district. No tiene otra cosa que callejear entre los pocos rascacielos de San Francisco y que salvo la Transamerica Piramyd, no tiene nada de diferente a los de Nueva York, Chicago u otra gran ciudad.

Empezamos por California Street y callejeamos hasta salir a Clay, donde está la parte trasera del edificio más emblemático de la ciudad. El edificio se construyó en 1972 y mide 256 metros de altura y se hizo en forma de pirámide para dejar pasar la luz a las calles. Tiene 48 plantas y 3678 ventanas. Y se construyó en la manzana en el que estuvo el edificio más alto al oeste del Pecos, digo del Mississippi.

No me hubiese importado subir, pero no se puede ya que es un edificio exclusivamente de oficinas y no tiene permitido el acceso a los turistas. Una pena.

Una vez hechas las fotos pertinentes, torcemos en Montgomery para ir hasta Bush. En el camino nos encontramos el museo de la historia de la Wells Fargo, famosa compañía bancaria y de correos, que recorría el oeste con sus diligencias. Te llama la atención el escaparate del museo en el que se ve una diligencia, se supone que es original, y fue lo que hizo que pasáramos. Dentro, a pesar de tener una larga historia, hay pocas cosas, pero de gran valor histórico. Cajas fuertes, la diligencia, fotos y grabados de la época, utensilios que se usaban en el transporte, etc. Todo era muy curioso, era una sensación extraña poder ver cosas que de pequeño veías por la tele en las películas. En la entreplanta hay una réplica de una diligencia en la que te puedes subir y sentirte un vaquero, por supuesto nos hicimos unas foticos en ella. Luego, otra vez en la planta baja, viendo cosas de la tienda vemos lo que parece una moneda de dólar de plata (lo que llevábamos buscando todo el viaje), pero lo bueno es que no es el dólar de plata común, a común me refiero a más o menos actual, no, es un dólar de mediado del siglo XIX. Nos cuesta 50 dólares y nos llevamos tres, lleva certificado autenticidad y una pequeña historia, en inglés, of course.

Más felices que unas castañuelas, salimos del museo (que por cierto, la entrada al museo es gratuita), con una buena sensación, de haber visto algo curioso, interesante e inesperado, nos vamos a recorrer Chinatown, pero para ello debemos salir del distrito financiero. Pasamos cerca del Banco de América, otro de los edificios más emblemáticos de San Francisco (aquí si teníamos que haber subido y así haber podido observar las tremendas vistas del cogollo de la ciudad). Subimos por Bush hasta que encontramos la Chinatown Gate o Dragon’s Gate, situada en la avenida Grant, que es la calle de las tiendas, como más adelante comprobaríamos.

La puerta, aunque parezca antigua, es, en realidad, de 1970 y sigue los principios del Feng-shui. Paseamos por Grant y vemos el colorido por todos los lados, letras chinas por doquier. Llegamos donde está la Old St. Mary’s church que desde 1854, año de su construcción, hasta 1891 fue considerada la catedral de la ciudad. Está hecha según una iglesia de Vic.

El Chinatown de San Francisco es menos agobiante que el de Nueva York, se puede pasear por sus calles sin que te “asalten” para venderte cosas.

En un escaparate vemos varias monedas de dólar de plata acuñadas este año, pero como ya tenemos la nuestra y no nos fiamos de los chinos, que te dan gato por liebre, no la compramos.

Bajamos hasta Portsmouth square donde comprobamos un poco de la vida social y de esparcimiento de los chinos. En varios lugares hay grupos de personas jugando o charlando, principalmente viejecitos. Terminamos la visita al barrio pasando por Waverly place, donde llama la atención, aún más, el colorido y el estilo, más acentuado, de las casas. No salimos de Chinatown sin comprarle a José Manuel una piedra de la suerte.

En California street pillamos el cable car por no subir la cuesta andando y paramos en Powell para hacer trasbordo y que nos baje hasta Union Squire, pero cuando llegamos el tranvía que nos debería bajar está averiado, por lo que decidimos tomarnos un café en el bar que está al lado de la parada.

Prácticamente nos echan del café, ya que cerraban, que tempraneros, no eran ni las ocho de la tarde. Como el tranvía seguía roto tuvimos que ir a Union andando, que pesambre.

¿Para qué vamos a Union Squire?, que pregunta más tonta. Para comprar. Entre otras cosas le compramos unos Levi’s a Mari Luz y una Nintendo DS a los críos. La compramos, aparte de que nos ahorramos la mitad del precio conforme a como está en España, para que no se peleen por la PSP y resulta que no iba a servir de nada porque se pelearán por la DS.

Después de dar una vuelta por el estercolero de Union Squire y su perímetro, digo estercolero porque esta parte de la ciudad está sucísima y olía fatal a basura, vómito y otras cosas, compramos algo para cenar y nos vamos a casa en el autobús bala, o autobús circo por la cantidad de gente rara que se puede montar.

Llegamos a casa y mientras Juanpe y yo preparamos la mesa, Encarna y Toñi se van a casa de los vecinos para ver si ha habido suerte con la maleta. Al ratico vuelven con más alegría que si hubiesen parido, traían la maleta. ¡Que corra el champán! ¡Que suenen las campanas! ¡Cantad! ¡Saltad! ¡Gritad por todos los rincones! ¡Por fin, la hija pródiga volvía a casa!

No faltaba nada. Lo que suponíamos que había pasado fue lo que pasó, que en el viaje a las cataratas los de aduanas nos abrieron las maletas, las dos pequeñas, para inspeccionarlas y a la hora de devolverlas no les dio tiempo a meter la de Encanni y si la nuestra. Pero bueno, eso ya da lo mismo, ahora estamos felices, contentos y, sobre todo, tranquilos con todas las pertenencias en nuestro poder.

Tras el éxtasis, casi como el de consumar el acto, cenamos, estudiamos lo que vamos a hacer al día siguiente y nos vamos a dormir con una sonrisa de oreja a oreja.

Por cierto, del desastre de Madrid seguimos sin enterarnos más allá de las cifras. Estos americanos se miran tanto al ombligo que son incapaces de ver y oír lo que hay a su alrededor. Y eso que estamos en un mundo globalizado, que si no…

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Cuaderno de bitácora.

Es nuestro undécimo día de viaje. Seguimos buscando un lugar seguro donde vivir. Todavía no lo hemos encontrado.

Estamos a nueve años luz de nuestro hogar y la familia y, a veces, uno dejaría esta misión para criogenizarse otra vez para volver a estar con los suyos. Son momentos difíciles. De todas formas somos felices, aunque cada día que pasa la moral de la tropa está cada vez más baja, especialmente de la copilota que perdió el petate hace tres años luz. Debido a esta pérdida, la copilota Cuadrado se tira más de media hora terrestre comunicándose por radio con la base que dejamos en el anterior planeta.

Seguimos con interés las noticias, que nos llegan con cuenta gotas, del accidente de una nave estelar de la clase B, en nuestro planeta. Hay más de 150 muertos, una tremenda desgracia.

Ayer llegamos a un planeta llamado San Francisco. De momento la sensación es buena, parece un lugar seguro para vivir. Los alienígenas locales están en constante paz, no parecen peligrosos, aunque los que se encargan de llevarlos de un lado a otro se comportan un tanto inquietos, e incluso agresivos, sin llegar a tener que ponernos en alerta.

El día comienza como siempre, nos levantamos cuando la estrella lumínica local sale por el horizonte. Después de terminar las órdenes previstas para esa mañana, salimos a explorar como lo manda el diario de la misión, desde bien temprano hasta que las fuerzas se acaben y tengamos que volver para utilizar el cargador de la nave.

Nada más salir de la nave vemos como se cierra una espesa niebla sobre nuestras cabezas. Teniendo en cuenta que no sabemos la composición de dicha niebla, nos alegramos de que se mantenga unos cincuenta metros por encima de nosotros. Dicha niebla nos acompañó durante todo el tiempo que estuvimos en este planeta, pero era curioso pues iba y venía, unas veces estaba temprano y otras aparecía por la tarde. Con el paso de la días nos dimos cuenta que no era peligrosa, aunque si un tanto molesta.

Descendimos hacia el camino que, según el mapa de coordenadas, nos llevará al lugar preciso, llamado parada de autobús, para avanzar en nuestra exploración. Esta vez la persona encargada de llevar a los propios del lugar no se comportó como la de la noche anterior.

Antes de montar a la nave de transporte de civiles disfrutamos del colorido que tiene la zona donde hemos colocado la nave. Los nativos van vestidos y se arreglan igualmente el cuerpo de las formas más variopintas, es más, incluso hay veces que da la sensación que no se arreglan, van sucios y con ropas rotas y viejas.

Montamos en el transporte para ir a la zona donde se concentra la gente. En el camino vemos a personas tumbadas en el suelo con cartones por encima. Han pasado la noche en la calle, durmiendo y, seguramente, sin nada que llevarse a la boca. Algunos de ellos están mutilados. Una escena triste, y solucionable, para lo que parece ser un planeta precioso.

Para pasar más desapercibidos adquirimos una especie de bono-bus que se llama Muni-pass. Los hay para distintos periodos de tiempo, pero nosotros lo pillamos para tres días franciscanos. El Muni-pass sirve para montar en los autobuses, tranvías y el tranvía turístico, que, al parecer, es el transporte preferido de los que vienen a este planeta de vacaciones. Por lo que he visto va lleno siempre. Le llaman Cable Car.

Empezamos a integrarnos, aunque todavía desconfiamos de estos alienígenas. Nos enteramos que aquí, los nativos, les ponen nombres a las calles. En estos momentos estamos subiendo por una llamada Powell en busca de algún antro donde reponer fuerzas (desde la noche anterior no habíamos comido nada). En esta calle antes de llegar a Union Square encontramos un localucho lleno de personajes hacinados para conseguir un elixir llamado capuchino. Al parecer está muy bueno. Pero cual es nuestra sorpresa cuando el sargento Martínez descubre un animal correteando por el local sin que, aparentemente, nadie se percate de él. Una especie de ratón, animal putrefacto portador de enfermedades. Así que salimos del local sin llamar la atención para que no cunda el pánico. No era nuestra pretensión provocar una avalancha y que hubiera habido victimas inocentes.

Continuamos el ascenso por la empinada calle y entramos en otro antro, lo que comúnmente llaman bar, este mucho más limpio y menos concurrido, al que habían puesto de nombre Norcini. ¡Joder!, estos alienígenas saben hacer buenos desayunos. Tras saborear las delicias autóctonas, véase café y capuchino, salimos del local como nuevos, con las panzas llenas y a tope de fuerzas. Anotamos el lugar y el nombre del bar para poder acercarnos otro día a desayunar.

Tomamos la difícil decisión de cruzar San Francisco andando, principalmente para poder ver más de cerca este lugar, pero difícil porque no sabemos los peligros que acechan detrás de cada esquina o árbol.

Nuestro destino es el Fisherman Warf, es decir, cruzar prácticamente todo San Francisco, una proeza que no está al alcance de todos. Pero este grupo humano es capaz de todo y está dispuesto en todo momento, a pesar de las quejas y las ganas que tienen de degollarme por darles esas palizas.

Subimos Powell hasta Sacramento, no la ciudad, sino la calle en la que torcemos a la izquierda para acercarnos al hotel Fairmont, lugar donde se filmó la serie “Hotel”, la que protagonizaba la exuberante Connie Selleca y un barbudo del que ya no me acuerdo del nombre, aunque, en realidad me fijaba poco en él, sólo tenía ojitos para la protagonista.

Entramos en el hall del hotel para echarle un vistazo y de paso informarnos en algún periódico local sobre el accidente anteriormente nombrado.

Una vez hecho lo dicho, continuamos la expedición. Justo enfrente del hotel está el Union Pacific Club, club en el que se juntaban los pijos de la ciudad para cotillear, despotricar o formalizar contratos con los que hacerse más pijos todavía. A continuación de este edificio nos encontramos con uno de los lugares al que los lugareños acuden a rezar a dioses paganos, la catedral de Nuestra Señora de Gracia, o lo que es lo mismo, la Grace cathedral.

Es la tercera catedral episcopaliana del país, esta fantástica construcción está hecha a imagen y semejanza de la catedral de Notre Dame de París, sólo cambian los materiales, la de París está hecha con sillería y la de San Francisco con cemento armado para resistir los terremotos. El resto tampoco es original, el pórtico es una copia del baptisterio de Florencia y el rosetón de la catedral de Chartres. Algunas detalles si son propios de la catedral, como las vidrieras de la nave central, en las cuales, aparte de las figuras religiosas, aparecen personajes como Henry Ford o Einstein. Otra curiosidad de la misma es que posee una capilla del sida.

Cuando llegamos la niebla casi la tapaba en su totalidad, lo que le daba un halo de misterio y misticismo, además el tono gris de la niebla con el color gris del hormigón le hacía mimetizarse y a penas se podía distinguir, sólo los tonos oscuros de sus ventanas y la puerta hacía que la distinguiremos con más claridad. Enfrente de ella, entre la catedral y el Union Club, hay un pequeño jardín desde el cual podíamos disfrutar del edificio al culto religioso en todo su esplendor, con niebla, pero en todo su esplendor. Dicen los nativos que tienen varias catedrales, al contrario que en nuestro planeta que sólo hay una por ciudad.

Entramos a visitarla y nos encontramos con la majestuosidad interior, es muy grande y alta. Se hace raro ver como las columnas y paredes sean de una pieza y no como las nuestras que son bloques de piedra, más o menos grandes. Nada más entrar, detrás de un baptisterio, nos llamó la atención un círculo bastante grande situado en el suelo que resulta ser un laberinto, lo curioso es que algunos fieles siguen el camino del laberinto cuando lo ven. Habrá alguna razón de porqué está el laberinto y de porqué la gente lo completa hasta llegar al centro, pero nosotros no indagamos en ese tema y continuamos nuestra visita al templo sin averiguarlo (en realidad, en internet, encuentras el porqué y para qué, simplemente es un camino para rezar, meditar, encontrase a uno mismo, o a Dios).

Una vez fuera, yo, el oficial fotógrafo, al mando de la misión, realicé unas cuantas fotos a la estructura para mandárselas al alto mando en nuestro planeta y luego otras con mis compañeros como recuerdo del paso por este insólito lugar.

Desde allí descendemos en zig-zag, como dicen las normas, hasta llegar al museo del Cable-car o tranvía turístico. Nos introducimos sigilosamente en él para conocer más aquél mundo de San Francisco, así como de sus costumbres. El Cable-car se creó debido a un accidente que ocurrió muchos años atrás cuando un carruaje lleno de gente, tirado por caballos no pudo subir una cuesta y se fue hacia abajo arrastrando incluso a los mismos. Una de las personas que presenció tan dramático accidente, le dio cuerda al coco e ideó un sistema a base de cables, como el que se utilizaba en las minas (con lo que no ideó nada, pues ya existía el invento, pero se tiró el pegote), al que se engancharían los tranvías y así poder subir las empinadas cuestas de San Francisco.

Empapados de la cultura del Cable-car y de haber adquirido souvenirs para nuestros familiares, que están allá en la Tierra, retomamos la búsqueda de algo que nos indique que en este mundo es factible vivir sin ningún contratiempo. De momento todo lo que hemos encontrado son cuestas para arriba y cuestas para abajo y me da a mi que esto no se ha acabado aquí.

Continuamos caminado hacia abajo, hacia arriba, calle a la izquierda, calle a la derecha. La tripulación no sabía donde los llevaba, iban felices charlando sobre cosas banales. De vez en cuando levantaban las cabezas cuando les indicaba alguna casa o lugar bonito de ver, mientras tanto iban ignorantes de hacia donde les llevaba. En algún momento parecían despertar y soltaban algún “¿a dónde nos llevas?” o, como los chiquillos, “¿falta mucho?”. Yo les engañaba diciéndoles cualquier tontería y ellos se conformaban como si de niños buenos se tratara.

En un momento, torcimos en Greenwich street y empezamos a subir la empinada calle. Esta calle es tan empinada que los cacharros que utilizan los nativos para moverse están estacionados en perpendicular a los edificios y no en paralelo a los mismos, es decir, como antiguamente lo llamaban “aparcar en batería y no en línea”. Seguramente se ha de aparcar de esta forma por la inclinación tan tremenda de la calle, sino los vehículos podrían aparecer tres o cuatro calle más abajo.

Es en esta calle donde la tropa empieza a protestar. Que porqué tenemos que ir por aquí en lugar de por otras calles que parecen ser más suaves, que porqué nos haces esto… En incluso, cuando rebasamos Leavenworth street y empezamos a subir unas escaleras que sustituyen al asfalto, de lo empinada que es la calle, empiezan a oírse insultos e improperios varios, llego incluso a oír amenazas de deserción. Pero con algún ánimo y un mimito que otro consiguo que la tropa llegue arriba del todo, justo en la confluencia con Hyde desde donde se tienen unas vistas preciosas de San Francisco con la Coit tower al fondo.

Tras un breve descanso para que la lengua vuelva a su sitio, nos vamos hacia el norte y 200 metros más allá llegamos a un punto donde se acumula la gente. Llegamos a la calle Lombard, en el tramo entre Hyde y Leavenworth, donde se encuentra el trozo de calle más empinada del planeta. Apenas 150 metros y que es tan empinada que los vehículos tienen que descender haciendo zig-zag, y los peatones lo tienen que hacer por escaleras en lugar de las aceras comunes. Todo esto adornado con muchas plantas y flores autóctonas que hacen de la calle una preciosidad y un punto obligatorio para su visita.

Poco a poco vamos teniendo mejores sensaciones de este planeta, además los nativos van y vienen sin molestarte, con lo que  es un punto a su favor.

La tropa debe continuar, aunque todavía se nos esté cayendo la baba de ver la calle Lombard. Descendiendo hacia la bahía por Leavenworth, llegamos hasta Jefferson, donde perdemos el tiempo en un pequeño centro comercial comprando alguna sudadera y/o chaqueta para resguardarnos del aire que hace que la sensación de la temperatura sea menor de lo que es. La verdad es que, en mayor o menor medida, desde que hemos salido por la mañana no ha parado de hacer aire, lo que al final molesta mucho, sobre todo, cuando pasas por sitios donde los edificios no terminan de protegerte del todo.

La hora de comer ha llegado y resulta que en este planeta tienen la misma hora de comer que en el nuestro, con lo que empezamos a buscar por Fisherman hasta que nos metemos en un local pequeño llamado Pompei’s Grotto, donde nos hacen esperar un poco hasta que se quede vacía alguna mesa. Poco tuvimos que esperar y pronto empezamos a comer. Probamos la Clam Chowder, plato típico de aquí, que es como una sopa o crema de cangrejo, o por lo menos eso recuerdo yo que era, y que a ninguno nos gustó. El restaurante es más bien pasable, si fuéramos profesores le daríamos un bien alto.

El día estaba resultando de lo más provechoso en la recogida de datos sobre el lugar. Incluso la tropa parecía mucho más distendida, como despreocupada, disfrutando del planeta y de la gente.

Recogimos los pertrechos y nos fuimos del restaurante para continuar paseándonos por el Fisherman’s Warf’s. Tras pasar cerca de un colgao que asustaba a la gente saliendo de detrás de una papelera, llegamos a un monolito que daba la bienvenida al Fisherman. Este monolito, en realidad una columna, terminaba en lo que es un timón gigante de barco antiguo, de unos tres o cuatro metros de diámetro. Allí nos metimos hacia los muelles, pasando por un parking donde había 2451 gaviotas, volando, encima de los coches, en el suelo, por todos los lados. Tras el parking está el pier 45, creo recordar que era ese, donde hay expuestas naves de guerra, un submarino, un destructor, etc. Desde allí vemos por primera vez Alcatraz, y sería lo más cerca que íbamos a estar en todo el viaje, ya que habíamos decidido no visitar la famosa cárcel de la ciudad.

Salimos del muelle pues no nos interesa mucho el tema armamentístico, ya que nosotros pertenecemos al segundo orden del Imperio Galáctico, y nos vamos al pier 39 donde nos han dicho que hay animales acuáticos, concretamente leones marinos. El pier 39 es una zona comercial con restaurantes y con locales de divertimento para la familia. También tiene el acuario local. Y es especial la colonia de leones marinos que se han establecido en el puerto deportivo. Continuamente, y desde bastante antes de localizarlos, están bramando, como si mantuvieran una conversación entre ellos. Nosotros llegamos en su siesta, salvo unos cuantos que se estaban gritando, todos los demás estaban tumbados durmiendo sobre las plataformas que les han colocado para esos menesteres. Detrás de ellos, a lo lejos, se empieza a vislumbrar la joya de este planeta, el Golden Gate. Aunque es un día soleado y la niebla ha desaparecido, el puente no termina de asomar debido a la bruma y al polvo en suspensión que hay en la atmósfera franciscana.

Mucho más cerca, en un dique del puerto se sitúan multitud de aves entre ellas gaviotas y pelícanos. Es la primera vez que veo pelícanos en libertad.

Una vez que hemos disfrutado de los leones, al igual que un par de cientos de personas entre nativos y turistas, rodeamos el pier por el lado de los diques hasta salir de él. Antes compramos en un pequeño mercado unas cerezas gigantes, de entre dos y tres veces el tamaño normal. Con un puñado de ellas nos vamos a coger el transporte local llamado autobús, precisamente tenemos que pillar el bus número 39, como el pier, para dirigirnos a la torre Coit.

Esta torre se construyó en homenaje a Lillie Coit y con el dinero que “heredó” San Francisco tras su muerte. Lillie fue una mujer que prácticamente vivió por y para los bomberos del lugar, estaba en cada incendio que se producía para echar una mano.

La torre se colocó en la cima de Telegraph Hill desde donde hay unas vistas tremendas de la bahía de San Francisco. Desde el punto más alto de la torre, al que se accede por un ascensor, se puede ver entero el Golden Gate, la zona de Sausalito y la isla de Alcatraz. En el lado contrario se ve el otro puente de la bahía, que ahora mismo no recuerdo como se llama, y que fue una de las estructuras que más sufrió en el último terremoto de San Francisco. También tenemos un primer plano del barrio financiero con la Transamérica Pyramid y el banco de América entre otros edificios.

Desde las alturas tomamos conciencia de cómo es este planeta y a que nos podemos atener en caso que tengamos que vivir aquí. Su orografía es sinuosa, en algunos puntos bastante difícil de poder atravesarla, pero no se puede decir que no podamos establecer una colonia aquí.

Media hora después de estudiar el lugar y tomar fotos para el informe, bajamos y cogemos otra vez el bus que nos deja en un parque, el de Washington square. ¡Qué maravilla!, ¡qué paz!, ¡qué tranquilidad! Los nativos descansan tirados por el césped, los más pequeños juegan entre ellos o con los que se supone que son su padres. En  un lateral está la iglesia de St. Peter and Paul. No pasamos dentro, pero dicen que es preciosa, por lo menos por fuera si que lo es. En el mismo parque pero en el lado oeste hay una escultura que dicen que es uno de los gobernantes anteriores que hubo en este planeta, Benjamin Franklin, pero a nosotros nos recuerda a nuestro gran humorista, por la gloria de mi madre, Chiquito de la Calzada, nuestro padre duodenal que nació después de los dolores.

Salimos del parque y paseamos sin preocupaciones por la avenida Columbus. Al fondo siempre contemplamos el edificio más alto de San Francisco, la transamérica Pyramid. En esta calle y en las colindantes se sitúan multitud de cafés y clubs que se hicieron famosos por la asistencia de la generación beat. Nos paramos en el café Trieste a tomar un capuchino. Un bar pequeño pero acogedor situado en la esquina de la Grant avenue con la calle Vallejo. Tiene dos grandes cristaleras, una para cada calle y con mesas por todos los lados. En una de ellas estaban sentados, al lado de una cristalera, un viejo chino típico, arrugado como una pasa, con poca chicha, y con perilla y que usaba gafas colocadas en la punta de la nariz. Le estaba enseñando a pintar a una americana, también típica, rubia, pelo lacio, piel blanca, incluso lechosa, y con pecas. Los dos sentados formando una estampa social de lo que es San Francisco, gente variopinta, de distintas culturas conviviendo como si no pasara nada, en paz y armonía.

Nosotros disfrutamos de esa misma paz y del buen café que nos sentó genial.

Curiosamente momentos después, tras salir del café y mientras esperábamos el autobús que nos llevaría a Union Square, en la parada que hay en la esquina de Columbus con Kearny, fuimos testigos de un enfrentamiento verbal racista entre un negro, montado en un autobús, y un blanco, esperando el mismo bus que nosotros, en la acera de enfrente. La conversación no la entendimos con exactitud, pues nuestro conocimiento del idioma local no llega más que a algunas frases y poco más. Pero si entendimos varias palabras como “neeger”, “fuck” o “mother”, todo esto utilizado con repetición y dicho en un tono poco amigable, nos hizo imaginar que no eran precisamente amigos y que no se estaban diciendo lindezas el uno al otro. Esta situación nos hizo poner en alerta, después de estar muy relajados debido al magnífico día que habíamos pasado. Todos nos pusimos en disposición de sacar el armamento oportuno para estas situaciones, solo la capitana Leante ideó un plan de huída por si era necesario salir por pies. La verdad es que es paradójico que la capitana Leante se haya metido al ejército cuando se sabe que es una pacifista redomada. En nuestro caso siempre nos viene bien, pues es la que siempre piensa en verde, y siempre está negociando y pensando en una salida pacífica.

La tensión no pasó cuando se alejó el bus del nativo de color. Cuando montamos en nuestro bus, el susodicho blanco, al parecer el racista en sí mismo, seguía diciendo improperios en la parte delantera y a los pocos segundos llegó a nuestra zona una muchacha asustada claramente por el susodicho individuo.

Después de presenciar tan desagradable episodio, bajamos en Union sq. para hacer unas compras que llevarnos a nuestro querido planeta. Union es una plaza, y en sus alrededores,  tiene prácticamente todas las marcas fashion de ropa y otras cosas. Adidas, Nike, Levi’s, Abercronfie, GAP, Puma, Aplle, Macy’s, etc., todos esto y más está en Union Square y alrededores. También hay un centro comercial en Market street, se llama San Francisco Center. Allí compramos algo de cena con la idea de llevárnoslo a la nave y terminar el día con la seguridad y protección de nuestra nave.

Después de cenar estuvimos viendo en un aparato cuadrado que despedía imágenes, muy parecida a lo que es nuestra televisión, un poco unos juegos curiosos que celebran entre varios planetas y con diversas modalidades de lo que parecen deportes. Dicen que se llaman olimpiadas. Nada, nos entretuvimos un rato y después nos fuimos al catre a dormir.

Fin del undécimo día de viaje en el cuaderno de bitácora.

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Temía que nos quedáramos dormidos a pesar del despertador, pero el reloj sonó a las cinco de la mañana y nos levantamos sin problemas. Con sueño debido a la hora tan temprana, pero con buen ánimo. Nos vamos a San Francisco, nuestro último destino del viaje. Hoy nos esperaba un viaje largo, de estancias en aeropuertos y de cambios horarios.

Recogemos las cosas y, antes de salir, volvemos a mirar por encima para comprobar que no nos dejamos nada y salimos del apartamento.

Por las calles apenas hay movimiento y en la frontera no hay nadie. Solo hay una cabina en funcionamiento a esa hora. Supongo que al guardia le habremos servido de despertador. Nos hace las últimas preguntas, menos de las habituales, y pasamos la frontera hacia el aeropuerto. Por fin dejaremos de ver los caretos a los guardias y de pasarlo mal cada vez que la cruzamos.

Dejamos el coche en su aparcamiento y facturamos las maletas con la esperanza de que también esté la maleta perdida y que no nos pierdan ninguna otra. De paso, por si acaso, nosotros hemos dividido la ropa entre las dos maletas y así no encontrarnos en bolas cuando aterricemos en el aeropuerto de San Francisco.

Pasamos a la zona de embarque y allí desayunamos fatal. Mientras llega la hora de embarque pasamos el tiempo hablando, leyendo o paseando por la terminal. No hay vuelo directo desde Buffalo y en su día escogimos un vuelo que hace escala en Atlanta y no en Chicago o en Cleveland. Lo escogimos porque, aunque había que madrugar, era el que más temprano llegaba a San Francisco, las cuatro y pico, horario de la costa oeste. Los vuelos que iban por el norte salían más tarde, pero llegaban mucho más tarde, y además estábamos más horas en el aeropuerto de trasbordo lo que significaba más horas para llegar a la ciudad dorada.

El vuelo a Atlanta se hizo de lo más normal, pero al llegar al mismo, me quedé sorprendido por la dimensión del aeropuerto. Tenía siete u ocho terminales, todas en línea recta y estaban unidas unas con las otras con un tren eléctrico subterráneo. Cuando subimos a la zona de espera la vista se pierde en la lejanía de lo tremendo que es. Buscamos nuestro sitio y a través de las ventanas se podía ver que el aeropuerto tiene, como mínimo, tres pistas de aterrizaje y despegue, dos en paralelo y otra cruzada en perpendicular con estas. Era curioso como los aviones aterrizaban y despegaban de dos en dos.

Mientras dos se quedan cuidando de las cosas, los otros dos se van en busca de comida y luego al revés. Como en los aeropuertos no suelen haber restaurantes más o menos buenos y apenas teníamos una par de horas para comer, buscamos algo “decente” para meternos en el estómago. Yo comí una hamburguesa (como no) con bacon y chili, muy buena, pero picante, chorretosa y grasienta en demasía. Los demás tomaron algo menos seboso y con menos colesterol que lo mío, es decir, más verde y menos carne. Estos verduleros, digo vegetarianos.

Estábamos comiendo cuando vimos a través de los ventanales como traían las maletas correspondientes a nuestro vuelo. Los cuatro nos pusimos atentos para ver si veíamos la maleta de Encarna. Vimos como metían las nuestras y una grande y rosa, sin embargo la pequeña no la vimos. Pero, de todos modos, cuando las metían vimos varias del mismo tono y pensamos que podían haber metido la maleta sin darnos cuenta, o como no venían en nuestro primer vuelo, pensamos que, tal vez, ya la habían metido en otro momento en la bodega del avión.

A las tres de la tarde salimos de Atlanta. Lo que veíamos desde la terminal lo comprobé desde el avión, al mismo tiempo que salíamos nosotros salía otro avión a unos 400 metros de distancia en paralelo. Los dos llevábamos la misma velocidad y levantamos el vuelo a la vez, a pesar de que el otro avión era más pequeño y ligero que el nuestro.

El vuelo se nos hizo muy ameno, debido a que iba una azafata hispana muy graciosa, cada vez que pasaba por nuestro lado nos gastaba una broma y nos hacía reír un rato. También nos puso mote a los dos hombres. A mi llamó “pancita”, ¿porqué será? y a Juanpe, “dormilón” ya que se tiró la primera parte del viaje sobao.

Tras cuatro horas y pico de vuelo nos disponemos a tomar tierra en SF y comienza a descender. Dejamos de ver tierra y vemos solamente agua. Como todos ustedes saben muy bien, SF está situada en una península que cierra una bahía, y el aeropuerto está situado justo al sur de la ciudad y pegado a la costa del entrante de agua. Pues bien, conforme descendemos se va acercando más y más, más y más, más y más el avión al agua. Parece que no va a llegar nunca la tierra. Da la sensación que vamos a amerizar en lugar de aterrizar. Justo cuando prácticamente íbamos a tocar el agua aparece la pista de aterrizaje y apenas unos segundos después se posan las ruedas del avión tranquilizando a mi corazón. Estaba claro que no había ningún problema, por que sino nos habían hecho tomar unas medidas de aterrizaje de emergencia, pero conforme descendíamos parecía, tal cual, un amerizaje más que un aterrizaje.

Cuando vamos a por nuestras maletas con la esperanza de que encontraríamos la maleta perdida, resulta que nos encontramos con la misma historia de Buffalo. La maleta no apareció. Entre enfadados y desilusionados nos acercamos a la oficina de Delta para que nos vuelvan a decir lo mismo que dos días atrás, que no saben donde anda la maletica. Esta vez conseguimos que nos dieran un código para saber como estaba la situación de la maleta a través de la página web de Delta, lo cual era un avance, ya que no nos obligaba a ir al aeropuerto, y además nos pidieron nuestra dirección en San Francisco para mandarnos la maleta en cuanto apareciera.

Pasó una hora y pico antes de que tomáramos un taxi y nos fuéramos para SF. Durante el camino me tuve que sentar en el asiento de delante, otra vez, pero esta vez fue más fácil entenderse con el conductor. La putada fue que nos enteramos, durante el trayecto a la ciudad y a través de la radio del coche, del accidente aéreo de Madrid. No fue un shock, pero si un susto y un problema, porque a partir de ese momento nuestras familias estarían más preocupadas por el tema de los vuelos y lo primero que teníamos que hacer era tranquilizarlos, así que en cuanto pudimos nos pusimos a llamar por teléfono a todos y que vieran que a nosotros no nos había pasado nada.

El taxista nos deja en el sitio y ahora viene el problema del apartamento. Habíamos quedado con los dueños, bueno dueñas en este caso, que cuando saliéramos del aeropuerto les llamáramos para que estuvieran esperándonos. Lo que pasó es que no llamamos en el momento oportuno y si lo hicimos en cuanto llegamos a la puerta del apartamento. Tuve que luchar con las interferencias, con el idioma, conmigo mismo, para poder entender que el apartamento estaba abierto y que solo teníamos que empujar la puerta y entrar.

Dentro, encima de un aparador, las dueñas nos habían dejado unas pequeñas instrucciones sobre como proceder con el pago del piso. Ellas querían que les metiéramos un sobre con el dinero en el buzón de la puerta de al lado, que era donde, seguramente, ellas vivían. A nosotros no nos cuadró el tema y no se lo dejamos hasta el día siguiente que nos lo volvieron a pedir a través de una nota que nos echaron en el buzón. Nosotros queríamos conocerlas y así poder preguntarles sobre cosas del apartamento, como funcionamiento de electrodomésticos y cosas de esas. Pero no hubo manera de verlas ni de oírlas.

El piso era muy chulo, tipo de los que hay en la ciudad. Constaba de dos plantas, la baja era la nuestra. Está situado en la calle Steiner, 332 y es grande, pero oscuro y con mobiliario viejo. Cuando entras te recibe un olor a viejo, a mi no me causa buena impresión, pero en cambio a Encanni, si. Conforme vamos viéndolo va cambiando mi opinión sobre él. Es alargado, y nada más entrar a mano izquierda está el salón y la cocina. A la derecha estaba el pasillo que acababa en las dos habitaciones y un aseo completo. Tenía garaje, que no utilizamos, y un “jardín” en la parte trasera.

Una vez sorteadas las habitaciones, que, por cierto, las dos tenían cama de matrimonio, y colocar unas cuantas cosas en los armarios salimos con ganas de descubrir la ciudad.

Lo primero que hacemos es buscar una parada de autobús que nos lleve al centro. Gracias a un plano de las líneas de autobuses que nos bajamos de Internet vemos que una de dichas líneas pasa por la calle perpendicular a la nuestra, solo que en la esquina trasera, así que nos vamos hacia allá para pillar el primero que pase. Cuando llegamos a dicha calle, Haight street, el color salta a nuestros ojos, casas, tiendas, bares, todos llenos de mucho colorido. Eso si, también había una cantidad ingente de personajes vestidos de muchas formas distintas y de diferentes culturas o tribus metropolitanas. Dicho paisaje no le gustó lo más mínimo a Toñi, pero eso fue la primera impresión, la segunda siguió siendo la misma.

Cogemos el bus y nos fuimos p’al centro, ya que no teníamos otra cosa mejor que hacer, esa tarde nos íbamos a dedicar a hacer compras, ¡como no!

Bajamos en el cruce de Powell con Market, justo donde se encuentra una caseta que expide los tickets de los tranvías y demás transportes públicos, allí tenemos el primer contacto visual con el típico tranvía de San Francisco y que, por supuesto, nos hacemos las primeras fotos.

Subimos por Powell hacia Union Square buscando las tiendas, sobre todo Macy’s. Conforme va cayendo el día nos damos cuenta que en San Francisco hace más fresco que en la costa este, hace más viento y eso hace que pasemos más frío, con lo que hemos de encontrar alguna tienda para resguardarnos del fresco y del aire.

Visitamos Macy’s (no tiene nada que ver con el de Nueva York), Shepora, H&M, Gap, Zara,… No encontramos nada, ni para hacer regalos, ni para nosotros. Hombre, haber, hay cosas, pero no nos gustan o los precios no nos cuadran, con lo que tenemos las mismas. Al final acabamos en un centro comercial que hay enfrente de la calle Powell, en la calle Market, se llama San Francisco Center. Allí damos una vuelta y terminamos cenando en una pizzería del centro comercial. Cuando estábamos a punto de terminarnos la cena, empezaron a sonar unas sirenas, más bien unos bocinazos. Pensamos que podía ser una alarma de incendios, pero la gente estaba tan tranquila, por lo que nosotros seguimos haciendo lo mismo, sentados en la mesa terminándonos la cena. Al ratillo nos dijeron que la sirena era para que la gente supiera que se iba a cerrar el centro comercial, con lo que cogimos nuestras cosas y nos fuimos a pillar el autobús de vuelta.

Mientras esperamos el autobús, vemos la variada gente que está esperándolo. A Toñi le dan miedo. Y la verdad es que el elenco de personal es de lo más variado. Los hay de color con los típicos pantalones caídos y camisetas de la talla XXXXXL, con joyas por todos los lados; personas con las vestimentas normales, ya sean de color como blanquitos o de otra raza; indigentes con pulseras médicas en sus muñecas; indigentes sin pulseras; negros (sin ofender) vestidos con trajes blancos totalmente pulcros; góticos; jóvenes y viejos; personas que van hablando solas, y no es que mantengan una conversación con el manos libres, no, van hablando solas, es decir, que están un poco p’allá; terminator, perdón, terminator está en la casa del gobernador.

Una vez dentro, volvemos haciendo un rally por San Francisco. Si, lo que leéis, ¡un rally con un autobús! ¡y por una ciudad! La conductora nos lleva a toda velocidad por las calles del escenario de la película de Steve McQueen, “Bullit”, sorteando todos los coches que se le ponen por el camino. Eso sí, lo hace con velocidad, pero con bastante pericia. Ahora comprendía esa voz que nos decía antes de arrancar, después de cada parada, HOLD ON!, HOLD ON! (¡agárrense!, ¡agárrense!). Sino te agarrabas a alguna barra o asiento podías aparecer en el cristal trasero aplastado cual mosquito.

A la velocidad de la luz, como en el Halcón Milenario, llegamos vivitos y coleando a la casa para coger la cama, que encima la íbamos a pillar con ganas después del estrés de la vuelta.

La primera impresión de la ciudad no es buena, debido a la suciedad que hay en el centro de la misma y a la impresión que da ver a tanto indigente por la calle, al contrario que en Nueva York. De todas formas, en los días siguientes pudimos constatar que lo de la suciedad era solamente en la zona de Union Square, cosa que me extrañaría mucho, pues el ayuntamiento no fue capaz de mantener limpia la zona en todos los días que pasamos por allí. En cuanto a los indigentes, la situación fue curiosa. Tu no les molestaban y ellos no te prestaban ni la más mínima atención, ellos podían ir por cualquier sitio siempre y cuando no molestaran a nadie. Como diría aquel: “vive y deja vivir”.

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No salimos de nuestro asombro recordando la paliza que le dimos a los del Fuenlabrada, cuando llegan sus vecinos de Madrid y nos bajan a la tierra, e incluso, diría yo, a los infiernos, si es que no estábamos ya.

El Madrid vino sabiendo que esto iba a ser coser y cantar, salió con un cinco incial “de risa”, dejando a sus pesos pesados por si se torciera la cosa. Al final, el entrenador tuvo que sacarlos, pero para que jugaran todos, no por que le hicieran falta.

La cosa empezó metiendo puntos, por parte de los madrileños, como si nada, perdiendo balones los murcianos, como siempre, y no hubo más historia. De esta forma se llegó al descanso, que si no recuerdo mal, ya ganaban los madrileños de 20.

Al inicio de la segunda parte hubo lo que se suele llamar un espejismo. Los de casa salieron un poco más metidos y consiguieron ponerse 12 puntos abajo. Todo esto en 8 minutos aproximadamente. Pues en medio minuto volvieron a cagarla y se volvieron a colocar sobre los 20 puntos.

Hasta aquí llegó todo. A partir de ese momento fue un ir y venir de una canasta a otra sin más fin que el de pasar el tiempo, salvo que como el Madrid las enchufaba todas, iba aumentando el tanteo.

Conforme iba pasando el tiempo, cierta afición coreaba los pases que daban los jugadores locales, yo creo que era porque era todo un éxito que lograran dar un pase sin perderla o que se la quitaran.

El resultado es lo de menos, porque sabíamos que iba a ser prácticamente imposible ganar al Madrid, pero que menos que la actitud de algunos de los jugadores fuera distinta y se viera que, por lo menos, tienen ganas de salir de donde están.

No hay más conclusión que la de seguir luchando hasta que ya no quede aire para ver si conseguimos salir de la situación en la que se encuentra el equipo. Lo malo es que el único que está haciendo un esfuerzo más allá de lo que debe, es la afición. La directiva está haciendo poco, al equipo se le ve apollardao, y así la visión que se tiene no es muy placentera ni esperanzadora.

Zona de animación.

Está claro que la afición sufre más de lo normal. Menos mal que por lo menos están las chicas bailarinas que alegran un poco la vista en los partidos.

Esto ha sido todo. Nos vemos en un par de semanas.

Hasta pronto.

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Dicen que las cataratas de Iguazú son mucho mayores y espectaculares que las del Niágara, pero ahora estamos aquí y estas me parecen tremendas e impresionantes. Ya comprobaré como son las de Iguazú en otro momento o en otra vida.

La noche ha sido movidita. Ha caído un tormentón del carajo, que aunque nos ha dejado dormir sin problemas, nos ha causado unos ligeros despertares.

Nos acicalamos y nos preparamos para salir. Antes de ello ponemos una lavadora de blanco. Hay que aprovecharse de la lavadora, que cuando lleguemos a San Francisco ya veremos si tenemos en el apartamento.

Desayunamos en el Starbucks que hay al pie del Skylon. Y una vez terminado aparcamos el coche en el último aparcamiento que hay en Niágara, río arriba, justo enfrente del edificio de la antigua compañía eléctrica de Ontario.

El día, como la noche, se había levantado nublado y parecía que nos iba a estropear el día, valga la redundancia, pero de momento aguantaba la lluvia. Que no el frío, no es que hiciera mucho, pero hacía fresquito, lo suficiente como para ponerse una cazadorilla o algo que nos tapara nuestro cuerpo serrano.

Paseamos desde el aparcamiento hacia las cataratas viendo lo espectaculares que son los rápidos del río. Si una persona cayera unos cientos de metros más arriba de la caída del agua, no lo salvaría nadie. Sería mejor que rezara para quedarse enganchado en algún saliente, porque sino…

Íbamos a ir desde ese punto hasta el lado estadounidense, paseando por el “borde” de los miradores y así hacer hambre para subir luego al Skylon a comer.

Nos acercamos al punto de la primera catarata. Primero tenemos que pasar la nube de agua que despide la misma. Cuando llegamos al vértice de la catarata es impresionante el vértigo que me da ver como cae el agua y desaparece en la altura y la nube de agua. Y es que estamos al lado mismo de la caída del agua.

Es impresionante ver la cantidad de agua que cae, lo grande que es la catarata de herradura. La nube de agua en suspensión nos impide ver la otra punta de la misma. El ruido, por supuesto, es ensordecedor. Abajo se entreven algunos pedruscos de los que han caído a lo largo del tiempo y también el barquito, el Maid of the Mist, repleto de turistas acercándose lo más posible a la catarata. Nosotros habíamos decidido no subirnos al mismo, ni tampoco al helicóptero. Aunque las vistas tenían de ser acojonantes, preferimos ver las cataratas a pie de tierra que también tienen tela.

Cuando llegamos a la altura de la catarata pequeña decidimos volver al coche para cruzar al lado americano. Toñi no se encontraba bien y, aunque era poco trayecto, mejor hacerlo sentado que no andando. Eso conllevaba cruzar la frontera y, por lo tanto, las preguntas de los aduaneros con los consiguientes nervios del entendimiento del idioma.

En un momento cruzamos la carretera y vamos por un jardín muy bien cuidado. Resulta que cerca hay un vivero, que es el que se encarga de cuidarlo y, a la vez, experimentar con el jardín. El parque tiene una variedad tremenda de flores y árboles. Están tan bien colocados que lo hacen precioso, más aún cuando lo haces solo, pues la marabunta está absorta en las cataratas.

Antes de salir del parque llamamos al dueño del apartamento para que sepa que ya hemos llegado. Es tal el lío que me armo con el inglés que no se si se ha enterado. He hecho dos llamadas y en ninguna se puede decir que haya sacado algo en claro y me imagino que el dueño tampoco. Pero no voy a hacer una tercera llamada, si se han enterado, bien, y si no, también. Total que va a pasar, ¿qué se pasen por el apartamento para cerciorarse que hemos llegado?, pues que lo hagan, mientras no nos toquen nada, ni estemos nosotros delante cuando estén oliendo, perfecto.

Cogemos el coche y vamos a la aduana. Nos hacen las mismas preguntas que ayer además de porqué cruzábamos hoy la aduana. Le decimos lo que hay y se quedan tan contentos.

Nos vamos directamente al islote que hay entre las dos cataratas y así tener una rápida visión de las dos. Allí está todo muy bien puestecico para el turista. Llegamos con el coche al único sitio donde puedes aparcar, a un parking. Salimos en dirección a la catarata de herradura. Todo el paisaje está niquelao, está todo muy limpio, en el césped no hay una hierba más alta que otra, la bandera de Estados Unidos, por supuesto, no podía faltar. En fin, que se está genial.

Nos hacemos las fotos pertinentes y flipamos con el paisaje. ¡Qué cantidad de agua más mal aprovechada! Con lo bien que vendría al levante español. Vamos a recomendar que hagan un trasvase Niágara-Segura. Eso, cuatro inmigrantes te lo hacen en un plisplas.

Nos movemos en dirección a la catarata pequeña y en medio de las dos hay un monumento a un croata, o serbio, Nikola Tesla, balcánico en resumidas cuentas que fue el que inventó, o descubrió no se que cosa para generar electricidad. Al lado del monumento hay un restaurante de comida rápida en el que aprovechamos para tomarnos unas patatas con un agua y/o coca-cola.

Cuando paso a comprarlas veo una pared con fotos antiguas de las cataratas y una explicación de las mismas. Me quedo sorprendido cuando leo que tuvieron que cortar el caudal de la catarata pequeña para poder realizar sin problemas las obras de una cueva debajo de la misma. Era cortar un ramal del río, el ramal pequeño, pero, tela marinera, eso parece que no, pero debió costar mucho trabajo y dinero el hacerlo, más que nada por la fuerza que lleva el agua a apenas unos cientos de metros de su caída.

Terminado el pequeño almuerzo, vamos a ver la catarata pequeña con su ramal chiquitito. Todas las cataratas tienen su nombre, pero ahora mismo no me acuerdo el que pusieron a cada uno, así que tendré que seguir llamándolas las cataratas grande y pequeña.

Cruzamos un puentecito que tiene el ramal chiquitito para ir al mirador. Allí nos hacemos otras foticos, que jartá de fotos. Esta catarata se nota que lleva menos cantidad de agua y que cae con “menos fuerza”. Esta da menos vértigo.

Una vez vista, salimos de la isla y nos vamos al “continente”. Allí aparcamos, otra vez, y nos dirigimos, otra vez, a ver las cataratas, esta vez desde un lugar donde se ven las dos cataratas de perfil. Aquí no nos estuvimos mucho tiempo ya que teníamos reserva en el Skylon para comer y teníamos que salir enseguida para allá, pues teníamos que volver a cruzar la frontera con el coche. ¿Qué pasará?

No pasó nada en la frontera, pasamos sin nada extraordinario, lo único fue que se extrañaron que hubiera tanto sello en tan poco tiempo, pero nada más.

Llegamos al Skylon y vamos a aparcar el coche en el parking de la torre. Antes de entrar vemos el precio y nos da reparo el pagarlo, pero como no nos apetecía salir de allí y buscar aparcamiento en otro sitio, optamos por pagar los 20$, creo que fue eso, y arreglado.

El Skylon es una torre tipo torrespaña, de comunicaciones, pero que principalmente tiene un uso más turístico que otra cosa. Mide un poco menos de 200 metros de altura y se divide en varias plantas, una planta es un restaurante giratorio y panorámico, otra planta superior al restaurante es para que los turistas disfruten de las vistas sin necesidad de que tengan que comer o cenar, y la antena que, esta si, se utilizará para cuestiones de comunicación, supongo.

Las dos plantas turísticas tienen un precio para subir. El precio de la planta exclusiva para las vistas no se que precio tiene, ya que no fuimos allí. Y el precio de la planta del restaurante ya te lo cobran en la factura de la comida. Por el mismo precio de la comida tienes acceso a la planta superior, pero no merece la pena, total mientras has comido has visto todo lo que tienes que ver.

Para acceder a las alturas la torre tiene tres ascensores panorámicos que transcurren por el exterior del pilar central, y único. Nosotros no tuvimos que hacer cola para subir. Al tener reserva para comer nos llevaron directamente al ascensor pertinente y para arriba. La ascensión a los cielos fue lenta y disfrutamos de las vistas. Como no, me puse a hacer fotos como un tonto.

Llegamos al restaurante y esperamos hasta que uno de los camareros nos colocara en el lugar pertinente. No tuvo problemas pues apenas había gente comiendo. Eso nos vino bien, pues el restaurante tiene dos filas de mesas, una pegada a los ventanales y otra en el interior de la circunferencia, y así pudimos ponernos en las ventanas y ver mejor el exterior.

En la base de las ventanas hay placas que cuentan partes de la historia de la zona. Las mesas giran y así puedes leer todas las placas, desde cuándo se descubrieron las cataratas hasta curiosidades, como los nombres que se le han puesto a las mismas. Aunque el día no era todo lo claro que nos hubiese gustado, si pudimos ver sin ningún problema la ciudad de Toronto, que está a unos 80 kilómetros de la ciudad de Niágara. Por supuesto, se veían los rascacielos de la ciudad de Buffalo que está a unos 25 kilómetros de allí

El restaurante tarda aproximadamente tres cuartos de hora en dar una vuelta completa. Nosotros pedimos postre y café para así poder dos vueltas completas. La comida no estuvo mal, pero tampoco fue una maravilla, no fue una conjunción de sensaciones y de sabores, eso si, fue la más cara de todo el viaje, cosa que ya lo esperábamos debido al lugar en el que estabas. Creo que rondó los 250 dólares canadienses, unos 160 euros.

Una vez terminado, volvimos a bajar por el mismo sitio, y nos fuimos al apartamento a pasar la ropa de la lavadora a la secadora, antes de salir hacia el aeropuerto, para ver si había llegado la maleta de Encanni.

Hasta ahora no habíamos tenido ningún problema al pasar la frontera, y esta vez tampoco lo íbamos a tener. Pero, aparte de las preguntas pertinentes, nos pasaron el perro antidroga alrededor del coche, cosa que me asustó un poco, a mi y a mis amigos y esposa. No porque nosotros tuviéramos drogas, que no llevábamos, sino porque quién sabe si alguien te ha controlado y te ha metido algo para pasar y te la lía en un momento sin tu tener nada que ver con el tema.

Cuantas películas he visto ¿Eh? Como suele pasar, no pasó nada y seguimos adelante, hacia el aeropuerto.

El caminico lo hicimos muy bien, tranquilamente. Aparcamos y nos dirigimos a la oficina de Delta. Por supuesto, nos dijeron que no había llegado, ni iba a llegar en las próximas horas (como dirían por ahí “ni está, ni se le espera), y que después de un rato intentando saber qué y dónde iba a estar la maleta, nos dijeron que al día siguiente cuando embarcáramos hacia San Francisco la maleta iba a estar entre el equipaje. No les dimos mucho crédito, pero que le íbamos a hacer, levantamos los hombros y volvimos a Niágara.

Regresamos sin ningún tipo de incidencias, hasta que llegamos a la frontera. Esta vez si nos pusieron los cojoncillos en el cuello. Nos tocó el chulito y/o espabilao que acababa de salir de la academia que solo quería ser más papista que el Papa. Esta es la conversación que mantuvimos con el susodicho pavo. Para poder sentir lo mal que nos los hizo pasar, tenéis que imaginaros la conversación con el nerviosismo de no poder entender al 100% el idioma, con la cara de mala leche que tenía el impresentable, con los cinco sentidos metidos en la conversación para que no se nos escapara nada ni pudiéramos soltar nada inapropiado. Bueno, esta es, más o menos, la trascripción de la cinta:

— Buenas tardes, pasaportes.

— Buenas tardes, aquí están.

— ¿Porqué han pasado tantas veces la frontera hoy?

— Hemos ido a ver las cataratas al lado americano, luego hemos vuelto a comer al Skylon, y esta tarde hemos ido al aeropuerto a preguntar por el paradero de una maleta que ayer nos perdieron.

— ¿En qué hotel están?

— No estamos en un hotel, estamos en un apartamento.

— ¿Están con una familia francófona?

— No, hemos alquilado un apartamento.

— Vamos a ver, eso no puede ser. Estarán  en un motel, que es parecido a un hotel.

— No, no, hemos alquilado un apartamento.

Silencio.

Nosotros estamos nerviosos, mucho más nerviosos que cuando paramos el coche.

El individuo pelirrojo que está en la garita empieza a sellarnos los pasaportes sin estar muy convencido de lo que le hemos dicho. Nos devuelve los pasaportes y nos da permiso para continuar. Nos despedimos del canalla blanquecino deseándole lo peor, eso si, siempre con una sonrisa, no vaya a  ser que cambie de opinión y nos haga una inspección en toda regla.

Nada más cruzar la frontera buscamos un supermercado para comprar pan Bimbo y algo con que rellenarlo, pues decidimos cenar tranquilamente en el apartamento en lugar de hacerlo fuera, pero no encontramos nada en la zona turística. Debe ser que como los que van allí comen y cenan en restaurantes no sale rentable poner ninguna tienda de ultramarinos. Nos vamos hacia el pueblo y a unos cientos de metros encontramos un 7eleven y compramos lo necesario, a Encanni la tienda le recuerda a la tienda que sale en Los Simpson. A la hora de pagar, como solo teníamos moneda estadounidense fuimos a pagar con ella, pero el dependiente no quiso aceptarla, así que recurrimos a la tarjeta. Lo curioso fue que apenas a unos minutos de allí si se aceptan los dólares americanos, además que ellos salen ganando en el cambio pues valía, y vale, más el dólar estadounidense que el canadiense.

Volvemos sobre nuestros pasos y le echamos gasolina al carro, creo recordar que estaba la gasolina a 1,45 el galón. El galón creo que ronda los tres litros, y haciendo los cálculos, sale, aproximadamente, a 0,29 euros el litro de gasolina. Que pena no poder llevarse un barril de 5000 litros para España.

Bajamos a despedirnos de las cataratas y cuando subíamos ya para el apartamento, a una de las chicas le entran unas ganas tremendas de desalojar lastre y paramos en el Starbucks. Mientras ella adelgazaba nosotros esperamos en la entrada al parking del Skylon. Mientras eso ocurre vemos que sale de unas matas lo que parece ser un gato, pero luego resultó ser otro animal que desconocíamos en ese momento lo que era. Luego investigando, encontramos lo que era más parecido, era una marmota.

Bueno, nos fuimos al apartamento. Recogimos la ropa de la secadora, cenamos tranquilamente viendo las olimpiadas, preparamos las maletas para el día siguiente, nos deseamos un buen descanso y nos fuimos a la cama a dormir que al día siguiente nos teníamos que levantar temprano para salir hacia San Francisco. Un día largo.

Al día siguiente dejaremos las cataratas, un lugar demasiado urbanizado, pero sobrecogedor. La naturaleza te deja anonadado y el hombre te deja apagado por las tonterías que ha hecho alrededor de tanta maravilla. Es una pena que no se hayan dado cuenta y hubiesen urbanizado unos cientos de metros más atrás y así poder ver más en su salsa las caídas del agua. Ahora ya no tiene solución. Aún así fue tremendo ver semejante panorama, ver como ha actuado la naturaleza en este lugar. Sin duda mereció la pena haber visitado las cataratas del Niágara.

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¿Qué es lo que hacemos hoy?

Madrugar.

Como todos los santos días nos levantamos a las órdenes del despertador, sobre las siete de la mañana. Si estos días fuesen laborables estaría con un sueño matador, pero es todo lo contrario, levantarnos temprano da gusto y todo.

Hoy abandonamos Nueva York. Nos vamos a las cataratas del Niágara. Cuando planeamos el viaje, hace ya nueve meses, como un parto, ya hicimos que el vuelo a Buffalo no fuera estresante, es decir, tener que madrugar en exceso o llegar demasiado tarde. Había infinidad de horarios con lo que pudimos elegir uno que no fuéramos con prisa. El vuelo salía a las 13’25, también con Delta Airlines, como el resto de vuelos, y desde el JFK.

Recogemos los trastos y dejamos las llaves del apartamento encima de la mesa, como acordamos con el propietario. Decidimos no desayunar en la ciudad para no perder tiempo, ya lo haremos en el aeropuerto.

Como suele ser normal en NY, no hay problema para pillar un taxi en la misma puerta. Montamos los bártulos en el maletero y nos vamos al aeropuerto. Mientras marchamos nos vamos despidiendo, con tristeza, de la ciudad.

En el camino, el taxista nos pide que le especifiquemos a que zona o terminal vamos. Le digo que vamos a pillar un vuelo doméstico a Buffalo. No conforme con esto me pide el nombre de la compañía aérea con la que vamos a volar. Para mis adentros me pregunto que qué curioso es este tío. Le digo que con Delta y ya no dice ninguna palabra en todo el trayecto. Luego cuando llegamos al aeropuerto entiendo el porque de la última pregunta. Resulta que cada compañía tiene una o varias terminales a su disposición, con lo que sabiendo la compañía y el destino los taxistas saben por donde tienen que ir para llegar al lugar exacto.

No lo recuerdo bien, pero creo que era la T3 de donde partía nuestro vuelo. Una vez pagado al taxista los 50 pavos más la propina pertinente, entramos y nos encontramos los mostradores de facturación nada más entrar a mano derecha. Sólo hay cuatro, además de otros tantos para hacer la facturación uno mismo. Estos son los primeros que vemos, pero como sólo están en inglés los mandamos a paseo y nos ponemos en la pequeña cola que tiene uno de los mostradores. Facturamos y miramos en los paneles la puerta por la que tenemos que embarcar. Queda mucho tiempo, llegamos sobre las diez, pero que le vamos a hacer, ¿pasear? Una de las cosas que si íbamos a hacer era desayunar, así que nos dirigimos hacia nuestra puerta que seguro que allí hay algún bareto para tomar un café.

Nada más salir de la zona de facturación, cuando todavía nos quedaban unos quince o veinte minutos andando hasta llegar a nuestra puerta, apareció un cochecito eléctrico, como los de los campos de golf, aunque sin techo y un poco más largo. Iba pitando para que se apartase la gente, cuando se para a nuestro lado y el conductor nos pregunta qué adonde vamos. Se lo decimos y nos invita a montar. Nos montamos con la sorpresa todavía en el cuerpo de ver un carrito de este tipo en medio de un pasillo de un aeropuerto.

Fue un rally muy divertido, iba a toda castaña por los pasillos, pitando a todo quisqui que se cruzaba en su camino. Lo que iba a ser un paseo de veinte minutos se transformó en apenas tres o cuatro minutejos. Llegamos a nuestro destino con los pelos despeinados por completo. Le dimos unos dolarcillos de propina al conductor, nos dio las gracias y volvió a toda leche hacia el otro lado de la terminal. Nosotros a los nuestro, a desayunar y a esperar el embarque.

Después de dar un par de vueltas por la zona nos sentamos al lado de nuestra puerta, justo enfrente de un Starbucks, donde terminamos desayunando.

La espera y el aburrimiento hacían que cundiera la desesperación.

Te levantas para ver los paneles informativos.

Te sientas.

Te vuelves a levantar a mirar el escaparate del Starbucks.

Otra vez a sentarte.

El culo se vuelve cuadrado de estar sentado.

Te acuerdas que hay un quiosco cerca y vas a leer los periódicos aunque no entiendas ni papa de inglés.

Después de contar los tubos fluorescentes te vuelves a tu asiento.

Sonríes al tipo que se acaba de sentar a tu lado.

Te cagas en toda su generación porque no se ha duchado hoy y huele a rata muerta.

Rezas para que no vaya en el mismo vuelo que nosotros.

Te pones a hacer fotos por las ventanas al personal del aeropuerto.

Un empleado del aeropuerto con pinta de pakistaní te pide amablemente que deje de hacer fotos por motivos de seguridad.

Cagándome en todo lo que se menea me vuelvo a sentar, evitando al señor apestoso.

Así podría seguir hasta rellenar una cantidad indecible de páginas, por lo que lo mejor será que siga con el relato.

Por fin llega el momento de embarque. Cogemos los apechusques y nos vamos al avión. Después de pasar por un largo pasillo cubierto llegamos a la altura del avión. ¡Andá, si viajamos en un avión de juguete! No va a pilas, pero poco le falta. Es apenas un poco más grande que un jet privado, no creo que quepamos más de treinta personas.

Una vez dentro del avión, tardamos una media hora en situarnos en la pista para despegar de la cola que hay en el aeropuerto. Lo malo de esta espera es que la cabeza le dio vueltas al incidente que tuvimos al aterrizar al llegar a Nueva York con lo que el cuerpo  se revuelve un poquito.

Sorprendentemente, una vez que despegamos, me quedo torrao en un instante, creo que todavía estábamos ascendiendo. Esto hace que no me acuerde de nada del trayecto, pues me despierto justo cuando noto que el avión empieza a descender para aproximarse al aeropuerto de Buffalo. Los compañeros de viaje me dijeron que las azafatas repartieron gominolas, bebidas y manteca de cacahuete. Al despertarme y para evitar que la cabeza piense en cosas malas, me entretengo en mirar por la ventanilla e intentar localizar distintos lugares, como las propias cataratas. Lo único que logro ver es la ciudad de Buffalo, aparte de mogollón  de carreteras y casas dispersas.

Aterrizamos sin ningún tipo de contratiempo ni problema, como suele ser normal en prácticamente todos los vuelos. Salimos del avión de juguete y nos vamos a recoger las maletas. Mientras estamos esperando, nos damos cuenta que la zona de recogida de equipaje tiene conexión directa con el exterior. Cualquiera de fuera puede llegar y llevarse la maleta que le de la gana sin ningún tipo de problema. Como se nota que es un aeropuerto pequeño y que aquí nunca pasa nada.

¡¡¡JA!!! ¡Eso es lo que tú te crees! Como suele pasar, esperamos unos minutos hasta que empiezan a salir las maletas. Sale una, otra y otra, pero la pequeña de Juanpe y Encarna no termina de salir. A parte de nosotros hay un par de personas también esperando las dichosas maletas, hasta que ya no esperamos más y damos la maleta por perdida, perdón por extraviada. Así que a reclamar toca. ¡Con el desparpajo que tenemos del idioma!

Empiezan a salir palabras malsonantes de la boca de Juanpe. Al rato la toma con el mobiliario del aeropuerto. Intentamos calmarlo, pero no podemos. Cuando se acercan los guardias de seguridad se lía a mamporros con ellos, partiéndole las narices a uno de ellos y el otro seguramente no podrá tener hijos en su vida debido al golpe que recibió en la entrepierna. Volvemos a intentar calmarlo, pero casi me da con una papelera. Al rato llega una patrulla de policía y hasta aquí llegó su enfado, enseguida lo calmaron con descargas eléctricas. Una vez se le encendía un ojo y otra vez salía fuego de la nariz.

Vaya un rollazo que os he metido. No pasó nada salvo el cabreo lógico de la situación. Uno está tan feliz porque piensa que estas cosas solo le ocurren a los demás, y ¡zas! un día te ocurre a ti, y ese día fue este. Pero a nosotros no nos había pasado nada en comparación con un oriental que llegó en nuestro vuelo, a este le habían perdido las dos maletas que llevaba. Le habían dejado compuesto y sin ropa.

Nos metimos en la mini oficina de reclamaciones y objetos perdidos de la compañía aérea y empezamos a pedir la maleta. Lo primero que hacemos es saber si hay alguien que sepa castellano. Nadie. Una vez que sales de NY, ya no sabe nadie castellano. Como podemos, entre Encarna y yo, vamos poniendo las cosas más o menos claras, y nos enteramos que la maleta va en dirección a San Francisco. Nos aseguran que mañana por la tarde estará aquí, en el aeropuerto.

A todo esto sin comer, pero, en fin, como no tenemos otra opción tenemos que apañarnos con lo que nos dicen y esperar a mañana. Antes de salir, cogemos todos los códigos, teléfonos y páginas web necesarias para preguntar por el paradero de nuestra maleta.

Por suerte o casualidad, Juanpe y Encarna habían dividido la ropa entre las dos maletas, con lo que no tuvieron necesidad de comprarse ningún tipo de prenda o material de higiene. Menos mal que no nos pasó a nosotros porque si nos pierden la maleta de la ropa, lo único que podíamos hacer es vestirnos con el trípode y con camisetas. No llevábamos nada más en una de ellas.

Salimos y cruzamos la calle de los taxis en dirección a las agencias de alquiler de coches. Teníamos reservado un monovolumen en Europcar durante los dos días que íbamos a estar allí. Esperamos un ratito haciendo cola hasta que nos toca. De los dos dependientes nos va a tocar el más espabilado en cuanto a tratamiento de turistas. Persona de color y con cierto amaneramiento, con toneladas de pintura negra en su cabeza. No tinte, no, pintura. Si en el aeropuerto algún día hace falta pintura negra pueden bajar a los stand de Europcar y pedirle cuarto y mitad a este hombre, que les dejará sin ningún tipo de problema.

Poco a poco la cosa se complicaba, por la cosa del idioma. Lo que yo creo que debería haber sido es: entregar el carné de conducir, la tarjeta de pago y aclarar el precio en caso de coger algún extra.

Pero no fue así. Estuvimos así como una hora para poder entendernos con él, y menos mal que apareció un puertorriqueño, nunca le estaremos lo bastante agradecidos, que hizo que se aligerara un poco la cosa. Mientras que el dependiente se aclaraba, charlamos con el muchacho, de cuyo nombre no logro acordarme, de lo que nos había pasado y que estábamos allí en plan turista. El nos comentó que llegaba ese día porque empezaba la universidad con una beca en la Universidad de Buffalo.

Al final todo se aclaró y nos fuimos a por el coche, pero hubo una situación que no logro entender todavía en la tramitación del alquiler del coche. Resulta que yo iba a ser el único conductor del vehículo, y como tal debía enseñar el carné de conducir y, por ser extranjero, el pasaporte. Hasta aquí todo normal. Pero al ir a pagar, lo hicimos con una tarjeta que hicimos con el fondo común, pero que debía llevar solo un nombre en el frontal, como en todas las tarjetas. Y aquí está lo curioso. La tarjeta estaba a nombre de Juanpe y eso es lo que no le cuadró al personaje que había detrás de la barra que se quedó muy extrañado que pagara otra persona distinta al conductor. Debido a esto, Juanpe tuvo que enseñarle el pasaporte y el susodicho personajillo nos dijo que lo tenía que poner como conductor adicional porque sino podíamos tener problemas si nos paraba la policía o no se que chorradas, lo que hizo, además, que subiera unos 6 dólares la tarifa, más o menos.

Una gilipollez enorme. Que tendrá que ver si alguien me quiere pagar el alquiler del coche y yo soy el conductor. Si voy con mi hijo y le pago el coche, ¿he de ir con el libro de familia para no tener problemas? Solo caben dos posibilidades:

1, que el tío nos tomara por panolis y nos engañara en seis dólares, que además no irían a el, sino a la compañía de alquiler.

Ó 2, que no se enterara de nada y nos montó el pitoste sin saber lo que hacía.

Yo opto por esta opción. Más que nada porque en San Francisco alquilamos otro coche y no tuvimos ningún problema a la hora de pagar con esa misma tarjeta ni nada. Todo fue infinitamente más rápido que en Buffalo.

Cogimos el coche, por primera vez conducía un coche automático (en cuanto pueda cambiar mi coche lo haré por uno automático), y salimos del aeropuerto. Fue fácil, solo había que seguir las indicaciones que nos mandaban a Niágara. El viaje fue tranquilo, solo había que estar atento a las indicaciones y no pasar de 65 millas por hora para no tener sorpresas con la policía de allá. En el trayecto se oyó por primera vez una de la frases más oídas de las vacaciones: “que acierto haber alquilado el coche”, y también se oyó otra que también se iba a oír mucho, sobre todo, cuando íbamos en coche: “cuidado”. Al cabo de unos 25 km estábamos en la frontera canadiense.

Aquí es donde el idioma podía complicarnos la existencia. Debíamos pasar la frontera, pues habíamos alquilado el apartamento en el lado canadiense. Nos situamos en una de las filas y esperamos nuestro turno. Cuando llega el momento teníamos preparados los pasaportes y los cinco sentidos alerta para entender las preguntas del guarda de aduanas.

Nos hace las preguntas típicas de si vamos a estar mucho tiempo, donde se van a hospedar, etc.., además de pedirnos los pasaportes para sellarlos. La cosa fue más simple de lo que me esperaba, incluso le pedimos información de donde estaba la calle Drummond, que era la calle donde se encuentran los apartamentos, y después de las indicaciones seguimos para adelante. Ya estamos en Canadá.

Al par de minutos estamos en nuestra calle y debemos ir despacio para ver donde están los apartamentos. Aún así nos salimos del pueblo y tenemos que preguntar a un paisano del lugar que salía en ese momento de su casa. Nos dice que nos hemos pasado unos 500 metros.

Le damos las gracias y volvemos sobre nuestros pasos. Unos segundos después llegamos al bloque de apartamentos, que se están situados a unos 500 metros en línea recta de las cataratas. Se llaman Executive Rental Network. Aunque tienen su propia página web, nosotros lo alquilamos a través de la página web de alquiler de apartamentos http://www.homeaway.com. Entramos al aparcamiento previo y a continuación seguimos las indicaciones que nos dio el propietario. Primero una contraseña para acceder al interior del edificio y luego, en la primera planta, a la izquierda y al fondo del pasillo, está nuestro apartamento por dos noches. El mismo se encuentra abierto, como ya nos lo habían dicho.

Alucinamos con el apartamento. Tiene dos habitaciones, bueno una de tamaño normal con dos camas, y otra macro habitación con dos camas de matrimonio de la talla XXL. El salón es relativamente pequeño, pero con el mobiliario totalmente nuevo, ¡incluso tenía una pantalla plana! Y la cocina, como la de todos los apartamentos, americana. Pero tenía lavadora y ¡¡secadora!! Está claro que las aprovecharemos. Todo esto por 125 € la noche. Una ganga. Le recomiendo a todo el que quiera ir a Niágara, ya sea para ver las cataratas o la zona que vaya a estos apartamentos. Están muy bien.

Colocamos las cosas, y entonces descubrimos la posible causa de la pérdida de la maleta de mis compañeros. En nuestra maleta pequeña encontramos un papel de la oficina de aduanas, en inglés y castellano, en el que decía que la maleta había sido abierta por seguridad. Así que suponemos que la otra maleta también habrá sido registrada, pero a la hora de devolverla a los distribuidores del aeropuerto, no les habrá dado tiempo de ponerla en el avión y la nuestra si. Lo curioso es que nuestra maleta estaba cerrada con candados (no eran una maravilla, más bien una mierdecilla) y esta gente abrió los candados, sin forzarlos, y los volvieron a colocar. Además la ropa estaba totalmente ordenada, tal y como nosotros la habíamos colocado. Por lo menos son pulcros y ordenados los de aduanas del JFK.

Nos acicalamos y nos vamos a ver la hermosura. Todavía no habíamos comido, pero preferimos acercarnos a ver las cataratas antes de cenar. Bajamos con el coche y conforme descendemos por una de las calles vemos la catarata “pequeña”. La boca se nos va abriendo poco a poco. Llegamos al cruce con la calle que va paralela al río y después de hacer el stop torcemos a la derecha y terminamos de quedarnos boquiabiertos. No vemos las cataratas en su totalidad, pero la catarata grande despide una cantidad enorme de finas gotas de agua, como si fuera lluvia, pero de abajo hacia arriba.

Damos una vuelta con el coche y nos vamos en busca del papeo. Terminamos cerca del Hilton, haciendo merienda-cena en el Wolfgang Puck. Nos tomamos una hamburguesa tremenda, la mejor que nos tomamos en todo el viaje. Por supuesto, regado con unas cervezas, ellos, y una coca-cola, yo, que ahora hay que conducir.

Una vez terminada la manduca nos vamos paseando a ver los chorrillos de agua. Por el camino Juanpe se compra una sudadera, pues hace rasquilla. En esto aprovecho para cambiar monedillas estadounidenses por canadienses, aunque salga perdiendo en el cambio.

Llegamos al paseo y vemos el espectáculo de agua y luz que han montado los de conservación de las cataratas o quién hayan sido. Para colmo del placer visual, sale la luna llena y se coloca a huevo para hacerle fotos con una de las cataratas.

Recorremos el paseo de arriba a abajo disfrutando de la fresca noche hasta que nos llega el cansancio y nos vamos al apartamento.

Una vez allí decidimos utilizar solo la habitación de las dos camas de matrimonio, cada matrimonio en cada cama, por supuesto. Después de ver un poco la tele llega la hora de dormir y toca apagar la luz. ¿Dónde puñetas está el interruptor? Damos mil vueltas al salón, tanto Juanpe como yo, hasta que, por fin, lo encuentra Juanpe. Resulta que el que hizo el apartamento solo pensó en poner un interruptor en lugar de dos, uno en cada lado del salón, y para colmo, al comprar la pantalla plana y querer colgarla en la pared se lucieron, aún más, porque taparon el único interruptor que hay en la habitación. Por lo menos dejaron el espacio suficiente para meter la mano y apagar la luz.

Hala, ya podemos planchar la orejilla.

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Solo fotos del partido del que disfrutamos, que ya era hora que lo hicieramos.

Antes de nada, guardar un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Haití.

En este partido, Delininkaitis estuvo muy activo pero un tanto desacertado, al contrario que sus compañeros.

En estas tres siguientes instantáneas se muestra una dejada de Scepanovic que fue anulada por pasos.

La primera parte terminó con un 57-27 que nos dejó sorprendidísimos a todos los que estabamos viendo el partido. A poco que hiciéramos en la segunda parte nos llevábamos el encuentro.

Aquí tenemos al que “cariñosamente” se le llama “el farlopas”, por la reputación que obtuvo el año pasado por estos lares.

El fuenlabreño Fitch fue el mejor de su equipo, pero sus 26 puntos sirvieron de poco al equipo madrileño.

El trío arbitral que pasó desapercibido totalmente. Buen síntoma.

Zona de animación.

Este año las chicas están siendo lo mejor del club, salvo en este partido que el magnífico juego del equipo hizo olvidar las penas por unos días.

Este días salieron como antiguamente, con pompones, aunque luego no hicieron ningún numerito con ellos.

Esto es todo por hoy.

Perdón por el retraso.

Hasta pronto.

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