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Archive for 19 marzo 2017

Mañana del tercer día en Italia.

Levantar a nueve personas todos los días cuesta un poco, sobre todo, los críos que no tienen mucha gana de salir. Han encontrado el ordenador con internet de la casa y prefieren estar delante de la pantalla que salir y conocer Roma. Supongo que cambiarán sus prioridades más adelante, cuando sean más mayores.

Una vez que estamos arregladillos nos  vamos a recorrer la ciudad. Hoy nos vamos a rezar, digo a ver el Vaticano. Hemos tenido que madrugar más de la cuenta, ya que teníamos una hora específica para entrar a los Museos Vaticanos. A las nueve de la mañana, para evitar colas y también terminar más pronto para ver más de la pequeña ciudad del Vaticano, o de lo que te dejan ver, claro.

Con lo que sobre las ocho de la mañana salimos de la casa en dirección a los museos. El único que se ha quedado en el apartamento ha sido Peter, no le apetecía ver nada de arte. Luego quedaríamos con él a la salida del museo. Teníamos dos kilómetros hasta llegar a la puerta, que está situada en la parte de atrás del Vaticano, por lo menos desde donde nosotros salíamos, y lo íbamos a hacer andandico ya que nos pillaba cerca de la casa, además si esperábamos a que llegara un autobús que nos acercara, seguramente tardaríamos más esperándolo que cogiendo el caminico.

Había muy poca cola, pero como llevábamos las entradas pilladas no tuvimos que hacerla, así que pasamos directamente.

Una vez dentro, como en todo gran museo elegimos las zonas claves (para nosotros) y así no darnos el palizón de correr y recorrer todo el museo. No es como el British, o el Louvre, o el MET, pero es bastante grande y hemos de elegir donde y que ver. Principalmente será Grecia, Roma, Egipto y la Capilla Sixtina, el resto lo que nos apetezca.

Sin embargo, se puede decir, que en este museo si quitas la Capilla Sixtina se convierte en un museo, más bien, “pobre”. No quiero desmerecer el valor de que allí hay, pero no hay una colección verdaderamente grande como para destacar o igualar a los grandes museos del mundo.

Como ocurre en todos los lugares, es la iglesia la que más obras de arte tiene, con mayor o menos calidad, empezando por los propios edificios. En este caso, el Vaticano ha logrado, con el paso de los años, ya sea por donación, requisación o comprando, un tremendo patrimonio que ha ido instalando dentro del museo.

Aunque el patrimonio cultural empieza en tiempos inmemoriables, es a partir del siglo XVIII cuando se instaura el museo, llamado Pio-Clementino, en honor a ambos papas que lo instauraron. Después, a lo largo de los años, distintos papas fueron ampliando el museo (Estrusco, Egipcio, etc.)

La Capilla Sixtina, aunque pertenece físicamente a los museos, es anterior a estos. Han sido las distintas ampliaciones las que se fueron tragando distintas estacias del Vaticano, entre ellas la Capilla. Lo curioso es siempre he creido que la Capilla fue pintada por Miguel Ángel, pero resulta que este solo fue el que le dio el último retoque, el último gran toque. La Capilla fue mandada hacer, o más bien reestructurar otra Capilla, la Magna, por el papa Sixto IV (de ahí el nombre), y en total participaron nueve pintores en la realización de los frescos.

Sobre al una de la tarde, unas cuatro horas después de haber entrado, salimos de los museos por la escalera de caracol más fotografiada del mundo.

Ya fuera, volvemos a recorrer el caminico de vuelta, al lado de la muralla de la ciudad. Habíamos quedado con Peter en la columnata de la plaza de San Pedro, en la calle de la Puerta Angélica. A la sombra de los árboles hicimos un poco de tiempo y de paso descansamos. Tuve que comprar una tarjeta de memoria para la cámara ya que se me había agotado las que llevaba y no las había descargado en disco duro. Tonto de mi, me clavaron como a Jesucristo. Ya no me volverá a pasar más, digo yo.

Decidimos comer por allí aunque al ser zona super turística sabíamos que no iba a salir barato, pero la hora ya de comer encima y las pocas ganas de movernos hizo que recorriéramos la zona buscando restaurante. Al final encontramos en la calle Borgo Pio, una calle alejándote del Vaticano y hacia Roma, la Trattoria Al Passetto. No estuvo mal y, al final, no resultó ser muy caro. Como los días anteriores comimos a base pizzas, principalmente.

Por la tarde tocaba ver el Vaticano en si, es decir, la Basílica, su plaza, la cúpula, la cripta, vamos, todo lo que se pudiera ver o nos apeteciera.

La columnata de la plaza de San Pedro fue realizada por Bernini. Son 284 columnas dóricas formadas de cuatro en cuatro, con 88 pilastras y 140 estatuas encimas de ellas. Si te situas en un punto circular que hay en el suelo, entre el obelisco y las dos fuentes veras como las cuatro filas de columnas se convierten solo en una, las primeras no dejan ver las otras. Es curioso el efecto visual.

Estas columnas de la plaza junto a la basílica me parecen unos brazos saliendo del cuerpo (la basílica) con unas manos con forma cóncava para acoger o proteger a las personas que están y andan entre ellas. Parece una perorata banal lo que acabo de decir, pero es lo que mi mente me deja al ver las mismas. Otros dirán que son una tenazas para agarrar a todo el que pase por ahí y no se pueda escapar de las garras de la iglesia. Y otros dirán que son simplemente unas columnas puestas unas detrás de otras con esa forma, porque fue la idea del arquitecto, sin ningún sentido, sin más. Cada uno que piense lo que le de la gana.

La basílica actual está construida encima de la primera iglesia de San Pedro, mandada construir por Constantino y consagrada por el papa Silvestre I en el año 326 Justo 1300 años después fue inaugurada la nueva iglesia, la actual. Para ello, 120 años antes empezó a construirse, y como pasa en estas macroobras son varios constructores o arquitectos los que meten mano a la misma. El papa contemporáneo se la encargó a Bramante, pero  también se metieron Rafael, Peruzzi, Sangallo y Miguel Ángel. A saber quién más estuvo enfrascado en esta inmensa construcción.

La nave central es la más larga de todas las iglesias, 187 metros. Se hizo así para resalta las procesiones u otros ritos que se hacían en el interior. Debido a su longitud la cúpula no es lo primero que se ve, a pesar que se había planeado de tal forma para que la cúpula de Miguel Ángel fuese lo primero en ver por parte de los creyentes.

Atravesamos la tremenda columnata de mármol travertino de  la fachada y en seguida se vio la grandiosidad del lugar. Alta, ancha, larga, muy adornada. También llena de gente curiosa y devota para ver esta magnífica obra de arquitectura.

Lo primero que te encuentras en la nave central es como un metro, una medición en la cual se compara la longitud de la basílica de San Pedro con otras iglesias del mundo. Está claro que es la vaticana la que sale vencedora.

A la derecha se encuentra la famosa Piedad de Bernini, rodeada de una turba de gente deseosa de verla y fotografiarla (entre los que me encuentro) A lo largo de toda la basílica vamos viendo distintas esculturas, pinturas y ornamentos que nos van dejando maravillados.

Evidentemente es imposible no fijarse en el baldaquino de bronce de la iglesia, uno de los valores incalculables que se le da a esta basílica. Justo debajo de la cúpula está el susodicho baldaquino, y el conjunto hace que el espectador se quede boquiabierto, semejante espectáculo de belleza, arte, arquitectura, lo que quieras decir o escribir no llegará a terminar de describir lo magnífico del lugar.

Durante la visita teníamos que estar muy pendientes de los críos, que no se perdieran, pues en este sitio es muy fácil que se te extravíen con el gentío que había. Es más, en cuanto dejaba de tener vigilado a Alejandro, este desaparecía como por arte de magia, aunque luego estaba tan solo a un par de metros de mi, pero con tres o cuatro personas entre el y yo.

Las maravillas artísticas eran contínuas en la basílica, la grandiosidad que tiene, es tremenda. Estatuas por un lado, tumbas por otro, mosáicos por un lado y mármol por otro. No dejas de estar con la boca abierta, y eso que no entiendo de arte, que si no…

Una hora después salíamos maravillados, extasiados, anonadados. Bueno, no tanto, pero si salimos bastante llenos de belleza y arte.

Todavía no habíamos acabado con el Vaticano. Quedaba subir a lo más alto de la más alta torre, bueno subir a lo alto de la cúpula. Llegado este momento algunas se rajaron, no querían rememorar la larga escalinata que hay subir para llegar al arriba del todo, sobre todo, una vez que dejas el ascensor, cuando la pared se empieza a inclinar y se hace incómodo seguir, incluso mareante. Eso es lo que decían ellas (todas las que se rajaron eran mujeres), que tuvieron una mala experiencia la anterior ocasión que estuvieron en Roma.

Ahora bien, hubo cinco valientes que no nos amedrentaba nada, ni siquiera los chorrocientos escalones que habían hasta llegar arriba. Por ello decidimos quitarnos bastantes subiendo gran parte de la ascensión en ascensor, aunque costara unos eurillos más.

Nos pusimos en la cola pertinente donde estuvimos el rato pertinente. La subida en ascensor fue excitante, sobre todo, desde que se cerraron las puertas hasta que se abrieron. Dicen que tienes la misma sensación en todos los ascensores, la de estar encerrados.

Una vez soltada la tontería, sigamos con la historia. Cuando sales del ascensor llegas a lo que sería el tejado de la basílica. Subes unas pequeñas escaleras y entras a un pasillo que rodea toda la cúpula, en su parte interior, y que esta cerrado con una malla metálica por la cual no cabe ni una bola de papel y así evitar la tentación de lanzar algo a los que están viendo la basílica abajo, y ni que decir tiene que tampoco puede suicidarse nadie, claro.

Aquí se puede apreciar el mosaico del interior de la dome, realizado por un tal Cavaliere d’Alpino. Los que tenemos un poco de vértigo nos produce una sensación de mareo observarlos con  la caída que tiene. Menos mal que está vallada y no hay peligro sino me hubiese resultado un tanto complicado pasar por ese pasillo.

Saliendo del interior de la cúpula, enlazas con otra escalera, esta está entre la cara interna de la dome y la externa, es unidireccional y forma una gran escalera de caracol. Lo incómodo es cuando vas acercándote al punto más alto, el techo se va inclinando y te va haciendo más difícil la subida, incluso, para ciertas personas le puede suponer claustrofóbico. El tramo final, cuando entras en la linterna final, se hace más plácido pues te encuentras en una escalera normal y no estás tan agobiado.

Arriba, no eres el rey del mundo, pero estás en un punto en el que dominas, con la vista, mucho terreno y eso te hace sentir bien. Tienes la misma sensación que cuando subes una montaña o como cuando estuvimos en lo alto del Empire State Building. La sensación de vértigo me desapareció (no se porqué) y lo único que quieres es dar vueltas al pasillo estrecho, aunque tenga que pasar por encima de la gente que se encuentra allí contigo. También tienes que estar pendiente de los niños (que si quiesieron subir), no vayan a hacer alguna tontuna mientra que estamos allí arriba.

Desde empiezas a reconocer los lugares por los que has pasado. Buscas el apartamento (no lo encuentras), ves distintas cúpulas de otras iglesias, el castillo de Sant’Angelo, etc.

Ya era hora de volver con los demás que nos esperaban al pie del obelisco de la plaza. Cuando estábamos ya abajo y salíamos del edificio, vimos por primera vez un guardia de la guardia suiza. No se movía, estaba todo tieso viendo como salía la gente y nadie se pasaba de listo.

Eran las 6’30. Geli, Toñi nos esperaban donde habíamos quedado. Ellas se habían dado un premio en forma de helado mientras que estábamos arriba. Ya habíamos acabado con lo que nos tocaba por ver en el día y ahora teníamos tiempo libre.

Llamamos a Peter y a Ángela para que se reunieran con nosotros en el Coliseo. Es el lugar preferido de Peter. Nosotros, paseando, nos acercamos a una parada de autobús al otro lado del Tíver, en la calle de Vittorio Emanuel II.

Cuando llegamos aquello parecía el mercado de los sábados en la hora punta. ¡Qué gentío! Nos juntamos los que íbamos a pasear o ver el monumento con los que salían del foro romano y del coliseum. Aquello era un ir y venir de gente.

La zona es totalmente peatonal (como tiene que ser) y guarda un suelo totalmente irregular de grandes piedras que son un suplicio para quien vaya con tacones o sandalias finas. Se habrán dado muchas torceduras de tobillo. Pero este suelo va con el entorno y no un suelo moderno.

El coliseum es espectacular, tal vez estaba (y está) un tanto abandonado, o por lo menos no lo cuidado que debería estar una construcción del tamaño e historia como esta. De el ya hablaré en otro momento.

Junto al coliseum está el arco de Constantino, uno de los más importantes de la ciudad, junto al de Tito y el de Septimio Severo. El de Constantino es un arco hecho a retales. Estatuas, frisos, y otros ornamentos fueron cogidos de otros monumentos. El profano como yo, no se da cuenta. Solo cuando se lo lee, o se lo dice un experto en arte es cuando cae del burro y comprende que no es para tanto. Aun así, para mi, es digno de admirar y de ver.

Le fuimos dando la vuelta al coliseum, viendo y haciendo fotos del mismo. Poco a poco iba anocheciendo y nos íbamos cansando, además de ir teniendo gazuza. Llegaba la hora de la cena, y después de pasar bastante tiempo sin catar bocado, era la hora de tomar algo.

Con las mismas nos fuimos para cenar al Pizzarito que hay cerca de la tarta, de la plaza Venecia. No recuerdo si cogimos el autobús o nos fuimos andando. La plaza del coliseum está muy cerca, pero ya a estas horas las piernas responden solo en automático. En fin, no importa, llegamos al restaurante donde nos atizamos unas cervezoides con su correspondiente pizza. Y de allí, nos acercamos al Largo Argentina a pillar el bus y “pa” casa a sobar que ya iba siendo hora.

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Aprovechando un viaje reciente a Roma con los alumnos del instituto, voy a empezar a publicar, en varios post, un viaje anterior que hice hace unos años con la familia y unos amigos a la ciudad eterna.

No me puedo inventar nada nuevo sobre Roma.

El que más o el que menos sabe algo de la vieja ciudad, bien porque ha leído algún libro, publicación o trabajo, o bien porque ha visto alguna película o documental, o bien porque la ha visitado (como mi cuñada que la ha visto ya 4 ó 5 veces)

Simplemente voy a exponer mi experiencia (sobre todo con imágenes) del viaje que realice a la capital de Italia, además de a Pompeya y Florencia (con sus alrededores).

Viajamos en avión de bajo coste, por suerte hay variedad de vuelos a un sitio como Roma. Prácticamente ocupamos el 10% del avión ya que íbamos 9 personas, aunque una de ellas valía por tres (sin acritud, Peter) Conseguimos un apartamento, que estaba de puta madre, para toda la tropa, 6 adultos, 1 semiadulto y 2 bichos, ¡uy!, perdón, niños.

Pasadas las explicaciones/preguntas pertinentes de/a los propietarios, comimos en un restaurante a las espaldas del Vaticano (que no resulto muy allá), compramos viandas y otras cosas y salimos a descubrir, para algunos, y redescubrir, para otros, la ciudad eterna. Tontín, tonteando, se nos hicieron las 8 de la tarde para pillar el autobús al centro, todo esto desde las 11 de la mañana que llegamos al apartamento.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Esa tarde-noche salimos a disfrutar de la ciudad como si no hubiéramos conducido toda la noche y solo hubiésemos dormido un par de horas en el avión.

El autobús fue nuestro amigo durante los nueve días que estuvimos allí y ese primer día no iba a ser menos. Bajamos en Largo Argentina o Largo di Torre Argentina y allí ya nos encontramos con las primeras piedras tiradas por el suelo, rodeadas de un centenar (¡hala!, que exagerao) de gatos.

Resulta que en Torre Argentina hay un refugio para gatos sin hogar, por eso hay una parva de gatos por las ruinas y alrededores.

En el orden histórico, las ruinas son de 4 templos romanos de la época republicana y de un teatro dedicado a Pompeyo. Las ruinas fueron descubiertas a principio de siglo XX al reconstruir Roma después de la Unificación de Italia.

Paseando, paseando, pasamos por delante del Gesú como alma que nos lleva el diábolo para ir a la Piazza, que no pizza, Venezia, donde se ubica, así como quien no quiere la cosa, el Monumento a Víctor Manuel, primer rey de la Italia unificada (no el marido de Ana Belén), también conocido como la tarta o la máquina de escribir (nombre que le pusieron los americanos al entrar a Roma en la II guerra mundial)

Disfrutamos de la tarta hasta que nos jartamos, pero ahora tocaba coger un empacho a base de pizzas en el Pizzarito que hay cerca de Venezia, en una de las calles que salen de la plaza.

Pero, amigo, una vez saciados los apetitos, no precisamente sexuales, aunque placenteros casi por igual, para el postre quedaba lo mejor. La Fontana de Trevi.

Atestada, llena, plagada, ocupada, atiborrada, abarrotada, completa, colmada, henchida de paisanos y alienígenas estaba la plaza donde se ubica la fuentecica. Lo primero que hicimos fue coger el número para poder sentarnos. Por suerte fue más pronto que tarde cuando conseguimos sitio para acoplar la posadera o culo y así extasiarnos de tal maravilla de arte, luz y agua.

De Trevi, ya habrá momento para contar historias y otras zarandajas.

Sin ganas, pero con necesidad, nos volvimos a casa para acoplarnos en el catre, que no cutre, y descansar, pero poco, hasta la mañana siguiente.

Tempranico empezamos a mover a los niños y demás personal y una vez puestos en marcha pillamos, de nuevo, el autobús, esta vez hasta la plaza de la Rovere, osease, más o menos cerca del Vaticano y Sant’Angelo, justo antes de cruzar el Tíber. Desde allí empezaba nuestro gran día. Gran, no por lo magnífico, que también, sino por la paliza que nos íbamos a dar, eso si, pero con gusto, que no hace daño, excepto para los pieses.

Bordeando el río por su margen derecha, la del río, nos acercamos al castillo con el Vaticano mirándonos de lejos. No nos introdujimos en él, no se porque, pero no teníamos mucho filling con el castillo, con lo que lo dejamos, lo de entrar, para un ratito que tuviéramos libre (que ilusos).

Y cruzamos el puente engalanado (que cursi, por Dios) con numerosas estatuas a ambos lados. Ángeles, arcángeles, con todo tipo de instrumentos, y un par de santos o frailes en uno de las puntas del puente.

Entramos en el centro viejo de Roma, o lo que es lo mismo el Campo Marcio (o de Marte). Este fue, en época romana, una zona pantanosa que utilizaban para campamento o entrenamientos militares, además de juegos. Ya cuando el Papa fijó su residencia en el Vaticano, esta zona se quedó como residencial y es lo que ha quedado hasta ahora, con calles estrechas e irregulares, salvo la principal, el Corso Vittorio Emmanuele II, que permanece tal cual desde entonces.

Paseamos por estas callejas y lo primero que vemos es el arco dei Banchi, donde nos encontramos una de las muchas curiosidades de la ciudad, es una de las muchas marcas que hay de hasta donde llegó el Tíber en el siglo XIII, más concretamente en 1277.

Andando y tropezando en los adoquines accedemos a la plazoletilla de la Chiesa Nuova, o Santa Maria della Vallicella. La primera de muchísimas iglesias que hay que ver en Roma. Como casi todas, posee unos techos con unos frescos (nunca los del barrio) o pinturas de tremenda belleza, osease, bonitos.

Una vez visto lo que teníamos que ver, cruzamos la calle de Vittorio dirigiéndonos al otro lado, donde callejeando nos encontramos muchos palacios y detalles de otros tiempos, más bien renacentistas y barrocos. Es en la vía Giulia donde hay más exponentes de dichos palacios.

Todo era paseo y goce del plan urbanístico local, calles estrechas y adoquinadas, mal adoquinadas, en las que una torcedura de tobillo no sería de extrañar, o si vas en coche, una rotura del eje de la transmisión. Sin embargo, no cabe duda que esta antigua zona pantanosa (hablo de la época romana) nos iba a dar muchas satisfacciones, buenos sabores de boca (sobre todo, en cucurucho y de dos sabores)

Así desde esta calle accedemos a la plaza Farnese donde deberíamos ver uno de los tres éxtasis de Bernini que hay en Roma. Pero, ¡chasco!, la iglesia de Santa Brígida está cerrada y a pesar de intentarlo por otra puerta nos dicen que ahora está chiusa y no podemos acceder a ver el interior. Pues nada, contemplamos el palacio Farnese, que actualmente es la embajada francesa. Hay algunos que dicen que es el palacio más importante de Roma y la verdad que te deja maravillado. Además el palacio con la plaza forma uno de los rincones más bonitos de la ciudad. Justo enfrente de la embajada está la de Chipre, pero no hay color con la de Francia.

Poco a poco vamos comprobando que aquí los ninis tuvieron mucha influencia en todo lo que hacían, los Bernini, Borromini, los Mini coches, estos imprescindibles para moverse con soltura por la urbe.

Al lado de esta plaza está una de las plazas más llamativas (aquí es todo llamativo, estrambótico, interesante, impresionante o de antes) El Campo de Fiori o mercado de las flores. En el hay instalado un mercado, tipo mercadillo de cualquier pueblo, con puestos de flores y de fruta u otras cosas.

Bebemos agua, tomamos fruta fresca (que, por cierto, estaba muy buena) en recipientes para turistas al módico precio de cinco euros (un buenísimo atraco).

En el sempiterno callejeo del día nos acercamos, sin darnos cuenta, a la iglesica de Sant’Andrea.Tremenda, suntuosa, las pinturas del techo, como en las anteriores iglesias que hemos visitado son alucinantes, te quedas con la boca abierta, maravillado. La cúpula de la iglesia es la más grande de Roma, después de la del Vaticano.

Desde aquí ya salimos de las callejas y pasamos al bullicio de la calle principal. Volvemos hacia atrás para hacer una ese y poder ver la estatua de Pasquino (la estatua parlante), y de esta a Navona, la piazza Navona.

Un antiguo circo que ahora es un punto neurálgico de la ciudad, donde Borromini y Bernini se emplearon fuerte para ganar el combate de la belleza, construyendo con todas sus fuerzas (valga la redundancia) y defenestrando todo lo que hacía el otro. De todas estas disputas nos queda un muy buen ejemplo. El conjunto de estatuas que rodea el obelisco (Bernini) y que tiene enfrente, bueno, enfrente, enfrente, no está, a un lado del conjunto del obelisco está la iglesia de Sant’Agnese in Agone (Borromini)

Como de la fontana de Trevi, ya habrá tiempo de contar algo sobre la piazza Navona.

Vamos con retraso y la hora de comer nos ha pillado antes de donde deberíamos haber estado. Aprovechando el momento nos resguardamos del calor veraniego que hace. Al salir por el lado norte de la plaza empezamos a buscar restaurante. En realidad ya hemos estado buscando sitio en los restaurantes de Navona, pero no ha habido forma de acercarnos a ellos sin que temblara el bolsillo.

Justo al salir de la plaza, te encuentras en otra más pequeña donde está el palacio Altemps, un palacio privado en el que podemos visitar (pero no lo hacemos) un pequeño museo. Sin más allá que un arte renacentista en su fachada, no tiene más que mirar, salvo que resultó ser una pieza más en el aprendizaje de mi tío. Allí pasó unos años estudiando o preparándose para el sacerdocio en su estancia romana.

Al lado está la calle que va en dirección al palacio de justicia y donde se encuentra nuestro restaurante preferido, la pizzería Zio Ciro. Manda huevos que pasamos por allí unas ochocientas veces y me acabo de acordar del nombre del puñetero restaurante. He tenido que buscar y rebuscar en internet para encontrar el nombre del susodicho.

Con la panza panzuda de pan, tomate y queso, osease, pizza, volvemos a las calles, a seguir pateando Roma. Una vez más entramos en callejas y callejuelas para ir a la Vía del Corso. Nos metemos en patios de casas, paseamos por delante de la iglesia de Sant’Agostino, o por delante de una tienda con una figura de un soldadito en la que hicimos un poco el tonto.

Mientras nuestro cuerpo iba haciendo la digestión llegamos al palacio de Montecitorio, que es el actual palacio de congresos o cámara de los diputados italianos. Justo enfrente hay otro obelisco (el segundo que vemos, hay trece en total en Roma) Continuando nuestro paseo entramos en la plaza Colonna donde está una de las columnas más bonitas de la época romana, la columna de Marco Aurelio. Por desgracia para esta, tiene que competir con la gran famosa, la columna de Trajano, y esto hace que sea una desconocida. Aún así no tiene mucho que envidiar a esta última.

La Columna de Marco Aurelio fue hecha en el 193 d.C. para celebrar la victoria (como casi todo lo que hicieron estos romanos) sobre energúmenos que no querían otra cosa que conquistar la ciudad. En la plaza está el palacio Chigi que es la sede de la oficina del primer ministro.

En uno de los cuatro lados de la plaza, con la vía del Corso por en medio, hay un centro comercial donde paramos un ratico para tomar un cafelico y así despejarnos de la modorra que nos ha provocado la comida.

Tras haber cafeteado un poco, seguimos nuestra visita a Roma en su primera parte. Zigzagueamos entre la gente y las calles y entramos en la plaza de Petra donde en uno de los muros de la Borsa di Roma están adosados 11 columnas de lo que fue un antiguo templo enalteciendo a Adriano.

Gozando de la calidez del sol y de las calles y como si no fuera la cosa con nosotros aparecimos en la plaza de la Rotonda, un punto clave de nuestro primer día. El Panteón de Agripa se encuentra en ese punto. Maravilla arquitectónica de los romanos que sin las tecnologías actuales consiguieron una cúpula de dimensiones exactas, sin defectos.

Fue dedicado a los dioses romanos, y construido por Agripa en el 27 a.C.,  se destruyó por un incendio en el 80 d.C. y reconstruido por completo  por Adriano. Es el primer templo circular que se construyó. Hasta entonces esta forma solo se hacían en las termas.

Está compuesto por un pórtico de 16 columnas y una cella cilíndrica. La cúpula tiene un óculo (o agujero) central de nueve metros que es por donde entra la luz (y la lluvia) e ilumina toda la estancia. El espacio interior lo forma un cilindro que tiene una altura igual al radio de ese cilindro, con lo que en el interior del panteón cabe una esfera completa perfecta, siendo esta cúpula la más grande construida en el mundo, incluso mayor que la del Vaticano.

El templo estaba dedicado a las siete divinidades celestes de la mitología romana: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En la edad media se trasformó en iglesia católica, situación que mantiene en la actualidad, aunque la cantidad de visitantes haga parecer que no sea así. En su interior reposan los cuerpos de Rafael y el rey Víctor Manuel II, entre otros.

Bueno, ya está bien de tanta historia. Volvamos a la plaza.

Y ¡¡joder!! Si es que paseando por la plaza, por el interior del Panteón o simplemente permaneciendo sentados en los escalones de la coqueta fuente del centro de este foro, uno puede entrar en un éxtasis de placer y tranquilidad (a pesar del gentío que hay en agosto en Roma) observando cada detalle del lugar. Las columnas del Panteón, las casicas coloreadas de la plaza, la gente disfrutando de un capuchino en la terrazas de los bares, o la fuente de Della Porta con un pequeño obelisco en el centro de la misma, hacen que uno no quiera seguir caminando y desee permanecer durante largo tiempo en cualquier punto de la Rotonda.

A pesar que queríamos continuar en el sitio, debíamos seguir para poder ver más cosas de Roma, en especial, lo que nos habíamos marcado para este día. Nuestra siguiente parada, la iglesia de Santa María sopra Minerva.

Apenas a 100 metros de la Rotonda, a la espalda del Panteón, se encuentra esta iglesia que se construyó sobre un templo pagano dedicado a Minerva (de ahí “sopra Minerva”) Con la fachada renacentista, sin embargo, tiene el interior gótico y allí está enterrada la patrona de Italia, Santa Catalina de Siena.

En la plazoleta de entrada a la iglesia se encuentra una estatua de Bernini, un elefante con, como no, un obelisco que hace de joroba puntiaguda. Representa la sabiduría y la inteligencia del animal (si ellos lo dicen será cierto)

De aquí nos vamos a ver Il Gesú (ya estuvimos la tarde-noche anterior, pero no pudimos entrar) paseando por la vía del Pie de Mármol y la del Gesú, hasta llegar a la plaza del mismo nombre. Esta iglesia es la sede (y madre) de los jesuitas. Se hizo con una nave más larga para las procesiones fueran más espectaculares. De estilo barroco se utilizaron el mármol, bronce dorado, lapislázuli y otros materiales valiosos en su construcción, echo que hace que sea más impresionante.

A estas alturas del día el cansancio empezaba a molestar más de la cuenta. Para ser el primer día por Roma nos estábamos dando una paliza del 15. Eso si, el cansancio desaparece viendo las maravillas que hay en la ciudad.

El sol empezaba a esconderse cuando salimos del Gesú. Continuamos por la calle de Aracoeli, pasando por el lateral del monumento a Victor Manuel, hasta llegar a la escalinata que subía a la iglesia del mismo nombre que la calle.

Aprovechando las escaleras nos tomamos un descanso (prácticamente nos tomábamos un descanso en cada rincón que nos encontrábamos) Rondaban las 7 de la tarde y la iglesia parecía cerrada con lo que no hicimos ni el amago de darnos la paliza de subir semejante escalinata. Solo una persona se encontró con fuerzas para subir, Juanpe. Desde entonces merece todo nuestro respeto y admiración. Ahora nos dirigimos a él como Señor Don Juanpe.

Durante nuestro kit-kat vimos pasar un “pequeño set” de cine, simulando un paseo en coche por la ciudad. La foto no es de buena calidad, por lo sorpresivo del momento, pero os lo muestro por lo curioso que es todo este tipo de cosas.

Entrábamos en la última etapa de nuestro larguísimo e intensísimo primer día. Ya nos quedaba poco. Bajamos por la calle del Teatro Marcelo y aunque solo nos teníamos que dejar llevar por la inercia y caeríamos, los pies estaban ya molidos y casi no nos podían llevar.

A mitad de camino o de la calle está el teatro de Marcelo, o lo que queda de él. Un teatro del que se conserva, y muy poco, la fachada, pero que en sus buenos tiempos llegó a albergar hasta ¡¡20000 espectadores!! En la actualidad se siguen dando conciertos o actuaciones, pero en un teatro moderno, en su interior. Junto a las ruinas hay tres columnas de lo que fue un templo dedicado a Apolo.

Cuatro foticos más tarde terminamos de descender la calle y llegamos a la zona llamada Forum Boarium y Forum Holitorium, donde en época romana había un par de mercados al aire libre de ganado y verduras.

Justo antes de llegar a la iglesia de Santa María in Cosmedin (donde está la boca de la verdad) hay un pequeño jardín con una fuente y dos templos, uno rectangular y otro circular. El rectangular estaba dedicado a Portunus, el dios de los puertos y el circular es el templo de Vesta, aunque eso es erróneo, según los expertos, pues en realidad estaba dedicado a Hércules Victor, ya que era el dios defensor de los ganaderos. Muchas de las columnas del templo son originales.

Agotados y hambrientos dimos por terminado el día turísitico, pero no el tour restauranteril. A partir de aquí, como no nos habíamos cansado bastante, empezamos a movernos para ir a un restaurante a cenar. Cogimos un autobús en Aracoeli para que nos acercara lo más posible a la plaza de España, pues nos habían dicho que había un buen restaurante allí, sobre todo, por el problema gastrointestinal de Ángela.

Pero después de pillar el bus y de andar unos 500 metros, nos encontramos que no encontramos ningún restaurante por la zona, salvo un McDonald y un par de bocaterías. Como era normal decidimos ir unos al McDonald y Ángela con Geli y Peter tuvieron que cogerse un bocadillo lo más ligero posible.

Mataos de todo el día, con el estrés suplementario de ir detrás y delante de los “+%&ç+&#¬” críos, nos fuimos a casa a descansar que al día siguiente nos esperaban más cosas que ver y descubrir.

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