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Archive for 13 noviembre 2017

Antepenúltimo día de vacaciones.

Hoy toca un “road trip”. Hoy prácticamente (y sin la práctica) íbamos a estar todo el día por ahí. Primero veríamos Pisa, luego nos pasaríamos por San Gimignano, y finalmente acabaríamos en Siena hasta que se acabara el día.

Pero vayamos despacico. Un poco más temprano de lo habitual nos levantamos para así estar cuanto antes en Pisa. En realidad, más que en Pisa, íbamos a estar en la plaza del Duomo, nada más. Aproximadamente, sobre las diez aparcamos la flagoneta en una de las esquinas de la plaza de la catedral, más exactamente, en la puerta Nueva. Por suerte, a esta hora no había “mucha” gente, con lo que pudimos acercarnos sin problemas hacia las tres estructuras que conforman la plaza. El Baptisterio, la Catedral y el Campanario o Torre, como más la conocemos.

A mano derecha según nos acercábamos a la torre habían colocado unos “cuantos” puestecillos de baratijas varias, lo que servía de diablillo para las débiles mujeres (suena machista, pero es que fue así) que caían como moscas en sus stands.

Llegaba la hora de hacer la típica foto sujetando la torre para que no se caiga y así lo hicimos todos, no quedó ninguno del grupo que no se la hiciera. Nos acercábamos a la torre para verla más de cerca, aunque no íbamos a subir porque sencillamente no teníamos pensado subir.

El conjunto románico es el más importante del mundo, o casi, por no hablar de absolutismo. En cambio, nadie conoce el lugar como el sitio de la catedral de Pisa, sino que se conoce por la inclinación de la torre, yo diría que ni siquiera debido a la torre, y si al hecho de que está inclinada. Seguro que si vas preguntando por ahí de qué estilo es la torre, el 90% (me incluyo) no sabría decirnos que es románica. Y si a esas mismas personas les preguntas que qué edificio está al lado, algunas te dirían “¿es que hay algún edificio al lado?” Pero así somos las personas, vamos a los lugares porque nos los recomiendan los amigos o los hemos visto en la tele o en libros, pero no nos preocupamos por saber algo más de esos lugares.

De la torre fuimos rodeando la catedral sin prestarle mucha atención (ya he dicho que fuimos a lo que fuimos porque somos lo que somos), y de ahí al baptisterio, situado frente a la fachada principal de la catedral. Aquí estuvimos un poco más de tiempo, pero solo por la sombra de la catedral que nos cobijaba de la solana que empezaba a caer.

Sobre las doce del mediodía estábamos otra vez metidos en la busoneta. Ahora tocaba ir hacia el interior de la Toscana, a ver el singular pueblecillo de San Gimignano y sus torres. Hasta llegar a nuestro destino pasearíamos por las colinas redondeadas, llenas de vides bañadas por el cálido sol, unidas a la tierra por sus centenarios troncos creciendo para convertirse en caldos exquisitos listos para degustar en una buena mesa acompañado de un buen queso curado y en compañía de buenos amigos con los que disfrutar de dichos manjares.

80 kilómetros y hora y media después, y tras esta palabrería melancólica, llegamos al pueblecito. Unos kilómetros antes de llegar se puede ver el skyline del pueblo con sus torres mirando al cielo. Una postal preciosa.

Una vez conseguido aparcamiento en las afueras del casco viejo nos dirigimos a otearlo. Con la tardanza del trayecto se nos hizo la hora de comer y conforme nos adentrábamos en el pueblo íbamos mirando donde zampar.

Entramos por la puerta de San Giovanni y empezamos a recorrer las medievales y peatonales callejuelas de San Gimignano. Ascendemos por la calle cuyo nombre coincide con el de la puerta que anteriormente hemos atravesado, paseando a través de heladerías, museos, hoteles y, sobre todo, tiendas de mercadería turística. A los pocos metros decidimos comer en el restaurante Bel Soggiorno, que pertenece al hotel del mismo nombre.

Tiene muy buena pinta y de precio anda bastante bien para lo que queremos gastarnos. Pero lo mejor está dentro. El local tiene unas vistas acojonantes, digo, alucinantes. El recinto es más o menos cuadrado y tiene una pared, de unos 15 metros de largo totalmente acristalada mirando a la campiña toscana. Aunque cuando entramos ya no tenemos sitio en el ventanal (una lastima), nos colocan en un lugar centrado y ligeramente elevado, con lo que también podemos disfrutar del campo a la vez que tragamos. De comer, más o menos, lo de siempre, los críos pasta y nosotros probamos alguna cosilla local, pero nada demasiado ostentoso ni nada de eso.

 

Bien alimentados y con el sol dándonos de lleno y por todos los lados comenzamos la visita al pueblo de las torres. La verdad es que me pesaban un poco los huesos (mentira, son los kilos, so gordo), una camica me vendría de cine para echar una siestecica. Como no podía ser, fui arrastrado los pies mientras nos movíamos cuesta arriba entre las casas hechas de sillería simulando otros tiempos anteriores hasta llegar a la primera plaza, la Piazza della Cisterna. Antes de llegar a ella ya pasamos por la primera de las torres, la de Cugnanesi (en castellano, del cuñao).

Antes de continuar voy a explicar eso de las torres, eso de que es la ciudad de las torres. San Gimignano es una ciudad medieval fortificada famosa por sus torres altas y finas como espaguetis, llegó a tener más de 70 torres. La construcción de éstas se debe a la competición de a ver quién la tenía más grande (la fortuna, mal pensados) de entre los ricachones del pueblo. El que tenía más dinero la tenía más grande (dime de que presumes y te diré de que careces) A lo mejor algunos querían sustituir algo que no tenían. Ya solo quedan unas 15 erectas y fuertes, el resto se han caído de viejas y ya no se levantarán más.

De la plaza della Cisterna pasamos a la del Duomo y/o Catedral, donde están situado el ayuntamiento y, por supuesto, la catedral y/o duomo. Allí el cansancio hizo que nos sentáramos en la escalinata. Mientras charlábamos de cosas banales, podíamos ver varias de las torres, la Grosa, la Rognosa (que sucia tiene que estar), otra pequeñita al lado de la Rognosa, y a la izquierda una doble. La plaza tiene un encanto encantador, la verdad es que todo el pueblo lo tiene. El haber mantenido ese aire medieval le hace un punto de referencia a la hora de visitar la zona, y al ser todo el centro del pueblo peatonal hace que el paseo por sus calles se haga más placentero.

 

Decidimos levantar el culo y nos metimos por un lateral de la catedral a la plaza Luigi Pecori para luego volver a la plaza principal. Ahí decidimos volver al coche para acercarnos a Siena. La verdad es que estuvimos poco tiempo en San Gimignano. Es una localidad que merece echarle más tiempo, pasear por cada rincón, subir a alguna torre (maldita sea la hora que no lo hicimos) para ver todo el paraje circundante, y sentarte a tomar un capuchino o helado en cualquiera de las terrazas diseminadas por sus calles. En otro viaje habrá que subir a una de las torres, como mínimo.

Al llegar a Siena el problema fue el aparcamiento más que otra cosa, tardamos un rato en encontrar un hueco grande para la fulgo. Eso si, cuando lo encontramos tocaba disfrutar de una ciudad pequeña, pero encantadora. La falta de tiempo, y el abotargamiento que llevábamos, hizo que estuviéramos más tiempo en la plaza del Campo, donde se celebra la famosa carrera de caballos, el Palio, que en otro lugar de la ciudad.

Sentados en una terracita, tomándonos unos heladitos y unos cafeses, pasamos el tiempo viendo la torre del palacio comunal de la ciudad, torre muy similar a la de la signoria de Florencia. La gente iba y venía por la plaza. Turistas o paisanos que descansaban en la plaza o que iban de un sitio a otro trabajando. Tras el descansito, me levanté y me moví por la plaza en forma de semicírculo o abanico para hacer foticos a todo lo que se movía o estuviera inerte. De un frente a otro, o de una parte a la de enfrente, de aquí a allí y de acá a allá. Principalmente le hice fotos a la cabeza que preside la plaza, el edificio comunal. A simple vista, si quitásemos la torre, parece un castillo con sus merlones en la parte superior para defender el edificio.

La torre es fina y alta (fue la más alta de Italia en la época en que se hizo, más que la de Florencia) y tiene el nombre de torre de Mangia. Lo curioso de su nombre es de donde viene, no se debe a ningún constructor o personalidad pública, sino a un guardian de la torre que tenía el apodo de “Mangiaguadagni”, que significa que gastaba todo su dinero en comida. Os podéis imaginar como estaba el colega.

Ya al final de la tarde nos acercamos a ver por fuera la catedral, que es muy parecida a todas las grandes iglesias de la zona de la Toscana, aunque esta es gótica, y no románica como la de Pisa. Paseamos por su plaza viendo su fachada (una verdadera joya) y su campanario (este si, con pegotes románicos) hasta que llegó la hora de empezar a recogernos.

Tranquilamente nos dirigimos a recoger el vehículo transportador. Antes de salir cenamos cualquier cosiña. Ya de noche cerrada, cerradísima, llegamos a nuestro hotel, y nos fuimos a la cama bastante cansados de estar todo el día por ahí aperreaos, como diría mi abuela. Mañana sería otro día.

Hasta pronto.

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