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Archive for the ‘Guadalajara’ Category

En las vacaciones de Navidad era el momento de ver como estaban los pantanos de Entrepeñas y de Buendía después de enterarme que tenían una ocupación del 10% aproximadamente, osea, prácticamente vacíos. También era una ocasión de verlos otra vez tras unos 35 o 40 años que no pasaba por esos lugares.

Mi recuerdo era de unos pantanos enormes y casi llenos, y esta vez, aunque me esperaba una imagen más esperpéntica de los mismos por la sequía que atravesamos, resulta que, a pesar de estar casi vacíos, todavía se ven enormes y con “bastante” agua. Ese 10% de agua que tiene el pantano de Buendía supone casi toda el agua que tienen (a 19-1-18) todos los pantanos de la cuenca del Segura.

Antes de llegar a la presa del embalse de Buendía intenté llegar a la Ruta de las Caras en la orilla del mismo pantano, pero no pude. El camino estaba mojado y en alguna parte hasta embarrado de las lluvias del día anterior, así que, antes de que me quedara atrancado en el barro (que por poco no me quedé) decidí dar media vuelta y volver por donde vine para llegar al verdadero destino de mi excursión.

Cuando el sol llevaba una horica fuera, yo estaba en mitad de la presa viendo lo enorme que es el pantano y que aunque le queda agua está a años luz de estar medianamente lleno. Mis cálculos, a ojo de buen cubero, es que la falta de agua hacía que se vieran unos 60 metros (tal vez más) de pared de la presa, muchos metros teniendo en cuenta que la presa tiene una altura de 80.

Con el silencio de acompañante, el sol mirándome directamente a los ojos y el agua debajo de mi, no podía pedir más que la tranquilidad y la paz que me rodeaba. Maravilloso era ver el color azul de cielo y el agua solo separados por una franja marrón y verde de la tierra y los pinares. Los ánades bañándose, los gorriones piando y el silencio solo era roto por el esporádico rugir de algún motor de los paisanos que se dirigían a sus quehaceres.

El Guadiela seguía su camino al fondo de la presa, y paralelo a él un camino de tierra me llamaba para que lo visitara y me guiara por la pequeña hoz del río, para goce y disfrute de mis sentidos. La pequeña hoz, en cambio, se hacía cada vez más ancha, pues a pocos centenares de metros se encontraban con el Tajo y con otra presa formando el pantano de Bolarque.

A estas horas tan tempranas y en invierno por estos lares no estaba ni el Tato, lo que yo agradecí enormemente. Silencio absoluto solo acompañado de los graznidos (no se si se dice así) de las aves circundantes, que por cierto, con tal que avistaban un leve acercamiento salían despavoridas. Naturaleza en movimiento, pero en modo lento. De vez en cuando me deleitaba con el paisaje, parándome en cualquier pequeño recodo o ensenada para hacer alguna foto. A mitad de camino se encuentra un puentecito que cruza a un camino inexistente o que simplemente nos lleva al otro lado, y que seguramente lo usaran los de las poblaciones de los alrededores para lanzarse al agua en el verano, o en otra época estacional.

Más o menos un kilómetro más allá el camino se cortaba al paso de los vehículos. Allí me paré a ver la situación. Podría haber seguido andando hasta llegar a la ermita de la Virgen de los Desamparados que apenas quedaban unos cientos de metros, pero como todavía me quedaba camino que recorrer, preferí continuar (cosa que luego me arrepentí) con dicho trecho para llegar a casa antes de comer.

El siguiente punto era la otra presa cercana, el embalse de Entrepeñas.

Se tarda poco en llegar y su presa está prácticamente pegada al pueblo de Sacedón. Un poco antes de llegar al muro empecé a parar para realizar las primeras fotos del entorno. Y para eso tuve que salirme de la carretera actual a Guadalajara e ir por la antigua carretera. Desde esta, o saliéndose un poco de la misma, hay lugares ideales para hacer foticos, miradores desde los cuales ver como está de seco el pantano.

La sensación que me dio es que este pantano estaba más seco que el de Buendía, que ya es decir. También puede ser por la orografía del terreno. La presa está más encajonada y el inicio del embalse está entre montañas más elevadas con lo que da la impresión de llevar bastante menos agua. Lo que pasa es que este pantano es muy extenso, además de ir ensancharse mucho en su parte central.

Cuando llegas a la presa por su lado sur, a mano izquierda, sale una carretera que actualmente está cortada por desprendimientos, aunque de vez en cuando salían o entraban coches. Pues en esa intersección se encuentra “El Castillejo”, que es lo que sería una área de descanso (que por las pintas de conservación se debió hacer por la misma época que la presa) con un mirador sobresaliendo para ver la presa y la hoz del río Tajo. Da un poco de cague asomarse pues no sabes si su estado de conservación aguantará el peso o si la barandilla cederá. Aún así saco mi cabeza por encima de la baranda y me asomo al vacío para contemplar la combinación de cables eléctricos con los pinos de ambas laderas.

Como soy un curioso (algo me tenía que dejar mi padre en los genes) bajo andando por la carretera cortada a olisquear un poco del porqué de ese corte al tráfico rodado. En una de las curvas me asomo al precipicio de la hoz y veo como se aleja el río para salir a campo abierto unos cienes de metros más adelante. Justo casi cuando se pierde el río a la vista, se ve la figura de lo que parece un puente romano cruzándolo. Está claro que tenía que ir para allá a afotarlo, pero, claro, si no podía bajar por esa carretera tendría que dar un rodeo de 6 kilómetros, y eso no podía ser. Precisamente en ese momento subía un coche, así que lo paro y le pregunto si ha encontrado la razón del corte, a lo que me contesta que no. Con esta respuesta mi decisión estaba clara, bajaría por esa “peligrosa” carretera.

Es un tramo de un kilómetro escaso, pero es precioso. Ligerísimamente sinuoso y metido como una cueva en la roca por la izquierda, con el bosque de pinos y el río en la derecha, va en continuo descenso hasta la ribera del río donde lo cruza por el puente romano.

El puente viejo, antiguo o viejuno, como vosotros queráis llamarlo, está en un enclave bucólico, el río avanza manso, entre chopos y otras especies de árboles y al llegar al puente el paisaje se abre y apenas hay unos pocos árboles. Romano no es, pero si se construyó con el diseño de aquella época. Hay datos escritos que confirman que ya estaba en pie en 1361. El puente sufrió varias guerras en sus piedras, la de Sucesión, la de la Independencia y la Carlista.

Un dato curioso que se dio en este lugar fue el cambio de significado de “empecinado”. El militar apodado “Empecinado” luchó en este puente en un corto espacio de tiempo contra los franceses y contra los absolutistas, ganando en ambas batallas. Ese empeño hizo que se cambiara el significado de la palabra de “sucio y poco cuidado” a “empeñarse en conseguir algo”. Y ahora diréis ¿y porque antes era “sucio y poco cuidado”? Y ahora os lo diré: el Empecinado es oriundo de Castrillo de Duero a los que se les decía empecinados por un cieno que existe en la zona que se le llama pecina, y por lo que se ve, en Castrillo de Duero iban continuamente sucios por ese cieno. Y hasta aquí el dato curioso de hoy.

Da su cosilla cruzarlo con el coche pues no sabes realmente como está de bien conservado. Es estrecho, no cabe más que un coche y que no sea muy ancho, por supuesto, una caravana no creo que quepa o entraría muy justita.

Cruzando el puente, a mano derecha sale un camino que me llama: “ven, adéntrate, asómate, no te arrepentirás” Y yo, como persona obediente que soy, me adentro. Me dirijo río arriba hacia la presa. Y, bueno,… no me arrepentí, pero tampoco es que hubiera algo destacable de ver. Na, con las mismas, me di la vuelta y seguí mi camino.

Apenas 500 metros más allá del puente me encuentro con unas ruinas a la izquierda. Como buen oliscón que soy, paro y me bajo a ver que hay de interesante, y mira tu por donde resulta que era una estación de tren antigua, la estación de Auñón. Esta estación formaba parte del “Tren de Arganda”, una línea que quería unir Madrid con Teruel y que apenas tuvo 50 años de vida, en cuanto a transporte de pasajeros se refiere, y unas decenas de años más como transporte de mercancías. Esta estación se cerró en 1949. Paseando por ella todavía se puede ver lo que sería la zona de los andenes y las vías. Muy curioso.

Ahora si, sin interrupciones, tocaba ir a la tercera presa del día, al embalse de Bolarque. Precisamente este embalse es anterior en el tiempo a los anteriores, valga de repetición. Se hizo a principios de siglo XX en la desembocadura del Guadiela con el Tajo, y comparado con los otros dos embalses, este es un escupitajo en medio del monte, apenas sería un 4% del tamaño del de Entrepeñas y un 2% del de Buendía, osea que es solo un 1% del agua embalsada entre los tres si los tres estuvieran al 100% de su capacidad. Eso si, al contrario que los otros dos, este es el único que puede desembalsar agua, estaba al 100%, o bien poquito le faltaba.

Aquí si que se respira tranquilidad, pues para llegar a la presa hay que venir aposta, no hay circulación y salvo una pareja de la Guardia Civil y tres personas más, olisconas como yo, sin contar con los trabajadores (que no se les veía), aquí solo se oía a la naturaleza en pleno ebullición, es decir, unos cuantos pajarillos cantando y la brisa moviendo los pinos circundantes. Osea, una maravilla, aunque suene un poco raro, ya que hay una presa de hormigón entre los pinares.

Me recorrí toda la presa, por suerte no había vallas que me cortaran el paso, ni ninguna persona que me detuviera. Esta presa fue la que se eligió como cabecera del trasvase Tajo-Segura. Desde aquí se empieza a trasvasar agua para las tierras mediterráneas y que tanta polémica suscita, tanto si se trasvasa agua, como si no se hace. Para ello construyeron dos tubos que suben el agua a un embalse cercano más pequeño, y desde allí ya va encauzada hacia el sureste de España.

Una vez que me paseé por toda la zona llegó la hora de volver a casa. Si me daba prisa llegaría a comer, así que para allá que me fui.

Y esto es todo en el día de los pantanos.

Hasta pronto.

 

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