Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Nueva York’ Category

The last day in NY.

El último día en NY. Y no se porque pero me pareció el día más…, como decirlo, más soso.

Madrugamos como siempre. Desayunamos como casi siempre, en el European café.

Lo primero que hacemos es volver a B&H para ver si tienen la Nintendo DS y el iphone y aprovechar el cambio euro-dólar. Pero no tienen ninguno de los dos, así que nos vamos a nuestras cositas, ver los villages, Soho, Chinatown,… No se lo que nos dará tiempo de ver, lo que sí queremos es terminar en el Flatiron.

Bajamos callejeando y nos introducimos en el Greenwich Village. Sin rumbo fijo vamos paseando por el Nueva York de casa pequeñas, con escaleras exteriores de servicios, con tiendas pequeñas de barrio. En la zona no tenemos prefijado ver algo en especial. En una de esas calles, la que va a parar al lado oeste de Washington Square Park, está la casa de la creadora de “Mujercitas”. No es que tenga un interés especial, la casa no se puede visitar, pero siempre viene bien saber cositas, además es en esta zona, los alrededores de WSP, donde se hospedaban a finales del XIX y principios del XX muchos escritores y artistas. Aún hoy en día siguen haciéndolo, Nicole Kidman o Willem Defoe poseen casas en la zona.

Llegamos a Washington Square Park donde está el Washington Arch. Un arco de triunfo que no es gran cosa, pero que para los seguidores de la serie Friends tiene algo especial, por lo menos para mí, cuando la veía me preguntaba donde estaba el arquito. Pues por fin iba a verlo, y ¡zas!, chasco al canto. La mitad del parque está en obras, entre ellas el arco y no se puede ver más que a través de alambradas y con escombros de por medio. Una pena.

Sin embargo, aprovechamos el parque para descansar un rato en un banquito de la zona que no está empantanada de polvo y basura.

Momentos después tomamos camino al Soho y Chinatown bajando por la calle Laguardia, que cambia el nombre por el de West Broadway en el siguiente cruce. ¡Qué arrepentido estoy de bajar por esta calle! La cosa empieza bien, pues había algunas tiendecillas pequeñas y alguna que otra galería de arte. Pero más abajo empezó, como decirlo, como contarlo, empezó el acabose.

Paseábamos por la acera de la izquierda, según nuestra dirección, cuando en la acera de enfrente se divisa una tienda de DKNY. Pues hala, para allá que vamos. Paso dentro y busco un asiento mientras los demás miran que comprar. Salimos de la tienda y no habíamos salido del todo cuando enfrente se encuentra Ralph Lauren. A cruzar se ha dicho. Esta vez me quedo fuera. Personalmente no disfruto yendo de compras, salvo que sea necesario, pero por otra parte, con el chasco que tuvimos el día del outlet, comprendo que se aproveche cualquier momento para poder hacer alguna que otra compra, y más con el punto tan favorable que teníamos con el cambio monetario. Esto nos retrasaba, pero bueno, tampoco se puede hacer lo que uno quiere cuando se va en grupo, si no coges y te vas solo, así harías lo que te diese la gana.

Fue salir de Ralph Lauren y ver en la acera de enfrente la tienda de Tommy. Fue en este momento cuando, en lugar de esperar en la puerta, los que no ibamos a entrar decidimos esperar a los que sí, en un pub que vimos en la esquina de la calle Broome con West Broadway, el Kenn’s Broome street Bar. Siempre íbamos a estar mejor tomando una cerveza que en la puerta.

A pesar de tanta tienda, solo hubo suerte con un bolso en DKNY. No hubo suerte.

Si la hubo cuando llegaron al pub-bar-restaurante los compradores compulsivos y decidimos comer allí mismo. El sitio era un lugar coqueto, pequeño con apenas diez mesas, unas cinco en la sección del bar, muy pequeño para comer, simplemente servía para estar sentado mientras que te tomas un café o un refresco. Todas estaban pegadas a una gran cristalera que tenía pintados el nombre del bar. Un poco más al interior, en una pequeña salita, había otras cuatro o cinco mesas, estas más grandes en las que podías sentarte más cómodamente, pero sin pasarse. En la pared del fondo tenían escrito con tiza el menú que tenían.

Es la primera vez que hacíamos la comida tirando de carta, normalmente habíamos comido en buffets o en locales de comida rápida, pero hoy nos encontramos con esto y ya no buscamos más. De todas formas era una calle en la que no abundaban los bares y restaurantes con lo que nos vino bien quedarnos allí. En cuanto a la comida, según me apuntan, fue una comida típica de aquí, hamburguesa con todas las salsas habidas y por haber. Además nos pusieron, más bien pedimos, unos nachos para abrir boca. Todo esto dulcificado a base de coca-colas y cervezas, varias cervezas. No estuvo mal, eso si, tengo es un buen recuerdo del sitio.

Terminamos y sin tiempo para descansar, seguimos la marcha. Continuamos hacia el sur por la misma calle, la West Broadway, hacia Chinatown. Cuando llegamos a Canal street todo cambió radicalmente. Del lujo y el arte, a la aglomeración, la falsificación y la chabacanería. Fue cruzar a la acera sur y tener que andar rigurosamente saliéndote a la calzada, mientras mucha gente te ofrecía sus productos en la calle, pero no te los ofrecían como en el mercado “mire, señor que reloj tan bonito”, no, te ofrecían sus productos casi a escondidas y, sobre todo, nombrando la marca que ellos te vendían “Louis Vuiton”, “Rolex, Rolex”, etc. Si picabas, entonces es cuando te enseñaban la mercancía, casi como de droga se tratase. Sobra decir que todo era falso como la falsa monea.

La calle estaba repleta de bazares y tiendas que te venden desde tiritas a tecnología punta (es un decir). Y esto es lo que vimos de Chinatown. Si había más calles, que seguro que las hay, no nos apeteció meternos pensando que iba a ser igual. Seguramente no lo sea pero viendo la cutrería en Canal street preferimos dirigirnos a Little Italy.

Dicho y hecho, en una calle de cuyo nombre no puedo acordarme nos fuimos hacia el norte y llegamos a Little Italy. Es una calle con bastante animación con transeúntes que van y vienen. Está llena de pizzerías, trattorías y demás restaurantes italianos. Todo indicaba que estábamos en Italia, hasta las bocas de incendios estaban pintadas con los colores de la bandera italiana.

Nos sentamos en una terraza que, qué casualidad, está en la esquina con la calle Broome, hoy todos los bares que visitamos están en esquinas con esa calle. Lo dicho, nos sentamos en una terraza a tomar café, a ver si aquí hacen el capuchino mejor que en el Starbucks. Y efectivamente, el café está bastante mejor.

Justo al lado nuestro, hay un pequeño refrigerador expendedor de helados, que debían estar muy buenos, porque no paraban de vender cucuruchos. Como diría mi cuñada “el sitio tiene salida”.

Mientras que nos tomamos el café, disfrutamos de la calle, de la gente, del panorama.

Terminado nuestro tentempié nos vamos hacia la cuarta avenida y así llegar a Union Square. El camino se nos hace largo. Pasamos por calles y callejuelas que no tienen ningún atractivo turístico, salvo el social de ver como es otra zona de Nueva York.

Llegamos a Union por la esquina sureste y lo primero que me llama la atención es la tienda de Virgin, enorme como la de Times Square. Por lo demás Union Square me defraudó un poco, simplemente es un parque, eso si, multitudinario. Estaba el parque plagado de gente, me imagino que aprovechando las últimas horas del fin de semana.

Cruzamos el parque y continuamos por Broadway para terminar el día viendo el edificio plancha, es decir, el Flatiron. Mira que es delgadico el edificio, incluso en la parte de atrás. Pero es original, teniendo en cuenta que aquí solo hay edificios de planta cuadrada y a cada cual más alto, ver un edificio de forma triangular y que en su esquina más delgada apenas cabe una ventana hace de este edificio uno de los más originales del mundo. Curiosamente, a pesar que no es muy alto, durante un tiempo fue el más alto de Nueva York y que la gente pensó que no resistiría al viento y que este lo derribaría.

Estuvimos pululando por los alrededores, aunque no entramos en el parque Madison. Estamos tan cansados que nos hacemos las fotos sentados, con el Flatiron detrás.

Aquí terminamos la ruta turística de hoy. Ahora  toca, como no, ir de compras a Macy’s, otra vez, a ver si terminamos las compras de regalitos para la familia. Yo no me estoy quieto y al final pico también comprándome una camiseta Nike.

Cansados, como todos los días, volvemos arrastrando el culo y con las compras de última hora nos vamos a cenar. Esta vez ya habíamos decidido donde íbamos a ir, el restaurante Swing 46. Está en la calle 46, nuestra calle, y tiene música de jazz en directo.

Al entrar te encuentras en la zona del bar. Una larga barra con tres o cuatro mesas en la pared de enfrente, separadas de la barra por un par de metros de pasillo. Al final del bar se encuentra una amplia sala con unas veinte mesas que rodean una pista de baile y la zona de orquesta y cantante. Nosotros nos colocamos en la zona del bar, que disfrutábamos de la música, pero que podíamos charlar sin tener que levantar mucho la voz.

Lo primero y primordial son las cervezas. Que gusto da no tener que conducir y poder tomar las cervezas sin tener ninguna cortapisa, ¡qué buenas estaban! ¿eh, Juanpe?

Esta noche nos gustaron los mejillones, pero sobre todo, la ensalada Cesar, fue la mejor de las que hemos ido probando en todo Nueva York.

La última cena en la ciudad y nos ha sentado genial. Mi pie derecho no decía lo mismo, me temía una ampolla, o como poco una herida cojonera que no me dejara disfrutar de los siguientes días. Por suerte al final no fue nada, ni siquiera una rozadura, solo un simple dolorcillo de tanto andar estos días.

Esta noche no podíamos perder el tiempo, al día siguiente partíamos hacia Buffalo y aún teníamos que hacer las maletas. Así que eso es lo que hicimos, al terminar de cenar cogimos nuestros bártulos y nos fuimos al apartamento.

Nueva York se terminó. Se acabó lo que se daba. Nos llevamos un recuerdo estupendo de la ciudad y de su gente, amable como pocas. Aunque la ciudad no era santo de mi devoción, reconozco que me ha encantado, he disfrutado cada metro cuadrado de los que he visto, y me ha sorprendido muy gratamente. Me imaginaba una ciudad masificada, sucia, desordenada que no caótica, y lo que me encontré fue todo lo contrario, salvo lo de la masificación.

Cierto que he hablado de Nueva York como si la hubiese visto entera, pero en realidad solo he pisado Manhattan, con lo que queda para un posterior viaje el ver el resto de los barrios de la ciudad.

La semana ha sido intensa, no hemos parado ni un momento, no hemos tenido problemas gordos, todo lo que  nos ha pasado lo hemos solucionado sin ningún tipo de problemas. Aunque ha habido ligeras variaciones en el planning prácticamente se ha seguido a raja tabla, con cansancio, pero con ilusión. Pese a que no tengo pensado volver en un corto espacio de tiempo, espero tener la salud suficiente, y dinero, para poder volver a visitar la ciudad que nunca duerme.

Anuncios

Read Full Post »

Sexto día de viaje.

Y otra vez nos levantamos a las siete. Nos arreglamos y nos vamos a desayunar a Times Square, como casi siempre. Terminado el mismo, nos acercamos al centro de información para echar un vistazo a Internet. La verdad que tanto tiempo sin estar delante de un ordenador da un pelín de mono, parece una tontería, pero estas acostumbrado a colocarte delante de la pantalla, casi inconscientemente, que cuando llevas un tiempo sin conectarte, lo echas de menos.

Cada uno mira lo que quiere. Yo le echo un vistazo a mi correo y hay un mensaje del dueño, pidiéndonos que salgamos antes de las 12 de mañana. Le respondo que no hay ningún tipo de problema, que saldremos bastante antes, pues tenemos que estar en el JFK a las 8’30. Además del correo miro el googlemaps y me apunto el itinerario de pasado mañana cuando cojamos el coche de alquiler en el aeropuerto de Buffalo para ir a Niagara.

Terminado todo, nos vamos al metro y ponemos dirección al MET. Salimos en la 86, donde nos damos cuenta que la calle paralela a Central Park East está plagada de chiringuitos de comida rápida. Y nosotros ayer comiendo mostaza y ketchup. Que pena.

Al salir del metro me pasa una cosa que no me suele ocurrir muy a menudo, por no decir que nunca. Me encontré desorientado, no sabía por donde debía ir. Por suerte se pasó pronto, na, apenas unos segundos, y pasados estos seguimos hacia el parque, en dirección al MET, como habíamos decidido el día anterior.

Habíamos salido dos avenidas al este, o como dicen allí “two bocas hacia el east”. Fuimos paseando por una de las zonas VIP de Nueva York, cada portal tiene su toldo que invade la acera con el número en el frontis y, a veces, también el nombre del edificio. Las calles muy limpias y muy poco transitadas, al no haber comercios la gente no necesita ir por esas calles, o van de paso como nosotros, o viven en la zona.

Llegamos a Central Park East y bajamos hasta llegar al museo. En la puerta, mucha gente que iba a entrar. La hora, la verdad es que no era muy temprana, las once de la mañana, madrugar, no habíamos madrugado, para llegar acá. En la acera un saxofonista afroamericano intentando agradar a la gente que pasaba y así hacer que la dieran unos dólares para poder vivir.

Dicen que el MET es el mayor museo de occidente, incluso más que el Louvre o el British. No se si será verdad, solo puedo compararlo con el parisino, pero a mi me parece muy grande.

Entramos por debajo de la columnata y lo primero que pasamos es la zona de seguridad. Nos miran los bolsos, mariconas, etc. A mi me llevan aparte, para abrir la mochila de la cámara. Le echan un vistazo y no encuentran nada raro, pero por motivos de seguridad, durante mi estancia en el museo debo llevar la mochila en el pecho o en la mano.

Nos arrejuntamos otra vez y vamos a las taquillas. Como ya teníamos la experiencia del día de ayer, hoy no nos da tanta vergüenza hacer una donación de cinco dólares por los cuatro. Como entrada nos dan una chapita que tenemos que ir enseñando por cada sala que entramos o cada vez que nos lo pida uno de seguridad o del museo. Es curioso porque el museo no tiene una entrada como la tienen otros. Las taquillas están dentro del edificio puedes ir a una u otra sala, salir de esta y pasar a otra pasando por el hall y las taquillas. Llevando la chapita todo va bien.

El plan para ver el museo pasa principalmente por Grecia, Roma y Egipto, para después ver alguna cosa que nos pille por el camino, es decir, apenas un 10% del museo, si llega.

A mi parece un museo como otro cualquiera de este estilo que tiene cosas imprescindibles de ver, pero que la mayoría es lo mismo que hay en otros museos pero con otro nombre, época y autor. Prefiero otro tipo de museo, como el que vimos ayer, que ves cosas diferentes. Eso si, no se pierde nada con ir a ver estos sitios, porque es cultura y siempre puedes aprender o ver algo nuevo.

Empezamos el tour por la antigua Grecia. Toñi va a alucinando de pieza en pieza, pero es que da gusto ver cascos, monedas, esculturas, mosaicos, cada una más bonita y atrayente que la anterior. Después de unas salas en Grecia pasamos a Roma con más piezas aún, sobre todo, esculturas con sus brazos rotos y todo.

Casi al acabar con Roma, de una de las salas se abría otra exposición, una exposición temporal que no tenía nada que ver con la época. Una exposición de trajes de héroes de comics y personajes de ficción, desde Spiderman hasta el bicho de Species. Era el único lugar del museo donde no se podían hacer fotos, una putada, aún así alguna salió de mi cámara. La exposición es corta y se termina pronto. Volvemos a Roma y de ahí, cruzando el hall, nos vamos a Egipto, donde la que flipa es Encanni, aunque los demás también. De la multitud de piezas me quedo con el templo de Dendur. Personalmente quedaría mejor al aire libre, sobre todo, en Central Park, pero me imagino que podrá más el pensamiento de seguridad y de tener un control de la gente que accede a él que cualquier otro pensamiento, como el que la gente pueda disfrutar del templo sin ningún tipo de cortapisa, salvo el de la responsabilidad ciudadana.

Después de terminar la tremenda sección de Egipto pasamos a ver la colección de armas y armaduras donde se pueden contemplar multitud de armas desde la edad media al lejano oeste pasando por el país del sol naciente.

Como el hambre azuzaba ya, decidimos comer en cualquier baretico del museo, pero al enterarnos que en la terraza del museo había uno, nos subimos allí, a comer al solecico. Al ir hacia ella pasábamos por una sala rectangular repleta de estatuas acojonantes, así que nos entretuvimos un rato más antes de comer, merecía la pena.

Subimos a la terraza y nos ponemos en la cola del tenderete, porque en realidad ni era restaurante, ni bar, ni nada de nada, era un mostrador de comida rápida en el que encima nos clavaron vilmente por un bocadillo y una cerveza. Lo único salvable es que teníamos unas vistas excepcionales de Central Park y del Midtown y el West side. Además también tenía “arte”. Había una especie de mampara de cristal semitransparente y con colorines formando una figura que se asemejaba a algo parecido a Cobi, la mascota de la olimpiada de Barcelona, y dos figuras más de unos tres metros de altura que parecían figuras que hacen los payasos con los globos, una era un corazón rojo chillón y otra un perro amarillo.

Llevábamos tres horas y media y los maridos estábamos ya hasta el moño del museo. Al bajar del ático nos dirigimos hacia la salida viendo arte moderno. Una vez en la salida, las mujeres, que no tienen hartura, se quedan en la tienda del museo, a ver si pillan algo. Derrochadoras. Nosotros nos vamos a Central Park y las esperamos en el obelisco egipcio que hay justo detrás del MET. Lo que no nos esperábamos es que tuviéramos que esperar, valga la redundancia, otra hora más a que llegaran las chicas, claro que tal vez hubiesen llegado antes si no se hubiesen perdido al intentar salir de la tienda y del museo. De todas formas son cosas que le suelen pasar a las mujeres.

Los chicos nos vamos a Cleopatra’s Leedle, el obelisco de 20 metros de altura que Egipto regaló a USA en 1885. Este sería un buen lugar para ubicar el templo de Dendur, que tiene el MET en su interior, justo al lado del obelisco. Nos sentamos en los bancos de alrededor, donde Roque hace su aparición y llama a Juanpe que no tarda en quedarse ídem.

Mientras Juanpe disfruta con la marmota, yo lo hago con el torito, nombre que se le da al objetivo 70-200 de Sigma en el ámbito fotográfico, haciendo fotos a la gente que está disfrutando del día soleado en The Great Lawn, una extensión muy grande de césped, limpia de árboles donde hay varios campos de béisbol, y donde además puedes ver a gente tumbada al sol, con sus perros paseándolos o jugando con ellos, tirándose el frisby o el balón de rugby, en fin, haciendo infinidad de cosas.

Cuando empecé a leer y escribir en el foro de Nueva York, recomendaban no ir a Central Park en fin de semana. ¡No! Es precisamente en fin de semana cuando se ha de ir, es cuando el parque esta en plena ebullición, cuando se ve a los neoyorquinos disfrutar del parque y cuando realmente tiene vida y se ve para qué fue realizado.

Central Park fue concebido a mediados del siglo XIX y terminado a finales del mismo. Tiene 341 hectáreas, 60 más de las que inicialmente fueron proyectadas. Aunque muchos conocen o han visto prácticamente Central Park, ya sea por televisión o lecturas o en persona, pero hay un detalle que no es muy conocido y que, por supuesto, yo tampoco lo conocía, y es que el parque tiene 18 puertas originales y cada una de ellas tiene nombre, aunque en solo tres de ellas (inventores, navegantes e ingenieros) aparecen escritos en las mismas. Nosotros no miramos, ni buscamos las puertas, pero la próxima vez que vayamos ya lo haremos. Una de las normas que pusieron en el reglamento del parque fue que no se podían organizar picnics, ni actividades en grupo. Quién lo ha visto y quién lo ve. Es precisamente todo lo contrario a estas prohibiciones lo que le da vida y es lo que hace que apetezca ir allí.

Bueno, mientras las mujeres seguían en el MET, de vez en cuando me pasaba por el banco para ver como seguía la siesta de Juanpe, y no podía seguir mejor. ¡Qué carita de ángel! Se nota que está descansando, ¡angelico!

¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! Me quedaría allí toda la eternidad, viendo pasar la gente, tomando el sol, sin hacer nada de nada, salvo lo fisiológicamente posible. A pesar de la cantidad de gente que había no te da la sensación de agobio, sino todo lo contrario.

Por fin llegan ellas y Juanpe ha dejado de ser un lindo lirón. Tras ver los regalitos que han comprado empezamos la visita de Central Park, en realidad, la media visita pues solo vamos a ver la mitad sur del parque. Vamos hacia el oeste para ver el castillo Belvedere situado en un pequeño montículo con el Turtle Pond debajo del mismo. Creo que el castillo funciona como observatorio de aves o algo parecido. Del castillo nos dirigimos en dirección sureste, hacia el Consevatory center. En el camino vamos atravesando rincones preciosos, viendo a la gente realizar distintas actividades. Si viviera en Nueva York haría todo lo que estuviera a mi alcance para pasar el mayor tiempo posible en este lugar, ya fuese con amigos o solo, haciendo deporte o paseando. Está claro que este es uno de los puntos que más me han dejado huella del viaje, y eso que no lo hemos visto en su totalidad.

Encontramos la estatua de Alicia en el país de las maravillas, que está junto al lago del Consevatory, lago en el que se juntan los aficionados al radio control de barcos. La estatua está plagada de niños. Niños por encima de Alicia, niños rodeándola, niños encima de las setas, niños por debajo de las setas, niños por doquier, y en medio, más niños. Pero llegamos nosotros y empezamos a hacernos un hueco, lo más grande posible, entre tanto niño.

Tras las oportunas fotos paseamos alrededor del lago. Este es el lago de la película, entre otras, “Stuart little”. Paseamos por el lado derecho, hacia la estatua de Hans Christian Andersen, famoso en Copenhague por su tortilla de espárragos. Allí nos sentamos a descansar y disfrutar del lago y sus barcos teledirigidos. Cuando estábamos sentados apareció una ardilla que, a pesar que se acercaba mucho no lo hacía lo suficiente para cazarla, llevárnosla y meterla en la olla para el cocido del día siguiente. Una lastima.

Cuando estuvimos hartos de descansar, continuamos el camino, esta vez hacia Bethesda. Cruzamos East drive y nos encontramos The lake, uno de los muchos lagos que hay en Central Park, y una cola tremenda para poder alquilar una barca y navegar por el lago. Nosotros continuamos nuestro paseo, no nos atrae eso de darle a los remos, más que nada porque te puedes topar con gente que lleva la barca al revés, o que insista e insista en una dirección aunque se este dando contra otra barca, como así sucedía con algunos supuestos marineros.

Al ratico llegamos a la fuente llamada “Ángeles en el agua”, situada en la plaza de Bethesda. Una fuente preciosa, llena de nenúfares, y también muy fotografiada en multitud de películas. La plaza está casi a rebosar y en un momento estoy a punto de perder a mi peña, todo por culpa de ambas partes, unos porque no se quedaron donde dijeron que se iban a quedar, y por mi parte por las ganas que tengo de olisquear por todos los lados. Por suerte, tras un par de minutos de mirar por todos los lados, consigo ver a Encarna y un poco más tarde a los demás.

Nos movemos por la plaza y vemos a tres o cuatro parejas de novios haciéndose fotos (además de ellos y los padrinos van a salir unas 2000 personas más en ellas).

Cuando estábamos a punto de irnos aparecen dos negros, perdón, dos hombres de color, que empiezan a montar un show. En un principio no nos atrae debido a nuestra escasez de entenderas del idioma, pero poco a poco nos va enganchando y gustando, es más resulta bastante gracioso, casi todo es mímica, saltos y piruetas y las frases que sueltan son sencillas o las entendemos por el contexto, con lo que al final nos acomodamos en una esquina, al igual que otras 200 ó 300 personas más. No todas en la esquina sino rodeándolos, a ver si nos vamos entendiendo. Al final pasamos unos cuarenta minutos muy buenos. Antes de acabar el show pasan el sombrero y entre unas cosas y otras les arreamos unos treinta dólares del ala.

Nos vamos de Bethesda y su fuente bordeando el lago y escuchando el murmullo del show que ha vuelto a empezar. Llegamos al puente Bow. Puente en el que el inmortal Christopher Lambert se cita con otro inmortal amigo suyo. Nos hacemos las fotos pertinentes, permanecemos un rato viendo el lago y los edificios del west side. Bordeamos el lago y disfrutamos de los parajes que nos deja por donde pasamos. Vamos hacia el oeste, hacia Strawberry fields. Cuando llegamos nos encontramos a una romería de fans de John Lennon y como tales están ya entrados en años, que no en carnes. La mayoría tienen pintas de ser hippies y seguidores del cantante pero también hay otros que son turistas como nosotros que vienen a ver el mosaico, con la palabra “imagine” en su interior, que donó el ayuntamiento de Nápoles tras la muerte de John. Para poder ver dicho mosaico casi hay que coger número y da cosa pasar por encima, pues está lleno de flores hasta casi tapar la palabra de la famosa canción del ex-beatle.

Hasta aquí hemos llegado con la visita del parque, el resto de la zona sur ya lo vimos el día anterior. Sólo nos falta la mitad norte que dejamos para la próxima visita de la ciudad. Llegamos al edificio Dakota y nos dirigimos a la boca de metro más cercana. Son las seis y media de la tarde y nos vamos a Times Square para hacer unas compras en la tienda oficial de Levi’s, donde Juanpe disfruta como un enano reventando la tarjeta y Toñi vuelve a fracasar como ZP. De allí a Sephora. De Sephora a buscar el dólar de plata, donde fracasamos estrepitosamente, parece que no vamos a poder encontrarlo por ningún lado.

Llega el momento deseado de la cena y entramos en la discusión de si vamos al apartamento a dejar las compras y arreglarnos, o irnos tal como vamos con las bolsas y trastos. Al final gana la segunda idea. No recuerdo el porque, pero seguro que si hubiésemos ido a la casa ya no hubiésemos salido del cansancio que llevábamos encima.

Con los apechusques nos vamos a cenar al BB King Blues and Grill, a la sala Lucille. El local se encuentra, si el alzheimer me lo permite,  en la calle 44 o en la 42. Tiene dos salas, una para conciertos más a lo grande y la otra, donde cenamos, es un restaurante con una tarima donde toca algún grupo amenizándote la cena. Nosotros entramos en la segunda. Una vez esquivas a dos maromos de seguridad como armarios roperos, bajas unas escaleras y en un pequeño descansillo, donde se encuentra el guardarropa, giras a la izquierda y entras en la sala Lucille.

Entramos y pedimos mesa para cuatro sin saber si iba a haber alguna libre, no habíamos hecho reserva. Por suerte, a pesar de ser sábado, había mesas de sobra. La verdad es que el local es bastante grande. Nos dieron una mesa a la derecha, bajando un par de escalones. Pedimos, pero no acertamos con la cena, me imagino que por la deficiencia idiomática. Yo cené lo que parecía un pollo asado, lo que comieron los demás no lo recuerdo. De todas formas se hizo amena la cena con la música, a pesar de que estaba un pelín alta y casi no dejaba que pudiéramos hablar.

En el local se podía ver todo tipo de gente, gente turista, al lado nuestro había una pareja española, gente muy arreglada que había salido de saturday night, y los tipos de color enjoyados vestidos con traje blanco y que te saludan con el signo de la paz.

La cena nos salió un poco más cara que otros días, 177 dólares, pero no estuvo mal. Le doy al sitio un 7 sobre 10, principalmente por la música en vivo.

Al final las chicas se fueron sin bailar, no porque no quisieran sino por la no adecuación de vestimenta. En fin, son cosas que suelen suceder.

Como colofón a un gran día, volvimos a casa dando un paseo, entre empujones, por Times Square, hay que ver no nos cansaremos de pasar por el “gran camino blanco” las veces que sean gustosamente necesarias. Sería la última vez que veríamos tanta luminaria en este viaje.

Read Full Post »

Como diría Encanni: “madrugando voy, madrugando vengo, vengo”.

Es en el único sitio, de vacaciones, que da gusto levantarse temprano. Da lo mismo la hora ya que vas a disfrutar del día y el lugar. Hoy nos toca la 5ª avenida y los museos, el de historia natural y el MET.

Desayunamos en Times Square, como casi siempre, y nos vamos a ver la famosa avenida. La primera parada la hacemos en la catedral de Saint Patrick. Esta es grandísima, pero al estar rodeada de rascacielos parece más pequeña de lo que en realidad es. Lo malo es que la pillamos en periodo de restauración y está casi cubierta de andamios.

Tras verla por dentro y rezar por nuestros seres queridos, cruzamos la calle para hacernos la foto con el Atlas del Rockefeller Center.

Continuamos por la quinta hacia arriba y vamos cruzando de una acera a otra parando en cada escaparate que nos encontramos. De esta forma llegamos a la tienda de la NBA, pero está cerrada. Son la diez menos diez, faltan diez minutos para abrir, así que seguimos el camino viendo cada edificio y cada tienda, de esta forma llegamos a Tiffany’s. Como yo no tenía mucho interés por entrar, me separé de ellos y volví a la tienda de la NBA y quedamos en la joyería en un rato.

A pesar de haber comprado un par de cosillas y de tener el cambio del dólar a favor, había cosas que no se podían ni tocar.

Acabo con la NBA y vuelvo a Tiffany’s con la esperanza de que sigan dentro. Cuando entro en la joyería empiezo a mirar de un lado a otro para ver donde están y no los encuentro. Empiezo a moverme por dentro con la mirada en todos los lados y nada de nada. Como estos hayan salido a ver donde los encuentro. Llego al fondo de la tienda donde están los ascensores. Bueno, ahora si que la hemos hecho buena. ¿En qué piso estarán? yo que creía que era solo una planta, ahora, ¿a ver qué hago?

— Perdone, ¿quería algo?

¡Coño! un armario empotrao…, digo, un miembro…, digo, un segurata vestido de armani.

— ¿Perdón? – pregunto en un inglés perfecto.

— ¿Qué si quería algo?

Joder y ¿porqué se pensará este que quiero algo? solo porque voy en zapatillas, bermudas, mochila fotográfica y voy mirando a todos los lados como perdido, ¿debo querer algo?

— Busco a mi mujer.

— En la tercera planta.

— ¿Eiin?

— En la tercera planta, señor. – me dice con una sonrisa de pabellón auditivo a pabellón auditivo.

Con tanta seguridad uno no puede negarse, así que me voy a la tercera planta y mira tu por donde, allí encuentro al trío rociero mirando entre tanta joya.

Ahora entiendo el porqué tenía que estar mi peña en esa planta. Resulta que es la planta donde está la plata, y por lo tanto, la planta más asequible para los de a pie. Se ve que los turistas no tenemos acceso a otras joyas. De todas formas no teníamos intención de gastarnos más allá de diez o quince mil euros en Tiffany’s.

Después de un rato viendo tanto brillo, y de poner los dientes largos a las mujeres, y, por supuesto, de adquirir un par de cosillas, salimos a la calle para continuar nuestra ruta.

Un poquito más arriba llegamos a la esquina donde se encuentra el cubo de Apple y la tienda de juguetes FAO Schwartz, enfrente justo del archifilmado hotel Plaza, edificio este que si te lo encuentras en medio del monte, en un temporal de rayos y truenos y de noche, no se te ocurriría entrar ni de cachondeo del aire tétrico que tiene, por lo menos es lo que me parece a mi.

Nos vamos a la juguetería a comprar algunas cosillas para hijos, sobrinos, amigos, etc. Lo primero que hacemos es comprar chuches, bueno, en realidad, las compra Juanpe que es un golosón de cuidado, je, je. Nos movemos por toda la tienda viendo los juguetes conocidos y desconocidos, y seguimos los carteles para llegar al piano que salió en la película “Big”, de Tom Hanks. Encima del piano estaban unos niños aporreando las teclas, con los pies, y en un lado otros niños aguardando cola para hacer lo mismo. Estuvimos en un tris de hacer cola, pero no queríamos dejar en ridículo a las demás personas haciendo una demostración de cómo se toca el piano entre cuatro. Del piano nos fuimos para la salida. Pagamos las tres cosillas que nos llevábamos y nos fuimos al cubo de Apple.

Más que nada entramos por curiosidad de ver la tienda, que por cierto está debajo del cubo, y para preguntar por el iphone, por si nos lo podíamos llevar por el módico precio de 20 dólares más los puntos de promoción. Pero los dependientes se empeñaron en que debíamos hacer un contrato de dos años con AT&T y por ahí no pasábamos, así que nos fuimos.

En los siguientes minutos llegó unos de los momentos que mejor recuerdo me llevé de NY, a mí y creo que puedo decir que también a mis tres acompañantes.

Cruzamos de Apple hasta la entrada de Central Park que hay en esa esquina de la quinta avenida con Central Park South y nos encontramos con un caballero montando a su brioso corcel, aunque en este momento no se movía, pues era una estatua. A su lado una panda de palomas echándose la siesta del borrego, impertérritas ante el bullicio de gente y ruido.

Dejamos East Drive a la derecha y nos metemos por un caminito entre la arboleda. Vamos paseando y disfrutando del paisaje y de lo variopinto de la gente. Bajando empezamos a ver un claro dentro de la espesura, y un poco más allá un lago.

Conforme va extendiéndose la mirada y siguiendo un camino que rodea el lago por la derecha, los ojos van a parar a un puente que hay al final y que al volver la vista poco a poco a un plano más general, te vas quedando con la boca cada vez más abierta con el paisaje que tienes delante. Es la zona llamada The Pond. Un lago con plantas acuáticas en sus orillas, con macizos de flores en muchos puntos, con el camino rodeándolo con bancos mirando en dirección al agua que invitan a sentarse y disfrutar de la vista, o a leer tranquilamente o, simplemente, a meditar.

La gente va de aquí para allá, unos con pausa como nosotros, y otros con más prisa, hacia sus labores. Pero a pesar de que hay bastante gente, sigue dando sensación de tranquilidad y puedes ir  por la cantidad de caminos y vericuetos, o por la hierba, que tiene el sitio sin que te atosigue nadie.

¡Qué maravilla!, ¡qué gozada! da gusto poder disfrutar de esto, de un espectáculo así. Acabamos de entrar en Central Park y ya me ha sorprendido. Supongo que todo no será igual, que habrá puntos más aburridos o sosos, pero con que tenga partes como estas, mañana disfrutaré como un enano.

Me lío a hacer fotos por todos los lados y a todo lo que se menea o está estático. En un momento me tiran una piedra, es un decir, quien dice que te tiran una piedra, es que te llaman amablemente, lo mismo da. Son mis compas que reclaman mi atención para que les haga una foto con el lago y el puente de fondo. Una vez hecha seguimos disfrutando del paseo yendo hacia el puente. Desde la distancia el mismo parecía pequeño pero al ir acercándonos se iba convirtiendo al tamaño que tiene y que nos sorprende. No es el puente de Brooklyn pero no es un puentecito de madera. Se ve bastante robusto, recubierto de piedra y con una barandilla que llega al pecho de una persona con una estatura normal.

Estamos un ratico en el puente gozando de la vista. El lago bajo el puente y delante de nuestra mirada con el césped y árboles a los lados y enfrente, y detrás de todo esto, como mastodontes, los rascacielos de Manhattan, el Midtown.

Nos vamos en diagonal por el parque hacia la calle 66. Pasamos por uno de los múltiples campos de béisbol en los que perdemos un poco el tiempo viendo a la gente jugar. Continuamos y llegamos a la zona del Tavern on the Green, desde donde salimos del parque a Central Park West y subimos la calle hacia el Museo de Historia Natural. Por el camino nos damos cuenta que en esta calle no hay ni un solo local comercial, ni cafetería, tienda, nada. Pasamos por delante de edificios diferentes a los del Midtown. Aquí no hay edificios de cristal y, por supuesto, no son tan altos. No tengo ni idea de arquitectura, ni de arte, pero estos edificios tienen otro estilo, no se explicarme, simplemente me gustan más.

Unos pasos más adelante de nuestra salida del parque nos encontramos con el edificio Dakota, edificio famoso por una desgracia más que por su propio estilo de construcción. Seguramente antes del asesinato de John Lennon el lugar sería un punto de visita, pero desde esa fatídica fecha se le recuerda más por la muerte del ex-beatle que por su belleza. Aún más con la colocación de Strawberry Field como homenaje al cantante, que se ha convertido en un lugar de peregrinación de todos los fans de John Lennon, además de atraer a los turistas.

Llegamos a las dos al Museo de Historia Natural y lo mejor es que antes de entrar deberíamos comer, pero no hay nada a simple vista, así que Encarna y yo nos vamos aún más hacia arriba a ver si encontramos algún baretico de comida rápida, pero nada, no encontramos nada, así que volvemos a la puerta del museo y decidimos comer un par de perritos de unos de los puestos que hay enfrente de la puerta principal del museo. Al día siguiente nos dimos cuenta que en las avenidas de detrás estaban llenos de Starbucks, McDonald’s, y lugares de ese tipo. De todas formas por un día que comiéramos de esta guisa no nos pasaba nada.

Mientras comemos decidimos cambiar el plan que teníamos. En un principio, después de ver el Museo de Historia Natural cruzaríamos Central Park para ver el MET, pero la verdad es que eran las dos de la tarde, no habíamos comido y todavía no habíamos entrado al primer museo, como para ver esta tarde más arte. Así que decidimos dejar el MET para el día siguiente a primera hora y así hoy nos dejaba unas horas para ir de compras a Macy’s y resarcirnos del chasco del día anterior.

Entramos al museo y nos encontramos con un dilema. Pagar la entrada o hacer una donación. O pagar 80 dólares (veinte cada uno, creo recordar que es lo que vale la entrada) o unos dólares por los cuatro. En el foro de Nueva York todos aconsejan hacer una donación. A todos nos daba corte el dar sólo unos cuantos dólares, pero yo estaba por la labor de intentarlo, si luego nos decían que no podía ser, pues pagábamos y punto. Así, con la intención de hacer una donación de cinco dólares por los cuatro, nos acercamos al mostrador y pedimos que nos atienda alguien que sepa español. Nos dirigimos al taquillero y nos explica lo que hay:

— Son 20$ por persona, en total 80$.

— Gracias, pero queremos hacer una donación – esto dicho lleno de nervios y, seguramente, más colorado que un tomate por la vergüenza.

— ¿De cuánto?, por favor.

— De cinco dólares.

— Muy bien, entonces son 85$.

— No, no me ha entendido, sólo quiero hace la donación.

— Pero entonces no pueden pasar al museo.

— No puede ser, si con hacer la donación ya basta para visitar el museo.

— Si claro, y le ponemos una alfombra roja, le damos el almuerzo y le lavamos la ropa. No te digo.

Que no, que no ocurrió así. Vamos a volver a cuando nos acercamos a los mostradores para que nos atienda uno que sepa español. Nos explica lo que cuesta el entrar al museo, y en ese momento, viene lo más cortante. Le digo que queremos hacer una donación de cinco dólares, y, temiendo lo peor, nos dice que no hay problema. Nos extiende los tickets, le doy los cinco pavos y nos salimos de la fila sin ningún tipo de problema, pero con la sensación de haber cometido un delito.

Todavía con los nervios en el cuerpo, empezamos a disfrutar del lugar, comenzando con el tremendo dinosaurio que hay en el hall, creo que es un diplodocus. Lo que está claro es que no es el tiranosauro rex de la película de Ben Stiller, “Una noche en el museo”.

Al ser el museo muy grande decidimos ver solo algunas partes. Nos metemos en la zona marina, allí está todo muy bien montado con múltiples escenas de ese mundo, con mogollón de animalejos puestos en las paredes, o colgados del techo. Entramos en una gran sala donde nos sorprende una ballena azul a tamaño real, aunque no se si es realmente real o irreal, es decir, disecada o de cartón-piedra, pero, eso si, es tremenda de grande. Además la sala la han amenizado con sonido de los gritos o chillidos que da la ballena con lo que le da al lugar un tono relajante, a pesar del gentío que había en ese momento.

De esta sala pasamos a buscar a los dinosaurios, las múltiples salas con esqueletos de dinosaurios. Hasta que llegamos allí vamos pasando por otras salas con escenas de animales americanos, osos grizzlies, alces o bisontes. Ya dentro de la grandísima sección de los dinosaurios, nos sorprendemos de la cantidad de esqueletos o fósiles que hay, y de cómo están montados, algunos de los cuales necesitan prácticamente una sala para ellos solos.

Por donde pasábamos hacía fotos, alguna típica, como ponerse delante de una cabeza con cuernos y que parezca que eres tu el que los tiene, lo que nos hace que nos echemos una risas de vez en cuando.

Tras hora y media con esqueletos, nos paramos a tomar un refrigerio antes de seguir hacia otro punto. Terminamos la visita viendo un tótem de la isla de Pascua, pasando antes por una sección de animales africanos.

Tres horas después salimos del museo con una muy buena sensación, nos ha encantado, pero con tan poco tiempo que te quedas con ganas de quedarte allí y de ver muchas más cosas. Se necesitan varios días para poder verlo todo, así tenemos otra excusa para volver a Nueva York.

Cogemos el metro a la salida del museo y nos bajamos en la 34 con Penn Station, y de allí andandico a Macy’s. Al llegar, lo primero que hacemos es ir a por el vale descuento que hacen a todos los extranjeros, un 11%, creo recordar. Preguntamos donde teníamos que ir y nos mandaron a las oficinas. Allí con el pasaporte en la mano nos dieron una tarjeta válida para un cierto tiempo, no se si un mes, y que nos descontaban ese 11% en todo menos en cosmética y joyería.

Con la tarjeta descuento en nuestro poder solo faltaba comenzar a rayar la tarjeta y eso es lo que hicimos uno vez y otra vez y otra vez…

Personalmente me llevé dos Levi’s por 50 euros los dos y alguna camiseta. Los demás otras cosillas.

Nos tuvieron que echar del centro comercial, es un decir, y ya fuera, ahora tocaba buscar restaurante. ¡Buff! Con lo cansados que estábamos, ahora ponte a buscar sitio para picar algo. Lo que teníamos claro es que no nos apetecía un sitio de comida rápida, y más después de haber comido la comida más rápida que hay, perritos calientes.

El caso es que nos vamos para arriba por la novena, charlando sobre lo que hemos hecho en el día, mirando a ver si nos encontramos con algún restaurante en condiciones. Queríamos uno como el de la noche anterior, un sitio en el que estemos alrededor de una mesa, y que no nos atosigue la gente que va con prisa entrando y saliendo. Vamos, un restaurante como los que hay en España, como Dios manda.

Parece que vamos a acabar en la calle 46 cuando al pasar por la esquina de la 44 vemos el restaurante Marseille, oteamos como es, nos gusta y nos metemos dentro.

¡Tremenda decisión! ¡Magnífica decisión! Es el mejor restaurante del viaje en el que hemos comido y de los que vamos a comer, y eso que hay en San Francisco alguno que nos gustará, pero esa historia ya vendrá.

Al entrar te llama la atención la luz tan tenue que hay, a pesar de venir de fuera, que es noche cerrada, el ojo se tiene que acostumbrar a la poca luz que tiene el local. Luego, una vez dentro si se ve bien, se ve lo que comes y a las demás personas del restaurante, una vez que la retina se acostumbra a la luz existente.

Lo que si logro ver, y muy bien, es a la maître que nos atiende al entrar, está de muy buen ver, je, je. Nos sentamos en una mesa y empezamos a leer la carta, y como apenas entendemos algo, pedimos al camarero que nos atiende si hay alguien en el local que sepa castellano, y al rato aparece un argentino que nos explica de qué va cada plato.

En ese momento ya sabía lo que iba a pedir. Me apetecía pescado y me pedí una “tuna steak”. ¡¡Joder, que bueno!! ¡el atún está impresionante, delicioso! En general, toda la cena estuvo genial, no se si sería el hambre o las ganas que teníamos de comer algo en condiciones, pero nos sentó todo divinamente.

La cena nos salió por 150$, propina incluida, que al cambio nos salió a unos 25 euros por cabeza. La calidad-precio creo que estuvo más que bien. Le doy una nota de un nueve, porque la perfección no existe, para el restaurante Marseille.

Terminada la cena, volvemos a casa riéndonos de las tonterías que vamos diciendo hasta que casi le da algo a Encarna. Se nota que nos ha sentado genial la cena.

Read Full Post »

Este fue el primer día sin jet-lag, eso sí, nadie nos libró del madrugón, que por otra parte no nos importaba, ya que queríamos disfrutar del día.

Fue un día de contrastes, de cosas buenas y de cosas malas, y de esa forma voy a explicarme.

Bueno.

Después de arreglarnos y echarnos un agüilla al ojo para despejarnos salimos en dirección a Port Authotity. Hoy nos vamos de comparas al outlet Woodbury Commons. Pero antes desayunamos en el European Café que sorprendentemente tienen tostadas, a parte de lo normal que tiene cualquier otro sitio. Como todo no podía ser perfecto, no tenían mermelada ni mantequilla para untar, te servían la tostada con la mantequilla ya untada, pero para hacerla con ella en la plancha.

Malo.

Durante el trayecto al desayuno, Toñi debió pisar mal y le empezó a doler el talón, así que después de desayunar nos fuimos en busca de una farmacia o parafarmacia para comprar una venda. Nos dijeron que en el Duane vendían vendas, y para allá que fuimos. La verdad que me sorprendió la tienda, parece un todo a cien porque tiene de todo pero a precios normales. Si necesitas algo en el Duane lo encontrarás, además estas tiendas las hay por todas partes. Al principio como  no necesitas nada no te das cuenta de que existen, pero una vez que las has utilizado las ves por todos los lados.

Bueno.

Llegamos a la terminal de autobuses donde buscamos la taquilla o ventanilla de venta del billete. Se encuentran en el primer piso, pero antes preguntamos en la cabina de información y nos encontramos con uno de los pocos cardos borriqueros que hay en NY. Con una apatía y desidia total nos dijo donde se encontraban las taquillas. Antes de subir Juanpe y yo miramos en el quiosco la prensa para ver si hay algún periódico español y así enterarnos de lo que pasa por el mundo y, sobre todo, de las olimpiadas. Pero no hay nada, como mucho periódicos mejicanos que no nos solucionan nada.

Accedemos a la primera planta, compramos los billetes (40 dólares cada billete, si alguien es audaz le sale mejor alquilar un coche por un día), nos montamos en el bus y nos vamos de compras.

Después de una hora de viaje, y tras echarme un rosquete, llegamos al outlet. Lo primero que hay que hacer es buscar la oficina de información para preguntar todo lo necesario, además con el billete nos dan un taco con vales de descuento en algunas tiendas y según lo que compres. Por supuesto cogemos un plano y planificamos como nos vamos a mover por allí.

La primera impresión que tenemos del centro comercial es muy buena. Es como si fuera un pueblo, las tiendas están en casicas bajas que se extienden a lo largo de distintas calles adoquinadas, con maceteros y pequeños jardines pegados a las casa, lo que hace que para acceder a las tiendas tengas que atravesar un caminito. Vamos, como en las típicas casas americanas. La disposición de las casas es como si fuera un lazo, las lazadas que forman un ocho y los cordones que caen desde la unión de las lazadas, además hay otra sección de tiendas que está situado fuera del mismo, al otro lado de un aparcamiento.

Empezamos el “paseo” por la derecha, conforme sales de información y empezamos a entrar en una y en otra y en otra y en otra tienda. Esto puede ser una ruina. Eso hace que cambiemos el plan y que a partir de ese momento solo entremos a las tiendas para ver y que más adelante volvamos a comprar lo que más nos guste o necesitemos. Y  también por el tipo de tienda y el gusto de unos y de otras hace que nos separemos, pero que estemos en contacto a través del teléfono.

Malo.

Nos separamos y empezamos a ver cada pareja sus cosicas. Pero pasado un tiempo, los maridos fuimos en busca de las mujeres y no las encontramos, nos lanzamos a localizarlas a través del maravilloso mundo de la electrónica, es decir, el móvil. Nosotros tan confiados y ¡zas! el móvil no encuentra cobertura, no funciona o no se que cojones le pasaba. El caso es que estábamos oficialmente no encontrados.

Digo bien, no encontrados, porque en realidad, perdidos no estábamos, simplemente no localizábamos a las mujeres. Si, nosotros no las habíamos encontrado porque ellas habían cambiado el rumbo establecido, sin darse cuenta, y seguían felices cuales mariposas revoloteando de flor en flor, en este caso, cuales compradoras compulsivas saltando de tienda en tienda.

Bueno.

A pesar de este contratiempo, decidimos seguir nuestra ruta, de nada sirve ponerse nerviosos, quedaba todavía mucho día y, seguramente estarían en alguna tienda de más adelante.

Continuando el itinerario, nos metimos en Converse, tienda magnífica donde las haya, donde adquiero unos muy buenos utensilios para la indumentaria cotidiana.

Malo.

Mientras tanto, Juanpe está con el móvil en la mano llamando a su mujer cada tres minutos y cabreándose, también cada tres minutos, porque no encuentra la cobertura, o se le ha ido la conexión, o alguna zarandaja relativa con el teléfono.

“No lo entiendo”, “cagüen la leche”, “estoy por mandar a la mierda el móvil”. Estaba nerviosito perdido. Yo, en cambio, no me preocupaba, sabía que las chicas estarían comprando tranquilamente y que ya aparecerían en algún momento, solo cuando llegase la hora de irse me preocuparía si no han aparecido.

Nos sentamos en un banco, al lado de un puesto de coca colas para que no nos faltara líquido mientras esperábamos. Allí estuvimos de cháchara, sin conexión de móvil, por si aparecían las niñas.

Se acercaba la hora de comer y estas no aparecían, así que ideamos un plan que haría que diéramos con ellas… o no. Estábamos cerca de la zona de restaurantes con lo que solo teníamos que separarnos, ¡qué peligro!, entrar en el lugar uno por cada puerta y así las atraparíamos en el centro mientras se estaban zampando alguna ensalada y/o similar. Así lo hicimos, Juanpe se fue por la derecha y yo por la izquierda. Anduve 50 metros rodeando tiendas, torcí a la izquierda y me topé con la puerta de la zona de comer. Me introduje, cual ratón, en el antro entre olores a mostaza, hamburguesa, y pollo al curry. Las tripas me empezaron a crujir como si no hubiese comido en días, pero me olvidé de mi estómago y avancé entre la gente con los ojos bien abiertos para localizar a las presas, nuestras mujeres, y también para que no se me escapara mi compañero de búsqueda. ¡Estupendo! El lugar no era muy grande, zigzagueo por entre la gente y las mesas mirando cada movimiento extraño, escrutando cada mirada y/o cuerpo y de esta manera alcancé la puerta contraria a la que entré.

¡Coño! ¡¿Dónde está Juanpe?! No solo habían desaparecido las dos chicas, sino que ahora también nosotros nos habíamos dejado de ver. Doy tropecientas vueltas al local y nada de nada. Salgo, entro, vuelvo a entrar, vuelvo a salir, doy la vuelta y voy al banco, donde todo empezó, tampoco está.

Bueno.

Al cabo de un tiempo y de unos cuantos viajes a los restaurantes, aparece Juanpe junto al banco. Resulta que no se había metido a la zona de la manduca, había seguido recto y se había ido a la otra punta del outlet. Así podía estar yo, dando vueltas al lugar, no lo hubiese encontrado ni en dos vidas juntas.

Bueno, una vez juntos, entramos de nuevo y decidimos comer, no merece la pena estresarse, ya aparecerán, además se piensa mejor con un bocata de medio metro en la panza. Lo que pasa es que Juanpe no se encuentra con fuerzas para comer, así decido comer por los dos, me zampo un wrap de no se que narices y una Pepsi que me sientan de cojones.

Malo.

A pesar del reencuentro masculino, Juanpe sigue nervioso por el desencuentro con la parte femenina, y eso a pesar de que le doy ánimos diciéndole que ahora somos hombres libres y que podemos hacer lo que queramos. No, creo que eso no fue lo que le dije, creo que simplemente le animé diciéndole que seguro que ellas están bien disfrutando de la compras.

Sobre las dos de la tarde, y una vez terminada la comilona, el cielo empieza a cubrirse y al poco tiempo comienza a caer un tormentón de muy señor mío. Dura unos ¾ de hora. Mientras llueve nos protegemos metiéndonos, otra vez, en la zona de comidas, pero sólo para guarecernos del agua, pues Juanpe no tiene pizca de ganas de comer.

Peor.

Es esas estábamos cuando, como en cualquier tormenta eléctrica que se precie, se va la luz. En un momento que parecía que iba a parar de llover, salimos en busca de lo más preciado, y decidimos ir por la calle en la que está Tommy y otras marcas en las que será más probable que estuvieran.

Vamos de chaflán en chaflán y pasando a algunas tiendas,  de las que se mantenían abiertas, para ver si estaban por allí, resguardándose de la lluvia. Pasamos enfrente de Tommy pero como ha vuelto a caer con fuerza, nos quedamos en el otro lado de la calle, total ya habrá tiempo de cruzar y pasar al otro lado de la misma. Situación que no se dio porque volvimos por otra calle hasta llegar, otra vez, al local de los restaurantes.

Bueno.

Una vez dentro, vuelta a empezar. De nuevo a buscar, chiringuito por chiringuito, mesa por mesa, a las niñas de nuestros ojos.

Pero, ete aquí que, casualidad, milagro, destino, no se, cuando íbamos a salir por la puerta contraria, nos reencontramos. ¡Por fin! Juanpe respira gozoso. Abrazos, besos, hacemos el amor en el suelo. Que no, que no, eso no.

Ellas habían estado muy tranquilas, como habían tomado un camino equivocado sin darse cuenta se pensaban que en un momento u otro nos íbamos a cruzar, y solo se preocuparon cuando empezó a llover, se fue la luz y no pudieron seguir comprando. Lo que le hace a las mujeres la obsesión de comprar, les ciega y les hace olvidar a lo más importante, no se si de su vida, pero si de este viaje, mientras puedan seguir viendo tiendas y comprar.

Como ya he comido, ahora les toca a ellos tres. Se pillan cualquier chuminá y nos contamos las batallitas. No tienen mucho donde elegir, pues al no haber luz, los restaurantes no pueden cobrar y han empezado a cerrar. Además disimuladamente van limpiando cada mesa en cuanto se vacía y no dejan que la ocupe nadie.

Para más inri, nos enteramos que los apagones en esa zona son de larga duración y que es raro que vuelva pronto.

Ha dejado de llover y salimos fuera para que nos de el aire y, de paso, comprobamos la situación de las tiendas, dando un paseo. Prácticamente todas las tiendas han cerrado y en algunos han dejado un cartel diciendo que no abrirán hasta el día siguiente, entre ellas Levi’s, lo que nos jode y mucho porque era una de las tiendas en las que íbamos a arrasar.

La ausencia de luz hace que haya momentos graciosos, especialmente, cuando se ha de ir al servicio. Estos no tienen ventanas y cuando entras es la oscuridad absoluta. Sólo con la luz del móvil y cuando acostumbras el ojo a la situación, es cuando puedes ver el urinario y atinar dentro.

Bueno.

Cuando estamos en el centro del outlet y pensando en irnos, ya que allí no hacíamos nada, viene la luz en una sección y nos vamos para allá como posesos. Encarna y Juanpe se van a ver ropa y Toñi y yo nos vamos a Timberland a comprar zapatos para toda la familia.

Malo.

Media hora después nosotros hemos terminado y vamos a por los otros dos. Los encontramos en una tienda ya dispuestos a pagar, y justo cuando les tocaba se va la luz otra vez. Se quedan con una cara de tontos a la vez que te ríes por no llorar.

Visto el problema y que ya las tiendas han cerrado, decidimos irnos de vuelta a la gran urbe. Hacemos cola para montar en el bus y mientras estamos esperando vuelve la luz (cinco horas después). Nos tienta salirnos de la fila  y mirar si aún podemos comprar algo (que consumismo), pero nos auto convencemos fácilmente ya que las tiendas estaban cerradas. A pesar de haber comprado poco, nos volvemos con unos gastos de 300 pavos, más o menos. Menos mal que se fue la luz, sino hubiera sido la ruina.

Bueno.

En el viaje de vuelta me echo un rosquete, como en la ida. Llegamos de noche, pero con un par de horas de adelanto a lo que teníamos previsto, y además, con menos cansancio. Vamos a casa a dejar los regalos y demás compras y nos vamos a cenar. Para no tener que estar dando vueltas, nos metemos en un restaurante de nuestra calle, de los muchos que hay, pero que nos había llamado la atención.

El Bourbon st. está situado, como ya he dicho, en la calle 46, entre la 8ª y la 9ª, rodeado de otros muchos restaurantes, rusos, españoles, italianos, orientales. Los hay tranquilos o con música en directo. De todos los colores.

El Bourbon tiene una fachada más grande que los demás restaurantes y la tiene iluminada, al contrario que los demás que apenas tienen iluminada la entrada. Tiene dos plantas con unos balcones. Se entra bajando unos escalones y tienes dos mesitas con su par de sillas en el porche de la entrada. En un lado de la puerta te da la bienvenida un cocodrilo, disecado, claro. Entras y te encuentras un local a medio iluminar, con la música con el volumen en su justa medida para que puedas hablar, con una escalera nada más entrar a la izquierda , que va al piso de arriba, donde solo hay mesas pegadas a la pared, con una barra al fondo, todo esto con una terraza en forma de “u”. En la planta baja, la barra está a la izquierda, conforme entras, mesas a la derecha y un pasillo amplio con mesas pequeñas y altas al lado de las columnas. Al fondo hay como un reservado. La decoración está básicamente realizada con televisiones, conté unos siete u ocho, cuatro pantallones detrás de la barra y los demás distribuidos por el local.

Cuando nos dieron la carta y empezamos a leer solo entendimos el plato de la hamburguesa y poco más. Intentamos que el camarero nos explicara lo que era cada cosa, pero acabamos pidiendo la hamburguesa lo que hizo que se riera el camarero como diciendo “pobrecitos no saben más vocabulario que el de la hamburguesa”.

¡Vaya pedazo de hamburguesa! ¡Ojalá sirvieran estas hamburguesas en el McDonald’s! Enorme, nos la sirvieron en un plato con todos los condimentos alrededor, así tu te la preparabas como tu querías. Estaba muy buena, sobre todo, con un par de cervezas.

Cuando terminamos de cenar, aprovechamos y nos pedimos unas copichuelas. Mientras estábamos allí, pedí permiso para hacer una foto, permiso que me concedieron. Cogí la cámara y el gorillapod y me fui arriba. Cuando estoy colocando la cámara y el trípode se acerca un camarero de la planta de arriba y me pregunta que qué hago y, a partir de aquí empezó la odisea de hacerme entender. Le intento explicar en mi inglés macarrónico que me han dado permiso para hacer un par de fotos, pero el tío se queda como si no me entendiera nada, que por otra parte sería lo más lógico. Tras diez minutos intentado que me entienda, al final lo consigo, o a lo mejor es lo que me pareció a mi y lo que en realidad pasó es que me dejó por inútil y me dejó hacer la dichosa foto, solo para no volver a oirme escupir palabras inconexas e incomprensibles.

Mejor.

Llegado el momento nos vamos a casa a coger la horizontal y descansar para el día de mañana.

Read Full Post »

Menos mal que ya nos vamos acostumbrando al horario local, hoy solo nos hemos despertado a las seis y media. Para que vamos a perder el tiempo, ¡todos arriba!, ¡¡que nos vamos de compras!!

Ya decidimos que el miércoles sería el día de hacer el gran gasto. Nos marcharemos al outlet Woodbury Commons, a unos ochenta kilómetros de NY. Pero antes de partir bajaremos a que yo haga el mayor gasto de todos, derrochar en B&H comprándome chorrocientas cosas para mi afición foteril.

Tomamos la octava avenida para abajo y desayunamos en un Starbucks, casi con la esquina de la calle 43, frente a un sex-shop. Muy didáctico.

Después de un café latte y una mierda de bollo, los demás ya son adictos al capuchino, continuamos nuestro paseo por la octava. Pasamos frente al Port Authority, o estación de autobuses, desde donde salen los autobuses para el outlet. Por todas las esquinas nos avasallan con publicidad de los autobuses turísticos y los del outlet. Cogemos un par para tener información y así no ir a ciegas cuando volvamos de B&H. Enfrente de la estación de autobuses se encuentra la sede del NY Times.

Llegado el momento cruzamos a la novena, que es donde está la tienda de fotografía y de otros aparatos electrónicos, en la esquina con la 34, la misma calle del ESB. La tienda es grandísima, es judía y en ella trabajan muchísimos judíos, apenas hay personal de otras religiones, eso si, se sabe quienes son. No llevan tirabuzones.

Miramos en los paneles donde se encuentra la sección de fotografía y nos vamos para allá. Mis compañeros de viaje me siguen, pero a ellos lo que voy a hacer ni les va ni les viene. De todas formas al ratillo deciden ir a otros sitios y oler lo que venden por ahí. Al llegar a la sección oportuna te tienes que colocar en un punto para que puedas ser atendido por un vendedor (creo recordar que hay hasta 60). Conforme se van liberando sale su número en un panel y hacia allá te tienes que dirigir para ser atendido. Por suerte hay algunos que saben castellano y solo te tienes que esperar a que se quede libre para ponerte con él y así no tener problemas por el idioma. Una vez delante del vendedor, le vas diciendo lo que quieres, y es curioso como llega lo que has pedido. A través del ordenador va pidiendo y los del almacén te mandan lo comprado por una cinta transportadora por debajo del mostrador hasta el punto en el que nos encontramos. Una vez visionado el producto para cerciorarte que es lo que quieres, lo vuelven a mandar al punto de pago, donde lo recoges cuando sales, y has pagado, por supuesto.

Por fin, tras hora y media comprando, comprobando en una salita lo que te has agenciado y después de la visita del diablo Juanpe, que quería que me comprase el i-pod touch, salimos de la tienda, para descanso de las mujeres, no sin antes cambiar de planes debido a mi tardanza en realizar las compras. Hoy no lo pasaremos en el outlet, haremos lo que estaba planeado hacer al día siguiente. La verdad es que es un descanso no ir de compras, no que no quiera ir, pero con el tiempo que me he pasado comprando estoy ya saturado de ellas, y eso que eran cosas mías.

Antes de comenzar la ruta volvemos a casa para dejar todos los cristalitos. Y una vez colocadas las cosas nos marchamos al Downtown. Por primera vez vamos a coger el metro, ya llevamos bastante rato andando, octava abajo, novena arriba, pero aún nos queda un ratito hasta llegar a TS para coger el famoso subway neoyorkino, el subterráneo más fotografiado y filmado del mundo.

Al llegar a la altura del hotel Marriot nos quedamos sorprendidos con el mogollón de gente que está haciendo cola. Están delante de las taquillas de los teatros, más bien, delante de las taquillas que venden las entradas sueltas que quedan en las obras de los teatros para ese día. Las venden a precios muy, muy baratos, pero si vas con gente seguro que te toca estar en diferentes asientos y a no ser que seas un apasionado de esa obra, creo que no merece la pena, por lo menos para mi. Además son para unas horas que no nos conviene, normalmente son para las primeras sesiones, es decir, para las dos o las cuatro de la tarde, y a esas horas estaremos en otros lugares. No nos cuadra estar en el sur de la ciudad y volver, para luego regresar al sitio donde estabas inicialmente.

Torcemos en broadway hacia el sur para ir a la boca del metro, pero antes de bajar entramos en la tienda de Levi’s para ver que precios tienen y de paso olemos un ratillo.

Nada, salimos de la tienda y cruzamos la séptima para bajar por la boquera del metro, que está en la esquina que forman la séptima y broadway. Compramos cuatro billetes (ahora no me acuerdo como los compramos, si lo hicimos en la máquina o al señor de la taquilla) y cruzamos las puertas de hierro. Aquí si que no se puede colar nadie, de las taquillas hacia dentro está totalmente cerrado, de techo a suelo y de pared a pared. Sólo hay una puerta para minusválidos o carritos de bebé y las puertas giratorias que se mueven cuando metes el ticket en la ranura de la maquinita.

Al cruzar la puerta entramos en otro mundo, el que sale en las películas, como en “Pelham 1, 2, 3”. A la derecha hay una zona abierta, con una pequeña valla, una especie de mirador, que cualquiera puede saltar e introducirse dentro de los túneles. Y a la izquierda hay un final de vía para que alguna vez duerma allí algún vagón de metro. Unos pasos más adelante nos encontramos ya en el andén propiamente dicho, con sus carteles informativos de líneas, bancos, las típicas columnas casi al borde del andén. Te introduces en algo que ya tienes visto pero en el que no has estado nunca, por eso cuando estás allí viéndolo tienes una sensación rara, como si fueras a ver al fantasma de Patrick Swayze pasear por el andén, o la pelea del señor Smith con Neo. Pero solo hay personas normales queriendo ir a otros lugares de la ciudad.

Entre las conversaciones que tenemos en el metro está la de cómo conseguir el dólar de plata, tanto para mi colección de monedas, como porque mis amigos quieren hacer un regalo a otros amigos suyos que también son coleccionistas. No sabíamos donde pillarla, la lógica es que fuera en un banco, pero con anterioridad ya habíamos preguntado a varias personas (en una oficina de correos) dónde podríamos conseguirla y no supieron decirnos con seguridad el lugar en el que poder comprarla. Así que cuando bajáramos (je, je, que curioso, bajar cuando en realidad hemos de subir) del metro iríamos a un banco para pedirla, comprarla o preguntar sobre la moneda dichosa y deseada.

Después de unos minutos ya estábamos en la plaza del ayuntamiento, bueno más bien jardín del ayuntamiento. Y desde allí vemos el impresionante edificio Woolworth. Espectacular construcción que se construyó el comerciante Woolworth, que pagó al contado, como si de calderilla se tratara, y dicen que se asemeja a una catedral gótica, tendrán que pasar por el oculista a que les traten. De 1913 hasta 1930 fue el edificio más alto del mundo, hasta cuando construyeron el Chrysler y el 40 de Wall street.

Justo en un edificio contiguo al Woolworth entramos al Citybank para preguntar sobre la moneda de plata. Una señora muy educada (en los maristas) nos dice que allí no tienen de plata y que no sabe donde podemos pillarlas. Pero con la confusión idiomática, pudimos comprender que en el banco podíamos cambiar billetes por monedas de un dólar, las de curso legal. Yo sabía que existían pero pensaba que eran monedas de difícil acceso, y la verdad es que luego nos dimos cuenta que en el único sitio donde las dan de cambio son las máquinas expendedoras de billetes del metro. En tiendas o en otros lugares prefieren devolverte en billetes de uno que en monedas de ese mismo valor, y si te devuelven monedas siempre serán en moneda fraccionaria. Encima para más sorpresa propia, resulta que hay distintos modelos o distintas acuñaciones, tanto en plateado como en dorado, así que lo que iba a ser un simple cambio de un dólar por otro, se convirtió en un masivo cambio monetario. Aproximadamente cambiamos unos 20 dólares, consiguiendo casi todas las acuñaciones que hay en el mercado. Lo del dólar de plata lo buscaremos en el edificio de la reserva federal, que es donde las cajeras creen que pueden cambiarnos.

Con las monedas en el bolsillo, cruzamos la calle y nos metimos en el parque del City Hall. Que pequeño es pero también muy tranquilo, está al lado de Broadway con el jaleo que provoca la circulación y dentro apenas te enteras. Te metes en la tranquilidad y el sosiego. La propia gente que pasea va despacio como si no tuviera preocupaciones ni prisas. Habría gente como nosotros, de vacaciones, pero otra iría de un sitio para otro y al pasar por el parque el paso se ralentiza. Te contagia el lugar.

Son las doce del mediodía. Buscamos un sitio para hacer el primer descanso y casi lo encontramos, todos los bancos a la sombra estaban ocupados. Sentados, terminamos de planear el día y leemos algo de información del libro que llevamos.

Una vez hecho el ligero descanso, partimos otra vez rodeando el parque en dirección al edificio anexo al ayuntamiento. Pasamos por la calle que va a parar al puente de Brooklyn y vemos un mogollón de gente que va hacia él para cruzarlo. Nosotros nos esperaremos un poco para hacer lo mismo. Terminamos de rodear el parque y el ayuntamiento, y cuando volvemos a Broadway veo por primera vez y, casi única, a un homeless de los de carro de supermercado. Por suerte las autoridades han sabido limpiar las calles tanto de delincuentes como de indigentes.

Por Broadway vamos bajando y en un esquina antes de llegar a Saint Paul’s Chapel vemos un puesto de perritos y allá que vamos a por el, para zamparnos el primer perrito caliente. Hay que hacer todas las cosas típicas de un viaje a NY. Juanpe es el único al que no le apetece un perrito, mientras que los demás nos lo tomamos con la decepción que supone el descubrir que tampoco es una cosa del otro mundo. Para quitarte el hambre en un momento dado, vale, pero para absolutamente nada más.

Llegamos a la capilla, a la pequeña capilla, pero para muchas personas milagrosa capilla. Hoy en día se ha convertido en una capilla museo del desgraciado 11-S. Allí se instaló el primer hospital de campaña el día del atentado y ahora posee un montón de recuerdos, de mensajes de apoyo a las familias de las víctimas, de objetos donados, de reliquias,… Hay cosas que te entristecen y otras que te estremecen, sobre todo, cuando recuerdas los acontecimientos que ocurrieron ese día. Entre muchas cosas encontramos varios escudos de policías locales de la provincia, de Murcia, Cartagena, Torre de Cotillas.

Salimos por la puerta que da al pequeño cementerio de la capilla. En el dicen que paseaba George Washington cuando estaba en la ciudad, hay un banco con una placa que así lo corrobora. Nada más salir, a la derecha, hay un tronco cortado de árbol, del que dicen fue el árbol que contuvo los cascotes de World Trade Center cuando se derrumbaron, y que por ese motivo la capilla fue el único edificio de los aledaños de la zona cero que no sufrió ningún daño.

Cruzamos el camposanto y salimos por la calle del World Trade Center o zona cero. Ahora ya no hay nada más que obras para construir el nuevo mastodonte de la ciudad. Como no pudimos hacernos una idea de lo grande o no que es la zona, seguimos adelante, volviendo a Broadway para dirigirnos a la Trinity church.

Justo enfrente de la calle muro, más conocida como Wall street, se sitúa la iglesia de la Trinidad, o Trinity church. La iglesia actual es la tercera que se levanta en el mismo sitio. La primera se terminó en 1698 y se incendió 78 años después. Se reconstruyó en 1787 y unos años después fue demolida para construir la iglesia neogótica actual. Como casi todos los edificios en esta ciudad, durante unos años fue el edificio más alto de la misma, eso ocurrió hasta el año 1860.

Al pasar me despisté del grupo y estuve deambulando un rato por toda la iglesia y su cementerio, más grande que el de Saint Paul, haciendo fotos y viendo las lápidas y panteones que había por allí. Al cabo de un rato empecé a buscarlos y encontré a los compañeros en la puerta de la iglesia.

Sólo tuvimos que cruzar la calle en perpendicular para entrar en la zona financiera más importante y más influenciadora del mundo. Wall street. Una calle estrecha que se hace aún más estrecha cuando miras hacia arriba, hacia los “pequeños” rascacielos. Lo único que hace que puedas pasear por ella es que es peatonal. El nombre de la calle se debe a una empalizada de madera levantada por los holandeses para proteger el lado norte de la colonia. Wall street nos conduce a Broad street, calle donde se encuentra la bolsa de NY, la bolsa que marca nuestros destinos, destinos económicos, pero indirectamente nuestras vidas. Si el presidente de la bolsa de NY se mea fuera del vater, el mundo se echa a temblar. Demasiada dependencia de un edificio, valores, personas o lo que sea. Mucha globalización.

Llegamos al Federal Hall, edificio que tiene una escalinata en la que se encuentra la estatua a George Washington. Éste juró aquí como primer presidente del país.

Sentándote junto a la estatua como muchos turistas y brokers, se observa el NYSE, New York Stock Exchange, la bolsa para los amigos. Un edificio que costó dos millones de dólares a principio del siglo XX y que maneja los valores de casi tres mil empresas que cuestan más de quince trillones de dólares en el mercado mundial. Lo curioso fueron sus comienzos. Hace más de 200 años, unos cuantos empresarios se reunían para cambiar acciones y bonos de sus empresas. De ahí hasta ahora, un mundo.

En el momento que pasamos por allí una gran bandera norteamericana cubría la columnata, lo que supone unas dimensiones tremendas. Lo curioso, por lo menos para mi, es que una de las tres banderitas que están al pie de la grande, era la de China en lugar de otra de USA. Y digo que es curioso porque los americanos son muy suyos y dejar libre un mástil para poner una bandera de otro país es muy raro, salvo que sea por intereses propios o por peloteo, pues China es el país al que más dinero debe Estados Unidos. Ignoro si realmente hubiesen puesto otra bandera, como la griega, cuatro años antes cuando coincidía con las olimpiadas, como sucedía ahora. De todas formas cada uno es libre de hacer lo que le de la gana, siempre que no moleste o fastidie a las demás personas, y en este caso no creo que moleste a nadie, salvo que sea al gusto de cada uno.

Bueno, eran las dos de la tarde y empezaba a asediarnos el hambre, con lo que empezamos a buscar un sitio donde comer. Cogemos otra vez Broadway y nos dirigimos hacia Battery park. Si antes de llegar a Bowling Green encontrábamos donde comer, comeríamos, pero no fue así. En la plaza de Bowling Green, donde antiguamente se jugaba a los bolos sobre la hierba, nos dispusimos a ver al toro famoso, el que dicen que da potencia a la economía, pero ahora tiene que estar depresivo, más que nada por conforme está la misma. El toro estaba atestado de gente, prácticamente había que coger número para poder hacernos unas fotos y aún así salieron unos cuantos japoneses por al lado.

Por la zona, antes de llegar a Battery park, vimos un par de sitios de comida rápida. Al final entramos en el “Au bon pain”, un restaurante de bocadillos, wraps y otros sandwichs. No está mal para comer algo en un momento, pero no se puede decir que sea un restaurante que vaya a salir en la guía michelín.

Por fin paseamos por el parque sur de Manhattan. En Battery park los británicos construyeron una batería de cañones, de ahí el nombre, para defender el puerto, esto ocurrió hace unos años, así como dos siglos. Enfrente del embarcadero de los ferrys a Staten Island se encuentra la casa de Elysabeth Ann Seton, la primera santa americana. Una pequeña casa anaranjada rodeada de rascacielos donde vivió la santa.

Nos adentramos hacia el paseo junto a las desembocaduras de los ríos East y Hudson disfrutando de las vistas hacia la estatua de la libertad y la isla de Ellis. Era genial, un rato tranquilo con el sol dándonos por todos los lados, disfrutando, si, se que me repito, pero es que estaba, estábamos disfrutando del momento, de un momento especial, de un viaje preparado durante cuatro años y, ahí, en este parque yendo despacio en la ciudad con más prisa del mundo, sentándonos en los bancos que miran hacia el agua, con el único ruido de los graznidos de las gaviotas y algún aislado silbato de los barcos que van y vienen de la isla de la estatua de la libertad. Como día laborable no había mucha gente en el paseo, pero aún así, como nosotros, algunas personas decidieron hacer lo mismo, tomar un respiro en una ciudad que me estaba sorprendiendo por momentos cada vez más.

Apenas nos movimos en 50 metros, y mientras que los demás se sentaban, yo me puse a probar el “torito” en los alrededores. Fotografiaba todo lo que se movía y lo que no, hasta que decidimos ir a tomar el ferry de Staten Island. Quisimos coger este y no el de la estatua, porque como no se podía subir a la misma, nos pareció una tontería hacer ese viaje. Pero como no queríamos perdérnosla, aunque fuera desde más lejos, pillamos, entre una marabunta de gente, el barco de la isla estatal, que además es gratuito, lo único gratuito que hay en NY.

Unos minutos después de las cuatro zarpamos, y unos cinco minutos más tarde pasábamos a unos 500 ó 700 metros de la Liberty island. Entonces todos los turistas a la derecha del barco según la dirección que llevábamos. Más foticos y a esperar llegar a puerto para dar la vuelta. Antes de llegar vemos a lo lejos el puente de Verrazanno, el más largo de Estados Unidos. De vuelta volvimos a hacerle foticos a la señora libertad y por supuesto al skyline de Manhattan.

A la hora de haber partido hacia Staten island estábamos otra vez de vuelta en Battery park, esta vez para pasear por él y ver lo que se cuece dentro. Lo primero que vemos es una fiesta con música a lo Macarena y toda la peña bailando al son de la música, todos con el mismo baile repetitivo. Al lado de donde se hacía la fiesta está situado el monumento a los caídos en la segunda guerra mundial. Una águila con las alas abiertas, de unos tres metros de grande, encima de un pedestal cúbico, y enfrente de el águila varios bloques de hormigón con centenares de nombres fallecidos en la guerra.

Continuamos hacia el fuerte, el castle Clinton. No tiene nada que ver con el ex-presidente, sino con el alcalde que reforzó las defensas del puerto, DeWitt Clinton. Lo curioso del fortín es que cuando se construyó estaba situado en una isla a 100 metros de la costa, para más tarde rellenar ese hueco y así formar lo que es el actual Battery park.

Desde sus inicios defensivos, con 28 cañones en su interior y que nunca fueron disparados, hasta la actualidad, ha tenido varios usos, parque de diversiones, centro de inmigración (antes de la apertura de la isla de Ellis), un acuario y finalmente, museo y monumento nacional. Al lado de este está la estatua dedicada a los millones de inmigrantes que han entrado en los Estados Unidos por esta ciudad y pasaron antes por el fuerte Clinton para tramitar los papeles.

En sus proximidades tuvimos el último y definitivo contacto con los vendedores de Rolex. Por 50 pavos adquirimos dos falsificaciones. Continuamos por el parque y vemos a una ardilla loca saltando de paloma en paloma por el jardín. Al fondo del mismo está la Sphera, la bola que estaba situada en el World Trade Center y que sufrió la caída de las torres gemelas. Hoy se conserva en este lugar tal y como se quedó el día del atentado. Al mismo tiempo que la observábamos escuchábamos la canción “When a man loves a woman” cantada por un cantante callejero.

Salimos del parque con la intención de dirigirnos al puente de Brooklyn, el punto fuerte del día, y para ello lo único que tenemos que hacer es subir por Broadway hasta llegar al ayuntamiento, y de ahí girar a la derecha. Pero a alguna mente lúcida se le ocurrió torcer hacia el este por Pine st lo que trajo cuasi fatales consecuencias para los ya maltrechos pies.

Pasamos por delante de uno de los edificios emblemáticos de NY, el 40 de wall st. Llegamos al borde del East river tres cuartos de hora más tarde, pasamos por delante del Pier 17 y no le hicimos ni puto caso de lo cansados que teníamos, bueno tenían los pies, porque yo hubiese seguido hasta reventarlos. Además lo que hacía que quisiera seguir era lo que me esperaba justo en el otro lado del río. Si hubiese sido por mis compañeros de viaje en ese momento hubiésemos cogido el metro para irnos a casa a descansar. Unos minutos después me agradecieron el que insistiera para que cruzáramos el puente andando.

A pesar que dimos un rodeo bueno, pues después de llegar al río tuvimos que volver a subir en paralelo al puente para llegar a la punta del mismo (hicimos un trayecto de c puesta al revés sobre el mapa de Manhattan), mereció la pena por las vistas que hay del puente y de Brooklyn desde el Pier 17 y sus alrededores. El trío calatrava prefirió no cruzar la calle para ir al dique y ver el puente, estaban hecho polvo, ellos se lo perdieron.

Cuando les dije que teníamos que subir la cuesta de Dover st para llegar al principio del puente me empezaron a tirar todo tipo de objetos pesados. Pero lo que hizo que subieran fue que no tenían más remedio que hacerlo, aunque nos hubiésemos ido para casa.

Una vez arriba, en park row, nos tomamos un descanso y un café en un starbucks antes de cruzar el puente.

El puente de Brooklyn se empezó a construir en 1870 y se concluyó trece años después. Fue el primer puente en el que se utilizó el acero como material de construcción y fue el primer puente colgante de acero del mundo. Tiene poco más de un kilómetro de largo y tiene dos pasarelas, una encima de la otra. La inferior es para vehículos y la superior es para los peatones y bicis. Es uno de los símbolos de NY y uno de los puntos preferidos por los turistas y nativos. Los viandantes tienen que tener un especial cuidado de no cruzar a la zona reservada para las bicicletas, pues estas suelen llevar una velocidad algo elevada y no se cortan en echarte la bronca si te encuentran en su camino.

Entramos en el puente disfrutando de las vistas que se ven de las dos orillas, haciendo fotos sin parar de mirar la calzada, no vaya a ser que en un descuido te lleve por delante una bici o hagas tropezar a algún footinero. Por el camino nos encontramos a muchos españoles. Los neoyorkinos, salvo que vayan haciendo footing o bicicleta, no suelen coger el puente, por lo menos en esta época del año.

En un momento del camino nos sentamos en uno de los bancos que hay en el trayecto, y mientras los demás descansan, yo me dispongo a hacerles una foto. Me sitúo en el carril bici vigilando que no venga ninguna, ellos se acicalan, les enfoco y empiezo a afotarles. La primera sale mal porque hay mucha gente que pasa andando y no se da cuenta que hay gente haciendo fotos, no importa. Pero el que tenga que repetir le causa la risa tonta a un par de chinos o japoneses que están sentados también en el banco, contagiándonos a nosotros de la risa tonta, con lo que al final salieron todos partidos de risa en la foto.

Recorridos los mil y pico metros del puente junto al resto de la fauna turística descendemos hacia el muelle desde donde se ve el skyline de NY. De camino vemos la pizzería Grimaldi’s que es donde pensábamos reservar para cenar, pero nos encontramos con una cola medianamente grande y resulta que no aceptan reservas, si quieres cenar o comer allí tienes que ponerte en la cola. Dejamos el restaurante para después de que pasemos el rato despidiendo el día viendo Manhattan. Pero antes vemos otro restaurante justo debajo del puente y entramos a ver que tal es y si podemos reservar para cenar, pero ¡Ángela María!, menuda pinta tiene, es de esos restaurantes de mírame y no me toques. Podías cenar en una terracita con vistas al downtown, con lucecitas tenues, prácticamente en familia, vamos un marco incomparable, pero un sitio en el que la tarjeta sale temblando, así que salimos por donde entramos y ya cenaremos más adelante donde sea.

Ahora tocaba disfrutar del paisaje, espectáculo o lo que quieras pensar. Estábamos en el muelle frente a Manhattan a la altura del Pier 17, justo al lado del puente de Brooklyn. Lo normal en estos casos, mogollón de gente. En ese momento echo en falta el trípode para poder hacer cientos de fotos de todas las formas posibles y sin tener que hacerlas a pulso. Por lo menos llevo el gorillapod de los chinos que utilizo poniéndolo en una papelera, pero lo malo es que no hay papeleras en el lugar que uno quiere para hacer la típica foto del skyline de la gran cebolla.

Mientras espero a que acabe otro fotógrafo que no ha traído el trípode y tiene agarrada una papelera que había en un lateral del muelle, nos sentamos en una mesa de un chiringuito a tomarnos una cervecita bien fresquita y unos panchitos. Nos sienta que no te digo na. Descansamos, disfrutamos, charlamos.

Al ratillo nos ponemos a disfrutar de las vistas, impresionantes, no digo más. Aunque están más vistas que el tebeo de Mortadelo y Filemón, eso de estar enfrente en vivo y en directo es otra sensación. Contemplar los edificios con tus propios ojos, que te esté dando la brisilla, viendo anochecer y pasar el tiempo sin tener ningún tipo de prisa y de cortapisa. Es genial, simplemente. Lo único malo fue que al no llevar trípode, las fotos no salieron todo lo bien que hubiese querido.

Una vez echadas unas risas y cuando empezaba el estomago a crujir más que el suelo de la mansión de Psicosis, nos dimos cuenta que ya era hora de tomar otra dirección, especialmente la del restaurante. Lo intentamos otra vez en Grimaldi’s, pero ahora había el doble de cola. Esta iba rapidilla, pero no lo suficiente, aún hubiésemos tenido que estar allí una horica, como mínimo.

Después de usar el inodoro de la pizzería nos vamos a pillar el metro, según las indicaciones del maître de la misma. Un rato más tarde estamos en el centro, cerca de donde vivimos. Allí, en la octava, nos metemos a cenar en la trattoría Daniela’s donde nos atienden más hispanos que en Hispania.

Terminamos la jornada y nos vamos a dormir machacados vivos. No hacemos más que llegar al portal de casa y Juanpe está dormido. No sabemos como sube las escaleras, pero logra llegar a su cama y descansar hasta el día siguiente.

Read Full Post »

Mmmmnnnnnn, uff, ¿qué hora será? ¡Joder, las cinco de la mañana! No puede ser, el reloj del video tiene que estar mal.

Por la ventana no entra luz, o sea que tiene que ser esa hora, más o menos. Bueno esté o no bien, voy a ver si cojo otra vez el sueño.

Después de dar unas cuantas vueltas en la cama sigo despierto. Apenas pasan los minutos. El caso es que oigo movimiento en la casa, alguien tiene que estar igual que yo, que no se puede dormir. A las seis y media nos levantamos, es tontería estar en la cama dando vueltas, y además, ¡qué coño!, estamos en Nueva York, hay que moverse y disfrutar de la ciudad.

Hoy toca el Midtown, no nos cansaremos mucho, lo tenemos todo cerquita.

Nada más quitarnos las legañas de encima, salimos a la calle en busca de un lugar donde desayunar. Al no conocer ningún sitio en concreto hacemos como en la noche anterior, nos movemos hacia el punto de información de Times y si encontramos algún sitio donde picar allá desayunaremos. En el camino encontramos el European Café, cadena de comida rápida. Nos disponemos a pedir pero no sabemos si nos van a entender, cuando un dependiente se da cuenta que estamos un tanto perdidos y llama a uno que sabe español y nos soluciona el tema. Desayunamos y nos vamos a información.

_DSC7659

Otra vez en Times Square. “The Great White Way”. Este fue el nombre que puso O. J. Gude, creador de los primeros carteles publicitarios puestos en TS, a finales del siglo XIX, en los que utilizaban solo bombillas blancas.

El primer cartel se puso en 1898 para Coney Island. Luego en 1904 el NY Times se trasladó a la plaza y esto hizo que pasara a llamarse Times Square y donde, en 1910, puso la ya famosa cinta luminosa de noticias. La primera narración fue una pelea de boxeo entre Jim Jeffries y Jack Jonson. La cinta se componía de 15000 bombillas destellando a la velocidad de 75000 veces por segundo. Ahora esa cinta es digital conocida como zippers.

En el 17 se colocó el cartel más grande del mundo (24×61). En el 20 se empezó a introducir el color. Ha habido muchos anuncios famosos, como el de la Coca-Cola vaciándose a través de una pajita, o el de la Pepsi de los años 50, una cascada rodeada por botellas de Pepsi, u otro del hombre fumando Camel y echando anillos de humo.

Curioso es el hecho de que s_DSC7605e construyera un edificio especialmente diseñado para la colocación de carteles luminosos. Está situado en la parte norte de TS, en Duffy Square. Es el edificio donde está colocado el cartel de Coca-Cola.

Hoy en día bien que se podría cambiar el nombre por el de “The Great Colour Way”, ya que el blanco es precisamente el color que menos se utiliza.

Entramos al punto de información y nos encontramos varios ordenadores desde los que podemos buscar información durante diez minutos gratuitamente. También había unos ordenadores conectados a cámaras de video para hacer grabaciones cortas y poder mandarlas por e-mail. Está claro que no podíamos perder la oportunidad de hacer alguno y mandárselo a nuestros seres queridos y así darles envidia. Empezamos a hacer el pavo, sobre todo yo, mientras la máquina nos graba. Pasamos un rato bastante divertido con la tontería del video. Una vez visto lo visto y hecho lo hecho salimos a hacer lo que habíamos venido a hacer, turismo.

Empezamos a callejear en dirección a la estación Grand Central, observando todo lo que se nos pone a tiro, escaparates, gente, edificios, hasta las alcantarillas nos parecían bonitas y curiosas. Bajamos de la 46 a la 43 para ir más directamente a la estación. Mientras paseamos nos damos cuenta de lo escandalosos que son estos americanos, más concretamente los servicios de urgencia. Van a todos los sitios con las sirenas puestas sin haber situaciones de aparente peligro. Supongo que irán para acudir más rápidamente, y supongo que será para atender el peligro correspondiente, pero no nos parecía que todas las situaciones las requirieran.

_DSC7665

Recorremos los metros como sin darnos cuenta, disfrutando de lo espectacular que es la ciudad, cuando llegamos al cruce con la avenida de las américas observo una imagen que me deja anonadado, miraba al este y veía el edificio Chrysler, miraba al sur y veía el Empire State building, dos de los edificios más emblemáticos de NY estaban delante de mis ojos (y de los demás), esto con el paso de los días lo vería como una cosa normal, pero en ese momento me pareció de lo más precioso.

Después de uno de los momentos más bonitos de ese día, continuamos nuestro paseo por la acera norte de la calle 43 y al cruzar la quinta avenida nos topamos unos raíles en la calzada, en realidad creo que se llaman traveling. Eran unos raíles que llevaban la cámara para realizar un anuncio, concretamente de Burger King. En el otro lado de la calle estaban los extras junto a los protagonistas del anuncio, el King y unos “policías” que lo tenían que perseguir calle abajo.

_DSC7669

Era divertido ver lo que sería un decorado de cine pero en las calles de NY. La calle se cortaba sólo cuando se rodaba, mientras que no se hacía los camiones y coches pasaban. En una punta del traveling se situaba la cámara con varios operarios incluidos el cámara, por supuesto, y en el lado contrario había una carpa donde se encontraban las pantallas en las cuales se recogían lo grabado y donde se comprobaba si habían salido bien las cosas o no. Junto a la carpa se encontraban los del catering con sus bocadillos y bebidas, todo bien enfilado y colocadito. En cada punta de la zona de trabajo se colocaban seguratas y personal que controlaban a la gente para que no se colase dentro. Después de intentar, y fracasar, que contrataran de extra a nuestra compañera de viaje, me fui a una punta para ver mejor como trabajaban y a hacer unas fotillos. De paso, preguntándole a uno de los seguratas, me enteré de que trabajaban unas 60 personas en la realización del anuncio, mogollón de gente para 20 segundos. Toda esta peña todo lo hace a lo grande._DSC7692

Esperamos a que hicieran una toma para ver como era y tras pasar un buen rato disfrutando de la parafernalia del rey de la hamburguesa, continuamos nuestro camino. Sobre las 12 de la mañana llegamos a las inmediaciones de la estación, con la continua visión del Chrysler. Rodeamos el edificio hacia el sur buscando la fachada principal. Entramos en la calle 42, esta pasa por debajo de Park avenue, la estación queda a la izquierda. Justo debajo de la avenida hay una entrada a la estación y enfrente de esta se sitúa una cafetería aprovechando el hueco que forma el puente de la avenida. Levanté la cabeza y pude ver el reloj de la fachada con Mercurio y detrás de este un edificio por el cual yo conocí NY, más incluso que por las torres gemelas o por el Empire State Building. El edificio MetLife. Ahora es de la compañía de seguros, pero en mi niñez pertenecía a la compañía aérea Panam.

Bajamos por Park para coger la calle superior y así entrar justo por debajo de Mercurio. Mientras llegábamos al punto para cruzar, íbamos disfrutando de los reflejos de unos edificios en otros. Cuando alcanzamos el punto donde podíamos se unían las calles superior e inferior nos dimos cuenta que no podíamos ir hacia el reloj. No había aceras para el acceso de los peatones, sólo podían pasar los coches. Además desde lejos parecía que había puerta de acceso a la estación. Hice la foto oportuna cuando cruzábamos de acera y volvimos para entrar por la puerta inferior, que remedio.

_DSC7704

Al bajar nos coscamos de un fistro, digo bistro, en el que poder comer si nos pillaba por la zona, ya que después de ver la ONU íbamos a volver sobre nuestros pasos para ir a otro lugar.

Por fin nos disponemos a entrar a la mítica estación. Una vez que cruzas la puerta, la entrada es normalucha, no tiene nada especial, pero cuando descendemos las escaleras y tras cruzar un arco vimos el gran hall. Como suele pasar en USA, suele haber banderas presidiendo ventanas, edificios y, como no, también tenía que estar en la estación, tanto dentro como fuera. Lo curioso fue que al entrar te topas con una de frente, pero colgada del techo y de perfil conforme entramos había una bandera de unas dimensiones tremendas. No sabría calcular el tamaño exacto, pero si digo que tenía unos 10 metros de largo no me quedo corto. A mi personalmente que no soy patriótico, no me llama la atención todas estas cosas, pero entiendo que si uno se siente de su país quiera demostrarlo de alguna manera y poniendo banderas es una forma como otra cualquiera de hacerlo.

_DSC7710

Al entrar te llama la atención lo grande que es el hall, a ojo de buen cubero, diría que tiene unas medidas de unos 36,5 por 53 metros y una altura de 38 con un techo abovedado de color azul-verdoso pintado con constelaciones. Enfrente, en lado norte, se sitúan las taquillas y la entrada a los andenes. Más o menos en el centro se sitúa un punto de información con el reloj con forma esférica en su techado. En el este y el oeste hay grandes ventanales de más de 20 metros de altura que hacen que apenas se necesite luz artificial. Justo debajo de las ventanas se encuentran unas escaleras que ascienden a las entradas este y oeste al recinto, y descienden a un submundo inesperado en el que se encuentran restaurantes, bares, salas de espera, multitud de asientos, y demás servicios. Este submundo ocupa lo mismo que el hall.

_DSC7715

Hicimos las oportunas fotos y nos sentamos en la barra de un bar que hay en la puerta oeste para descansar y disfrutar del entorno y del ir y venir de la gente. A la vez pudimos ver algo de las olimpiadas en las pantallas que tenían y de las que casi no nos habíamos enterado.

_DSC7736

_DSC7727

_DSC7731Retomamos el curso de nuestra aventura por la selva neoyorquina dirigiéndonos hacia la ONU. Así que rodeamos la estación desde el oeste pasando por detrás del edificio Metlife. No teníamos previsto entrar en el edificio de las Naciones Unidas, pero por lo menos había que pasear por los alrededores y ver el edificio. Una vez allí hacemos un poco el paripé delante de una de las estatuas que hay, regalo del gobierno de Luxemburgo. La verdad es que teníamos que haber entrado para ver el hemiciclo y otros departamentos, pero se acercaba la hora de comer y nos apetecía más volver para ver otros sitios con más detenimiento.

Pero antes de comer había que pasar para ver, solo por fuera, el edificio que más me gusta de NY, el Chrysler. Cogimos la 44 de vuelta al centro y en Lexington torcimos para apreciar el precioso edificio. _DSC7745De todas formas, por el camino le iba haciendo foticos, detalles, reflejos, planos generales, torcidos, de todas las maneras que se me ocurrían. La putada es que no se puede acceder al interior. Tal vez podríamos haber accedido al hall, pero ni lo intentamos, porque ¿para qué?, si no íbamos a pasar más adentro, o arriba del todo que tiene que ser lo más interesante.

Un poco de historia sobre el edificio no viene mal. Se llama así porque lo construyó el magnate de automoción Walter P. Chrysler. Está adornado con elementos automovilísticos, como la parte superior que simula una parrilla del radiador. La aguja superior estuvo guardada en secreto hasta que se terminara el que se creía iba a ser el edificio más grande de NY, el del banco de Manhattan. Pero cuando este termino, el arquitecto del Chrysler hizo emerger la aguja e hizo que se convirtiera, por poco tiempo, en el edificio más alto del mundo con 320 metros.

_DSC7754

Una vez dicho esto nos fuimos al bistro cercano a la estación central, en Park avenue. Allí los compañeros disfrutaron de la comida, pero yo no, estaba ligeramente mareado y no me apetecía mucho comer. Aún así tragué un poco, lo que hizo que no mejorara, aunque tampoco empeoré.

Tras descansar un rato, nos pusimos otra vez en marcha. Íbamos a culturizarnos, nos acercábamos a la biblioteca pública. En la acera de la calle que iba directamente a la biblioteca habían puesto placas de acero en relieve con dibujos y frases de escritores famosos o frases lapidarias tipo “la lectura te hará libre” u otras por el estilo y hasta más profundas. Cada placa estaba separada de otra unos 10 metros aproximadamente.

En algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no… Uff perdón, se me han cruzado los cables. Empiezo de nuevo.

En algún lugar entre la estación y la biblioteca, pillamos unos cafeses envasados en cartón, con anillo antiquemaduras de cartón y tapa antisalpicaduras de plástico y nos fuimos paseando por la calle hasta llegar al lugar de las letras. Antes de entrar nos sentamos en los tranquilos bancos que se encuentran a los lados de la entrada y nos terminamos los cafeses charlando de cosas varias, mientras veíamos pasar a la gente por la quinta avenida.

La biblioteca está presidida por dos leones llamados Paciencia y Fortaleza. En las escaleras que suben a la puerta de entrada se concentran muchos neoyorquinos, tal como ocurre en el kilómetro cero de Madrid o en la puerta de El Corte Inglés de Murcia. Es el edificio de diseño beaux-arts del país y dentro de dos años cumplirá los 100 años de vida.

_DSC7782

Las grandes salas de lectura están flanqueadas por ventanas y con lámparas de araña colgadas del techo, evidentemente. La verdad es que da reparo estar paseando por la biblioteca mientras la gente está leyendo o trabajando, hay que estar calladito para no molestar y que no te echen. En España no se como ocurrirá, pues no visito esos antros de perversión, pero allá tienes que pasar varios controles de seguridad, tanto para entrar como para salir, para que no te lleves ningún libro de extranjis.

De biblioteca a biblioteca y tiro porque me teca, je, je, je. De la pública nos dirigimos en diagonal hacia el sureste para poder ver la biblioteca Morgan, que habíamos leído que era pequeña, pero muy curiosa de ver. Lo malo es que cuando llegamos estaba cerrada y nos fuimos a nuestra siguiente cita que era ¡¡¡EL EMPIRE STATE BUILDING!!!

_DSC7798Por Madison avenue bajamos hasta la 34, calle del “pequeñín”. Ahora vamos hacia el oeste viendo el edificio continuamente, como para no verlo. El día ha ido empeorando poco a poco y cuando llegamos al ESB está ya totalmente nublado y tiene mala pinta. De todas formas no íbamos a subir todavía pues queríamos llegar al anochecer para ver los últimos rayos de sol y como llega la noche a la “gran cebolla”. Así que para hacer tiempo nos dirigimos hacia el Madison Square Garden, que está un poco más allá en la misma calle. Pasamos por delante de una tienda en la que venden zapatillas Converse y miramos en el escaparate si hay el modelo que busco. Pero como queríamos ir al Garden, continuamos andando.

No tardamos mucho en tener que refugiarnos debajo de un andamiaje de una obra que hay en la fachada de Zara (que casualidad), pues empieza a caer un tormentón de tres pares de narices. Así que como no podemos avanzar, pues queremos seguir secos, aprovechamos para pasar a Zara y ver si podemos agenciarnos algo, pero la sorpresa es morrocotuda, pues resulta que la ropa es mucho más cara que en España, es más, días después nos dimos cuenta que resulta más cara que otras marcas que en España están prohibitivas como DKNY o Tommy. De todas maneras, al no poder continuar pasamos el tiempo mirando, sobre todo, las mujeres (mira que les gusta a las mujeres ir de compras). Los hombres esperamos fuera, y vemos pasar la variedad social que vive o ha viajado aquí._DSC7799

La tormenta se alarga más de lo normal y tememos que no vamos a poder subir hoy. Después de casi una hora con la humedad en los huesos deja de llover y por fin volvemos a andar. Me alegro de perder de vista la tienda de Zara y de que se aleje mi mujer de ese lugar endemoniado que lo único que hace es volver loco al sexo femenino atrayéndole con cantos de sirena para que se deje el dinero en atuendos demasiado estrechos y cortos que luego lo dejan tirado en armarios gigantes donde se pierden en el tiempo haciendo que se olviden de ellos y tengan que volver a la tienda a sacudir el monedero encima del mostrador delante de una doncella de la máxima cantarina de las sirenas.

Tras esta pequeña paranoia capitalista y globalizante continuo con el relato.

Delante está Herald square, lugar donde están los almacenes más grandes del mundo. Macy’s. Vamos pasando por su lateral, donde siento algo que me tira del bolsillo. Al principio no comprendí que era, pero luego caí que era el dinero el que quería ir hacia el interior de la tienda, el papel sentía una atracción para entrar en el local y quedarse allí. Pero no pudo conmigo, ¡JA! Fui más duro y el dinero se quedó en mi bolsillo, momentáneamente.

Llegamos al Garden e intentamos entrar, pero estaba a punto de empezar una actuación y no continuamos, así que salimos y nos sentamos a descansar, ya empezaban a cansarse las piernas de todo el día danzando. Pero todavía quedaba lo mejor.

Durante más de 40 años fue el edificio más alto del mundo y ha sido escenario de muchas películas tanto de acción, como románticas. Estas son algunas de las películas en las que sale el ESB:

  • Annie Hall
  • Cualquier miércoles
  • Bola de fuego
  • Me enamoré de una bruja
  • Melodias de Broadway
  • Una bruja en Nueva York
  • Brigada 21
  • FBI contra el imperio del crimen
  • Contra el imperio de la droga
  • Ellos y ellas
  • Independence Day
  • King Kong
  • Klute
  • Kramer contra Kramer
  • Manhattan Manhattan
  • El enemigo público número 1
  • New York, New York
  • Historias de Nueva York
  • Con la muerte en los talones
  • La reina de Nueva York
  • Un día en Nueva York
  • La ley del silencio
  • Serpico
  • Shaft
  • Algo para recordar
  • La calle
  • Taxi Driver
  • Cuando Harry encontró a Sally

Se construyó en un tiempo record en la época de la depresión del 29, terminándose en 1931. Sufrió un accidente de aviación en el 45 sin sufrir daños estructurales. Y hasta la década de los 70 fue el edificio más alto del mundo, aunque en mi opinión eso es circunstancial pues los que le han superado son edificios sin ningún tipo de artificio, simples como las torres gemelas o la torre Sears de Chicago, y con un poco más de complicación como las Petronas, pero la belleza del ESB todavía no ha sido superada. La aguja también fue utilizada un par de veces como enganche o puerto de dirigibles.

_DSC7817

Si no recuerdo mal, entramos al edificio por la puerta de la quinta avenida. Habíamos comprado por internet el ticket Express sin llegar a saber que colas nos podía evitar, pero conforme íbamos enseñando las entradas se iban abriendo puertas. Cada vez que pasábamos un control flipábamos, dejábamos las colas atrás. No nos lo creíamos. Solo tuvimos unos cinco minutos de cola en un cambio de ascensor sobre el piso 70. Tardamos solamente unos 15 minutos en llegar arriba.

_DSC7822

¡Qué marabunta! Creo que está todo NY aquí. Lo primero que hacemos es coger número para poder asomarnos y nos ponemos en la cola.

  • ¿El último?
  • Yo.
  • ¿Le falta mucho para asomarse?
  • Cuarto y mitad.
  • Guárdeme la vez que voy al servicio.
  • No, quédese aquí y me hace compañía.
  • Bueno, vale.

Nos toca pelearnos con la gente para poder ver la ciudad y hacer fotos. Nos separamos y así poder acceder a la valla cuanto antes. La verdad es que aquí mi mujer y mis amigos se portaron genial conmigo. Con tal que cualquiera de ellos conseguía un sitio me llamaban para que pudiera colocar el minitrípode y así hacer fotos. Evidentemente, luego ellos accedían al sitio para poder disfrutar de la ciudad. Pero ese detalle no tiene precio porque yo tardaba un quintal en hacer fotos.

_DSC7831

Después de estar poco más de 30 ó 40 minutos a 380 metros de altura, nos vamos para abajo y nos encontramos una tremenda cola para pillar los ascensores. Pensando que los tickets solo valían para subir, sobre todo yo, y nos ponemos en la cola, pero Encanni decide enseñar las entradas a un operario y sorprendentemente quita un cordel de la valla y nos dice que pasemos, con lo que entramos en el primer ascensor que desciende y en un par de minutos estamos abajo.

Ya abajo comentamos la pasada que ha sido el ticket express. Nos costó 45 dólares, dos veces y media más que el pase normal, pero entre estar dos horas en colas o solo cinco, prefiero pagar ese suplemento y poder disfrutar el tiempo extra en hacer otras cosas. Está claro que el pase express sirve sobre todo para fechas clave en las que hay masificación de visitantes, porque me imagino que si vas el 18 de febrero no habrá nadie en las colas para poder subir arriba y no hará falta el pase.

Mejor volver ya para casa y descansar, siempre después de cenar. Como no nos apetece estar buscando un restaurante nos movemos y ya encontraremos algo por el camino, como hacemos normalmente, y si no, siempre podemos acabar en el Europe café de Times Square, que qué casualidad es donde terminamos pues el cansancio no nos deja pensar en otra cosa que en coger el catre y dormir.

Después de cenar podemos ir a casa por la 42, pero preferimos volver a pasar por la plaza que nos lleva locos, TS. En una esquina, creo que en la del Hard Rock, entramos por primera vez en contacto con los vendedores de Rolex. Nos enseñaron un par y al final decidimos dejarlos, no nos convencieron. Ya habrá tiempo de buscarlos en caso de que queramos pillar uno o dos, o siete u ocho, je, je.

_DSC7837

Ya pasada media hora de las once llegamos a casa y nos disponemos a descansar, mañana nos espera el día que dedicaremos a las compras.

Read Full Post »

Madrugamos para salir hacia el aeropuerto de Barajas. Eran las cuatro y cuarto cuando salimos dispuestos a disfrutar de nuestras vacaciones.

Después de cuatro horas de carretera, estábamos en la cola de facturación, y como no podía ser de otra forma, algo teníamos mal. Uno de nosotros llevaba más peso de lo normal en la maleta. Hala, quita de una y pon en otra para compensar, ¡que estupidez! que más dará que lleves los 50 kilos en una maleta o en dos, si al final llevas los 50 kilos igual. Estas mentes pensantes…

Una anécdota en la cola de facturación fue lo que le ocurrió a una familia. Estaba el padre portando una tremenda maleta, una megasupermaleta, una sola maleta, llevaban la ropa de toda la familia, cinco personas. Por supuesto cuando llegó a la báscula el indicador sobrepasó el límite de peso. Después de mosquearse y despotricar, para mí con razón, salió de la fila, puso a su familia a un lado y la maleta en el suelo. Parecía que no habría solución, a no ser que fuera a comprar otra maleta. Pero abrió su megasupermaleta, y dentro de ella apareció otra maleta que encajaba perfectamente en la grande, como esas figuritas rusas que una va dentro de la otra y así hasta seis o siete. Una vez fuera la maleta empezó a repartir la ropa y consecuentemente el peso. Después de esto, volver a ponerse a hacer la cola, responder las mismas tontas preguntas que te hacen, pesar las maletas y facturar definitivamente. Lo único que consiguen con eso es mosquear al personal y llevar el mismo peso en el avión.

_DSC7541

Despegamos con Delta Airlines hacia NY ¡qué ilusión!, cuatro años esperando esto y ya ha llegado el momento. Partimos, miramos a un lado, al otro, volvemos a repetir el movimiento, hacia abajo, arriba, ¡buff, que aburrimiento!, hacemos sudokus, leemos, vemos películas, lo que dan de sí ocho horas de viaje, perdón siete, porque la última si que estuvo emocionante.

_DSC7548

Comenzamos el descenso, vemos por la ventanilla y a través de los nubarrones algunas casitas (mansiones) del barrio de Long Island. Esto empieza a moverse en demasía. ¡JODER!, que descenso más brusco. ¡JODER!, otro más. Y otro, y otro. Ni la montaña rusa más grande del mundo puede ofrecer semejantes movimientos. La niña de la fila de atrás vomita. Los efluvios hacen que me entren ganas de vomitar. Esto no se acaba. Vuelta a descender bruscamente. Pensamos en nuestros seres queridos. Otro descenso brusco. Pensamos en lo peor. El movimiento hace que la regla se me pase en el mismo día en el que me ha venido, y eso que soy un tío. Salimos de las nubes y parecen desaparecer las turbulencias. No, sigue meneándose el avión. Entre el olor y el ajetreo elevan las ganas que tengo de echar todo lo que llevo dentro, principalmente pizza.

El avión sigue descendiendo, esta vez con más pausa, y menos turbulencias. Eso es bueno. Llegamos al tramo final, la toma de contacto de las ruedas con el suelo. Vamos acercándonos poco a poco, todos estamos con los nervios alterados. Por fin, notamos el golpe, pero con el ruido que hace, algunos pasajeros gritan. El miedo sigue latente. Las ruedas delanteras se posan en el suelo. Más gritos. El avión empieza a frenar y la gente empieza a sentir alivio. Cuando llegamos a velocidad de aeropuerto, se oyen aplausos dirigidos a la tripulación. La verdad es que da gusto sentirse a salvo. Pero sigo sin sentirme a gusto, quiero salir y que me de el aire y quitarme de encima el olor a vomito que tengo en la nariz.

Después de los últimos momentos del avión, pasamos a los primeros en tierras americanas. Empezamos a notar la estupidez estadounidense con respecto a los controles aduaneros. Hora y media de cola entre goteras para que simplemente pongamos los deditos en un papel y nos hagan una foto, todo ¿para qué?, para tener una base de datos macro gigantesca que les llene los ordenadores y no les sirva de nada. Me río de esa seguridad.

Pasamos la aduana, cogemos las maletas y salimos al mundo neoyorkino. ¡Qué mundo! Me pensaba que iba a salir a una sala enorme, luminosa, con cantidad de gente moviéndose de acá para allá. Pues no. Decepción. La salida de pasajeros del JFK es una cutrería. Techos bajos, pasillos estrechos y oscuros, gente apelotonada, los típicos señores trajeados con el cartelito “Smith”, “Warhinsky”.

Buscamos un teléfono para llamar al casero, pero primero necesitamos monedas. Encontramos un puestecito de información en el que nos cambian un dólar. Después de hacer la primera selección de las monedas para mi afición numismática, nos dirigimos a un teléfono. Llamamos una vez y una vocecita dulce me dice cositas al oído. No se como tomarlas, no se si me están haciendo una proposición para esta noche o simplemente me están diciendo que el número  marcado no existe. Mis amigos me dicen que seguramente será lo segundo lo que me habrá dicho, así que vuelvo a marcar, esta vez con más cuidado. Me contesta una voz de hombre. ¡Que chasco!, acabo de darme cuenta que la señorita no quería nada de mí. Sorprendentemente consigo entenderlo mejor que a la voz melodiosa anterior y quedamos con él en el apartamento de su propiedad en una media hora. Por fin parece que algo va aclarándose. La verdad que para ser el primer día de unas vacaciones, es un tanto caótico.

Salimos a un túnel donde se encuentran los taxis, esos taxis amarillo-mostaceros que dan color a las calles. Vemos tantos que tiene haber por lo menos, por lo menos, 1000 en toda la ciudad. Pillamos un monovolumen, por lo de las maletas y por ir más anchos detrás. Pero resulta que me tengo que montar delante, por dos razones: una por que han quitado una fila de asientos y solo hay tres plazas en la parte trasera; y dos porque los espabilados de mis acompañantes se han metido más rápido y me han quitado el sitio. Ahora toca entenderse con el conductor, claramente de otro país, pakistaní diría yo, aunque también puede ser de otro sitio, no se lo pregunté. Como me temía, al final tengo que escribirle la dirección en un papel, 416 de la calle 46, entre la novena y la décima, avenida claro.

Nos movemos todos llenos de ilusión, ya que estamos en la ciudad en la que queríamos estar de vacaciones. Oímos un ruido, ¿qué coño es? Otro más y otro. Cada vez que cogemos un bache escuchamos un ruido, hasta que damos con lo que es. ¡Y es que nos hemos subido en una tartana!

¡Va una mielda taxi!

_DSC7573

El tío va despacito para que no termine de romperse. La suerte para él, pero no para nosotros, es que pillamos un atasco nada más salir de la zona del aeropuerto. Pues empezamos bien.

_DSC7575Para más inri, estamos dando una vuelta de tres pares de narices, o por lo menos eso es lo que me indica la brújula que llevo dentro.

¿Brújula?, ¿qué dice este tío de que lleva una brújula dentro?

Pues si, las mujeres tienen un instinto especial, maternal se dice, u otros dicen que llevan la belleza en su interior. Yo no tengo nada de eso, yo llevo una brújula dentro.

Esperaba que nos pasara a Manhattan por el puente del mismo nombre, por el de Brooklyn o el Williansbourg, pero atravesó el East river por el Queens Midtown tunnel, por otra parte, cosa lógica, pues salíamos casi directos a nuestra calle.

_DSC7579

Comenzamos la tournée por las calles de Manhattan y, aunque excitado por llegar acá, me llevé un pequeño chasco, pues vi la ciudad un tanto oscura (debido a la altura de los edificios que no deja pasar la luz), desastrada, por lo menos por los meneos de los baches en el taxi. Por suerte esa impresión irá cambiando con el paso del tiempo.

Después de ver de lejos el edificio Chrysler, la estación central, y el Empire State building, el taxista nos lleva, esquivando Times Square, a la puerta de nuestro apartamento. Serían las tres y media de la tarde de la costa este, cuando le pagamos los 50 pavos más el 10% de propina, mucha propina teniendo en cuenta el cascajo _DSC7585de coche que tenía el pakistaní.

Nos quedamos chafados al ver la fachada del apartamento, un tanto lamentable. Tenemos un restaurante chino a un lado y un tailandés al otro, con la salida de humos a nuestro patio. Construido con ladrillo visto con la necesidad de una limpieza. Llamamos al dueño. Nada más hacerlo baja (estaba en el apartamento esperándonos) y nos ayuda a subir las maletas por una escalera estrechísima (calculo que no tendría más de 70 cm.). Subimos un par de pisos y entramos. Chapurreamos algo con él, lo que buenamente entendemos, le pagamos la semana y nos despedimos. Nos hemos librado de pagar la fianza, 500 dólares, supongo que porque ha visto que somos adultos y no una panda de niñatos jóvenes.

Echamos un primer vistazo y confirmamos la mala sensación que tenemos del piso. Es pequeño, eso lo sabíamos, pero una habitación no tiene ventana, la puerta de su cuarto de baño no cierra bien. Sólo tiene un par de cosas buenas, que precisamente son las mejores, las camas son buenas, con lo que descansaremos bien todas las noches, y que está muy céntrico, apenas a unos 600 metros de Times Square._DSC7604

Después de descansar un rato y colocar las maletas, cogemos la puerta y salimos a ver “la gran cebolla”. Vamos hacia el este por la 46 y nada más cruzar la novena nos encontramos con una ristra de restaurantes de todas las clases y con bastantes pubs. Nos quedamos con la situación para otro día venir y cenar o tomar una copichuela. Seguimos para adelante y llegamos al cruce de la 46 con Broadway. ¡¡¡ALUCINANTE!!! Me quedo boquiabierto, estamos en Times Square, y a pesar de que todavía es por la tarde y hay luz natural, los carteles publicitarios están encendidos y hay un colorido tremendo.

¡Esto si que es NY! Mogollón de gente por todos los lados, para arriba, hacia abajo, a cualquier sitio van, turistas, curiosos, gente que va o viene del trabajo, carteristas, vendedores de Rolex falsos, de entradas de teatro. Una marabunta, y es lunes, ¿qué será cuando sea fin de semana?

_DSC7609

Después de pasar un rato alucinando y de realizar las fotos correspondientes, continuamos en dirección al Radio City Music Hall, situado en la esquina de la 50th st con la 6th avenida. Le hago las pertinentes afotos. Mis compañeros me abandonan y tengo que correr para alcanzarles. Pasamos al lado del Rockefeller Center y de su plaza donde colocan todos los inviernos la famosa pista de patinaje. Es curioso, porque creía que me iba a encontrar una gran plaza y luego resulta que es muy pequeña, o eso es lo que me parece.

_DSC7617

Antes de subir al Top of the Rock, nos acercamos a echarle un rápido vistazo a la catedral de Saint Patrick en la quinta avenida, la famosa quinta avenida con sus tiendas de mírame pero no me toques, pero nos la encontramos cerrada (cierra sobre las cinco de la tarde) con lo que trasladamos la visita al viernes 15 por la mañana.

_DSC7613

_DSC7614

Con las ganas de subir al TOR, volvemos sobre nuestros pasos, son las ocho de la tarde, la hora perfecta para hacer fotos atardeciendo, pillar la hora azul y ya de noche total. Nos adentramos en el hall, allí nos encontramos una lámpara impresionante hecha de cientos de cristalitos de Swarovsky. Compramos los tickets (creo recordar que nos costaron 18 dólares a cada uno) y cogemos el ascensor. Al montar nos damos cuenta que no hay techo, bueno en realidad si lo hay, pero es traslucido para que nos demos cuenta de la velocidad a la que sube, además han colocado lucecitas en el hueco del ascensor para así dar mayor sensación de rapidez.

Al salir del ascensor nos dirigimos a la terraza con las ganas de descubrir la ciudad desde las alturas, y al llegar a ella nos quedamos boquiabiertos, ¡qué vistas!, ¡qué panorama!, ¡grandioso!, ¡qué gastazo de luz más inútil! Estos son algunos de los comentarios que se nos ocurren observando a nuestro alrededor.

Cruzas las puertas y te encuentras en una amplia terraza rodeada de paneles de cristal blindado que sobresale de la barandilla propia del edificio. Estos paneles, puestos por seguridad para que ningún colgao se tire al vacío, y aunque te deja ver la ciudad, están colocados de tal manera que no encuentro un lugar lo suficientemente amplio entre paneles para meter la cámara y apoyarla para realizar fotos en condiciones, sin que salgan movidas. Me sorprende la poca gente que hay, es lunes pero en agosto hay mucho turista y creo que no es normal la ausencia de gente. Está claro que a la gente se le vende más las vistas desde el Empire State Building que desde aquí. Después de los primeros momentos en los que estamos babeando con el espectáculo que se nos ofrece, nos damos cuenta que hay otra altura más. Esta terraza, un poco más pequeña, está metida dentro de la grande, y está a la suficiente distancia del borde como para que no puedan tener la tentación de tirarse y cascarse contra el suelo. Y al no tener mamparas protectoras, puedo hacer todas las fotos que quiera colocando el mini trípode en la barandilla de piedra.

_DSC7629

Lo que se logra ver es tremendo, Brooklyn al este, New Jersey al oeste, Central Park y Harlem al norte y el downtown al sur. Mira tú por donde me ha salido una lección de geografía. Por supuesto, logras identificar otros lugares de Manhattan. Ves bajar los coches por la quinta avenida, el edificio Chrysler, el Empire, la zona financiera detrás de este, los puentes sobre el East river, y sobre todo, un gran rectángulo con apenas iluminación, Central Park.

_DSC7633

Tras casi un par de horas de permanencia en lo alto del Rockefeller center y con el estómago haciendo más ruido que una locomotora de vapor, decidimos ir a cenar. Cuando nos íbamos, en el hall de los ascensores se encuentra una vitrina en la que estaba expuesta la estrella que se pone en la copa del árbol de navidad en la plaza del edificio, una estrella de unos 25 centímetros de largo y ancho, si no recuerdo mal también es de cristal de Swarovsky, la verdad es que brilla una barbaridad.

Dejamos atrás la estrella y una vez abajo, empezamos a buscar un restaurante para cenar, al final decidimos volver hacia casa y si encontramos algo en el camino, paramos y entramos. Para ir más rápido preguntamos a unos españoles (hay que ver que pocos ves por estos sitios, je, je) a dónde podíamos ir. No supieron recomendarnos ningún restaurante en especial, lo único que nos aconsejaron fue que no fuéramos a un Burger King, que las hamburguesas eran aún más malas que en España. De todas formas lo que teníamos claro es que no íbamos a ir a ninguna hamburguesería tipo Mac o Burger. Después de unas risas con ellos nos vamos a Times Square a cenar a Friday’s, que era uno de los bares que nos habían recomendado, y entre que nos pillaba de camino y que teníamos hambre no nos paramos a buscar otra cosa.

Curioso lugar este Friday’s. Una decoración llena de barras y estrellas (que raro, no suelen verse por ahí), un tanto oscuro, y en el rellano de subida al piso de arriba han colgado una enorme cabeza de alce o ciervo, no se cual es. No recuerdo que cenamos, pero a Toñi no le sentó bien lo que tomó, tenía un sabor fuerte, con muchas especias. Nos soplaron 100 pavos.

Terminamos la cena y salimos hacia la casa, pero antes volvemos a pasar por la mayor zona publicitaria del mundo. Puede que me repita, pero es impresionante ver todos esos carteles-pantallas de grandísima calidad, te quedas embobado viendo la gran variedad de publicidad. Se puede comparar lo que hay con lo que había unos cuantos años antes. En el punto de información situada en la misma plaza está colocada una foto de la misma de finales del siglo XIX sin ningún cartel, las casas estaban tal cual como las construyeron, peladas, ¡se veían hasta las ventanas! Otra foto famosa en la que se puede comprobar lo pelados que estaban los edificios, es la del beso famoso que da un marinero americano a una mujer al enterarse que la segunda guerra mundial ha terminado.

A los que fuimos allí, el cartel publicitario que más nos impresionó fue uno que no está en Times Square propiamente dicho, está a unos 50 metros en la séptima avenida hacia el norte. Es uno patrocinado por M&M’s. No se, a lo mejor me equivoco, pero creo que podría medir unos 100 metros cuadrados y de tal calidad que daba la sensación que se iban a salir los caramelejos, sorprendente e impresionante (hay que ver como me repito).

_DSC7653

Dejamos atrás ese gran colorido y ya en la calle 46, nuestra calle, empezamos a notar el cansancio de tantas horas de pie o sentados en el avión, llevábamos unas 26 horas despiertos y una vez que nuestra mente empezó a descansar, nos pegó el bajón y solo deseábamos llegar a casa para coger el catre y descansar todo lo posible para estar bien al día siguiente, que también nos esperaba un día largo. Lo que no nos imaginábamos era lo que nos iba a pasar esa y un par de noches más, el jet-lag maldito.

Read Full Post »