Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Roma’ Category

Hoy iba a ser el último día en Roma, que no la última noche, pues al día siguiente, aunque dormiríamos en Roma, el día lo íbamos a pasar a 300 kilómetros de allí, en Pompeya.

Pero vamos a lo que vamos. Este día teníamos planeado visitar el puerto o ciudad de Ostia, pero como nos habíamos dejado algunas cosas sin ver los días anteriores, decidimos no movernos de la ciudad y visitar alguna cosilla local. Otra de las razones por la que no fuimos a Ostia fue que teníamos que recoger sobre la seis de la tarde la furgoneta que utilizaríamos hasta el final de las vacaciones italianas, con lo que sería un viaje muy corto.

Había varias cosas que podíamos ver, San Sebastián extramuros, las catacumbas, o las termas de Caracalla. Nos decidimos por esto último porque estaba más cerca que ningún otro lugar y, seguramente, porque al no ver las de Diocleciano hace unos días así veíamos lo que serían unas termas.

A todo esto no madrugamos prácticamente, fuimos sin ninguna prisa. Cuando llegamos a las puertas de las termas eran las 11,30 de la mañana, ya pegaba un buen solanero. Al llegar (una vez pagada la entrada correspondiente) nos encontramos con unas ruinas enormes, con unos muros gordísimos y altísimos, todo en ladrillo visto, pero que en su época estaría recubierto de paneles de mármol y esto haría que las termas fuesen majestuosas.

Al pasar vas caminando por tierra casi todo el trayecto, pero en su época estaba todo cubierto de mosaicos, de los cuales puedes observar algunos trozos apoyados en las paredes y se conservan algunas zonas en el suelo, que, por supuesto, no se pueden pisar.

Las termas las empezó a construir Settimio Severo, el mismo que el arco que hay en el Foro Romano, con su hijo Caracalla y solo para pasar a la historia, para que se les recordara (y vaya que nos acordamos de ellos) con esta macro construcción, al igual que hicieron Vespasiano con el Coliseo y Trajano con la Basílica Ulpia. Se dice que en las termas cabían 10.000 personas a la vez y eran tan grandes que estando lleno cada persona disponía de media de 10 metros cuadrados para cada uno. Eran tan fastuosas que allí no solo iban para quitarse la roña, sino que también para cerrar negocios y para otras ciertas cosillas. No seáis mal pensados, se leía y se hacían amistades.

En el recinto había hasta un estadio, además de bibliotecas y galerías de arte. Por desgracia, para los romanos, solo estuvieron en “pie” 300 años, hasta que los visigodos arramblaron con los acueductos que surtían de agua a las termas. A partir de aquí sufrieron saqueos continuos, como todas las ruinas romanas, y muchas de sus grandezas se encuentra esturreadas por toda Roma en distintas construcciones, ya sean grandes o caseras.

La visita es corta, apenas estuvimos poco más de una hora, ya que muchas zonas están cerradas o cortadas al público, aunque se ven salas a lo lejos. Está claro que para preservar la ruina, pero bien que podían abrir el sitio un poco más, pues se hace corto. Y encima, si no vas con una guía (de papel o humana) que te vaya explicando las distintas salas puede que el lugar no te parezca nada del otro mundo, a pesar de su grandeza.

Allá sobre la una de la tarde estábamos saliendo para ir de vuelta al Coliseo. Y antes de comer subimos para ver si podíamos ver (valga la repetición) la Domus Aurea, zona que fue donde vivió el loco de Nerón y que por el nombre os podéis imaginar como estaba hecha su casa, de oro. No toda la casa, pero si una gran parte estaba recubierta de este metal precioso. Por desgracia no pudimos ver nada más que algunas ruinas por fuera, pues la Domus estaba cerrada, se supone que por restauración. No se si lo comenté en el post de la visita al Coliseo, pero Nerón hizo inundar toda la zona en la que está el Coliseo para poder acceder a su casa en barco. Así de chulito era Nerón.

Más tarde, Trajano empezó a destruir sistemáticamente la casa y a taparla para construir sus termas, lo que hizo que se conservara “estupendamente” la Domus, que fue redescubierta en el renacimiento.

No recuerdo donde fuimos a comer, pero teniendo en cuenta donde estábamos y lo bien que comimos días atrás en el Squisito Cook, yo apostaría que volvimos a comer allí, enfrente del Coliseo.

Luego ya solo hicimos tiempo paseando por la zona del Coliseo y del arco de Constantino hasta que se hiciera la hora para ir a por el furgón. A las seis estábamos en la estación de Termini Juanpe, Alejandro y yo para retirar el vehículo que nos llevaría a Pompeya, Florencia y sus alrededores. Los demás creo que se fueron para casa. Aquí tengo un lapsus mental, pues no recuerdo eso, ni que cenamos, si fue cualquier cosa en el apartamento o cenamos en restaurante. Tengo que ir al médico a revisarme la chota para que me saque esos recuerdos.

Bueno hasta aquí mis vacaciones en Roma, pero esto no acaba, ya que la estancia en Italia continuó acercándonos a Pompeya y a la Toscana durante seis días más. Pero eso será en otros post.

Hasta pronto.

Anuncios

Read Full Post »

Debido a la majestuosidad de la ciudad, o por que no caes, o por que lo ves mimetizado en sus plazas, o por cualquier otra razón, cuando paseas por Roma no te das cuenta de la cantidad de piedras egipcias en forma de obeliscos que hay esturreadas por sus calles y plazas. Los hay solitarios, o encima de fuentes, o de elefantes, o delante de edificios oficiales. El caso es que hay mogollón de obeliscos por todos los lados, en concreto hay 13.

Todo es debido a los antiguos romanos, que se los traían de aquellas tierras, cuando la conquistaban o simplemente los espoliaban. Le gustaron mucho y no hacían nada más que traer, yo creo que crearon hasta una línea de barcos expresamente para ir trayéndose todos los obeliscos, la Obelisquian Ships. Pero fue a partir del siglo XVI cuando se empezaron a instalar en las distintas ubicaciones. El promotor de ello fue el papa Sixto V y de ahí en adelante fueron otros papas o magnates los que los movieron de lugar.

Como son tantos les voy a dedicar una entrada solo para ellos. No va a ser nada del otro mundo, solo va a ser nombrarlos, decir donde están y poner una fotico de ellos.

Para empezar, decir que nos faltaron por ver dos. Uno está en la Villa Celimontana, una zona ajardinada al este del circo máximo, la cual no nos llamó la atención de ser visitada. Otro no visto, por torpes y tontos fue el que está colocado al lado de la estación Termini, entre esta y las termas de Diocleciano. Tanto en la estación como en las termas estuvimos, si no vimos el obelisco (también es verdad que es de los pequeños) es porque estábamos despistados o yo que se.

De los otros once poco os voy a explicar más, solo que son egipcios y están en Roma. ¡Ah! y que os pongo una foto.

Empecemos por el más llamativo o más visto, el del Vaticano. Y no por que sea mejor o peor que los otros, simplemente por el lugar donde está, en la plaza de la basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.

Ahora el que se encuentra detrás de Santa María la Mayor, que posiblemente mucha gente de la que visita la ciudad no se da cuenta de el, porque está en la parte de atrás de la basílica y la gente no irá a la parte trasera a ver el obelisco, se queda delante de la iglesia.

Otro que se encuentra delante de otra de las grandes iglesias, es el de San Juan de Letrán. Es uno de los que más me gustaron, por la situación, con San Juan detrás y el palacio Lateranense a un lado. Es mi gusto, y para gustos los colores.

Uno de los más curiosos es el de Minerva, frente a la iglesia de Santa María sopra Minerva. Es el más pequeño y está situado encima de un elefante que realizó Bernini.

De los más espectaculares, es el de la fuente de los cuatro ríos. El obelisco culmina la tremenda fuente y la hace aún más bonita y grandiosa.

Otro que tiene una gran localización es el que está en la Plaza del Popolo. La amplitud de la plaza y su altitud (la del obelisco) hace que destaque mucho. Además desde cualquier punto que lo mires destaca, ya sea desde el mirador al este o con las dos iglesias del sur, o con la puerta del Popolo al norte. Da lo mismo, su soledad central, solo acompañada de cuatro figuras de animales con función de fuente, le da una belleza singular.

Muy cerca de este obelisco se encuentra otro, en el Pincio, en Villa Borghese. Casi pegado al mirador que da a la plaza del Popolo. Este estuve a punto de no verlo. Estaba más pendiente de ver donde estaba el mirador que del jardín que tenía a mi derecha y que es donde está. Fue puritita casualidad.

Uno situado en uno de los lugares más bonitos de Roma, el de la coqueta plaza de la Rotonda. Colocado encima de la fuente y frente al Panteón romano. No se si los turistas se darán cuenta de la belleza que da a la plaza, puede que se fijen más en el Panteón por lo grande que es frente a lo pequeño del obelisco, pero el conjunto de la fuente-obelisco en ese lugar, con las coloridas casas tan cercanas hacen de la plaza uno de los rincones más pintorescos y más bonitos de la ciudad, por lo menos para mi.

El parlamento no se podía quedar sin obelisco, aunque cuando se colocó allí, allá por el siglo XVIII, no estaría lo que es el edificio actual del parlamento.

Otro edificio oficial que “posee” otro obelisco es el palacio del Quirinale, donde vive el presi de Italia. El obelisco está acompañado por dos estatuas de Castor y Polux.

Y por último, y no menos importante, el que está situado en la parte superior de la escalinata de la plaza de España y delante de la iglesia de la Trinidad del Monte. Es fácil de ver, sobre todo si te sitúas en la plaza, y levantas la vista para ver la larga escalera y la iglesia.

Bueno, hasta aquí este post en homenaje a tanta pieza egipcia en tierra extranjera.

Hasta pronto.

Read Full Post »

Otro día en el paraíso.

Aunque un poco menos paraíso gracias a los niñitos que tenemos y que solo quieren estar en casa. ¡¡Válgame la burra!!, con lo que hay en Roma de que disfrutar y solo quieren ver televisión. De donde no hay, no se puede sacar.

Hoy va a ser un día bohemio, toca el Trastévere.

Nos acercamos hasta el río Tiver para coger un bus que nos suba hasta el mirador del Gianicolo. Ese bus, si no recuerdo mal, sale desde el puente de Amadeo Savoya. Escalamos la colina por sus curvilíneas callejuelas hasta llegar a una explanada donde hay una estatua ecuestre a Garibaldi, que debió ser alguien importante, sino a ver porque tiene una estatua homenajeándolo.

Desde esta explanada se puede observar toda Roma, es uno de los mejores miradores, junto a la cúpula de la Basílica del Vaticano, que hay en la ciudad.

Hacía un día precioso de Agosto y, por suerte, no había mucha bruma con lo que podíamos disfrutar de las vistas. Jugamos con los críos a descubrir los edificios, a ver si sabían donde estaban. Y tras un rato en el mirador, fuimos bajando por el paseo de Gianicolo y la vía de Garibaldi que nos llevaría al Trastévere.

Pero antes pararíamos en otra de las fuentecitas que hay en Roma, la Fontana dell’Acqua Paola. Esta, como la de Trevi, es una “mostra terminale” de un acueducto, la primera fuente donde llega el agua desde un manantial, el lago Bracciano, unos kilómetros más al norte. También la llaman Fontanone o fuente grande.

Enfrente de la fuente se encuentra el que era el edificio residencial del embajador español. Menuda casita tenía el colega, veía todo lo que pasaba en Roma desde sus terrazas. Ahora ya no vive y se ha convertido en el Instituto Cervantes.

Una vez que hemos bebido de la fuente y rellenado las botellas que llevábamos, continuamos nuestra ruta. Un poco más abajo hay un monumento a los caídos por Italia, un templete formado por 12 columnas. No nos entretenemos mucho y seguimos nuestro camino.

Casi enfrente del monumento a los caídos se encuentra la iglesia de San Pietro in Montorio, donde en un principio se creyó que fue crucificado San Pedro. Pegado al edificio del claustro está la Real Academia de España. Desde las escalera de la iglesia seguimos teniendo unas vistas preciosas de la ciudad eterna.

Hasta aquí hemos ido yendo por paseos sin apenas gente, rodeados de arboledas, con mucha sombra. A partir de aquí ya vamos a entrar en el barrio propiamente dicho y caminaremos por entre sus callejuelas estrechas, con sus edificios anaranjados, sin otro fin que el de disfrutar de sus rinconcitos llenos de yedras, Vespas aparcadas y ropa tendida.

Descendemos hacia la plaza principal, donde esta la iglesia de Santa María in Tratevere, gozando de cada adoquín, intentando no doblarnos los tobillos, con el sol dándonos en los cogotes, pero sin amilanarnos en absoluto de poder disfrutar de todas las esquinas de este bohemio barrio. Al medio día justo cruzamos la puerta de Santa María in Trastevere, que según la superchería o religión o leyenda, cada cual que lo justifique como quiera, San Jerónimo vio rezumar aceite del suelo durante un día y ya pensó que la gracia de Cristo llegaría pronto a la humanidad. Aceite, gracia de Cristo. Gracia de Cristo, aceite. No le veo la relación, pero como ya he dicho que cada cual piense o crea lo que quiera. Lo que si es cierto, es que la iglesia merece la pena visitarla, por su columnata, por sus mosaicos, por su belleza artística en general, es preciosa.

Una hora más tarde, más o menos, estábamos fuera otra vez, y como se acercaba la hora de zampar, empezamos a mirar donde comer, mientras íbamos circulando. De todas formas, dijimos de salir del barrio e ir a ver la boca de la verdad, ya que no podíamos entrar en Santa Cecilia hasta por la tarde. Por lo que descendimos toda la vía della Lungarina que va a parar todo recto al puente Palatino, que cruza el Tiber, y nos topamos sin querer (o queriendo) con la iglesia de Santa María in Cosmedin, que es donde está la susodicha boca de la verdad.

Como casi todo en este mundo, y como he dicho anteriormente con Santa María in Trastevere, las leyendas justifican el porque de las cosas, edificios o personajes. En el caso de la boca de la verdad, es que tienes que meter la mano en la boca y si mientes a una pregunta (principalmente de amor) la piedra se queda la mano, si dices la verdad sigues en posesión de tu extremidad. Como buenos turistas nos hicimos las típicas fotos metiendo la mano en la boca. Evidentemente no nos pasó nada, nuestros amores estaban a salvo y sin cuernos.

Lo curioso es que la iglesia que hospeda a la boca tiene mucho más que ver que la propia boca, pero nadie, o casi nadie, pasa a ver su interior (como nosotros). Todos se pasan a hacer el paripé de meter la mano y a hacerse la foto correspondiente (ya digo, nosotros incluidos)

A partir de aquí hubo divergencias sobre dónde comer, algunos querían ir al centro, donde hay más variedad de restaurantes y así encontrar algo suave para Ángela que fue al viaje con problemas digestivos. Y otros, entre ellos yo, que optábamos por volver al Trastévere, pues la ruta seguía por allí y pensábamos que era una paliza (y una pérdida de tiempo) ir al centro para luego volver al mismo sitio. Como estamos en libertad, cada uno hizo lo que quiso y nos dividimos, unos se fueron al centro y otros volvimos al barrio. Nosotros comimos bien en la Antica Osteria Rugantino.

Aunque nos dividiéramos para comer, luego quedamos para seguir nuestra ruta del día. Sobre las cinco llegamos a Santa Cecilia, después de ir zigzaguendo por esas callejuelas trasteverinas. Pasamos a ver la iglesia que crearon (en el lugar donde vivía) en memoria de Cecilia, una mártir de la época romana. Santa Cecilia es patrona de la música. De la iglesia original no queda nada, dicen que se hizo allá en el año de la picor (como diría mi abuela) De la actual está el campanario del siglo XII y la fachada, como el interior, del XVIII, principalmente. La figura yacente de Santa Cecilia que hay debajo del baldaquino tiene la cabeza vuelta y se ve en el cuello el corte (murió decapitada) Dicen que la escultura se hizo a imagen y semejanza de como estaba en la tumba la santa.

No me acuerdo porque no vimos la cripta, no se si estaba cerrada al público o no nos dimos cuenta que había cripta, pero en un viaje más reciente si pude verla y recomiendo que se visite.

Salimos de Santa Cecilia y fuimos a ver otro “éxtasis” de Bernini que está en la iglesia de San Francisco a Ripa (orilla del río) La iglesia está a unos 500 metros de Santa Cecilia, en el punto más al sur del Trastévere, unos metros más allá y nos vamos del barrio. Bernini hizo tres éxtasis, y aunque el más famoso para nosotros los españoles es el de Santa Teresa de Jesús, en realidad el más bonito, artísticamente hablando, el más conseguido, es el que está en San Francisco a Ripa, dedicado a Ludovica Albertoni. La estatua tiene un realismo tremendo, como la de Santa Teresa, pero yo, más que éxtasis, veo otra cosa. Yo que tengo la mente sucia.

La verdad es que por la tarde íbamos un pelín rápido, en 40 minutos nos habíamos ventilado Santa Cecilia y San Francisco a Ripa. Y ahora nos tocaba una de las grandes, San Pablo extramuros. Para ello teníamos que coger un autobús. Cruzamos el río al sur del Trastévere, por el puente cercano a la Porta Portese, hacia la via Marmorata, donde pillaríamos el bus que nos dejaría en la misma puerta de la iglesia.

Durante el trayecto en bus pasamos al lado de la puerta más al sur de la ciudad del siglo VIII, la puerta de San Pablo, desde la que salía (en la antigüedad) un pórtico que cubría todo el trayecto hasta la iglesia, para que así la gente no sufriera las inclemencias del tiempo. San Pablo (la iglesia, claro) se levantó donde se enterró al santo tras morir decapitado (al ser ciudadano romano no podía ser crucificado)

La iglesia es enorme, gigantesca, fantástica. Aún así, dicen que la original del siglo IX era más fastuosa aún (era lo más de lo más hasta que se hizo San Pedro), pero un incendio al principio del siglo XIX la destruyó y la que reconstruyeron no llegó a la grandiosidad de la primera. A pesar del incendio todavía mantienen las puertas de bronce que Constantino mando hacer en el año 1070 y varios mosaicos de los siglos V y XIII. La visión de la nave central es tremenda, está separada de las otras dos laterales por 80 columnas. Creo que San Pablo extramuros es una visita obligatoria si se va a Roma.

Sobre las siete de la tarde terminamos la visita de la iglesia y de todo lo que nos tocaba ver en este día. Cogimos otro bus que nos llevaría al centro y decidimos bajar en el Coliseo y terminar la tarde-noche paseando. Cenar íbamos a cenar en el restaurante que hay detrás de la plaza Navona, en el que ya habíamos comido o cenado en otras ocasiones. Como siempre cenamos pizza y algún risoto bañado con cervecilla fresca. Postre no tomamos, pensamos que era mejor despedirnos de la plaza Navona tomándonos un helado (el mio de nocciola) sentaditos en una de sus fuentes, disfrutando de la noche, del helado, de la plaza y de la compañía. Y eso hicimos.

A las tantas, bus y pa casa a descansar.

Read Full Post »

Salir más temprano y más rápido no supone hoy ningún problema, ya que los que más nos retrasan (los niños) se quedan en casa con mis cuñados, y no los volvemos a ver hasta la hora de comer para después entrar al Coliseo.

Como he dicho, nos levantamos más temprano para aprovechar el máximo tiempo posible en el Foro Romano. Eso supone estar en la puerta del Foro a la hora de apertura, que era a las nueve de la mañana.

A esa hora apenas nos acompañan tres gatos callejeros, situación que se agradece aún más para poder disfrutar con mayor silencio y tranquilidad del petrificado lugar. Hoy está claro que iba a ser un gran día, nadie nos iba a molestar, ni críos, ni gentío. La alegría solo duró un par de horas, pues poco a poco el Foro se fue llenando de transeúntes y visitantes. Por suerte, en ningún momento fue agobiante, como más tarde sería ver el Coliseo.

Pero empecemos con la visita.

Cada uno coge su MP3, movil, o lo que sea, se encasqueta los auriculares y empieza a escuchar la audioguía que llevábamos para el viaje. Nos vamos hacia la derecha, hacia el monte capitolino, donde está el arco de Settimio Severo, una de las pocas cosas o edificios que están en pie en todo el foro.

Al lado del arco han montado una pequeña exposición, en el edificio de la Curia, donde pudimos ver distintos restos decorativos, frontis, esculturas, etc. También había piezas decorativas que se ponen en el suelo, no me sale ahora el nombre, son como cuadros formados por muchas piececitas pequeñas de distinta forma pintadas. ¡¡¡Coño!!!, ¡¡¡mosaicos!!!, no me salía el nombre, joder.

Después de echarle un vistazo, más o menos rápido, continuamos para ver los restos del templo de Saturno. Solo quedan unas pocas columnas, pero el templo junto al arco forman las piezas más conservadas y son con las que más te puedes hacer una idea de lo espectacular que fue el foro. El templo es el edificio que está más pegado al Palacio senatorio de la colina capitolina.

Damos la vuelta y nos dirigimos como si fuéramos al Coliseo, paseando por entre las ruinas, imaginándonos lo tremendo que tuvo que ser, lleno de columnas, edificios, todo en mármoles o piedras blancas. Sería toda una calle peatonal de casi un kilómetro llena de templos, sobre todo, en la que se manejaron todo tipo de negocios y trapicheos. Junto al arco está la columna de Foca, que fue el último monumento construido en el foro

Al lado del templo de Saturno estaba la basílica Giulia (a la derecha de nuestra dirección, las basílicas no eran centros religiosos, sino palacios de justicias o tribunales), seguido del templo de Cesar y la casa de las Vestales, por supuesto, también con su templo dedicado a Vesta. Un poco supersticiosos si que eran, o religiosos, según se mire.

En la casa de las vestales vivían seis sacerdotisas que eran las guardianas del fuego sagrado. Vivían a tuti plen, con todas las comodidades. Debían ser vírgenes durante toda su vida, eran elegidas entre los 6 y 10 años de edad y debían prestar sus servicios durante 30 años. Eran casi tan importantes como las mujeres de la familia imperial. Tenían todo lo que querían, solo tenían una desventaja, si se descubría que ya no eran vírgenes las mataban a pedradas.

Enfrente, en el lado izquierdo, había otros templos (más templos), el de Antonino y Faustina, y el del Divo Romolo. Al lado de estos hay una iglesia “moderna” que aprovechó la existencia de otro templo romano, el de Vespasiano, para plantar su cruz.

A continuación de esta, están las tremendas ruinas de la Basílica de Majencio. Se conserva todo un lateral del edificio con lo que podemos imaginarnos la grandeza de este edificio y podemos suponer como eran las otras basílicas del foro.

Así llegamos al arco de Tito, un arco bastante más modesto que el de Settimio, pero con grandes relieves en su interior, conmemorando la victoria sobre los judíos y la destrucción de Jerusalén.

Al llegar al arco de Tito se llega al final de lo que se conoce como el Foro Romano. A partir de aquí, y subiendo hacia la derecha entramos en el Palatino. El Palatino es una de la siete colinas de Roma. Aquí se encontraron los primeros vestigios de la Edad de Hierro, y se cree que fue en esta colina donde nació Roma, donde se criaron Rómulo y Remo. Fue en el Palatino donde se asentó la zona residencial, aquí vivieron Octavio, Augusto, Cicerón, Craso, Cátulo y otros. La palabra palacio sale de esta zona.

Pero fue Domiciano el que colocó la colina en todo su esplendor, realizando la Domus Augustana, la Domus Flavia y el estadio. Desde la Domus Augustana vimos el Circo Massimo, donde Ben-hur y otros peleaban por ganar carreras de cuadrigas.

Nos damos una vuelta por todos estos lugares, empezando por el estadio y acabando por la Domus Flavia. De aquí entramos en un parque, un jardín en el que seguramente también habrá o ha habido ruinas de la época romana, pero que hoy es un jardín botánico y que, gracias a su situación elevada, se puede observar todo el foro en una visión general.

Llevábamos casi cuatro horas paseando entre ruinas y ya era hora de salir y de esperar al resto del grupo con el que habíamos quedado en el arco de Constantino sobre las dos para ir a comer antes de entrar en el Coliseo. Sobre la una y media ya estábamos contemplando el arco, descansando o afotando todo lo que había por los alrededores. Yo me dediqué a hacer fotos en detalle a todos los bajorrelieves y figuras que tiene el arco.

Cuando llegaron los demás, nos fuimos a comer a un restaurante que está encima de la salida del metro del Coliseo, creo que se llama Squisito cook. La espera nos había hecho estar acalorados en demasía y fue la razón que hizo que nos atizáramos medio litro de cerveza de casi un trago. Que bien sienta un cervecica bien fresquita. Fue aquí donde cometí el error de darle a probar cerveza a mi hijo. Desde entonces hay que retenerle en el tema cerveceril.

Unas cervezas y unas pizzas más tarde nos dirigimos a ver el Coliseo. Este es uno de los edificios o lugares más espectaculares y sobrecogedores que creo que ahora mismo hay en el mundo. Esto lo digo sin haber apenas viajado y haber visto in situ lugares como el gran cañón, las pirámides, el Taj Majal, la barrera de coral, etc. Pero el Coliseo si lo he visto, y por suerte, dos veces, y no me importaría volverlo a visitar, tanto por dentro, como tomando un helado de nocciola mientras disfrutas del atardecer en sus alrededores.

Tras estas palabras sentimentaloides continuo con el relato del viaje. En el interior del Coliseo fue el único sitio (durante todo el viaje) donde mi hijo estuvo atento a las explicaciones de la audioguía y no estuvo dando el follón. Eso de escuchar lo de las peleas entre gladiadores, o con leones le entusiasmó más que otras cosas.

Del Coliseo poco se puede decir, salvo que no se haya tenido interés en saber algo de la historia del mismo. Lo último que me he enterado (y no tiene nada que ver con el Coliseo, sino con la zona en la que está construido) es que Nerón, en su más alta modestia, hizo que se inundara toda la zona para así llegar en barco hasta su propia casa, que estaba en la Domus Aurea, al lado mismo del Coliseo.

Volviendo al Coliseo, su nombre real es Anfiteatro Flavio y llegó a albergar a cerca de 60000 personas en sus gradas cuando en Roma no llegaba a tener más de 800000 habitantes en el momento más álgido de ocupación. Haciendo una extrapolación un tanto burda al mundo actual, es como si el Santiago Bernabeu tuviera capacidad para 300000 personas, tres veces y pico su capacidad actual.

Recorrimos todos los rincones del anfiteatro, salvo el escenario que han puesto simulando la arena, por arriba, por abajo, a un lado, al otro, disfrutamos del Coliseo como debía ser. Por supuesto, yo disfruté también haciendo una buena ristra de fotos. Entre ellas la que pongo debajo de estas líneas que está compuesta por casi 60 fotos, no se si se he podido plasmar lo grande que es el anfiteatro.

Una vez que salimos, unas dos horas más tarde, ya disponíamos de tiempo libre para hacer lo que nos viniera en gana. Dimos una vuelta final alrededor del Coliseo y nos fuimos hacia la colina Capitolina, para echar un vistazo final al foro desde uno de sus miradores.

Ya solo quedaba ir a cenar, como siempre pizza y alguna que otra ensalada, ya que es lo más barato del lugar, y después pillar otra vez el bus para volver a casa a sobar y recuperarnos de la panzá a andar que nos hemos dado y del calor que se nos ha metido en el cuerpo.

Read Full Post »

Primer y único día que refrescó en todas las vacances. Se levantó nublaico con lo que podría sorprendernos con unas gotas o con una tormenta de narices. La suerte fue que solo cayeron unas gotas, las suficientes para tener que comprar un mini paraguas a los chinos (que lo utilizamos durante apenas una hora) para no mojarnos, y que refrescara el ambiente y las calles y no pasáramos un calor de mil demonios.

Como todos, o casi todos los días nos desperezamos lentamente. Lo que más costaba enderezar eran los críos, y para más inri, se ponían a ver los dibujos animados y Disney Chanel en italiano, que no se enteraban de nada, a ellos les daba lo mismo. Teníamos que cogerlos de las orejas para que desayunaran, hicieran las camas, se lavaran la cara y los dientes, y, una vez hechas las tareas domésticas, ya podían vagabundear por la casa, o por internet, que era donde más disfrutaban los niñicos, era donde ellos querían estar todos los días, eso de ver piedras y monumentos no les llamaba la atención, eso es cosa de mayores.

Más o menos sobre las diez cogimos carretera y manta. Nuestro autobusico (este día prácticamente lo íbamos a hacer en bus) nos iba a dejar detrás de la tarta de la plaza Venecia. Allí nos separamos, unos nos acercamos al claustro de San Pietro in Vincoli andando y otros se quedaron a esperar el autobús que les llevara más cerca. Mientras discutíamos la situación, comenzó a chispear y entonces aparecieron de la nada los indues que vendían relojes u otros artefactos y que llevaban paraguas. Era sorprendente que lo que vendían el día anterior eran juguetes, relojes, gafas de sol y justo por la mañana que no había empezado a llover y ya llevaban paraguas. La logística de estas personas era alucinante.

Quedamos justo en las escaleras de la calle Cavour que ascienden hasta la puerta del claustro. Enfrente de estas, en la otra acera, había un chino y Toñi y Geli se acercaron para comprar unos paraguas, que, por suerte, luego utilizaron bien poco.

Ascendimos por las escaleras, un buen tramo de escaleras, pasando por un túnel que había debajo de uno de los edificios que rodean la plaza donde está San Pietro.

Al llegar a la plaza vimos lo simple, artísticamente hablando,  que era la basílica de San Pedro Encadenado. Nos protegimos de la fina lluvia en el porche de la misma, donde lo hacían también un buen número de turistas. A esta iglesia vinimos a ver la tumba del papa Julio II, que fue el que la restauró (la iglesia), allá por la edad media.

La iglesia la mandó construir la emperatriz Eudoxia para contener una de las cadenas con las que estuvo apresado San Pedro. Años más adelante se consiguieron otras cadenas que se utilizaron para lo mismo, y se colocaron juntas y, oye,  milagrosamente se unieron.

Como ya he dicho la iglesia es muy simple, no tiene mucha ornamentación. Lo único destacable (para mi) es el Moisés de Miguel Ángel. Lo que iba a ser un macro mausoleo para el papa Julio II, se quedó en apenas unas cuantas figuras. Eso si el Moisés es sensacional, tiene un realismo en sus formas que parece que te va a decir algo cuando lo miras. Unos dicen que el Moisés es “la tragedia de la vida de Miguel Ángel”, otros dicen que el autor cuando concluyó la obra le dio una palmada en la rodilla y le dijo “hablame”. De todas formas, es la obra que más tardó en terminar, empezó en 1513 y terminó 40 años después.

Al salir de la iglesia nos encontramos que apenas llovía. Deshicimos lo andado y volvimos a tomar las escaleras, esta vez, en dirección descendente. Nos fuimos a la derecha en la vía Cavour, ahora andando, dejamos el bus para otro momento. Nos íbamos a ver una de las cuatro magníficas (más bien patriarcales) de Roma. La basílica de Santa María la Mayor.

¿Qué es eso de las cuatro iglesias patriarcales o iglesias mayores? Patriarcal es el título de mayor rango que se le da a una iglesia. En un altar de una iglesia patriarcal no puede oficiar nadie que no sea el Papa. En este caso hay cuatro iglesias mayores o patriarcales: San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Estas cuatro junto a una basílica menor, San Lorenzo Extramuros, forman la Pentarquía. Básicamente, significa que son las cinco iglesias primordiales o principales de la iglesia católica. Junto a estas cuatro + una, había otras dos que eran consideradas mayores, pero que ahora son menores, la de San Sebastián Extramuros y la de la Santa Croce in Gerusalem.

Doblamos muy ligeramente hacia la derecha cogiendo la calle de Santa María la Mayor, y en la esquina de esta con la calle Liberiana decidimos tomar un cafelito, sentándose algunos en el bar que hay en esa esquina y de cuyo nombre no quiero acordarme, no por ningún motivo funesto, sino porque era un bar como otro cualquiera. Allí, mientras un par tomaba café, otros se fueron a la plaza de la entrada principal de la basílica y otros, entre ellos yo, nos fuimos a afotar la parte trasera de la misma, en la plaza del Esquilino.

Ya había dejado de llover y podíamos, de momento, movernos sin ningún problema meteorológico. En la plaza hay un obelisco, otro más (tendré que hablar de ellos en alguna entrada), en el centro, con apenas cuatro árboles en un lado y la parte trasera de la basílica en un lado. Ésta, con el obelisco, y la limpieza de la plaza, forman un conjunto muy ameno y tranquilo por el que pasear y/o permanecer. Supongo que a pleno sol, otro gallo cantaría, pero con el día nublado se estaba muy bien. También hay que tener en cuenta que la gente, normalmente, está en la parte de la fachada, no en la de la parte de atrás, je, je.

Bueno, nos fuimos para adelante a ver la fachada de la basílica y poder entrar en ella. La iglesia posee varios nombres, además del sabido, también se le llama como basílica de Santa María della Neve y basílica Liberiana. Liberiana porque la mandó construir el papa Liberio debido a una visión que tuvo cuando la Virgen María le dijo que construyera la iglesia en un lugar nevado. Al ser agosto era difícil que nevara, pero el 5 de ese mes cayó una nevada donde ahora está la basílica. Esto ocurrió en el año 358 (con lo que no lo pude constatar el dato con ningún abuelo del lugar, todos habían ya fallecido, una lástima) De aquí el nombre de Santa María de las Nieves. Todos los años se conmemora el milagro lanzando pétalos blancos desde la bóveda. Esta basílica es la más grande que se dedica al culto de la Virgen María en Roma.

Desde la plaza de entrada se puede apreciar como la basílica parece más un palacio que una iglesia. Así lo utilizaron los papas durante un tiempo después de su llegada desde Avignon. Su interior es típico, tres naves separadas unas de otras con grandes columnas. En la nave central se puede contemplar su techo pagado por los Reyes Católicos con el oro del nuevo mundo, es decir, América. Su campanario es el más alto de toda Roma. Una curiosidad es que la basílica no es italiana, por unos pactos o tratados forma parte del estado del Vaticano.

Aquí están enterrados dos papas, Pablo V y Sixto V. Este último realizó una de las capillas de la basílica y se llama igual que la de San Pedro, sixtina. También aquí está enterrado Bernini, aunque de una forma mucho más modesta, apenas una losa en el suelo con su nombre.

El “cura” a cargo de la basílica (nombrado por el papa) es el arcipreste español, y casi paisano, Santos Abril y Castelló. Digo “casi paisano” por que es turolense, de Alfambra, y mis antepasados inmediatos son también de la provincia de Teruel.

Después de esta maravilla, tocaba ir a otra de las grandes, San Juan de Letrán. Entre Santa María y San Juan solo debíamos bajar por la calle Merulana que conectan las dos basílicas, pero la puñetera calle tiene más de un kilómetro de largo, así que pillamos un autobús que nos bajó hasta la mismísima puerta de la iglesia.

Abajo, a varios de nosotros (entre ellos alguno de los niños) nos entró ganas de miccionar y había que hacerlo antes de entrar no fuera a ser que ensuciáramos los mármoles de la iglesia. Así nos dirigimos a buscar un lugar donde hacerlo, sin levantar sospechas. Por las cercanías de la puerta principal no había ningún local al que entrar disimuladamente y realizar el acto.

Cerca se encontraba una de las puertas de la ciudad, así que salimos por allí en busca de un bareto en el que colarnos. Na, justo al cruzar el arco había un mercado y en los edificios de allí un bareto en el que depositar el líquido interno. Por supuesto, antes y después de dicha acción, el menda estuvo haciendo unas cuantas foticos al entorno.

De vuelta al grupo, entramos en San Giovanni in Lanterano, otra de las grandes de la iglesia de Roma y todo el mundo católico, y la catedral (oficial) de Roma, ni San Pedro, ni Santa María la Mayor, ni Cristo que los fundo (con perdón). Es esta archibasílica la que hace la función de catedral de la ciudad eterna.

El nombre oficial de la basílica es Archibasílica del Salvador y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista, pero podemos llamarla San Juan de Letrán. Más fácil, ¿no?

Cuando pasas te encuentras en un museo, en un paraíso del arte. La basílica es tremenda, es maravillosa. Te sitúas en la nave central y observas las doce estatuas de los doce apóstoles con el baldaquino y el altar al fondo. En la iglesia pusieron las manos Borromini, Rusconi o de la Porta, aunque casi todos los grandes participaron en la construcción de la misma. Los dos primeros fueron los responsables de la mayoría de los apóstoles.

Todo el mundo visita San Pedro (que la merece), pero a la hora que fuimos a ver la iglesia apenas encontramos gente y creo que esta basílica merece tanto o más que San Pedro. Por lo menos es lo que a mi me parece. Yo me quedé boquiabierto al ver la iglesia y eso que no vimos prácticamente nada de la misma. En los edificios colindantes se encuentran un baptisterio octogonal que dicen que es digno de ver y en el palacio lateranense se encuentran la escalera santa, la que dicen que había en el palacio de Poncio Pilato y que subió Jesucristo. No se puede subir de pie, solo se puede ascender de rodillas u arrastras. También nos perdimos el claustro. Vamos que si nos damos cuenta no hubiésemos visto ni la basílica.

Salimos de la misma por la puerta lateral que hay en el crucero derecho. Sales a la plaza donde se encuentra el obelisco más alto de Roma, con el palacio latereranense a la derecha. Poco a poco nos fuimos reuniendo en la plaza de San Giovanni, y todos íbamos saliendo con las tripas cantando. Por lo tanto, llegó la hora de jalar. Justo enfrente del obelisco, al principio de la via Merulana, a la derecha conforme andábamos, se encuentra una de las pizzerías más buenas en las que comimos, la pizzeria Merulana (original nombre). No comimos nada más especial que otros días, pero todo estaba muy bueno y el ambiente era bastante cálido y confortable, además los precios fueron de lo más normal, conforme a lo que comimos. Vamos que recomiendo el lugar para todo aquel que visite la ciudad.

Llegado este momento volvimos a coger carretera y manta, en este caso, calle y chal. Nos dirigimos hacia la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalem que apenas se encontraba a un kilómetro del restaurante. Lo que no recuerdo es si pillamos autobús, a pesar de la corta distancia, o fuimos un rato andando y otro caminando. El caso es que cuando llegamos a la iglesia que mandó construir Helena, madre de Constantino, para conservar las reliquias que trajo de Tierra Santa, nos la encontramos cerrada, a pesar que no era una hora muy extravagante.

La iglesia, como ya he dicho, fue realizada para contener las reliquias que se trajo Santa Helena de Jerusalem. Esta era tan devota, o tan chiflada, que se trajo tierra para construir la iglesia sobre la misma. Dicen que contiene varios trozos de la Cruz, parte de la inscripción INRI, dos espinas de la corona, un clavo de la Cruz y un dedo de Santo Tomás. Pero todavía está por ver si todas la reliquias son verdaderas (oficialmente hablando). Creo que va siendo hora de comprobarlo, después de haber pasado casi 2000 años desde que las trajo la santa.

Sin perder más tiempo nos montamos en el tranvía y nos fuimos hasta San Lorenzo Extramuros, otra de las siete iglesias principales de peregrinación de Roma. Solo nos quedaría San Pablo Extramuros y San Esteban. Esta última no la veríamos, dijimos de dejarla para otro viaje. Y San Pablo si la veríamos, pero un par de días después.

Eran poco más de las seis de la tarde, pero el cansancio empezaba a salirnos por los poros, cuando empezamos a ver la iglesia, esta si estaba abierta, dedicada a San Lorenzo, que murió de una forma muy “curiosa”, fue asado a fuego latente (osea, a la brasa). El que lo hizo era un verdadero bárbaro.

La iglesia es la unión de dos, una del siglo 4, la original dedicada al santo, y otra del siglo 7. Pero fue en el siglo 13 cuando se unieron las dos al tirar sus ábsides. Está dispuesta en dos alturas, la vieja es la parte alta y la nueva es la baja. El altar se encuentra encima de la cripta y en la parte alta. La iglesia no es un lechado de ornamentación, pero es original eso de tener dos alturas, y las columnas que separan las naves, sobre todo en la parte vieja, son preciosas.

Después de esto ya nos quedaba poco que ver en el día de hoy. Volvimos a pillar un bus que nos dejó al lado de la basílica de San Clemente, a la cual llegamos tarde y estaba cerrada, solo pudimos pasar a un pequeño claustro que es la antesala de la basílica. La iglesia dedicada a este santo-mártir apenas se ve desde fuera, pues esta metida unos metros hacia abajo y por fuera pasa desapercibida ya que su majestuosidad está en su interior, dicen, ya que no pasamos. Si no sabes que está ahí pasas de largo sin darte cuenta.

A partir de aquí fue el único momento que paseamos largo y tendido en todo el día, fuimos desde la basílica de San Clemente hasta la Piazza Venezia, pasando al lado del coliseo y subiendo por la vía de los Foros Imperiales.

Salimos de la basílica por la vía de San Giovanni in Lanterano hacia el coliseo. Al llegar al final de la calle, o principio, según se mire, vemos unas ruinas, es el Ludus Magnus, el mayor gimnasio de gladiadores de Roma, construido por el emperador Domiciano en el siglo I. Estaba comunicado mediante túneles con el Coliseo y tenía su pequeño anfiteatro donde se entrenaban los gladiadores.

Rodeamos el Coliseo por la derecha, según nuestra dirección, y pasamos a la acera de la derecha de la vía de los Foros Imperiales para llegar a ellos más directamente. Los foros están compuestos por varios foros dedicados a otros tantos emperadores y están partidos por la vía de los Foros Imperiales que fue construida por el puto Musolini para poder realizar desfiles militares y así resaltar su ego por encima del ego de los antiguos emperadores.

Los foros dedicados a Nerva, Augusto y Trajano están a la derecha, según vas a Venezia, y el de Vespasiano y el más conocido, al que se llama romano, están a la izquierda. Este último lo íbamos a visitar al día siguiente.

Algunos dirían que solo son piedras tiradas en el suelo colocadas con cierto orden, y en parte pueden tener razón, pero si usas un poco la imaginación y terminas las construcciones con la mente puedes llegar a ver lo majestuosos que debieron ser estos centros de vida política y económica de Roma. Sobre todo el Foro Trajano, con el mercado semicircular y la tremenda columna Trajana, con su espiral grabada con 2600 figuras que cuenta la historia de las campañas militares contra los dacios, tiene una altura de 30 metros y está coronada con una figura de San Pedro, aunque originalmente había una de Trajano. En su base se guardaron los restos del emperador, una vez muerto, claro.

Ya llegaba a su fin este día y solo quedaba cenar e ir a acostarnos. No me acuerdo donde cenamos, pero teniendo en cuenta el sitio en el que estábamos yo diría que acabamos en el Pizzarito que hay cerca de la plaza de Venecia. En la cena acordamos que al día siguiente íbamos a ir solo Juanpe, Encarna, Toñi y yo al Foro Romano, ya que mis cuñados y mi sobrina lo vieron en la anterior visita que hicieron a la ciudad y mis críos estaban ya un poco hartos de tanta piedra y tanto paseo, así que descansarían esa mañana y nosotros podríamos ver las ruinas con tranquilidad absoluta. Todos ganábamos.

Cenados, cogimos el bus de vuelta al apartamento. Ducha, dientes y a la cama a sobar. Mañana sería otro día, otro día largo.

Read Full Post »

Resulta chocante, cuanto menos, que en una ciudad que en verano estás asado de calor, comparable al calor que hace en nuestra ciudad, Murcia, y lo caótica que parece, tenga una cantidad tremenda de fuentes, a cual más bonita y espectacular, y además, el agua que mana de ellas sea tan fresca y buena de sabor.

Todo tiene una fácil explicación. Resulta que todavía se usan (en su mayoría, supongo, no en todos los lugares) las antiguas canalizaciones del Imperio Romano, con lo cual, esas mismas están a una profundidad bastante profunda, valga la redundancia, esta profundidad hace que no le afecte el calor exterior, ni del asfalto. Esto en cuanto a la frescura.

En cuanto al sabor, es de donde se nutre. Los romanos (antiguos) construyeron infinidad de acueductos por los que traer el agua de los manantiales y lagos colindantes. Los romanos no eran tontos y no llevaban cualquier agua a su ciudad, ellos querían lo mejor de los mejor, era agua escogida.

Lo espectacular ya vino en épocas posteriores, de la mano de artistas y genios que eran “patrocinados” por potentados y papas de susodichas épocas, que lo único que querían era pasar como personajes únicos por las obras realizadas. De ahí vinieron las distintas mastodónticas fuentes de Trevi, del Agua Feliz, de los Cuatro Ríos, entre otras.

En este post os voy a contar algo de algunas de esas fuentes, junto a sus correspondientes fotos. Por supuesto, por falta de tiempo (en el viaje), se me escaparon algunas, de las cuales solo las mencionaré. Tendré que volver para terminar de verlas.

Fuente de las Tortugas.

Dicen que es una de las más bonitas fuentes de Roma. Pues me la perdí, el día que tocaba ya habíamos visto mucho estábamos machacados, con lo que no llegamos a verla. Se encuentra en el barrio judio, entre el Largo Argentina y el Tiber, en la plaza Mattei, y es obra de De La Porta, aunque las tortugas se pusieron a posteriori y son obra de Bernini.

Su agua procede del acueducto Virgo.

Fuente del Moro.

Una de las tres fuentes que se encuentran en la plaza Navona. También es de De La Porta y también fue modificada por Bernini, precisamente colocó la figura del moro en el centro de la fuente.

Esta se nutre del acueducto Marcia.

Fuente de los Cuatro Ríos.

Es la fuente central de la plaza Navona y, sin discusión, la más espectacular. Está dedicada a los cuatro ríos más grandes conocidos de la época en que se hizo, Danubio, Nilo, Ganges y Río de la Plata. La fuente la realizó Bernini por orden del papa Inocencio X. En ella se encuentran cuatro figuras humanas que representan a los cuatro ríos mencionados, y otras figuras menores como plantas y animales (león, caballo, dragón, etc.). Todo ello está coronado con un obelisco egipcio de la época romana. Uno disfruta viendo la fuente una y otra vez, es una maravilla. Lo malo fue la época en la que fuimos, verano, que estaba atestada de gente, y no podías gozar con tranquilidad de la misma.

El acueducto Virgo es el que le lleva el agua.

Fuente de Neptuno.

Fuente situada en la esquina norte de la plaza Navona, y forma el triunvirato con las del Moro y los Cuatro Ríos. Antíguamente (cuando se hizo) no incorporaba ninguna figura destacable y se llamaba “dei Calderari” (de los calderos), por una calle que había al lado donde se hacían calderos y ollas. También es obra de De La Porta, pero, como he dicho, en esta se debió esmerar muy poco, o había muy poco dinero. Las figuras de Neptuno luchando con un pulpo, y las de las Nereidas, cupidos y caballitos no se incorporaron hasta mediados del siglo XIX. Evidentemente, fue a partir de este siglo cuando tomo el nombre actual de Neptuno.

Le llega el agua del acueducto Virgo.

Fuente del Tritón.

Se encuentra en la plaza Barberini. Es otra de las fuentes de Bernini que hizo por mandato de los Barberini, en este caso, por el papa Urbano VIII. La fuente es Tritón lanzando agua a través de una caracola sentado en una concha. Alrededor de las figuras aparecen abejas, símbolo de los Barberini. En esta fuente, como en otras, también está la tontería de que si lanzas una moneda vuelves a Roma. Como no lancé ninguna moneda, ni en esta, ni en ninguna otra, creo que los dioses no me dejarán volver a Roma.

Le cae el agua del acueducto Agua Feliz.

Fuente de las Abejas.

En italiano “delle Api”. El propio nombre ya indica quién la mandó construir, los Barberni, cuyo símbolo son las abejas, y también la realizó uno de sus “vasayos”, Bernini. Da la casualidad que también está cerca, en la misma plaza, la plaza Barberini, que otra del mismo autor, la del Tritón, aunque esta está un poco más escondida, si no sabes que está allí no la ves, además que es más pequeña y que el diseño hace que no parezca una fuente, es una ostra gigante (sin perla) abierta de par en par con tres abejas en el centro.

Al igual que su partener de plaza, el agua, también, viene del Agua Feliz.

 

Fuente del Agua Feliz o del Moises.

Para mi es la más fea, o una de las más feas, de la ciudad. Parece más un arco de triunfo que una fuente, con un pedazo de Moises en el arco central, que asusta más que otra cosa. Parece decir que nos vayamos con viento fresco a beber a otra fuente más que invitarnos a beber de ella.

La realizó Giovanni Fontana a petición del papa Sixto V con la intención de suministrar agua al Quirinale. Además del Moises y los relives de los arcos laterales, tiene la fuente cuatro leones que fueron encontrados en el Panteón de Agripa. Estos son ahora copias, los originales están en los Museos Vaticanos.

El agua viene del acueducto Agua Feliz, en la antigüedad, el acueducto Alessandrino.

Fuente de la Barcaza.

Bernini hizo multitud de fuentes y una de ellas no fue esta. Esta fue hecha por su padre, Pietro Bernini. Situada en la plaza de España, a los pies de la escalinata, entre esta y la calle Condotti. Simula un barco, pero un barco hundido. Resulta curioso que un barco debería flotar, pero el asfalto moderno u otras obras han hecho que te tengas que acercar mucho para poder ver la fuente, al contrario que todas las demás fuentes. Vista desde lejos (si la gente te lo permite) parece que está hundida.

Le suministra agua el acueducto Virgo.

Las Cuatro Fuentes.

En el cruce de las calle Cuatro Fuentes y Quirinale, una fuente en cada esquina, están las fuentes que forman el conjunto de las Cuatro Fuentes. El Arno, el Tiber, Diana y Guinone son los nombres de cada una de ellas. Las dos primeras, representadas por hombres, simbolizan a Roma y Florencia, y las dos últimas, son féminas y representan la fidelidad y fuerza. El Tiber, Arno y Guinone fueron hechas por Domenico Fontana, el hermano del que realizó la fuente de Moises, y Diana fue realizada por Pietro da Cortona. Todas fueron financiadas por Mattei, el mismo que mandó construir la de las Tortugas.

Su agua viene del acueducto Agua Feliz.

Fuente del Agua Paola.

Otra fuente pequeñita. Muy similar a la del Moises, Giovanni Fontana (su hacedor) debía ser nuestro Calatrava, no hacía cosas muy distintas unas de otras. Esta a pesar de ser también muy grande y parecer también un arco de triunfo (esta vez con cinco arcos en lugar de tres), da la sensación de más pequeña debido a la amplitud del terreno en el que está, apenas hay edificios alrededor y tiene más espacio. También recibe el nombre de fontanone o fuente grande (no se en que se basarán). Esta fuente, como la de Trevi, es el punto final del acueducto, es decir, a partir de aquí el agua ya no es canalizada por el acueducto y si por cañerías.

Su agua viene del acueducto Agua Paola

Fontana de Trevi.

Si a alguien se le pregunta por una fuente de Roma, sin duda, este responderá que la Fontana de Trevi. Si a Roma le quitasen esta fuente, perdería bastante de su encanto. Roma no puede pasar sin Trevi, ni Trevi puede estar sin Roma.

Está situada en el punto terminal del acueducto Virgo. Su origen parte desde que se quiso restaurar el acueducto y se puso una pequeña fuente con tres estanques y que se llamó Fontana de Treio. Eso fue allá por 1410. Pero 43 años después se encargó a Alberti una fuente con un solo estanque que ocupara los otros tres.

Al cabo de dos siglos, se le encargó a Bernini realizar una fuente más “dramática”, la cual no se llegó ni a empezar (por la muerte del papa del momento), solo consiguió transformar el cruce de caminos en el que estaba, en la plaza actual y colocar la primera piedra de lo que luego fue. Unos años después los conde-duques de Poli construyen un palacio a la espalda de la fuente existente, dejando claro que cualquier transformación de la fuente debería ser sin causar ningún daño al palacio.

No fue hasta el siglo XVIII cuando se lleva a cabo lo que es la fuente actual. Con la oposición de la familia Poli (esta tapaba casi por completo una fachada del palacio), se encargó a Nicola Salvi que terminara la fuente, cuyo diseño respetó bastante el de Bernini. La fuente se empezó a construir en 1732 y se terminó en 1762, con lo que Salvi no vio terminada su obra, murió en 1751.

La fuente tiene tres nichos entre cuatro columnas que cubren las dos plantas del palacio. En el nicho central está situado el Titán Océano (no Neptuno como creen otros) encima de una concha llevada por caballos , acompañado por dos estatuas que simbolizan la Abundancia y la Sobriedad.

A parte de otras figuras en el conjunto escultórico, destaca una por su curiosa leyenda, el As de Copas. Es una gran copa que se sitúa en el lado derecho, en el murete que rodea la fuente. Está como apartado y su posición se debe a que un peluquero que tenía su negocio en ese lado de la plaza, estaba continuamente despotricando de la obra el jaleo que montaban, con lo que Salvi construyó una copa (la de la foto) y la puso justo delante de su negocio, tapándole así la visión sobre ella, tanto durante la obra, como después de terminada la misma.

Desde entonces hasta ahora, la fuente solo ha tenido que ser restaurada lo justo para que podamos seguir contemplándola en todo su esplendor y majestuosidad, toma ya.

La manía de arrojar monedas para que encuentres el amor, o el desamor, o vuelvas a Roma, hace que se recojan unos 3000 euros diarios de la fuente. Lo bueno de esto es que se entrega el dinero a caridad.

Por supuesto, además de estas hay pequeñas fuentes, fuentes más “normales”, con un pequeño caño (en Roma son “I nasoni”) para beber agua, como las que hay en los parques. Y también están las que forman parte de una rotonda o de una zona central de una plaza en la que circulan los coches, como la que existe en la plaza de la República. Según info.roma.it hay 362 fuentes en Roma.

Es evidente que me he dejado bastantes, por la ignorancia de su existencia o por haberme olvidado de ellas, pero, que le vamos a hacer, no se va a tener todo en esta vida.

Read Full Post »

El cuarto día en Roma empezó a una velocidad lenta. Que nueve personas se pongan en solfa a una hora temprana es bastante complicado.

Hoy tocaba ver unas dos o tres iglesias, cinco fuentes, dos plazas y unas cuantas callejas con su gente de por medio.

Como todos los días anteriores y los que iban a llegar, mientras que los demás se iban acicalando yo iba viendo los mapas por donde íbamos a pasar (para eso soy muy neuras), preparando la audioguía, además de la cámara de fotos y sus pertinentes apechusques.

Cuando todos hubimos desayunado, nos hubimos pintado y vestido, nos dispusimos a salir y pillar los correspondientes autobuses para acercarnos a la plaza Barberini. Al llegar a ella vimos que era la hora del almuerzo y decidimos que antes de seguir, con el calor, por esas calles romanas, tomáramos algún bocado o bocadillo.

Prácticamente en la misma parada del autobús se encuentra el bar Pepi’s, que no tiene nada que ver con la señorita Pepis. Tenía buena pinta así que pasamos allí. Luego la pinta se convirtió en verdadera y nos sentaron muy bien los bocatas que tomamos.

Con eso de ser españoles y que la selección de fútbol quedó campeona del mundo, en prácticamente todos los sitios que pasábamos nos hacían comentarios al respecto. Y en Pepi’s no iba a ser distinto, máxime cuando uno de los camareros era brasileño. Así que ese día ya tuvimos bastante, que nosotros eramos lo campeones del mundo, que ellos habían sido cinco, que si yo, que si tu. Al final no sacamos nada en claro. Bueno, si, que nosotros eramos los campeones, je, je, je.

Trajinado el almuerzo era hora de salir a patear cierta parte de la ciudad. Empezamos en Barberini con dos de las muchas fuentes de la ciudad, la de Tritón y la de las abejas.

Las dos se nutren de la fuente que hay un poco más arriba, y que más adelante iríamos a visitar, la fuente del agua feliz.

La del Tritone fue realizada por un “nini”, Bernini. Fue la primera fuente que construyó, y está hecha en mármol travertino, ahí es na.

La fontana delle Appi está situada en una esquina de la plaza Barberini, como escondida para pasar más desapercibida. En su ornamentación están las abejas que eran el símbolo de los Barberini. Los romanos de aquella época (siglo XVII) le tomaron un poco de ojeriza debido a que en la inscripción de la concha señala como que está hecha en el año 22 del reinado del papa Barberini, Urbano VII. Pero fue inaugurada unas semanas antes haciendo que los romanos dijeran que eso traería mala suerte. Dio la casualidad que ocho días antes de cumplirse el vigésimo segundo aniversario del papa, este cayó fulminado por la guadaña de la muerte.

Gente supersticiosa hay por todos los lados, que le vamos a hacer.

De la plaza fuimos, subiendo por la calle Barberini, a la iglesia de Santa María della Vittoria, en la calle 20 de septiembre, justo en la esquina con el Largo Santa Susana.

¿Qué tiene esa iglesia que no tengan otras? A simple vista no tiene nada de especial. En un principio estaba dedicada a San Pablo, pero tras una victoria sobre los protestantes pasó a conmemorar la victoria y a Santa María, de ahí su nombre actual, Santa María della Vittoria.

La iglesia es pequeñita, pero su fachada y su interior es barroco. Lo curioso es que ha tenido un incremento de visitas debido a que Dan Brown la utilizó para su libro “Ángeles y demonios”. Pero por lo que realmente es válida, y por lo que fuimos nosotros, es por “El éxtasis de Santa Teresa” de Bernini. Es la escultura más famosa (para nosotros los españoles) de este autor. Esta hecha en mármol y se encuentra en la capilla Cornaro, junto a las esculturas de sus dueños, los Cornaro.

Allí estábamos nosotros junto a unos cuantos intentando hacerle diversas fotos a la escultura, además de ver el interior de la iglesia. Esta ya no tiene nada más, tan destacable como el éxtasis, pero eso es lo bueno que tiene Roma, que para ver una escultura u otro elemento artístico te tienes que recorrer prácticamente todas las iglesias de la ciudad.

Nada más salir de la chiesa, te encuentras con una de las “fuentecitas” de Roma, la del Agua Feliz. Como ya he dicho antes, esta fuente también sirve de agua a las dos que hay en Barberini. Pero, ¿de dónde sale el agua que abastece esta fuente?

Un papa anterior al que está ahora, pero muy anterior, hizo reconstruir el acueducto Alessandrino que traía agua del pueblo de Palestrina (no confundais con Palestina) para nutrir la fuente. Lo curioso es que la fontana fue mandada hacer a Giovanni Fontana, una fontana hecha por un Fontana.

La fuente es tremenda de grande. Un conductico pequeño que echa agua rodeado de cuatro leones, un Moisés gigante, cuatro columnas de mármol y dos relieves de payos de aquel tiempo. Con lo sencillo que es un columnita que no llegue al metro de altura, con un tuvito que sobresalga y del que emane el agua. Pues no, necesitan hacerle un “marco” imperial. Seguramente Fontana dijo en su día: “dar agua no se si dará, pero verse, por mis huevos, que si se ve” E hizo lo que hizo.

Otra curiosidad de su construcción es que los materiales los fueron cogiendo de ruinas romanas. Algunos mármoles de las termas de Diocleciando que están cerca de la fuente y los leones son del Panteón de Agripa.

Seguimos nuestro caminico y nos vamos a la plaza de la República bajando por la via Orlando Vittorio Emanuel (aquí todos se llamaron en algún momento Vittorio Emanuel).

La plaza es preciosa. Con una fuente central, la iglesia de Santa María de los Ángeles y los Mártires y las termas de Diocleciano a nuestra izquierda, y dos imponentes edificios, que creo que son hoteles, o por lo menos eso aparentan, a la derecha, si a eso le añades que es diáfana, no tiene obstáculos centrales que estorben para verla (salvo la figura central de la fuente), hacen de la plaza una de las plazas más grandes y bonitas de Roma, por supuesto para mi gusto, aunque también es verdad que Roma es bonita toda ella. Además dice la historia que la plaza formaba parte de las termas de Diocleciano, concretamente aquí estaba la palestra o gimnasio al aire libre de las mismas.

Antes de ir a las termas nos colamos en la iglesia de Santa María de los Ángeles y los Mártires. No entramos por nada en especial, pero al hacerlo nos quedamos sorprendidos por el tamaño que tiene (con respecto a lo que debería ser una iglesia “común”) Por supuesto, si la plaza era parte de las termas, la iglesia no iba a ser menos. La fachada era un ábside del caldarium y el vestíbulo era el tepidarium.

Pero lo que nos llamó la atención es el meridiano solar que hay en el crucero de la basílica. Diseñado por Miguel Ángel, con el se pretendía medir el calendario Gregoriano y marcar la llegada de las cuatro estaciones.

La iglesia (que parecía no ser nada) tiene también una importante pinacoteca y, entre otros, está enterrado el papa Pio IV. Y se hospician funerales de estado y de personal del ejército italiano.

Tras esto fuimos a ver las termas, pero nos quedamos con las ganas, a unos no le apetecían y otros estaban un poco cansados, y preferimos seguir la ruta del día, que todavía quedaba bastante.

Solo era casi la una y ya teníamos bastante información metida. Ahora tocaba andar un rato (casi una hora, con paradas incluidas) hasta llegar a nuestro siguiente gran punto, la Fontana de Trevi.

Por el camino nos pusimos a ver en la esquina de las calles Cuatro fuentes y Quirinale las cuatro susodichas fuentes, cada una en una de las cuatro esquinas, como jugando a las cuatro esquinas.

De allí, bajando por la via del Quirinale, pasamos por la puerta de la iglesia de Sant’Andrea del Quirinale, de Bernini, donde no pudimos entrar por la hora que se nos hizo. Una lástima pues dicen que está muy bien.

Con el palacio del Quirinale a la derecha seguimos hasta la plaza del Quirinale donde está situado uno de los trece obeliscos de la ciudad.

Y desde aquí, entramos, otra vez, en la ciudad estrecha y sinuosa. Nos dirigíamos a ver la Fontana de Trevi.

Siempre en descenso, fuimos callejeando en lugar de ir lo más directo posible, para disfrutar de los rincones que esconde la ciudad, hasta terminar por asomarnos, otra vez, en las aguas de la fuente maravillosa.

La imagen fue totalmente distinta a la que tuvimos en la noche de llegada (aparte, claro está, de la luz del día)

El gentío era el mismo, da igual que vayas a la hora que vayas que siempre está llena la plaza, pero la luz del sol hacía resplandecer el agua, así como las figuras de la fuente.

Llegamos sobre las dos de la tarde y empezamos a buscar huecos para sentarnos y disfrutar de la vista, y permanecimos allí hasta las cuatro y media de la tarde (contando el ratico de la comida del cual no recuerdo nada de nada, ni donde, ni como, ni el que comimos) Nos recorrimos cada uno los sitios de la plaza y tuvimos todos las visiones de la fuente.

Para no hacer demasiado largo este post, hablaré con más detalle de la fuente (y de otras fuentes) en otra entrada, más adelante.

Tras dos horas disfrutando de esa maravilla seguimos nuestro camino, esta vez hacia el Ara Pacis, un altar romano, de la época del Imperio Romano, de Roma, que también. Bueno, ya me entendeis, y si no, ajo y agua, je, je.

Es uno de los monumentos más famosos de la antigua Roma, pero que por su tamaño y posición en la ciudad no es muy visitado. No es tan espectacular como el Foro o el Vaticano o el Coliseo, y por eso está como ignorado por la gente.

Como he dicho es un altar, que conmemora las conquistas de Hispania y Galia. Es del siglo 9 a.C.. Casi todo es original, solo se han puesto algunas piezas que no se encontraron cuando fue desenterrado en el siglo XVI. Tiene unos relieves espectaculares en los cuatro lados, de incluso animales que no tienen nada que ver con los éxitos de los emperadores.

El altar está situado junto al río Tiber, “escondido” entre cuatro paredes de cristal, junto a una de las ruinas peor conservadas de la ciudad, el Mausoleo de Augusto.

De aquí salió muy contento Alejandro, pues se compró un comic sobre la lucha de gladiadores en el Coliseo. Todo lo que sea luchas y peleas le gusta. Vamos a tener que llevarlo al psicólogo.

Nada más salir de ver el Ara Pacis nos encontramos una pequeña plaza, que formaba parte del “complejo” del altar, en la que había una de esas fuentes con muchos chorros que salen del suelo y en la que los chavales se lo pasan genial pasando entre ellos. Además formaba una pequeña balsa de apenas unos centímetros de profundidad y en la  que Juanpe aprovechó para meter los pies y refrescarlos un poco de la paliza que nos estábamos dando este día.

Ahora tocaba visitar España, la plaza de España, famosa por sus escalinatas que ascienden a la Trinidad del Monte, y para eso cogimos la calle Tomacelli que sale desde la fuentecilla susodicha, alejándonos del río. Esta calle conecta con la vía Condotti que nos llevó diréctamente a la plaza. Durante el recorrido pudimos ver la marabunta de gente que circula por Condotti y Corso. Es una zona muy concurrida a pesar de los pocos monumentos que hay por la zona. Supongo que pasarán por aquí por las tiendas y cafés.

Llegamos a las seis y media y estaba, ¿cómo estaba la plaza? ¡abarrotá! Como en casi todas las imágenes que he visto la escalinata estaba casi petá y corría un gentío de acá para allá y alrededor de la fuente que simula una barcaza que hay en la plaza.

¿Porqué está siempre así la plaza de España? ¿tan llena de bullicio? Arquitectónicamente no es una joya de ninguna época (algunos dirán lo contrario) La Trinidad no es para tanto, hay muchas iglesias en Roma con muchísimo más valor artístico que esta. El obelisco es uno de los muchos que hay en la ciudad, no tiene nada más especial que otros. Y la escalinata es una como otra cualquiera. Lo más destacable puede que sea la fuente realizada por Bernini que simula un barco. Cada cosa por separado no tiene mucho, pero todo junto forma una estampa bastante acogedora y fotogénica.

Para nosotros, los españoles, es el lugar donde poder ir a reclamar algo o a pedir ayuda si nos sucede algún contratiempo, pues es donde está la embajada española.

Lo curioso de la plaza y de la escalinata es que antes de llamarse así era la plaza de Francia debido a que la escalinata fue financiada con dinero francés, incluso del propio rey, Luis XV. En estos tiempos que corren que les ganamos en casi todos los deportes a nuestros vecinos y que nos han llamados drogadictos por ello, seguro que nos tildarán de ladrones si se enteran que se cambió el nombre llegado un momento, je, je.

Aquí el grupo se dividió, unos queríamos subir las escaleras y otros, debido al cansancio y al dolor de pies, querían ir más directos a la plaza del Popolo, nuestro siguiente, y último, destino del día. Alejandro, Elena, Encanni, Juanpe y el menda nos fuimos por las escaleras y Toñi, Geli, Peter y Ángela se fueron por abajo y quedamos en Popolo.

Ellos llegaron antes y nos esperaron tomando un capuchino en un café del lugar. Nosotros, de pisar todos los peldaños de la escalera, nos fuimos a ver la casa de los Medici, por fuera claro, o lo que yo creía que era la villa Medici.

La villa está justo al lado de la Trinidad y lo que yo creí que era está un poco más allá (la foto de arriba) que al final me enteré no era la casa de los Medici. En el momento me pareció muy chula (y sigue siéndolo) con esas columnas exteriores, rodeada de jardines y con unas vista cojonudas de la ciudad.

Justo al lado, adentrándote un poco en Villa Borguese, hay otro obelisco, el que hace el número “no se cuantos” de los que ya hemos visto.

A nada de allí hay un gran espacio abierto con un mirador que da a la plaza del Popolo, donde te encuentras con otro obelisco. Esto romanos debieron dejar Egipto pelao de obeliscos. Tienen que estar todos aquí. A parte de esto, desde el mirador tenía unas vistas perfectas de la plaza y sus alrededores, encima estaba ya cayendo el sol y la iluminación de la zona le daba un punto de belleza que hacía que te quedaras, no extasiado, eso sería una exageración, pero si embelesado con lo que estabas viendo.

Por unas escaleras que salían cerca del mirador comenzamos a descender para reunirnos con el resto del grupo y para ver más de cerca la plaza.

Ya allí, y reunidos todos, tocaba disfrutar de uno de los emplazamientos más abiertos de Roma. En esta plaza está una de las puertas  por la que se accedía a la ciudad, la porta del Popolo, al lado de esta se encuentra la iglesia de Santa María del Popolo y en el lado contrario de la parte estrecha del óvalo (la plaza es ovalada) están las iglesias, casi gemelas, de Santa María del Montesanto y Santa María de los Milagros. En el centro un obelisco rodeado de leones echando agua, osease, fuentes. Y en cada lado de la parte larga dos fuentes con esculturas de motivos mitológicos, tridentes, tritones, y personajes de esos.

Estando allí Alejandro flipó con una Lamborghini “no se que”, el sabe cual es, pero como no me llaman la atención ese tipo de coches, más allá de lo estridentes que son por el ruido que hacen y por el diseño que tienen, yo no se como se llaman y no me preocupo por saberlo.

Después de haber descansado un poco era el momento de pensar donde ir a cenar, así que comenzamos a andar hacia casa y ya encontraríamos algún sitio. Eso si, elegimos dar un rodeo, sin darnos cuenta de ello, para llegar a la plaza.

En algún momento de la caminata por la via del Corso decidimos agenciarnos unos bocadillos, y por no se que circunstancia íbamos a comprárnoslos en alguna de las tiendecillas que hay detrás de la plaza Navona.

Así un poco más adelante de la plaza de la Columna, la  de Marco Aurelio, torcimos a la derecha y entramos en la plaza de San Ignacio. Aquí nos hicimos un par de fotos, pues la plaza se hizo para simular un teatro, con las casas en semicírculo, y nos pareció curiosa.

Al poco tiempo llegamos a nuestro destino y empezamos a decidir dónde nos los comprábamos, los bocadillos. Hay un par de sitios, de localuchos que no llegan a ser bares, pero que te venden bocatas, bebida, e incluso algún souvenir. La verdad que si podéis comer sentados en un restaurante, mejor, antes que elegir esta opción. Pero bueno, tampoco pasa nada por cenar bocadillos alguna noche, digo yo.

Nos lo comimos tranquilos, al lado de miles de personas, y con un bullicio bastante alto, en unos bancos de la plaza Navona. Y tras ello nos fuimos arrastrando los pies hasta la parada de autobús de la plaza de la Rovere, donde para el bus que nos llevaba a casa.

Hasta llegar allí nos fuimos por la orilla del río, donde pudimos ver el castell Sant’Angello iluminado. Por supuesto, aproveché para afotarlo.

Molidos cogimos el bus que nos dejó en la puerta de casa, subimos, y nos dormimos casi vestidos, no pudimos ni con las zapatillas. Ahora tocaba descansar, mañana Dios diría.

Read Full Post »

Older Posts »