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Archive for the ‘Teruel’ Category

Esta Navidad, como en otras navidades, hemos hecho una rutica senderista. La family nos juntamos unos días en esas fechas y pensamos en movernos algún día en lugar de estar totalmente sedentarios delante de la mesa, al calor de la calefacción, y con la única intención de estar zampando como si no hubiera un mañana.

Pero cuando llegó el momento de hacer la excursión, la peña se empezó a rajar. Algunos que tenían que estudiar, otros que no me apetece pasar frío, otros que lo de madrugar no va con ellos, hasta mi madre puso como excusa con no podía andar, vamos, que no podía andar, ¿habrase visto?, pero si con 84 años está hecha una moza y va y dice que no puede andar, vergonzoso.

Así que, al final nos fuimos solo 2, mi hermano Rober y el menda. Mejor, teníamos todo el monte para nosotros, sobre todo, porque hacía 2 grados bajo cero y porque era un día entre semana, con lo que no nos íbamos a encontrar ni al Tato.

La ruta comenzaba en el barranco, o rambla, de Barrachina, para ello nos dirigimos hacia Teruel desde Cella, para luego tomar la carretera que va hacia Cuenca. A unos 3 kilómetros, antes de llegar al cruce de Villaespesa, sale un camino de tierra a la derecha que va a unas granjas. Al pasar la primera de ellas, en una curva a la derecha, dejamos el coche y nos disponemos a darnos la caminata del día.

El día comenzó despejado pero conforme nos íbamos acercando al curso del Turia nos adentrábamos en una espesa niebla, que parecía que iba a fastidiarnos la jornada. Pero justo cuando aparcamos el coche la niebla se quedó arropando al río y nos dejó avanzar disfrutando del color anaranjado de las montañas y laderas.

Avanzamos por la rambla escuchando a los perros perrunos de los apeaderos/pajares, que hay por el camino, lanzar sus amenazas a los dos únicos personajes que campaban por esas tierras. A mano derecha tenemos los escarpados montes que aparentan ser montañas del oeste americano.

A un par de kilómetros nos salimos de la rambla y tomamos un camino ascendente hacia la derecha. El silencio nos acompañaba por toda la caminata, la tranquilidad era absoluta. Hasta que, a mitad del ascenso, esa misma tranquilidad se nos puso, junto a nuestros huevos, en la garganta. Nos topamos con tres jabalis, dos adultos y un jabato, que venían de frente. Tanto nosotros como ellos nos paramos en seco. Menos mal que los jabalis se cagaron más que nosotros y además reaccionaron antes, se dieron la vuelta y salieron corriendo en otra dirección. Si hubiésemos tenido que reaccionar nosotros, hubiésemos acabado esparcidos por el monte cuales conejos atropellados por un coche en la caliente carretera, pues no había ni un solo arbolito al que subirse para escapar de ellos.

Tras esta experiencia con la naturaleza salvaje continuamos la andada. Al poco tiempo llegamos al camino Trocha de Campillo y torcimos a la derecha para continuar la ascensión a la Muela. En varias zonas del camino teníamos vistas a las dos vertientes, a la derecha teníamos el vallecito por el que habíamos venido, con sus campos de labranza, y a la izquierda teníamos un terreno más escarpado y ondulado, con pequeños barrancos y correnteras.

Unos cientos de metros más allá, en un caseto rodeado por una valla metálica, torcimos a la derecha para subir monte a través y terminar de llegar al punto geodésico de la Muela, desde el que nos espera unas vistas espectaculares de los montes turolenses. Durante la subida hay colocados varios carteles que nos indica que puede haber restos de materiales de la guerra civil, además de encontrarnos restos de lo que podían ser trincheras de las batallas que se libraron por los alrededores.

A partir de aquí teníamos el mundo delante de nuestros ojos, bueno, más bien, el barranco y la niebla. Con la vista hacia el sur se podía ver un mar de nubes sobre el valle del Turia. Espectacular. Por lo menos para mi que no he visto ninguno de los buenos.

Arriba andábamos casi por el borde del precipicio, para así poder asomarnos y tener el barranco a nuestro alcance, pues eso, el mundo a nuestros pies.

Poco a poco íbamos avanzando en nuestro camino y disfrutando del día. Veíamos como entraba y salía la niebla por el barranco, aunque la mañana se iba “caldeando” lentamente. Paisanos de la zona habían aprovechado la posición al borde del precipicio para colocar un hyde y así estudiar o fotografiar a las aves que vivían en la zona. Por desgracia nosotros no vimos ningún bichejo extraño (a parte de los jabalis) por estos lares.

Sobre las 11 tocaba empezar a bajar. Aunque yo quería llegar hasta la punta sur de la Muela, decidimos que pa qué, así que tomamos un camino que había un poco más adentro. A mi me hubiese gustado haber podido bajar por la misma rambla del barranco de los ciervos (creo que se llama así), pero el principio de ella era un tanto abrupta con algunos desniveles un tanto altos y peligrosos, así que tomamos el camino ya comentado, más sencillo, pero no por eso dejaba de ser menos espectacular.

El sol le daba de lleno en sus lomos, me refiero a una de las paredes del barranco, una pared totalmente vertical con tonos anaranjados salvo la zona más alta que eran grisáceos. La temperatura ya no era tan baja y el hielo del suelo había pasado a ser líquido con lo que la tierra compacta del principio se convirtió en terreno embarrado en algunos  tramos, con lo que se nos cargaban los pies con un par de kilos de peso por el barro que se nos pegaba en las zapatillas.

Continuamos la bajada haciendo fotos y disfrutando del paisaje, hasta que casi al final del descenso tomamos un pequeño sendero hacia la derecha que hay entre dos montes, el de la Muela que se nos queda a la derecha y otro que no se como se llama a la izquierda.

Ya nos quedaba poco para terminar y por fin nos cruzamos con unos seres humanos. Tres horas para ver a tres bichos con patas. Tras un saludo seco:

— Eh. – Dijimos nosotros.

— Quiá. – Dijeron ellos.

Cada uno siguió su camino.

Esta zona final es una pequeña rambla con multitud de grietas hechas por el agua y unos cuantos diques hechos por el hombre para que la tierra no se desplace y el agua no baje a gran velocidad. Poca vegetación, solo unos cuantos árboles vivos y muertos. Y al final de la ruta nos encontramos una casa de madera que parecía del oeste americano semiabandonada, quedaba muy bien colocada allí en ese paraje.

En unas tres horas recorrimos 10 kilómetros acompañados de un tiempo frío, pero soleado que hizo que la ruta no se hiciera incomoda. Una ruta muy recomendable, tremendamente fácil y no muy larga, perfecta para realizarla cualquier persona y pasar un rato estupendo con la naturaleza.

Espero que hayáis disfrutado del rollo como de las fotos (si pulsáis en ellas las podréis ver más grandes)

Nos vemos. Hasta pronto.

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Como siempre, pulsar en la fotos para poder verlas más grandes.

Como punto compensatorio a las tremendas comilonas navideñas, este año nos propusimos movernos un poco haciendo una ruta pequeña por la zona turolense en la que estábamos, la sierra de Albarracín.

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Muy tempranico y con la fresca (5º bajo cero) nos fuimos los cinco intrépidos valientes y Leo, el perro, al pueblo de Calomarde desde donde salía nuestro pequeño paseo. El barranco de la hoz es nuestro camino, nombre curioso porque ¿es un barranco o es una hoz? las dos cosas me son inverosímiles. Mejor llamémosle cañón (que si lo es) del río que lo provoca, el río Blanco, afluente del Guadalaviar y que al final es el Turia de toda la vida.

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Bien, para comenzar las andanzas hay que llegar al final del pueblo, si vienes desde Teruel, y allí meterte en un camino de tierra muy bien señalizado que sale a la derecha de la carretera. Nosotros nos metimos unos 500 metros para dejar los coches y comenzar la tourné. Al salir de los mismos, el frío nos dio un mamporro en la jeta en forma de cuchillos helados. ¡¡Qué frío, cojones!! Aún así nos abrigamos y nos fuimos para adelante como los Alicante.

El inicio es un sendero amplio con farolas y muy fácil que pasea paralelo al río (que en ese momento no existía) claramente hecho para que la gente tenga un pequeño lugar de esparcimiento, que incluso habían colocado columpios para los niños.

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Como he dicho no había río, y es que se lo tragaba la tierra un poco más adelante. En una zona más llana el agua se esparcía y con el frío que hacía se helaba. Y por algún misterio el río no continuaba, como si por acción del hielo el agua se introdujera debajo y desapareciera por debajo de la tierra. Por suerte a partir de aquí si había río y podíamos disfrutar del liquido elemento. Pasamos al lado del Moricacho, pedrusco vertical en forma de chorizo y llegamos a la presa de los ahogados, nombre que lo agarra de la trágica historia de dos paisanos que perdieron la vida en una riada que ocurrió allá por agosto de 1876. La presa se encontraba totalmente helada con una capa de varios centímetros que ni piedras gruesas lograban romper. En ciertas zonas el hielo dejaba ver las plantas acuáticas tan inmóviles que parecían muertas.

Dejamos la presa y seguimos la remontada del río. A unos cientos de metros vemos el cañón y empezamos a ascender el monte ya que no puedes ir por la base del río que se encajona por entre las rocas.

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El camino no es peligroso, pero si tienes que ir con mucho cuidado pues vas por el borde del precipicio por una senda de no más de 70 u 80 centímetros de ancha. Si tienes un descuido no lo cuentas. El sendero no es apto para personas con vértigo. Eso si es un paseo con unas vistas preciosas a la misma vez que tienes que poner los cinco sentidos para no dar un tropiezo, menos mal que no había escarcha en el camino que si no no hubiésemos podido hacer el camino.

Poco más adelante llegamos a una bifurcación, que luego a unos kilómetros se vuelven a juntar. A la izquierda bajamos junto al río, y a la derecha nos vamos monte arriba, separándonos del río hasta llegar al primer molino. Nos vamos hacia abajo para ir junto al curso del río que es donde iba a estar lo más bonico del día.

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Bien, descendemos por la senda que han preparado con una escalera de troncos para que no nos sea muy problemática la bajada ni el camino. Empezaba a ver que aquí había metido demasiado la mano el hombre.

Nos movemos junto al río con sus aguas un poco menos congeladas, con las laderas del cañón un poco más suaves aunque todavía empinadas hasta que llegamos a la boca del puente de toba. Aquí es donde se ve claramente lo que el hombre ha hecho, una pasarela para que las personas podamos disfrutar de estos sitios. Esto está muy bien, pero a veces nos pasamos con poner barandillas y pasarelas para que la gente goce de la naturaleza. No digo que no me vino bien estas estructuras metálicas y así ver el río desde otro punto de vista, no lo voy a negar, pero esto también rompe el paisaje natural que nos deberíamos encontrar, y si llegado el momento no puedes pasar, pues te vuelves por donde has venido o buscas otro sitio por donde pasar o simplemente vives lo que tienes enfrente.

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Evidentemente no nos íbamos a quedar en la puerta, así que continuamos introduciéndonos en la hoz que ha ido formando el transcurso acuático. La verdad es que a pesar de lo artificial de la pasarela esta es la única forma de ver la maravillosa oquedad que ha formado el curso del agua y quedarte perplejo con esta pequeñas cosas de la naturaleza. Al único que no le hizo gracia la utilización de la rejilla fue a nuestro precioso can, el pobre se encontraba inestable con los huecos que formaba el acero.

La ruta iba y venía tanto sobre tierra como sobre la plataforma prefabricada, siempre cerca del río, y unas veces a la derecha del curso, como otras a la izquierda. En algún momento teníamos que volver a ascender yendo por una senda estrecha, algunas veces acompañada de una barandilla o de una cadena a la que agarrarse y así no caer unos cuantos metros de precipicio. Siempre el problema venía por la inestabilidad que le creaba el entramado de acero a nuestro chucho, hasta el punto que en una escalera hacia abajo bastante empinada y con bastantes peldaños nos mantuvo un buen rato quietos hasta que conseguimos que descendiera.

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Un kilómetro después de entrar en el puente de toba, más o menos, el terreno se abre y paseamos hasta un molino, las ruinas de un molino, entre pinos, cañas y demás hierbajos. Aquí si que pudo disfrutar el perro, sin tantas pasarelas ni tantos hierros, corriendo y olisqueando todo lo que pudo y más.

Nada más pasar el molino nos paramos a tomar el tentempié buscando el rayico de sol que asomaba de entre las colinas y atravesaba las copas de los pinos. Mientras tanto decidimos que era tiempo de volver para llegar a tiempo a la comida. Y en el viaje de vuelta, más de lo mismo, la misma belleza campera y el mismo sufrir del perrico, aunque con tanto hierro en la ida el chucho se fue acostumbrando y el retorno lo hizo más ligero.

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Poco más de seis kilómetros de ruta, una miseria, pero muy bonita, y que, teniendo en cuenta los días de tanto comer en los que estábamos, venía muy bien una caminata con la que rebajar la grasa adosada a nuestra barriga y glúteos, y hacer algo diferente a estar apoltronado esperando los turrones y otros dulces varios que solo hacen que sumar calorías al body.

Esto es todo. Un placer. Hasta pronto.

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