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Posts Tagged ‘Aeropuerto’

Todo llega y, por supuesto, el final de las vacaciones también. Este año (2010) han sido 15 días por Roma y la Toscana, con una ligera escapada a Pompeya.

De todas formas todavía nos quedaba un día completo que pasar en Florencia, y lo íbamos a disfrutar tranquilamente paseando por la capital de la Toscana. No haríamos nada más ese último día, solo pasear. Ya habíamos visto todo lo visitable (seguro que hay algo que se nos escapó) y dedicamos el día a tomar heladitos, pizza y echar unas risas por cualquier lugar. Lo único que vimos nuevo fue el mercadillo de puestecillos de San Lorenzo (por hacer algo), sito en el mismo lugar del mismo nombre: Mercado de San Lorenzo.

Así pasamos esas finales horas con los florentinos. Un día realmente tranquilo y en paz, sin nada en que pensar ni hacer.

El día siguiente si que nos teníamos que mover. Lavados y desayunados, y con las maletas hechas agarramos la fulgo y salimos hacia Roma para pillar el vión de vuelta pa Madriz.

El avión salía por la tarde, sobre las seis, aún así salimos temprano porque queríamos hacer escala en Orvieto. Si os acordáis, en el post del viaje a Florencia paramos en un lugar donde había un mirador desde el que se tenía una visión espectacular de la ciudad. Pues ahí paramos un par de horas antes de seguir camino a Roma.

La ciudad está subida en un promontorio volcánico, a unos 50 metros sobre la llanura. En ese promontorio está solamente la parte vieja, la ciudad se ha ido expandiendo por la parte de abajo, pues ya no hay más hueco arriba.

Un dato curioso de la ciudad es que durante un par de siglos (siglos XI y XII) fue independiente y además tuvo mucho poder sobre la zona colindante.

Nosotros entramos para ver su catedral, que tenía un estilo parecido a las de la zona de la Toscana (no se porque, pero me parecen todas iguales, como los chinos), aunque esta es gótica. La verdad es que por fuera es espectacular, tiene unos relieves a los lados de las puertas preciosos, y un colorido de los mosaicos (o pinturas) de la fachada tremendo. No es muy grande, pero esa ornamentación combinando mosaicos con esculturas la hace única. La pena fue que no pudimos visitarla por dentro ya que estaba cerrada.

Por lo demás, solo estuvimos deambulando por la plaza del pueblo, sin ir a ningún sitio. Podíamos haber ido a alguno de los miradores que tiene la ciudad, pero estábamos un tanto tristes porque se terminaba el viaje y un poco nerviosos por si se nos hacía tarde para llegar al aeropuerto.

De aquí ya os podéis imaginar lo que hay, llegar al aeropuerto, dejar la furgo, coger el avión, llegar a Madrid, y volver a Murcia medio dormidos y de bajón. Lo único positivo es queda menos tiempo para las siguientes vacaciones.

Hasta pronto.

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Cuatro de la mañana.

El implacable despertador hace su estruendo matutino.

Los inquilinos dormijosos se desperezan desganados. Sacar el pie de debajo de las sábanas es una dolorosa acción.

El cerebro desea que el cuerpo no avance en su labor de levantarse.

Finalmente, con los ojos cerrados y sin gana alguna, los cuerpos se levantan, cuales zombies, y arrastran, cuales serpientes, su peso por la casa.

Llegar al servicio es todo un suplicio de dolor y angustia. Meter el dedo debajo del grifo hace que gritemos. El simple hecho de sentir la fría agua en nuestra piel hace que saltemos de puro pasmo, quedando despejados y convirtiéndonos en rápidas y ágiles gacelas, que realizan la función de terminar de cerrar las maletas con decisión y presteza.

Sobre las cuatro y media estamos en la puerta de la casa llorando de pena y metiendo las maletas en el maletero del coche, tarea que resulta ardua debido a la cantidad de las mismas que tenemos. Pero en el grupo tenemos al experto introducidor de maletas, ¡JUANPE! Empieza a coger maletas y a meterlas, encajándolas como si de piezas de tetris fueran.

Al final consigue su objetivo de introducirlas en un mínimo intervalo de tiempo, y de espacio. Sólo queda fuera la mochila de la cámara, la cual quedaría alojada en el asiento trasero, entre las dos chicas.

A las cinco echamos un último vistazo a la casa por si nos dejamos algo. Cerramos la puerta detrás de nosotros y nos despedimos de la casa.

  • Adiós casa – sniff – hiciste bien tu papel de cobijarnos y darnos calor – sniff – te echaremos de menos.
  • ¡Anda, marcharos ya de una vez!, ¡menudo pestazo a pies que me habéis dejado!, ¡iros por donde habéis venido!
  • Eso haremos – sniff – casita linda. Te llevaremos siempre con nosotros – sniff.
  • Si, pues solo me faltaba eso, que me llevarais con vosotros. ¡Ala, a tomar viento fresco! ¡¡¡Y no volváis por aquí!!!

Salimos, con gran dolor en nuestro corazón, en dirección al aeropuerto por la calle Octavia para salir a la carretera 101. El caminito se hace cómodo, carretera súper ancha con poco tráfico, el normal a las cinco de la mañana.

Al llegar a la salida que debo tomar, pillo otra justamente anterior a la precisa. Resulta que había mirado en internet, el día de Misión, por donde tenía que salir pero resulta que es una salida doble y yo me metí por la primera y no por la segunda, que es la del parking de los coches de alquiler.

Cuando comento que nos hemos equivocado, mejor dicho que me he equivocado, el silencio se apodera del coche. No se oye ni el motor del mismo. Si ya, por las horas que eran, se hablaba poco, ahora ni eso.

Nos íbamos alejando del nuestro destino. Lo malo era que con la oscuridad no se podía distinguir si en las salidas que me pudiera encontrar podía hacer un cambio de sentido fácil o me metería más en la boca del lobo.

El silencio hablaba alto y claro dentro del habitáculo de coche. Teníamos tiempo suficiente para coger el avión. Hasta las 8 y media no era el límite en el embarque, con lo que teníamos unas tres horas para encontrar el camino. Pero el tener que buscar una alternativa no prevista y en la oscuridad, hacía que el panorama no fuera o fuese muy halagüeño, y eso hacía que se pudiera palpar el ¡¡PANICO!!

Je, je, que exagerado. Había inquietud, pero nada más. Por suerte, el istmo que cierra la bahía de San Francisco por el sur es estrecho, apenas unos kilómetros. Además hay muchas carreteras que conectan la ciudad con otras poblaciones, con lo que al poco tiempo llegamos a una salida que nos podía llevar otra vez a la ciudad.

Era la conexión con la 280 road que va de norte a sur por el centro del istmo. Así que cogimos, otra vez, caminito de San Francisco hasta Octavia y de vuelta, por segunda vez, al aeropuerto. Por el camino hacia San Francisco hay una carretera que te lleva otra vez a la 101, pero quise asegurarme e hice el trayecto de vuelta completo y empezar desde lo conocido y así evitar perderme otra vez, mejor dicho equivocarme otra vez.

Esta vez si que lo hice bien y no hubo ningún contratiempo añadido. Entregamos las llaves del coche y nos fuimos a la terminal. Para ello nos subimos a un tren que va por una sola vía, como los que hicieron los japoneses, de esos electromagnéticos o algo así, que va por las alturas y que recorre las distintas terminales del aeropuerto haciendo un recorrido en círculo. Llegamos a la zona de facturación, facturamos y nos vamos a desayunar.

A partir de aquí comenzó el maratón de vuelos. A las nueve partimos hacia Nueva York. Seis horas de viaje en un avión muy cómodo. Tenía filas de seis asientos divididos en dos por el pasillo. Yo me siento en la ventanilla, Toñi en medio y al lado de Toñi se sienta un mejicano muy majo, aunque un tanto gordote, con el que estuvimos muy entretenidos y le fastidiamos la siesta a Encanni y a Juanpe, que estaban sentado delante de nosotros, sin nade que les acompañara al lado.

El chico se llamaba, y supongo que todavía se seguirá llamando, José y nos explicó como vivía y como se vivía en San Francisco. El vivía en el área de la bahía con su mujer, también mejicana, y ahora iba a Nueva York a realizar un curso que le pagaba la empresa. A pesar de tirarse una semana en la gran manzana, no le iba a dar mucho tiempo para ver la ciudad, además resulta que no le gustaba viajar en avión con lo que no estaba muy contento con la situación.

Pasadas las seis horas llegamos al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, y aún tenemos que esperar quince minutos en el avión porque no tenemos una salida libre. Una vez descendemos del avión, nos despedimos de José y nos preparamos para el siguiente vuelo.

Esos quince minutos que nos han quitado nos viene fatal. Tenemos que ir más deprisa para comprar algo que comer (eran las seis y pico de la tarde en Nueva York, pero la hora de comer en San Francisco). Mientras Juanpe y yo pillamos algo rápido, hamburguesas claro, Encarna se va a una perfumería a comprar a Toñi, y para ella, una colonia que salía muy barata con el cambio de moneda y al ser mercancía duty free.

Más que comer, engullimos por el poco tiempo que tenemos. Encanni tiene que darle al de seguridad los dos botes de colonia por cuestiones de seguridad y luego se lo darían las azafatas en el avión, una vez que hayan comprobado lo que es.

Llegado el momento montamos en el sexto vuelo, y el que iba a ser el último del viaje. Vuelo nocturno, aunque para nosotros era todavía de día, ya que llevábamos unas horas de desfase.

Aterrizamos en Barajas a las nueve de la mañana, justo a la hora que nos debíamos acostar (en San Francisco eran las doce de la noche). Una vez en el aeropuerto, lo típico, esperar las maletas, pasar aduana y salir a buscar taxi. Aquí nos tocó pelearnos con los taxistas, ellos decían que con las maletas que llevábamos teníamos que coger dos taxis, y nosotros decíamos que “naranjas de la china” que todo cabía en un coche, como así comprobamos en San Francisco al montarlo todo en el Mazda 6, coche normal donde los haya.

Al final fuimos en un solo taxi, no consiguieron engañarnos, en dirección a la estación de Atocha.

A la una de la tarde salió nuestro tren y tres horas y media más tarde llegamos a Murcia donde nos esperaba Manolo, no el del bombo, sino el hermano de Juanpe, más conocido como el hermanísimo, el cual nos acercó a nuestras respectivas casas.

24 horas después de salir de San Francisco llegamos a casa. Lo único que queríamos era dormir. En total calculamos que habremos recorrido unos 20.000 kilómetros por tierra y por aire, sobre todo, por aire. Seis aviones, un tren y dos coches.

Esto se acabó.

Hasta pronto.

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Temía que nos quedáramos dormidos a pesar del despertador, pero el reloj sonó a las cinco de la mañana y nos levantamos sin problemas. Con sueño debido a la hora tan temprana, pero con buen ánimo. Nos vamos a San Francisco, nuestro último destino del viaje. Hoy nos esperaba un viaje largo, de estancias en aeropuertos y de cambios horarios.

Recogemos las cosas y, antes de salir, volvemos a mirar por encima para comprobar que no nos dejamos nada y salimos del apartamento.

Por las calles apenas hay movimiento y en la frontera no hay nadie. Solo hay una cabina en funcionamiento a esa hora. Supongo que al guardia le habremos servido de despertador. Nos hace las últimas preguntas, menos de las habituales, y pasamos la frontera hacia el aeropuerto. Por fin dejaremos de ver los caretos a los guardias y de pasarlo mal cada vez que la cruzamos.

Dejamos el coche en su aparcamiento y facturamos las maletas con la esperanza de que también esté la maleta perdida y que no nos pierdan ninguna otra. De paso, por si acaso, nosotros hemos dividido la ropa entre las dos maletas y así no encontrarnos en bolas cuando aterricemos en el aeropuerto de San Francisco.

Pasamos a la zona de embarque y allí desayunamos fatal. Mientras llega la hora de embarque pasamos el tiempo hablando, leyendo o paseando por la terminal. No hay vuelo directo desde Buffalo y en su día escogimos un vuelo que hace escala en Atlanta y no en Chicago o en Cleveland. Lo escogimos porque, aunque había que madrugar, era el que más temprano llegaba a San Francisco, las cuatro y pico, horario de la costa oeste. Los vuelos que iban por el norte salían más tarde, pero llegaban mucho más tarde, y además estábamos más horas en el aeropuerto de trasbordo lo que significaba más horas para llegar a la ciudad dorada.

El vuelo a Atlanta se hizo de lo más normal, pero al llegar al mismo, me quedé sorprendido por la dimensión del aeropuerto. Tenía siete u ocho terminales, todas en línea recta y estaban unidas unas con las otras con un tren eléctrico subterráneo. Cuando subimos a la zona de espera la vista se pierde en la lejanía de lo tremendo que es. Buscamos nuestro sitio y a través de las ventanas se podía ver que el aeropuerto tiene, como mínimo, tres pistas de aterrizaje y despegue, dos en paralelo y otra cruzada en perpendicular con estas. Era curioso como los aviones aterrizaban y despegaban de dos en dos.

Mientras dos se quedan cuidando de las cosas, los otros dos se van en busca de comida y luego al revés. Como en los aeropuertos no suelen haber restaurantes más o menos buenos y apenas teníamos una par de horas para comer, buscamos algo “decente” para meternos en el estómago. Yo comí una hamburguesa (como no) con bacon y chili, muy buena, pero picante, chorretosa y grasienta en demasía. Los demás tomaron algo menos seboso y con menos colesterol que lo mío, es decir, más verde y menos carne. Estos verduleros, digo vegetarianos.

Estábamos comiendo cuando vimos a través de los ventanales como traían las maletas correspondientes a nuestro vuelo. Los cuatro nos pusimos atentos para ver si veíamos la maleta de Encarna. Vimos como metían las nuestras y una grande y rosa, sin embargo la pequeña no la vimos. Pero, de todos modos, cuando las metían vimos varias del mismo tono y pensamos que podían haber metido la maleta sin darnos cuenta, o como no venían en nuestro primer vuelo, pensamos que, tal vez, ya la habían metido en otro momento en la bodega del avión.

A las tres de la tarde salimos de Atlanta. Lo que veíamos desde la terminal lo comprobé desde el avión, al mismo tiempo que salíamos nosotros salía otro avión a unos 400 metros de distancia en paralelo. Los dos llevábamos la misma velocidad y levantamos el vuelo a la vez, a pesar de que el otro avión era más pequeño y ligero que el nuestro.

El vuelo se nos hizo muy ameno, debido a que iba una azafata hispana muy graciosa, cada vez que pasaba por nuestro lado nos gastaba una broma y nos hacía reír un rato. También nos puso mote a los dos hombres. A mi llamó “pancita”, ¿porqué será? y a Juanpe, “dormilón” ya que se tiró la primera parte del viaje sobao.

Tras cuatro horas y pico de vuelo nos disponemos a tomar tierra en SF y comienza a descender. Dejamos de ver tierra y vemos solamente agua. Como todos ustedes saben muy bien, SF está situada en una península que cierra una bahía, y el aeropuerto está situado justo al sur de la ciudad y pegado a la costa del entrante de agua. Pues bien, conforme descendemos se va acercando más y más, más y más, más y más el avión al agua. Parece que no va a llegar nunca la tierra. Da la sensación que vamos a amerizar en lugar de aterrizar. Justo cuando prácticamente íbamos a tocar el agua aparece la pista de aterrizaje y apenas unos segundos después se posan las ruedas del avión tranquilizando a mi corazón. Estaba claro que no había ningún problema, por que sino nos habían hecho tomar unas medidas de aterrizaje de emergencia, pero conforme descendíamos parecía, tal cual, un amerizaje más que un aterrizaje.

Cuando vamos a por nuestras maletas con la esperanza de que encontraríamos la maleta perdida, resulta que nos encontramos con la misma historia de Buffalo. La maleta no apareció. Entre enfadados y desilusionados nos acercamos a la oficina de Delta para que nos vuelvan a decir lo mismo que dos días atrás, que no saben donde anda la maletica. Esta vez conseguimos que nos dieran un código para saber como estaba la situación de la maleta a través de la página web de Delta, lo cual era un avance, ya que no nos obligaba a ir al aeropuerto, y además nos pidieron nuestra dirección en San Francisco para mandarnos la maleta en cuanto apareciera.

Pasó una hora y pico antes de que tomáramos un taxi y nos fuéramos para SF. Durante el camino me tuve que sentar en el asiento de delante, otra vez, pero esta vez fue más fácil entenderse con el conductor. La putada fue que nos enteramos, durante el trayecto a la ciudad y a través de la radio del coche, del accidente aéreo de Madrid. No fue un shock, pero si un susto y un problema, porque a partir de ese momento nuestras familias estarían más preocupadas por el tema de los vuelos y lo primero que teníamos que hacer era tranquilizarlos, así que en cuanto pudimos nos pusimos a llamar por teléfono a todos y que vieran que a nosotros no nos había pasado nada.

El taxista nos deja en el sitio y ahora viene el problema del apartamento. Habíamos quedado con los dueños, bueno dueñas en este caso, que cuando saliéramos del aeropuerto les llamáramos para que estuvieran esperándonos. Lo que pasó es que no llamamos en el momento oportuno y si lo hicimos en cuanto llegamos a la puerta del apartamento. Tuve que luchar con las interferencias, con el idioma, conmigo mismo, para poder entender que el apartamento estaba abierto y que solo teníamos que empujar la puerta y entrar.

Dentro, encima de un aparador, las dueñas nos habían dejado unas pequeñas instrucciones sobre como proceder con el pago del piso. Ellas querían que les metiéramos un sobre con el dinero en el buzón de la puerta de al lado, que era donde, seguramente, ellas vivían. A nosotros no nos cuadró el tema y no se lo dejamos hasta el día siguiente que nos lo volvieron a pedir a través de una nota que nos echaron en el buzón. Nosotros queríamos conocerlas y así poder preguntarles sobre cosas del apartamento, como funcionamiento de electrodomésticos y cosas de esas. Pero no hubo manera de verlas ni de oírlas.

El piso era muy chulo, tipo de los que hay en la ciudad. Constaba de dos plantas, la baja era la nuestra. Está situado en la calle Steiner, 332 y es grande, pero oscuro y con mobiliario viejo. Cuando entras te recibe un olor a viejo, a mi no me causa buena impresión, pero en cambio a Encanni, si. Conforme vamos viéndolo va cambiando mi opinión sobre él. Es alargado, y nada más entrar a mano izquierda está el salón y la cocina. A la derecha estaba el pasillo que acababa en las dos habitaciones y un aseo completo. Tenía garaje, que no utilizamos, y un “jardín” en la parte trasera.

Una vez sorteadas las habitaciones, que, por cierto, las dos tenían cama de matrimonio, y colocar unas cuantas cosas en los armarios salimos con ganas de descubrir la ciudad.

Lo primero que hacemos es buscar una parada de autobús que nos lleve al centro. Gracias a un plano de las líneas de autobuses que nos bajamos de Internet vemos que una de dichas líneas pasa por la calle perpendicular a la nuestra, solo que en la esquina trasera, así que nos vamos hacia allá para pillar el primero que pase. Cuando llegamos a dicha calle, Haight street, el color salta a nuestros ojos, casas, tiendas, bares, todos llenos de mucho colorido. Eso si, también había una cantidad ingente de personajes vestidos de muchas formas distintas y de diferentes culturas o tribus metropolitanas. Dicho paisaje no le gustó lo más mínimo a Toñi, pero eso fue la primera impresión, la segunda siguió siendo la misma.

Cogemos el bus y nos fuimos p’al centro, ya que no teníamos otra cosa mejor que hacer, esa tarde nos íbamos a dedicar a hacer compras, ¡como no!

Bajamos en el cruce de Powell con Market, justo donde se encuentra una caseta que expide los tickets de los tranvías y demás transportes públicos, allí tenemos el primer contacto visual con el típico tranvía de San Francisco y que, por supuesto, nos hacemos las primeras fotos.

Subimos por Powell hacia Union Square buscando las tiendas, sobre todo Macy’s. Conforme va cayendo el día nos damos cuenta que en San Francisco hace más fresco que en la costa este, hace más viento y eso hace que pasemos más frío, con lo que hemos de encontrar alguna tienda para resguardarnos del fresco y del aire.

Visitamos Macy’s (no tiene nada que ver con el de Nueva York), Shepora, H&M, Gap, Zara,… No encontramos nada, ni para hacer regalos, ni para nosotros. Hombre, haber, hay cosas, pero no nos gustan o los precios no nos cuadran, con lo que tenemos las mismas. Al final acabamos en un centro comercial que hay enfrente de la calle Powell, en la calle Market, se llama San Francisco Center. Allí damos una vuelta y terminamos cenando en una pizzería del centro comercial. Cuando estábamos a punto de terminarnos la cena, empezaron a sonar unas sirenas, más bien unos bocinazos. Pensamos que podía ser una alarma de incendios, pero la gente estaba tan tranquila, por lo que nosotros seguimos haciendo lo mismo, sentados en la mesa terminándonos la cena. Al ratillo nos dijeron que la sirena era para que la gente supiera que se iba a cerrar el centro comercial, con lo que cogimos nuestras cosas y nos fuimos a pillar el autobús de vuelta.

Mientras esperamos el autobús, vemos la variada gente que está esperándolo. A Toñi le dan miedo. Y la verdad es que el elenco de personal es de lo más variado. Los hay de color con los típicos pantalones caídos y camisetas de la talla XXXXXL, con joyas por todos los lados; personas con las vestimentas normales, ya sean de color como blanquitos o de otra raza; indigentes con pulseras médicas en sus muñecas; indigentes sin pulseras; negros (sin ofender) vestidos con trajes blancos totalmente pulcros; góticos; jóvenes y viejos; personas que van hablando solas, y no es que mantengan una conversación con el manos libres, no, van hablando solas, es decir, que están un poco p’allá; terminator, perdón, terminator está en la casa del gobernador.

Una vez dentro, volvemos haciendo un rally por San Francisco. Si, lo que leéis, ¡un rally con un autobús! ¡y por una ciudad! La conductora nos lleva a toda velocidad por las calles del escenario de la película de Steve McQueen, “Bullit”, sorteando todos los coches que se le ponen por el camino. Eso sí, lo hace con velocidad, pero con bastante pericia. Ahora comprendía esa voz que nos decía antes de arrancar, después de cada parada, HOLD ON!, HOLD ON! (¡agárrense!, ¡agárrense!). Sino te agarrabas a alguna barra o asiento podías aparecer en el cristal trasero aplastado cual mosquito.

A la velocidad de la luz, como en el Halcón Milenario, llegamos vivitos y coleando a la casa para coger la cama, que encima la íbamos a pillar con ganas después del estrés de la vuelta.

La primera impresión de la ciudad no es buena, debido a la suciedad que hay en el centro de la misma y a la impresión que da ver a tanto indigente por la calle, al contrario que en Nueva York. De todas formas, en los días siguientes pudimos constatar que lo de la suciedad era solamente en la zona de Union Square, cosa que me extrañaría mucho, pues el ayuntamiento no fue capaz de mantener limpia la zona en todos los días que pasamos por allí. En cuanto a los indigentes, la situación fue curiosa. Tu no les molestaban y ellos no te prestaban ni la más mínima atención, ellos podían ir por cualquier sitio siempre y cuando no molestaran a nadie. Como diría aquel: “vive y deja vivir”.

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Dicen que las cataratas de Iguazú son mucho mayores y espectaculares que las del Niágara, pero ahora estamos aquí y estas me parecen tremendas e impresionantes. Ya comprobaré como son las de Iguazú en otro momento o en otra vida.

La noche ha sido movidita. Ha caído un tormentón del carajo, que aunque nos ha dejado dormir sin problemas, nos ha causado unos ligeros despertares.

Nos acicalamos y nos preparamos para salir. Antes de ello ponemos una lavadora de blanco. Hay que aprovecharse de la lavadora, que cuando lleguemos a San Francisco ya veremos si tenemos en el apartamento.

Desayunamos en el Starbucks que hay al pie del Skylon. Y una vez terminado aparcamos el coche en el último aparcamiento que hay en Niágara, río arriba, justo enfrente del edificio de la antigua compañía eléctrica de Ontario.

El día, como la noche, se había levantado nublado y parecía que nos iba a estropear el día, valga la redundancia, pero de momento aguantaba la lluvia. Que no el frío, no es que hiciera mucho, pero hacía fresquito, lo suficiente como para ponerse una cazadorilla o algo que nos tapara nuestro cuerpo serrano.

Paseamos desde el aparcamiento hacia las cataratas viendo lo espectaculares que son los rápidos del río. Si una persona cayera unos cientos de metros más arriba de la caída del agua, no lo salvaría nadie. Sería mejor que rezara para quedarse enganchado en algún saliente, porque sino…

Íbamos a ir desde ese punto hasta el lado estadounidense, paseando por el “borde” de los miradores y así hacer hambre para subir luego al Skylon a comer.

Nos acercamos al punto de la primera catarata. Primero tenemos que pasar la nube de agua que despide la misma. Cuando llegamos al vértice de la catarata es impresionante el vértigo que me da ver como cae el agua y desaparece en la altura y la nube de agua. Y es que estamos al lado mismo de la caída del agua.

Es impresionante ver la cantidad de agua que cae, lo grande que es la catarata de herradura. La nube de agua en suspensión nos impide ver la otra punta de la misma. El ruido, por supuesto, es ensordecedor. Abajo se entreven algunos pedruscos de los que han caído a lo largo del tiempo y también el barquito, el Maid of the Mist, repleto de turistas acercándose lo más posible a la catarata. Nosotros habíamos decidido no subirnos al mismo, ni tampoco al helicóptero. Aunque las vistas tenían de ser acojonantes, preferimos ver las cataratas a pie de tierra que también tienen tela.

Cuando llegamos a la altura de la catarata pequeña decidimos volver al coche para cruzar al lado americano. Toñi no se encontraba bien y, aunque era poco trayecto, mejor hacerlo sentado que no andando. Eso conllevaba cruzar la frontera y, por lo tanto, las preguntas de los aduaneros con los consiguientes nervios del entendimiento del idioma.

En un momento cruzamos la carretera y vamos por un jardín muy bien cuidado. Resulta que cerca hay un vivero, que es el que se encarga de cuidarlo y, a la vez, experimentar con el jardín. El parque tiene una variedad tremenda de flores y árboles. Están tan bien colocados que lo hacen precioso, más aún cuando lo haces solo, pues la marabunta está absorta en las cataratas.

Antes de salir del parque llamamos al dueño del apartamento para que sepa que ya hemos llegado. Es tal el lío que me armo con el inglés que no se si se ha enterado. He hecho dos llamadas y en ninguna se puede decir que haya sacado algo en claro y me imagino que el dueño tampoco. Pero no voy a hacer una tercera llamada, si se han enterado, bien, y si no, también. Total que va a pasar, ¿qué se pasen por el apartamento para cerciorarse que hemos llegado?, pues que lo hagan, mientras no nos toquen nada, ni estemos nosotros delante cuando estén oliendo, perfecto.

Cogemos el coche y vamos a la aduana. Nos hacen las mismas preguntas que ayer además de porqué cruzábamos hoy la aduana. Le decimos lo que hay y se quedan tan contentos.

Nos vamos directamente al islote que hay entre las dos cataratas y así tener una rápida visión de las dos. Allí está todo muy bien puestecico para el turista. Llegamos con el coche al único sitio donde puedes aparcar, a un parking. Salimos en dirección a la catarata de herradura. Todo el paisaje está niquelao, está todo muy limpio, en el césped no hay una hierba más alta que otra, la bandera de Estados Unidos, por supuesto, no podía faltar. En fin, que se está genial.

Nos hacemos las fotos pertinentes y flipamos con el paisaje. ¡Qué cantidad de agua más mal aprovechada! Con lo bien que vendría al levante español. Vamos a recomendar que hagan un trasvase Niágara-Segura. Eso, cuatro inmigrantes te lo hacen en un plisplas.

Nos movemos en dirección a la catarata pequeña y en medio de las dos hay un monumento a un croata, o serbio, Nikola Tesla, balcánico en resumidas cuentas que fue el que inventó, o descubrió no se que cosa para generar electricidad. Al lado del monumento hay un restaurante de comida rápida en el que aprovechamos para tomarnos unas patatas con un agua y/o coca-cola.

Cuando paso a comprarlas veo una pared con fotos antiguas de las cataratas y una explicación de las mismas. Me quedo sorprendido cuando leo que tuvieron que cortar el caudal de la catarata pequeña para poder realizar sin problemas las obras de una cueva debajo de la misma. Era cortar un ramal del río, el ramal pequeño, pero, tela marinera, eso parece que no, pero debió costar mucho trabajo y dinero el hacerlo, más que nada por la fuerza que lleva el agua a apenas unos cientos de metros de su caída.

Terminado el pequeño almuerzo, vamos a ver la catarata pequeña con su ramal chiquitito. Todas las cataratas tienen su nombre, pero ahora mismo no me acuerdo el que pusieron a cada uno, así que tendré que seguir llamándolas las cataratas grande y pequeña.

Cruzamos un puentecito que tiene el ramal chiquitito para ir al mirador. Allí nos hacemos otras foticos, que jartá de fotos. Esta catarata se nota que lleva menos cantidad de agua y que cae con “menos fuerza”. Esta da menos vértigo.

Una vez vista, salimos de la isla y nos vamos al “continente”. Allí aparcamos, otra vez, y nos dirigimos, otra vez, a ver las cataratas, esta vez desde un lugar donde se ven las dos cataratas de perfil. Aquí no nos estuvimos mucho tiempo ya que teníamos reserva en el Skylon para comer y teníamos que salir enseguida para allá, pues teníamos que volver a cruzar la frontera con el coche. ¿Qué pasará?

No pasó nada en la frontera, pasamos sin nada extraordinario, lo único fue que se extrañaron que hubiera tanto sello en tan poco tiempo, pero nada más.

Llegamos al Skylon y vamos a aparcar el coche en el parking de la torre. Antes de entrar vemos el precio y nos da reparo el pagarlo, pero como no nos apetecía salir de allí y buscar aparcamiento en otro sitio, optamos por pagar los 20$, creo que fue eso, y arreglado.

El Skylon es una torre tipo torrespaña, de comunicaciones, pero que principalmente tiene un uso más turístico que otra cosa. Mide un poco menos de 200 metros de altura y se divide en varias plantas, una planta es un restaurante giratorio y panorámico, otra planta superior al restaurante es para que los turistas disfruten de las vistas sin necesidad de que tengan que comer o cenar, y la antena que, esta si, se utilizará para cuestiones de comunicación, supongo.

Las dos plantas turísticas tienen un precio para subir. El precio de la planta exclusiva para las vistas no se que precio tiene, ya que no fuimos allí. Y el precio de la planta del restaurante ya te lo cobran en la factura de la comida. Por el mismo precio de la comida tienes acceso a la planta superior, pero no merece la pena, total mientras has comido has visto todo lo que tienes que ver.

Para acceder a las alturas la torre tiene tres ascensores panorámicos que transcurren por el exterior del pilar central, y único. Nosotros no tuvimos que hacer cola para subir. Al tener reserva para comer nos llevaron directamente al ascensor pertinente y para arriba. La ascensión a los cielos fue lenta y disfrutamos de las vistas. Como no, me puse a hacer fotos como un tonto.

Llegamos al restaurante y esperamos hasta que uno de los camareros nos colocara en el lugar pertinente. No tuvo problemas pues apenas había gente comiendo. Eso nos vino bien, pues el restaurante tiene dos filas de mesas, una pegada a los ventanales y otra en el interior de la circunferencia, y así pudimos ponernos en las ventanas y ver mejor el exterior.

En la base de las ventanas hay placas que cuentan partes de la historia de la zona. Las mesas giran y así puedes leer todas las placas, desde cuándo se descubrieron las cataratas hasta curiosidades, como los nombres que se le han puesto a las mismas. Aunque el día no era todo lo claro que nos hubiese gustado, si pudimos ver sin ningún problema la ciudad de Toronto, que está a unos 80 kilómetros de la ciudad de Niágara. Por supuesto, se veían los rascacielos de la ciudad de Buffalo que está a unos 25 kilómetros de allí

El restaurante tarda aproximadamente tres cuartos de hora en dar una vuelta completa. Nosotros pedimos postre y café para así poder dos vueltas completas. La comida no estuvo mal, pero tampoco fue una maravilla, no fue una conjunción de sensaciones y de sabores, eso si, fue la más cara de todo el viaje, cosa que ya lo esperábamos debido al lugar en el que estabas. Creo que rondó los 250 dólares canadienses, unos 160 euros.

Una vez terminado, volvimos a bajar por el mismo sitio, y nos fuimos al apartamento a pasar la ropa de la lavadora a la secadora, antes de salir hacia el aeropuerto, para ver si había llegado la maleta de Encanni.

Hasta ahora no habíamos tenido ningún problema al pasar la frontera, y esta vez tampoco lo íbamos a tener. Pero, aparte de las preguntas pertinentes, nos pasaron el perro antidroga alrededor del coche, cosa que me asustó un poco, a mi y a mis amigos y esposa. No porque nosotros tuviéramos drogas, que no llevábamos, sino porque quién sabe si alguien te ha controlado y te ha metido algo para pasar y te la lía en un momento sin tu tener nada que ver con el tema.

Cuantas películas he visto ¿Eh? Como suele pasar, no pasó nada y seguimos adelante, hacia el aeropuerto.

El caminico lo hicimos muy bien, tranquilamente. Aparcamos y nos dirigimos a la oficina de Delta. Por supuesto, nos dijeron que no había llegado, ni iba a llegar en las próximas horas (como dirían por ahí “ni está, ni se le espera), y que después de un rato intentando saber qué y dónde iba a estar la maleta, nos dijeron que al día siguiente cuando embarcáramos hacia San Francisco la maleta iba a estar entre el equipaje. No les dimos mucho crédito, pero que le íbamos a hacer, levantamos los hombros y volvimos a Niágara.

Regresamos sin ningún tipo de incidencias, hasta que llegamos a la frontera. Esta vez si nos pusieron los cojoncillos en el cuello. Nos tocó el chulito y/o espabilao que acababa de salir de la academia que solo quería ser más papista que el Papa. Esta es la conversación que mantuvimos con el susodicho pavo. Para poder sentir lo mal que nos los hizo pasar, tenéis que imaginaros la conversación con el nerviosismo de no poder entender al 100% el idioma, con la cara de mala leche que tenía el impresentable, con los cinco sentidos metidos en la conversación para que no se nos escapara nada ni pudiéramos soltar nada inapropiado. Bueno, esta es, más o menos, la trascripción de la cinta:

— Buenas tardes, pasaportes.

— Buenas tardes, aquí están.

— ¿Porqué han pasado tantas veces la frontera hoy?

— Hemos ido a ver las cataratas al lado americano, luego hemos vuelto a comer al Skylon, y esta tarde hemos ido al aeropuerto a preguntar por el paradero de una maleta que ayer nos perdieron.

— ¿En qué hotel están?

— No estamos en un hotel, estamos en un apartamento.

— ¿Están con una familia francófona?

— No, hemos alquilado un apartamento.

— Vamos a ver, eso no puede ser. Estarán  en un motel, que es parecido a un hotel.

— No, no, hemos alquilado un apartamento.

Silencio.

Nosotros estamos nerviosos, mucho más nerviosos que cuando paramos el coche.

El individuo pelirrojo que está en la garita empieza a sellarnos los pasaportes sin estar muy convencido de lo que le hemos dicho. Nos devuelve los pasaportes y nos da permiso para continuar. Nos despedimos del canalla blanquecino deseándole lo peor, eso si, siempre con una sonrisa, no vaya a  ser que cambie de opinión y nos haga una inspección en toda regla.

Nada más cruzar la frontera buscamos un supermercado para comprar pan Bimbo y algo con que rellenarlo, pues decidimos cenar tranquilamente en el apartamento en lugar de hacerlo fuera, pero no encontramos nada en la zona turística. Debe ser que como los que van allí comen y cenan en restaurantes no sale rentable poner ninguna tienda de ultramarinos. Nos vamos hacia el pueblo y a unos cientos de metros encontramos un 7eleven y compramos lo necesario, a Encanni la tienda le recuerda a la tienda que sale en Los Simpson. A la hora de pagar, como solo teníamos moneda estadounidense fuimos a pagar con ella, pero el dependiente no quiso aceptarla, así que recurrimos a la tarjeta. Lo curioso fue que apenas a unos minutos de allí si se aceptan los dólares americanos, además que ellos salen ganando en el cambio pues valía, y vale, más el dólar estadounidense que el canadiense.

Volvemos sobre nuestros pasos y le echamos gasolina al carro, creo recordar que estaba la gasolina a 1,45 el galón. El galón creo que ronda los tres litros, y haciendo los cálculos, sale, aproximadamente, a 0,29 euros el litro de gasolina. Que pena no poder llevarse un barril de 5000 litros para España.

Bajamos a despedirnos de las cataratas y cuando subíamos ya para el apartamento, a una de las chicas le entran unas ganas tremendas de desalojar lastre y paramos en el Starbucks. Mientras ella adelgazaba nosotros esperamos en la entrada al parking del Skylon. Mientras eso ocurre vemos que sale de unas matas lo que parece ser un gato, pero luego resultó ser otro animal que desconocíamos en ese momento lo que era. Luego investigando, encontramos lo que era más parecido, era una marmota.

Bueno, nos fuimos al apartamento. Recogimos la ropa de la secadora, cenamos tranquilamente viendo las olimpiadas, preparamos las maletas para el día siguiente, nos deseamos un buen descanso y nos fuimos a la cama a dormir que al día siguiente nos teníamos que levantar temprano para salir hacia San Francisco. Un día largo.

Al día siguiente dejaremos las cataratas, un lugar demasiado urbanizado, pero sobrecogedor. La naturaleza te deja anonadado y el hombre te deja apagado por las tonterías que ha hecho alrededor de tanta maravilla. Es una pena que no se hayan dado cuenta y hubiesen urbanizado unos cientos de metros más atrás y así poder ver más en su salsa las caídas del agua. Ahora ya no tiene solución. Aún así fue tremendo ver semejante panorama, ver como ha actuado la naturaleza en este lugar. Sin duda mereció la pena haber visitado las cataratas del Niágara.

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¿Qué es lo que hacemos hoy?

Madrugar.

Como todos los santos días nos levantamos a las órdenes del despertador, sobre las siete de la mañana. Si estos días fuesen laborables estaría con un sueño matador, pero es todo lo contrario, levantarnos temprano da gusto y todo.

Hoy abandonamos Nueva York. Nos vamos a las cataratas del Niágara. Cuando planeamos el viaje, hace ya nueve meses, como un parto, ya hicimos que el vuelo a Buffalo no fuera estresante, es decir, tener que madrugar en exceso o llegar demasiado tarde. Había infinidad de horarios con lo que pudimos elegir uno que no fuéramos con prisa. El vuelo salía a las 13’25, también con Delta Airlines, como el resto de vuelos, y desde el JFK.

Recogemos los trastos y dejamos las llaves del apartamento encima de la mesa, como acordamos con el propietario. Decidimos no desayunar en la ciudad para no perder tiempo, ya lo haremos en el aeropuerto.

Como suele ser normal en NY, no hay problema para pillar un taxi en la misma puerta. Montamos los bártulos en el maletero y nos vamos al aeropuerto. Mientras marchamos nos vamos despidiendo, con tristeza, de la ciudad.

En el camino, el taxista nos pide que le especifiquemos a que zona o terminal vamos. Le digo que vamos a pillar un vuelo doméstico a Buffalo. No conforme con esto me pide el nombre de la compañía aérea con la que vamos a volar. Para mis adentros me pregunto que qué curioso es este tío. Le digo que con Delta y ya no dice ninguna palabra en todo el trayecto. Luego cuando llegamos al aeropuerto entiendo el porque de la última pregunta. Resulta que cada compañía tiene una o varias terminales a su disposición, con lo que sabiendo la compañía y el destino los taxistas saben por donde tienen que ir para llegar al lugar exacto.

No lo recuerdo bien, pero creo que era la T3 de donde partía nuestro vuelo. Una vez pagado al taxista los 50 pavos más la propina pertinente, entramos y nos encontramos los mostradores de facturación nada más entrar a mano derecha. Sólo hay cuatro, además de otros tantos para hacer la facturación uno mismo. Estos son los primeros que vemos, pero como sólo están en inglés los mandamos a paseo y nos ponemos en la pequeña cola que tiene uno de los mostradores. Facturamos y miramos en los paneles la puerta por la que tenemos que embarcar. Queda mucho tiempo, llegamos sobre las diez, pero que le vamos a hacer, ¿pasear? Una de las cosas que si íbamos a hacer era desayunar, así que nos dirigimos hacia nuestra puerta que seguro que allí hay algún bareto para tomar un café.

Nada más salir de la zona de facturación, cuando todavía nos quedaban unos quince o veinte minutos andando hasta llegar a nuestra puerta, apareció un cochecito eléctrico, como los de los campos de golf, aunque sin techo y un poco más largo. Iba pitando para que se apartase la gente, cuando se para a nuestro lado y el conductor nos pregunta qué adonde vamos. Se lo decimos y nos invita a montar. Nos montamos con la sorpresa todavía en el cuerpo de ver un carrito de este tipo en medio de un pasillo de un aeropuerto.

Fue un rally muy divertido, iba a toda castaña por los pasillos, pitando a todo quisqui que se cruzaba en su camino. Lo que iba a ser un paseo de veinte minutos se transformó en apenas tres o cuatro minutejos. Llegamos a nuestro destino con los pelos despeinados por completo. Le dimos unos dolarcillos de propina al conductor, nos dio las gracias y volvió a toda leche hacia el otro lado de la terminal. Nosotros a los nuestro, a desayunar y a esperar el embarque.

Después de dar un par de vueltas por la zona nos sentamos al lado de nuestra puerta, justo enfrente de un Starbucks, donde terminamos desayunando.

La espera y el aburrimiento hacían que cundiera la desesperación.

Te levantas para ver los paneles informativos.

Te sientas.

Te vuelves a levantar a mirar el escaparate del Starbucks.

Otra vez a sentarte.

El culo se vuelve cuadrado de estar sentado.

Te acuerdas que hay un quiosco cerca y vas a leer los periódicos aunque no entiendas ni papa de inglés.

Después de contar los tubos fluorescentes te vuelves a tu asiento.

Sonríes al tipo que se acaba de sentar a tu lado.

Te cagas en toda su generación porque no se ha duchado hoy y huele a rata muerta.

Rezas para que no vaya en el mismo vuelo que nosotros.

Te pones a hacer fotos por las ventanas al personal del aeropuerto.

Un empleado del aeropuerto con pinta de pakistaní te pide amablemente que deje de hacer fotos por motivos de seguridad.

Cagándome en todo lo que se menea me vuelvo a sentar, evitando al señor apestoso.

Así podría seguir hasta rellenar una cantidad indecible de páginas, por lo que lo mejor será que siga con el relato.

Por fin llega el momento de embarque. Cogemos los apechusques y nos vamos al avión. Después de pasar por un largo pasillo cubierto llegamos a la altura del avión. ¡Andá, si viajamos en un avión de juguete! No va a pilas, pero poco le falta. Es apenas un poco más grande que un jet privado, no creo que quepamos más de treinta personas.

Una vez dentro del avión, tardamos una media hora en situarnos en la pista para despegar de la cola que hay en el aeropuerto. Lo malo de esta espera es que la cabeza le dio vueltas al incidente que tuvimos al aterrizar al llegar a Nueva York con lo que el cuerpo  se revuelve un poquito.

Sorprendentemente, una vez que despegamos, me quedo torrao en un instante, creo que todavía estábamos ascendiendo. Esto hace que no me acuerde de nada del trayecto, pues me despierto justo cuando noto que el avión empieza a descender para aproximarse al aeropuerto de Buffalo. Los compañeros de viaje me dijeron que las azafatas repartieron gominolas, bebidas y manteca de cacahuete. Al despertarme y para evitar que la cabeza piense en cosas malas, me entretengo en mirar por la ventanilla e intentar localizar distintos lugares, como las propias cataratas. Lo único que logro ver es la ciudad de Buffalo, aparte de mogollón  de carreteras y casas dispersas.

Aterrizamos sin ningún tipo de contratiempo ni problema, como suele ser normal en prácticamente todos los vuelos. Salimos del avión de juguete y nos vamos a recoger las maletas. Mientras estamos esperando, nos damos cuenta que la zona de recogida de equipaje tiene conexión directa con el exterior. Cualquiera de fuera puede llegar y llevarse la maleta que le de la gana sin ningún tipo de problema. Como se nota que es un aeropuerto pequeño y que aquí nunca pasa nada.

¡¡¡JA!!! ¡Eso es lo que tú te crees! Como suele pasar, esperamos unos minutos hasta que empiezan a salir las maletas. Sale una, otra y otra, pero la pequeña de Juanpe y Encarna no termina de salir. A parte de nosotros hay un par de personas también esperando las dichosas maletas, hasta que ya no esperamos más y damos la maleta por perdida, perdón por extraviada. Así que a reclamar toca. ¡Con el desparpajo que tenemos del idioma!

Empiezan a salir palabras malsonantes de la boca de Juanpe. Al rato la toma con el mobiliario del aeropuerto. Intentamos calmarlo, pero no podemos. Cuando se acercan los guardias de seguridad se lía a mamporros con ellos, partiéndole las narices a uno de ellos y el otro seguramente no podrá tener hijos en su vida debido al golpe que recibió en la entrepierna. Volvemos a intentar calmarlo, pero casi me da con una papelera. Al rato llega una patrulla de policía y hasta aquí llegó su enfado, enseguida lo calmaron con descargas eléctricas. Una vez se le encendía un ojo y otra vez salía fuego de la nariz.

Vaya un rollazo que os he metido. No pasó nada salvo el cabreo lógico de la situación. Uno está tan feliz porque piensa que estas cosas solo le ocurren a los demás, y ¡zas! un día te ocurre a ti, y ese día fue este. Pero a nosotros no nos había pasado nada en comparación con un oriental que llegó en nuestro vuelo, a este le habían perdido las dos maletas que llevaba. Le habían dejado compuesto y sin ropa.

Nos metimos en la mini oficina de reclamaciones y objetos perdidos de la compañía aérea y empezamos a pedir la maleta. Lo primero que hacemos es saber si hay alguien que sepa castellano. Nadie. Una vez que sales de NY, ya no sabe nadie castellano. Como podemos, entre Encarna y yo, vamos poniendo las cosas más o menos claras, y nos enteramos que la maleta va en dirección a San Francisco. Nos aseguran que mañana por la tarde estará aquí, en el aeropuerto.

A todo esto sin comer, pero, en fin, como no tenemos otra opción tenemos que apañarnos con lo que nos dicen y esperar a mañana. Antes de salir, cogemos todos los códigos, teléfonos y páginas web necesarias para preguntar por el paradero de nuestra maleta.

Por suerte o casualidad, Juanpe y Encarna habían dividido la ropa entre las dos maletas, con lo que no tuvieron necesidad de comprarse ningún tipo de prenda o material de higiene. Menos mal que no nos pasó a nosotros porque si nos pierden la maleta de la ropa, lo único que podíamos hacer es vestirnos con el trípode y con camisetas. No llevábamos nada más en una de ellas.

Salimos y cruzamos la calle de los taxis en dirección a las agencias de alquiler de coches. Teníamos reservado un monovolumen en Europcar durante los dos días que íbamos a estar allí. Esperamos un ratito haciendo cola hasta que nos toca. De los dos dependientes nos va a tocar el más espabilado en cuanto a tratamiento de turistas. Persona de color y con cierto amaneramiento, con toneladas de pintura negra en su cabeza. No tinte, no, pintura. Si en el aeropuerto algún día hace falta pintura negra pueden bajar a los stand de Europcar y pedirle cuarto y mitad a este hombre, que les dejará sin ningún tipo de problema.

Poco a poco la cosa se complicaba, por la cosa del idioma. Lo que yo creo que debería haber sido es: entregar el carné de conducir, la tarjeta de pago y aclarar el precio en caso de coger algún extra.

Pero no fue así. Estuvimos así como una hora para poder entendernos con él, y menos mal que apareció un puertorriqueño, nunca le estaremos lo bastante agradecidos, que hizo que se aligerara un poco la cosa. Mientras que el dependiente se aclaraba, charlamos con el muchacho, de cuyo nombre no logro acordarme, de lo que nos había pasado y que estábamos allí en plan turista. El nos comentó que llegaba ese día porque empezaba la universidad con una beca en la Universidad de Buffalo.

Al final todo se aclaró y nos fuimos a por el coche, pero hubo una situación que no logro entender todavía en la tramitación del alquiler del coche. Resulta que yo iba a ser el único conductor del vehículo, y como tal debía enseñar el carné de conducir y, por ser extranjero, el pasaporte. Hasta aquí todo normal. Pero al ir a pagar, lo hicimos con una tarjeta que hicimos con el fondo común, pero que debía llevar solo un nombre en el frontal, como en todas las tarjetas. Y aquí está lo curioso. La tarjeta estaba a nombre de Juanpe y eso es lo que no le cuadró al personaje que había detrás de la barra que se quedó muy extrañado que pagara otra persona distinta al conductor. Debido a esto, Juanpe tuvo que enseñarle el pasaporte y el susodicho personajillo nos dijo que lo tenía que poner como conductor adicional porque sino podíamos tener problemas si nos paraba la policía o no se que chorradas, lo que hizo, además, que subiera unos 6 dólares la tarifa, más o menos.

Una gilipollez enorme. Que tendrá que ver si alguien me quiere pagar el alquiler del coche y yo soy el conductor. Si voy con mi hijo y le pago el coche, ¿he de ir con el libro de familia para no tener problemas? Solo caben dos posibilidades:

1, que el tío nos tomara por panolis y nos engañara en seis dólares, que además no irían a el, sino a la compañía de alquiler.

Ó 2, que no se enterara de nada y nos montó el pitoste sin saber lo que hacía.

Yo opto por esta opción. Más que nada porque en San Francisco alquilamos otro coche y no tuvimos ningún problema a la hora de pagar con esa misma tarjeta ni nada. Todo fue infinitamente más rápido que en Buffalo.

Cogimos el coche, por primera vez conducía un coche automático (en cuanto pueda cambiar mi coche lo haré por uno automático), y salimos del aeropuerto. Fue fácil, solo había que seguir las indicaciones que nos mandaban a Niágara. El viaje fue tranquilo, solo había que estar atento a las indicaciones y no pasar de 65 millas por hora para no tener sorpresas con la policía de allá. En el trayecto se oyó por primera vez una de la frases más oídas de las vacaciones: “que acierto haber alquilado el coche”, y también se oyó otra que también se iba a oír mucho, sobre todo, cuando íbamos en coche: “cuidado”. Al cabo de unos 25 km estábamos en la frontera canadiense.

Aquí es donde el idioma podía complicarnos la existencia. Debíamos pasar la frontera, pues habíamos alquilado el apartamento en el lado canadiense. Nos situamos en una de las filas y esperamos nuestro turno. Cuando llega el momento teníamos preparados los pasaportes y los cinco sentidos alerta para entender las preguntas del guarda de aduanas.

Nos hace las preguntas típicas de si vamos a estar mucho tiempo, donde se van a hospedar, etc.., además de pedirnos los pasaportes para sellarlos. La cosa fue más simple de lo que me esperaba, incluso le pedimos información de donde estaba la calle Drummond, que era la calle donde se encuentran los apartamentos, y después de las indicaciones seguimos para adelante. Ya estamos en Canadá.

Al par de minutos estamos en nuestra calle y debemos ir despacio para ver donde están los apartamentos. Aún así nos salimos del pueblo y tenemos que preguntar a un paisano del lugar que salía en ese momento de su casa. Nos dice que nos hemos pasado unos 500 metros.

Le damos las gracias y volvemos sobre nuestros pasos. Unos segundos después llegamos al bloque de apartamentos, que se están situados a unos 500 metros en línea recta de las cataratas. Se llaman Executive Rental Network. Aunque tienen su propia página web, nosotros lo alquilamos a través de la página web de alquiler de apartamentos http://www.homeaway.com. Entramos al aparcamiento previo y a continuación seguimos las indicaciones que nos dio el propietario. Primero una contraseña para acceder al interior del edificio y luego, en la primera planta, a la izquierda y al fondo del pasillo, está nuestro apartamento por dos noches. El mismo se encuentra abierto, como ya nos lo habían dicho.

Alucinamos con el apartamento. Tiene dos habitaciones, bueno una de tamaño normal con dos camas, y otra macro habitación con dos camas de matrimonio de la talla XXL. El salón es relativamente pequeño, pero con el mobiliario totalmente nuevo, ¡incluso tenía una pantalla plana! Y la cocina, como la de todos los apartamentos, americana. Pero tenía lavadora y ¡¡secadora!! Está claro que las aprovecharemos. Todo esto por 125 € la noche. Una ganga. Le recomiendo a todo el que quiera ir a Niágara, ya sea para ver las cataratas o la zona que vaya a estos apartamentos. Están muy bien.

Colocamos las cosas, y entonces descubrimos la posible causa de la pérdida de la maleta de mis compañeros. En nuestra maleta pequeña encontramos un papel de la oficina de aduanas, en inglés y castellano, en el que decía que la maleta había sido abierta por seguridad. Así que suponemos que la otra maleta también habrá sido registrada, pero a la hora de devolverla a los distribuidores del aeropuerto, no les habrá dado tiempo de ponerla en el avión y la nuestra si. Lo curioso es que nuestra maleta estaba cerrada con candados (no eran una maravilla, más bien una mierdecilla) y esta gente abrió los candados, sin forzarlos, y los volvieron a colocar. Además la ropa estaba totalmente ordenada, tal y como nosotros la habíamos colocado. Por lo menos son pulcros y ordenados los de aduanas del JFK.

Nos acicalamos y nos vamos a ver la hermosura. Todavía no habíamos comido, pero preferimos acercarnos a ver las cataratas antes de cenar. Bajamos con el coche y conforme descendemos por una de las calles vemos la catarata “pequeña”. La boca se nos va abriendo poco a poco. Llegamos al cruce con la calle que va paralela al río y después de hacer el stop torcemos a la derecha y terminamos de quedarnos boquiabiertos. No vemos las cataratas en su totalidad, pero la catarata grande despide una cantidad enorme de finas gotas de agua, como si fuera lluvia, pero de abajo hacia arriba.

Damos una vuelta con el coche y nos vamos en busca del papeo. Terminamos cerca del Hilton, haciendo merienda-cena en el Wolfgang Puck. Nos tomamos una hamburguesa tremenda, la mejor que nos tomamos en todo el viaje. Por supuesto, regado con unas cervezas, ellos, y una coca-cola, yo, que ahora hay que conducir.

Una vez terminada la manduca nos vamos paseando a ver los chorrillos de agua. Por el camino Juanpe se compra una sudadera, pues hace rasquilla. En esto aprovecho para cambiar monedillas estadounidenses por canadienses, aunque salga perdiendo en el cambio.

Llegamos al paseo y vemos el espectáculo de agua y luz que han montado los de conservación de las cataratas o quién hayan sido. Para colmo del placer visual, sale la luna llena y se coloca a huevo para hacerle fotos con una de las cataratas.

Recorremos el paseo de arriba a abajo disfrutando de la fresca noche hasta que nos llega el cansancio y nos vamos al apartamento.

Una vez allí decidimos utilizar solo la habitación de las dos camas de matrimonio, cada matrimonio en cada cama, por supuesto. Después de ver un poco la tele llega la hora de dormir y toca apagar la luz. ¿Dónde puñetas está el interruptor? Damos mil vueltas al salón, tanto Juanpe como yo, hasta que, por fin, lo encuentra Juanpe. Resulta que el que hizo el apartamento solo pensó en poner un interruptor en lugar de dos, uno en cada lado del salón, y para colmo, al comprar la pantalla plana y querer colgarla en la pared se lucieron, aún más, porque taparon el único interruptor que hay en la habitación. Por lo menos dejaron el espacio suficiente para meter la mano y apagar la luz.

Hala, ya podemos planchar la orejilla.

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