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Posts Tagged ‘Arno’

La ciudad de Florencia no es muy grande, y la parte vieja aún menos. De Santa María de la Novella a la Santa Croce hay un kilómetro y medio. De la Academia al palacio de los Pitti hay un poco más de un kilómetro y medio. Con lo que, en general, todo el arte se sitúa en apenas un kilómetro y medio cuadrado, estás a unos 20 minutos andando de un lugar u otro. Lo más lejano era el hotel que se encontraba diez minutos más allá de uno de los puntos, la Santa Croce. Con lo cual la ciudad iba a ser sencilla de ver, sin agobios ni prisas.

Comenzamos, como debe ser, desayunando y salimos paseando por la orilla derecha del Arno hacia el centro. Charlando de cosas banales llegamos a los pies del palacio de los Uffizi y desde el que tomamos el primer contacto visual con el ponte Vecchio (divino de la muerte) Hicimos la cola pertinente para entrar a ver la galería de arte y cuando nos tocó entramos, normal. La galería es pequeña si la comparamos con los grandes museos, pero contiene una cantidad enorme de arte, tanto en escultura, como en pintura. Es visita obligada si se va a Florencia y se tiene un mínimo de tiempo y de interés por el arte, claro.

La visita de las distintas salas no nos llevó más de hora y media, por supuesto, a los niños les sobró hora y veintinueve. Eran las doce cuando volvimos a las calles de la ciudad del renacimiento. En seguida llegamos a la plaza de la Signoria y deambulamos sin rumbo por la misma. De paso miramos en los distintos restaurantes que hay en la plaza y se nos quitaron las ganas de comer. Es lógico que sea el sitio más caro, o por lo menos, de los más caros de la ciudad, estás en el mismo centro. Así que no íbamos a comer allí. Tontín, tonteando, se iba pasando el tiempo y moviéndonos por la zona al final acabamos comiendo en uno de las muchas pizzerías que hay por esas callejuelas.

Una vez alimentados continuamos nuestro tranquilo paseo para rebajar la panza, pero teníamos tal modorra que decidimos ir al hotel a descansar un poco. ¿Descansar? Si no habíamos hecho nada. Sin embargo, por la razón que fuese estábamos para el arrastre, seguramente nos pasó factura los días anteriores que no paramos de movernos. Como había días para poder ver la ciudad nos recogimos un ratico.

A eso de las siete y media, de la tarde por supuesto, movimos otra vez el culo y fuimos a ver la Santa Croce. Por supuesto, llegamos tarde y estaba ya cerrada la iglesia. Uff, con que parsimonia íbamos este día. De todas formas, no todo estaba perdido, paseando también se disfruta del lugar que estás visitando, y más si te sobra tiempo para hacerlo. Sin mirar el reloj cruzamos la plaza de la Santa Croce, cosa que merece la pena debido a la belleza limpia que poseen sus edificios. En el centro de la plaza no hay nada, es diáfana, no hay ni siquiera una fuente o una estatua, por no haber, no hay ni sombra. Pero esta limpieza hace que la plaza se pueda admirar con más facilidad todo lo que hay en ella, y más, si miras hacia la iglesia desde la otra punta de la plaza.

¿De aquí a dónde íbamos a ir? A la plaza de la Signoria. Estaba al lado, unos 300 ó 400 metros de la Santa Croce. Ya estaba anocheciendo y empezaban a salir los colores anaranjados del atardecer. Aquí si que encontramos el palacio de la Signoria o, más apropiadamente, el palacio Vecchio (viejo, no bello, aunque también lo sea) abierto y pasamos a ver su patio interior. Su patio es pequeño y está compuesto por unas 10 columnas y la arcada está pintada con planos de la ciudad o vistas de la misma. Se ve rápido, pero creo que merece la pena verlo.

Antes de ir a cenar nos acercamos a ver la puesta de sol al puente Vecchio. Nos abrimos hueco entre el gentío para poder hacernos unas foticos de recuerdo. La verdad es que una vez hechas te das cuenta que el puente Vecchio no sale, más allá del muro-barandilla, con lo que la foto podía haber sido en cualquier sitio del mundo mundial. Lo que pasa es que nosotros si que sabemos que la hicimos allí, con lo que nos da lo mismo lo que puedan pensar los demás, je, je.

Ahora si, ahora nos vamos a cenar y ahora si que me acuerdo del lugar donde está el restaurante, y de su nombre. La plaza de cimatori y el restaurante se llama Birreria Centrale. La plaza es pequeñita y en ella se sitúan un par de locales de hostelería. En uno de ellos fue donde cenamos. La cervecería hace esquina con la via Dante Alighieri. Pero hay un par de detalles por los que me acuerdo del lugar. Uno por que era muy estrecho, incluso de perfil apenas entrábamos en la mesa, era tan estrecho que el que se sentaba en un fondo sin salida se tenía que quedar allí hasta el final, no podía ni ir a mear. Y dos porque allí probé el rissotto más bueno que he tomado hasta el momento, rissotto con ternera. ¡¡¡Bueniiiiisimo!!! Todavía tengo el recuerdo del sabor de esta cena. ¡Qué buena, leñe!.

Salimos ya con la intención de retirarnos a nuestros aposentos después de uno de los días más tranquilos que he vivido estando de vacaciones, aunque con esa misma tranquilidad nos íbamos a despedir de este día, ya noche. Volveríamos a pasar por la plaza de la Signoria, si mis cálculos no me fallan creo que fue la cuarta vez en el mismo día, en dirección al río Arno y así darle también las buenas noches a uno de los puentes más emblemáticos del mundo y el que más de Florencia, el Ponte Vecchio.

Cantando y riéndonos volvimos a hotel a sobar. Al día siguiente continuábamos en Florencia visitando más cosillas, o las mismas que hoy, ¿quién sabe?

Hasta pronto.

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Bonito día para conducir y mover a toda la tropa a Florencia.

Una vez arreglados y echado un último vistazo al apartamento por si se nos olvidaba algo, cogimos las maletas y partimos hacia nuestro nuevo destino. Alguna lagrimita se nos escapó al mirar atrás. Habíamos pasado ocho días en la ciudad eterna y uno en Pompeya y sin embargo nos faltó tiempo para ver con más tranquilidad Roma, tal vez, un par de días más hubiese estado mejor para disfrutar totalmente de sus calles, y todo esto a pesar de los chiquillos porculeros.

El viaje a Florencia lo planteamos con tranquilidad, en lugar de coger la autopista y hacerlo de un tirón, que en poco más de un par de horas hubiésemos estado allí, decidimos ir por carreteras secundarias (aquí, en Italia, o hay autopistas de peaje o mierdas de carreteras secundarias, no hay un paso intermedio) y disfrutar de algún pueblecillo con encanto que haya por el camino.

Nuestro primer destino fue Bracciano y su castillo triangular. En una hora escasa estábamos a las puertas del castillo dispuestos a conquistarlo. Aparcamos justo a los pies de sus muros y esperamos a que se hiciera la hora de entrar, pues se entraba con guía y, por lo tanto, en grupo. El castillo es privado y de ahí esa exigencia, para tener controlado al personal y que no se desvíen por sus habitaciones libremente. Lo bueno, es que te van explicando su historia (si te enteras del idioma) Entre sus cosillas es la de poder hacer celebraciones de cualquier tipo, bodas, comuniones u otras. Destacan las celebraciones de boda de Tom Cruise y de Eros Ramazzotti, no entre ellos, sino la de ellos con sus respectivas parejas.

El castillo ha tenido varios nombres durante su larga vida. Uno el de Bracciano, lógico, ¿no?, todos dirían, “¿a dónde vas?” “a ver el castillo de Bracciano”, ya que está en esa localidad. Otro, el de Orsini, ya que en la edad media pertenecía a los Orsini. Allá por 1700 pasó a ser castillo de Odescalchi al pasar la propiedad a estos, los Odescalchi. De esta fecha hasta ahora, salvo un corto período de tiempo, sigue perteneciendo a esta familia de ricachones, aunque ahora al castillo (en algunas publicaciones) se le conoce como Orsini-Odescalchi.

El castillo merece la pena visitarlo, lo tienen muy bien conservado y da gusto pasear por sus salas y murallas. Encima está en una situación privilegiada. Como es normal en todos los castillos, está en alto, pero encima tiene unas vistas al lago de Bracciano acojonantes (alucinantes, flipantes), para quedarse allí toda la vida sin hacer nada que no sea disfrutar de las vistas. Por cierto, cambiando de tema, del lago salían uno o varios acueductos en la época romana para abastecer a la ciudad de Roma.

La visita duró una hora y media, más o menos, y sobre la una volvimos a partir hacia Florencia. Empezamos rodeando el lago, pegaditos a el, hasta coger otra carretera que nos llevara hacia nuestro destino en dirección a Viterbo. En esta ciudad no paramos y continuamos sin un rumbo en especial por esas carreteras inmundas, malas, estrechas, y con unos usuarios que no respetan las señales ni a los que circulan por ellas (la famosa fama de malos conductores que tienen los italianos) Sobre las dos dijimos de parar a comer y nos acercamos a Montefiascone. Sin querer paramos en la tratoria La Cavalla, donde comimos de lujo sin ser caro y encima con unas vistas al lago que tiene la ciudad a sus pies, el de Bolsena. Todo un acierto y un placer.

En la comida tomamos la decisión de coger la autopista porque sino no llegaríamos en la vida a nuestro destino. Apenas habíamos recorrido unos 130 kilométros y eran las cuatro de la tarde, y todavía nos quedaban 200 kilómetros más. Así pues, si no queríamos llegar muy de noche a Florencia debíamos dejar esas carreteruchas e ir más deprisa y más directos por la autopista. Y así fue, fuimos en dirección hacia la entrada de la autopista que hay en Orvieto. Por el camino paramos en un mirador desde donde se ve la ciudad y donde nos hicimos unas fotillos de recuerdo.

Desde aquí la ruta se volvió sosa de narices, rápida, pero sosa. Y sobre las siete y media, pizca más o menos, llegamos al hotel. Si, en Florencia no encontramos apartamento para los nueve, o yo no encontré, así que uno de mis cuñados nos recomendó el Gran Hotel Mediterráneo, y allí fuimos. El hotel de 4 estrellas tenía muy buena pinta, está situado a la orilla del Arno y pegado en un límite de la ciudad vieja, desde donde ya no se puede acceder con el coche, salvo que tengas permiso.

Nos aseamos, colocamos las cosas, los niños se volvieron locos corriendo por los pasillos del hotel, y a eso de las nueve nos fuimos en busca de papeo. Tu fíjate bien, recuerdo muy bien el hotel, pero para nada dónde puñetas cenamos esa noche. Seguro que fue pizza, pero no se donde. Estoy perdiendo la memoria.

Comenzamos a pasear (¿para que íbamos a correr?) por las callejuelas de la capital de la Toscana hasta encontrar un restaurante. Y tras cenar más de lo mismo. Hay momentos que no necesitas más en unas vacaciones, paseas, te mezclas con la gente local, no interactuas porque así somos nosotros de sosos, pero es una gozada ir sin ningún rumbo específico. Acabamos en la plaza donde está la logia del mercado nuevo o logia del porcellino, un techado sostenido por unas ventitantas columnas donde se colocan puestecillos de diversas mercancías para los turistas y en el que se encuentra un porcellino (o lechón o cochinillo, aunque en realidad es un jabalí adulto) de bronce que hace de fuente y que si le tocas el morro vuelves a Florencia, superchería que de un modo u otro hay en casi todas las ciudades. Y así ves a todos los turistas pasando la mano por el bicho como pardillos, yo incluido, como muestra la foto. En una de las esquinas de la plaza hay una heladería donde pedimos uno de los miles de cucuruchos que nos hemos ido tomando en este viaje. Buenísimo.

Era la hora de volver al hotel a descansar, no sin antes ir dando vueltecillas por esas calles (se estaba de gloria). Cogimos el catre con ganas y hasta el día siguiente.

Hasta pronto.

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