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Posts Tagged ‘Benedictinos’

Hoy iba a ser otro día de arte y monumentos. Íbamos a visitar la parte más al oeste de Normandía y lo más al este de Bretaña. El Monte San Miguel o Mt Saint Michel y St Malo.

Madrugar jode, pero en medio del campo, escuchando nada más que los pajaricos, se hace mucho más ameno, menos estresante. La tranquilidad que tiene la casa es única. Solo se rompe el silencio cuando los inquilinos, osea nosotros, se levantan, cuando empezamos a subir y bajar, cuando hacemos tintinear las cucharillas contra la porcelana de la taza de café haciendo que se disuelva el azúcar, cuando empiezan los gritos de a ver cuando sale uno del baño para entrar otro, en resumidas cuentas, cuando la vida empieza a emerger, cuando el sol se levanta por donde siempre.

Sobre las 8,30 de la mañana ya habíamos recorrido los casi 130 kilómetros que separaban la casa del aparcamiento habilitado para los turistas que van a visitar el pueblecito. De este al pueblecito hay varias formas de ir, un carruaje con sus caballos y todo, un autobús que sale cada cierto tiempo, o andando. Nosotros escogimos ir andando para así empaparnos de toda la belleza que rodea y que es St Michel.

Al llegar la marea estaba baja, así algunos de nosotros decidimos meternos a la arena y tener otra visión de la mole que emergía delante de nuestros cuerpos. Esa mole consta principalmente de la abadía dedicada al arcángel San Miguel y lleva más de 1300 años en pie (se empezó a construir en el año 709, aunque no fue hasta el 966 cuando se instalaron los benedictinos). El lugar es uno de los sitios más visitados de Francia y el más visitado de Normandía con alrededor de más de 3 millones de turistas al año. Y en cambio solo viven una treintena de persona en el peñasco. Fue nombrada patrimonio de la humanidad en el año 1979.

Mientras estábamos en la arena no paraba de acercarse gente, y conforme avanzaba más el día, más eran las personas que llegaban. Joaquí, Mariluz, Toñi y Elena se cansaron de esperarnos y accedieron al recinto amurallado, así, hasta una hora y pico más tarde no volvimos a estar juntos otra vez.

Hasta que no cruzamos la puerta de entrada/salida no nos dimos cuenta de la cantidad de peña que visita el monte. Prácticamente había de dar machetazos para poder avanzar, y como todo lugar de este tipo que se precie, antes tenías que pasar por multitud de tiendas y tiendecitas que vendían todo tipo de productos publicitarios del lugar, desde cucharillas y platos pintados hasta las típicas camisetas y sudaderas con distintos y variopintos dibujos del monte.

Empezamos a callejear por las tres calles que hay en una dirección y en otras. Nos movíamos despacio debido al gentío que había. Cruzamos por una callejuela que nos llevó a un cementerio al pie de la misma abadía. Y de allí, atravesando al iglesia de San Pedro, pensando que íbamos a acortar distancia, nos volvemos a encontrar en la calle principal.

Un poco más adelante se reúne el grupo otra vez. Empezamos a ver una cola que sale de una puerta de la muralla más cercana a la abadía. Resulta que era la cola para poder acceder a la misma. Si queríamos entrar deberíamos ponernos en la cola y esperar a poder entrar. Pero lo malo era que todavía nos quedaba una media hora o una hora para poder llegar a la puerta, y desde allí todavía un par de horas para poder entrar.

Así que decidimos dejarlo estar y no perder semejante tiempo, y no porque no valga la pena visitar la abadía, sino porque deberíamos vivir más tiempo y más lugares. Volvimos a la iglesia de San Pedro para que el resto del grupo la viera, así como el cementerio. Y de aquí, nos fuimos a un pequeño parquecito a comer. Allí teníamos que estar muy pendiente de las gaviotas, pues estaban al acecho para llevarse todo lo que pillasen. A nosotros no nos lo quitaron, pero a una familia descuidada si se llevo una gaviota un bocadillo. Y ahora vas y la pillas.

Aunque precioso, el monte se ve muy deprisa (salvo que entres en la abadía), y una vez comidos decidimos acercarnos a St Malo. No entraba en nuestros planes, pero como no teníamos nada que hacer nos dirigimos para allá.

Nos fuimos paseando por la carretera de la playa (salvo un par de tramos) En Le Vivier-sur-Mer hicimos una pequeña parada técnica y nos encontramos un pedazo de Rolls Royce antiguo. Todo un carro.

Sobre las 4 y pico llegamos al casco antiguo de St Malo. Esta es otra cosa, ni mejor ni peor, simplemente otra cosa. Es una ciudad con playa, más grande que Mont St Michel, y con un pequeño centro histórico. Allí fue donde nos dirigimos.

El casco viejo es una pequeña zona amurallada. Entramos por una de las puertas y nos dirigimos a ver al catedral. Aquí podíamos andar tranquilamente, a pesar que es verano y hay gente, pero no hay tanto gentío como en San Miguel. Tras la visita a la catedral, que, por cierto, es bastante pequeña, parece más una iglesia que toda una seo. Pues eso, tras la visita a la catedral, empezamos a callejear sin dirección. Aparecimos en una plazoletilla en un alto donde había una estatua dedicada a un corsario francés nacido en St Malo, Robert Surcouf. Seguramente, John Travolta se inspiró en esta estatua para realizar parte del baile de “Fiebre del sábado noche” Solo hace falta que la veáis para que sepáis lo que digo.

De ahí continuamos por lo alto de la muralla rodeando la zona vieja. Desde allí vimos distintas playas y el puerto. En una de las playas habían construido como una piscina, la cual se llena de agua cuando está la marea alta y se puede disfrutar cuando la marea es baja.

Tras un par de horas moviéndonos por allí llegaba la hora de empezar a recogerse. Aún nos quedaban un par de horas de regreso. Pero antes dimos una vuelta sin rumbo con el coche, así encontramos una torre que resulta ser un museo sobre los movimientos de navegación a través del cabo de Hornos.

Ya de forma directa llegamos a casa, cenamos y vimos las estrellas antes de irnos a dormir.

Hasta pronto.

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Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

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