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Posts Tagged ‘Bill Millin’

Es el momento de iniciar nuestro desembarco particular por tierras normandas. El 6 de junio de 1944 fue el desembarco de Normandía, el 6 de agosto de 2016 tomamos estas verdes tierras en nombre de los Hernández, 72 años, 2 meses y unas horas después de que lo hicieron los aliados.

Empezamos nuestra semana como lo hicieron entonces, en la batería de Merville y el puente Pegasus. Todos tenemos en nuestra mente que el desembarco de Normandía fue lo que fue, el desembarco de miles de soldados y de material para abrir otro frente en la segunda guerra mundial en la lucha contra los alemanes. En realidad, el desembarco es eso, pero esto sólo es una parte de la batalla de Normandía. Pero no solo fue el hecho intrínseco de la llegada de barcos a las orillas de las playas.

A parte de la preparación de la batalla durante meses, el inicio lo marcan dos incursiones con tropas aerotransportadas (osease, paracaidistas), una por el este y otra por oeste. Hoy íbamos a recorrer (más o menos) lo que hizo la 6ª División Aerotransportada inglesa que cayó en el este.

Alrededor de 700 soldados de la tercera brigada del 9ª Batallón Paracaidista saltaron sobre la 1 de la madrugada para asaltar esta batería y otras posiciones vitales, como puentes para cortar la posible ayuda de refuerzos alemanes. Por desgracia, el aterrizaje de las tropas fue caótico y cayeron sobre zonas inundadas y/o muy desperdigados, lo que ocasiono que murieran muchos soldados y los supervivientes tardaran mucho en reunirse para acometer sus objetivos.

Con apenas 150 hombres (menos de la cuarta parte de lo previsto) y sin ningún apoyo pesado debido al total desorden del aterrizaje de los planeadores Horsa, donde transportaban Jeeps, cañones o morteros, el Teniente Coronel Otway decidió atacar la batería a las 4 de la mañana, tomándola en solo tres cuartos de hora, eso si, perdiendo casi 100 hombres entre muertos y heridos.

La inutilización de la batería hacía que el desembarco en la playa Sword fuera más fácil. Una vez que se inutilizó la batería, Otway la abandonó y se dirigió a otros objetivos. Los alemanes la volvieron a tomar al día siguiente, pero ya no tuvo la importancia bélica que tenía ese 6 de junio.

Nos levantamos tempranico, para así estar en la entrada del museo de la Batería de Merville cuando abrieran, a las 9,30. Como era normal no había nadie cuando llegamos. Lo primero que te llama la atención es el avión C-47 (conocido como Dakota) que se utilizó para el transporte de los paracas, y que se encuentra nada más pasar la taquilla. No te dejan subir a el y es una lastima, porque hubiese estado bien verlo por dentro.

Hay un recorrido prefijado para la visita de las distintas casamatas y puntos de interés, pero al ser tan pequeño el lugar, daba lo mismo ir por un lado que por el otro. En cada casamata había una historia o un pequeño museo explicando como vivían los alemanes allí o como fue tomada la batería. En especial, hay una casamata donde se recrea con sonidos y algo de luces como fue conquistada. Para ello cada hora suena una sirena avisando del inicio del teatrillo.

Tras una hora y pico (algo más de lo que estaba previsto) paseando y viviendo en lo posible lo que se inició allí, volvimos a la furgoneta, no sin antes pasar por su pequeña tienda y comprar algunos suvenires. Desde allí bajaríamos hasta Ranville y torcer hacia el oeste para llegar al siguiente punto de nuestro desembarco: el Puente Pegaso.

A la misma vez que se debía tomar la batería de Merville, otro grupo de soldados debían tomar dos puentes, sobre el río Orne (el de Ranville) y sobre su canal (el de Benouville, que después se convirtió en el famoso puente Pegasus). Fue el Mayor Howard de la 5ª brigada de la 6ª división aerotransportada el encargado de tomar ambos puentes.

Sobre las 00:15, tres de los seis planeadores Horsa aterrizaron apenas a unos metros del puente Pegaso, y a pesar del ruido los alemanes no se pusieron en alerta, pensaron que era parte del bombardeo. En apenas unos pocos minutos tomaron el puente con apenas una baja y todos los alemanes muertos o huidos. En el lado izquierdo del canal se encontraba un café, el cual, desde esa noche, se considera como la primera casa liberada de Francia. Actualmente es un pequeño museo.

Otros dos planeadores cayeron más cerca del puente de Ranville y también fue liberado sin apenas oposición. Una vez lograda la operación Tonga el Mayor Howard envió el mensaje “Ham and jam” para indicar que los puentes habían sido tomados. Fue la única operación de todo el desembarco de Normandía que acabó tal cual había sido planeada y en el tiempo previsto.

La operación en sí no terminaba con la toma de los puentes, había que aguantar las embestidas de los alemanes hasta que llegaran refuerzos desde la playa Sword. Los alemanes hicieron un par de intentos que fueron repelidos muy fácilmente.

Sobre la 1 de la tarde llegaron los refuerzos comandados por el brigadier Lovat y su excéntrico gaitero Bill Millin, alertando con su música que estaban llegando para apoyarlos en la defensa del puente.

Aquí pasamos a ver el museo del puente. En el exterior del edificio del museo (en el patio) se encuentran una réplica de un Horsa que transportó a las tropas invasoras, armamento variado, pero por encima de todo destaca el puente original que se encontraba en el canal del Orne en ese día D. Puedes pasear por el viendo los efectos de los balazos que recibió en esos días.

En el interior nos encontraríamos con mucho material utilizado por los aliados y por los nazis, entre ellos una gorra de Montgomery. Pero lo mejor de todo fue hacernos una foto con un veterano de guerra que volvía a pisar terreno francés desde ese fatídico día. Nos comentó que él no fue un partícipe real del desembarco, que “simplemente” era un radio de una las lanchas que llevaban a las tropas a la playa, el iba y venía del barco a la playa. También nos comentó que en realidad él no pisó la tierra francesa, que una vez que realizó el último viaje para llevar a los soldados, volvió al barco y regresó a Inglaterra. El veterano se llama ALEC KNIBBS. Un placer y un orgullo haberlo conocido.

Acabamos de ver el museo a la misma hora que nuestros cuerpos nos pedían comida. Así que en el mismo parking nos hicimos unos bocadilletes y nos lo zampamos con ganas.

A los pocos minutos cruzamos el puente Pegasus por última vez dirigiéndonos hacia Ouistreham y la playa Sword. Pero antes de salir de Benouville paramos en la plaza del Comando nº 4, en una panadería para comprar algo más que llevarnos a la boca. Enfrente de esta hay una iglesia con su pequeño cementerio, en el cual se encuentran enterrados varios soldados muertos en esos días de la guerra. Como apenas había nada en la panadería tuvimos que parar en un Champion que había unos kilómetros más adelante. Todo esto hacía que nuestro retraso para ver cosas, unido al horario tan estrictamente europeo de los museos (o tan inútilmente corto), fuera en aumento y apenas pudiéramos ver más lugares de interés, como el museo del radar. De todas formas, tampoco pasaba nada si nos lo tomábamos con más parsimonia, estábamos de vacaciones, no tenía que haber estrés.

En la siguiente rotonda al hipermercado torcimos a la derecha para dirigirnos a las compuertas del canal del Orne con el Mar del Norte y dirigirnos al faro que estaba en el lado derecho del canal. Allí aparcamos y disfrutamos de las vistas de la bahía y desembocadura del Orne y del canal de la Mancha.

Tras un ratico nos desplazamos a la primera playa de las cinco que íbamos a ver estos días, la playa Sword. Enorme. Se perdía en la lontananza y es ancha de narices. Ese día estaba atiborrada de gente pues el día lo valía. Accedimos a ella por un caminito que hay al lado del monumento a los franceses libres.

Aunque fue la primera playa que vimos, en el desembarco fue precisamente la última en la que se empezó el mismo, cronológicamente hablando. El desembarco de tropas empezó en la playa de Utah, la playa que está más al oeste de todas, y solo unos minutos después se desembarcó en Omaha. Otros pocos minutos después en Gold, Juno y Sword. Apenas serían unas decenas de minutos, pero el efecto fue el mismo.

Estuvimos paseando por la playa, viendo como se lo pasaban en grande los pequeñines jugando en la arena y como los valientes se aventuraban a meterse en esas aguas heladitas. Pero tras unos minutos el paisaje ya había dado de si todo lo que podía, así que volvimos a la acera y a las calles paralelas a la playa del pueblo de Oustreham, donde se podían ver casas cuasi señoriales de los señoritos de París y de la zona.

En Oustreham podíamos haber visto un par de museos de la segunda guerra mundial (el del Comando nº4 y el del Muro Atlántico), pero no teníamos intención de verlos, entre otras cosas porque hubiésemos necesitado un par de meses para ver todos y cada uno de los museos de Normandía dedicados a la batalla y había que elegir unos cuantos. De todas formas, aunque hubiésemos tenido previsto ver los museos los habríamos dejado pasar porque llevábamos ya bastante retraso ese día. Es más, entre el retraso que portábamos y el excelente horario que tienen los franceses para sus cosas ya no íbamos a ver por dentro más lugares de interés ese día.

De Oustreham nos fuimos dirección Colleville-Montgomery donde, pasado el pueblo, se encuentra el Sitio Hillmann o Hillmann Fortress, aunque desde hace poco más de 20 años se le llama Memorial del regimiento Suffolk. Por cierto, el pueblo solo se llama así desde el término de la segunda guerra mundial en honor al mariscal Montgomery que llevó a cabo el desembarco de sus tropas en esa playa. Hasta entonces se llamaba Colleville-sur-Orne.

Volviendo al Memorial, nos lo encontramos ya cerrado (cerraba aún más temprano que cualquier otro museo) De todas formas, pudimos pasearnos por los exteriores que era como pasearnos por sus tejados ya que era un bunker construido tres metros bajo tierra y recubierto con cúpulas blindadas de 30 o 40 cm de grosor.

Pudimos acceder a algún que otro bunker pequeño que estaba abierto, pero lo que es la propia oficina central, donde está el museo, estaba cerrada. Así mismo estuvimos paseando por los alrededores y al estar el día despejado podíamos ver el océano a lo lejos. La fortaleza tenía un lugar privilegiado por su altura sobre el nivel del mar (60 metros) y una zona de fuego de 600 metros.

El sitio estaba ocupado por el Cuartel general de artillería y el Cuartel general de las defensas costeras. La tardanza en apoderarse de la fortaleza por parte del ejército británico fue clave para que no se pudiera tomar Caen esa noche del 6 de junio.

El siguiente punto a visitar era el Museo del radar, a unos 12 kilómetros hacia el oeste. Sabíamos que iba a estar cerrado, pero por si acaso les había dado por mantenerlo abierto, por alguna extraña razón, nos acercamos a verlo. Como era lógico, con estos “lógicos” horarios de los franceses, el museo se encontraba cerrado. Por lo menos, el lugar solo tenía un mallazo rodeando sus posesiones y pudimos ver, de lejos, algunos radares.

Ya sabíamos que no íbamos a llegar a ninguna parte, como museos y centros similares, que estuvieran abiertos, así que con tranquilidad ya nos dirigimos a ver lugares abiertos, como las playa de Juno y Gold. La primera playa, o más bien la playa que teníamos más cercana, fue la Juno. Allí nos acercamos a lo que es el centro de interpretación de la batalla que tuvieron allí los canadienses y británicos, situado en la población de Courseulles-sur-Mer. Evidentemente estaba cerrado, pero paseamos por los alrededores viendo multitud de cañones antiaéreos y de otro tipo que habían situado por los alrededores. Cercanos al edificio habían colocado varios monolitos con los nombres de los combatientes muertos en esta playa.

Empezaba a hacerse tarde y los cuerpos estaban un poco cansados, con lo que, sin prisa, pero sin pausa, nos dirigimos a la ciudad de Arromanches-les-Bains, que era donde íbamos a cenar. Antes de llegar al pueblo paramos en un mirador con un parking, que luego resultó que era el parking del Arromanches Cinema 360º.

En esta pequeña explanada había de todo, aparte del acceso al cine, había un Cristo o un Sagrado Corazón de Jesús, tipo corcobado, pero en pequeñito. También había, bueno, seguirá estando, un memorial a los ingenieros de la fuerza real británica que consistía en un par de secciones del puerto Mulberry, a los cuales te podías acercar hasta tocarlos y pasear alrededor de ellos y ver todos sus entresijos y, por supuesto, ver lo que fue uno de los hitos históricos de la ingeniera bélica, y que ayudaron tanto al despliegue de más tropas y material en el desembarco hasta conseguir conquistar un puerto de alguna de las ciudades cercanas, y así conseguir la victoria de los aliados frente a los alemanes lo más rápido posible.

Además se había situado un montículo para tener una mejor visión del pueblo de Arromanches, de los diques que se dejaron como muestra del puerto que se construyó allí y de la playa Gold. En el mismo montículo hay unos paneles que te van indicando donde están las distintas playas, pueblos y demás lugares de la batalla.

Aunque se podía ver perfectamente la playa desde allí, yo preferí acercarme al borde del acantilado para tener una mejor visión de la misma. Fui el único que se acercó del grupo, pues los otros integrantes estaban ya cansados de tanta guerra (no les quedaba na) y del largo día y prefirieron quedarse al cobijo de la furgoneta.

La marea baja dejaba ver una pedazo de playa muy ancha, además que era también muy larga. En esta playa fueron los británicos los que sufrieron la lucha contra los alemanes. Asimismo se veía el semicírculo que formaban los bloques de hormigón del puerto artificial que como ya he dicho se montó aquí.

Llegó la hora de terminar de acercarnos a Arromanches. Todavía había luz, pero ya empezaba a perder luminosidad el día. En un principio este iba a ser el sitio desde el que partir a hacer las distintas excursiones, pero la tardanza en elegir el apartamento hizo que nos birlaran uno estupendo.

Una vez aparcados, la mayoría pasó de los vestigios bélicos que había en este pueblo de apenas 500 habitantes, pero que en verano se pone a rebosar, y se pusieron a buscar un sitio bueno, bonito y barato para cenar, cosa que fue un tanto difícil ya que los de aquí se aprovechan de los incautos que aparecen por su pueblo para poner precios de Noruega o Finlandia en todos sus productos. Al final creo que cenamos pizza, lo más barato y fácil de tomar sin sorpresas.

Pero antes, cuando todavía había resquicios de luz, me dio tiempo para dar un paseo por su playa y fotografiar los bloques de hormigón que había en la misma e imaginarme el tipo de puerto que se construyó aquí. El puerto consistía en bloques de hormigón prefabricados en Inglaterra y llevados allí para hundirlos unidos entre si formando un semicírculo para convertirse en rompe olas y tener una zona interior tranquila (como los puertos actuales). Luego mediante unos puentes oscilantes y flotantes transportar los materiales y tropas a tierra.

Se construyeron dos de estos puertos, pero una tormenta, más bien un tormentón, se cargó el que se colocó en la playa de Omaha y casi hace lo mismo con el de Arromanches. Por suerte, los ingenieros pudieron reparar este y seguir con el desembarco hasta que conquistaron una ciudad más hacia el noreste que ya tuviera la infraestructura suficiente para trasladar allí a los barcos para continuar el aprovisionamiento de las tropas.

Después de cenar, nos fuimos para casita. Aún teníamos unos 15 kilométricos hasta llegar a ella y lo hicimos ya con la noche caída, cosa rara pues anochecía sobre las 11.

Esto es lo que dio de sí el primer día, que ya fue bastante. Ahora tocaba pillar cama y descansar que mañana había que madrugar y seguir con las vacaciones.

Hasta otra, pues.

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