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Posts Tagged ‘California’

Espero no gafar con este nuevo post el reanudar el viaje de la ruta 66 que dejamos en stand by hace unos años. Cruzaré los dedos de las manos y de los pies si fuera necesario.

Fue allá por el 2013 cuando teníamos previsto el primer intento de viaje. Entonces lo dejamos para un par de años después, pero tampoco se pudo. Y así hasta este momento.

Ahora, el que va a ser nuestro tercer intento, parece que si se va a llevar a cabo, o por lo menos, hemos vuelto a empezar el trámite de mirar (en realidad, está todo ya más visto que el tebeo) y de programar (más de lo mismo) por donde nos vamos a mover, dormir, comer, etc.

Hay un cambio sustantivo en el viaje, y es que se ha apuntado mi hija al viaje. “Y más te vale que me dejes ir” así me convenció. Es el quinto paquete en el vehículo que nos llevará hasta el final.

Mientras tanto, mucha gente nos preguntaba que si la íbamos a hacer en moto, que es la forma más auténtica de recorrer los 4000 kilómetros que separan Los Ángeles de Chicago. Pero creo que precisamente la motera no es la mejor manera, puede que la si sea la más aventurera, pero no la más auténtica. Es en coche y no en moto. Así fue como recorrieron el asfalto familias enteras para llegar al estado dorado, en coche, saliendo de la crisis del 29. Cargados hasta las cejas con sus pocas pertenencias iban los abuelos, padres e hijos en esos coches destartalados con la intención de llegar al paraíso del trabajo.

Por suerte, nosotros no vamos a buscar trabajo ni a pasar penurias, pasaremos el desierto de Mojave con el aire acondicionado a 21 gradicos, y sin necesidad de llevar colchones en la baca del coche. Eso si, el maletero irá lleno de ilusión, de recuerdos, además de calzoncillos y camisetas.

El primer síntoma de que esta vez parece que vamos en serio es la documentación que nos hemos agenciado para ir más correctamente por el país de los vaqueros e indios. Un mapa de cada uno de los ocho estados por los que atraviesa la ruta. Para los estados extras que visitaremos (Nevada y Utah) emplearemos el google-maps. Una guía típica de la ruta, como cualquier otra de un país, provincia o ciudad que hay en cualquier mercado. Y por último, una más especifica la cual te va indicando cruce a cruce, milla a milla por donde tienes que ir, vamos un GPS de papel.

Dentro de unos meses llegarán los billetes de avión, alquiler del carromato y otras cosas. Mientras tanto seguiremos informándonos de lugares, paisajes, edificios que ver, visitar e investigar.

Hasta entonces, hasta pronto.

Nos vemos en el siguiente cruce.

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Cuatro de la mañana.

El implacable despertador hace su estruendo matutino.

Los inquilinos dormijosos se desperezan desganados. Sacar el pie de debajo de las sábanas es una dolorosa acción.

El cerebro desea que el cuerpo no avance en su labor de levantarse.

Finalmente, con los ojos cerrados y sin gana alguna, los cuerpos se levantan, cuales zombies, y arrastran, cuales serpientes, su peso por la casa.

Llegar al servicio es todo un suplicio de dolor y angustia. Meter el dedo debajo del grifo hace que gritemos. El simple hecho de sentir la fría agua en nuestra piel hace que saltemos de puro pasmo, quedando despejados y convirtiéndonos en rápidas y ágiles gacelas, que realizan la función de terminar de cerrar las maletas con decisión y presteza.

Sobre las cuatro y media estamos en la puerta de la casa llorando de pena y metiendo las maletas en el maletero del coche, tarea que resulta ardua debido a la cantidad de las mismas que tenemos. Pero en el grupo tenemos al experto introducidor de maletas, ¡JUANPE! Empieza a coger maletas y a meterlas, encajándolas como si de piezas de tetris fueran.

Al final consigue su objetivo de introducirlas en un mínimo intervalo de tiempo, y de espacio. Sólo queda fuera la mochila de la cámara, la cual quedaría alojada en el asiento trasero, entre las dos chicas.

A las cinco echamos un último vistazo a la casa por si nos dejamos algo. Cerramos la puerta detrás de nosotros y nos despedimos de la casa.

  • Adiós casa – sniff – hiciste bien tu papel de cobijarnos y darnos calor – sniff – te echaremos de menos.
  • ¡Anda, marcharos ya de una vez!, ¡menudo pestazo a pies que me habéis dejado!, ¡iros por donde habéis venido!
  • Eso haremos – sniff – casita linda. Te llevaremos siempre con nosotros – sniff.
  • Si, pues solo me faltaba eso, que me llevarais con vosotros. ¡Ala, a tomar viento fresco! ¡¡¡Y no volváis por aquí!!!

Salimos, con gran dolor en nuestro corazón, en dirección al aeropuerto por la calle Octavia para salir a la carretera 101. El caminito se hace cómodo, carretera súper ancha con poco tráfico, el normal a las cinco de la mañana.

Al llegar a la salida que debo tomar, pillo otra justamente anterior a la precisa. Resulta que había mirado en internet, el día de Misión, por donde tenía que salir pero resulta que es una salida doble y yo me metí por la primera y no por la segunda, que es la del parking de los coches de alquiler.

Cuando comento que nos hemos equivocado, mejor dicho que me he equivocado, el silencio se apodera del coche. No se oye ni el motor del mismo. Si ya, por las horas que eran, se hablaba poco, ahora ni eso.

Nos íbamos alejando del nuestro destino. Lo malo era que con la oscuridad no se podía distinguir si en las salidas que me pudiera encontrar podía hacer un cambio de sentido fácil o me metería más en la boca del lobo.

El silencio hablaba alto y claro dentro del habitáculo de coche. Teníamos tiempo suficiente para coger el avión. Hasta las 8 y media no era el límite en el embarque, con lo que teníamos unas tres horas para encontrar el camino. Pero el tener que buscar una alternativa no prevista y en la oscuridad, hacía que el panorama no fuera o fuese muy halagüeño, y eso hacía que se pudiera palpar el ¡¡PANICO!!

Je, je, que exagerado. Había inquietud, pero nada más. Por suerte, el istmo que cierra la bahía de San Francisco por el sur es estrecho, apenas unos kilómetros. Además hay muchas carreteras que conectan la ciudad con otras poblaciones, con lo que al poco tiempo llegamos a una salida que nos podía llevar otra vez a la ciudad.

Era la conexión con la 280 road que va de norte a sur por el centro del istmo. Así que cogimos, otra vez, caminito de San Francisco hasta Octavia y de vuelta, por segunda vez, al aeropuerto. Por el camino hacia San Francisco hay una carretera que te lleva otra vez a la 101, pero quise asegurarme e hice el trayecto de vuelta completo y empezar desde lo conocido y así evitar perderme otra vez, mejor dicho equivocarme otra vez.

Esta vez si que lo hice bien y no hubo ningún contratiempo añadido. Entregamos las llaves del coche y nos fuimos a la terminal. Para ello nos subimos a un tren que va por una sola vía, como los que hicieron los japoneses, de esos electromagnéticos o algo así, que va por las alturas y que recorre las distintas terminales del aeropuerto haciendo un recorrido en círculo. Llegamos a la zona de facturación, facturamos y nos vamos a desayunar.

A partir de aquí comenzó el maratón de vuelos. A las nueve partimos hacia Nueva York. Seis horas de viaje en un avión muy cómodo. Tenía filas de seis asientos divididos en dos por el pasillo. Yo me siento en la ventanilla, Toñi en medio y al lado de Toñi se sienta un mejicano muy majo, aunque un tanto gordote, con el que estuvimos muy entretenidos y le fastidiamos la siesta a Encanni y a Juanpe, que estaban sentado delante de nosotros, sin nade que les acompañara al lado.

El chico se llamaba, y supongo que todavía se seguirá llamando, José y nos explicó como vivía y como se vivía en San Francisco. El vivía en el área de la bahía con su mujer, también mejicana, y ahora iba a Nueva York a realizar un curso que le pagaba la empresa. A pesar de tirarse una semana en la gran manzana, no le iba a dar mucho tiempo para ver la ciudad, además resulta que no le gustaba viajar en avión con lo que no estaba muy contento con la situación.

Pasadas las seis horas llegamos al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, y aún tenemos que esperar quince minutos en el avión porque no tenemos una salida libre. Una vez descendemos del avión, nos despedimos de José y nos preparamos para el siguiente vuelo.

Esos quince minutos que nos han quitado nos viene fatal. Tenemos que ir más deprisa para comprar algo que comer (eran las seis y pico de la tarde en Nueva York, pero la hora de comer en San Francisco). Mientras Juanpe y yo pillamos algo rápido, hamburguesas claro, Encarna se va a una perfumería a comprar a Toñi, y para ella, una colonia que salía muy barata con el cambio de moneda y al ser mercancía duty free.

Más que comer, engullimos por el poco tiempo que tenemos. Encanni tiene que darle al de seguridad los dos botes de colonia por cuestiones de seguridad y luego se lo darían las azafatas en el avión, una vez que hayan comprobado lo que es.

Llegado el momento montamos en el sexto vuelo, y el que iba a ser el último del viaje. Vuelo nocturno, aunque para nosotros era todavía de día, ya que llevábamos unas horas de desfase.

Aterrizamos en Barajas a las nueve de la mañana, justo a la hora que nos debíamos acostar (en San Francisco eran las doce de la noche). Una vez en el aeropuerto, lo típico, esperar las maletas, pasar aduana y salir a buscar taxi. Aquí nos tocó pelearnos con los taxistas, ellos decían que con las maletas que llevábamos teníamos que coger dos taxis, y nosotros decíamos que “naranjas de la china” que todo cabía en un coche, como así comprobamos en San Francisco al montarlo todo en el Mazda 6, coche normal donde los haya.

Al final fuimos en un solo taxi, no consiguieron engañarnos, en dirección a la estación de Atocha.

A la una de la tarde salió nuestro tren y tres horas y media más tarde llegamos a Murcia donde nos esperaba Manolo, no el del bombo, sino el hermano de Juanpe, más conocido como el hermanísimo, el cual nos acercó a nuestras respectivas casas.

24 horas después de salir de San Francisco llegamos a casa. Lo único que queríamos era dormir. En total calculamos que habremos recorrido unos 20.000 kilómetros por tierra y por aire, sobre todo, por aire. Seis aviones, un tren y dos coches.

Esto se acabó.

Hasta pronto.

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Último día.

The last day.

Todavía nos quedan 24 horas en San Francisco y, por lo tanto, en USA, pero esto está llegando a su fin.

Hacemos un pequeño, pero que muy pequeño esfuerzo y nos levantamos de la cama. Nos acicalamos y partimos en el circo-bus hacia el centro, aunque el circo más bien es por la noche y no por la mañana. La mujer barbuda y el bombero torero siguen durmiendo a estas horas.

Vamos a desayunar al bar Norcini, donde ya desayunamos hace un par de días. Para eso pasamos otra vez por la zona más sucia y apestosa de la ciudad. Es solo un momento pero que mal huele y que sucio. Definitivamente en San Francisco no tienen servicio de limpieza. Lo mal que lo tiene que pasar la gente que solo pasa por allí de largo, pero ¿es que los dueños de los locales no notan el hedor, ni ven la mierda en la puerta de sus comercios? Allá ellos, nosotros lo hemos sufrido dos días, ellos lo sufren todos los días.

Desayunamos de puta madre y salimos a una calle en la que se concentran varias compañías de alquiler de coches. No nos habíamos dado cuenta de que hoy era domingo, un día muy malo para lograr alquilar un coche, si no lo llevas reservado de antemano. Probamos en Budget y nada, no tiene ninguno. Tampoco en Avis, pero aquí nos mandan al hotel Nikko donde está la compañía Enterprise y donde, tal vez, les quede algún coche.

El hotel está a unos metros, así que vamos para allá y tenemos suerte, conseguimos coche, un Mazda 6. Lo queríamos grande para así poder llevar las maletas cuando al día siguiente fuéramos al aeropuerto.

Cogí el coche y nos preparamos para ir por las calles onduladas y empinadas de San Francisco. Eso si, lo primero que sucede cuando arranco el coche es que se oye la palabra “cuidado”, palabra que íbamos a oír durante casi todo el trayecto que haríamos ese día. Pero no se pronunciaba porque condujera mal, sino para que estuviera más atento al tráfico y por los nervios que llevaba Toñi ante lo que pudiera pasar con un coche desconocido y una ciudad nueva. Yo, en cambio, estaba deseando meterme entre los coches y montar por la montaña rusa que son estas calles de San Francisco. Al poco tiempo de estar metidos en el coche, nos encontramos con las primeras cuestas. No había tráfico, pero los ocupantes pensaron, porque piensan aunque parezca lo contrario, que sería mejor mantener una distancia considerable con el de delante para evitar que nos quedásemos colgados, como un chorizo, en una de las cuestas.

Pues fue decirlo y quedarnos colgados. La calle Taylor empezó a empinarse demasiado y en la esquina con California hay un stop. Pues a pesar de dejar el suficiente espacio con el coche de delante, este tuvo que esperar un tiempo en el stop para poder salir lo que hizo que llegáramos a su altura y nos quedásemos colgados. Nunca había estado tan inclinado, ni mirando hacia arriba ni hacia abajo. En el interior del coche se oyen frases como “¡que nos vamos para abajo!”, “¡pisa el freno y no lo sueltes, por lo que más quieras!”, “Santa María, madre de Dios, llena eres de gracia,…” Y yo para mis adentros, sorprendido por la inclinación (en Murcia, ni en otros sitios que haya estado no hay cuestas semejantes), pensando como actuaré, o mejor dicho, como actuará el coche teniendo en cuenta que nunca he manejado uno automático, salvo en este viaje.

Llegado el momento, suelto el freno, piso el acelerador, tal vez en demasía, y salimos chirriando ruedas para que seis metros más arriba tengamos que parar, otra vez, en el cruce, aunque ya más metidos en él y, por lo tanto, no tan inclinados.

Cuando arrancamos, ya de forma normal, se oyen suspiros de descanso y frases como “¡Dios mío!, creía que nos íbamos hacia abajo”, o “¡joder, que cuesta!”, o “… Amén”.

Hemos dejado la primera y única dificultad del día y nos dirigimos por Taylor hasta Fisherman. Allí torcemos a la izquierda y nos dirigimos como si fuéramos al Palace of Fine Arts. Pasado este, nos salimos del camino que lleva al puente para ir a Fort Point, el punto desde donde parte el Golden Gate.

Bastante antes de llegar ya vemos que no vamos a poder de disfrutar, en su plenitud, del puente, ya que la niebla lo tapaba desde su plataforma hacia arriba. De todos modos llegamos con el coche hasta donde nos dejan (a unos 800 metros de Fort Point). Nada más bajar nos hacemos una foto en grupo con el puente de fondo, pero desistimos de acercarnos más porque con la niebla no vamos a ver nada más que las “patas” del puente.

Montamos en el coche y nos disponemos a cruzar el puente colgante más famoso del mundo. Millones de veces fotografiado y filmado. Hoy lo íbamos a cruzar dos veces. Pasamos las cabinas de peaje que hoy no funcionan y empezamos a cruzar el puente. Vamos despacio por dos razones, una porque desconocemos como van los californianos y su forma de conducir, y siempre es mejor prevenir que curar; y la otra razón es turística, al ir despacio podemos contemplar, incluso yo, del mastodonte.

Una vez pasado el Golden Gate toca estar atento a la señalización. A los pocos kilómetros esta la salida al parque de secuoyas de Muir Woods.

Muir Woods National Monument es un parque pequeño de secuoyas que pueden llegar a ser milenarias y miden casi 80 metros de altura. Aún así, a pesar de su “grandeza” son relativamente jóvenes. El parque tiene varios senderos pero hay uno que es para tontos, como aquél que dice. Es cortico, ancho y está vallado, si te pierdes puedes considerarte el senderista más inútil del mundo.

El tiempo que pasamos allí nos lo tomamos como lo que es, un paseo para disfrutar del monte y los tremendos árboles, y un descanso de tanto edificio que hemos visto y visitado en los 13 días anteriores.

Voy haciendo fotos por todos los sitios, sin embargo, no me gusta el resultado de las mismas.

Una hora más tarde salimos del parque y cuando vamos al parking a coger el coche vemos que una de la ruedas ha perdido aire pero no lo suficiente para que tengamos que cambiarla. De camino a Sausalito paramos en una gasolinera y le echamos aire. Continuamos el viaje y en los cinco kilómetros escasos que nos quedaban para llegar, Encanni se duerme como una marmota y se despierta ya en las calles de Sausalito.

Sausalito es un pueblo residencial y de vacaciones, y no tiene mayor encanto que el de estar situado en la bahía, justo enfrente de San Francisco, y ser un lugar de recreo y de paseo. Los turistas acceden a Sausalito en transbordador o bicicleta en su mayoría, y los más vagos en coche, como nosotros.

Buscamos aparcamiento y vamos pensando en encontrar restaurante. Al ser un sitio turístico y estar en la hora de comer, sólo queda aparcamiento libre pagando, pero que justamente encontramos enfrente del restaurante donde vamos a comer, The Spinaker. Un buen restaurante situado, prácticamente, encima del agua, con unas vistas increíbles al skyline de San Francisco y a la bahía. No se si hubiésemos podido comer en otro sitio más idílico.

Nos hacen esperar una media hora hasta que se despeja una mesa que está situada, que suerte, junto al ventanal enorme que mira a San Francisco.

Habíamos oído que una de las cosas típicas para comer en Sausalito eran las ostras. Como todavía no las había probado, yo iba a pedirlas, pero justo en la mesa de al lado había una pareja española que nos desaconsejó que las tomáramos, que no estaban tan buenas, así que me quedé con las ganas de probarlas. En cambio nos tocó un camarero muy simpático, viejo, pero muy simpático.

Al acabar nos fuimos a pasear la comida por un paseo marítimo que estaba atestado de gente. En este paseo estaba el dique de los trasbordadores que se comunica con San Francisco. Una vez que pasas este y la zona de tiendas de cosas para el turista, empieza una zona de casas, o más bien mansiones, que tienen una situación privilegiada, pero que debido al terreno suelen estar a unos veinte o treinta metros por encima de la calle. Los dueños dejan el coche en la calle o garaje que está al nivel de ella y después tienen que subir unas tremendas escalinatas, a menos que tengan un ascensor en el interior de la roca para acceder a la vivienda.

Durante el día y lo que llevábamos de tarde se había disipando la niebla con lo que era el momento ideal para poder ver y disfrutar de la joya de la corona de San Francisco, el Golden Gate.

Pero antes de coger el coche, volvemos a compar cositas, las últimas compras en Estados Unidos. Por el camino de ida al puente paramos a comprar la cena en un supermercado. Era muy pronto pero hoy nos íbamos a acostar más temprano de lo habitual y no íbamos a parar en la ciudad a comprar comida, así que aprovechamos allí para hacer la compra.

Llegamos a East Fort Baker, un fuerte igualito al Fort Point del otro lado del puente, que servía para defender el puente del enemigo. ¿Qué enemigo? Estos americanos siempre pensando en que les van a hacer pupita.

Allí, casi debajo del puente, por fin podemos disfrutar de esta maravilla. Nos hacemos unas cuantas fotos y pasamos un poco de frío debido al aire que hace siempre en la zona.

El Golden Gate es una maravilla arquitectónica, mide más de dos kilómetros y medio, exactamente 2740 metros, de punta a punta, y 1280 metros de torre a torre. Fue el más grande del mundo hasta que en 1964 se construyó el puente Verrazano de Nueva York. Además las torres miden 228 metros de altura. Cada cable que sujeta el puente mide casi un metro de diámetro y está formado por 27572 alambres. Unidos uno tras otro darían tres vueltas a la tierra. La zona entre las torres puede balancearse hasta unos nueve metros en caso de vendaval o terremoto. Costó 35 millones de dólares y durante su construcción murieron sólo once trabajadores. En cambio, es un lugar “idóneo”, debido a sus 64 metros de altura que tiene su plataforma en su parte central, para el que quiera suicidarse. Más de 1000 hasta el momento. En el centro hay un teléfono conectado al teléfono de la esperanza por si alguien decide pedir ayuda antes de perder la vida.

Para mi es fabuloso, lo largo y grande que es (no he visto el de Verrazano), el lugar en el que está. No se. Color, forma, visión subjetiva, no se lo que será, pero para mi no hay otro puente igual. En Lisboa hay otro muy parecido en todo, pero no es lo mismo. Tal vez sea que estoy sugestionado hacia el de San Francisco. Lo dicho, estoy fascinado por este puente y cada vez que veo una foto de él, lo estoy más aún. A las chicas, sin embargo, les gustó más el de Brooklyn, les parece más romántico, onírico, bonito,…, y la verdad es tiene eso y más, pero si me dieran a elegir me quedo con el de San Francisco. En cambio, Juanpe no se pronuncia para no crear controversia.

Nos movemos de East Fort Baker antes de lo que nos hubiera gustado, el viento llega a ser molesto y tras la experiencia de la parada del tranvía, preferimos movernos y salir de allí.

Lo que no sabían es que continuaríamos por los alrededores. Los tres se creían que esto se había acabado y que nos volveríamos a San Francisco y a la casa. Pues no.

  • Pero, ¿a dónde vamos ahora?
  • A un sitio que os va a gustar.
  • Y no nos puedes decir a dónde nos llevas.
  • No. ¡Sorpresa!
  • Pero, ¿es en San Francisco?
  • No, no, está aquí cerca, no hay que cruzar el puente.
  • A ver por donde nos llevas, no nos vayamos a perder.
  • Je, je, je.

Simplemente nos dirigíamos al otro costado del puente. En la zona de la península de Marin, pasando por debajo de la autopista 101, tomando la Conzelman Road recorrimos unos cientos de metros, tal vez un kilómetro, y torcemos por un camino a la izquierda. Mientras recorríamos todo esto con el coche, las chicas, sobre todo, seguían con su murga:

  • Antonio, ¿dónde nos llevas?
  • Anda, da la vuelta y vámonos a casa, no nos vayamos a perder.
  • Que no conoces esto.
  • Dejarlo a él – dijo Juanpe.
  • Bueno, bueno, tú sabrás lo que haces.

Al torcer por el camino a la izquierda, este se empieza a empinar, teníamos que llegar al otro lado de la colina. Al par de minutos estábamos arriba.

¡Ah, amigo! Eso es lo que exclamaron con tal que aparecimos en la intersección con otro camino y desde el cual se veía toda la bahía de San Francisco con el puente en primer plano. Todos estábamos con la boca abierta de la preciosidad del panorama que teníamos delante de los ojos. De todas formas, torcimos a la derecha en el cruce con lo que nos alejábamos del puente y ascendíamos el monte.

Por los arcenes había mucha gente parada echándole un vistazo al paisaje.

Un kilómetro más arriba, más o menos, vimos un ensanchamiento en la cuneta y allí aparcamos el coche. Nos abrigamos bien antes de salir, ya que el aire era más fuerte y un poco más fresquito, a pesar que venía de poniente. Yo saqué el trípode para hacer mejor las fotos. La estampa que teníamos enfrente ha servido para muchas escenas de películas, sobre todo, las románticas. Para mi es la imagen, junto a las cuestas, que me llevo de San Francisco, el puente con la ciudad al fondo, como puesta en un marco.

Donde nos colocamos había mucha más gente y mirando hacia abajo, carretera abajo, se veían de vez en cuando pegotes de grupos de personas. Al poco de llegar nosotros llegó un coche, del cual se bajaron sus pasajeros, cada una con sus trípodes y sus Canon, todo preparadito con sus disparadores automáticos, dispuestos a hacer montones de fotos.

Al par de minutos de estar fuera, Juanpe se volvió a meter dentro del coche. Estaba helado. Yo diría que estaba incubando algún resfriado. Le dolía un poco el cuerpo y tenía malestar general. Menos mal que no llegó a nada más. El viento, la verdad, es que se hacía molesto por momentos.

Un ratito después montamos otra vez en el coche y descendimos la colina para acercarnos más al puente. Un par de kilómetros más allá paramos en una explanada que daba a lo que parecía un fuerte o una base pequeñita del defensa del puente. Estaba en ruinas, y, por lo tanto, en desuso. Estas estaban en un promontorio perfecto para defender el puente en caso que alguien lo atacara desde el Pacífico.

Aquí Juanpe dijo que no quería saber nada del puente, que hacía demasiado frío, y se quedó en el coche. Los demás si que bajamos, yo con el trípode, por supuesto. Aquí, al estar más desprotegido, hacía aún más viento, o más bien, se notaba más aun el viento. Al llegar al final del promontorio, la sensación que tenía es que casi se podía tocar el puente con la mano, de lo grande que es, a pesar de estar todavía a unos 500 metros. Hago las últimas fotos del viaje y con el puente como motivo principal. Tengo que echar el ancla al suelo para que el viento no nos lleve a mí y al trípode.

Las chicas, tapadas como el día anterior, aguantan solo dos fotos antes de salir corriendo para el coche. Yo aguanto un poco más viendo el mastodonte maravilloso, o maravilloso mastodonte, lo mismo da, que da lo mismo.

Momentos más tarde, recojo los bártulos y me voy al coche. Ya es hora de volver a casa que mañana nos espera un día muy largo.

Deshicimos el trayecto que habíamos hecho para llegar hasta allí, y cogimos la autopista para cruzar el puente, esta vez sin niebla.

Que precioso que es, ya lo he dicho y puedo pecar de cansino, pero me da igual. Es una maravilla de la construcción que no se lo debería perder nadie, como visitar París o las pirámides de Egipto.

Nada más atravesar la línea de peaje me equivoco de camino y me salgo por la primera salida, en la que pasamos por debajo de Presidio y salimos casi en el Golden Gate Park. A pesar de no ir por el camino que hubiéramos deseado, conducir por San Francisco es muy fácil, como en el resto de USA, prácticamente es todo una cuadrícula y muy sencillo volver a situarte.

Callejeando un poco, al final consigo salir a la calle Lombart, que es donde quería llegar desde un principio. Mis compañeros de fatiga se preguntaban el porque de tanto callejeo, pero cuando les dije que quería bajar la calle más sinuosa del mundo, cambiaron la cara y también querían bajarla.

Pillamos la calle casi desde el punto más al oeste de la misma, lo que hace que hagamos un recorrido de unos cuantos kilómetros, unos seis o siete. Casi todos son llanos, sin embargo, al llegar a Van Ness la calle empieza a empinarse para que al llegar a Polk se convierta casi en una pared. Se nota que cuando llegas a la confluencia con Hyde es cuando has llegado al punto clave.

Mucha gente y bastantes coches, entre ellos el nuestro, deseosos de ver descender la sinuosa calle. Hasta 1922 la calle era recta, pero se hicieron las curvas para cambiar la inclinación, que pasó de 27 a 16 grados.

Bajamos despacito ya que había multitud de vehículos que querían descender. Ya en la calle Leavenworth nos fuimos directamente a casita.

Y en casa, cena, ducha, hacer las maletas y a dormir que al día siguiente tocaba madrugón.

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Que día más hermoso, hoy parece otro, tenemos la maleta en nuestro poder y ¡a Dios pongo por testigo que nadie nos la va a volver a quitar!

Hoy toca caminata desde el primer momento, y de las largas. Subimos nuestra calle, Steiner, y nos dirigimos hacia Alamo square, el barrio de los pijitos. Alamo square es una de las estampas más vistas y que más publicidad ha dado a San Francisco. Las casas victorianas con el jardín de la plaza delante y San Francisco detrás, por encima de ellas. Yo recuerdo las casas de una serie que ponían en abierto en Canal+ cuando la cadena empezó a emitir, “Padres forzosos”. Lo malo es que pillamos el día con neblina, que aunque no es tan espesa como en otros días, si que nos fastidia la iluminación, principalmente para hacer fotos, y hace que el fondo se vea neblinoso. A pesar de ello, se está divinamente en el parque viendo las casitas.

Una vez hartos de ver las casas y con el estómago crujiéndonos del hambre que teníamos (habíamos salido sin desayunar, como siempre), bajamos por las calles de este barrio que están más limpias que el jaspe, no se ve ni un papel, ni se oye un solo ruido. Nos dirigimos hacia otra catedral, la ciudad tiene más catedrales que feligreses, la de St. Mary of the Assumption. Pero antes había que desayunar, las tripas hacían más ruido que una jauría de gaviotas luchando por un chusco de pan. Paseando por Japantown nos indican donde hay un Starbucks. Es curioso, pero desde que salimos habríamos andado un kilómetro y pico y no nos habíamos encontrado ni cafeterías, ni ningún otro establecimiento o tienda, el barrio de Western Addition está pelao de comercios, imaginaros la tranquilidad que hay por estas calles, nosotros éramos los únicos que hacíamos ruido, españoles teníamos que ser.

En la puerta del Starbucks había un mercadillo pequeñito, apenas diez o doce puestos. Tras el desayuno, y mientras ellas gurrupeaban de puesto en puesto, nosotros nos sentamos al otro lado de la calle escuchando a un grupo de dinosaurios tocando blues. El grupo se llama “Bohemian Knuckle Boogie” y si alguien tiene interés en escucharles o comprarles un disco pueden meterse en http://www.myspace.com/bohemianknuckleboogie. Los chicos gozamos como conejos en la época de celo. Un concierto callejero para una veintena de personas, en familia. Una gozada.

Escuchamos cuatro o cinco canciones y nos vamos. Cruzamos Japantown, más que un barrio es una zona donde se sitúan varios centros culturales vinculados a los japoneses que viven en la ciudad. Es una zona también bastante desierta, tiene calles anchas y alguna que otra zona peatonal y ajardinada, pero no es normal tanta tranquilidad aunque sea sábado y sean las diez de la mañana.

Llegamos a la Catedral de St. Mary. Es la tercera catedral católica de San Francisco, es moderna, apenas tiene cuarenta años. Tiene un diseño geométrico llamado hiperbólico paraboloide (ahora vas y los cascas), que el mismo arquitecto no tiene que tener ni idea de lo que significa. El caso es que me parece un cono, más o menos redondeado que termina en una cruz gigantesca, si se mira desde arriba, que llega hasta los 63 metros de altura.

El interior es espectacular. De diseño moderno, es la amplitud hecha gracia, es muy grande, bueno, no tan grande como la de Sevilla o París pero muy grande y diáfana. Tiene grandes ventanales que dan a la calle y a la ciudad. La misma cruz que he comentado que se ve desde arriba, resulta ser una vidriera con los colores que simbolizan los cuatros elementos de la creación. Me llama la atención el órgano situado en un pedestal y sin apoyar en la pared.

Mientras miramos, delante del altar hay un pequeño coro ensayando canciones para un concierto que iban a dar unos días más adelante. Como director está el compositor de las canciones, del cual se venden sus CDs en la puerta de la iglesia para todo aquél que los quiera comprar, entre ellos está mi mujer. La música suena muy bien, la acústica de la catedral ayuda mucho, y como es de suponer es música religiosa aunque con el ritmo que tienen suena más a pagana.

Decidimos coger el bus para ir al siguiente punto turístico. Para eso tenemos que bajar a la avenida Van Ness, allí esperamos a que llegue el bus y bajamos dos paradas más adelante. El porqué de esta tontería de viaje es que estábamos ya hasta el moño de andar y todavía nos quedaba más de la mitad del día por hacer, así que si nos ahorrábamos 500 metros de camino, mejor que mejor.

La casa, mejor llamada mansión de los Haas-Lilienthal, es una de las pocas de la zona que sobrevivieron al incendio posterior al terremoto de 1906. Se construyó en 1886, y estuvo ocupada hasta 1970, por orden de William Haas, empresario y posterior director de la Wells Fargo. El nombre de Lillienthal le viene al casarse su hija con Samuel Lillienthal.

Para poder ver la casa se ha de pasar por un callejón lateral, a través de una puerta que hay unos diez metros más adentro, por la que se accede al sótano de la casa y donde está la taquilla y un pequeño espacio en el que se explica la vida de la vivienda y sus ocupantes. Así mismo es la salida de la visita organizada. Allí esperamos a que haya un grupo más numeroso de visitantes.

Una vez iniciada la visita y tras la explicación inicial allí en el sótano, salimos al exterior donde comienza la verdadera historia de la casa. Se hace un poco pesado el relato y siendo en inglés hace que Juanpe casi se duerma y que yo me ponga a cazar moscas. Media hora después pasamos al interior, que es lo bonito, y donde disfrutamos de lo magnífica que es la casa “de clase media-alta”. Prácticamente todo está hecho con maderas nobles, salvo baños y cocina. Visitamos sólo una parte de la casa (son 24 habitaciones y más de 1000 m2 de vivienda), pero se llega a la conclusión que  no me importaría vivir allí, aunque solo sea utilizar una décima parte de la mansión. Una hora y pico después salimos a la calle con la sensación de haber podido ver como vivían los ricachones a principios del siglo XX.

Conforme vamos saliendo de la casa, las chicas nos van dando trompazos por no haber estado atentos a las explicaciones de la guía. Por más excusas que les damos no sirve de nada y nos castigan sin postre esta noche.

Vamos andando hasta una parada y coger el bus que nos lleve al siguiente destino. Cuando llegamos a la parada de Octavia y Jackson vemos una mansión en lo alto.  Mientras viene o no el autobús, subimos a verla de cerca. No es bonita, lo que llegamos a ver, pero es tremenda, solo el edificio tiene que tener unos 60 ó 70 metros de fachada por unos 40 de fondo, dos plantas, y seguramente sótano, con lo que, a ojo de buen cubero, tendrá unos 7500 m2, más el terreno de jardín. Una mansión dentro de la ciudad. Y si encima no quiere o apetece quedarse en su jardín, enfrente tiene el parque Lafayette, para que su perro haga lo que tenga que hacer.

Para ir a Marina hemos de coger dos autobuses, uno lo cogemos en Octavia y cinco calles más allá, en Filmore, pillamos otro que nos lleva más directos. Bajamos sin llegar a Marina para empezar a mirar restaurante por la zona. Un poco más al norte en la esquina de Filmore con Greenwich encontramos donde comer, el East Side West. Comemos fenomenal por unos 15 euros cada uno, con postre incluido, ¡y que postre! Allí en un espacio tranquilo nos estamos un rato hablando y discutiendo sobre lo que sea, entre ello, sobre si la gente de la zona es medio-alta o medio-baja. Para mí que es del segundo tipo, ya que la gente no llega más allá del metro setenta y cinco. En el restaurante vemos como España gana una medalla de oro en piragüismo.

En el otro lado de la calle está la pizzería Orgásmica, si sus pizzas saben como el nombre del sitio tienes que gozar comiéndolas.

El barrio está más animado que del que acabamos de salir. Hay mucha gente joven y al haber más comercios, hay más movimiento.

Salimos del restaurante y nos vamos en dirección a Marina, más en concreto al Palace of Fine Arts. En Chesnut doblamos a la izquierda y nos metemos de lleno en una calle comercial, llena de tiendas. Mira que hay calles en la ciudad que no tienen tiendas, pues no, nosotros tenemos que ir a parar a esta calle abarrotada de locales de perversión y lascivia que sin ningún reparo te llaman para que caigas en sus trampa de derroche.

Pasamos sin caer en la tentación, librándonos del mal y nos acercamos por entre los chalets de la zona residencial que antecede al Palacio de Bellas Artes. Unos días antes de escribir este panfleto me enteré que detrás del palacio se encuentran unas oficinas y estudios de Lucas Film. Que pena no haberlo sabido, para haber pasado y visitarlas.

Y llegamos a uno de los puntos más bonitos de San Francisco. Es una columnata corintia con una gran altura, simulando una ruina clásica, con una rotonda abovedada de 50 metros de altura, situado en un lado de un lago. La pena fue que la cúpula estaba siendo restaurada y la tapaban los andamios, con lo que tampoco podíamos estar dentro. La obra fue hecha para la exposición de 1915. Lo curioso es que fue construida de cartón piedra, por así decirlo, de forma que cuando terminara el cuento se derribara. Pero a los franciscanos les gustó tanto el paraje que impidieron que lo derribaran. Sin embargo, al cabo de un tiempo empezó a resquebrajarse y tuvo que ser derruido y reconstruido, esta vez con acero y hormigón. Yo tuve conocimiento del lugar viendo la película “La roca” cuando Sean Connery se encuentra con su hija debajo de la bóveda.

El lugar es una preciosidad, entramos por uno de sus laterales, aunque en realidad no hay entrada, no tiene vallas. Dejándolo a nuestra izquierda y con el lago entre el palacio y nosotros, paseamos por el jardín, yendo en dirección a la otra esquina. Mientras vamos andando vemos todo el panorama que nos íbamos encontrando, entre ellos, dos modelos con su fotógrafo haciendo poses con el palacio como fondo. De paso yo iba haciendo fotos a todo kiski.

En el lago las gaviotas y patos se pelean de vez en cuando. La gente pasea a sus perros o con sus bicicletas. Nos sentamos en uno de los bancos habilitados para ello y, a parte de descansar, gozamos de las vistas y el momento. Lo malo es que poco a poco ha ido empeorando el día. Ha caído la niebla con lo que ha tapado el sol y el vientecito cada vez es más incómodo y más frío.

Con las chaquetitas puestas seguimos el tranquilo paseo. Sigo haciendo fotos como descosío. Una vez que llegamos al final, continuamos hacia el puente, el Golden Gate. Nos queda una buena caminata por las playas del Área Nacional Recreativa del Golden Gate hasta llegar al puente, pero cuando llegamos a la orilla vemos que la niebla apenas deja ver la puerta dorada. Si no vamos a poder ver el puente, y como empieza a hacer un viento demasiado frío y molesto, dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos.

Otra vez estábamos en el Palacio, esta vez lo hicimos pisando el césped, como unos delincuentes, y observamos más las casas que rodeaban al mismo que al propio palacio. Unos 50 metros más adelante vimos a una chica que hacía virguerías con el hoola-hop y cuando nos vamos acercando la chica deja de menearse, para nuestra desilusión (le daría vergüenza). Al pasar justo al lado de ella nos damos cuenta que no es una chica sino que es una mujer de unos ¡40 ó 50 tacos!, más o menos de nuestra edad. Una aficionada al hoola-hop a la que no le importa seguir meneándose con el juguete. Normal que haga esas virguerías con el aro, si ha estado unos 30 años jugando con él.

En una de las calles de alrededor del palacio cogemos una autobús, menos mal que nos libramos de las tiendas, que nos deja en los alrededores del la parada del cable car, en el Fisherman’s Warf. Al suspenderse la visita del puente, este era el momento de hacer el viaje completo en el cable car, desde Fisherman hasta la última parada en Powell.

El bus nos deja a un paso de la parada. Cuando llegamos a la misma nos sorprendemos de la cantidad de gente que hay haciendo cola para subirse al tranvía. Como no hay más remedio que hacer cola nos colocamos en ella a la espera que vaya deprisa. Nuestro gozo en un pozo, esto va más lento que el caballo del malo. Las chicas empiezan a taparse como si fueran moras y llevaran el burka. Hace un aire frío que congela hasta el píloro. Al estar la parada en una zona abierta a la bahía y no tener edificios grandes que nos resguarden, el aire nos da de lleno y fastidia de cojones, ¡uy, perdón!, fastidia cantidad.

Yo, como no puedo estarme quietecito, me marcho a oler los alrededores ya hacer foticos. Justo al lado de la parada está el Victorian Park, donde si hiciera mejor clima seguro que estaría lleno de gente tomando el sol. Detrás del parque y mirando desde la bahía está el edificio de la antigua chocolatería Ghirardelli, y que ahora es un centro comercial. A la derecha, conforme miras a la bahía, se ven algunos de los barcos que tienen expuestos en el Parque Marítimo Histórico Nacional de San Francisco. Se ve claramente un barco que tiene una apariencia parecida al Juan Sebastián Elcano, solo que más oxidado y con colores azulados y granates (como los del Barça).

Cuando vuelvo con mis compañeros de fatigas, apenas habían avanzado medio trayecto en medio hora. Las chicas no sentían lo pies ni las manos, pero Juanpe estaba a punto de la hipotermia. ¡Aayy!, este chico no me aguanta nada.

Aquí, como en la otra punta del trayecto del tranvía se puede ver  como cambia de dirección a los mismos. Lo hacen a mano, más bien a empujones, como antiguamente. Quieren seguir manteniendo esta tradición, a pesar que la tecnología haría que con apretar un botón todo el proceso se haría solo. Es otro servicio turístico de la ciudad, como el concurso entre conductores, o tranvieros, de quien toca mejor la campana.

El cambio de dirección, o de agujas, o como se llame, se realiza de la siguiente manera: una vez ha descendido la gente, se lleva el tranvía hasta una plataforma circular (tendrá su nombre pero yo no se como se llama), allí se bloquean los frenos del tranvía y se sueltan los de la plataforma, se fija un tope hasta el que la plataforma puede llegar, es entonces cuando el conductor, ayudado por un operario empujan de un lado hasta conseguir darle la vuelta al tranvía. Se vuelve a bloquear la plataforma y el conductor sitúa el tranvía fuera de la misma, llevándolo al lugar donde se montarán los pasajeros. Todo muy entretenido.

Durante el rato, una hora más o menos, que estuvimos en la cola hicieron el cambio unos cuatro o cinco tranvías y se nos congelaron tres dedos de los pies, dos narices, se nos cayeron tres orejas y nos salieron sabañones en las manos. Además a Juanpe se le helaron los riñones y, probablemente, tendrá que operarse para sustituirlos por unos que vayan calefactados.

Cuando llegó el momento de montarse en el tranvía, el trío calavera prefirió sentarse y apretarse a la gente para coger un poco de calor. Yo, en cambio, me agarré a una barra del tranvía y fui todo el trayecto sintiendo el aire en la cara e ir medio colgado fuera del tranvía, y notar más la sensación de las cuestas, sobre todo, las de bajada.

Una parada antes del final del trayecto nos bajamos para poder hacer las ¿últimas compras? en Union square. Esta zona sigue igual de sucia y maloliente que siempre. Debe ser que el ayuntamiento no manda a nadie a limpiar estas calles.

Volvemos a comprar la cena en el San Francisco Center y volvemos a coger, que remedio, el bus “turístico” que nos lleva a casa. Allí decidimos como terminar, que pena, nuestra estancia en USA. Vemos las noticias del accidente de Madrid y yo me quedo a ver la final de baloncesto de las olimpiadas. ¡Qué lastima!, si no hubiese sido por los árbitros nos hubiésemos llevado el oro para casita ganándole a la todopoderosa Estados Unidos. Otro año será. A las dos me acuesto con un sabor agridulce.

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Cuaderno de bitácora.

Es nuestro undécimo día de viaje. Seguimos buscando un lugar seguro donde vivir. Todavía no lo hemos encontrado.

Estamos a nueve años luz de nuestro hogar y la familia y, a veces, uno dejaría esta misión para criogenizarse otra vez para volver a estar con los suyos. Son momentos difíciles. De todas formas somos felices, aunque cada día que pasa la moral de la tropa está cada vez más baja, especialmente de la copilota que perdió el petate hace tres años luz. Debido a esta pérdida, la copilota Cuadrado se tira más de media hora terrestre comunicándose por radio con la base que dejamos en el anterior planeta.

Seguimos con interés las noticias, que nos llegan con cuenta gotas, del accidente de una nave estelar de la clase B, en nuestro planeta. Hay más de 150 muertos, una tremenda desgracia.

Ayer llegamos a un planeta llamado San Francisco. De momento la sensación es buena, parece un lugar seguro para vivir. Los alienígenas locales están en constante paz, no parecen peligrosos, aunque los que se encargan de llevarlos de un lado a otro se comportan un tanto inquietos, e incluso agresivos, sin llegar a tener que ponernos en alerta.

El día comienza como siempre, nos levantamos cuando la estrella lumínica local sale por el horizonte. Después de terminar las órdenes previstas para esa mañana, salimos a explorar como lo manda el diario de la misión, desde bien temprano hasta que las fuerzas se acaben y tengamos que volver para utilizar el cargador de la nave.

Nada más salir de la nave vemos como se cierra una espesa niebla sobre nuestras cabezas. Teniendo en cuenta que no sabemos la composición de dicha niebla, nos alegramos de que se mantenga unos cincuenta metros por encima de nosotros. Dicha niebla nos acompañó durante todo el tiempo que estuvimos en este planeta, pero era curioso pues iba y venía, unas veces estaba temprano y otras aparecía por la tarde. Con el paso de la días nos dimos cuenta que no era peligrosa, aunque si un tanto molesta.

Descendimos hacia el camino que, según el mapa de coordenadas, nos llevará al lugar preciso, llamado parada de autobús, para avanzar en nuestra exploración. Esta vez la persona encargada de llevar a los propios del lugar no se comportó como la de la noche anterior.

Antes de montar a la nave de transporte de civiles disfrutamos del colorido que tiene la zona donde hemos colocado la nave. Los nativos van vestidos y se arreglan igualmente el cuerpo de las formas más variopintas, es más, incluso hay veces que da la sensación que no se arreglan, van sucios y con ropas rotas y viejas.

Montamos en el transporte para ir a la zona donde se concentra la gente. En el camino vemos a personas tumbadas en el suelo con cartones por encima. Han pasado la noche en la calle, durmiendo y, seguramente, sin nada que llevarse a la boca. Algunos de ellos están mutilados. Una escena triste, y solucionable, para lo que parece ser un planeta precioso.

Para pasar más desapercibidos adquirimos una especie de bono-bus que se llama Muni-pass. Los hay para distintos periodos de tiempo, pero nosotros lo pillamos para tres días franciscanos. El Muni-pass sirve para montar en los autobuses, tranvías y el tranvía turístico, que, al parecer, es el transporte preferido de los que vienen a este planeta de vacaciones. Por lo que he visto va lleno siempre. Le llaman Cable Car.

Empezamos a integrarnos, aunque todavía desconfiamos de estos alienígenas. Nos enteramos que aquí, los nativos, les ponen nombres a las calles. En estos momentos estamos subiendo por una llamada Powell en busca de algún antro donde reponer fuerzas (desde la noche anterior no habíamos comido nada). En esta calle antes de llegar a Union Square encontramos un localucho lleno de personajes hacinados para conseguir un elixir llamado capuchino. Al parecer está muy bueno. Pero cual es nuestra sorpresa cuando el sargento Martínez descubre un animal correteando por el local sin que, aparentemente, nadie se percate de él. Una especie de ratón, animal putrefacto portador de enfermedades. Así que salimos del local sin llamar la atención para que no cunda el pánico. No era nuestra pretensión provocar una avalancha y que hubiera habido victimas inocentes.

Continuamos el ascenso por la empinada calle y entramos en otro antro, lo que comúnmente llaman bar, este mucho más limpio y menos concurrido, al que habían puesto de nombre Norcini. ¡Joder!, estos alienígenas saben hacer buenos desayunos. Tras saborear las delicias autóctonas, véase café y capuchino, salimos del local como nuevos, con las panzas llenas y a tope de fuerzas. Anotamos el lugar y el nombre del bar para poder acercarnos otro día a desayunar.

Tomamos la difícil decisión de cruzar San Francisco andando, principalmente para poder ver más de cerca este lugar, pero difícil porque no sabemos los peligros que acechan detrás de cada esquina o árbol.

Nuestro destino es el Fisherman Warf, es decir, cruzar prácticamente todo San Francisco, una proeza que no está al alcance de todos. Pero este grupo humano es capaz de todo y está dispuesto en todo momento, a pesar de las quejas y las ganas que tienen de degollarme por darles esas palizas.

Subimos Powell hasta Sacramento, no la ciudad, sino la calle en la que torcemos a la izquierda para acercarnos al hotel Fairmont, lugar donde se filmó la serie “Hotel”, la que protagonizaba la exuberante Connie Selleca y un barbudo del que ya no me acuerdo del nombre, aunque, en realidad me fijaba poco en él, sólo tenía ojitos para la protagonista.

Entramos en el hall del hotel para echarle un vistazo y de paso informarnos en algún periódico local sobre el accidente anteriormente nombrado.

Una vez hecho lo dicho, continuamos la expedición. Justo enfrente del hotel está el Union Pacific Club, club en el que se juntaban los pijos de la ciudad para cotillear, despotricar o formalizar contratos con los que hacerse más pijos todavía. A continuación de este edificio nos encontramos con uno de los lugares al que los lugareños acuden a rezar a dioses paganos, la catedral de Nuestra Señora de Gracia, o lo que es lo mismo, la Grace cathedral.

Es la tercera catedral episcopaliana del país, esta fantástica construcción está hecha a imagen y semejanza de la catedral de Notre Dame de París, sólo cambian los materiales, la de París está hecha con sillería y la de San Francisco con cemento armado para resistir los terremotos. El resto tampoco es original, el pórtico es una copia del baptisterio de Florencia y el rosetón de la catedral de Chartres. Algunas detalles si son propios de la catedral, como las vidrieras de la nave central, en las cuales, aparte de las figuras religiosas, aparecen personajes como Henry Ford o Einstein. Otra curiosidad de la misma es que posee una capilla del sida.

Cuando llegamos la niebla casi la tapaba en su totalidad, lo que le daba un halo de misterio y misticismo, además el tono gris de la niebla con el color gris del hormigón le hacía mimetizarse y a penas se podía distinguir, sólo los tonos oscuros de sus ventanas y la puerta hacía que la distinguiremos con más claridad. Enfrente de ella, entre la catedral y el Union Club, hay un pequeño jardín desde el cual podíamos disfrutar del edificio al culto religioso en todo su esplendor, con niebla, pero en todo su esplendor. Dicen los nativos que tienen varias catedrales, al contrario que en nuestro planeta que sólo hay una por ciudad.

Entramos a visitarla y nos encontramos con la majestuosidad interior, es muy grande y alta. Se hace raro ver como las columnas y paredes sean de una pieza y no como las nuestras que son bloques de piedra, más o menos grandes. Nada más entrar, detrás de un baptisterio, nos llamó la atención un círculo bastante grande situado en el suelo que resulta ser un laberinto, lo curioso es que algunos fieles siguen el camino del laberinto cuando lo ven. Habrá alguna razón de porqué está el laberinto y de porqué la gente lo completa hasta llegar al centro, pero nosotros no indagamos en ese tema y continuamos nuestra visita al templo sin averiguarlo (en realidad, en internet, encuentras el porqué y para qué, simplemente es un camino para rezar, meditar, encontrase a uno mismo, o a Dios).

Una vez fuera, yo, el oficial fotógrafo, al mando de la misión, realicé unas cuantas fotos a la estructura para mandárselas al alto mando en nuestro planeta y luego otras con mis compañeros como recuerdo del paso por este insólito lugar.

Desde allí descendemos en zig-zag, como dicen las normas, hasta llegar al museo del Cable-car o tranvía turístico. Nos introducimos sigilosamente en él para conocer más aquél mundo de San Francisco, así como de sus costumbres. El Cable-car se creó debido a un accidente que ocurrió muchos años atrás cuando un carruaje lleno de gente, tirado por caballos no pudo subir una cuesta y se fue hacia abajo arrastrando incluso a los mismos. Una de las personas que presenció tan dramático accidente, le dio cuerda al coco e ideó un sistema a base de cables, como el que se utilizaba en las minas (con lo que no ideó nada, pues ya existía el invento, pero se tiró el pegote), al que se engancharían los tranvías y así poder subir las empinadas cuestas de San Francisco.

Empapados de la cultura del Cable-car y de haber adquirido souvenirs para nuestros familiares, que están allá en la Tierra, retomamos la búsqueda de algo que nos indique que en este mundo es factible vivir sin ningún contratiempo. De momento todo lo que hemos encontrado son cuestas para arriba y cuestas para abajo y me da a mi que esto no se ha acabado aquí.

Continuamos caminado hacia abajo, hacia arriba, calle a la izquierda, calle a la derecha. La tripulación no sabía donde los llevaba, iban felices charlando sobre cosas banales. De vez en cuando levantaban las cabezas cuando les indicaba alguna casa o lugar bonito de ver, mientras tanto iban ignorantes de hacia donde les llevaba. En algún momento parecían despertar y soltaban algún “¿a dónde nos llevas?” o, como los chiquillos, “¿falta mucho?”. Yo les engañaba diciéndoles cualquier tontería y ellos se conformaban como si de niños buenos se tratara.

En un momento, torcimos en Greenwich street y empezamos a subir la empinada calle. Esta calle es tan empinada que los cacharros que utilizan los nativos para moverse están estacionados en perpendicular a los edificios y no en paralelo a los mismos, es decir, como antiguamente lo llamaban “aparcar en batería y no en línea”. Seguramente se ha de aparcar de esta forma por la inclinación tan tremenda de la calle, sino los vehículos podrían aparecer tres o cuatro calle más abajo.

Es en esta calle donde la tropa empieza a protestar. Que porqué tenemos que ir por aquí en lugar de por otras calles que parecen ser más suaves, que porqué nos haces esto… En incluso, cuando rebasamos Leavenworth street y empezamos a subir unas escaleras que sustituyen al asfalto, de lo empinada que es la calle, empiezan a oírse insultos e improperios varios, llego incluso a oír amenazas de deserción. Pero con algún ánimo y un mimito que otro consiguo que la tropa llegue arriba del todo, justo en la confluencia con Hyde desde donde se tienen unas vistas preciosas de San Francisco con la Coit tower al fondo.

Tras un breve descanso para que la lengua vuelva a su sitio, nos vamos hacia el norte y 200 metros más allá llegamos a un punto donde se acumula la gente. Llegamos a la calle Lombard, en el tramo entre Hyde y Leavenworth, donde se encuentra el trozo de calle más empinada del planeta. Apenas 150 metros y que es tan empinada que los vehículos tienen que descender haciendo zig-zag, y los peatones lo tienen que hacer por escaleras en lugar de las aceras comunes. Todo esto adornado con muchas plantas y flores autóctonas que hacen de la calle una preciosidad y un punto obligatorio para su visita.

Poco a poco vamos teniendo mejores sensaciones de este planeta, además los nativos van y vienen sin molestarte, con lo que  es un punto a su favor.

La tropa debe continuar, aunque todavía se nos esté cayendo la baba de ver la calle Lombard. Descendiendo hacia la bahía por Leavenworth, llegamos hasta Jefferson, donde perdemos el tiempo en un pequeño centro comercial comprando alguna sudadera y/o chaqueta para resguardarnos del aire que hace que la sensación de la temperatura sea menor de lo que es. La verdad es que, en mayor o menor medida, desde que hemos salido por la mañana no ha parado de hacer aire, lo que al final molesta mucho, sobre todo, cuando pasas por sitios donde los edificios no terminan de protegerte del todo.

La hora de comer ha llegado y resulta que en este planeta tienen la misma hora de comer que en el nuestro, con lo que empezamos a buscar por Fisherman hasta que nos metemos en un local pequeño llamado Pompei’s Grotto, donde nos hacen esperar un poco hasta que se quede vacía alguna mesa. Poco tuvimos que esperar y pronto empezamos a comer. Probamos la Clam Chowder, plato típico de aquí, que es como una sopa o crema de cangrejo, o por lo menos eso recuerdo yo que era, y que a ninguno nos gustó. El restaurante es más bien pasable, si fuéramos profesores le daríamos un bien alto.

El día estaba resultando de lo más provechoso en la recogida de datos sobre el lugar. Incluso la tropa parecía mucho más distendida, como despreocupada, disfrutando del planeta y de la gente.

Recogimos los pertrechos y nos fuimos del restaurante para continuar paseándonos por el Fisherman’s Warf’s. Tras pasar cerca de un colgao que asustaba a la gente saliendo de detrás de una papelera, llegamos a un monolito que daba la bienvenida al Fisherman. Este monolito, en realidad una columna, terminaba en lo que es un timón gigante de barco antiguo, de unos tres o cuatro metros de diámetro. Allí nos metimos hacia los muelles, pasando por un parking donde había 2451 gaviotas, volando, encima de los coches, en el suelo, por todos los lados. Tras el parking está el pier 45, creo recordar que era ese, donde hay expuestas naves de guerra, un submarino, un destructor, etc. Desde allí vemos por primera vez Alcatraz, y sería lo más cerca que íbamos a estar en todo el viaje, ya que habíamos decidido no visitar la famosa cárcel de la ciudad.

Salimos del muelle pues no nos interesa mucho el tema armamentístico, ya que nosotros pertenecemos al segundo orden del Imperio Galáctico, y nos vamos al pier 39 donde nos han dicho que hay animales acuáticos, concretamente leones marinos. El pier 39 es una zona comercial con restaurantes y con locales de divertimento para la familia. También tiene el acuario local. Y es especial la colonia de leones marinos que se han establecido en el puerto deportivo. Continuamente, y desde bastante antes de localizarlos, están bramando, como si mantuvieran una conversación entre ellos. Nosotros llegamos en su siesta, salvo unos cuantos que se estaban gritando, todos los demás estaban tumbados durmiendo sobre las plataformas que les han colocado para esos menesteres. Detrás de ellos, a lo lejos, se empieza a vislumbrar la joya de este planeta, el Golden Gate. Aunque es un día soleado y la niebla ha desaparecido, el puente no termina de asomar debido a la bruma y al polvo en suspensión que hay en la atmósfera franciscana.

Mucho más cerca, en un dique del puerto se sitúan multitud de aves entre ellas gaviotas y pelícanos. Es la primera vez que veo pelícanos en libertad.

Una vez que hemos disfrutado de los leones, al igual que un par de cientos de personas entre nativos y turistas, rodeamos el pier por el lado de los diques hasta salir de él. Antes compramos en un pequeño mercado unas cerezas gigantes, de entre dos y tres veces el tamaño normal. Con un puñado de ellas nos vamos a coger el transporte local llamado autobús, precisamente tenemos que pillar el bus número 39, como el pier, para dirigirnos a la torre Coit.

Esta torre se construyó en homenaje a Lillie Coit y con el dinero que “heredó” San Francisco tras su muerte. Lillie fue una mujer que prácticamente vivió por y para los bomberos del lugar, estaba en cada incendio que se producía para echar una mano.

La torre se colocó en la cima de Telegraph Hill desde donde hay unas vistas tremendas de la bahía de San Francisco. Desde el punto más alto de la torre, al que se accede por un ascensor, se puede ver entero el Golden Gate, la zona de Sausalito y la isla de Alcatraz. En el lado contrario se ve el otro puente de la bahía, que ahora mismo no recuerdo como se llama, y que fue una de las estructuras que más sufrió en el último terremoto de San Francisco. También tenemos un primer plano del barrio financiero con la Transamérica Pyramid y el banco de América entre otros edificios.

Desde las alturas tomamos conciencia de cómo es este planeta y a que nos podemos atener en caso que tengamos que vivir aquí. Su orografía es sinuosa, en algunos puntos bastante difícil de poder atravesarla, pero no se puede decir que no podamos establecer una colonia aquí.

Media hora después de estudiar el lugar y tomar fotos para el informe, bajamos y cogemos otra vez el bus que nos deja en un parque, el de Washington square. ¡Qué maravilla!, ¡qué paz!, ¡qué tranquilidad! Los nativos descansan tirados por el césped, los más pequeños juegan entre ellos o con los que se supone que son su padres. En  un lateral está la iglesia de St. Peter and Paul. No pasamos dentro, pero dicen que es preciosa, por lo menos por fuera si que lo es. En el mismo parque pero en el lado oeste hay una escultura que dicen que es uno de los gobernantes anteriores que hubo en este planeta, Benjamin Franklin, pero a nosotros nos recuerda a nuestro gran humorista, por la gloria de mi madre, Chiquito de la Calzada, nuestro padre duodenal que nació después de los dolores.

Salimos del parque y paseamos sin preocupaciones por la avenida Columbus. Al fondo siempre contemplamos el edificio más alto de San Francisco, la transamérica Pyramid. En esta calle y en las colindantes se sitúan multitud de cafés y clubs que se hicieron famosos por la asistencia de la generación beat. Nos paramos en el café Trieste a tomar un capuchino. Un bar pequeño pero acogedor situado en la esquina de la Grant avenue con la calle Vallejo. Tiene dos grandes cristaleras, una para cada calle y con mesas por todos los lados. En una de ellas estaban sentados, al lado de una cristalera, un viejo chino típico, arrugado como una pasa, con poca chicha, y con perilla y que usaba gafas colocadas en la punta de la nariz. Le estaba enseñando a pintar a una americana, también típica, rubia, pelo lacio, piel blanca, incluso lechosa, y con pecas. Los dos sentados formando una estampa social de lo que es San Francisco, gente variopinta, de distintas culturas conviviendo como si no pasara nada, en paz y armonía.

Nosotros disfrutamos de esa misma paz y del buen café que nos sentó genial.

Curiosamente momentos después, tras salir del café y mientras esperábamos el autobús que nos llevaría a Union Square, en la parada que hay en la esquina de Columbus con Kearny, fuimos testigos de un enfrentamiento verbal racista entre un negro, montado en un autobús, y un blanco, esperando el mismo bus que nosotros, en la acera de enfrente. La conversación no la entendimos con exactitud, pues nuestro conocimiento del idioma local no llega más que a algunas frases y poco más. Pero si entendimos varias palabras como “neeger”, “fuck” o “mother”, todo esto utilizado con repetición y dicho en un tono poco amigable, nos hizo imaginar que no eran precisamente amigos y que no se estaban diciendo lindezas el uno al otro. Esta situación nos hizo poner en alerta, después de estar muy relajados debido al magnífico día que habíamos pasado. Todos nos pusimos en disposición de sacar el armamento oportuno para estas situaciones, solo la capitana Leante ideó un plan de huída por si era necesario salir por pies. La verdad es que es paradójico que la capitana Leante se haya metido al ejército cuando se sabe que es una pacifista redomada. En nuestro caso siempre nos viene bien, pues es la que siempre piensa en verde, y siempre está negociando y pensando en una salida pacífica.

La tensión no pasó cuando se alejó el bus del nativo de color. Cuando montamos en nuestro bus, el susodicho blanco, al parecer el racista en sí mismo, seguía diciendo improperios en la parte delantera y a los pocos segundos llegó a nuestra zona una muchacha asustada claramente por el susodicho individuo.

Después de presenciar tan desagradable episodio, bajamos en Union sq. para hacer unas compras que llevarnos a nuestro querido planeta. Union es una plaza, y en sus alrededores,  tiene prácticamente todas las marcas fashion de ropa y otras cosas. Adidas, Nike, Levi’s, Abercronfie, GAP, Puma, Aplle, Macy’s, etc., todos esto y más está en Union Square y alrededores. También hay un centro comercial en Market street, se llama San Francisco Center. Allí compramos algo de cena con la idea de llevárnoslo a la nave y terminar el día con la seguridad y protección de nuestra nave.

Después de cenar estuvimos viendo en un aparato cuadrado que despedía imágenes, muy parecida a lo que es nuestra televisión, un poco unos juegos curiosos que celebran entre varios planetas y con diversas modalidades de lo que parecen deportes. Dicen que se llaman olimpiadas. Nada, nos entretuvimos un rato y después nos fuimos al catre a dormir.

Fin del undécimo día de viaje en el cuaderno de bitácora.

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Temía que nos quedáramos dormidos a pesar del despertador, pero el reloj sonó a las cinco de la mañana y nos levantamos sin problemas. Con sueño debido a la hora tan temprana, pero con buen ánimo. Nos vamos a San Francisco, nuestro último destino del viaje. Hoy nos esperaba un viaje largo, de estancias en aeropuertos y de cambios horarios.

Recogemos las cosas y, antes de salir, volvemos a mirar por encima para comprobar que no nos dejamos nada y salimos del apartamento.

Por las calles apenas hay movimiento y en la frontera no hay nadie. Solo hay una cabina en funcionamiento a esa hora. Supongo que al guardia le habremos servido de despertador. Nos hace las últimas preguntas, menos de las habituales, y pasamos la frontera hacia el aeropuerto. Por fin dejaremos de ver los caretos a los guardias y de pasarlo mal cada vez que la cruzamos.

Dejamos el coche en su aparcamiento y facturamos las maletas con la esperanza de que también esté la maleta perdida y que no nos pierdan ninguna otra. De paso, por si acaso, nosotros hemos dividido la ropa entre las dos maletas y así no encontrarnos en bolas cuando aterricemos en el aeropuerto de San Francisco.

Pasamos a la zona de embarque y allí desayunamos fatal. Mientras llega la hora de embarque pasamos el tiempo hablando, leyendo o paseando por la terminal. No hay vuelo directo desde Buffalo y en su día escogimos un vuelo que hace escala en Atlanta y no en Chicago o en Cleveland. Lo escogimos porque, aunque había que madrugar, era el que más temprano llegaba a San Francisco, las cuatro y pico, horario de la costa oeste. Los vuelos que iban por el norte salían más tarde, pero llegaban mucho más tarde, y además estábamos más horas en el aeropuerto de trasbordo lo que significaba más horas para llegar a la ciudad dorada.

El vuelo a Atlanta se hizo de lo más normal, pero al llegar al mismo, me quedé sorprendido por la dimensión del aeropuerto. Tenía siete u ocho terminales, todas en línea recta y estaban unidas unas con las otras con un tren eléctrico subterráneo. Cuando subimos a la zona de espera la vista se pierde en la lejanía de lo tremendo que es. Buscamos nuestro sitio y a través de las ventanas se podía ver que el aeropuerto tiene, como mínimo, tres pistas de aterrizaje y despegue, dos en paralelo y otra cruzada en perpendicular con estas. Era curioso como los aviones aterrizaban y despegaban de dos en dos.

Mientras dos se quedan cuidando de las cosas, los otros dos se van en busca de comida y luego al revés. Como en los aeropuertos no suelen haber restaurantes más o menos buenos y apenas teníamos una par de horas para comer, buscamos algo “decente” para meternos en el estómago. Yo comí una hamburguesa (como no) con bacon y chili, muy buena, pero picante, chorretosa y grasienta en demasía. Los demás tomaron algo menos seboso y con menos colesterol que lo mío, es decir, más verde y menos carne. Estos verduleros, digo vegetarianos.

Estábamos comiendo cuando vimos a través de los ventanales como traían las maletas correspondientes a nuestro vuelo. Los cuatro nos pusimos atentos para ver si veíamos la maleta de Encarna. Vimos como metían las nuestras y una grande y rosa, sin embargo la pequeña no la vimos. Pero, de todos modos, cuando las metían vimos varias del mismo tono y pensamos que podían haber metido la maleta sin darnos cuenta, o como no venían en nuestro primer vuelo, pensamos que, tal vez, ya la habían metido en otro momento en la bodega del avión.

A las tres de la tarde salimos de Atlanta. Lo que veíamos desde la terminal lo comprobé desde el avión, al mismo tiempo que salíamos nosotros salía otro avión a unos 400 metros de distancia en paralelo. Los dos llevábamos la misma velocidad y levantamos el vuelo a la vez, a pesar de que el otro avión era más pequeño y ligero que el nuestro.

El vuelo se nos hizo muy ameno, debido a que iba una azafata hispana muy graciosa, cada vez que pasaba por nuestro lado nos gastaba una broma y nos hacía reír un rato. También nos puso mote a los dos hombres. A mi llamó “pancita”, ¿porqué será? y a Juanpe, “dormilón” ya que se tiró la primera parte del viaje sobao.

Tras cuatro horas y pico de vuelo nos disponemos a tomar tierra en SF y comienza a descender. Dejamos de ver tierra y vemos solamente agua. Como todos ustedes saben muy bien, SF está situada en una península que cierra una bahía, y el aeropuerto está situado justo al sur de la ciudad y pegado a la costa del entrante de agua. Pues bien, conforme descendemos se va acercando más y más, más y más, más y más el avión al agua. Parece que no va a llegar nunca la tierra. Da la sensación que vamos a amerizar en lugar de aterrizar. Justo cuando prácticamente íbamos a tocar el agua aparece la pista de aterrizaje y apenas unos segundos después se posan las ruedas del avión tranquilizando a mi corazón. Estaba claro que no había ningún problema, por que sino nos habían hecho tomar unas medidas de aterrizaje de emergencia, pero conforme descendíamos parecía, tal cual, un amerizaje más que un aterrizaje.

Cuando vamos a por nuestras maletas con la esperanza de que encontraríamos la maleta perdida, resulta que nos encontramos con la misma historia de Buffalo. La maleta no apareció. Entre enfadados y desilusionados nos acercamos a la oficina de Delta para que nos vuelvan a decir lo mismo que dos días atrás, que no saben donde anda la maletica. Esta vez conseguimos que nos dieran un código para saber como estaba la situación de la maleta a través de la página web de Delta, lo cual era un avance, ya que no nos obligaba a ir al aeropuerto, y además nos pidieron nuestra dirección en San Francisco para mandarnos la maleta en cuanto apareciera.

Pasó una hora y pico antes de que tomáramos un taxi y nos fuéramos para SF. Durante el camino me tuve que sentar en el asiento de delante, otra vez, pero esta vez fue más fácil entenderse con el conductor. La putada fue que nos enteramos, durante el trayecto a la ciudad y a través de la radio del coche, del accidente aéreo de Madrid. No fue un shock, pero si un susto y un problema, porque a partir de ese momento nuestras familias estarían más preocupadas por el tema de los vuelos y lo primero que teníamos que hacer era tranquilizarlos, así que en cuanto pudimos nos pusimos a llamar por teléfono a todos y que vieran que a nosotros no nos había pasado nada.

El taxista nos deja en el sitio y ahora viene el problema del apartamento. Habíamos quedado con los dueños, bueno dueñas en este caso, que cuando saliéramos del aeropuerto les llamáramos para que estuvieran esperándonos. Lo que pasó es que no llamamos en el momento oportuno y si lo hicimos en cuanto llegamos a la puerta del apartamento. Tuve que luchar con las interferencias, con el idioma, conmigo mismo, para poder entender que el apartamento estaba abierto y que solo teníamos que empujar la puerta y entrar.

Dentro, encima de un aparador, las dueñas nos habían dejado unas pequeñas instrucciones sobre como proceder con el pago del piso. Ellas querían que les metiéramos un sobre con el dinero en el buzón de la puerta de al lado, que era donde, seguramente, ellas vivían. A nosotros no nos cuadró el tema y no se lo dejamos hasta el día siguiente que nos lo volvieron a pedir a través de una nota que nos echaron en el buzón. Nosotros queríamos conocerlas y así poder preguntarles sobre cosas del apartamento, como funcionamiento de electrodomésticos y cosas de esas. Pero no hubo manera de verlas ni de oírlas.

El piso era muy chulo, tipo de los que hay en la ciudad. Constaba de dos plantas, la baja era la nuestra. Está situado en la calle Steiner, 332 y es grande, pero oscuro y con mobiliario viejo. Cuando entras te recibe un olor a viejo, a mi no me causa buena impresión, pero en cambio a Encanni, si. Conforme vamos viéndolo va cambiando mi opinión sobre él. Es alargado, y nada más entrar a mano izquierda está el salón y la cocina. A la derecha estaba el pasillo que acababa en las dos habitaciones y un aseo completo. Tenía garaje, que no utilizamos, y un “jardín” en la parte trasera.

Una vez sorteadas las habitaciones, que, por cierto, las dos tenían cama de matrimonio, y colocar unas cuantas cosas en los armarios salimos con ganas de descubrir la ciudad.

Lo primero que hacemos es buscar una parada de autobús que nos lleve al centro. Gracias a un plano de las líneas de autobuses que nos bajamos de Internet vemos que una de dichas líneas pasa por la calle perpendicular a la nuestra, solo que en la esquina trasera, así que nos vamos hacia allá para pillar el primero que pase. Cuando llegamos a dicha calle, Haight street, el color salta a nuestros ojos, casas, tiendas, bares, todos llenos de mucho colorido. Eso si, también había una cantidad ingente de personajes vestidos de muchas formas distintas y de diferentes culturas o tribus metropolitanas. Dicho paisaje no le gustó lo más mínimo a Toñi, pero eso fue la primera impresión, la segunda siguió siendo la misma.

Cogemos el bus y nos fuimos p’al centro, ya que no teníamos otra cosa mejor que hacer, esa tarde nos íbamos a dedicar a hacer compras, ¡como no!

Bajamos en el cruce de Powell con Market, justo donde se encuentra una caseta que expide los tickets de los tranvías y demás transportes públicos, allí tenemos el primer contacto visual con el típico tranvía de San Francisco y que, por supuesto, nos hacemos las primeras fotos.

Subimos por Powell hacia Union Square buscando las tiendas, sobre todo Macy’s. Conforme va cayendo el día nos damos cuenta que en San Francisco hace más fresco que en la costa este, hace más viento y eso hace que pasemos más frío, con lo que hemos de encontrar alguna tienda para resguardarnos del fresco y del aire.

Visitamos Macy’s (no tiene nada que ver con el de Nueva York), Shepora, H&M, Gap, Zara,… No encontramos nada, ni para hacer regalos, ni para nosotros. Hombre, haber, hay cosas, pero no nos gustan o los precios no nos cuadran, con lo que tenemos las mismas. Al final acabamos en un centro comercial que hay enfrente de la calle Powell, en la calle Market, se llama San Francisco Center. Allí damos una vuelta y terminamos cenando en una pizzería del centro comercial. Cuando estábamos a punto de terminarnos la cena, empezaron a sonar unas sirenas, más bien unos bocinazos. Pensamos que podía ser una alarma de incendios, pero la gente estaba tan tranquila, por lo que nosotros seguimos haciendo lo mismo, sentados en la mesa terminándonos la cena. Al ratillo nos dijeron que la sirena era para que la gente supiera que se iba a cerrar el centro comercial, con lo que cogimos nuestras cosas y nos fuimos a pillar el autobús de vuelta.

Mientras esperamos el autobús, vemos la variada gente que está esperándolo. A Toñi le dan miedo. Y la verdad es que el elenco de personal es de lo más variado. Los hay de color con los típicos pantalones caídos y camisetas de la talla XXXXXL, con joyas por todos los lados; personas con las vestimentas normales, ya sean de color como blanquitos o de otra raza; indigentes con pulseras médicas en sus muñecas; indigentes sin pulseras; negros (sin ofender) vestidos con trajes blancos totalmente pulcros; góticos; jóvenes y viejos; personas que van hablando solas, y no es que mantengan una conversación con el manos libres, no, van hablando solas, es decir, que están un poco p’allá; terminator, perdón, terminator está en la casa del gobernador.

Una vez dentro, volvemos haciendo un rally por San Francisco. Si, lo que leéis, ¡un rally con un autobús! ¡y por una ciudad! La conductora nos lleva a toda velocidad por las calles del escenario de la película de Steve McQueen, “Bullit”, sorteando todos los coches que se le ponen por el camino. Eso sí, lo hace con velocidad, pero con bastante pericia. Ahora comprendía esa voz que nos decía antes de arrancar, después de cada parada, HOLD ON!, HOLD ON! (¡agárrense!, ¡agárrense!). Sino te agarrabas a alguna barra o asiento podías aparecer en el cristal trasero aplastado cual mosquito.

A la velocidad de la luz, como en el Halcón Milenario, llegamos vivitos y coleando a la casa para coger la cama, que encima la íbamos a pillar con ganas después del estrés de la vuelta.

La primera impresión de la ciudad no es buena, debido a la suciedad que hay en el centro de la misma y a la impresión que da ver a tanto indigente por la calle, al contrario que en Nueva York. De todas formas, en los días siguientes pudimos constatar que lo de la suciedad era solamente en la zona de Union Square, cosa que me extrañaría mucho, pues el ayuntamiento no fue capaz de mantener limpia la zona en todos los días que pasamos por allí. En cuanto a los indigentes, la situación fue curiosa. Tu no les molestaban y ellos no te prestaban ni la más mínima atención, ellos podían ir por cualquier sitio siempre y cuando no molestaran a nadie. Como diría aquel: “vive y deja vivir”.

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