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Posts Tagged ‘Cañón’

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Cartagena (y los alrededores) está plagada de pequeñas, y no tan pequeñas, fortificaciones militares defensivas, principalmente del siglo XIX y muy pocas de épocas anteriores, estas muy deterioradas.

Hace un tiempo nos acercamos a la ciudad y vimos el fuerte de Navidad, el único fuerte o fortificación que está restaurado en su totalidad. Tampoco necesitaba mucho para ser restaurado, pues es uno de los más pequeños de la zona. De todas formas no nos quejemos mucho que por algún sitio se empieza.

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Lo que se ha hecho es reconstruir la vieja batería de Navidad, del siglo XVII, y así poder ver como eran las defensas de la bocana del puerto en aquella época. No era la única que defendía el puerto, justo enfrente hay varias (baterías de San Isidoro y Santa Florentina, y las baterías de Santa Ana Complementaria y Acasamatada), estas si que están en ruinas de diversa consideración, que se complementaban.

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Justo encima de la batería se encuentra la Torre de Navidad del siglo XVI, prácticamente en ruina total, apenas quedan en pie cuatro piedras de sus muros.

Durante la “Revolución Cantonal” se llamaba Juan Bravo y tenía dos cañones del 16, y estuvo en uso hasta mediados del siglo XX, época en la llegó a tener 8 cañones de 9 cm. A partir de 1941 pasó a estar en desuso y poco a poco a arruinarse hasta que en un plan turístico de la ciudad de Cartagena se reconstruyó y paso a convertirse en el Centro de Interpretación de la Arquitectura Defensiva Mediterránea.

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Cuando acabamos de ver el Fuerte nos fuimos a la costa de enfrente para ver si podíamos pasar a ver las dos baterías de Santa Ana, pero estaban cerradas y nos quedamos con las ganas. Otra vez será. Con las mismas terminamos de pasar el día por Cartagena y de allí a casita.

Hasta pronto.

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Como siempre, pulsar en la fotos para poder verlas más grandes.

Como punto compensatorio a las tremendas comilonas navideñas, este año nos propusimos movernos un poco haciendo una ruta pequeña por la zona turolense en la que estábamos, la sierra de Albarracín.

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Muy tempranico y con la fresca (5º bajo cero) nos fuimos los cinco intrépidos valientes y Leo, el perro, al pueblo de Calomarde desde donde salía nuestro pequeño paseo. El barranco de la hoz es nuestro camino, nombre curioso porque ¿es un barranco o es una hoz? las dos cosas me son inverosímiles. Mejor llamémosle cañón (que si lo es) del río que lo provoca, el río Blanco, afluente del Guadalaviar y que al final es el Turia de toda la vida.

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Bien, para comenzar las andanzas hay que llegar al final del pueblo, si vienes desde Teruel, y allí meterte en un camino de tierra muy bien señalizado que sale a la derecha de la carretera. Nosotros nos metimos unos 500 metros para dejar los coches y comenzar la tourné. Al salir de los mismos, el frío nos dio un mamporro en la jeta en forma de cuchillos helados. ¡¡Qué frío, cojones!! Aún así nos abrigamos y nos fuimos para adelante como los Alicante.

El inicio es un sendero amplio con farolas y muy fácil que pasea paralelo al río (que en ese momento no existía) claramente hecho para que la gente tenga un pequeño lugar de esparcimiento, que incluso habían colocado columpios para los niños.

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Como he dicho no había río, y es que se lo tragaba la tierra un poco más adelante. En una zona más llana el agua se esparcía y con el frío que hacía se helaba. Y por algún misterio el río no continuaba, como si por acción del hielo el agua se introdujera debajo y desapareciera por debajo de la tierra. Por suerte a partir de aquí si había río y podíamos disfrutar del liquido elemento. Pasamos al lado del Moricacho, pedrusco vertical en forma de chorizo y llegamos a la presa de los ahogados, nombre que lo agarra de la trágica historia de dos paisanos que perdieron la vida en una riada que ocurrió allá por agosto de 1876. La presa se encontraba totalmente helada con una capa de varios centímetros que ni piedras gruesas lograban romper. En ciertas zonas el hielo dejaba ver las plantas acuáticas tan inmóviles que parecían muertas.

Dejamos la presa y seguimos la remontada del río. A unos cientos de metros vemos el cañón y empezamos a ascender el monte ya que no puedes ir por la base del río que se encajona por entre las rocas.

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El camino no es peligroso, pero si tienes que ir con mucho cuidado pues vas por el borde del precipicio por una senda de no más de 70 u 80 centímetros de ancha. Si tienes un descuido no lo cuentas. El sendero no es apto para personas con vértigo. Eso si es un paseo con unas vistas preciosas a la misma vez que tienes que poner los cinco sentidos para no dar un tropiezo, menos mal que no había escarcha en el camino que si no no hubiésemos podido hacer el camino.

Poco más adelante llegamos a una bifurcación, que luego a unos kilómetros se vuelven a juntar. A la izquierda bajamos junto al río, y a la derecha nos vamos monte arriba, separándonos del río hasta llegar al primer molino. Nos vamos hacia abajo para ir junto al curso del río que es donde iba a estar lo más bonico del día.

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Bien, descendemos por la senda que han preparado con una escalera de troncos para que no nos sea muy problemática la bajada ni el camino. Empezaba a ver que aquí había metido demasiado la mano el hombre.

Nos movemos junto al río con sus aguas un poco menos congeladas, con las laderas del cañón un poco más suaves aunque todavía empinadas hasta que llegamos a la boca del puente de toba. Aquí es donde se ve claramente lo que el hombre ha hecho, una pasarela para que las personas podamos disfrutar de estos sitios. Esto está muy bien, pero a veces nos pasamos con poner barandillas y pasarelas para que la gente goce de la naturaleza. No digo que no me vino bien estas estructuras metálicas y así ver el río desde otro punto de vista, no lo voy a negar, pero esto también rompe el paisaje natural que nos deberíamos encontrar, y si llegado el momento no puedes pasar, pues te vuelves por donde has venido o buscas otro sitio por donde pasar o simplemente vives lo que tienes enfrente.

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Evidentemente no nos íbamos a quedar en la puerta, así que continuamos introduciéndonos en la hoz que ha ido formando el transcurso acuático. La verdad es que a pesar de lo artificial de la pasarela esta es la única forma de ver la maravillosa oquedad que ha formado el curso del agua y quedarte perplejo con esta pequeñas cosas de la naturaleza. Al único que no le hizo gracia la utilización de la rejilla fue a nuestro precioso can, el pobre se encontraba inestable con los huecos que formaba el acero.

La ruta iba y venía tanto sobre tierra como sobre la plataforma prefabricada, siempre cerca del río, y unas veces a la derecha del curso, como otras a la izquierda. En algún momento teníamos que volver a ascender yendo por una senda estrecha, algunas veces acompañada de una barandilla o de una cadena a la que agarrarse y así no caer unos cuantos metros de precipicio. Siempre el problema venía por la inestabilidad que le creaba el entramado de acero a nuestro chucho, hasta el punto que en una escalera hacia abajo bastante empinada y con bastantes peldaños nos mantuvo un buen rato quietos hasta que conseguimos que descendiera.

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Un kilómetro después de entrar en el puente de toba, más o menos, el terreno se abre y paseamos hasta un molino, las ruinas de un molino, entre pinos, cañas y demás hierbajos. Aquí si que pudo disfrutar el perro, sin tantas pasarelas ni tantos hierros, corriendo y olisqueando todo lo que pudo y más.

Nada más pasar el molino nos paramos a tomar el tentempié buscando el rayico de sol que asomaba de entre las colinas y atravesaba las copas de los pinos. Mientras tanto decidimos que era tiempo de volver para llegar a tiempo a la comida. Y en el viaje de vuelta, más de lo mismo, la misma belleza campera y el mismo sufrir del perrico, aunque con tanto hierro en la ida el chucho se fue acostumbrando y el retorno lo hizo más ligero.

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Poco más de seis kilómetros de ruta, una miseria, pero muy bonita, y que, teniendo en cuenta los días de tanto comer en los que estábamos, venía muy bien una caminata con la que rebajar la grasa adosada a nuestra barriga y glúteos, y hacer algo diferente a estar apoltronado esperando los turrones y otros dulces varios que solo hacen que sumar calorías al body.

Esto es todo. Un placer. Hasta pronto.

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Como en otras ocasiones podeis ver las fotos más grandes pinchando en ellas.

Un día de enero de este año hicimos una escapadica para ver la fortaleza del cabo Tiñoso, en la comarca de Cartagena.

Me habían hablado de ello como una cosa a visitar y la verdad que no me defraudó nada. Bueno, tal vez un poco, pero fue más por el deterioro del lugar, a pesar del potencial turístico que tiene, más que por la fortaleza en si.

No madrugamos todo lo que debíamos haber madrugado, pensando que no iba a ser mucho lo íbamos a ver allí. Incluso habíamos planeado seguir viendo algún que otro sitio después de comer.

Eran las once, creo recordar, cuando quedamos los Hernández y los Barceló a la entrada de Cartagena desde Los Belones. Tras los besos y saludos pertinentes cogimos carretera y manta, primero hacia Cartagena, luego el desvío hacia Mazarrón, Canteras y La Azohía. Casi cuando estás llegando a La Azohía se pilla un desvío hacia la izquierda que va al pueblo de Campillo de Adentro. Se pasa esta pedanía cartagenera y a los pocos kilómetros, por una carretera estrecha, descuidada y peligrosa se llega a lo que fue un cuartel de defensa. Las baterías de Castillitos.

La batería de Castillitos, en realidad, forma parte de un trío de baterías en el cabo Tiñoso, que junto a otra batería que está situada en el otro extremo de la bahía de Cartagena, protegían la posible invasión o destrución del puerto de la ciudad. Castillitos es la más espectacular, de las que se encuentran en Tiñoso, en parte por estar “mejor” conservada que las demás.

Nosotros empezamos por la batería que está a más altura. Se acabó en 1933 y es la batería de “El Atalayón”. Subimos por un camino de tierra hasta los edificios, muchos de ellos derruidos, solo queda uno medio en pie, que es el edificio donde se encontraban las baterías antiaéreas. Lo curioso es que no es una edificación simple y ya está, no. Es de estilo neoclásico con columnas (dóricas, jónicas, no se) exteriores. Mucha ornamentación y solo para almacenar bombas y petardos de gran tamaño.

Foto propiedad de Agoniz y AFORCA

Se comenzó a construir una año después del comienzo de las otras baterías y se concluyó tres años antes que la de Castillitos (1936, aproximadamente). Este edificio estaba dotado por cuatros cañones antiaéreos Vickers de 10,5 cm. Esta es una batería de seis que hay en la zona de Cartagena, cuatro (ésta incluida) iban dirigidas hacia el mar y las otras dos (más tardías en la construcción) para, sobre todo, proteger la ciudad. Tenían un alcance de 13400 hacia el mar y de 7000 hacia el cielo, lo que comunmente se llama techo máximo.

Esta batería, como ya he comentado, era antiaérea, para defender tanto la ciudad como las propias baterías del cabo. Lo malo de este edificio es que está en muy mal estado, pero se encuentra en ese punto en el que todavía se le puede recomponer sin llegar a hacer un sobre gasto.

Desde este punto tienes una visión perfecta del Mediterráneo, y de las bahías de Cartagena y Mazarrón.

Una vez visto esto y que los críos se desfogaran un ratico saltando de un lugar a otro, comenzamos el descenso hacia otra batería. Pero antes nos metimos en un puesto de vigía o dirección de tiro, un punto en el que se tiene una muy buena visión del mar, como debía ser.

Antes de continuar la visita hicimos un breve avituallamiento en el parking y así continuar más felices y contentos.

Pasamos al lado de lo que parecían ser unas letrinas y llegamos al puesto de control de vehículos. Como en todas las instalaciones, no habían nadie para impedirnos el paso, je, je. Nos acercábamos a la batería principal del cabo Tiñoso, la de Castillitos.

Es la más espectacular, no solo porque está más restaurada o conservada (la fachada principal parece un castillo), sino por su artillería.

Conforme vas acercándote, pasas al lado de un edificio donde guardaban diferentes enseres, vamos el arsenal. Y después llegas a la fachada del castillo, con varias puertas, dos de ellas van a la zona de los dos cañones Vickers de calibre 38,1 (no confundir con el de las pistolas). Cuando llegas arriba y ves la bestialidad de cañón, no tienes otra cosa que sorprenderte por el tamaño del mismo.

Tremendos. Son los cañones (junto a los de la batería de Cenizas) más grandes y potentes jamas montados en España. El peso del tubo, sin el mecanismo del cierre, es de más de ¡¡¡86 toneladas!!!, y era capaz de lanzar una bomba de casi una tonelada (885 kilos) a una distancia de ¡¡35 kilómetros!!

¿Cómo llegaba el obús al cañón? Claro está que no iban a tener unos cuantos al lado mismo del mismo. N0, debajo del cañón, oradadas en la montaña hay unas dependencias donde se situaban los arsenales, el motor que lo hacía rotar, etc. Mediante railes los soldados llevaban las bombas desde arsenal hasta situarse justo debajo del cañón. Una vez allí una grúa subía las mismas y las colocaba justo en la boca del cañón.

Bajo el sol de invierno, todos se suben y bajan de los cañones sin ningún miramiento. La caña del mismo sirve a los niños de pasarela para cruzar el abismo. Los cañones están a disposición de todo el mundo para que cualquiera haga lo que le de la gana, sea con buena o con mala intención. Los niños se suben, los mayores se suben, los viejos no se suben, todos se hacen fotos.

Al lado de los cañones, justo detrás de ellos se encuentran los mini puntos de vigía de los mismos. No son más interesantes que otros, salvo que cuando entras en ellos para subir a la plataforma, en las paredes, hay dibujados barcos de distintas clases y nacionalidades. Bastante curioso es que entre nuestros posibles enemigos estaban Francia, USA, la Perfida Albión y otros.

Llegada esta hora, las tripas nos crujían más que la casa de Psicosis. Todavía nos quedaba una última batería, la visita se nos estaba haciendo larga. Demasiadas cosas para tan poco tiempo. Con lo cual volvimos a los coches para tragar todo lo que nos habíamos traído y unas cuantas piedras que nos encontramos por el camino.

Hecho el avituallamiento senderil, agarramos una linterna y nos fuimos a investigar las entrañas de la batería principal, lo que os he comentado ya del arsenal y motores de los cañones.

Parte superior del sistema de recarga de los cañones Vickers de 15,2.

Hay que decir que las dependencias auxiliares de los cañones están cerradas al público, pero sin vigilancia, y que el que entre, entra por su cuenta y riesgo. Eso es lo que hicimos. A través de un ventanuco nos colamos en el interior de las salas de máquinas. Nos metimos con mayor o menor dificultad, según la agilidad de cada uno, los 8 que íbamos, aunque al poco tiempo tres de nosotros (chicas todas, claro) se cagaron y salieron  huyendo del lugar. Con lo que al final estuvimos investigando los cuatro machotes y una machota.

Parte inferior del sistema de recarga de los cañones Vickers de 15,2.

Nos faltaban linternas para poder ver la dimensión de las estancias, no muy grandes, pero con mucha materia que auscultar. Primero estuvimos en la zona de los motores, para después pasar a la zona de las bombas y la pólvora. Estas habitaciones están en muy mal estado con lo que estuvimos poco tiempo por lo que pudiera pasar. Y por último vimos el sistema hidráulico para hacer subir las bombas a la superficie.

Al salir de la sala de motores nos metimos en el calculador. No tengo ni idea que era ni para que servía, pero uno se hace una ligera idea de que iba la cosa. El calculador está dentro de unas galerias subterraneas, al final de un largo pasillo, y se supone que era donde se calculaba, valga la redundancia, la longitud y la latitud, osease las coordenadas, de donde estaba situado el enemigo.

Hasta aquí fue la larga visita a la segunda batería, la de Castillitos. A partir de ese momento nos íbamos a acercar a la última batería, la de El Jorel.

Esta batería se empezó a construir en el 29 y fue la primera que se terminó (apenas una año después) Su nombre se debe a que los pescadores de la zona habían marcado en el cabo una señal para la pesca del jorel. En esta batería se instalaron cuatro cañones de 15,24 cm que tenían un alcance de poco más de 20 kilómetros, cubriendo con otras tres baterías desde  La Azohía hasta el cabo de Palos. Junto a cada cañón se encuentra un ascensor por el iban subiendo los obuses para cargarlos.

Durante la guerra civil fue la única vez que fueron utilizadas para defender la ciudad y la bahía. Ocurrió en 1936, en marzo,  en el que se logró el hundimiento del barco “Castillo Olite”. Después de esto solo se utilizaron como entrenamiento. Y en el 93 fue cuando se utilizaron por última vez, tanto estas del cabo Tiñoso como todas las demás de las inmediaciones de Cartagena.

A partir de aquí estuvieron, están y estarán expuestas al vandalismo como no cambie la cosa. Esto a pesar que fueron declaradas Bien de Interés Cultural en el 97 y protegidas como monumento conforme a la ley del Patrimonio Histórico Español.

Una vez que vimos esta batería, las fuerzas llegaban a su fin, tanto en mayores como en pequeños, con lo que decidimos dar por terminada la visita, extensa visita, al cabo Tiñoso. Aún nos dejamos por el ver el faro y la punta del cabo, pero ya no podíamos más. Otro día con más tiempo y ganas volveremos y terminaremos la visita.

Bien, pues ahora las baterías son propiedad del Ministerio de Medio Ambiente y le corresponde a ellos mantenerlas. Por lo que creo, hay previsto algo para restaurarlas, pero en el momento de crisis en el que estamos, supongo que va para largo la cosa. Espero que no sea demasiado tarde cuando vayan a hacer algo. El lugar merece la pena que esté en buen estado, es más, incluso se podría hasta cobrar para poder verlas, como cualquier otro museo. Merece la pena conservar esta parte de historia, bélica, pero historia al fin y al cabo.

Hasta pronto.

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