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Temía que nos quedáramos dormidos a pesar del despertador, pero el reloj sonó a las cinco de la mañana y nos levantamos sin problemas. Con sueño debido a la hora tan temprana, pero con buen ánimo. Nos vamos a San Francisco, nuestro último destino del viaje. Hoy nos esperaba un viaje largo, de estancias en aeropuertos y de cambios horarios.

Recogemos las cosas y, antes de salir, volvemos a mirar por encima para comprobar que no nos dejamos nada y salimos del apartamento.

Por las calles apenas hay movimiento y en la frontera no hay nadie. Solo hay una cabina en funcionamiento a esa hora. Supongo que al guardia le habremos servido de despertador. Nos hace las últimas preguntas, menos de las habituales, y pasamos la frontera hacia el aeropuerto. Por fin dejaremos de ver los caretos a los guardias y de pasarlo mal cada vez que la cruzamos.

Dejamos el coche en su aparcamiento y facturamos las maletas con la esperanza de que también esté la maleta perdida y que no nos pierdan ninguna otra. De paso, por si acaso, nosotros hemos dividido la ropa entre las dos maletas y así no encontrarnos en bolas cuando aterricemos en el aeropuerto de San Francisco.

Pasamos a la zona de embarque y allí desayunamos fatal. Mientras llega la hora de embarque pasamos el tiempo hablando, leyendo o paseando por la terminal. No hay vuelo directo desde Buffalo y en su día escogimos un vuelo que hace escala en Atlanta y no en Chicago o en Cleveland. Lo escogimos porque, aunque había que madrugar, era el que más temprano llegaba a San Francisco, las cuatro y pico, horario de la costa oeste. Los vuelos que iban por el norte salían más tarde, pero llegaban mucho más tarde, y además estábamos más horas en el aeropuerto de trasbordo lo que significaba más horas para llegar a la ciudad dorada.

El vuelo a Atlanta se hizo de lo más normal, pero al llegar al mismo, me quedé sorprendido por la dimensión del aeropuerto. Tenía siete u ocho terminales, todas en línea recta y estaban unidas unas con las otras con un tren eléctrico subterráneo. Cuando subimos a la zona de espera la vista se pierde en la lejanía de lo tremendo que es. Buscamos nuestro sitio y a través de las ventanas se podía ver que el aeropuerto tiene, como mínimo, tres pistas de aterrizaje y despegue, dos en paralelo y otra cruzada en perpendicular con estas. Era curioso como los aviones aterrizaban y despegaban de dos en dos.

Mientras dos se quedan cuidando de las cosas, los otros dos se van en busca de comida y luego al revés. Como en los aeropuertos no suelen haber restaurantes más o menos buenos y apenas teníamos una par de horas para comer, buscamos algo “decente” para meternos en el estómago. Yo comí una hamburguesa (como no) con bacon y chili, muy buena, pero picante, chorretosa y grasienta en demasía. Los demás tomaron algo menos seboso y con menos colesterol que lo mío, es decir, más verde y menos carne. Estos verduleros, digo vegetarianos.

Estábamos comiendo cuando vimos a través de los ventanales como traían las maletas correspondientes a nuestro vuelo. Los cuatro nos pusimos atentos para ver si veíamos la maleta de Encarna. Vimos como metían las nuestras y una grande y rosa, sin embargo la pequeña no la vimos. Pero, de todos modos, cuando las metían vimos varias del mismo tono y pensamos que podían haber metido la maleta sin darnos cuenta, o como no venían en nuestro primer vuelo, pensamos que, tal vez, ya la habían metido en otro momento en la bodega del avión.

A las tres de la tarde salimos de Atlanta. Lo que veíamos desde la terminal lo comprobé desde el avión, al mismo tiempo que salíamos nosotros salía otro avión a unos 400 metros de distancia en paralelo. Los dos llevábamos la misma velocidad y levantamos el vuelo a la vez, a pesar de que el otro avión era más pequeño y ligero que el nuestro.

El vuelo se nos hizo muy ameno, debido a que iba una azafata hispana muy graciosa, cada vez que pasaba por nuestro lado nos gastaba una broma y nos hacía reír un rato. También nos puso mote a los dos hombres. A mi llamó “pancita”, ¿porqué será? y a Juanpe, “dormilón” ya que se tiró la primera parte del viaje sobao.

Tras cuatro horas y pico de vuelo nos disponemos a tomar tierra en SF y comienza a descender. Dejamos de ver tierra y vemos solamente agua. Como todos ustedes saben muy bien, SF está situada en una península que cierra una bahía, y el aeropuerto está situado justo al sur de la ciudad y pegado a la costa del entrante de agua. Pues bien, conforme descendemos se va acercando más y más, más y más, más y más el avión al agua. Parece que no va a llegar nunca la tierra. Da la sensación que vamos a amerizar en lugar de aterrizar. Justo cuando prácticamente íbamos a tocar el agua aparece la pista de aterrizaje y apenas unos segundos después se posan las ruedas del avión tranquilizando a mi corazón. Estaba claro que no había ningún problema, por que sino nos habían hecho tomar unas medidas de aterrizaje de emergencia, pero conforme descendíamos parecía, tal cual, un amerizaje más que un aterrizaje.

Cuando vamos a por nuestras maletas con la esperanza de que encontraríamos la maleta perdida, resulta que nos encontramos con la misma historia de Buffalo. La maleta no apareció. Entre enfadados y desilusionados nos acercamos a la oficina de Delta para que nos vuelvan a decir lo mismo que dos días atrás, que no saben donde anda la maletica. Esta vez conseguimos que nos dieran un código para saber como estaba la situación de la maleta a través de la página web de Delta, lo cual era un avance, ya que no nos obligaba a ir al aeropuerto, y además nos pidieron nuestra dirección en San Francisco para mandarnos la maleta en cuanto apareciera.

Pasó una hora y pico antes de que tomáramos un taxi y nos fuéramos para SF. Durante el camino me tuve que sentar en el asiento de delante, otra vez, pero esta vez fue más fácil entenderse con el conductor. La putada fue que nos enteramos, durante el trayecto a la ciudad y a través de la radio del coche, del accidente aéreo de Madrid. No fue un shock, pero si un susto y un problema, porque a partir de ese momento nuestras familias estarían más preocupadas por el tema de los vuelos y lo primero que teníamos que hacer era tranquilizarlos, así que en cuanto pudimos nos pusimos a llamar por teléfono a todos y que vieran que a nosotros no nos había pasado nada.

El taxista nos deja en el sitio y ahora viene el problema del apartamento. Habíamos quedado con los dueños, bueno dueñas en este caso, que cuando saliéramos del aeropuerto les llamáramos para que estuvieran esperándonos. Lo que pasó es que no llamamos en el momento oportuno y si lo hicimos en cuanto llegamos a la puerta del apartamento. Tuve que luchar con las interferencias, con el idioma, conmigo mismo, para poder entender que el apartamento estaba abierto y que solo teníamos que empujar la puerta y entrar.

Dentro, encima de un aparador, las dueñas nos habían dejado unas pequeñas instrucciones sobre como proceder con el pago del piso. Ellas querían que les metiéramos un sobre con el dinero en el buzón de la puerta de al lado, que era donde, seguramente, ellas vivían. A nosotros no nos cuadró el tema y no se lo dejamos hasta el día siguiente que nos lo volvieron a pedir a través de una nota que nos echaron en el buzón. Nosotros queríamos conocerlas y así poder preguntarles sobre cosas del apartamento, como funcionamiento de electrodomésticos y cosas de esas. Pero no hubo manera de verlas ni de oírlas.

El piso era muy chulo, tipo de los que hay en la ciudad. Constaba de dos plantas, la baja era la nuestra. Está situado en la calle Steiner, 332 y es grande, pero oscuro y con mobiliario viejo. Cuando entras te recibe un olor a viejo, a mi no me causa buena impresión, pero en cambio a Encanni, si. Conforme vamos viéndolo va cambiando mi opinión sobre él. Es alargado, y nada más entrar a mano izquierda está el salón y la cocina. A la derecha estaba el pasillo que acababa en las dos habitaciones y un aseo completo. Tenía garaje, que no utilizamos, y un “jardín” en la parte trasera.

Una vez sorteadas las habitaciones, que, por cierto, las dos tenían cama de matrimonio, y colocar unas cuantas cosas en los armarios salimos con ganas de descubrir la ciudad.

Lo primero que hacemos es buscar una parada de autobús que nos lleve al centro. Gracias a un plano de las líneas de autobuses que nos bajamos de Internet vemos que una de dichas líneas pasa por la calle perpendicular a la nuestra, solo que en la esquina trasera, así que nos vamos hacia allá para pillar el primero que pase. Cuando llegamos a dicha calle, Haight street, el color salta a nuestros ojos, casas, tiendas, bares, todos llenos de mucho colorido. Eso si, también había una cantidad ingente de personajes vestidos de muchas formas distintas y de diferentes culturas o tribus metropolitanas. Dicho paisaje no le gustó lo más mínimo a Toñi, pero eso fue la primera impresión, la segunda siguió siendo la misma.

Cogemos el bus y nos fuimos p’al centro, ya que no teníamos otra cosa mejor que hacer, esa tarde nos íbamos a dedicar a hacer compras, ¡como no!

Bajamos en el cruce de Powell con Market, justo donde se encuentra una caseta que expide los tickets de los tranvías y demás transportes públicos, allí tenemos el primer contacto visual con el típico tranvía de San Francisco y que, por supuesto, nos hacemos las primeras fotos.

Subimos por Powell hacia Union Square buscando las tiendas, sobre todo Macy’s. Conforme va cayendo el día nos damos cuenta que en San Francisco hace más fresco que en la costa este, hace más viento y eso hace que pasemos más frío, con lo que hemos de encontrar alguna tienda para resguardarnos del fresco y del aire.

Visitamos Macy’s (no tiene nada que ver con el de Nueva York), Shepora, H&M, Gap, Zara,… No encontramos nada, ni para hacer regalos, ni para nosotros. Hombre, haber, hay cosas, pero no nos gustan o los precios no nos cuadran, con lo que tenemos las mismas. Al final acabamos en un centro comercial que hay enfrente de la calle Powell, en la calle Market, se llama San Francisco Center. Allí damos una vuelta y terminamos cenando en una pizzería del centro comercial. Cuando estábamos a punto de terminarnos la cena, empezaron a sonar unas sirenas, más bien unos bocinazos. Pensamos que podía ser una alarma de incendios, pero la gente estaba tan tranquila, por lo que nosotros seguimos haciendo lo mismo, sentados en la mesa terminándonos la cena. Al ratillo nos dijeron que la sirena era para que la gente supiera que se iba a cerrar el centro comercial, con lo que cogimos nuestras cosas y nos fuimos a pillar el autobús de vuelta.

Mientras esperamos el autobús, vemos la variada gente que está esperándolo. A Toñi le dan miedo. Y la verdad es que el elenco de personal es de lo más variado. Los hay de color con los típicos pantalones caídos y camisetas de la talla XXXXXL, con joyas por todos los lados; personas con las vestimentas normales, ya sean de color como blanquitos o de otra raza; indigentes con pulseras médicas en sus muñecas; indigentes sin pulseras; negros (sin ofender) vestidos con trajes blancos totalmente pulcros; góticos; jóvenes y viejos; personas que van hablando solas, y no es que mantengan una conversación con el manos libres, no, van hablando solas, es decir, que están un poco p’allá; terminator, perdón, terminator está en la casa del gobernador.

Una vez dentro, volvemos haciendo un rally por San Francisco. Si, lo que leéis, ¡un rally con un autobús! ¡y por una ciudad! La conductora nos lleva a toda velocidad por las calles del escenario de la película de Steve McQueen, “Bullit”, sorteando todos los coches que se le ponen por el camino. Eso sí, lo hace con velocidad, pero con bastante pericia. Ahora comprendía esa voz que nos decía antes de arrancar, después de cada parada, HOLD ON!, HOLD ON! (¡agárrense!, ¡agárrense!). Sino te agarrabas a alguna barra o asiento podías aparecer en el cristal trasero aplastado cual mosquito.

A la velocidad de la luz, como en el Halcón Milenario, llegamos vivitos y coleando a la casa para coger la cama, que encima la íbamos a pillar con ganas después del estrés de la vuelta.

La primera impresión de la ciudad no es buena, debido a la suciedad que hay en el centro de la misma y a la impresión que da ver a tanto indigente por la calle, al contrario que en Nueva York. De todas formas, en los días siguientes pudimos constatar que lo de la suciedad era solamente en la zona de Union Square, cosa que me extrañaría mucho, pues el ayuntamiento no fue capaz de mantener limpia la zona en todos los días que pasamos por allí. En cuanto a los indigentes, la situación fue curiosa. Tu no les molestaban y ellos no te prestaban ni la más mínima atención, ellos podían ir por cualquier sitio siempre y cuando no molestaran a nadie. Como diría aquel: “vive y deja vivir”.

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