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Posts Tagged ‘De La Porta’

Primer y único día que refrescó en todas las vacances. Se levantó nublaico con lo que podría sorprendernos con unas gotas o con una tormenta de narices. La suerte fue que solo cayeron unas gotas, las suficientes para tener que comprar un mini paraguas a los chinos (que lo utilizamos durante apenas una hora) para no mojarnos, y que refrescara el ambiente y las calles y no pasáramos un calor de mil demonios.

Como todos, o casi todos los días nos desperezamos lentamente. Lo que más costaba enderezar eran los críos, y para más inri, se ponían a ver los dibujos animados y Disney Chanel en italiano, que no se enteraban de nada, a ellos les daba lo mismo. Teníamos que cogerlos de las orejas para que desayunaran, hicieran las camas, se lavaran la cara y los dientes, y, una vez hechas las tareas domésticas, ya podían vagabundear por la casa, o por internet, que era donde más disfrutaban los niñicos, era donde ellos querían estar todos los días, eso de ver piedras y monumentos no les llamaba la atención, eso es cosa de mayores.

Más o menos sobre las diez cogimos carretera y manta. Nuestro autobusico (este día prácticamente lo íbamos a hacer en bus) nos iba a dejar detrás de la tarta de la plaza Venecia. Allí nos separamos, unos nos acercamos al claustro de San Pietro in Vincoli andando y otros se quedaron a esperar el autobús que les llevara más cerca. Mientras discutíamos la situación, comenzó a chispear y entonces aparecieron de la nada los indues que vendían relojes u otros artefactos y que llevaban paraguas. Era sorprendente que lo que vendían el día anterior eran juguetes, relojes, gafas de sol y justo por la mañana que no había empezado a llover y ya llevaban paraguas. La logística de estas personas era alucinante.

Quedamos justo en las escaleras de la calle Cavour que ascienden hasta la puerta del claustro. Enfrente de estas, en la otra acera, había un chino y Toñi y Geli se acercaron para comprar unos paraguas, que, por suerte, luego utilizaron bien poco.

Ascendimos por las escaleras, un buen tramo de escaleras, pasando por un túnel que había debajo de uno de los edificios que rodean la plaza donde está San Pietro.

Al llegar a la plaza vimos lo simple, artísticamente hablando,  que era la basílica de San Pedro Encadenado. Nos protegimos de la fina lluvia en el porche de la misma, donde lo hacían también un buen número de turistas. A esta iglesia vinimos a ver la tumba del papa Julio II, que fue el que la restauró (la iglesia), allá por la edad media.

La iglesia la mandó construir la emperatriz Eudoxia para contener una de las cadenas con las que estuvo apresado San Pedro. Años más adelante se consiguieron otras cadenas que se utilizaron para lo mismo, y se colocaron juntas y, oye,  milagrosamente se unieron.

Como ya he dicho la iglesia es muy simple, no tiene mucha ornamentación. Lo único destacable (para mi) es el Moisés de Miguel Ángel. Lo que iba a ser un macro mausoleo para el papa Julio II, se quedó en apenas unas cuantas figuras. Eso si el Moisés es sensacional, tiene un realismo en sus formas que parece que te va a decir algo cuando lo miras. Unos dicen que el Moisés es “la tragedia de la vida de Miguel Ángel”, otros dicen que el autor cuando concluyó la obra le dio una palmada en la rodilla y le dijo “hablame”. De todas formas, es la obra que más tardó en terminar, empezó en 1513 y terminó 40 años después.

Al salir de la iglesia nos encontramos que apenas llovía. Deshicimos lo andado y volvimos a tomar las escaleras, esta vez, en dirección descendente. Nos fuimos a la derecha en la vía Cavour, ahora andando, dejamos el bus para otro momento. Nos íbamos a ver una de las cuatro magníficas (más bien patriarcales) de Roma. La basílica de Santa María la Mayor.

¿Qué es eso de las cuatro iglesias patriarcales o iglesias mayores? Patriarcal es el título de mayor rango que se le da a una iglesia. En un altar de una iglesia patriarcal no puede oficiar nadie que no sea el Papa. En este caso hay cuatro iglesias mayores o patriarcales: San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Estas cuatro junto a una basílica menor, San Lorenzo Extramuros, forman la Pentarquía. Básicamente, significa que son las cinco iglesias primordiales o principales de la iglesia católica. Junto a estas cuatro + una, había otras dos que eran consideradas mayores, pero que ahora son menores, la de San Sebastián Extramuros y la de la Santa Croce in Gerusalem.

Doblamos muy ligeramente hacia la derecha cogiendo la calle de Santa María la Mayor, y en la esquina de esta con la calle Liberiana decidimos tomar un cafelito, sentándose algunos en el bar que hay en esa esquina y de cuyo nombre no quiero acordarme, no por ningún motivo funesto, sino porque era un bar como otro cualquiera. Allí, mientras un par tomaba café, otros se fueron a la plaza de la entrada principal de la basílica y otros, entre ellos yo, nos fuimos a afotar la parte trasera de la misma, en la plaza del Esquilino.

Ya había dejado de llover y podíamos, de momento, movernos sin ningún problema meteorológico. En la plaza hay un obelisco, otro más (tendré que hablar de ellos en alguna entrada), en el centro, con apenas cuatro árboles en un lado y la parte trasera de la basílica en un lado. Ésta, con el obelisco, y la limpieza de la plaza, forman un conjunto muy ameno y tranquilo por el que pasear y/o permanecer. Supongo que a pleno sol, otro gallo cantaría, pero con el día nublado se estaba muy bien. También hay que tener en cuenta que la gente, normalmente, está en la parte de la fachada, no en la de la parte de atrás, je, je.

Bueno, nos fuimos para adelante a ver la fachada de la basílica y poder entrar en ella. La iglesia posee varios nombres, además del sabido, también se le llama como basílica de Santa María della Neve y basílica Liberiana. Liberiana porque la mandó construir el papa Liberio debido a una visión que tuvo cuando la Virgen María le dijo que construyera la iglesia en un lugar nevado. Al ser agosto era difícil que nevara, pero el 5 de ese mes cayó una nevada donde ahora está la basílica. Esto ocurrió en el año 358 (con lo que no lo pude constatar el dato con ningún abuelo del lugar, todos habían ya fallecido, una lástima) De aquí el nombre de Santa María de las Nieves. Todos los años se conmemora el milagro lanzando pétalos blancos desde la bóveda. Esta basílica es la más grande que se dedica al culto de la Virgen María en Roma.

Desde la plaza de entrada se puede apreciar como la basílica parece más un palacio que una iglesia. Así lo utilizaron los papas durante un tiempo después de su llegada desde Avignon. Su interior es típico, tres naves separadas unas de otras con grandes columnas. En la nave central se puede contemplar su techo pagado por los Reyes Católicos con el oro del nuevo mundo, es decir, América. Su campanario es el más alto de toda Roma. Una curiosidad es que la basílica no es italiana, por unos pactos o tratados forma parte del estado del Vaticano.

Aquí están enterrados dos papas, Pablo V y Sixto V. Este último realizó una de las capillas de la basílica y se llama igual que la de San Pedro, sixtina. También aquí está enterrado Bernini, aunque de una forma mucho más modesta, apenas una losa en el suelo con su nombre.

El “cura” a cargo de la basílica (nombrado por el papa) es el arcipreste español, y casi paisano, Santos Abril y Castelló. Digo “casi paisano” por que es turolense, de Alfambra, y mis antepasados inmediatos son también de la provincia de Teruel.

Después de esta maravilla, tocaba ir a otra de las grandes, San Juan de Letrán. Entre Santa María y San Juan solo debíamos bajar por la calle Merulana que conectan las dos basílicas, pero la puñetera calle tiene más de un kilómetro de largo, así que pillamos un autobús que nos bajó hasta la mismísima puerta de la iglesia.

Abajo, a varios de nosotros (entre ellos alguno de los niños) nos entró ganas de miccionar y había que hacerlo antes de entrar no fuera a ser que ensuciáramos los mármoles de la iglesia. Así nos dirigimos a buscar un lugar donde hacerlo, sin levantar sospechas. Por las cercanías de la puerta principal no había ningún local al que entrar disimuladamente y realizar el acto.

Cerca se encontraba una de las puertas de la ciudad, así que salimos por allí en busca de un bareto en el que colarnos. Na, justo al cruzar el arco había un mercado y en los edificios de allí un bareto en el que depositar el líquido interno. Por supuesto, antes y después de dicha acción, el menda estuvo haciendo unas cuantas foticos al entorno.

De vuelta al grupo, entramos en San Giovanni in Lanterano, otra de las grandes de la iglesia de Roma y todo el mundo católico, y la catedral (oficial) de Roma, ni San Pedro, ni Santa María la Mayor, ni Cristo que los fundo (con perdón). Es esta archibasílica la que hace la función de catedral de la ciudad eterna.

El nombre oficial de la basílica es Archibasílica del Salvador y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista, pero podemos llamarla San Juan de Letrán. Más fácil, ¿no?

Cuando pasas te encuentras en un museo, en un paraíso del arte. La basílica es tremenda, es maravillosa. Te sitúas en la nave central y observas las doce estatuas de los doce apóstoles con el baldaquino y el altar al fondo. En la iglesia pusieron las manos Borromini, Rusconi o de la Porta, aunque casi todos los grandes participaron en la construcción de la misma. Los dos primeros fueron los responsables de la mayoría de los apóstoles.

Todo el mundo visita San Pedro (que la merece), pero a la hora que fuimos a ver la iglesia apenas encontramos gente y creo que esta basílica merece tanto o más que San Pedro. Por lo menos es lo que a mi me parece. Yo me quedé boquiabierto al ver la iglesia y eso que no vimos prácticamente nada de la misma. En los edificios colindantes se encuentran un baptisterio octogonal que dicen que es digno de ver y en el palacio lateranense se encuentran la escalera santa, la que dicen que había en el palacio de Poncio Pilato y que subió Jesucristo. No se puede subir de pie, solo se puede ascender de rodillas u arrastras. También nos perdimos el claustro. Vamos que si nos damos cuenta no hubiésemos visto ni la basílica.

Salimos de la misma por la puerta lateral que hay en el crucero derecho. Sales a la plaza donde se encuentra el obelisco más alto de Roma, con el palacio latereranense a la derecha. Poco a poco nos fuimos reuniendo en la plaza de San Giovanni, y todos íbamos saliendo con las tripas cantando. Por lo tanto, llegó la hora de jalar. Justo enfrente del obelisco, al principio de la via Merulana, a la derecha conforme andábamos, se encuentra una de las pizzerías más buenas en las que comimos, la pizzeria Merulana (original nombre). No comimos nada más especial que otros días, pero todo estaba muy bueno y el ambiente era bastante cálido y confortable, además los precios fueron de lo más normal, conforme a lo que comimos. Vamos que recomiendo el lugar para todo aquel que visite la ciudad.

Llegado este momento volvimos a coger carretera y manta, en este caso, calle y chal. Nos dirigimos hacia la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalem que apenas se encontraba a un kilómetro del restaurante. Lo que no recuerdo es si pillamos autobús, a pesar de la corta distancia, o fuimos un rato andando y otro caminando. El caso es que cuando llegamos a la iglesia que mandó construir Helena, madre de Constantino, para conservar las reliquias que trajo de Tierra Santa, nos la encontramos cerrada, a pesar que no era una hora muy extravagante.

La iglesia, como ya he dicho, fue realizada para contener las reliquias que se trajo Santa Helena de Jerusalem. Esta era tan devota, o tan chiflada, que se trajo tierra para construir la iglesia sobre la misma. Dicen que contiene varios trozos de la Cruz, parte de la inscripción INRI, dos espinas de la corona, un clavo de la Cruz y un dedo de Santo Tomás. Pero todavía está por ver si todas la reliquias son verdaderas (oficialmente hablando). Creo que va siendo hora de comprobarlo, después de haber pasado casi 2000 años desde que las trajo la santa.

Sin perder más tiempo nos montamos en el tranvía y nos fuimos hasta San Lorenzo Extramuros, otra de las siete iglesias principales de peregrinación de Roma. Solo nos quedaría San Pablo Extramuros y San Esteban. Esta última no la veríamos, dijimos de dejarla para otro viaje. Y San Pablo si la veríamos, pero un par de días después.

Eran poco más de las seis de la tarde, pero el cansancio empezaba a salirnos por los poros, cuando empezamos a ver la iglesia, esta si estaba abierta, dedicada a San Lorenzo, que murió de una forma muy “curiosa”, fue asado a fuego latente (osea, a la brasa). El que lo hizo era un verdadero bárbaro.

La iglesia es la unión de dos, una del siglo 4, la original dedicada al santo, y otra del siglo 7. Pero fue en el siglo 13 cuando se unieron las dos al tirar sus ábsides. Está dispuesta en dos alturas, la vieja es la parte alta y la nueva es la baja. El altar se encuentra encima de la cripta y en la parte alta. La iglesia no es un lechado de ornamentación, pero es original eso de tener dos alturas, y las columnas que separan las naves, sobre todo en la parte vieja, son preciosas.

Después de esto ya nos quedaba poco que ver en el día de hoy. Volvimos a pillar un bus que nos dejó al lado de la basílica de San Clemente, a la cual llegamos tarde y estaba cerrada, solo pudimos pasar a un pequeño claustro que es la antesala de la basílica. La iglesia dedicada a este santo-mártir apenas se ve desde fuera, pues esta metida unos metros hacia abajo y por fuera pasa desapercibida ya que su majestuosidad está en su interior, dicen, ya que no pasamos. Si no sabes que está ahí pasas de largo sin darte cuenta.

A partir de aquí fue el único momento que paseamos largo y tendido en todo el día, fuimos desde la basílica de San Clemente hasta la Piazza Venezia, pasando al lado del coliseo y subiendo por la vía de los Foros Imperiales.

Salimos de la basílica por la vía de San Giovanni in Lanterano hacia el coliseo. Al llegar al final de la calle, o principio, según se mire, vemos unas ruinas, es el Ludus Magnus, el mayor gimnasio de gladiadores de Roma, construido por el emperador Domiciano en el siglo I. Estaba comunicado mediante túneles con el Coliseo y tenía su pequeño anfiteatro donde se entrenaban los gladiadores.

Rodeamos el Coliseo por la derecha, según nuestra dirección, y pasamos a la acera de la derecha de la vía de los Foros Imperiales para llegar a ellos más directamente. Los foros están compuestos por varios foros dedicados a otros tantos emperadores y están partidos por la vía de los Foros Imperiales que fue construida por el puto Musolini para poder realizar desfiles militares y así resaltar su ego por encima del ego de los antiguos emperadores.

Los foros dedicados a Nerva, Augusto y Trajano están a la derecha, según vas a Venezia, y el de Vespasiano y el más conocido, al que se llama romano, están a la izquierda. Este último lo íbamos a visitar al día siguiente.

Algunos dirían que solo son piedras tiradas en el suelo colocadas con cierto orden, y en parte pueden tener razón, pero si usas un poco la imaginación y terminas las construcciones con la mente puedes llegar a ver lo majestuosos que debieron ser estos centros de vida política y económica de Roma. Sobre todo el Foro Trajano, con el mercado semicircular y la tremenda columna Trajana, con su espiral grabada con 2600 figuras que cuenta la historia de las campañas militares contra los dacios, tiene una altura de 30 metros y está coronada con una figura de San Pedro, aunque originalmente había una de Trajano. En su base se guardaron los restos del emperador, una vez muerto, claro.

Ya llegaba a su fin este día y solo quedaba cenar e ir a acostarnos. No me acuerdo donde cenamos, pero teniendo en cuenta el sitio en el que estábamos yo diría que acabamos en el Pizzarito que hay cerca de la plaza de Venecia. En la cena acordamos que al día siguiente íbamos a ir solo Juanpe, Encarna, Toñi y yo al Foro Romano, ya que mis cuñados y mi sobrina lo vieron en la anterior visita que hicieron a la ciudad y mis críos estaban ya un poco hartos de tanta piedra y tanto paseo, así que descansarían esa mañana y nosotros podríamos ver las ruinas con tranquilidad absoluta. Todos ganábamos.

Cenados, cogimos el bus de vuelta al apartamento. Ducha, dientes y a la cama a sobar. Mañana sería otro día, otro día largo.

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Resulta chocante, cuanto menos, que en una ciudad que en verano estás asado de calor, comparable al calor que hace en nuestra ciudad, Murcia, y lo caótica que parece, tenga una cantidad tremenda de fuentes, a cual más bonita y espectacular, y además, el agua que mana de ellas sea tan fresca y buena de sabor.

Todo tiene una fácil explicación. Resulta que todavía se usan (en su mayoría, supongo, no en todos los lugares) las antiguas canalizaciones del Imperio Romano, con lo cual, esas mismas están a una profundidad bastante profunda, valga la redundancia, esta profundidad hace que no le afecte el calor exterior, ni del asfalto. Esto en cuanto a la frescura.

En cuanto al sabor, es de donde se nutre. Los romanos (antiguos) construyeron infinidad de acueductos por los que traer el agua de los manantiales y lagos colindantes. Los romanos no eran tontos y no llevaban cualquier agua a su ciudad, ellos querían lo mejor de los mejor, era agua escogida.

Lo espectacular ya vino en épocas posteriores, de la mano de artistas y genios que eran “patrocinados” por potentados y papas de susodichas épocas, que lo único que querían era pasar como personajes únicos por las obras realizadas. De ahí vinieron las distintas mastodónticas fuentes de Trevi, del Agua Feliz, de los Cuatro Ríos, entre otras.

En este post os voy a contar algo de algunas de esas fuentes, junto a sus correspondientes fotos. Por supuesto, por falta de tiempo (en el viaje), se me escaparon algunas, de las cuales solo las mencionaré. Tendré que volver para terminar de verlas.

Fuente de las Tortugas.

Dicen que es una de las más bonitas fuentes de Roma. Pues me la perdí, el día que tocaba ya habíamos visto mucho estábamos machacados, con lo que no llegamos a verla. Se encuentra en el barrio judio, entre el Largo Argentina y el Tiber, en la plaza Mattei, y es obra de De La Porta, aunque las tortugas se pusieron a posteriori y son obra de Bernini.

Su agua procede del acueducto Virgo.

Fuente del Moro.

Una de las tres fuentes que se encuentran en la plaza Navona. También es de De La Porta y también fue modificada por Bernini, precisamente colocó la figura del moro en el centro de la fuente.

Esta se nutre del acueducto Marcia.

Fuente de los Cuatro Ríos.

Es la fuente central de la plaza Navona y, sin discusión, la más espectacular. Está dedicada a los cuatro ríos más grandes conocidos de la época en que se hizo, Danubio, Nilo, Ganges y Río de la Plata. La fuente la realizó Bernini por orden del papa Inocencio X. En ella se encuentran cuatro figuras humanas que representan a los cuatro ríos mencionados, y otras figuras menores como plantas y animales (león, caballo, dragón, etc.). Todo ello está coronado con un obelisco egipcio de la época romana. Uno disfruta viendo la fuente una y otra vez, es una maravilla. Lo malo fue la época en la que fuimos, verano, que estaba atestada de gente, y no podías gozar con tranquilidad de la misma.

El acueducto Virgo es el que le lleva el agua.

Fuente de Neptuno.

Fuente situada en la esquina norte de la plaza Navona, y forma el triunvirato con las del Moro y los Cuatro Ríos. Antíguamente (cuando se hizo) no incorporaba ninguna figura destacable y se llamaba “dei Calderari” (de los calderos), por una calle que había al lado donde se hacían calderos y ollas. También es obra de De La Porta, pero, como he dicho, en esta se debió esmerar muy poco, o había muy poco dinero. Las figuras de Neptuno luchando con un pulpo, y las de las Nereidas, cupidos y caballitos no se incorporaron hasta mediados del siglo XIX. Evidentemente, fue a partir de este siglo cuando tomo el nombre actual de Neptuno.

Le llega el agua del acueducto Virgo.

Fuente del Tritón.

Se encuentra en la plaza Barberini. Es otra de las fuentes de Bernini que hizo por mandato de los Barberini, en este caso, por el papa Urbano VIII. La fuente es Tritón lanzando agua a través de una caracola sentado en una concha. Alrededor de las figuras aparecen abejas, símbolo de los Barberini. En esta fuente, como en otras, también está la tontería de que si lanzas una moneda vuelves a Roma. Como no lancé ninguna moneda, ni en esta, ni en ninguna otra, creo que los dioses no me dejarán volver a Roma.

Le cae el agua del acueducto Agua Feliz.

Fuente de las Abejas.

En italiano “delle Api”. El propio nombre ya indica quién la mandó construir, los Barberni, cuyo símbolo son las abejas, y también la realizó uno de sus “vasayos”, Bernini. Da la casualidad que también está cerca, en la misma plaza, la plaza Barberini, que otra del mismo autor, la del Tritón, aunque esta está un poco más escondida, si no sabes que está allí no la ves, además que es más pequeña y que el diseño hace que no parezca una fuente, es una ostra gigante (sin perla) abierta de par en par con tres abejas en el centro.

Al igual que su partener de plaza, el agua, también, viene del Agua Feliz.

 

Fuente del Agua Feliz o del Moises.

Para mi es la más fea, o una de las más feas, de la ciudad. Parece más un arco de triunfo que una fuente, con un pedazo de Moises en el arco central, que asusta más que otra cosa. Parece decir que nos vayamos con viento fresco a beber a otra fuente más que invitarnos a beber de ella.

La realizó Giovanni Fontana a petición del papa Sixto V con la intención de suministrar agua al Quirinale. Además del Moises y los relives de los arcos laterales, tiene la fuente cuatro leones que fueron encontrados en el Panteón de Agripa. Estos son ahora copias, los originales están en los Museos Vaticanos.

El agua viene del acueducto Agua Feliz, en la antigüedad, el acueducto Alessandrino.

Fuente de la Barcaza.

Bernini hizo multitud de fuentes y una de ellas no fue esta. Esta fue hecha por su padre, Pietro Bernini. Situada en la plaza de España, a los pies de la escalinata, entre esta y la calle Condotti. Simula un barco, pero un barco hundido. Resulta curioso que un barco debería flotar, pero el asfalto moderno u otras obras han hecho que te tengas que acercar mucho para poder ver la fuente, al contrario que todas las demás fuentes. Vista desde lejos (si la gente te lo permite) parece que está hundida.

Le suministra agua el acueducto Virgo.

Las Cuatro Fuentes.

En el cruce de las calle Cuatro Fuentes y Quirinale, una fuente en cada esquina, están las fuentes que forman el conjunto de las Cuatro Fuentes. El Arno, el Tiber, Diana y Guinone son los nombres de cada una de ellas. Las dos primeras, representadas por hombres, simbolizan a Roma y Florencia, y las dos últimas, son féminas y representan la fidelidad y fuerza. El Tiber, Arno y Guinone fueron hechas por Domenico Fontana, el hermano del que realizó la fuente de Moises, y Diana fue realizada por Pietro da Cortona. Todas fueron financiadas por Mattei, el mismo que mandó construir la de las Tortugas.

Su agua viene del acueducto Agua Feliz.

Fuente del Agua Paola.

Otra fuente pequeñita. Muy similar a la del Moises, Giovanni Fontana (su hacedor) debía ser nuestro Calatrava, no hacía cosas muy distintas unas de otras. Esta a pesar de ser también muy grande y parecer también un arco de triunfo (esta vez con cinco arcos en lugar de tres), da la sensación de más pequeña debido a la amplitud del terreno en el que está, apenas hay edificios alrededor y tiene más espacio. También recibe el nombre de fontanone o fuente grande (no se en que se basarán). Esta fuente, como la de Trevi, es el punto final del acueducto, es decir, a partir de aquí el agua ya no es canalizada por el acueducto y si por cañerías.

Su agua viene del acueducto Agua Paola

Fontana de Trevi.

Si a alguien se le pregunta por una fuente de Roma, sin duda, este responderá que la Fontana de Trevi. Si a Roma le quitasen esta fuente, perdería bastante de su encanto. Roma no puede pasar sin Trevi, ni Trevi puede estar sin Roma.

Está situada en el punto terminal del acueducto Virgo. Su origen parte desde que se quiso restaurar el acueducto y se puso una pequeña fuente con tres estanques y que se llamó Fontana de Treio. Eso fue allá por 1410. Pero 43 años después se encargó a Alberti una fuente con un solo estanque que ocupara los otros tres.

Al cabo de dos siglos, se le encargó a Bernini realizar una fuente más “dramática”, la cual no se llegó ni a empezar (por la muerte del papa del momento), solo consiguió transformar el cruce de caminos en el que estaba, en la plaza actual y colocar la primera piedra de lo que luego fue. Unos años después los conde-duques de Poli construyen un palacio a la espalda de la fuente existente, dejando claro que cualquier transformación de la fuente debería ser sin causar ningún daño al palacio.

No fue hasta el siglo XVIII cuando se lleva a cabo lo que es la fuente actual. Con la oposición de la familia Poli (esta tapaba casi por completo una fachada del palacio), se encargó a Nicola Salvi que terminara la fuente, cuyo diseño respetó bastante el de Bernini. La fuente se empezó a construir en 1732 y se terminó en 1762, con lo que Salvi no vio terminada su obra, murió en 1751.

La fuente tiene tres nichos entre cuatro columnas que cubren las dos plantas del palacio. En el nicho central está situado el Titán Océano (no Neptuno como creen otros) encima de una concha llevada por caballos , acompañado por dos estatuas que simbolizan la Abundancia y la Sobriedad.

A parte de otras figuras en el conjunto escultórico, destaca una por su curiosa leyenda, el As de Copas. Es una gran copa que se sitúa en el lado derecho, en el murete que rodea la fuente. Está como apartado y su posición se debe a que un peluquero que tenía su negocio en ese lado de la plaza, estaba continuamente despotricando de la obra el jaleo que montaban, con lo que Salvi construyó una copa (la de la foto) y la puso justo delante de su negocio, tapándole así la visión sobre ella, tanto durante la obra, como después de terminada la misma.

Desde entonces hasta ahora, la fuente solo ha tenido que ser restaurada lo justo para que podamos seguir contemplándola en todo su esplendor y majestuosidad, toma ya.

La manía de arrojar monedas para que encuentres el amor, o el desamor, o vuelvas a Roma, hace que se recojan unos 3000 euros diarios de la fuente. Lo bueno de esto es que se entrega el dinero a caridad.

Por supuesto, además de estas hay pequeñas fuentes, fuentes más “normales”, con un pequeño caño (en Roma son “I nasoni”) para beber agua, como las que hay en los parques. Y también están las que forman parte de una rotonda o de una zona central de una plaza en la que circulan los coches, como la que existe en la plaza de la República. Según info.roma.it hay 362 fuentes en Roma.

Es evidente que me he dejado bastantes, por la ignorancia de su existencia o por haberme olvidado de ellas, pero, que le vamos a hacer, no se va a tener todo en esta vida.

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