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Posts Tagged ‘Fontana de Trevi’

Resulta chocante, cuanto menos, que en una ciudad que en verano estás asado de calor, comparable al calor que hace en nuestra ciudad, Murcia, y lo caótica que parece, tenga una cantidad tremenda de fuentes, a cual más bonita y espectacular, y además, el agua que mana de ellas sea tan fresca y buena de sabor.

Todo tiene una fácil explicación. Resulta que todavía se usan (en su mayoría, supongo, no en todos los lugares) las antiguas canalizaciones del Imperio Romano, con lo cual, esas mismas están a una profundidad bastante profunda, valga la redundancia, esta profundidad hace que no le afecte el calor exterior, ni del asfalto. Esto en cuanto a la frescura.

En cuanto al sabor, es de donde se nutre. Los romanos (antiguos) construyeron infinidad de acueductos por los que traer el agua de los manantiales y lagos colindantes. Los romanos no eran tontos y no llevaban cualquier agua a su ciudad, ellos querían lo mejor de los mejor, era agua escogida.

Lo espectacular ya vino en épocas posteriores, de la mano de artistas y genios que eran “patrocinados” por potentados y papas de susodichas épocas, que lo único que querían era pasar como personajes únicos por las obras realizadas. De ahí vinieron las distintas mastodónticas fuentes de Trevi, del Agua Feliz, de los Cuatro Ríos, entre otras.

En este post os voy a contar algo de algunas de esas fuentes, junto a sus correspondientes fotos. Por supuesto, por falta de tiempo (en el viaje), se me escaparon algunas, de las cuales solo las mencionaré. Tendré que volver para terminar de verlas.

Fuente de las Tortugas.

Dicen que es una de las más bonitas fuentes de Roma. Pues me la perdí, el día que tocaba ya habíamos visto mucho estábamos machacados, con lo que no llegamos a verla. Se encuentra en el barrio judio, entre el Largo Argentina y el Tiber, en la plaza Mattei, y es obra de De La Porta, aunque las tortugas se pusieron a posteriori y son obra de Bernini.

Su agua procede del acueducto Virgo.

Fuente del Moro.

Una de las tres fuentes que se encuentran en la plaza Navona. También es de De La Porta y también fue modificada por Bernini, precisamente colocó la figura del moro en el centro de la fuente.

Esta se nutre del acueducto Marcia.

Fuente de los Cuatro Ríos.

Es la fuente central de la plaza Navona y, sin discusión, la más espectacular. Está dedicada a los cuatro ríos más grandes conocidos de la época en que se hizo, Danubio, Nilo, Ganges y Río de la Plata. La fuente la realizó Bernini por orden del papa Inocencio X. En ella se encuentran cuatro figuras humanas que representan a los cuatro ríos mencionados, y otras figuras menores como plantas y animales (león, caballo, dragón, etc.). Todo ello está coronado con un obelisco egipcio de la época romana. Uno disfruta viendo la fuente una y otra vez, es una maravilla. Lo malo fue la época en la que fuimos, verano, que estaba atestada de gente, y no podías gozar con tranquilidad de la misma.

El acueducto Virgo es el que le lleva el agua.

Fuente de Neptuno.

Fuente situada en la esquina norte de la plaza Navona, y forma el triunvirato con las del Moro y los Cuatro Ríos. Antíguamente (cuando se hizo) no incorporaba ninguna figura destacable y se llamaba “dei Calderari” (de los calderos), por una calle que había al lado donde se hacían calderos y ollas. También es obra de De La Porta, pero, como he dicho, en esta se debió esmerar muy poco, o había muy poco dinero. Las figuras de Neptuno luchando con un pulpo, y las de las Nereidas, cupidos y caballitos no se incorporaron hasta mediados del siglo XIX. Evidentemente, fue a partir de este siglo cuando tomo el nombre actual de Neptuno.

Le llega el agua del acueducto Virgo.

Fuente del Tritón.

Se encuentra en la plaza Barberini. Es otra de las fuentes de Bernini que hizo por mandato de los Barberini, en este caso, por el papa Urbano VIII. La fuente es Tritón lanzando agua a través de una caracola sentado en una concha. Alrededor de las figuras aparecen abejas, símbolo de los Barberini. En esta fuente, como en otras, también está la tontería de que si lanzas una moneda vuelves a Roma. Como no lancé ninguna moneda, ni en esta, ni en ninguna otra, creo que los dioses no me dejarán volver a Roma.

Le cae el agua del acueducto Agua Feliz.

Fuente de las Abejas.

En italiano “delle Api”. El propio nombre ya indica quién la mandó construir, los Barberni, cuyo símbolo son las abejas, y también la realizó uno de sus “vasayos”, Bernini. Da la casualidad que también está cerca, en la misma plaza, la plaza Barberini, que otra del mismo autor, la del Tritón, aunque esta está un poco más escondida, si no sabes que está allí no la ves, además que es más pequeña y que el diseño hace que no parezca una fuente, es una ostra gigante (sin perla) abierta de par en par con tres abejas en el centro.

Al igual que su partener de plaza, el agua, también, viene del Agua Feliz.

 

Fuente del Agua Feliz o del Moises.

Para mi es la más fea, o una de las más feas, de la ciudad. Parece más un arco de triunfo que una fuente, con un pedazo de Moises en el arco central, que asusta más que otra cosa. Parece decir que nos vayamos con viento fresco a beber a otra fuente más que invitarnos a beber de ella.

La realizó Giovanni Fontana a petición del papa Sixto V con la intención de suministrar agua al Quirinale. Además del Moises y los relives de los arcos laterales, tiene la fuente cuatro leones que fueron encontrados en el Panteón de Agripa. Estos son ahora copias, los originales están en los Museos Vaticanos.

El agua viene del acueducto Agua Feliz, en la antigüedad, el acueducto Alessandrino.

Fuente de la Barcaza.

Bernini hizo multitud de fuentes y una de ellas no fue esta. Esta fue hecha por su padre, Pietro Bernini. Situada en la plaza de España, a los pies de la escalinata, entre esta y la calle Condotti. Simula un barco, pero un barco hundido. Resulta curioso que un barco debería flotar, pero el asfalto moderno u otras obras han hecho que te tengas que acercar mucho para poder ver la fuente, al contrario que todas las demás fuentes. Vista desde lejos (si la gente te lo permite) parece que está hundida.

Le suministra agua el acueducto Virgo.

Las Cuatro Fuentes.

En el cruce de las calle Cuatro Fuentes y Quirinale, una fuente en cada esquina, están las fuentes que forman el conjunto de las Cuatro Fuentes. El Arno, el Tiber, Diana y Guinone son los nombres de cada una de ellas. Las dos primeras, representadas por hombres, simbolizan a Roma y Florencia, y las dos últimas, son féminas y representan la fidelidad y fuerza. El Tiber, Arno y Guinone fueron hechas por Domenico Fontana, el hermano del que realizó la fuente de Moises, y Diana fue realizada por Pietro da Cortona. Todas fueron financiadas por Mattei, el mismo que mandó construir la de las Tortugas.

Su agua viene del acueducto Agua Feliz.

Fuente del Agua Paola.

Otra fuente pequeñita. Muy similar a la del Moises, Giovanni Fontana (su hacedor) debía ser nuestro Calatrava, no hacía cosas muy distintas unas de otras. Esta a pesar de ser también muy grande y parecer también un arco de triunfo (esta vez con cinco arcos en lugar de tres), da la sensación de más pequeña debido a la amplitud del terreno en el que está, apenas hay edificios alrededor y tiene más espacio. También recibe el nombre de fontanone o fuente grande (no se en que se basarán). Esta fuente, como la de Trevi, es el punto final del acueducto, es decir, a partir de aquí el agua ya no es canalizada por el acueducto y si por cañerías.

Su agua viene del acueducto Agua Paola

Fontana de Trevi.

Si a alguien se le pregunta por una fuente de Roma, sin duda, este responderá que la Fontana de Trevi. Si a Roma le quitasen esta fuente, perdería bastante de su encanto. Roma no puede pasar sin Trevi, ni Trevi puede estar sin Roma.

Está situada en el punto terminal del acueducto Virgo. Su origen parte desde que se quiso restaurar el acueducto y se puso una pequeña fuente con tres estanques y que se llamó Fontana de Treio. Eso fue allá por 1410. Pero 43 años después se encargó a Alberti una fuente con un solo estanque que ocupara los otros tres.

Al cabo de dos siglos, se le encargó a Bernini realizar una fuente más “dramática”, la cual no se llegó ni a empezar (por la muerte del papa del momento), solo consiguió transformar el cruce de caminos en el que estaba, en la plaza actual y colocar la primera piedra de lo que luego fue. Unos años después los conde-duques de Poli construyen un palacio a la espalda de la fuente existente, dejando claro que cualquier transformación de la fuente debería ser sin causar ningún daño al palacio.

No fue hasta el siglo XVIII cuando se lleva a cabo lo que es la fuente actual. Con la oposición de la familia Poli (esta tapaba casi por completo una fachada del palacio), se encargó a Nicola Salvi que terminara la fuente, cuyo diseño respetó bastante el de Bernini. La fuente se empezó a construir en 1732 y se terminó en 1762, con lo que Salvi no vio terminada su obra, murió en 1751.

La fuente tiene tres nichos entre cuatro columnas que cubren las dos plantas del palacio. En el nicho central está situado el Titán Océano (no Neptuno como creen otros) encima de una concha llevada por caballos , acompañado por dos estatuas que simbolizan la Abundancia y la Sobriedad.

A parte de otras figuras en el conjunto escultórico, destaca una por su curiosa leyenda, el As de Copas. Es una gran copa que se sitúa en el lado derecho, en el murete que rodea la fuente. Está como apartado y su posición se debe a que un peluquero que tenía su negocio en ese lado de la plaza, estaba continuamente despotricando de la obra el jaleo que montaban, con lo que Salvi construyó una copa (la de la foto) y la puso justo delante de su negocio, tapándole así la visión sobre ella, tanto durante la obra, como después de terminada la misma.

Desde entonces hasta ahora, la fuente solo ha tenido que ser restaurada lo justo para que podamos seguir contemplándola en todo su esplendor y majestuosidad, toma ya.

La manía de arrojar monedas para que encuentres el amor, o el desamor, o vuelvas a Roma, hace que se recojan unos 3000 euros diarios de la fuente. Lo bueno de esto es que se entrega el dinero a caridad.

Por supuesto, además de estas hay pequeñas fuentes, fuentes más “normales”, con un pequeño caño (en Roma son “I nasoni”) para beber agua, como las que hay en los parques. Y también están las que forman parte de una rotonda o de una zona central de una plaza en la que circulan los coches, como la que existe en la plaza de la República. Según info.roma.it hay 362 fuentes en Roma.

Es evidente que me he dejado bastantes, por la ignorancia de su existencia o por haberme olvidado de ellas, pero, que le vamos a hacer, no se va a tener todo en esta vida.

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El cuarto día en Roma empezó a una velocidad lenta. Que nueve personas se pongan en solfa a una hora temprana es bastante complicado.

Hoy tocaba ver unas dos o tres iglesias, cinco fuentes, dos plazas y unas cuantas callejas con su gente de por medio.

Como todos los días anteriores y los que iban a llegar, mientras que los demás se iban acicalando yo iba viendo los mapas por donde íbamos a pasar (para eso soy muy neuras), preparando la audioguía, además de la cámara de fotos y sus pertinentes apechusques.

Cuando todos hubimos desayunado, nos hubimos pintado y vestido, nos dispusimos a salir y pillar los correspondientes autobuses para acercarnos a la plaza Barberini. Al llegar a ella vimos que era la hora del almuerzo y decidimos que antes de seguir, con el calor, por esas calles romanas, tomáramos algún bocado o bocadillo.

Prácticamente en la misma parada del autobús se encuentra el bar Pepi’s, que no tiene nada que ver con la señorita Pepis. Tenía buena pinta así que pasamos allí. Luego la pinta se convirtió en verdadera y nos sentaron muy bien los bocatas que tomamos.

Con eso de ser españoles y que la selección de fútbol quedó campeona del mundo, en prácticamente todos los sitios que pasábamos nos hacían comentarios al respecto. Y en Pepi’s no iba a ser distinto, máxime cuando uno de los camareros era brasileño. Así que ese día ya tuvimos bastante, que nosotros eramos lo campeones del mundo, que ellos habían sido cinco, que si yo, que si tu. Al final no sacamos nada en claro. Bueno, si, que nosotros eramos los campeones, je, je, je.

Trajinado el almuerzo era hora de salir a patear cierta parte de la ciudad. Empezamos en Barberini con dos de las muchas fuentes de la ciudad, la de Tritón y la de las abejas.

Las dos se nutren de la fuente que hay un poco más arriba, y que más adelante iríamos a visitar, la fuente del agua feliz.

La del Tritone fue realizada por un “nini”, Bernini. Fue la primera fuente que construyó, y está hecha en mármol travertino, ahí es na.

La fontana delle Appi está situada en una esquina de la plaza Barberini, como escondida para pasar más desapercibida. En su ornamentación están las abejas que eran el símbolo de los Barberini. Los romanos de aquella época (siglo XVII) le tomaron un poco de ojeriza debido a que en la inscripción de la concha señala como que está hecha en el año 22 del reinado del papa Barberini, Urbano VII. Pero fue inaugurada unas semanas antes haciendo que los romanos dijeran que eso traería mala suerte. Dio la casualidad que ocho días antes de cumplirse el vigésimo segundo aniversario del papa, este cayó fulminado por la guadaña de la muerte.

Gente supersticiosa hay por todos los lados, que le vamos a hacer.

De la plaza fuimos, subiendo por la calle Barberini, a la iglesia de Santa María della Vittoria, en la calle 20 de septiembre, justo en la esquina con el Largo Santa Susana.

¿Qué tiene esa iglesia que no tengan otras? A simple vista no tiene nada de especial. En un principio estaba dedicada a San Pablo, pero tras una victoria sobre los protestantes pasó a conmemorar la victoria y a Santa María, de ahí su nombre actual, Santa María della Vittoria.

La iglesia es pequeñita, pero su fachada y su interior es barroco. Lo curioso es que ha tenido un incremento de visitas debido a que Dan Brown la utilizó para su libro “Ángeles y demonios”. Pero por lo que realmente es válida, y por lo que fuimos nosotros, es por “El éxtasis de Santa Teresa” de Bernini. Es la escultura más famosa (para nosotros los españoles) de este autor. Esta hecha en mármol y se encuentra en la capilla Cornaro, junto a las esculturas de sus dueños, los Cornaro.

Allí estábamos nosotros junto a unos cuantos intentando hacerle diversas fotos a la escultura, además de ver el interior de la iglesia. Esta ya no tiene nada más, tan destacable como el éxtasis, pero eso es lo bueno que tiene Roma, que para ver una escultura u otro elemento artístico te tienes que recorrer prácticamente todas las iglesias de la ciudad.

Nada más salir de la chiesa, te encuentras con una de las “fuentecitas” de Roma, la del Agua Feliz. Como ya he dicho antes, esta fuente también sirve de agua a las dos que hay en Barberini. Pero, ¿de dónde sale el agua que abastece esta fuente?

Un papa anterior al que está ahora, pero muy anterior, hizo reconstruir el acueducto Alessandrino que traía agua del pueblo de Palestrina (no confundais con Palestina) para nutrir la fuente. Lo curioso es que la fontana fue mandada hacer a Giovanni Fontana, una fontana hecha por un Fontana.

La fuente es tremenda de grande. Un conductico pequeño que echa agua rodeado de cuatro leones, un Moisés gigante, cuatro columnas de mármol y dos relieves de payos de aquel tiempo. Con lo sencillo que es un columnita que no llegue al metro de altura, con un tuvito que sobresalga y del que emane el agua. Pues no, necesitan hacerle un “marco” imperial. Seguramente Fontana dijo en su día: “dar agua no se si dará, pero verse, por mis huevos, que si se ve” E hizo lo que hizo.

Otra curiosidad de su construcción es que los materiales los fueron cogiendo de ruinas romanas. Algunos mármoles de las termas de Diocleciando que están cerca de la fuente y los leones son del Panteón de Agripa.

Seguimos nuestro caminico y nos vamos a la plaza de la República bajando por la via Orlando Vittorio Emanuel (aquí todos se llamaron en algún momento Vittorio Emanuel).

La plaza es preciosa. Con una fuente central, la iglesia de Santa María de los Ángeles y los Mártires y las termas de Diocleciano a nuestra izquierda, y dos imponentes edificios, que creo que son hoteles, o por lo menos eso aparentan, a la derecha, si a eso le añades que es diáfana, no tiene obstáculos centrales que estorben para verla (salvo la figura central de la fuente), hacen de la plaza una de las plazas más grandes y bonitas de Roma, por supuesto para mi gusto, aunque también es verdad que Roma es bonita toda ella. Además dice la historia que la plaza formaba parte de las termas de Diocleciano, concretamente aquí estaba la palestra o gimnasio al aire libre de las mismas.

Antes de ir a las termas nos colamos en la iglesia de Santa María de los Ángeles y los Mártires. No entramos por nada en especial, pero al hacerlo nos quedamos sorprendidos por el tamaño que tiene (con respecto a lo que debería ser una iglesia “común”) Por supuesto, si la plaza era parte de las termas, la iglesia no iba a ser menos. La fachada era un ábside del caldarium y el vestíbulo era el tepidarium.

Pero lo que nos llamó la atención es el meridiano solar que hay en el crucero de la basílica. Diseñado por Miguel Ángel, con el se pretendía medir el calendario Gregoriano y marcar la llegada de las cuatro estaciones.

La iglesia (que parecía no ser nada) tiene también una importante pinacoteca y, entre otros, está enterrado el papa Pio IV. Y se hospician funerales de estado y de personal del ejército italiano.

Tras esto fuimos a ver las termas, pero nos quedamos con las ganas, a unos no le apetecían y otros estaban un poco cansados, y preferimos seguir la ruta del día, que todavía quedaba bastante.

Solo era casi la una y ya teníamos bastante información metida. Ahora tocaba andar un rato (casi una hora, con paradas incluidas) hasta llegar a nuestro siguiente gran punto, la Fontana de Trevi.

Por el camino nos pusimos a ver en la esquina de las calles Cuatro fuentes y Quirinale las cuatro susodichas fuentes, cada una en una de las cuatro esquinas, como jugando a las cuatro esquinas.

De allí, bajando por la via del Quirinale, pasamos por la puerta de la iglesia de Sant’Andrea del Quirinale, de Bernini, donde no pudimos entrar por la hora que se nos hizo. Una lástima pues dicen que está muy bien.

Con el palacio del Quirinale a la derecha seguimos hasta la plaza del Quirinale donde está situado uno de los trece obeliscos de la ciudad.

Y desde aquí, entramos, otra vez, en la ciudad estrecha y sinuosa. Nos dirigíamos a ver la Fontana de Trevi.

Siempre en descenso, fuimos callejeando en lugar de ir lo más directo posible, para disfrutar de los rincones que esconde la ciudad, hasta terminar por asomarnos, otra vez, en las aguas de la fuente maravillosa.

La imagen fue totalmente distinta a la que tuvimos en la noche de llegada (aparte, claro está, de la luz del día)

El gentío era el mismo, da igual que vayas a la hora que vayas que siempre está llena la plaza, pero la luz del sol hacía resplandecer el agua, así como las figuras de la fuente.

Llegamos sobre las dos de la tarde y empezamos a buscar huecos para sentarnos y disfrutar de la vista, y permanecimos allí hasta las cuatro y media de la tarde (contando el ratico de la comida del cual no recuerdo nada de nada, ni donde, ni como, ni el que comimos) Nos recorrimos cada uno los sitios de la plaza y tuvimos todos las visiones de la fuente.

Para no hacer demasiado largo este post, hablaré con más detalle de la fuente (y de otras fuentes) en otra entrada, más adelante.

Tras dos horas disfrutando de esa maravilla seguimos nuestro camino, esta vez hacia el Ara Pacis, un altar romano, de la época del Imperio Romano, de Roma, que también. Bueno, ya me entendeis, y si no, ajo y agua, je, je.

Es uno de los monumentos más famosos de la antigua Roma, pero que por su tamaño y posición en la ciudad no es muy visitado. No es tan espectacular como el Foro o el Vaticano o el Coliseo, y por eso está como ignorado por la gente.

Como he dicho es un altar, que conmemora las conquistas de Hispania y Galia. Es del siglo 9 a.C.. Casi todo es original, solo se han puesto algunas piezas que no se encontraron cuando fue desenterrado en el siglo XVI. Tiene unos relieves espectaculares en los cuatro lados, de incluso animales que no tienen nada que ver con los éxitos de los emperadores.

El altar está situado junto al río Tiber, “escondido” entre cuatro paredes de cristal, junto a una de las ruinas peor conservadas de la ciudad, el Mausoleo de Augusto.

De aquí salió muy contento Alejandro, pues se compró un comic sobre la lucha de gladiadores en el Coliseo. Todo lo que sea luchas y peleas le gusta. Vamos a tener que llevarlo al psicólogo.

Nada más salir de ver el Ara Pacis nos encontramos una pequeña plaza, que formaba parte del “complejo” del altar, en la que había una de esas fuentes con muchos chorros que salen del suelo y en la que los chavales se lo pasan genial pasando entre ellos. Además formaba una pequeña balsa de apenas unos centímetros de profundidad y en la  que Juanpe aprovechó para meter los pies y refrescarlos un poco de la paliza que nos estábamos dando este día.

Ahora tocaba visitar España, la plaza de España, famosa por sus escalinatas que ascienden a la Trinidad del Monte, y para eso cogimos la calle Tomacelli que sale desde la fuentecilla susodicha, alejándonos del río. Esta calle conecta con la vía Condotti que nos llevó diréctamente a la plaza. Durante el recorrido pudimos ver la marabunta de gente que circula por Condotti y Corso. Es una zona muy concurrida a pesar de los pocos monumentos que hay por la zona. Supongo que pasarán por aquí por las tiendas y cafés.

Llegamos a las seis y media y estaba, ¿cómo estaba la plaza? ¡abarrotá! Como en casi todas las imágenes que he visto la escalinata estaba casi petá y corría un gentío de acá para allá y alrededor de la fuente que simula una barcaza que hay en la plaza.

¿Porqué está siempre así la plaza de España? ¿tan llena de bullicio? Arquitectónicamente no es una joya de ninguna época (algunos dirán lo contrario) La Trinidad no es para tanto, hay muchas iglesias en Roma con muchísimo más valor artístico que esta. El obelisco es uno de los muchos que hay en la ciudad, no tiene nada más especial que otros. Y la escalinata es una como otra cualquiera. Lo más destacable puede que sea la fuente realizada por Bernini que simula un barco. Cada cosa por separado no tiene mucho, pero todo junto forma una estampa bastante acogedora y fotogénica.

Para nosotros, los españoles, es el lugar donde poder ir a reclamar algo o a pedir ayuda si nos sucede algún contratiempo, pues es donde está la embajada española.

Lo curioso de la plaza y de la escalinata es que antes de llamarse así era la plaza de Francia debido a que la escalinata fue financiada con dinero francés, incluso del propio rey, Luis XV. En estos tiempos que corren que les ganamos en casi todos los deportes a nuestros vecinos y que nos han llamados drogadictos por ello, seguro que nos tildarán de ladrones si se enteran que se cambió el nombre llegado un momento, je, je.

Aquí el grupo se dividió, unos queríamos subir las escaleras y otros, debido al cansancio y al dolor de pies, querían ir más directos a la plaza del Popolo, nuestro siguiente, y último, destino del día. Alejandro, Elena, Encanni, Juanpe y el menda nos fuimos por las escaleras y Toñi, Geli, Peter y Ángela se fueron por abajo y quedamos en Popolo.

Ellos llegaron antes y nos esperaron tomando un capuchino en un café del lugar. Nosotros, de pisar todos los peldaños de la escalera, nos fuimos a ver la casa de los Medici, por fuera claro, o lo que yo creía que era la villa Medici.

La villa está justo al lado de la Trinidad y lo que yo creí que era está un poco más allá (la foto de arriba) que al final me enteré no era la casa de los Medici. En el momento me pareció muy chula (y sigue siéndolo) con esas columnas exteriores, rodeada de jardines y con unas vista cojonudas de la ciudad.

Justo al lado, adentrándote un poco en Villa Borguese, hay otro obelisco, el que hace el número “no se cuantos” de los que ya hemos visto.

A nada de allí hay un gran espacio abierto con un mirador que da a la plaza del Popolo, donde te encuentras con otro obelisco. Esto romanos debieron dejar Egipto pelao de obeliscos. Tienen que estar todos aquí. A parte de esto, desde el mirador tenía unas vistas perfectas de la plaza y sus alrededores, encima estaba ya cayendo el sol y la iluminación de la zona le daba un punto de belleza que hacía que te quedaras, no extasiado, eso sería una exageración, pero si embelesado con lo que estabas viendo.

Por unas escaleras que salían cerca del mirador comenzamos a descender para reunirnos con el resto del grupo y para ver más de cerca la plaza.

Ya allí, y reunidos todos, tocaba disfrutar de uno de los emplazamientos más abiertos de Roma. En esta plaza está una de las puertas  por la que se accedía a la ciudad, la porta del Popolo, al lado de esta se encuentra la iglesia de Santa María del Popolo y en el lado contrario de la parte estrecha del óvalo (la plaza es ovalada) están las iglesias, casi gemelas, de Santa María del Montesanto y Santa María de los Milagros. En el centro un obelisco rodeado de leones echando agua, osease, fuentes. Y en cada lado de la parte larga dos fuentes con esculturas de motivos mitológicos, tridentes, tritones, y personajes de esos.

Estando allí Alejandro flipó con una Lamborghini “no se que”, el sabe cual es, pero como no me llaman la atención ese tipo de coches, más allá de lo estridentes que son por el ruido que hacen y por el diseño que tienen, yo no se como se llaman y no me preocupo por saberlo.

Después de haber descansado un poco era el momento de pensar donde ir a cenar, así que comenzamos a andar hacia casa y ya encontraríamos algún sitio. Eso si, elegimos dar un rodeo, sin darnos cuenta de ello, para llegar a la plaza.

En algún momento de la caminata por la via del Corso decidimos agenciarnos unos bocadillos, y por no se que circunstancia íbamos a comprárnoslos en alguna de las tiendecillas que hay detrás de la plaza Navona.

Así un poco más adelante de la plaza de la Columna, la  de Marco Aurelio, torcimos a la derecha y entramos en la plaza de San Ignacio. Aquí nos hicimos un par de fotos, pues la plaza se hizo para simular un teatro, con las casas en semicírculo, y nos pareció curiosa.

Al poco tiempo llegamos a nuestro destino y empezamos a decidir dónde nos los comprábamos, los bocadillos. Hay un par de sitios, de localuchos que no llegan a ser bares, pero que te venden bocatas, bebida, e incluso algún souvenir. La verdad que si podéis comer sentados en un restaurante, mejor, antes que elegir esta opción. Pero bueno, tampoco pasa nada por cenar bocadillos alguna noche, digo yo.

Nos lo comimos tranquilos, al lado de miles de personas, y con un bullicio bastante alto, en unos bancos de la plaza Navona. Y tras ello nos fuimos arrastrando los pies hasta la parada de autobús de la plaza de la Rovere, donde para el bus que nos llevaba a casa.

Hasta llegar allí nos fuimos por la orilla del río, donde pudimos ver el castell Sant’Angello iluminado. Por supuesto, aproveché para afotarlo.

Molidos cogimos el bus que nos dejó en la puerta de casa, subimos, y nos dormimos casi vestidos, no pudimos ni con las zapatillas. Ahora tocaba descansar, mañana Dios diría.

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Aprovechando un viaje reciente a Roma con los alumnos del instituto, voy a empezar a publicar, en varios post, un viaje anterior que hice hace unos años con la familia y unos amigos a la ciudad eterna.

No me puedo inventar nada nuevo sobre Roma.

El que más o el que menos sabe algo de la vieja ciudad, bien porque ha leído algún libro, publicación o trabajo, o bien porque ha visto alguna película o documental, o bien porque la ha visitado (como mi cuñada que la ha visto ya 4 ó 5 veces)

Simplemente voy a exponer mi experiencia (sobre todo con imágenes) del viaje que realice a la capital de Italia, además de a Pompeya y Florencia (con sus alrededores).

Viajamos en avión de bajo coste, por suerte hay variedad de vuelos a un sitio como Roma. Prácticamente ocupamos el 10% del avión ya que íbamos 9 personas, aunque una de ellas valía por tres (sin acritud, Peter) Conseguimos un apartamento, que estaba de puta madre, para toda la tropa, 6 adultos, 1 semiadulto y 2 bichos, ¡uy!, perdón, niños.

Pasadas las explicaciones/preguntas pertinentes de/a los propietarios, comimos en un restaurante a las espaldas del Vaticano (que no resulto muy allá), compramos viandas y otras cosas y salimos a descubrir, para algunos, y redescubrir, para otros, la ciudad eterna. Tontín, tonteando, se nos hicieron las 8 de la tarde para pillar el autobús al centro, todo esto desde las 11 de la mañana que llegamos al apartamento.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Esa tarde-noche salimos a disfrutar de la ciudad como si no hubiéramos conducido toda la noche y solo hubiésemos dormido un par de horas en el avión.

El autobús fue nuestro amigo durante los nueve días que estuvimos allí y ese primer día no iba a ser menos. Bajamos en Largo Argentina o Largo di Torre Argentina y allí ya nos encontramos con las primeras piedras tiradas por el suelo, rodeadas de un centenar (¡hala!, que exagerao) de gatos.

Resulta que en Torre Argentina hay un refugio para gatos sin hogar, por eso hay una parva de gatos por las ruinas y alrededores.

En el orden histórico, las ruinas son de 4 templos romanos de la época republicana y de un teatro dedicado a Pompeyo. Las ruinas fueron descubiertas a principio de siglo XX al reconstruir Roma después de la Unificación de Italia.

Paseando, paseando, pasamos por delante del Gesú como alma que nos lleva el diábolo para ir a la Piazza, que no pizza, Venezia, donde se ubica, así como quien no quiere la cosa, el Monumento a Víctor Manuel, primer rey de la Italia unificada (no el marido de Ana Belén), también conocido como la tarta o la máquina de escribir (nombre que le pusieron los americanos al entrar a Roma en la II guerra mundial)

Disfrutamos de la tarta hasta que nos jartamos, pero ahora tocaba coger un empacho a base de pizzas en el Pizzarito que hay cerca de Venezia, en una de las calles que salen de la plaza.

Pero, amigo, una vez saciados los apetitos, no precisamente sexuales, aunque placenteros casi por igual, para el postre quedaba lo mejor. La Fontana de Trevi.

Atestada, llena, plagada, ocupada, atiborrada, abarrotada, completa, colmada, henchida de paisanos y alienígenas estaba la plaza donde se ubica la fuentecica. Lo primero que hicimos fue coger el número para poder sentarnos. Por suerte fue más pronto que tarde cuando conseguimos sitio para acoplar la posadera o culo y así extasiarnos de tal maravilla de arte, luz y agua.

De Trevi, ya habrá momento para contar historias y otras zarandajas.

Sin ganas, pero con necesidad, nos volvimos a casa para acoplarnos en el catre, que no cutre, y descansar, pero poco, hasta la mañana siguiente.

Tempranico empezamos a mover a los niños y demás personal y una vez puestos en marcha pillamos, de nuevo, el autobús, esta vez hasta la plaza de la Rovere, osease, más o menos cerca del Vaticano y Sant’Angelo, justo antes de cruzar el Tíber. Desde allí empezaba nuestro gran día. Gran, no por lo magnífico, que también, sino por la paliza que nos íbamos a dar, eso si, pero con gusto, que no hace daño, excepto para los pieses.

Bordeando el río por su margen derecha, la del río, nos acercamos al castillo con el Vaticano mirándonos de lejos. No nos introdujimos en él, no se porque, pero no teníamos mucho filling con el castillo, con lo que lo dejamos, lo de entrar, para un ratito que tuviéramos libre (que ilusos).

Y cruzamos el puente engalanado (que cursi, por Dios) con numerosas estatuas a ambos lados. Ángeles, arcángeles, con todo tipo de instrumentos, y un par de santos o frailes en uno de las puntas del puente.

Entramos en el centro viejo de Roma, o lo que es lo mismo el Campo Marcio (o de Marte). Este fue, en época romana, una zona pantanosa que utilizaban para campamento o entrenamientos militares, además de juegos. Ya cuando el Papa fijó su residencia en el Vaticano, esta zona se quedó como residencial y es lo que ha quedado hasta ahora, con calles estrechas e irregulares, salvo la principal, el Corso Vittorio Emmanuele II, que permanece tal cual desde entonces.

Paseamos por estas callejas y lo primero que vemos es el arco dei Banchi, donde nos encontramos una de las muchas curiosidades de la ciudad, es una de las muchas marcas que hay de hasta donde llegó el Tíber en el siglo XIII, más concretamente en 1277.

Andando y tropezando en los adoquines accedemos a la plazoletilla de la Chiesa Nuova, o Santa Maria della Vallicella. La primera de muchísimas iglesias que hay que ver en Roma. Como casi todas, posee unos techos con unos frescos (nunca los del barrio) o pinturas de tremenda belleza, osease, bonitos.

Una vez visto lo que teníamos que ver, cruzamos la calle de Vittorio dirigiéndonos al otro lado, donde callejeando nos encontramos muchos palacios y detalles de otros tiempos, más bien renacentistas y barrocos. Es en la vía Giulia donde hay más exponentes de dichos palacios.

Todo era paseo y goce del plan urbanístico local, calles estrechas y adoquinadas, mal adoquinadas, en las que una torcedura de tobillo no sería de extrañar, o si vas en coche, una rotura del eje de la transmisión. Sin embargo, no cabe duda que esta antigua zona pantanosa (hablo de la época romana) nos iba a dar muchas satisfacciones, buenos sabores de boca (sobre todo, en cucurucho y de dos sabores)

Así desde esta calle accedemos a la plaza Farnese donde deberíamos ver uno de los tres éxtasis de Bernini que hay en Roma. Pero, ¡chasco!, la iglesia de Santa Brígida está cerrada y a pesar de intentarlo por otra puerta nos dicen que ahora está chiusa y no podemos acceder a ver el interior. Pues nada, contemplamos el palacio Farnese, que actualmente es la embajada francesa. Hay algunos que dicen que es el palacio más importante de Roma y la verdad que te deja maravillado. Además el palacio con la plaza forma uno de los rincones más bonitos de la ciudad. Justo enfrente de la embajada está la de Chipre, pero no hay color con la de Francia.

Poco a poco vamos comprobando que aquí los ninis tuvieron mucha influencia en todo lo que hacían, los Bernini, Borromini, los Mini coches, estos imprescindibles para moverse con soltura por la urbe.

Al lado de esta plaza está una de las plazas más llamativas (aquí es todo llamativo, estrambótico, interesante, impresionante o de antes) El Campo de Fiori o mercado de las flores. En el hay instalado un mercado, tipo mercadillo de cualquier pueblo, con puestos de flores y de fruta u otras cosas.

Bebemos agua, tomamos fruta fresca (que, por cierto, estaba muy buena) en recipientes para turistas al módico precio de cinco euros (un buenísimo atraco).

En el sempiterno callejeo del día nos acercamos, sin darnos cuenta, a la iglesica de Sant’Andrea.Tremenda, suntuosa, las pinturas del techo, como en las anteriores iglesias que hemos visitado son alucinantes, te quedas con la boca abierta, maravillado. La cúpula de la iglesia es la más grande de Roma, después de la del Vaticano.

Desde aquí ya salimos de las callejas y pasamos al bullicio de la calle principal. Volvemos hacia atrás para hacer una ese y poder ver la estatua de Pasquino (la estatua parlante), y de esta a Navona, la piazza Navona.

Un antiguo circo que ahora es un punto neurálgico de la ciudad, donde Borromini y Bernini se emplearon fuerte para ganar el combate de la belleza, construyendo con todas sus fuerzas (valga la redundancia) y defenestrando todo lo que hacía el otro. De todas estas disputas nos queda un muy buen ejemplo. El conjunto de estatuas que rodea el obelisco (Bernini) y que tiene enfrente, bueno, enfrente, enfrente, no está, a un lado del conjunto del obelisco está la iglesia de Sant’Agnese in Agone (Borromini)

Como de la fontana de Trevi, ya habrá tiempo de contar algo sobre la piazza Navona.

Vamos con retraso y la hora de comer nos ha pillado antes de donde deberíamos haber estado. Aprovechando el momento nos resguardamos del calor veraniego que hace. Al salir por el lado norte de la plaza empezamos a buscar restaurante. En realidad ya hemos estado buscando sitio en los restaurantes de Navona, pero no ha habido forma de acercarnos a ellos sin que temblara el bolsillo.

Justo al salir de la plaza, te encuentras en otra más pequeña donde está el palacio Altemps, un palacio privado en el que podemos visitar (pero no lo hacemos) un pequeño museo. Sin más allá que un arte renacentista en su fachada, no tiene más que mirar, salvo que resultó ser una pieza más en el aprendizaje de mi tío. Allí pasó unos años estudiando o preparándose para el sacerdocio en su estancia romana.

Al lado está la calle que va en dirección al palacio de justicia y donde se encuentra nuestro restaurante preferido, la pizzería Zio Ciro. Manda huevos que pasamos por allí unas ochocientas veces y me acabo de acordar del nombre del puñetero restaurante. He tenido que buscar y rebuscar en internet para encontrar el nombre del susodicho.

Con la panza panzuda de pan, tomate y queso, osease, pizza, volvemos a las calles, a seguir pateando Roma. Una vez más entramos en callejas y callejuelas para ir a la Vía del Corso. Nos metemos en patios de casas, paseamos por delante de la iglesia de Sant’Agostino, o por delante de una tienda con una figura de un soldadito en la que hicimos un poco el tonto.

Mientras nuestro cuerpo iba haciendo la digestión llegamos al palacio de Montecitorio, que es el actual palacio de congresos o cámara de los diputados italianos. Justo enfrente hay otro obelisco (el segundo que vemos, hay trece en total en Roma) Continuando nuestro paseo entramos en la plaza Colonna donde está una de las columnas más bonitas de la época romana, la columna de Marco Aurelio. Por desgracia para esta, tiene que competir con la gran famosa, la columna de Trajano, y esto hace que sea una desconocida. Aún así no tiene mucho que envidiar a esta última.

La Columna de Marco Aurelio fue hecha en el 193 d.C. para celebrar la victoria (como casi todo lo que hicieron estos romanos) sobre energúmenos que no querían otra cosa que conquistar la ciudad. En la plaza está el palacio Chigi que es la sede de la oficina del primer ministro.

En uno de los cuatro lados de la plaza, con la vía del Corso por en medio, hay un centro comercial donde paramos un ratico para tomar un cafelico y así despejarnos de la modorra que nos ha provocado la comida.

Tras haber cafeteado un poco, seguimos nuestra visita a Roma en su primera parte. Zigzagueamos entre la gente y las calles y entramos en la plaza de Petra donde en uno de los muros de la Borsa di Roma están adosados 11 columnas de lo que fue un antiguo templo enalteciendo a Adriano.

Gozando de la calidez del sol y de las calles y como si no fuera la cosa con nosotros aparecimos en la plaza de la Rotonda, un punto clave de nuestro primer día. El Panteón de Agripa se encuentra en ese punto. Maravilla arquitectónica de los romanos que sin las tecnologías actuales consiguieron una cúpula de dimensiones exactas, sin defectos.

Fue dedicado a los dioses romanos, y construido por Agripa en el 27 a.C.,  se destruyó por un incendio en el 80 d.C. y reconstruido por completo  por Adriano. Es el primer templo circular que se construyó. Hasta entonces esta forma solo se hacían en las termas.

Está compuesto por un pórtico de 16 columnas y una cella cilíndrica. La cúpula tiene un óculo (o agujero) central de nueve metros que es por donde entra la luz (y la lluvia) e ilumina toda la estancia. El espacio interior lo forma un cilindro que tiene una altura igual al radio de ese cilindro, con lo que en el interior del panteón cabe una esfera completa perfecta, siendo esta cúpula la más grande construida en el mundo, incluso mayor que la del Vaticano.

El templo estaba dedicado a las siete divinidades celestes de la mitología romana: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En la edad media se trasformó en iglesia católica, situación que mantiene en la actualidad, aunque la cantidad de visitantes haga parecer que no sea así. En su interior reposan los cuerpos de Rafael y el rey Víctor Manuel II, entre otros.

Bueno, ya está bien de tanta historia. Volvamos a la plaza.

Y ¡¡joder!! Si es que paseando por la plaza, por el interior del Panteón o simplemente permaneciendo sentados en los escalones de la coqueta fuente del centro de este foro, uno puede entrar en un éxtasis de placer y tranquilidad (a pesar del gentío que hay en agosto en Roma) observando cada detalle del lugar. Las columnas del Panteón, las casicas coloreadas de la plaza, la gente disfrutando de un capuchino en la terrazas de los bares, o la fuente de Della Porta con un pequeño obelisco en el centro de la misma, hacen que uno no quiera seguir caminando y desee permanecer durante largo tiempo en cualquier punto de la Rotonda.

A pesar que queríamos continuar en el sitio, debíamos seguir para poder ver más cosas de Roma, en especial, lo que nos habíamos marcado para este día. Nuestra siguiente parada, la iglesia de Santa María sopra Minerva.

Apenas a 100 metros de la Rotonda, a la espalda del Panteón, se encuentra esta iglesia que se construyó sobre un templo pagano dedicado a Minerva (de ahí “sopra Minerva”) Con la fachada renacentista, sin embargo, tiene el interior gótico y allí está enterrada la patrona de Italia, Santa Catalina de Siena.

En la plazoleta de entrada a la iglesia se encuentra una estatua de Bernini, un elefante con, como no, un obelisco que hace de joroba puntiaguda. Representa la sabiduría y la inteligencia del animal (si ellos lo dicen será cierto)

De aquí nos vamos a ver Il Gesú (ya estuvimos la tarde-noche anterior, pero no pudimos entrar) paseando por la vía del Pie de Mármol y la del Gesú, hasta llegar a la plaza del mismo nombre. Esta iglesia es la sede (y madre) de los jesuitas. Se hizo con una nave más larga para las procesiones fueran más espectaculares. De estilo barroco se utilizaron el mármol, bronce dorado, lapislázuli y otros materiales valiosos en su construcción, echo que hace que sea más impresionante.

A estas alturas del día el cansancio empezaba a molestar más de la cuenta. Para ser el primer día por Roma nos estábamos dando una paliza del 15. Eso si, el cansancio desaparece viendo las maravillas que hay en la ciudad.

El sol empezaba a esconderse cuando salimos del Gesú. Continuamos por la calle de Aracoeli, pasando por el lateral del monumento a Victor Manuel, hasta llegar a la escalinata que subía a la iglesia del mismo nombre que la calle.

Aprovechando las escaleras nos tomamos un descanso (prácticamente nos tomábamos un descanso en cada rincón que nos encontrábamos) Rondaban las 7 de la tarde y la iglesia parecía cerrada con lo que no hicimos ni el amago de darnos la paliza de subir semejante escalinata. Solo una persona se encontró con fuerzas para subir, Juanpe. Desde entonces merece todo nuestro respeto y admiración. Ahora nos dirigimos a él como Señor Don Juanpe.

Durante nuestro kit-kat vimos pasar un “pequeño set” de cine, simulando un paseo en coche por la ciudad. La foto no es de buena calidad, por lo sorpresivo del momento, pero os lo muestro por lo curioso que es todo este tipo de cosas.

Entrábamos en la última etapa de nuestro larguísimo e intensísimo primer día. Ya nos quedaba poco. Bajamos por la calle del Teatro Marcelo y aunque solo nos teníamos que dejar llevar por la inercia y caeríamos, los pies estaban ya molidos y casi no nos podían llevar.

A mitad de camino o de la calle está el teatro de Marcelo, o lo que queda de él. Un teatro del que se conserva, y muy poco, la fachada, pero que en sus buenos tiempos llegó a albergar hasta ¡¡20000 espectadores!! En la actualidad se siguen dando conciertos o actuaciones, pero en un teatro moderno, en su interior. Junto a las ruinas hay tres columnas de lo que fue un templo dedicado a Apolo.

Cuatro foticos más tarde terminamos de descender la calle y llegamos a la zona llamada Forum Boarium y Forum Holitorium, donde en época romana había un par de mercados al aire libre de ganado y verduras.

Justo antes de llegar a la iglesia de Santa María in Cosmedin (donde está la boca de la verdad) hay un pequeño jardín con una fuente y dos templos, uno rectangular y otro circular. El rectangular estaba dedicado a Portunus, el dios de los puertos y el circular es el templo de Vesta, aunque eso es erróneo, según los expertos, pues en realidad estaba dedicado a Hércules Victor, ya que era el dios defensor de los ganaderos. Muchas de las columnas del templo son originales.

Agotados y hambrientos dimos por terminado el día turísitico, pero no el tour restauranteril. A partir de aquí, como no nos habíamos cansado bastante, empezamos a movernos para ir a un restaurante a cenar. Cogimos un autobús en Aracoeli para que nos acercara lo más posible a la plaza de España, pues nos habían dicho que había un buen restaurante allí, sobre todo, por el problema gastrointestinal de Ángela.

Pero después de pillar el bus y de andar unos 500 metros, nos encontramos que no encontramos ningún restaurante por la zona, salvo un McDonald y un par de bocaterías. Como era normal decidimos ir unos al McDonald y Ángela con Geli y Peter tuvieron que cogerse un bocadillo lo más ligero posible.

Mataos de todo el día, con el estrés suplementario de ir detrás y delante de los “+%&ç+&#¬” críos, nos fuimos a casa a descansar que al día siguiente nos esperaban más cosas que ver y descubrir.

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