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Posts Tagged ‘Largo Argentina’

Aprovechando un viaje reciente a Roma con los alumnos del instituto, voy a empezar a publicar, en varios post, un viaje anterior que hice hace unos años con la familia y unos amigos a la ciudad eterna.

No me puedo inventar nada nuevo sobre Roma.

El que más o el que menos sabe algo de la vieja ciudad, bien porque ha leído algún libro, publicación o trabajo, o bien porque ha visto alguna película o documental, o bien porque la ha visitado (como mi cuñada que la ha visto ya 4 ó 5 veces)

Simplemente voy a exponer mi experiencia (sobre todo con imágenes) del viaje que realice a la capital de Italia, además de a Pompeya y Florencia (con sus alrededores).

Viajamos en avión de bajo coste, por suerte hay variedad de vuelos a un sitio como Roma. Prácticamente ocupamos el 10% del avión ya que íbamos 9 personas, aunque una de ellas valía por tres (sin acritud, Peter) Conseguimos un apartamento, que estaba de puta madre, para toda la tropa, 6 adultos, 1 semiadulto y 2 bichos, ¡uy!, perdón, niños.

Pasadas las explicaciones/preguntas pertinentes de/a los propietarios, comimos en un restaurante a las espaldas del Vaticano (que no resulto muy allá), compramos viandas y otras cosas y salimos a descubrir, para algunos, y redescubrir, para otros, la ciudad eterna. Tontín, tonteando, se nos hicieron las 8 de la tarde para pillar el autobús al centro, todo esto desde las 11 de la mañana que llegamos al apartamento.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Esa tarde-noche salimos a disfrutar de la ciudad como si no hubiéramos conducido toda la noche y solo hubiésemos dormido un par de horas en el avión.

El autobús fue nuestro amigo durante los nueve días que estuvimos allí y ese primer día no iba a ser menos. Bajamos en Largo Argentina o Largo di Torre Argentina y allí ya nos encontramos con las primeras piedras tiradas por el suelo, rodeadas de un centenar (¡hala!, que exagerao) de gatos.

Resulta que en Torre Argentina hay un refugio para gatos sin hogar, por eso hay una parva de gatos por las ruinas y alrededores.

En el orden histórico, las ruinas son de 4 templos romanos de la época republicana y de un teatro dedicado a Pompeyo. Las ruinas fueron descubiertas a principio de siglo XX al reconstruir Roma después de la Unificación de Italia.

Paseando, paseando, pasamos por delante del Gesú como alma que nos lleva el diábolo para ir a la Piazza, que no pizza, Venezia, donde se ubica, así como quien no quiere la cosa, el Monumento a Víctor Manuel, primer rey de la Italia unificada (no el marido de Ana Belén), también conocido como la tarta o la máquina de escribir (nombre que le pusieron los americanos al entrar a Roma en la II guerra mundial)

Disfrutamos de la tarta hasta que nos jartamos, pero ahora tocaba coger un empacho a base de pizzas en el Pizzarito que hay cerca de Venezia, en una de las calles que salen de la plaza.

Pero, amigo, una vez saciados los apetitos, no precisamente sexuales, aunque placenteros casi por igual, para el postre quedaba lo mejor. La Fontana de Trevi.

Atestada, llena, plagada, ocupada, atiborrada, abarrotada, completa, colmada, henchida de paisanos y alienígenas estaba la plaza donde se ubica la fuentecica. Lo primero que hicimos fue coger el número para poder sentarnos. Por suerte fue más pronto que tarde cuando conseguimos sitio para acoplar la posadera o culo y así extasiarnos de tal maravilla de arte, luz y agua.

De Trevi, ya habrá momento para contar historias y otras zarandajas.

Sin ganas, pero con necesidad, nos volvimos a casa para acoplarnos en el catre, que no cutre, y descansar, pero poco, hasta la mañana siguiente.

Tempranico empezamos a mover a los niños y demás personal y una vez puestos en marcha pillamos, de nuevo, el autobús, esta vez hasta la plaza de la Rovere, osease, más o menos cerca del Vaticano y Sant’Angelo, justo antes de cruzar el Tíber. Desde allí empezaba nuestro gran día. Gran, no por lo magnífico, que también, sino por la paliza que nos íbamos a dar, eso si, pero con gusto, que no hace daño, excepto para los pieses.

Bordeando el río por su margen derecha, la del río, nos acercamos al castillo con el Vaticano mirándonos de lejos. No nos introdujimos en él, no se porque, pero no teníamos mucho filling con el castillo, con lo que lo dejamos, lo de entrar, para un ratito que tuviéramos libre (que ilusos).

Y cruzamos el puente engalanado (que cursi, por Dios) con numerosas estatuas a ambos lados. Ángeles, arcángeles, con todo tipo de instrumentos, y un par de santos o frailes en uno de las puntas del puente.

Entramos en el centro viejo de Roma, o lo que es lo mismo el Campo Marcio (o de Marte). Este fue, en época romana, una zona pantanosa que utilizaban para campamento o entrenamientos militares, además de juegos. Ya cuando el Papa fijó su residencia en el Vaticano, esta zona se quedó como residencial y es lo que ha quedado hasta ahora, con calles estrechas e irregulares, salvo la principal, el Corso Vittorio Emmanuele II, que permanece tal cual desde entonces.

Paseamos por estas callejas y lo primero que vemos es el arco dei Banchi, donde nos encontramos una de las muchas curiosidades de la ciudad, es una de las muchas marcas que hay de hasta donde llegó el Tíber en el siglo XIII, más concretamente en 1277.

Andando y tropezando en los adoquines accedemos a la plazoletilla de la Chiesa Nuova, o Santa Maria della Vallicella. La primera de muchísimas iglesias que hay que ver en Roma. Como casi todas, posee unos techos con unos frescos (nunca los del barrio) o pinturas de tremenda belleza, osease, bonitos.

Una vez visto lo que teníamos que ver, cruzamos la calle de Vittorio dirigiéndonos al otro lado, donde callejeando nos encontramos muchos palacios y detalles de otros tiempos, más bien renacentistas y barrocos. Es en la vía Giulia donde hay más exponentes de dichos palacios.

Todo era paseo y goce del plan urbanístico local, calles estrechas y adoquinadas, mal adoquinadas, en las que una torcedura de tobillo no sería de extrañar, o si vas en coche, una rotura del eje de la transmisión. Sin embargo, no cabe duda que esta antigua zona pantanosa (hablo de la época romana) nos iba a dar muchas satisfacciones, buenos sabores de boca (sobre todo, en cucurucho y de dos sabores)

Así desde esta calle accedemos a la plaza Farnese donde deberíamos ver uno de los tres éxtasis de Bernini que hay en Roma. Pero, ¡chasco!, la iglesia de Santa Brígida está cerrada y a pesar de intentarlo por otra puerta nos dicen que ahora está chiusa y no podemos acceder a ver el interior. Pues nada, contemplamos el palacio Farnese, que actualmente es la embajada francesa. Hay algunos que dicen que es el palacio más importante de Roma y la verdad que te deja maravillado. Además el palacio con la plaza forma uno de los rincones más bonitos de la ciudad. Justo enfrente de la embajada está la de Chipre, pero no hay color con la de Francia.

Poco a poco vamos comprobando que aquí los ninis tuvieron mucha influencia en todo lo que hacían, los Bernini, Borromini, los Mini coches, estos imprescindibles para moverse con soltura por la urbe.

Al lado de esta plaza está una de las plazas más llamativas (aquí es todo llamativo, estrambótico, interesante, impresionante o de antes) El Campo de Fiori o mercado de las flores. En el hay instalado un mercado, tipo mercadillo de cualquier pueblo, con puestos de flores y de fruta u otras cosas.

Bebemos agua, tomamos fruta fresca (que, por cierto, estaba muy buena) en recipientes para turistas al módico precio de cinco euros (un buenísimo atraco).

En el sempiterno callejeo del día nos acercamos, sin darnos cuenta, a la iglesica de Sant’Andrea.Tremenda, suntuosa, las pinturas del techo, como en las anteriores iglesias que hemos visitado son alucinantes, te quedas con la boca abierta, maravillado. La cúpula de la iglesia es la más grande de Roma, después de la del Vaticano.

Desde aquí ya salimos de las callejas y pasamos al bullicio de la calle principal. Volvemos hacia atrás para hacer una ese y poder ver la estatua de Pasquino (la estatua parlante), y de esta a Navona, la piazza Navona.

Un antiguo circo que ahora es un punto neurálgico de la ciudad, donde Borromini y Bernini se emplearon fuerte para ganar el combate de la belleza, construyendo con todas sus fuerzas (valga la redundancia) y defenestrando todo lo que hacía el otro. De todas estas disputas nos queda un muy buen ejemplo. El conjunto de estatuas que rodea el obelisco (Bernini) y que tiene enfrente, bueno, enfrente, enfrente, no está, a un lado del conjunto del obelisco está la iglesia de Sant’Agnese in Agone (Borromini)

Como de la fontana de Trevi, ya habrá tiempo de contar algo sobre la piazza Navona.

Vamos con retraso y la hora de comer nos ha pillado antes de donde deberíamos haber estado. Aprovechando el momento nos resguardamos del calor veraniego que hace. Al salir por el lado norte de la plaza empezamos a buscar restaurante. En realidad ya hemos estado buscando sitio en los restaurantes de Navona, pero no ha habido forma de acercarnos a ellos sin que temblara el bolsillo.

Justo al salir de la plaza, te encuentras en otra más pequeña donde está el palacio Altemps, un palacio privado en el que podemos visitar (pero no lo hacemos) un pequeño museo. Sin más allá que un arte renacentista en su fachada, no tiene más que mirar, salvo que resultó ser una pieza más en el aprendizaje de mi tío. Allí pasó unos años estudiando o preparándose para el sacerdocio en su estancia romana.

Al lado está la calle que va en dirección al palacio de justicia y donde se encuentra nuestro restaurante preferido, la pizzería Zio Ciro. Manda huevos que pasamos por allí unas ochocientas veces y me acabo de acordar del nombre del puñetero restaurante. He tenido que buscar y rebuscar en internet para encontrar el nombre del susodicho.

Con la panza panzuda de pan, tomate y queso, osease, pizza, volvemos a las calles, a seguir pateando Roma. Una vez más entramos en callejas y callejuelas para ir a la Vía del Corso. Nos metemos en patios de casas, paseamos por delante de la iglesia de Sant’Agostino, o por delante de una tienda con una figura de un soldadito en la que hicimos un poco el tonto.

Mientras nuestro cuerpo iba haciendo la digestión llegamos al palacio de Montecitorio, que es el actual palacio de congresos o cámara de los diputados italianos. Justo enfrente hay otro obelisco (el segundo que vemos, hay trece en total en Roma) Continuando nuestro paseo entramos en la plaza Colonna donde está una de las columnas más bonitas de la época romana, la columna de Marco Aurelio. Por desgracia para esta, tiene que competir con la gran famosa, la columna de Trajano, y esto hace que sea una desconocida. Aún así no tiene mucho que envidiar a esta última.

La Columna de Marco Aurelio fue hecha en el 193 d.C. para celebrar la victoria (como casi todo lo que hicieron estos romanos) sobre energúmenos que no querían otra cosa que conquistar la ciudad. En la plaza está el palacio Chigi que es la sede de la oficina del primer ministro.

En uno de los cuatro lados de la plaza, con la vía del Corso por en medio, hay un centro comercial donde paramos un ratico para tomar un cafelico y así despejarnos de la modorra que nos ha provocado la comida.

Tras haber cafeteado un poco, seguimos nuestra visita a Roma en su primera parte. Zigzagueamos entre la gente y las calles y entramos en la plaza de Petra donde en uno de los muros de la Borsa di Roma están adosados 11 columnas de lo que fue un antiguo templo enalteciendo a Adriano.

Gozando de la calidez del sol y de las calles y como si no fuera la cosa con nosotros aparecimos en la plaza de la Rotonda, un punto clave de nuestro primer día. El Panteón de Agripa se encuentra en ese punto. Maravilla arquitectónica de los romanos que sin las tecnologías actuales consiguieron una cúpula de dimensiones exactas, sin defectos.

Fue dedicado a los dioses romanos, y construido por Agripa en el 27 a.C.,  se destruyó por un incendio en el 80 d.C. y reconstruido por completo  por Adriano. Es el primer templo circular que se construyó. Hasta entonces esta forma solo se hacían en las termas.

Está compuesto por un pórtico de 16 columnas y una cella cilíndrica. La cúpula tiene un óculo (o agujero) central de nueve metros que es por donde entra la luz (y la lluvia) e ilumina toda la estancia. El espacio interior lo forma un cilindro que tiene una altura igual al radio de ese cilindro, con lo que en el interior del panteón cabe una esfera completa perfecta, siendo esta cúpula la más grande construida en el mundo, incluso mayor que la del Vaticano.

El templo estaba dedicado a las siete divinidades celestes de la mitología romana: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En la edad media se trasformó en iglesia católica, situación que mantiene en la actualidad, aunque la cantidad de visitantes haga parecer que no sea así. En su interior reposan los cuerpos de Rafael y el rey Víctor Manuel II, entre otros.

Bueno, ya está bien de tanta historia. Volvamos a la plaza.

Y ¡¡joder!! Si es que paseando por la plaza, por el interior del Panteón o simplemente permaneciendo sentados en los escalones de la coqueta fuente del centro de este foro, uno puede entrar en un éxtasis de placer y tranquilidad (a pesar del gentío que hay en agosto en Roma) observando cada detalle del lugar. Las columnas del Panteón, las casicas coloreadas de la plaza, la gente disfrutando de un capuchino en la terrazas de los bares, o la fuente de Della Porta con un pequeño obelisco en el centro de la misma, hacen que uno no quiera seguir caminando y desee permanecer durante largo tiempo en cualquier punto de la Rotonda.

A pesar que queríamos continuar en el sitio, debíamos seguir para poder ver más cosas de Roma, en especial, lo que nos habíamos marcado para este día. Nuestra siguiente parada, la iglesia de Santa María sopra Minerva.

Apenas a 100 metros de la Rotonda, a la espalda del Panteón, se encuentra esta iglesia que se construyó sobre un templo pagano dedicado a Minerva (de ahí “sopra Minerva”) Con la fachada renacentista, sin embargo, tiene el interior gótico y allí está enterrada la patrona de Italia, Santa Catalina de Siena.

En la plazoleta de entrada a la iglesia se encuentra una estatua de Bernini, un elefante con, como no, un obelisco que hace de joroba puntiaguda. Representa la sabiduría y la inteligencia del animal (si ellos lo dicen será cierto)

De aquí nos vamos a ver Il Gesú (ya estuvimos la tarde-noche anterior, pero no pudimos entrar) paseando por la vía del Pie de Mármol y la del Gesú, hasta llegar a la plaza del mismo nombre. Esta iglesia es la sede (y madre) de los jesuitas. Se hizo con una nave más larga para las procesiones fueran más espectaculares. De estilo barroco se utilizaron el mármol, bronce dorado, lapislázuli y otros materiales valiosos en su construcción, echo que hace que sea más impresionante.

A estas alturas del día el cansancio empezaba a molestar más de la cuenta. Para ser el primer día por Roma nos estábamos dando una paliza del 15. Eso si, el cansancio desaparece viendo las maravillas que hay en la ciudad.

El sol empezaba a esconderse cuando salimos del Gesú. Continuamos por la calle de Aracoeli, pasando por el lateral del monumento a Victor Manuel, hasta llegar a la escalinata que subía a la iglesia del mismo nombre que la calle.

Aprovechando las escaleras nos tomamos un descanso (prácticamente nos tomábamos un descanso en cada rincón que nos encontrábamos) Rondaban las 7 de la tarde y la iglesia parecía cerrada con lo que no hicimos ni el amago de darnos la paliza de subir semejante escalinata. Solo una persona se encontró con fuerzas para subir, Juanpe. Desde entonces merece todo nuestro respeto y admiración. Ahora nos dirigimos a él como Señor Don Juanpe.

Durante nuestro kit-kat vimos pasar un “pequeño set” de cine, simulando un paseo en coche por la ciudad. La foto no es de buena calidad, por lo sorpresivo del momento, pero os lo muestro por lo curioso que es todo este tipo de cosas.

Entrábamos en la última etapa de nuestro larguísimo e intensísimo primer día. Ya nos quedaba poco. Bajamos por la calle del Teatro Marcelo y aunque solo nos teníamos que dejar llevar por la inercia y caeríamos, los pies estaban ya molidos y casi no nos podían llevar.

A mitad de camino o de la calle está el teatro de Marcelo, o lo que queda de él. Un teatro del que se conserva, y muy poco, la fachada, pero que en sus buenos tiempos llegó a albergar hasta ¡¡20000 espectadores!! En la actualidad se siguen dando conciertos o actuaciones, pero en un teatro moderno, en su interior. Junto a las ruinas hay tres columnas de lo que fue un templo dedicado a Apolo.

Cuatro foticos más tarde terminamos de descender la calle y llegamos a la zona llamada Forum Boarium y Forum Holitorium, donde en época romana había un par de mercados al aire libre de ganado y verduras.

Justo antes de llegar a la iglesia de Santa María in Cosmedin (donde está la boca de la verdad) hay un pequeño jardín con una fuente y dos templos, uno rectangular y otro circular. El rectangular estaba dedicado a Portunus, el dios de los puertos y el circular es el templo de Vesta, aunque eso es erróneo, según los expertos, pues en realidad estaba dedicado a Hércules Victor, ya que era el dios defensor de los ganaderos. Muchas de las columnas del templo son originales.

Agotados y hambrientos dimos por terminado el día turísitico, pero no el tour restauranteril. A partir de aquí, como no nos habíamos cansado bastante, empezamos a movernos para ir a un restaurante a cenar. Cogimos un autobús en Aracoeli para que nos acercara lo más posible a la plaza de España, pues nos habían dicho que había un buen restaurante allí, sobre todo, por el problema gastrointestinal de Ángela.

Pero después de pillar el bus y de andar unos 500 metros, nos encontramos que no encontramos ningún restaurante por la zona, salvo un McDonald y un par de bocaterías. Como era normal decidimos ir unos al McDonald y Ángela con Geli y Peter tuvieron que cogerse un bocadillo lo más ligero posible.

Mataos de todo el día, con el estrés suplementario de ir detrás y delante de los “+%&ç+&#¬” críos, nos fuimos a casa a descansar que al día siguiente nos esperaban más cosas que ver y descubrir.

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