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Posts Tagged ‘Midtown’

Como diría Encanni: “madrugando voy, madrugando vengo, vengo”.

Es en el único sitio, de vacaciones, que da gusto levantarse temprano. Da lo mismo la hora ya que vas a disfrutar del día y el lugar. Hoy nos toca la 5ª avenida y los museos, el de historia natural y el MET.

Desayunamos en Times Square, como casi siempre, y nos vamos a ver la famosa avenida. La primera parada la hacemos en la catedral de Saint Patrick. Esta es grandísima, pero al estar rodeada de rascacielos parece más pequeña de lo que en realidad es. Lo malo es que la pillamos en periodo de restauración y está casi cubierta de andamios.

Tras verla por dentro y rezar por nuestros seres queridos, cruzamos la calle para hacernos la foto con el Atlas del Rockefeller Center.

Continuamos por la quinta hacia arriba y vamos cruzando de una acera a otra parando en cada escaparate que nos encontramos. De esta forma llegamos a la tienda de la NBA, pero está cerrada. Son la diez menos diez, faltan diez minutos para abrir, así que seguimos el camino viendo cada edificio y cada tienda, de esta forma llegamos a Tiffany’s. Como yo no tenía mucho interés por entrar, me separé de ellos y volví a la tienda de la NBA y quedamos en la joyería en un rato.

A pesar de haber comprado un par de cosillas y de tener el cambio del dólar a favor, había cosas que no se podían ni tocar.

Acabo con la NBA y vuelvo a Tiffany’s con la esperanza de que sigan dentro. Cuando entro en la joyería empiezo a mirar de un lado a otro para ver donde están y no los encuentro. Empiezo a moverme por dentro con la mirada en todos los lados y nada de nada. Como estos hayan salido a ver donde los encuentro. Llego al fondo de la tienda donde están los ascensores. Bueno, ahora si que la hemos hecho buena. ¿En qué piso estarán? yo que creía que era solo una planta, ahora, ¿a ver qué hago?

— Perdone, ¿quería algo?

¡Coño! un armario empotrao…, digo, un miembro…, digo, un segurata vestido de armani.

— ¿Perdón? – pregunto en un inglés perfecto.

— ¿Qué si quería algo?

Joder y ¿porqué se pensará este que quiero algo? solo porque voy en zapatillas, bermudas, mochila fotográfica y voy mirando a todos los lados como perdido, ¿debo querer algo?

— Busco a mi mujer.

— En la tercera planta.

— ¿Eiin?

— En la tercera planta, señor. – me dice con una sonrisa de pabellón auditivo a pabellón auditivo.

Con tanta seguridad uno no puede negarse, así que me voy a la tercera planta y mira tu por donde, allí encuentro al trío rociero mirando entre tanta joya.

Ahora entiendo el porqué tenía que estar mi peña en esa planta. Resulta que es la planta donde está la plata, y por lo tanto, la planta más asequible para los de a pie. Se ve que los turistas no tenemos acceso a otras joyas. De todas formas no teníamos intención de gastarnos más allá de diez o quince mil euros en Tiffany’s.

Después de un rato viendo tanto brillo, y de poner los dientes largos a las mujeres, y, por supuesto, de adquirir un par de cosillas, salimos a la calle para continuar nuestra ruta.

Un poquito más arriba llegamos a la esquina donde se encuentra el cubo de Apple y la tienda de juguetes FAO Schwartz, enfrente justo del archifilmado hotel Plaza, edificio este que si te lo encuentras en medio del monte, en un temporal de rayos y truenos y de noche, no se te ocurriría entrar ni de cachondeo del aire tétrico que tiene, por lo menos es lo que me parece a mi.

Nos vamos a la juguetería a comprar algunas cosillas para hijos, sobrinos, amigos, etc. Lo primero que hacemos es comprar chuches, bueno, en realidad, las compra Juanpe que es un golosón de cuidado, je, je. Nos movemos por toda la tienda viendo los juguetes conocidos y desconocidos, y seguimos los carteles para llegar al piano que salió en la película “Big”, de Tom Hanks. Encima del piano estaban unos niños aporreando las teclas, con los pies, y en un lado otros niños aguardando cola para hacer lo mismo. Estuvimos en un tris de hacer cola, pero no queríamos dejar en ridículo a las demás personas haciendo una demostración de cómo se toca el piano entre cuatro. Del piano nos fuimos para la salida. Pagamos las tres cosillas que nos llevábamos y nos fuimos al cubo de Apple.

Más que nada entramos por curiosidad de ver la tienda, que por cierto está debajo del cubo, y para preguntar por el iphone, por si nos lo podíamos llevar por el módico precio de 20 dólares más los puntos de promoción. Pero los dependientes se empeñaron en que debíamos hacer un contrato de dos años con AT&T y por ahí no pasábamos, así que nos fuimos.

En los siguientes minutos llegó unos de los momentos que mejor recuerdo me llevé de NY, a mí y creo que puedo decir que también a mis tres acompañantes.

Cruzamos de Apple hasta la entrada de Central Park que hay en esa esquina de la quinta avenida con Central Park South y nos encontramos con un caballero montando a su brioso corcel, aunque en este momento no se movía, pues era una estatua. A su lado una panda de palomas echándose la siesta del borrego, impertérritas ante el bullicio de gente y ruido.

Dejamos East Drive a la derecha y nos metemos por un caminito entre la arboleda. Vamos paseando y disfrutando del paisaje y de lo variopinto de la gente. Bajando empezamos a ver un claro dentro de la espesura, y un poco más allá un lago.

Conforme va extendiéndose la mirada y siguiendo un camino que rodea el lago por la derecha, los ojos van a parar a un puente que hay al final y que al volver la vista poco a poco a un plano más general, te vas quedando con la boca cada vez más abierta con el paisaje que tienes delante. Es la zona llamada The Pond. Un lago con plantas acuáticas en sus orillas, con macizos de flores en muchos puntos, con el camino rodeándolo con bancos mirando en dirección al agua que invitan a sentarse y disfrutar de la vista, o a leer tranquilamente o, simplemente, a meditar.

La gente va de aquí para allá, unos con pausa como nosotros, y otros con más prisa, hacia sus labores. Pero a pesar de que hay bastante gente, sigue dando sensación de tranquilidad y puedes ir  por la cantidad de caminos y vericuetos, o por la hierba, que tiene el sitio sin que te atosigue nadie.

¡Qué maravilla!, ¡qué gozada! da gusto poder disfrutar de esto, de un espectáculo así. Acabamos de entrar en Central Park y ya me ha sorprendido. Supongo que todo no será igual, que habrá puntos más aburridos o sosos, pero con que tenga partes como estas, mañana disfrutaré como un enano.

Me lío a hacer fotos por todos los lados y a todo lo que se menea o está estático. En un momento me tiran una piedra, es un decir, quien dice que te tiran una piedra, es que te llaman amablemente, lo mismo da. Son mis compas que reclaman mi atención para que les haga una foto con el lago y el puente de fondo. Una vez hecha seguimos disfrutando del paseo yendo hacia el puente. Desde la distancia el mismo parecía pequeño pero al ir acercándonos se iba convirtiendo al tamaño que tiene y que nos sorprende. No es el puente de Brooklyn pero no es un puentecito de madera. Se ve bastante robusto, recubierto de piedra y con una barandilla que llega al pecho de una persona con una estatura normal.

Estamos un ratico en el puente gozando de la vista. El lago bajo el puente y delante de nuestra mirada con el césped y árboles a los lados y enfrente, y detrás de todo esto, como mastodontes, los rascacielos de Manhattan, el Midtown.

Nos vamos en diagonal por el parque hacia la calle 66. Pasamos por uno de los múltiples campos de béisbol en los que perdemos un poco el tiempo viendo a la gente jugar. Continuamos y llegamos a la zona del Tavern on the Green, desde donde salimos del parque a Central Park West y subimos la calle hacia el Museo de Historia Natural. Por el camino nos damos cuenta que en esta calle no hay ni un solo local comercial, ni cafetería, tienda, nada. Pasamos por delante de edificios diferentes a los del Midtown. Aquí no hay edificios de cristal y, por supuesto, no son tan altos. No tengo ni idea de arquitectura, ni de arte, pero estos edificios tienen otro estilo, no se explicarme, simplemente me gustan más.

Unos pasos más adelante de nuestra salida del parque nos encontramos con el edificio Dakota, edificio famoso por una desgracia más que por su propio estilo de construcción. Seguramente antes del asesinato de John Lennon el lugar sería un punto de visita, pero desde esa fatídica fecha se le recuerda más por la muerte del ex-beatle que por su belleza. Aún más con la colocación de Strawberry Field como homenaje al cantante, que se ha convertido en un lugar de peregrinación de todos los fans de John Lennon, además de atraer a los turistas.

Llegamos a las dos al Museo de Historia Natural y lo mejor es que antes de entrar deberíamos comer, pero no hay nada a simple vista, así que Encarna y yo nos vamos aún más hacia arriba a ver si encontramos algún baretico de comida rápida, pero nada, no encontramos nada, así que volvemos a la puerta del museo y decidimos comer un par de perritos de unos de los puestos que hay enfrente de la puerta principal del museo. Al día siguiente nos dimos cuenta que en las avenidas de detrás estaban llenos de Starbucks, McDonald’s, y lugares de ese tipo. De todas formas por un día que comiéramos de esta guisa no nos pasaba nada.

Mientras comemos decidimos cambiar el plan que teníamos. En un principio, después de ver el Museo de Historia Natural cruzaríamos Central Park para ver el MET, pero la verdad es que eran las dos de la tarde, no habíamos comido y todavía no habíamos entrado al primer museo, como para ver esta tarde más arte. Así que decidimos dejar el MET para el día siguiente a primera hora y así hoy nos dejaba unas horas para ir de compras a Macy’s y resarcirnos del chasco del día anterior.

Entramos al museo y nos encontramos con un dilema. Pagar la entrada o hacer una donación. O pagar 80 dólares (veinte cada uno, creo recordar que es lo que vale la entrada) o unos dólares por los cuatro. En el foro de Nueva York todos aconsejan hacer una donación. A todos nos daba corte el dar sólo unos cuantos dólares, pero yo estaba por la labor de intentarlo, si luego nos decían que no podía ser, pues pagábamos y punto. Así, con la intención de hacer una donación de cinco dólares por los cuatro, nos acercamos al mostrador y pedimos que nos atienda alguien que sepa español. Nos dirigimos al taquillero y nos explica lo que hay:

— Son 20$ por persona, en total 80$.

— Gracias, pero queremos hacer una donación – esto dicho lleno de nervios y, seguramente, más colorado que un tomate por la vergüenza.

— ¿De cuánto?, por favor.

— De cinco dólares.

— Muy bien, entonces son 85$.

— No, no me ha entendido, sólo quiero hace la donación.

— Pero entonces no pueden pasar al museo.

— No puede ser, si con hacer la donación ya basta para visitar el museo.

— Si claro, y le ponemos una alfombra roja, le damos el almuerzo y le lavamos la ropa. No te digo.

Que no, que no ocurrió así. Vamos a volver a cuando nos acercamos a los mostradores para que nos atienda uno que sepa español. Nos explica lo que cuesta el entrar al museo, y en ese momento, viene lo más cortante. Le digo que queremos hacer una donación de cinco dólares, y, temiendo lo peor, nos dice que no hay problema. Nos extiende los tickets, le doy los cinco pavos y nos salimos de la fila sin ningún tipo de problema, pero con la sensación de haber cometido un delito.

Todavía con los nervios en el cuerpo, empezamos a disfrutar del lugar, comenzando con el tremendo dinosaurio que hay en el hall, creo que es un diplodocus. Lo que está claro es que no es el tiranosauro rex de la película de Ben Stiller, “Una noche en el museo”.

Al ser el museo muy grande decidimos ver solo algunas partes. Nos metemos en la zona marina, allí está todo muy bien montado con múltiples escenas de ese mundo, con mogollón de animalejos puestos en las paredes, o colgados del techo. Entramos en una gran sala donde nos sorprende una ballena azul a tamaño real, aunque no se si es realmente real o irreal, es decir, disecada o de cartón-piedra, pero, eso si, es tremenda de grande. Además la sala la han amenizado con sonido de los gritos o chillidos que da la ballena con lo que le da al lugar un tono relajante, a pesar del gentío que había en ese momento.

De esta sala pasamos a buscar a los dinosaurios, las múltiples salas con esqueletos de dinosaurios. Hasta que llegamos allí vamos pasando por otras salas con escenas de animales americanos, osos grizzlies, alces o bisontes. Ya dentro de la grandísima sección de los dinosaurios, nos sorprendemos de la cantidad de esqueletos o fósiles que hay, y de cómo están montados, algunos de los cuales necesitan prácticamente una sala para ellos solos.

Por donde pasábamos hacía fotos, alguna típica, como ponerse delante de una cabeza con cuernos y que parezca que eres tu el que los tiene, lo que nos hace que nos echemos una risas de vez en cuando.

Tras hora y media con esqueletos, nos paramos a tomar un refrigerio antes de seguir hacia otro punto. Terminamos la visita viendo un tótem de la isla de Pascua, pasando antes por una sección de animales africanos.

Tres horas después salimos del museo con una muy buena sensación, nos ha encantado, pero con tan poco tiempo que te quedas con ganas de quedarte allí y de ver muchas más cosas. Se necesitan varios días para poder verlo todo, así tenemos otra excusa para volver a Nueva York.

Cogemos el metro a la salida del museo y nos bajamos en la 34 con Penn Station, y de allí andandico a Macy’s. Al llegar, lo primero que hacemos es ir a por el vale descuento que hacen a todos los extranjeros, un 11%, creo recordar. Preguntamos donde teníamos que ir y nos mandaron a las oficinas. Allí con el pasaporte en la mano nos dieron una tarjeta válida para un cierto tiempo, no se si un mes, y que nos descontaban ese 11% en todo menos en cosmética y joyería.

Con la tarjeta descuento en nuestro poder solo faltaba comenzar a rayar la tarjeta y eso es lo que hicimos uno vez y otra vez y otra vez…

Personalmente me llevé dos Levi’s por 50 euros los dos y alguna camiseta. Los demás otras cosillas.

Nos tuvieron que echar del centro comercial, es un decir, y ya fuera, ahora tocaba buscar restaurante. ¡Buff! Con lo cansados que estábamos, ahora ponte a buscar sitio para picar algo. Lo que teníamos claro es que no nos apetecía un sitio de comida rápida, y más después de haber comido la comida más rápida que hay, perritos calientes.

El caso es que nos vamos para arriba por la novena, charlando sobre lo que hemos hecho en el día, mirando a ver si nos encontramos con algún restaurante en condiciones. Queríamos uno como el de la noche anterior, un sitio en el que estemos alrededor de una mesa, y que no nos atosigue la gente que va con prisa entrando y saliendo. Vamos, un restaurante como los que hay en España, como Dios manda.

Parece que vamos a acabar en la calle 46 cuando al pasar por la esquina de la 44 vemos el restaurante Marseille, oteamos como es, nos gusta y nos metemos dentro.

¡Tremenda decisión! ¡Magnífica decisión! Es el mejor restaurante del viaje en el que hemos comido y de los que vamos a comer, y eso que hay en San Francisco alguno que nos gustará, pero esa historia ya vendrá.

Al entrar te llama la atención la luz tan tenue que hay, a pesar de venir de fuera, que es noche cerrada, el ojo se tiene que acostumbrar a la poca luz que tiene el local. Luego, una vez dentro si se ve bien, se ve lo que comes y a las demás personas del restaurante, una vez que la retina se acostumbra a la luz existente.

Lo que si logro ver, y muy bien, es a la maître que nos atiende al entrar, está de muy buen ver, je, je. Nos sentamos en una mesa y empezamos a leer la carta, y como apenas entendemos algo, pedimos al camarero que nos atiende si hay alguien en el local que sepa castellano, y al rato aparece un argentino que nos explica de qué va cada plato.

En ese momento ya sabía lo que iba a pedir. Me apetecía pescado y me pedí una “tuna steak”. ¡¡Joder, que bueno!! ¡el atún está impresionante, delicioso! En general, toda la cena estuvo genial, no se si sería el hambre o las ganas que teníamos de comer algo en condiciones, pero nos sentó todo divinamente.

La cena nos salió por 150$, propina incluida, que al cambio nos salió a unos 25 euros por cabeza. La calidad-precio creo que estuvo más que bien. Le doy una nota de un nueve, porque la perfección no existe, para el restaurante Marseille.

Terminada la cena, volvemos a casa riéndonos de las tonterías que vamos diciendo hasta que casi le da algo a Encarna. Se nota que nos ha sentado genial la cena.

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Mmmmnnnnnn, uff, ¿qué hora será? ¡Joder, las cinco de la mañana! No puede ser, el reloj del video tiene que estar mal.

Por la ventana no entra luz, o sea que tiene que ser esa hora, más o menos. Bueno esté o no bien, voy a ver si cojo otra vez el sueño.

Después de dar unas cuantas vueltas en la cama sigo despierto. Apenas pasan los minutos. El caso es que oigo movimiento en la casa, alguien tiene que estar igual que yo, que no se puede dormir. A las seis y media nos levantamos, es tontería estar en la cama dando vueltas, y además, ¡qué coño!, estamos en Nueva York, hay que moverse y disfrutar de la ciudad.

Hoy toca el Midtown, no nos cansaremos mucho, lo tenemos todo cerquita.

Nada más quitarnos las legañas de encima, salimos a la calle en busca de un lugar donde desayunar. Al no conocer ningún sitio en concreto hacemos como en la noche anterior, nos movemos hacia el punto de información de Times y si encontramos algún sitio donde picar allá desayunaremos. En el camino encontramos el European Café, cadena de comida rápida. Nos disponemos a pedir pero no sabemos si nos van a entender, cuando un dependiente se da cuenta que estamos un tanto perdidos y llama a uno que sabe español y nos soluciona el tema. Desayunamos y nos vamos a información.

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Otra vez en Times Square. “The Great White Way”. Este fue el nombre que puso O. J. Gude, creador de los primeros carteles publicitarios puestos en TS, a finales del siglo XIX, en los que utilizaban solo bombillas blancas.

El primer cartel se puso en 1898 para Coney Island. Luego en 1904 el NY Times se trasladó a la plaza y esto hizo que pasara a llamarse Times Square y donde, en 1910, puso la ya famosa cinta luminosa de noticias. La primera narración fue una pelea de boxeo entre Jim Jeffries y Jack Jonson. La cinta se componía de 15000 bombillas destellando a la velocidad de 75000 veces por segundo. Ahora esa cinta es digital conocida como zippers.

En el 17 se colocó el cartel más grande del mundo (24×61). En el 20 se empezó a introducir el color. Ha habido muchos anuncios famosos, como el de la Coca-Cola vaciándose a través de una pajita, o el de la Pepsi de los años 50, una cascada rodeada por botellas de Pepsi, u otro del hombre fumando Camel y echando anillos de humo.

Curioso es el hecho de que s_DSC7605e construyera un edificio especialmente diseñado para la colocación de carteles luminosos. Está situado en la parte norte de TS, en Duffy Square. Es el edificio donde está colocado el cartel de Coca-Cola.

Hoy en día bien que se podría cambiar el nombre por el de “The Great Colour Way”, ya que el blanco es precisamente el color que menos se utiliza.

Entramos al punto de información y nos encontramos varios ordenadores desde los que podemos buscar información durante diez minutos gratuitamente. También había unos ordenadores conectados a cámaras de video para hacer grabaciones cortas y poder mandarlas por e-mail. Está claro que no podíamos perder la oportunidad de hacer alguno y mandárselo a nuestros seres queridos y así darles envidia. Empezamos a hacer el pavo, sobre todo yo, mientras la máquina nos graba. Pasamos un rato bastante divertido con la tontería del video. Una vez visto lo visto y hecho lo hecho salimos a hacer lo que habíamos venido a hacer, turismo.

Empezamos a callejear en dirección a la estación Grand Central, observando todo lo que se nos pone a tiro, escaparates, gente, edificios, hasta las alcantarillas nos parecían bonitas y curiosas. Bajamos de la 46 a la 43 para ir más directamente a la estación. Mientras paseamos nos damos cuenta de lo escandalosos que son estos americanos, más concretamente los servicios de urgencia. Van a todos los sitios con las sirenas puestas sin haber situaciones de aparente peligro. Supongo que irán para acudir más rápidamente, y supongo que será para atender el peligro correspondiente, pero no nos parecía que todas las situaciones las requirieran.

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Recorremos los metros como sin darnos cuenta, disfrutando de lo espectacular que es la ciudad, cuando llegamos al cruce con la avenida de las américas observo una imagen que me deja anonadado, miraba al este y veía el edificio Chrysler, miraba al sur y veía el Empire State building, dos de los edificios más emblemáticos de NY estaban delante de mis ojos (y de los demás), esto con el paso de los días lo vería como una cosa normal, pero en ese momento me pareció de lo más precioso.

Después de uno de los momentos más bonitos de ese día, continuamos nuestro paseo por la acera norte de la calle 43 y al cruzar la quinta avenida nos topamos unos raíles en la calzada, en realidad creo que se llaman traveling. Eran unos raíles que llevaban la cámara para realizar un anuncio, concretamente de Burger King. En el otro lado de la calle estaban los extras junto a los protagonistas del anuncio, el King y unos “policías” que lo tenían que perseguir calle abajo.

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Era divertido ver lo que sería un decorado de cine pero en las calles de NY. La calle se cortaba sólo cuando se rodaba, mientras que no se hacía los camiones y coches pasaban. En una punta del traveling se situaba la cámara con varios operarios incluidos el cámara, por supuesto, y en el lado contrario había una carpa donde se encontraban las pantallas en las cuales se recogían lo grabado y donde se comprobaba si habían salido bien las cosas o no. Junto a la carpa se encontraban los del catering con sus bocadillos y bebidas, todo bien enfilado y colocadito. En cada punta de la zona de trabajo se colocaban seguratas y personal que controlaban a la gente para que no se colase dentro. Después de intentar, y fracasar, que contrataran de extra a nuestra compañera de viaje, me fui a una punta para ver mejor como trabajaban y a hacer unas fotillos. De paso, preguntándole a uno de los seguratas, me enteré de que trabajaban unas 60 personas en la realización del anuncio, mogollón de gente para 20 segundos. Toda esta peña todo lo hace a lo grande._DSC7692

Esperamos a que hicieran una toma para ver como era y tras pasar un buen rato disfrutando de la parafernalia del rey de la hamburguesa, continuamos nuestro camino. Sobre las 12 de la mañana llegamos a las inmediaciones de la estación, con la continua visión del Chrysler. Rodeamos el edificio hacia el sur buscando la fachada principal. Entramos en la calle 42, esta pasa por debajo de Park avenue, la estación queda a la izquierda. Justo debajo de la avenida hay una entrada a la estación y enfrente de esta se sitúa una cafetería aprovechando el hueco que forma el puente de la avenida. Levanté la cabeza y pude ver el reloj de la fachada con Mercurio y detrás de este un edificio por el cual yo conocí NY, más incluso que por las torres gemelas o por el Empire State Building. El edificio MetLife. Ahora es de la compañía de seguros, pero en mi niñez pertenecía a la compañía aérea Panam.

Bajamos por Park para coger la calle superior y así entrar justo por debajo de Mercurio. Mientras llegábamos al punto para cruzar, íbamos disfrutando de los reflejos de unos edificios en otros. Cuando alcanzamos el punto donde podíamos se unían las calles superior e inferior nos dimos cuenta que no podíamos ir hacia el reloj. No había aceras para el acceso de los peatones, sólo podían pasar los coches. Además desde lejos parecía que había puerta de acceso a la estación. Hice la foto oportuna cuando cruzábamos de acera y volvimos para entrar por la puerta inferior, que remedio.

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Al bajar nos coscamos de un fistro, digo bistro, en el que poder comer si nos pillaba por la zona, ya que después de ver la ONU íbamos a volver sobre nuestros pasos para ir a otro lugar.

Por fin nos disponemos a entrar a la mítica estación. Una vez que cruzas la puerta, la entrada es normalucha, no tiene nada especial, pero cuando descendemos las escaleras y tras cruzar un arco vimos el gran hall. Como suele pasar en USA, suele haber banderas presidiendo ventanas, edificios y, como no, también tenía que estar en la estación, tanto dentro como fuera. Lo curioso fue que al entrar te topas con una de frente, pero colgada del techo y de perfil conforme entramos había una bandera de unas dimensiones tremendas. No sabría calcular el tamaño exacto, pero si digo que tenía unos 10 metros de largo no me quedo corto. A mi personalmente que no soy patriótico, no me llama la atención todas estas cosas, pero entiendo que si uno se siente de su país quiera demostrarlo de alguna manera y poniendo banderas es una forma como otra cualquiera de hacerlo.

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Al entrar te llama la atención lo grande que es el hall, a ojo de buen cubero, diría que tiene unas medidas de unos 36,5 por 53 metros y una altura de 38 con un techo abovedado de color azul-verdoso pintado con constelaciones. Enfrente, en lado norte, se sitúan las taquillas y la entrada a los andenes. Más o menos en el centro se sitúa un punto de información con el reloj con forma esférica en su techado. En el este y el oeste hay grandes ventanales de más de 20 metros de altura que hacen que apenas se necesite luz artificial. Justo debajo de las ventanas se encuentran unas escaleras que ascienden a las entradas este y oeste al recinto, y descienden a un submundo inesperado en el que se encuentran restaurantes, bares, salas de espera, multitud de asientos, y demás servicios. Este submundo ocupa lo mismo que el hall.

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Hicimos las oportunas fotos y nos sentamos en la barra de un bar que hay en la puerta oeste para descansar y disfrutar del entorno y del ir y venir de la gente. A la vez pudimos ver algo de las olimpiadas en las pantallas que tenían y de las que casi no nos habíamos enterado.

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_DSC7731Retomamos el curso de nuestra aventura por la selva neoyorquina dirigiéndonos hacia la ONU. Así que rodeamos la estación desde el oeste pasando por detrás del edificio Metlife. No teníamos previsto entrar en el edificio de las Naciones Unidas, pero por lo menos había que pasear por los alrededores y ver el edificio. Una vez allí hacemos un poco el paripé delante de una de las estatuas que hay, regalo del gobierno de Luxemburgo. La verdad es que teníamos que haber entrado para ver el hemiciclo y otros departamentos, pero se acercaba la hora de comer y nos apetecía más volver para ver otros sitios con más detenimiento.

Pero antes de comer había que pasar para ver, solo por fuera, el edificio que más me gusta de NY, el Chrysler. Cogimos la 44 de vuelta al centro y en Lexington torcimos para apreciar el precioso edificio. _DSC7745De todas formas, por el camino le iba haciendo foticos, detalles, reflejos, planos generales, torcidos, de todas las maneras que se me ocurrían. La putada es que no se puede acceder al interior. Tal vez podríamos haber accedido al hall, pero ni lo intentamos, porque ¿para qué?, si no íbamos a pasar más adentro, o arriba del todo que tiene que ser lo más interesante.

Un poco de historia sobre el edificio no viene mal. Se llama así porque lo construyó el magnate de automoción Walter P. Chrysler. Está adornado con elementos automovilísticos, como la parte superior que simula una parrilla del radiador. La aguja superior estuvo guardada en secreto hasta que se terminara el que se creía iba a ser el edificio más grande de NY, el del banco de Manhattan. Pero cuando este termino, el arquitecto del Chrysler hizo emerger la aguja e hizo que se convirtiera, por poco tiempo, en el edificio más alto del mundo con 320 metros.

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Una vez dicho esto nos fuimos al bistro cercano a la estación central, en Park avenue. Allí los compañeros disfrutaron de la comida, pero yo no, estaba ligeramente mareado y no me apetecía mucho comer. Aún así tragué un poco, lo que hizo que no mejorara, aunque tampoco empeoré.

Tras descansar un rato, nos pusimos otra vez en marcha. Íbamos a culturizarnos, nos acercábamos a la biblioteca pública. En la acera de la calle que iba directamente a la biblioteca habían puesto placas de acero en relieve con dibujos y frases de escritores famosos o frases lapidarias tipo “la lectura te hará libre” u otras por el estilo y hasta más profundas. Cada placa estaba separada de otra unos 10 metros aproximadamente.

En algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no… Uff perdón, se me han cruzado los cables. Empiezo de nuevo.

En algún lugar entre la estación y la biblioteca, pillamos unos cafeses envasados en cartón, con anillo antiquemaduras de cartón y tapa antisalpicaduras de plástico y nos fuimos paseando por la calle hasta llegar al lugar de las letras. Antes de entrar nos sentamos en los tranquilos bancos que se encuentran a los lados de la entrada y nos terminamos los cafeses charlando de cosas varias, mientras veíamos pasar a la gente por la quinta avenida.

La biblioteca está presidida por dos leones llamados Paciencia y Fortaleza. En las escaleras que suben a la puerta de entrada se concentran muchos neoyorquinos, tal como ocurre en el kilómetro cero de Madrid o en la puerta de El Corte Inglés de Murcia. Es el edificio de diseño beaux-arts del país y dentro de dos años cumplirá los 100 años de vida.

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Las grandes salas de lectura están flanqueadas por ventanas y con lámparas de araña colgadas del techo, evidentemente. La verdad es que da reparo estar paseando por la biblioteca mientras la gente está leyendo o trabajando, hay que estar calladito para no molestar y que no te echen. En España no se como ocurrirá, pues no visito esos antros de perversión, pero allá tienes que pasar varios controles de seguridad, tanto para entrar como para salir, para que no te lleves ningún libro de extranjis.

De biblioteca a biblioteca y tiro porque me teca, je, je, je. De la pública nos dirigimos en diagonal hacia el sureste para poder ver la biblioteca Morgan, que habíamos leído que era pequeña, pero muy curiosa de ver. Lo malo es que cuando llegamos estaba cerrada y nos fuimos a nuestra siguiente cita que era ¡¡¡EL EMPIRE STATE BUILDING!!!

_DSC7798Por Madison avenue bajamos hasta la 34, calle del “pequeñín”. Ahora vamos hacia el oeste viendo el edificio continuamente, como para no verlo. El día ha ido empeorando poco a poco y cuando llegamos al ESB está ya totalmente nublado y tiene mala pinta. De todas formas no íbamos a subir todavía pues queríamos llegar al anochecer para ver los últimos rayos de sol y como llega la noche a la “gran cebolla”. Así que para hacer tiempo nos dirigimos hacia el Madison Square Garden, que está un poco más allá en la misma calle. Pasamos por delante de una tienda en la que venden zapatillas Converse y miramos en el escaparate si hay el modelo que busco. Pero como queríamos ir al Garden, continuamos andando.

No tardamos mucho en tener que refugiarnos debajo de un andamiaje de una obra que hay en la fachada de Zara (que casualidad), pues empieza a caer un tormentón de tres pares de narices. Así que como no podemos avanzar, pues queremos seguir secos, aprovechamos para pasar a Zara y ver si podemos agenciarnos algo, pero la sorpresa es morrocotuda, pues resulta que la ropa es mucho más cara que en España, es más, días después nos dimos cuenta que resulta más cara que otras marcas que en España están prohibitivas como DKNY o Tommy. De todas maneras, al no poder continuar pasamos el tiempo mirando, sobre todo, las mujeres (mira que les gusta a las mujeres ir de compras). Los hombres esperamos fuera, y vemos pasar la variedad social que vive o ha viajado aquí._DSC7799

La tormenta se alarga más de lo normal y tememos que no vamos a poder subir hoy. Después de casi una hora con la humedad en los huesos deja de llover y por fin volvemos a andar. Me alegro de perder de vista la tienda de Zara y de que se aleje mi mujer de ese lugar endemoniado que lo único que hace es volver loco al sexo femenino atrayéndole con cantos de sirena para que se deje el dinero en atuendos demasiado estrechos y cortos que luego lo dejan tirado en armarios gigantes donde se pierden en el tiempo haciendo que se olviden de ellos y tengan que volver a la tienda a sacudir el monedero encima del mostrador delante de una doncella de la máxima cantarina de las sirenas.

Tras esta pequeña paranoia capitalista y globalizante continuo con el relato.

Delante está Herald square, lugar donde están los almacenes más grandes del mundo. Macy’s. Vamos pasando por su lateral, donde siento algo que me tira del bolsillo. Al principio no comprendí que era, pero luego caí que era el dinero el que quería ir hacia el interior de la tienda, el papel sentía una atracción para entrar en el local y quedarse allí. Pero no pudo conmigo, ¡JA! Fui más duro y el dinero se quedó en mi bolsillo, momentáneamente.

Llegamos al Garden e intentamos entrar, pero estaba a punto de empezar una actuación y no continuamos, así que salimos y nos sentamos a descansar, ya empezaban a cansarse las piernas de todo el día danzando. Pero todavía quedaba lo mejor.

Durante más de 40 años fue el edificio más alto del mundo y ha sido escenario de muchas películas tanto de acción, como románticas. Estas son algunas de las películas en las que sale el ESB:

  • Annie Hall
  • Cualquier miércoles
  • Bola de fuego
  • Me enamoré de una bruja
  • Melodias de Broadway
  • Una bruja en Nueva York
  • Brigada 21
  • FBI contra el imperio del crimen
  • Contra el imperio de la droga
  • Ellos y ellas
  • Independence Day
  • King Kong
  • Klute
  • Kramer contra Kramer
  • Manhattan Manhattan
  • El enemigo público número 1
  • New York, New York
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Se construyó en un tiempo record en la época de la depresión del 29, terminándose en 1931. Sufrió un accidente de aviación en el 45 sin sufrir daños estructurales. Y hasta la década de los 70 fue el edificio más alto del mundo, aunque en mi opinión eso es circunstancial pues los que le han superado son edificios sin ningún tipo de artificio, simples como las torres gemelas o la torre Sears de Chicago, y con un poco más de complicación como las Petronas, pero la belleza del ESB todavía no ha sido superada. La aguja también fue utilizada un par de veces como enganche o puerto de dirigibles.

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Si no recuerdo mal, entramos al edificio por la puerta de la quinta avenida. Habíamos comprado por internet el ticket Express sin llegar a saber que colas nos podía evitar, pero conforme íbamos enseñando las entradas se iban abriendo puertas. Cada vez que pasábamos un control flipábamos, dejábamos las colas atrás. No nos lo creíamos. Solo tuvimos unos cinco minutos de cola en un cambio de ascensor sobre el piso 70. Tardamos solamente unos 15 minutos en llegar arriba.

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¡Qué marabunta! Creo que está todo NY aquí. Lo primero que hacemos es coger número para poder asomarnos y nos ponemos en la cola.

  • ¿El último?
  • Yo.
  • ¿Le falta mucho para asomarse?
  • Cuarto y mitad.
  • Guárdeme la vez que voy al servicio.
  • No, quédese aquí y me hace compañía.
  • Bueno, vale.

Nos toca pelearnos con la gente para poder ver la ciudad y hacer fotos. Nos separamos y así poder acceder a la valla cuanto antes. La verdad es que aquí mi mujer y mis amigos se portaron genial conmigo. Con tal que cualquiera de ellos conseguía un sitio me llamaban para que pudiera colocar el minitrípode y así hacer fotos. Evidentemente, luego ellos accedían al sitio para poder disfrutar de la ciudad. Pero ese detalle no tiene precio porque yo tardaba un quintal en hacer fotos.

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Después de estar poco más de 30 ó 40 minutos a 380 metros de altura, nos vamos para abajo y nos encontramos una tremenda cola para pillar los ascensores. Pensando que los tickets solo valían para subir, sobre todo yo, y nos ponemos en la cola, pero Encanni decide enseñar las entradas a un operario y sorprendentemente quita un cordel de la valla y nos dice que pasemos, con lo que entramos en el primer ascensor que desciende y en un par de minutos estamos abajo.

Ya abajo comentamos la pasada que ha sido el ticket express. Nos costó 45 dólares, dos veces y media más que el pase normal, pero entre estar dos horas en colas o solo cinco, prefiero pagar ese suplemento y poder disfrutar el tiempo extra en hacer otras cosas. Está claro que el pase express sirve sobre todo para fechas clave en las que hay masificación de visitantes, porque me imagino que si vas el 18 de febrero no habrá nadie en las colas para poder subir arriba y no hará falta el pase.

Mejor volver ya para casa y descansar, siempre después de cenar. Como no nos apetece estar buscando un restaurante nos movemos y ya encontraremos algo por el camino, como hacemos normalmente, y si no, siempre podemos acabar en el Europe café de Times Square, que qué casualidad es donde terminamos pues el cansancio no nos deja pensar en otra cosa que en coger el catre y dormir.

Después de cenar podemos ir a casa por la 42, pero preferimos volver a pasar por la plaza que nos lleva locos, TS. En una esquina, creo que en la del Hard Rock, entramos por primera vez en contacto con los vendedores de Rolex. Nos enseñaron un par y al final decidimos dejarlos, no nos convencieron. Ya habrá tiempo de buscarlos en caso de que queramos pillar uno o dos, o siete u ocho, je, je.

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Ya pasada media hora de las once llegamos a casa y nos disponemos a descansar, mañana nos espera el día que dedicaremos a las compras.

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