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Posts Tagged ‘Miguel Ángel’

Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

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Primer y único día que refrescó en todas las vacances. Se levantó nublaico con lo que podría sorprendernos con unas gotas o con una tormenta de narices. La suerte fue que solo cayeron unas gotas, las suficientes para tener que comprar un mini paraguas a los chinos (que lo utilizamos durante apenas una hora) para no mojarnos, y que refrescara el ambiente y las calles y no pasáramos un calor de mil demonios.

Como todos, o casi todos los días nos desperezamos lentamente. Lo que más costaba enderezar eran los críos, y para más inri, se ponían a ver los dibujos animados y Disney Chanel en italiano, que no se enteraban de nada, a ellos les daba lo mismo. Teníamos que cogerlos de las orejas para que desayunaran, hicieran las camas, se lavaran la cara y los dientes, y, una vez hechas las tareas domésticas, ya podían vagabundear por la casa, o por internet, que era donde más disfrutaban los niñicos, era donde ellos querían estar todos los días, eso de ver piedras y monumentos no les llamaba la atención, eso es cosa de mayores.

Más o menos sobre las diez cogimos carretera y manta. Nuestro autobusico (este día prácticamente lo íbamos a hacer en bus) nos iba a dejar detrás de la tarta de la plaza Venecia. Allí nos separamos, unos nos acercamos al claustro de San Pietro in Vincoli andando y otros se quedaron a esperar el autobús que les llevara más cerca. Mientras discutíamos la situación, comenzó a chispear y entonces aparecieron de la nada los indues que vendían relojes u otros artefactos y que llevaban paraguas. Era sorprendente que lo que vendían el día anterior eran juguetes, relojes, gafas de sol y justo por la mañana que no había empezado a llover y ya llevaban paraguas. La logística de estas personas era alucinante.

Quedamos justo en las escaleras de la calle Cavour que ascienden hasta la puerta del claustro. Enfrente de estas, en la otra acera, había un chino y Toñi y Geli se acercaron para comprar unos paraguas, que, por suerte, luego utilizaron bien poco.

Ascendimos por las escaleras, un buen tramo de escaleras, pasando por un túnel que había debajo de uno de los edificios que rodean la plaza donde está San Pietro.

Al llegar a la plaza vimos lo simple, artísticamente hablando,  que era la basílica de San Pedro Encadenado. Nos protegimos de la fina lluvia en el porche de la misma, donde lo hacían también un buen número de turistas. A esta iglesia vinimos a ver la tumba del papa Julio II, que fue el que la restauró (la iglesia), allá por la edad media.

La iglesia la mandó construir la emperatriz Eudoxia para contener una de las cadenas con las que estuvo apresado San Pedro. Años más adelante se consiguieron otras cadenas que se utilizaron para lo mismo, y se colocaron juntas y, oye,  milagrosamente se unieron.

Como ya he dicho la iglesia es muy simple, no tiene mucha ornamentación. Lo único destacable (para mi) es el Moisés de Miguel Ángel. Lo que iba a ser un macro mausoleo para el papa Julio II, se quedó en apenas unas cuantas figuras. Eso si el Moisés es sensacional, tiene un realismo en sus formas que parece que te va a decir algo cuando lo miras. Unos dicen que el Moisés es “la tragedia de la vida de Miguel Ángel”, otros dicen que el autor cuando concluyó la obra le dio una palmada en la rodilla y le dijo “hablame”. De todas formas, es la obra que más tardó en terminar, empezó en 1513 y terminó 40 años después.

Al salir de la iglesia nos encontramos que apenas llovía. Deshicimos lo andado y volvimos a tomar las escaleras, esta vez, en dirección descendente. Nos fuimos a la derecha en la vía Cavour, ahora andando, dejamos el bus para otro momento. Nos íbamos a ver una de las cuatro magníficas (más bien patriarcales) de Roma. La basílica de Santa María la Mayor.

¿Qué es eso de las cuatro iglesias patriarcales o iglesias mayores? Patriarcal es el título de mayor rango que se le da a una iglesia. En un altar de una iglesia patriarcal no puede oficiar nadie que no sea el Papa. En este caso hay cuatro iglesias mayores o patriarcales: San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Estas cuatro junto a una basílica menor, San Lorenzo Extramuros, forman la Pentarquía. Básicamente, significa que son las cinco iglesias primordiales o principales de la iglesia católica. Junto a estas cuatro + una, había otras dos que eran consideradas mayores, pero que ahora son menores, la de San Sebastián Extramuros y la de la Santa Croce in Gerusalem.

Doblamos muy ligeramente hacia la derecha cogiendo la calle de Santa María la Mayor, y en la esquina de esta con la calle Liberiana decidimos tomar un cafelito, sentándose algunos en el bar que hay en esa esquina y de cuyo nombre no quiero acordarme, no por ningún motivo funesto, sino porque era un bar como otro cualquiera. Allí, mientras un par tomaba café, otros se fueron a la plaza de la entrada principal de la basílica y otros, entre ellos yo, nos fuimos a afotar la parte trasera de la misma, en la plaza del Esquilino.

Ya había dejado de llover y podíamos, de momento, movernos sin ningún problema meteorológico. En la plaza hay un obelisco, otro más (tendré que hablar de ellos en alguna entrada), en el centro, con apenas cuatro árboles en un lado y la parte trasera de la basílica en un lado. Ésta, con el obelisco, y la limpieza de la plaza, forman un conjunto muy ameno y tranquilo por el que pasear y/o permanecer. Supongo que a pleno sol, otro gallo cantaría, pero con el día nublado se estaba muy bien. También hay que tener en cuenta que la gente, normalmente, está en la parte de la fachada, no en la de la parte de atrás, je, je.

Bueno, nos fuimos para adelante a ver la fachada de la basílica y poder entrar en ella. La iglesia posee varios nombres, además del sabido, también se le llama como basílica de Santa María della Neve y basílica Liberiana. Liberiana porque la mandó construir el papa Liberio debido a una visión que tuvo cuando la Virgen María le dijo que construyera la iglesia en un lugar nevado. Al ser agosto era difícil que nevara, pero el 5 de ese mes cayó una nevada donde ahora está la basílica. Esto ocurrió en el año 358 (con lo que no lo pude constatar el dato con ningún abuelo del lugar, todos habían ya fallecido, una lástima) De aquí el nombre de Santa María de las Nieves. Todos los años se conmemora el milagro lanzando pétalos blancos desde la bóveda. Esta basílica es la más grande que se dedica al culto de la Virgen María en Roma.

Desde la plaza de entrada se puede apreciar como la basílica parece más un palacio que una iglesia. Así lo utilizaron los papas durante un tiempo después de su llegada desde Avignon. Su interior es típico, tres naves separadas unas de otras con grandes columnas. En la nave central se puede contemplar su techo pagado por los Reyes Católicos con el oro del nuevo mundo, es decir, América. Su campanario es el más alto de toda Roma. Una curiosidad es que la basílica no es italiana, por unos pactos o tratados forma parte del estado del Vaticano.

Aquí están enterrados dos papas, Pablo V y Sixto V. Este último realizó una de las capillas de la basílica y se llama igual que la de San Pedro, sixtina. También aquí está enterrado Bernini, aunque de una forma mucho más modesta, apenas una losa en el suelo con su nombre.

El “cura” a cargo de la basílica (nombrado por el papa) es el arcipreste español, y casi paisano, Santos Abril y Castelló. Digo “casi paisano” por que es turolense, de Alfambra, y mis antepasados inmediatos son también de la provincia de Teruel.

Después de esta maravilla, tocaba ir a otra de las grandes, San Juan de Letrán. Entre Santa María y San Juan solo debíamos bajar por la calle Merulana que conectan las dos basílicas, pero la puñetera calle tiene más de un kilómetro de largo, así que pillamos un autobús que nos bajó hasta la mismísima puerta de la iglesia.

Abajo, a varios de nosotros (entre ellos alguno de los niños) nos entró ganas de miccionar y había que hacerlo antes de entrar no fuera a ser que ensuciáramos los mármoles de la iglesia. Así nos dirigimos a buscar un lugar donde hacerlo, sin levantar sospechas. Por las cercanías de la puerta principal no había ningún local al que entrar disimuladamente y realizar el acto.

Cerca se encontraba una de las puertas de la ciudad, así que salimos por allí en busca de un bareto en el que colarnos. Na, justo al cruzar el arco había un mercado y en los edificios de allí un bareto en el que depositar el líquido interno. Por supuesto, antes y después de dicha acción, el menda estuvo haciendo unas cuantas foticos al entorno.

De vuelta al grupo, entramos en San Giovanni in Lanterano, otra de las grandes de la iglesia de Roma y todo el mundo católico, y la catedral (oficial) de Roma, ni San Pedro, ni Santa María la Mayor, ni Cristo que los fundo (con perdón). Es esta archibasílica la que hace la función de catedral de la ciudad eterna.

El nombre oficial de la basílica es Archibasílica del Salvador y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista, pero podemos llamarla San Juan de Letrán. Más fácil, ¿no?

Cuando pasas te encuentras en un museo, en un paraíso del arte. La basílica es tremenda, es maravillosa. Te sitúas en la nave central y observas las doce estatuas de los doce apóstoles con el baldaquino y el altar al fondo. En la iglesia pusieron las manos Borromini, Rusconi o de la Porta, aunque casi todos los grandes participaron en la construcción de la misma. Los dos primeros fueron los responsables de la mayoría de los apóstoles.

Todo el mundo visita San Pedro (que la merece), pero a la hora que fuimos a ver la iglesia apenas encontramos gente y creo que esta basílica merece tanto o más que San Pedro. Por lo menos es lo que a mi me parece. Yo me quedé boquiabierto al ver la iglesia y eso que no vimos prácticamente nada de la misma. En los edificios colindantes se encuentran un baptisterio octogonal que dicen que es digno de ver y en el palacio lateranense se encuentran la escalera santa, la que dicen que había en el palacio de Poncio Pilato y que subió Jesucristo. No se puede subir de pie, solo se puede ascender de rodillas u arrastras. También nos perdimos el claustro. Vamos que si nos damos cuenta no hubiésemos visto ni la basílica.

Salimos de la misma por la puerta lateral que hay en el crucero derecho. Sales a la plaza donde se encuentra el obelisco más alto de Roma, con el palacio latereranense a la derecha. Poco a poco nos fuimos reuniendo en la plaza de San Giovanni, y todos íbamos saliendo con las tripas cantando. Por lo tanto, llegó la hora de jalar. Justo enfrente del obelisco, al principio de la via Merulana, a la derecha conforme andábamos, se encuentra una de las pizzerías más buenas en las que comimos, la pizzeria Merulana (original nombre). No comimos nada más especial que otros días, pero todo estaba muy bueno y el ambiente era bastante cálido y confortable, además los precios fueron de lo más normal, conforme a lo que comimos. Vamos que recomiendo el lugar para todo aquel que visite la ciudad.

Llegado este momento volvimos a coger carretera y manta, en este caso, calle y chal. Nos dirigimos hacia la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalem que apenas se encontraba a un kilómetro del restaurante. Lo que no recuerdo es si pillamos autobús, a pesar de la corta distancia, o fuimos un rato andando y otro caminando. El caso es que cuando llegamos a la iglesia que mandó construir Helena, madre de Constantino, para conservar las reliquias que trajo de Tierra Santa, nos la encontramos cerrada, a pesar que no era una hora muy extravagante.

La iglesia, como ya he dicho, fue realizada para contener las reliquias que se trajo Santa Helena de Jerusalem. Esta era tan devota, o tan chiflada, que se trajo tierra para construir la iglesia sobre la misma. Dicen que contiene varios trozos de la Cruz, parte de la inscripción INRI, dos espinas de la corona, un clavo de la Cruz y un dedo de Santo Tomás. Pero todavía está por ver si todas la reliquias son verdaderas (oficialmente hablando). Creo que va siendo hora de comprobarlo, después de haber pasado casi 2000 años desde que las trajo la santa.

Sin perder más tiempo nos montamos en el tranvía y nos fuimos hasta San Lorenzo Extramuros, otra de las siete iglesias principales de peregrinación de Roma. Solo nos quedaría San Pablo Extramuros y San Esteban. Esta última no la veríamos, dijimos de dejarla para otro viaje. Y San Pablo si la veríamos, pero un par de días después.

Eran poco más de las seis de la tarde, pero el cansancio empezaba a salirnos por los poros, cuando empezamos a ver la iglesia, esta si estaba abierta, dedicada a San Lorenzo, que murió de una forma muy “curiosa”, fue asado a fuego latente (osea, a la brasa). El que lo hizo era un verdadero bárbaro.

La iglesia es la unión de dos, una del siglo 4, la original dedicada al santo, y otra del siglo 7. Pero fue en el siglo 13 cuando se unieron las dos al tirar sus ábsides. Está dispuesta en dos alturas, la vieja es la parte alta y la nueva es la baja. El altar se encuentra encima de la cripta y en la parte alta. La iglesia no es un lechado de ornamentación, pero es original eso de tener dos alturas, y las columnas que separan las naves, sobre todo en la parte vieja, son preciosas.

Después de esto ya nos quedaba poco que ver en el día de hoy. Volvimos a pillar un bus que nos dejó al lado de la basílica de San Clemente, a la cual llegamos tarde y estaba cerrada, solo pudimos pasar a un pequeño claustro que es la antesala de la basílica. La iglesia dedicada a este santo-mártir apenas se ve desde fuera, pues esta metida unos metros hacia abajo y por fuera pasa desapercibida ya que su majestuosidad está en su interior, dicen, ya que no pasamos. Si no sabes que está ahí pasas de largo sin darte cuenta.

A partir de aquí fue el único momento que paseamos largo y tendido en todo el día, fuimos desde la basílica de San Clemente hasta la Piazza Venezia, pasando al lado del coliseo y subiendo por la vía de los Foros Imperiales.

Salimos de la basílica por la vía de San Giovanni in Lanterano hacia el coliseo. Al llegar al final de la calle, o principio, según se mire, vemos unas ruinas, es el Ludus Magnus, el mayor gimnasio de gladiadores de Roma, construido por el emperador Domiciano en el siglo I. Estaba comunicado mediante túneles con el Coliseo y tenía su pequeño anfiteatro donde se entrenaban los gladiadores.

Rodeamos el Coliseo por la derecha, según nuestra dirección, y pasamos a la acera de la derecha de la vía de los Foros Imperiales para llegar a ellos más directamente. Los foros están compuestos por varios foros dedicados a otros tantos emperadores y están partidos por la vía de los Foros Imperiales que fue construida por el puto Musolini para poder realizar desfiles militares y así resaltar su ego por encima del ego de los antiguos emperadores.

Los foros dedicados a Nerva, Augusto y Trajano están a la derecha, según vas a Venezia, y el de Vespasiano y el más conocido, al que se llama romano, están a la izquierda. Este último lo íbamos a visitar al día siguiente.

Algunos dirían que solo son piedras tiradas en el suelo colocadas con cierto orden, y en parte pueden tener razón, pero si usas un poco la imaginación y terminas las construcciones con la mente puedes llegar a ver lo majestuosos que debieron ser estos centros de vida política y económica de Roma. Sobre todo el Foro Trajano, con el mercado semicircular y la tremenda columna Trajana, con su espiral grabada con 2600 figuras que cuenta la historia de las campañas militares contra los dacios, tiene una altura de 30 metros y está coronada con una figura de San Pedro, aunque originalmente había una de Trajano. En su base se guardaron los restos del emperador, una vez muerto, claro.

Ya llegaba a su fin este día y solo quedaba cenar e ir a acostarnos. No me acuerdo donde cenamos, pero teniendo en cuenta el sitio en el que estábamos yo diría que acabamos en el Pizzarito que hay cerca de la plaza de Venecia. En la cena acordamos que al día siguiente íbamos a ir solo Juanpe, Encarna, Toñi y yo al Foro Romano, ya que mis cuñados y mi sobrina lo vieron en la anterior visita que hicieron a la ciudad y mis críos estaban ya un poco hartos de tanta piedra y tanto paseo, así que descansarían esa mañana y nosotros podríamos ver las ruinas con tranquilidad absoluta. Todos ganábamos.

Cenados, cogimos el bus de vuelta al apartamento. Ducha, dientes y a la cama a sobar. Mañana sería otro día, otro día largo.

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Mañana del tercer día en Italia.

Levantar a nueve personas todos los días cuesta un poco, sobre todo, los críos que no tienen mucha gana de salir. Han encontrado el ordenador con internet de la casa y prefieren estar delante de la pantalla que salir y conocer Roma. Supongo que cambiarán sus prioridades más adelante, cuando sean más mayores.

Una vez que estamos arregladillos nos  vamos a recorrer la ciudad. Hoy nos vamos a rezar, digo a ver el Vaticano. Hemos tenido que madrugar más de la cuenta, ya que teníamos una hora específica para entrar a los Museos Vaticanos. A las nueve de la mañana, para evitar colas y también terminar más pronto para ver más de la pequeña ciudad del Vaticano, o de lo que te dejan ver, claro.

Con lo que sobre las ocho de la mañana salimos de la casa en dirección a los museos. El único que se ha quedado en el apartamento ha sido Peter, no le apetecía ver nada de arte. Luego quedaríamos con él a la salida del museo. Teníamos dos kilómetros hasta llegar a la puerta, que está situada en la parte de atrás del Vaticano, por lo menos desde donde nosotros salíamos, y lo íbamos a hacer andandico ya que nos pillaba cerca de la casa, además si esperábamos a que llegara un autobús que nos acercara, seguramente tardaríamos más esperándolo que cogiendo el caminico.

Había muy poca cola, pero como llevábamos las entradas pilladas no tuvimos que hacerla, así que pasamos directamente.

Una vez dentro, como en todo gran museo elegimos las zonas claves (para nosotros) y así no darnos el palizón de correr y recorrer todo el museo. No es como el British, o el Louvre, o el MET, pero es bastante grande y hemos de elegir donde y que ver. Principalmente será Grecia, Roma, Egipto y la Capilla Sixtina, el resto lo que nos apetezca.

Sin embargo, se puede decir, que en este museo si quitas la Capilla Sixtina se convierte en un museo, más bien, “pobre”. No quiero desmerecer el valor de que allí hay, pero no hay una colección verdaderamente grande como para destacar o igualar a los grandes museos del mundo.

Como ocurre en todos los lugares, es la iglesia la que más obras de arte tiene, con mayor o menos calidad, empezando por los propios edificios. En este caso, el Vaticano ha logrado, con el paso de los años, ya sea por donación, requisación o comprando, un tremendo patrimonio que ha ido instalando dentro del museo.

Aunque el patrimonio cultural empieza en tiempos inmemoriables, es a partir del siglo XVIII cuando se instaura el museo, llamado Pio-Clementino, en honor a ambos papas que lo instauraron. Después, a lo largo de los años, distintos papas fueron ampliando el museo (Estrusco, Egipcio, etc.)

La Capilla Sixtina, aunque pertenece físicamente a los museos, es anterior a estos. Han sido las distintas ampliaciones las que se fueron tragando distintas estacias del Vaticano, entre ellas la Capilla. Lo curioso es siempre he creido que la Capilla fue pintada por Miguel Ángel, pero resulta que este solo fue el que le dio el último retoque, el último gran toque. La Capilla fue mandada hacer, o más bien reestructurar otra Capilla, la Magna, por el papa Sixto IV (de ahí el nombre), y en total participaron nueve pintores en la realización de los frescos.

Sobre al una de la tarde, unas cuatro horas después de haber entrado, salimos de los museos por la escalera de caracol más fotografiada del mundo.

Ya fuera, volvemos a recorrer el caminico de vuelta, al lado de la muralla de la ciudad. Habíamos quedado con Peter en la columnata de la plaza de San Pedro, en la calle de la Puerta Angélica. A la sombra de los árboles hicimos un poco de tiempo y de paso descansamos. Tuve que comprar una tarjeta de memoria para la cámara ya que se me había agotado las que llevaba y no las había descargado en disco duro. Tonto de mi, me clavaron como a Jesucristo. Ya no me volverá a pasar más, digo yo.

Decidimos comer por allí aunque al ser zona super turística sabíamos que no iba a salir barato, pero la hora ya de comer encima y las pocas ganas de movernos hizo que recorriéramos la zona buscando restaurante. Al final encontramos en la calle Borgo Pio, una calle alejándote del Vaticano y hacia Roma, la Trattoria Al Passetto. No estuvo mal y, al final, no resultó ser muy caro. Como los días anteriores comimos a base pizzas, principalmente.

Por la tarde tocaba ver el Vaticano en si, es decir, la Basílica, su plaza, la cúpula, la cripta, vamos, todo lo que se pudiera ver o nos apeteciera.

La columnata de la plaza de San Pedro fue realizada por Bernini. Son 284 columnas dóricas formadas de cuatro en cuatro, con 88 pilastras y 140 estatuas encimas de ellas. Si te situas en un punto circular que hay en el suelo, entre el obelisco y las dos fuentes veras como las cuatro filas de columnas se convierten solo en una, las primeras no dejan ver las otras. Es curioso el efecto visual.

Estas columnas de la plaza junto a la basílica me parecen unos brazos saliendo del cuerpo (la basílica) con unas manos con forma cóncava para acoger o proteger a las personas que están y andan entre ellas. Parece una perorata banal lo que acabo de decir, pero es lo que mi mente me deja al ver las mismas. Otros dirán que son una tenazas para agarrar a todo el que pase por ahí y no se pueda escapar de las garras de la iglesia. Y otros dirán que son simplemente unas columnas puestas unas detrás de otras con esa forma, porque fue la idea del arquitecto, sin ningún sentido, sin más. Cada uno que piense lo que le de la gana.

La basílica actual está construida encima de la primera iglesia de San Pedro, mandada construir por Constantino y consagrada por el papa Silvestre I en el año 326 Justo 1300 años después fue inaugurada la nueva iglesia, la actual. Para ello, 120 años antes empezó a construirse, y como pasa en estas macroobras son varios constructores o arquitectos los que meten mano a la misma. El papa contemporáneo se la encargó a Bramante, pero  también se metieron Rafael, Peruzzi, Sangallo y Miguel Ángel. A saber quién más estuvo enfrascado en esta inmensa construcción.

La nave central es la más larga de todas las iglesias, 187 metros. Se hizo así para resalta las procesiones u otros ritos que se hacían en el interior. Debido a su longitud la cúpula no es lo primero que se ve, a pesar que se había planeado de tal forma para que la cúpula de Miguel Ángel fuese lo primero en ver por parte de los creyentes.

Atravesamos la tremenda columnata de mármol travertino de  la fachada y en seguida se vio la grandiosidad del lugar. Alta, ancha, larga, muy adornada. También llena de gente curiosa y devota para ver esta magnífica obra de arquitectura.

Lo primero que te encuentras en la nave central es como un metro, una medición en la cual se compara la longitud de la basílica de San Pedro con otras iglesias del mundo. Está claro que es la vaticana la que sale vencedora.

A la derecha se encuentra la famosa Piedad de Bernini, rodeada de una turba de gente deseosa de verla y fotografiarla (entre los que me encuentro) A lo largo de toda la basílica vamos viendo distintas esculturas, pinturas y ornamentos que nos van dejando maravillados.

Evidentemente es imposible no fijarse en el baldaquino de bronce de la iglesia, uno de los valores incalculables que se le da a esta basílica. Justo debajo de la cúpula está el susodicho baldaquino, y el conjunto hace que el espectador se quede boquiabierto, semejante espectáculo de belleza, arte, arquitectura, lo que quieras decir o escribir no llegará a terminar de describir lo magnífico del lugar.

Durante la visita teníamos que estar muy pendientes de los críos, que no se perdieran, pues en este sitio es muy fácil que se te extravíen con el gentío que había. Es más, en cuanto dejaba de tener vigilado a Alejandro, este desaparecía como por arte de magia, aunque luego estaba tan solo a un par de metros de mi, pero con tres o cuatro personas entre el y yo.

Las maravillas artísticas eran contínuas en la basílica, la grandiosidad que tiene, es tremenda. Estatuas por un lado, tumbas por otro, mosáicos por un lado y mármol por otro. No dejas de estar con la boca abierta, y eso que no entiendo de arte, que si no…

Una hora después salíamos maravillados, extasiados, anonadados. Bueno, no tanto, pero si salimos bastante llenos de belleza y arte.

Todavía no habíamos acabado con el Vaticano. Quedaba subir a lo más alto de la más alta torre, bueno subir a lo alto de la cúpula. Llegado este momento algunas se rajaron, no querían rememorar la larga escalinata que hay subir para llegar al arriba del todo, sobre todo, una vez que dejas el ascensor, cuando la pared se empieza a inclinar y se hace incómodo seguir, incluso mareante. Eso es lo que decían ellas (todas las que se rajaron eran mujeres), que tuvieron una mala experiencia la anterior ocasión que estuvieron en Roma.

Ahora bien, hubo cinco valientes que no nos amedrentaba nada, ni siquiera los chorrocientos escalones que habían hasta llegar arriba. Por ello decidimos quitarnos bastantes subiendo gran parte de la ascensión en ascensor, aunque costara unos eurillos más.

Nos pusimos en la cola pertinente donde estuvimos el rato pertinente. La subida en ascensor fue excitante, sobre todo, desde que se cerraron las puertas hasta que se abrieron. Dicen que tienes la misma sensación en todos los ascensores, la de estar encerrados.

Una vez soltada la tontería, sigamos con la historia. Cuando sales del ascensor llegas a lo que sería el tejado de la basílica. Subes unas pequeñas escaleras y entras a un pasillo que rodea toda la cúpula, en su parte interior, y que esta cerrado con una malla metálica por la cual no cabe ni una bola de papel y así evitar la tentación de lanzar algo a los que están viendo la basílica abajo, y ni que decir tiene que tampoco puede suicidarse nadie, claro.

Aquí se puede apreciar el mosaico del interior de la dome, realizado por un tal Cavaliere d’Alpino. Los que tenemos un poco de vértigo nos produce una sensación de mareo observarlos con  la caída que tiene. Menos mal que está vallada y no hay peligro sino me hubiese resultado un tanto complicado pasar por ese pasillo.

Saliendo del interior de la cúpula, enlazas con otra escalera, esta está entre la cara interna de la dome y la externa, es unidireccional y forma una gran escalera de caracol. Lo incómodo es cuando vas acercándote al punto más alto, el techo se va inclinando y te va haciendo más difícil la subida, incluso, para ciertas personas le puede suponer claustrofóbico. El tramo final, cuando entras en la linterna final, se hace más plácido pues te encuentras en una escalera normal y no estás tan agobiado.

Arriba, no eres el rey del mundo, pero estás en un punto en el que dominas, con la vista, mucho terreno y eso te hace sentir bien. Tienes la misma sensación que cuando subes una montaña o como cuando estuvimos en lo alto del Empire State Building. La sensación de vértigo me desapareció (no se porqué) y lo único que quieres es dar vueltas al pasillo estrecho, aunque tenga que pasar por encima de la gente que se encuentra allí contigo. También tienes que estar pendiente de los niños (que si quiesieron subir), no vayan a hacer alguna tontuna mientra que estamos allí arriba.

Desde empiezas a reconocer los lugares por los que has pasado. Buscas el apartamento (no lo encuentras), ves distintas cúpulas de otras iglesias, el castillo de Sant’Angelo, etc.

Ya era hora de volver con los demás que nos esperaban al pie del obelisco de la plaza. Cuando estábamos ya abajo y salíamos del edificio, vimos por primera vez un guardia de la guardia suiza. No se movía, estaba todo tieso viendo como salía la gente y nadie se pasaba de listo.

Eran las 6’30. Geli, Toñi nos esperaban donde habíamos quedado. Ellas se habían dado un premio en forma de helado mientras que estábamos arriba. Ya habíamos acabado con lo que nos tocaba por ver en el día y ahora teníamos tiempo libre.

Llamamos a Peter y a Ángela para que se reunieran con nosotros en el Coliseo. Es el lugar preferido de Peter. Nosotros, paseando, nos acercamos a una parada de autobús al otro lado del Tíver, en la calle de Vittorio Emanuel II.

Cuando llegamos aquello parecía el mercado de los sábados en la hora punta. ¡Qué gentío! Nos juntamos los que íbamos a pasear o ver el monumento con los que salían del foro romano y del coliseum. Aquello era un ir y venir de gente.

La zona es totalmente peatonal (como tiene que ser) y guarda un suelo totalmente irregular de grandes piedras que son un suplicio para quien vaya con tacones o sandalias finas. Se habrán dado muchas torceduras de tobillo. Pero este suelo va con el entorno y no un suelo moderno.

El coliseum es espectacular, tal vez estaba (y está) un tanto abandonado, o por lo menos no lo cuidado que debería estar una construcción del tamaño e historia como esta. De el ya hablaré en otro momento.

Junto al coliseum está el arco de Constantino, uno de los más importantes de la ciudad, junto al de Tito y el de Septimio Severo. El de Constantino es un arco hecho a retales. Estatuas, frisos, y otros ornamentos fueron cogidos de otros monumentos. El profano como yo, no se da cuenta. Solo cuando se lo lee, o se lo dice un experto en arte es cuando cae del burro y comprende que no es para tanto. Aun así, para mi, es digno de admirar y de ver.

Le fuimos dando la vuelta al coliseum, viendo y haciendo fotos del mismo. Poco a poco iba anocheciendo y nos íbamos cansando, además de ir teniendo gazuza. Llegaba la hora de la cena, y después de pasar bastante tiempo sin catar bocado, era la hora de tomar algo.

Con las mismas nos fuimos para cenar al Pizzarito que hay cerca de la tarta, de la plaza Venecia. No recuerdo si cogimos el autobús o nos fuimos andando. La plaza del coliseum está muy cerca, pero ya a estas horas las piernas responden solo en automático. En fin, no importa, llegamos al restaurante donde nos atizamos unas cervezoides con su correspondiente pizza. Y de allí, nos acercamos al Largo Argentina a pillar el bus y “pa” casa a sobar que ya iba siendo hora.

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