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Posts Tagged ‘Nueva York’

Cuatro de la mañana.

El implacable despertador hace su estruendo matutino.

Los inquilinos dormijosos se desperezan desganados. Sacar el pie de debajo de las sábanas es una dolorosa acción.

El cerebro desea que el cuerpo no avance en su labor de levantarse.

Finalmente, con los ojos cerrados y sin gana alguna, los cuerpos se levantan, cuales zombies, y arrastran, cuales serpientes, su peso por la casa.

Llegar al servicio es todo un suplicio de dolor y angustia. Meter el dedo debajo del grifo hace que gritemos. El simple hecho de sentir la fría agua en nuestra piel hace que saltemos de puro pasmo, quedando despejados y convirtiéndonos en rápidas y ágiles gacelas, que realizan la función de terminar de cerrar las maletas con decisión y presteza.

Sobre las cuatro y media estamos en la puerta de la casa llorando de pena y metiendo las maletas en el maletero del coche, tarea que resulta ardua debido a la cantidad de las mismas que tenemos. Pero en el grupo tenemos al experto introducidor de maletas, ¡JUANPE! Empieza a coger maletas y a meterlas, encajándolas como si de piezas de tetris fueran.

Al final consigue su objetivo de introducirlas en un mínimo intervalo de tiempo, y de espacio. Sólo queda fuera la mochila de la cámara, la cual quedaría alojada en el asiento trasero, entre las dos chicas.

A las cinco echamos un último vistazo a la casa por si nos dejamos algo. Cerramos la puerta detrás de nosotros y nos despedimos de la casa.

  • Adiós casa – sniff – hiciste bien tu papel de cobijarnos y darnos calor – sniff – te echaremos de menos.
  • ¡Anda, marcharos ya de una vez!, ¡menudo pestazo a pies que me habéis dejado!, ¡iros por donde habéis venido!
  • Eso haremos – sniff – casita linda. Te llevaremos siempre con nosotros – sniff.
  • Si, pues solo me faltaba eso, que me llevarais con vosotros. ¡Ala, a tomar viento fresco! ¡¡¡Y no volváis por aquí!!!

Salimos, con gran dolor en nuestro corazón, en dirección al aeropuerto por la calle Octavia para salir a la carretera 101. El caminito se hace cómodo, carretera súper ancha con poco tráfico, el normal a las cinco de la mañana.

Al llegar a la salida que debo tomar, pillo otra justamente anterior a la precisa. Resulta que había mirado en internet, el día de Misión, por donde tenía que salir pero resulta que es una salida doble y yo me metí por la primera y no por la segunda, que es la del parking de los coches de alquiler.

Cuando comento que nos hemos equivocado, mejor dicho que me he equivocado, el silencio se apodera del coche. No se oye ni el motor del mismo. Si ya, por las horas que eran, se hablaba poco, ahora ni eso.

Nos íbamos alejando del nuestro destino. Lo malo era que con la oscuridad no se podía distinguir si en las salidas que me pudiera encontrar podía hacer un cambio de sentido fácil o me metería más en la boca del lobo.

El silencio hablaba alto y claro dentro del habitáculo de coche. Teníamos tiempo suficiente para coger el avión. Hasta las 8 y media no era el límite en el embarque, con lo que teníamos unas tres horas para encontrar el camino. Pero el tener que buscar una alternativa no prevista y en la oscuridad, hacía que el panorama no fuera o fuese muy halagüeño, y eso hacía que se pudiera palpar el ¡¡PANICO!!

Je, je, que exagerado. Había inquietud, pero nada más. Por suerte, el istmo que cierra la bahía de San Francisco por el sur es estrecho, apenas unos kilómetros. Además hay muchas carreteras que conectan la ciudad con otras poblaciones, con lo que al poco tiempo llegamos a una salida que nos podía llevar otra vez a la ciudad.

Era la conexión con la 280 road que va de norte a sur por el centro del istmo. Así que cogimos, otra vez, caminito de San Francisco hasta Octavia y de vuelta, por segunda vez, al aeropuerto. Por el camino hacia San Francisco hay una carretera que te lleva otra vez a la 101, pero quise asegurarme e hice el trayecto de vuelta completo y empezar desde lo conocido y así evitar perderme otra vez, mejor dicho equivocarme otra vez.

Esta vez si que lo hice bien y no hubo ningún contratiempo añadido. Entregamos las llaves del coche y nos fuimos a la terminal. Para ello nos subimos a un tren que va por una sola vía, como los que hicieron los japoneses, de esos electromagnéticos o algo así, que va por las alturas y que recorre las distintas terminales del aeropuerto haciendo un recorrido en círculo. Llegamos a la zona de facturación, facturamos y nos vamos a desayunar.

A partir de aquí comenzó el maratón de vuelos. A las nueve partimos hacia Nueva York. Seis horas de viaje en un avión muy cómodo. Tenía filas de seis asientos divididos en dos por el pasillo. Yo me siento en la ventanilla, Toñi en medio y al lado de Toñi se sienta un mejicano muy majo, aunque un tanto gordote, con el que estuvimos muy entretenidos y le fastidiamos la siesta a Encanni y a Juanpe, que estaban sentado delante de nosotros, sin nade que les acompañara al lado.

El chico se llamaba, y supongo que todavía se seguirá llamando, José y nos explicó como vivía y como se vivía en San Francisco. El vivía en el área de la bahía con su mujer, también mejicana, y ahora iba a Nueva York a realizar un curso que le pagaba la empresa. A pesar de tirarse una semana en la gran manzana, no le iba a dar mucho tiempo para ver la ciudad, además resulta que no le gustaba viajar en avión con lo que no estaba muy contento con la situación.

Pasadas las seis horas llegamos al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, y aún tenemos que esperar quince minutos en el avión porque no tenemos una salida libre. Una vez descendemos del avión, nos despedimos de José y nos preparamos para el siguiente vuelo.

Esos quince minutos que nos han quitado nos viene fatal. Tenemos que ir más deprisa para comprar algo que comer (eran las seis y pico de la tarde en Nueva York, pero la hora de comer en San Francisco). Mientras Juanpe y yo pillamos algo rápido, hamburguesas claro, Encarna se va a una perfumería a comprar a Toñi, y para ella, una colonia que salía muy barata con el cambio de moneda y al ser mercancía duty free.

Más que comer, engullimos por el poco tiempo que tenemos. Encanni tiene que darle al de seguridad los dos botes de colonia por cuestiones de seguridad y luego se lo darían las azafatas en el avión, una vez que hayan comprobado lo que es.

Llegado el momento montamos en el sexto vuelo, y el que iba a ser el último del viaje. Vuelo nocturno, aunque para nosotros era todavía de día, ya que llevábamos unas horas de desfase.

Aterrizamos en Barajas a las nueve de la mañana, justo a la hora que nos debíamos acostar (en San Francisco eran las doce de la noche). Una vez en el aeropuerto, lo típico, esperar las maletas, pasar aduana y salir a buscar taxi. Aquí nos tocó pelearnos con los taxistas, ellos decían que con las maletas que llevábamos teníamos que coger dos taxis, y nosotros decíamos que “naranjas de la china” que todo cabía en un coche, como así comprobamos en San Francisco al montarlo todo en el Mazda 6, coche normal donde los haya.

Al final fuimos en un solo taxi, no consiguieron engañarnos, en dirección a la estación de Atocha.

A la una de la tarde salió nuestro tren y tres horas y media más tarde llegamos a Murcia donde nos esperaba Manolo, no el del bombo, sino el hermano de Juanpe, más conocido como el hermanísimo, el cual nos acercó a nuestras respectivas casas.

24 horas después de salir de San Francisco llegamos a casa. Lo único que queríamos era dormir. En total calculamos que habremos recorrido unos 20.000 kilómetros por tierra y por aire, sobre todo, por aire. Seis aviones, un tren y dos coches.

Esto se acabó.

Hasta pronto.

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¿Qué es lo que hacemos hoy?

Madrugar.

Como todos los santos días nos levantamos a las órdenes del despertador, sobre las siete de la mañana. Si estos días fuesen laborables estaría con un sueño matador, pero es todo lo contrario, levantarnos temprano da gusto y todo.

Hoy abandonamos Nueva York. Nos vamos a las cataratas del Niágara. Cuando planeamos el viaje, hace ya nueve meses, como un parto, ya hicimos que el vuelo a Buffalo no fuera estresante, es decir, tener que madrugar en exceso o llegar demasiado tarde. Había infinidad de horarios con lo que pudimos elegir uno que no fuéramos con prisa. El vuelo salía a las 13’25, también con Delta Airlines, como el resto de vuelos, y desde el JFK.

Recogemos los trastos y dejamos las llaves del apartamento encima de la mesa, como acordamos con el propietario. Decidimos no desayunar en la ciudad para no perder tiempo, ya lo haremos en el aeropuerto.

Como suele ser normal en NY, no hay problema para pillar un taxi en la misma puerta. Montamos los bártulos en el maletero y nos vamos al aeropuerto. Mientras marchamos nos vamos despidiendo, con tristeza, de la ciudad.

En el camino, el taxista nos pide que le especifiquemos a que zona o terminal vamos. Le digo que vamos a pillar un vuelo doméstico a Buffalo. No conforme con esto me pide el nombre de la compañía aérea con la que vamos a volar. Para mis adentros me pregunto que qué curioso es este tío. Le digo que con Delta y ya no dice ninguna palabra en todo el trayecto. Luego cuando llegamos al aeropuerto entiendo el porque de la última pregunta. Resulta que cada compañía tiene una o varias terminales a su disposición, con lo que sabiendo la compañía y el destino los taxistas saben por donde tienen que ir para llegar al lugar exacto.

No lo recuerdo bien, pero creo que era la T3 de donde partía nuestro vuelo. Una vez pagado al taxista los 50 pavos más la propina pertinente, entramos y nos encontramos los mostradores de facturación nada más entrar a mano derecha. Sólo hay cuatro, además de otros tantos para hacer la facturación uno mismo. Estos son los primeros que vemos, pero como sólo están en inglés los mandamos a paseo y nos ponemos en la pequeña cola que tiene uno de los mostradores. Facturamos y miramos en los paneles la puerta por la que tenemos que embarcar. Queda mucho tiempo, llegamos sobre las diez, pero que le vamos a hacer, ¿pasear? Una de las cosas que si íbamos a hacer era desayunar, así que nos dirigimos hacia nuestra puerta que seguro que allí hay algún bareto para tomar un café.

Nada más salir de la zona de facturación, cuando todavía nos quedaban unos quince o veinte minutos andando hasta llegar a nuestra puerta, apareció un cochecito eléctrico, como los de los campos de golf, aunque sin techo y un poco más largo. Iba pitando para que se apartase la gente, cuando se para a nuestro lado y el conductor nos pregunta qué adonde vamos. Se lo decimos y nos invita a montar. Nos montamos con la sorpresa todavía en el cuerpo de ver un carrito de este tipo en medio de un pasillo de un aeropuerto.

Fue un rally muy divertido, iba a toda castaña por los pasillos, pitando a todo quisqui que se cruzaba en su camino. Lo que iba a ser un paseo de veinte minutos se transformó en apenas tres o cuatro minutejos. Llegamos a nuestro destino con los pelos despeinados por completo. Le dimos unos dolarcillos de propina al conductor, nos dio las gracias y volvió a toda leche hacia el otro lado de la terminal. Nosotros a los nuestro, a desayunar y a esperar el embarque.

Después de dar un par de vueltas por la zona nos sentamos al lado de nuestra puerta, justo enfrente de un Starbucks, donde terminamos desayunando.

La espera y el aburrimiento hacían que cundiera la desesperación.

Te levantas para ver los paneles informativos.

Te sientas.

Te vuelves a levantar a mirar el escaparate del Starbucks.

Otra vez a sentarte.

El culo se vuelve cuadrado de estar sentado.

Te acuerdas que hay un quiosco cerca y vas a leer los periódicos aunque no entiendas ni papa de inglés.

Después de contar los tubos fluorescentes te vuelves a tu asiento.

Sonríes al tipo que se acaba de sentar a tu lado.

Te cagas en toda su generación porque no se ha duchado hoy y huele a rata muerta.

Rezas para que no vaya en el mismo vuelo que nosotros.

Te pones a hacer fotos por las ventanas al personal del aeropuerto.

Un empleado del aeropuerto con pinta de pakistaní te pide amablemente que deje de hacer fotos por motivos de seguridad.

Cagándome en todo lo que se menea me vuelvo a sentar, evitando al señor apestoso.

Así podría seguir hasta rellenar una cantidad indecible de páginas, por lo que lo mejor será que siga con el relato.

Por fin llega el momento de embarque. Cogemos los apechusques y nos vamos al avión. Después de pasar por un largo pasillo cubierto llegamos a la altura del avión. ¡Andá, si viajamos en un avión de juguete! No va a pilas, pero poco le falta. Es apenas un poco más grande que un jet privado, no creo que quepamos más de treinta personas.

Una vez dentro del avión, tardamos una media hora en situarnos en la pista para despegar de la cola que hay en el aeropuerto. Lo malo de esta espera es que la cabeza le dio vueltas al incidente que tuvimos al aterrizar al llegar a Nueva York con lo que el cuerpo  se revuelve un poquito.

Sorprendentemente, una vez que despegamos, me quedo torrao en un instante, creo que todavía estábamos ascendiendo. Esto hace que no me acuerde de nada del trayecto, pues me despierto justo cuando noto que el avión empieza a descender para aproximarse al aeropuerto de Buffalo. Los compañeros de viaje me dijeron que las azafatas repartieron gominolas, bebidas y manteca de cacahuete. Al despertarme y para evitar que la cabeza piense en cosas malas, me entretengo en mirar por la ventanilla e intentar localizar distintos lugares, como las propias cataratas. Lo único que logro ver es la ciudad de Buffalo, aparte de mogollón  de carreteras y casas dispersas.

Aterrizamos sin ningún tipo de contratiempo ni problema, como suele ser normal en prácticamente todos los vuelos. Salimos del avión de juguete y nos vamos a recoger las maletas. Mientras estamos esperando, nos damos cuenta que la zona de recogida de equipaje tiene conexión directa con el exterior. Cualquiera de fuera puede llegar y llevarse la maleta que le de la gana sin ningún tipo de problema. Como se nota que es un aeropuerto pequeño y que aquí nunca pasa nada.

¡¡¡JA!!! ¡Eso es lo que tú te crees! Como suele pasar, esperamos unos minutos hasta que empiezan a salir las maletas. Sale una, otra y otra, pero la pequeña de Juanpe y Encarna no termina de salir. A parte de nosotros hay un par de personas también esperando las dichosas maletas, hasta que ya no esperamos más y damos la maleta por perdida, perdón por extraviada. Así que a reclamar toca. ¡Con el desparpajo que tenemos del idioma!

Empiezan a salir palabras malsonantes de la boca de Juanpe. Al rato la toma con el mobiliario del aeropuerto. Intentamos calmarlo, pero no podemos. Cuando se acercan los guardias de seguridad se lía a mamporros con ellos, partiéndole las narices a uno de ellos y el otro seguramente no podrá tener hijos en su vida debido al golpe que recibió en la entrepierna. Volvemos a intentar calmarlo, pero casi me da con una papelera. Al rato llega una patrulla de policía y hasta aquí llegó su enfado, enseguida lo calmaron con descargas eléctricas. Una vez se le encendía un ojo y otra vez salía fuego de la nariz.

Vaya un rollazo que os he metido. No pasó nada salvo el cabreo lógico de la situación. Uno está tan feliz porque piensa que estas cosas solo le ocurren a los demás, y ¡zas! un día te ocurre a ti, y ese día fue este. Pero a nosotros no nos había pasado nada en comparación con un oriental que llegó en nuestro vuelo, a este le habían perdido las dos maletas que llevaba. Le habían dejado compuesto y sin ropa.

Nos metimos en la mini oficina de reclamaciones y objetos perdidos de la compañía aérea y empezamos a pedir la maleta. Lo primero que hacemos es saber si hay alguien que sepa castellano. Nadie. Una vez que sales de NY, ya no sabe nadie castellano. Como podemos, entre Encarna y yo, vamos poniendo las cosas más o menos claras, y nos enteramos que la maleta va en dirección a San Francisco. Nos aseguran que mañana por la tarde estará aquí, en el aeropuerto.

A todo esto sin comer, pero, en fin, como no tenemos otra opción tenemos que apañarnos con lo que nos dicen y esperar a mañana. Antes de salir, cogemos todos los códigos, teléfonos y páginas web necesarias para preguntar por el paradero de nuestra maleta.

Por suerte o casualidad, Juanpe y Encarna habían dividido la ropa entre las dos maletas, con lo que no tuvieron necesidad de comprarse ningún tipo de prenda o material de higiene. Menos mal que no nos pasó a nosotros porque si nos pierden la maleta de la ropa, lo único que podíamos hacer es vestirnos con el trípode y con camisetas. No llevábamos nada más en una de ellas.

Salimos y cruzamos la calle de los taxis en dirección a las agencias de alquiler de coches. Teníamos reservado un monovolumen en Europcar durante los dos días que íbamos a estar allí. Esperamos un ratito haciendo cola hasta que nos toca. De los dos dependientes nos va a tocar el más espabilado en cuanto a tratamiento de turistas. Persona de color y con cierto amaneramiento, con toneladas de pintura negra en su cabeza. No tinte, no, pintura. Si en el aeropuerto algún día hace falta pintura negra pueden bajar a los stand de Europcar y pedirle cuarto y mitad a este hombre, que les dejará sin ningún tipo de problema.

Poco a poco la cosa se complicaba, por la cosa del idioma. Lo que yo creo que debería haber sido es: entregar el carné de conducir, la tarjeta de pago y aclarar el precio en caso de coger algún extra.

Pero no fue así. Estuvimos así como una hora para poder entendernos con él, y menos mal que apareció un puertorriqueño, nunca le estaremos lo bastante agradecidos, que hizo que se aligerara un poco la cosa. Mientras que el dependiente se aclaraba, charlamos con el muchacho, de cuyo nombre no logro acordarme, de lo que nos había pasado y que estábamos allí en plan turista. El nos comentó que llegaba ese día porque empezaba la universidad con una beca en la Universidad de Buffalo.

Al final todo se aclaró y nos fuimos a por el coche, pero hubo una situación que no logro entender todavía en la tramitación del alquiler del coche. Resulta que yo iba a ser el único conductor del vehículo, y como tal debía enseñar el carné de conducir y, por ser extranjero, el pasaporte. Hasta aquí todo normal. Pero al ir a pagar, lo hicimos con una tarjeta que hicimos con el fondo común, pero que debía llevar solo un nombre en el frontal, como en todas las tarjetas. Y aquí está lo curioso. La tarjeta estaba a nombre de Juanpe y eso es lo que no le cuadró al personaje que había detrás de la barra que se quedó muy extrañado que pagara otra persona distinta al conductor. Debido a esto, Juanpe tuvo que enseñarle el pasaporte y el susodicho personajillo nos dijo que lo tenía que poner como conductor adicional porque sino podíamos tener problemas si nos paraba la policía o no se que chorradas, lo que hizo, además, que subiera unos 6 dólares la tarifa, más o menos.

Una gilipollez enorme. Que tendrá que ver si alguien me quiere pagar el alquiler del coche y yo soy el conductor. Si voy con mi hijo y le pago el coche, ¿he de ir con el libro de familia para no tener problemas? Solo caben dos posibilidades:

1, que el tío nos tomara por panolis y nos engañara en seis dólares, que además no irían a el, sino a la compañía de alquiler.

Ó 2, que no se enterara de nada y nos montó el pitoste sin saber lo que hacía.

Yo opto por esta opción. Más que nada porque en San Francisco alquilamos otro coche y no tuvimos ningún problema a la hora de pagar con esa misma tarjeta ni nada. Todo fue infinitamente más rápido que en Buffalo.

Cogimos el coche, por primera vez conducía un coche automático (en cuanto pueda cambiar mi coche lo haré por uno automático), y salimos del aeropuerto. Fue fácil, solo había que seguir las indicaciones que nos mandaban a Niágara. El viaje fue tranquilo, solo había que estar atento a las indicaciones y no pasar de 65 millas por hora para no tener sorpresas con la policía de allá. En el trayecto se oyó por primera vez una de la frases más oídas de las vacaciones: “que acierto haber alquilado el coche”, y también se oyó otra que también se iba a oír mucho, sobre todo, cuando íbamos en coche: “cuidado”. Al cabo de unos 25 km estábamos en la frontera canadiense.

Aquí es donde el idioma podía complicarnos la existencia. Debíamos pasar la frontera, pues habíamos alquilado el apartamento en el lado canadiense. Nos situamos en una de las filas y esperamos nuestro turno. Cuando llega el momento teníamos preparados los pasaportes y los cinco sentidos alerta para entender las preguntas del guarda de aduanas.

Nos hace las preguntas típicas de si vamos a estar mucho tiempo, donde se van a hospedar, etc.., además de pedirnos los pasaportes para sellarlos. La cosa fue más simple de lo que me esperaba, incluso le pedimos información de donde estaba la calle Drummond, que era la calle donde se encuentran los apartamentos, y después de las indicaciones seguimos para adelante. Ya estamos en Canadá.

Al par de minutos estamos en nuestra calle y debemos ir despacio para ver donde están los apartamentos. Aún así nos salimos del pueblo y tenemos que preguntar a un paisano del lugar que salía en ese momento de su casa. Nos dice que nos hemos pasado unos 500 metros.

Le damos las gracias y volvemos sobre nuestros pasos. Unos segundos después llegamos al bloque de apartamentos, que se están situados a unos 500 metros en línea recta de las cataratas. Se llaman Executive Rental Network. Aunque tienen su propia página web, nosotros lo alquilamos a través de la página web de alquiler de apartamentos http://www.homeaway.com. Entramos al aparcamiento previo y a continuación seguimos las indicaciones que nos dio el propietario. Primero una contraseña para acceder al interior del edificio y luego, en la primera planta, a la izquierda y al fondo del pasillo, está nuestro apartamento por dos noches. El mismo se encuentra abierto, como ya nos lo habían dicho.

Alucinamos con el apartamento. Tiene dos habitaciones, bueno una de tamaño normal con dos camas, y otra macro habitación con dos camas de matrimonio de la talla XXL. El salón es relativamente pequeño, pero con el mobiliario totalmente nuevo, ¡incluso tenía una pantalla plana! Y la cocina, como la de todos los apartamentos, americana. Pero tenía lavadora y ¡¡secadora!! Está claro que las aprovecharemos. Todo esto por 125 € la noche. Una ganga. Le recomiendo a todo el que quiera ir a Niágara, ya sea para ver las cataratas o la zona que vaya a estos apartamentos. Están muy bien.

Colocamos las cosas, y entonces descubrimos la posible causa de la pérdida de la maleta de mis compañeros. En nuestra maleta pequeña encontramos un papel de la oficina de aduanas, en inglés y castellano, en el que decía que la maleta había sido abierta por seguridad. Así que suponemos que la otra maleta también habrá sido registrada, pero a la hora de devolverla a los distribuidores del aeropuerto, no les habrá dado tiempo de ponerla en el avión y la nuestra si. Lo curioso es que nuestra maleta estaba cerrada con candados (no eran una maravilla, más bien una mierdecilla) y esta gente abrió los candados, sin forzarlos, y los volvieron a colocar. Además la ropa estaba totalmente ordenada, tal y como nosotros la habíamos colocado. Por lo menos son pulcros y ordenados los de aduanas del JFK.

Nos acicalamos y nos vamos a ver la hermosura. Todavía no habíamos comido, pero preferimos acercarnos a ver las cataratas antes de cenar. Bajamos con el coche y conforme descendemos por una de las calles vemos la catarata “pequeña”. La boca se nos va abriendo poco a poco. Llegamos al cruce con la calle que va paralela al río y después de hacer el stop torcemos a la derecha y terminamos de quedarnos boquiabiertos. No vemos las cataratas en su totalidad, pero la catarata grande despide una cantidad enorme de finas gotas de agua, como si fuera lluvia, pero de abajo hacia arriba.

Damos una vuelta con el coche y nos vamos en busca del papeo. Terminamos cerca del Hilton, haciendo merienda-cena en el Wolfgang Puck. Nos tomamos una hamburguesa tremenda, la mejor que nos tomamos en todo el viaje. Por supuesto, regado con unas cervezas, ellos, y una coca-cola, yo, que ahora hay que conducir.

Una vez terminada la manduca nos vamos paseando a ver los chorrillos de agua. Por el camino Juanpe se compra una sudadera, pues hace rasquilla. En esto aprovecho para cambiar monedillas estadounidenses por canadienses, aunque salga perdiendo en el cambio.

Llegamos al paseo y vemos el espectáculo de agua y luz que han montado los de conservación de las cataratas o quién hayan sido. Para colmo del placer visual, sale la luna llena y se coloca a huevo para hacerle fotos con una de las cataratas.

Recorremos el paseo de arriba a abajo disfrutando de la fresca noche hasta que nos llega el cansancio y nos vamos al apartamento.

Una vez allí decidimos utilizar solo la habitación de las dos camas de matrimonio, cada matrimonio en cada cama, por supuesto. Después de ver un poco la tele llega la hora de dormir y toca apagar la luz. ¿Dónde puñetas está el interruptor? Damos mil vueltas al salón, tanto Juanpe como yo, hasta que, por fin, lo encuentra Juanpe. Resulta que el que hizo el apartamento solo pensó en poner un interruptor en lugar de dos, uno en cada lado del salón, y para colmo, al comprar la pantalla plana y querer colgarla en la pared se lucieron, aún más, porque taparon el único interruptor que hay en la habitación. Por lo menos dejaron el espacio suficiente para meter la mano y apagar la luz.

Hala, ya podemos planchar la orejilla.

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The last day in NY.

El último día en NY. Y no se porque pero me pareció el día más…, como decirlo, más soso.

Madrugamos como siempre. Desayunamos como casi siempre, en el European café.

Lo primero que hacemos es volver a B&H para ver si tienen la Nintendo DS y el iphone y aprovechar el cambio euro-dólar. Pero no tienen ninguno de los dos, así que nos vamos a nuestras cositas, ver los villages, Soho, Chinatown,… No se lo que nos dará tiempo de ver, lo que sí queremos es terminar en el Flatiron.

Bajamos callejeando y nos introducimos en el Greenwich Village. Sin rumbo fijo vamos paseando por el Nueva York de casa pequeñas, con escaleras exteriores de servicios, con tiendas pequeñas de barrio. En la zona no tenemos prefijado ver algo en especial. En una de esas calles, la que va a parar al lado oeste de Washington Square Park, está la casa de la creadora de “Mujercitas”. No es que tenga un interés especial, la casa no se puede visitar, pero siempre viene bien saber cositas, además es en esta zona, los alrededores de WSP, donde se hospedaban a finales del XIX y principios del XX muchos escritores y artistas. Aún hoy en día siguen haciéndolo, Nicole Kidman o Willem Defoe poseen casas en la zona.

Llegamos a Washington Square Park donde está el Washington Arch. Un arco de triunfo que no es gran cosa, pero que para los seguidores de la serie Friends tiene algo especial, por lo menos para mí, cuando la veía me preguntaba donde estaba el arquito. Pues por fin iba a verlo, y ¡zas!, chasco al canto. La mitad del parque está en obras, entre ellas el arco y no se puede ver más que a través de alambradas y con escombros de por medio. Una pena.

Sin embargo, aprovechamos el parque para descansar un rato en un banquito de la zona que no está empantanada de polvo y basura.

Momentos después tomamos camino al Soho y Chinatown bajando por la calle Laguardia, que cambia el nombre por el de West Broadway en el siguiente cruce. ¡Qué arrepentido estoy de bajar por esta calle! La cosa empieza bien, pues había algunas tiendecillas pequeñas y alguna que otra galería de arte. Pero más abajo empezó, como decirlo, como contarlo, empezó el acabose.

Paseábamos por la acera de la izquierda, según nuestra dirección, cuando en la acera de enfrente se divisa una tienda de DKNY. Pues hala, para allá que vamos. Paso dentro y busco un asiento mientras los demás miran que comprar. Salimos de la tienda y no habíamos salido del todo cuando enfrente se encuentra Ralph Lauren. A cruzar se ha dicho. Esta vez me quedo fuera. Personalmente no disfruto yendo de compras, salvo que sea necesario, pero por otra parte, con el chasco que tuvimos el día del outlet, comprendo que se aproveche cualquier momento para poder hacer alguna que otra compra, y más con el punto tan favorable que teníamos con el cambio monetario. Esto nos retrasaba, pero bueno, tampoco se puede hacer lo que uno quiere cuando se va en grupo, si no coges y te vas solo, así harías lo que te diese la gana.

Fue salir de Ralph Lauren y ver en la acera de enfrente la tienda de Tommy. Fue en este momento cuando, en lugar de esperar en la puerta, los que no ibamos a entrar decidimos esperar a los que sí, en un pub que vimos en la esquina de la calle Broome con West Broadway, el Kenn’s Broome street Bar. Siempre íbamos a estar mejor tomando una cerveza que en la puerta.

A pesar de tanta tienda, solo hubo suerte con un bolso en DKNY. No hubo suerte.

Si la hubo cuando llegaron al pub-bar-restaurante los compradores compulsivos y decidimos comer allí mismo. El sitio era un lugar coqueto, pequeño con apenas diez mesas, unas cinco en la sección del bar, muy pequeño para comer, simplemente servía para estar sentado mientras que te tomas un café o un refresco. Todas estaban pegadas a una gran cristalera que tenía pintados el nombre del bar. Un poco más al interior, en una pequeña salita, había otras cuatro o cinco mesas, estas más grandes en las que podías sentarte más cómodamente, pero sin pasarse. En la pared del fondo tenían escrito con tiza el menú que tenían.

Es la primera vez que hacíamos la comida tirando de carta, normalmente habíamos comido en buffets o en locales de comida rápida, pero hoy nos encontramos con esto y ya no buscamos más. De todas formas era una calle en la que no abundaban los bares y restaurantes con lo que nos vino bien quedarnos allí. En cuanto a la comida, según me apuntan, fue una comida típica de aquí, hamburguesa con todas las salsas habidas y por haber. Además nos pusieron, más bien pedimos, unos nachos para abrir boca. Todo esto dulcificado a base de coca-colas y cervezas, varias cervezas. No estuvo mal, eso si, tengo es un buen recuerdo del sitio.

Terminamos y sin tiempo para descansar, seguimos la marcha. Continuamos hacia el sur por la misma calle, la West Broadway, hacia Chinatown. Cuando llegamos a Canal street todo cambió radicalmente. Del lujo y el arte, a la aglomeración, la falsificación y la chabacanería. Fue cruzar a la acera sur y tener que andar rigurosamente saliéndote a la calzada, mientras mucha gente te ofrecía sus productos en la calle, pero no te los ofrecían como en el mercado “mire, señor que reloj tan bonito”, no, te ofrecían sus productos casi a escondidas y, sobre todo, nombrando la marca que ellos te vendían “Louis Vuiton”, “Rolex, Rolex”, etc. Si picabas, entonces es cuando te enseñaban la mercancía, casi como de droga se tratase. Sobra decir que todo era falso como la falsa monea.

La calle estaba repleta de bazares y tiendas que te venden desde tiritas a tecnología punta (es un decir). Y esto es lo que vimos de Chinatown. Si había más calles, que seguro que las hay, no nos apeteció meternos pensando que iba a ser igual. Seguramente no lo sea pero viendo la cutrería en Canal street preferimos dirigirnos a Little Italy.

Dicho y hecho, en una calle de cuyo nombre no puedo acordarme nos fuimos hacia el norte y llegamos a Little Italy. Es una calle con bastante animación con transeúntes que van y vienen. Está llena de pizzerías, trattorías y demás restaurantes italianos. Todo indicaba que estábamos en Italia, hasta las bocas de incendios estaban pintadas con los colores de la bandera italiana.

Nos sentamos en una terraza que, qué casualidad, está en la esquina con la calle Broome, hoy todos los bares que visitamos están en esquinas con esa calle. Lo dicho, nos sentamos en una terraza a tomar café, a ver si aquí hacen el capuchino mejor que en el Starbucks. Y efectivamente, el café está bastante mejor.

Justo al lado nuestro, hay un pequeño refrigerador expendedor de helados, que debían estar muy buenos, porque no paraban de vender cucuruchos. Como diría mi cuñada “el sitio tiene salida”.

Mientras que nos tomamos el café, disfrutamos de la calle, de la gente, del panorama.

Terminado nuestro tentempié nos vamos hacia la cuarta avenida y así llegar a Union Square. El camino se nos hace largo. Pasamos por calles y callejuelas que no tienen ningún atractivo turístico, salvo el social de ver como es otra zona de Nueva York.

Llegamos a Union por la esquina sureste y lo primero que me llama la atención es la tienda de Virgin, enorme como la de Times Square. Por lo demás Union Square me defraudó un poco, simplemente es un parque, eso si, multitudinario. Estaba el parque plagado de gente, me imagino que aprovechando las últimas horas del fin de semana.

Cruzamos el parque y continuamos por Broadway para terminar el día viendo el edificio plancha, es decir, el Flatiron. Mira que es delgadico el edificio, incluso en la parte de atrás. Pero es original, teniendo en cuenta que aquí solo hay edificios de planta cuadrada y a cada cual más alto, ver un edificio de forma triangular y que en su esquina más delgada apenas cabe una ventana hace de este edificio uno de los más originales del mundo. Curiosamente, a pesar que no es muy alto, durante un tiempo fue el más alto de Nueva York y que la gente pensó que no resistiría al viento y que este lo derribaría.

Estuvimos pululando por los alrededores, aunque no entramos en el parque Madison. Estamos tan cansados que nos hacemos las fotos sentados, con el Flatiron detrás.

Aquí terminamos la ruta turística de hoy. Ahora  toca, como no, ir de compras a Macy’s, otra vez, a ver si terminamos las compras de regalitos para la familia. Yo no me estoy quieto y al final pico también comprándome una camiseta Nike.

Cansados, como todos los días, volvemos arrastrando el culo y con las compras de última hora nos vamos a cenar. Esta vez ya habíamos decidido donde íbamos a ir, el restaurante Swing 46. Está en la calle 46, nuestra calle, y tiene música de jazz en directo.

Al entrar te encuentras en la zona del bar. Una larga barra con tres o cuatro mesas en la pared de enfrente, separadas de la barra por un par de metros de pasillo. Al final del bar se encuentra una amplia sala con unas veinte mesas que rodean una pista de baile y la zona de orquesta y cantante. Nosotros nos colocamos en la zona del bar, que disfrutábamos de la música, pero que podíamos charlar sin tener que levantar mucho la voz.

Lo primero y primordial son las cervezas. Que gusto da no tener que conducir y poder tomar las cervezas sin tener ninguna cortapisa, ¡qué buenas estaban! ¿eh, Juanpe?

Esta noche nos gustaron los mejillones, pero sobre todo, la ensalada Cesar, fue la mejor de las que hemos ido probando en todo Nueva York.

La última cena en la ciudad y nos ha sentado genial. Mi pie derecho no decía lo mismo, me temía una ampolla, o como poco una herida cojonera que no me dejara disfrutar de los siguientes días. Por suerte al final no fue nada, ni siquiera una rozadura, solo un simple dolorcillo de tanto andar estos días.

Esta noche no podíamos perder el tiempo, al día siguiente partíamos hacia Buffalo y aún teníamos que hacer las maletas. Así que eso es lo que hicimos, al terminar de cenar cogimos nuestros bártulos y nos fuimos al apartamento.

Nueva York se terminó. Se acabó lo que se daba. Nos llevamos un recuerdo estupendo de la ciudad y de su gente, amable como pocas. Aunque la ciudad no era santo de mi devoción, reconozco que me ha encantado, he disfrutado cada metro cuadrado de los que he visto, y me ha sorprendido muy gratamente. Me imaginaba una ciudad masificada, sucia, desordenada que no caótica, y lo que me encontré fue todo lo contrario, salvo lo de la masificación.

Cierto que he hablado de Nueva York como si la hubiese visto entera, pero en realidad solo he pisado Manhattan, con lo que queda para un posterior viaje el ver el resto de los barrios de la ciudad.

La semana ha sido intensa, no hemos parado ni un momento, no hemos tenido problemas gordos, todo lo que  nos ha pasado lo hemos solucionado sin ningún tipo de problemas. Aunque ha habido ligeras variaciones en el planning prácticamente se ha seguido a raja tabla, con cansancio, pero con ilusión. Pese a que no tengo pensado volver en un corto espacio de tiempo, espero tener la salud suficiente, y dinero, para poder volver a visitar la ciudad que nunca duerme.

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Sexto día de viaje.

Y otra vez nos levantamos a las siete. Nos arreglamos y nos vamos a desayunar a Times Square, como casi siempre. Terminado el mismo, nos acercamos al centro de información para echar un vistazo a Internet. La verdad que tanto tiempo sin estar delante de un ordenador da un pelín de mono, parece una tontería, pero estas acostumbrado a colocarte delante de la pantalla, casi inconscientemente, que cuando llevas un tiempo sin conectarte, lo echas de menos.

Cada uno mira lo que quiere. Yo le echo un vistazo a mi correo y hay un mensaje del dueño, pidiéndonos que salgamos antes de las 12 de mañana. Le respondo que no hay ningún tipo de problema, que saldremos bastante antes, pues tenemos que estar en el JFK a las 8’30. Además del correo miro el googlemaps y me apunto el itinerario de pasado mañana cuando cojamos el coche de alquiler en el aeropuerto de Buffalo para ir a Niagara.

Terminado todo, nos vamos al metro y ponemos dirección al MET. Salimos en la 86, donde nos damos cuenta que la calle paralela a Central Park East está plagada de chiringuitos de comida rápida. Y nosotros ayer comiendo mostaza y ketchup. Que pena.

Al salir del metro me pasa una cosa que no me suele ocurrir muy a menudo, por no decir que nunca. Me encontré desorientado, no sabía por donde debía ir. Por suerte se pasó pronto, na, apenas unos segundos, y pasados estos seguimos hacia el parque, en dirección al MET, como habíamos decidido el día anterior.

Habíamos salido dos avenidas al este, o como dicen allí “two bocas hacia el east”. Fuimos paseando por una de las zonas VIP de Nueva York, cada portal tiene su toldo que invade la acera con el número en el frontis y, a veces, también el nombre del edificio. Las calles muy limpias y muy poco transitadas, al no haber comercios la gente no necesita ir por esas calles, o van de paso como nosotros, o viven en la zona.

Llegamos a Central Park East y bajamos hasta llegar al museo. En la puerta, mucha gente que iba a entrar. La hora, la verdad es que no era muy temprana, las once de la mañana, madrugar, no habíamos madrugado, para llegar acá. En la acera un saxofonista afroamericano intentando agradar a la gente que pasaba y así hacer que la dieran unos dólares para poder vivir.

Dicen que el MET es el mayor museo de occidente, incluso más que el Louvre o el British. No se si será verdad, solo puedo compararlo con el parisino, pero a mi me parece muy grande.

Entramos por debajo de la columnata y lo primero que pasamos es la zona de seguridad. Nos miran los bolsos, mariconas, etc. A mi me llevan aparte, para abrir la mochila de la cámara. Le echan un vistazo y no encuentran nada raro, pero por motivos de seguridad, durante mi estancia en el museo debo llevar la mochila en el pecho o en la mano.

Nos arrejuntamos otra vez y vamos a las taquillas. Como ya teníamos la experiencia del día de ayer, hoy no nos da tanta vergüenza hacer una donación de cinco dólares por los cuatro. Como entrada nos dan una chapita que tenemos que ir enseñando por cada sala que entramos o cada vez que nos lo pida uno de seguridad o del museo. Es curioso porque el museo no tiene una entrada como la tienen otros. Las taquillas están dentro del edificio puedes ir a una u otra sala, salir de esta y pasar a otra pasando por el hall y las taquillas. Llevando la chapita todo va bien.

El plan para ver el museo pasa principalmente por Grecia, Roma y Egipto, para después ver alguna cosa que nos pille por el camino, es decir, apenas un 10% del museo, si llega.

A mi parece un museo como otro cualquiera de este estilo que tiene cosas imprescindibles de ver, pero que la mayoría es lo mismo que hay en otros museos pero con otro nombre, época y autor. Prefiero otro tipo de museo, como el que vimos ayer, que ves cosas diferentes. Eso si, no se pierde nada con ir a ver estos sitios, porque es cultura y siempre puedes aprender o ver algo nuevo.

Empezamos el tour por la antigua Grecia. Toñi va a alucinando de pieza en pieza, pero es que da gusto ver cascos, monedas, esculturas, mosaicos, cada una más bonita y atrayente que la anterior. Después de unas salas en Grecia pasamos a Roma con más piezas aún, sobre todo, esculturas con sus brazos rotos y todo.

Casi al acabar con Roma, de una de las salas se abría otra exposición, una exposición temporal que no tenía nada que ver con la época. Una exposición de trajes de héroes de comics y personajes de ficción, desde Spiderman hasta el bicho de Species. Era el único lugar del museo donde no se podían hacer fotos, una putada, aún así alguna salió de mi cámara. La exposición es corta y se termina pronto. Volvemos a Roma y de ahí, cruzando el hall, nos vamos a Egipto, donde la que flipa es Encanni, aunque los demás también. De la multitud de piezas me quedo con el templo de Dendur. Personalmente quedaría mejor al aire libre, sobre todo, en Central Park, pero me imagino que podrá más el pensamiento de seguridad y de tener un control de la gente que accede a él que cualquier otro pensamiento, como el que la gente pueda disfrutar del templo sin ningún tipo de cortapisa, salvo el de la responsabilidad ciudadana.

Después de terminar la tremenda sección de Egipto pasamos a ver la colección de armas y armaduras donde se pueden contemplar multitud de armas desde la edad media al lejano oeste pasando por el país del sol naciente.

Como el hambre azuzaba ya, decidimos comer en cualquier baretico del museo, pero al enterarnos que en la terraza del museo había uno, nos subimos allí, a comer al solecico. Al ir hacia ella pasábamos por una sala rectangular repleta de estatuas acojonantes, así que nos entretuvimos un rato más antes de comer, merecía la pena.

Subimos a la terraza y nos ponemos en la cola del tenderete, porque en realidad ni era restaurante, ni bar, ni nada de nada, era un mostrador de comida rápida en el que encima nos clavaron vilmente por un bocadillo y una cerveza. Lo único salvable es que teníamos unas vistas excepcionales de Central Park y del Midtown y el West side. Además también tenía “arte”. Había una especie de mampara de cristal semitransparente y con colorines formando una figura que se asemejaba a algo parecido a Cobi, la mascota de la olimpiada de Barcelona, y dos figuras más de unos tres metros de altura que parecían figuras que hacen los payasos con los globos, una era un corazón rojo chillón y otra un perro amarillo.

Llevábamos tres horas y media y los maridos estábamos ya hasta el moño del museo. Al bajar del ático nos dirigimos hacia la salida viendo arte moderno. Una vez en la salida, las mujeres, que no tienen hartura, se quedan en la tienda del museo, a ver si pillan algo. Derrochadoras. Nosotros nos vamos a Central Park y las esperamos en el obelisco egipcio que hay justo detrás del MET. Lo que no nos esperábamos es que tuviéramos que esperar, valga la redundancia, otra hora más a que llegaran las chicas, claro que tal vez hubiesen llegado antes si no se hubiesen perdido al intentar salir de la tienda y del museo. De todas formas son cosas que le suelen pasar a las mujeres.

Los chicos nos vamos a Cleopatra’s Leedle, el obelisco de 20 metros de altura que Egipto regaló a USA en 1885. Este sería un buen lugar para ubicar el templo de Dendur, que tiene el MET en su interior, justo al lado del obelisco. Nos sentamos en los bancos de alrededor, donde Roque hace su aparición y llama a Juanpe que no tarda en quedarse ídem.

Mientras Juanpe disfruta con la marmota, yo lo hago con el torito, nombre que se le da al objetivo 70-200 de Sigma en el ámbito fotográfico, haciendo fotos a la gente que está disfrutando del día soleado en The Great Lawn, una extensión muy grande de césped, limpia de árboles donde hay varios campos de béisbol, y donde además puedes ver a gente tumbada al sol, con sus perros paseándolos o jugando con ellos, tirándose el frisby o el balón de rugby, en fin, haciendo infinidad de cosas.

Cuando empecé a leer y escribir en el foro de Nueva York, recomendaban no ir a Central Park en fin de semana. ¡No! Es precisamente en fin de semana cuando se ha de ir, es cuando el parque esta en plena ebullición, cuando se ve a los neoyorquinos disfrutar del parque y cuando realmente tiene vida y se ve para qué fue realizado.

Central Park fue concebido a mediados del siglo XIX y terminado a finales del mismo. Tiene 341 hectáreas, 60 más de las que inicialmente fueron proyectadas. Aunque muchos conocen o han visto prácticamente Central Park, ya sea por televisión o lecturas o en persona, pero hay un detalle que no es muy conocido y que, por supuesto, yo tampoco lo conocía, y es que el parque tiene 18 puertas originales y cada una de ellas tiene nombre, aunque en solo tres de ellas (inventores, navegantes e ingenieros) aparecen escritos en las mismas. Nosotros no miramos, ni buscamos las puertas, pero la próxima vez que vayamos ya lo haremos. Una de las normas que pusieron en el reglamento del parque fue que no se podían organizar picnics, ni actividades en grupo. Quién lo ha visto y quién lo ve. Es precisamente todo lo contrario a estas prohibiciones lo que le da vida y es lo que hace que apetezca ir allí.

Bueno, mientras las mujeres seguían en el MET, de vez en cuando me pasaba por el banco para ver como seguía la siesta de Juanpe, y no podía seguir mejor. ¡Qué carita de ángel! Se nota que está descansando, ¡angelico!

¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! Me quedaría allí toda la eternidad, viendo pasar la gente, tomando el sol, sin hacer nada de nada, salvo lo fisiológicamente posible. A pesar de la cantidad de gente que había no te da la sensación de agobio, sino todo lo contrario.

Por fin llegan ellas y Juanpe ha dejado de ser un lindo lirón. Tras ver los regalitos que han comprado empezamos la visita de Central Park, en realidad, la media visita pues solo vamos a ver la mitad sur del parque. Vamos hacia el oeste para ver el castillo Belvedere situado en un pequeño montículo con el Turtle Pond debajo del mismo. Creo que el castillo funciona como observatorio de aves o algo parecido. Del castillo nos dirigimos en dirección sureste, hacia el Consevatory center. En el camino vamos atravesando rincones preciosos, viendo a la gente realizar distintas actividades. Si viviera en Nueva York haría todo lo que estuviera a mi alcance para pasar el mayor tiempo posible en este lugar, ya fuese con amigos o solo, haciendo deporte o paseando. Está claro que este es uno de los puntos que más me han dejado huella del viaje, y eso que no lo hemos visto en su totalidad.

Encontramos la estatua de Alicia en el país de las maravillas, que está junto al lago del Consevatory, lago en el que se juntan los aficionados al radio control de barcos. La estatua está plagada de niños. Niños por encima de Alicia, niños rodeándola, niños encima de las setas, niños por debajo de las setas, niños por doquier, y en medio, más niños. Pero llegamos nosotros y empezamos a hacernos un hueco, lo más grande posible, entre tanto niño.

Tras las oportunas fotos paseamos alrededor del lago. Este es el lago de la película, entre otras, “Stuart little”. Paseamos por el lado derecho, hacia la estatua de Hans Christian Andersen, famoso en Copenhague por su tortilla de espárragos. Allí nos sentamos a descansar y disfrutar del lago y sus barcos teledirigidos. Cuando estábamos sentados apareció una ardilla que, a pesar que se acercaba mucho no lo hacía lo suficiente para cazarla, llevárnosla y meterla en la olla para el cocido del día siguiente. Una lastima.

Cuando estuvimos hartos de descansar, continuamos el camino, esta vez hacia Bethesda. Cruzamos East drive y nos encontramos The lake, uno de los muchos lagos que hay en Central Park, y una cola tremenda para poder alquilar una barca y navegar por el lago. Nosotros continuamos nuestro paseo, no nos atrae eso de darle a los remos, más que nada porque te puedes topar con gente que lleva la barca al revés, o que insista e insista en una dirección aunque se este dando contra otra barca, como así sucedía con algunos supuestos marineros.

Al ratico llegamos a la fuente llamada “Ángeles en el agua”, situada en la plaza de Bethesda. Una fuente preciosa, llena de nenúfares, y también muy fotografiada en multitud de películas. La plaza está casi a rebosar y en un momento estoy a punto de perder a mi peña, todo por culpa de ambas partes, unos porque no se quedaron donde dijeron que se iban a quedar, y por mi parte por las ganas que tengo de olisquear por todos los lados. Por suerte, tras un par de minutos de mirar por todos los lados, consigo ver a Encarna y un poco más tarde a los demás.

Nos movemos por la plaza y vemos a tres o cuatro parejas de novios haciéndose fotos (además de ellos y los padrinos van a salir unas 2000 personas más en ellas).

Cuando estábamos a punto de irnos aparecen dos negros, perdón, dos hombres de color, que empiezan a montar un show. En un principio no nos atrae debido a nuestra escasez de entenderas del idioma, pero poco a poco nos va enganchando y gustando, es más resulta bastante gracioso, casi todo es mímica, saltos y piruetas y las frases que sueltan son sencillas o las entendemos por el contexto, con lo que al final nos acomodamos en una esquina, al igual que otras 200 ó 300 personas más. No todas en la esquina sino rodeándolos, a ver si nos vamos entendiendo. Al final pasamos unos cuarenta minutos muy buenos. Antes de acabar el show pasan el sombrero y entre unas cosas y otras les arreamos unos treinta dólares del ala.

Nos vamos de Bethesda y su fuente bordeando el lago y escuchando el murmullo del show que ha vuelto a empezar. Llegamos al puente Bow. Puente en el que el inmortal Christopher Lambert se cita con otro inmortal amigo suyo. Nos hacemos las fotos pertinentes, permanecemos un rato viendo el lago y los edificios del west side. Bordeamos el lago y disfrutamos de los parajes que nos deja por donde pasamos. Vamos hacia el oeste, hacia Strawberry fields. Cuando llegamos nos encontramos a una romería de fans de John Lennon y como tales están ya entrados en años, que no en carnes. La mayoría tienen pintas de ser hippies y seguidores del cantante pero también hay otros que son turistas como nosotros que vienen a ver el mosaico, con la palabra “imagine” en su interior, que donó el ayuntamiento de Nápoles tras la muerte de John. Para poder ver dicho mosaico casi hay que coger número y da cosa pasar por encima, pues está lleno de flores hasta casi tapar la palabra de la famosa canción del ex-beatle.

Hasta aquí hemos llegado con la visita del parque, el resto de la zona sur ya lo vimos el día anterior. Sólo nos falta la mitad norte que dejamos para la próxima visita de la ciudad. Llegamos al edificio Dakota y nos dirigimos a la boca de metro más cercana. Son las seis y media de la tarde y nos vamos a Times Square para hacer unas compras en la tienda oficial de Levi’s, donde Juanpe disfruta como un enano reventando la tarjeta y Toñi vuelve a fracasar como ZP. De allí a Sephora. De Sephora a buscar el dólar de plata, donde fracasamos estrepitosamente, parece que no vamos a poder encontrarlo por ningún lado.

Llega el momento deseado de la cena y entramos en la discusión de si vamos al apartamento a dejar las compras y arreglarnos, o irnos tal como vamos con las bolsas y trastos. Al final gana la segunda idea. No recuerdo el porque, pero seguro que si hubiésemos ido a la casa ya no hubiésemos salido del cansancio que llevábamos encima.

Con los apechusques nos vamos a cenar al BB King Blues and Grill, a la sala Lucille. El local se encuentra, si el alzheimer me lo permite,  en la calle 44 o en la 42. Tiene dos salas, una para conciertos más a lo grande y la otra, donde cenamos, es un restaurante con una tarima donde toca algún grupo amenizándote la cena. Nosotros entramos en la segunda. Una vez esquivas a dos maromos de seguridad como armarios roperos, bajas unas escaleras y en un pequeño descansillo, donde se encuentra el guardarropa, giras a la izquierda y entras en la sala Lucille.

Entramos y pedimos mesa para cuatro sin saber si iba a haber alguna libre, no habíamos hecho reserva. Por suerte, a pesar de ser sábado, había mesas de sobra. La verdad es que el local es bastante grande. Nos dieron una mesa a la derecha, bajando un par de escalones. Pedimos, pero no acertamos con la cena, me imagino que por la deficiencia idiomática. Yo cené lo que parecía un pollo asado, lo que comieron los demás no lo recuerdo. De todas formas se hizo amena la cena con la música, a pesar de que estaba un pelín alta y casi no dejaba que pudiéramos hablar.

En el local se podía ver todo tipo de gente, gente turista, al lado nuestro había una pareja española, gente muy arreglada que había salido de saturday night, y los tipos de color enjoyados vestidos con traje blanco y que te saludan con el signo de la paz.

La cena nos salió un poco más cara que otros días, 177 dólares, pero no estuvo mal. Le doy al sitio un 7 sobre 10, principalmente por la música en vivo.

Al final las chicas se fueron sin bailar, no porque no quisieran sino por la no adecuación de vestimenta. En fin, son cosas que suelen suceder.

Como colofón a un gran día, volvimos a casa dando un paseo, entre empujones, por Times Square, hay que ver no nos cansaremos de pasar por el “gran camino blanco” las veces que sean gustosamente necesarias. Sería la última vez que veríamos tanta luminaria en este viaje.

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Como diría Encanni: “madrugando voy, madrugando vengo, vengo”.

Es en el único sitio, de vacaciones, que da gusto levantarse temprano. Da lo mismo la hora ya que vas a disfrutar del día y el lugar. Hoy nos toca la 5ª avenida y los museos, el de historia natural y el MET.

Desayunamos en Times Square, como casi siempre, y nos vamos a ver la famosa avenida. La primera parada la hacemos en la catedral de Saint Patrick. Esta es grandísima, pero al estar rodeada de rascacielos parece más pequeña de lo que en realidad es. Lo malo es que la pillamos en periodo de restauración y está casi cubierta de andamios.

Tras verla por dentro y rezar por nuestros seres queridos, cruzamos la calle para hacernos la foto con el Atlas del Rockefeller Center.

Continuamos por la quinta hacia arriba y vamos cruzando de una acera a otra parando en cada escaparate que nos encontramos. De esta forma llegamos a la tienda de la NBA, pero está cerrada. Son la diez menos diez, faltan diez minutos para abrir, así que seguimos el camino viendo cada edificio y cada tienda, de esta forma llegamos a Tiffany’s. Como yo no tenía mucho interés por entrar, me separé de ellos y volví a la tienda de la NBA y quedamos en la joyería en un rato.

A pesar de haber comprado un par de cosillas y de tener el cambio del dólar a favor, había cosas que no se podían ni tocar.

Acabo con la NBA y vuelvo a Tiffany’s con la esperanza de que sigan dentro. Cuando entro en la joyería empiezo a mirar de un lado a otro para ver donde están y no los encuentro. Empiezo a moverme por dentro con la mirada en todos los lados y nada de nada. Como estos hayan salido a ver donde los encuentro. Llego al fondo de la tienda donde están los ascensores. Bueno, ahora si que la hemos hecho buena. ¿En qué piso estarán? yo que creía que era solo una planta, ahora, ¿a ver qué hago?

— Perdone, ¿quería algo?

¡Coño! un armario empotrao…, digo, un miembro…, digo, un segurata vestido de armani.

— ¿Perdón? – pregunto en un inglés perfecto.

— ¿Qué si quería algo?

Joder y ¿porqué se pensará este que quiero algo? solo porque voy en zapatillas, bermudas, mochila fotográfica y voy mirando a todos los lados como perdido, ¿debo querer algo?

— Busco a mi mujer.

— En la tercera planta.

— ¿Eiin?

— En la tercera planta, señor. – me dice con una sonrisa de pabellón auditivo a pabellón auditivo.

Con tanta seguridad uno no puede negarse, así que me voy a la tercera planta y mira tu por donde, allí encuentro al trío rociero mirando entre tanta joya.

Ahora entiendo el porqué tenía que estar mi peña en esa planta. Resulta que es la planta donde está la plata, y por lo tanto, la planta más asequible para los de a pie. Se ve que los turistas no tenemos acceso a otras joyas. De todas formas no teníamos intención de gastarnos más allá de diez o quince mil euros en Tiffany’s.

Después de un rato viendo tanto brillo, y de poner los dientes largos a las mujeres, y, por supuesto, de adquirir un par de cosillas, salimos a la calle para continuar nuestra ruta.

Un poquito más arriba llegamos a la esquina donde se encuentra el cubo de Apple y la tienda de juguetes FAO Schwartz, enfrente justo del archifilmado hotel Plaza, edificio este que si te lo encuentras en medio del monte, en un temporal de rayos y truenos y de noche, no se te ocurriría entrar ni de cachondeo del aire tétrico que tiene, por lo menos es lo que me parece a mi.

Nos vamos a la juguetería a comprar algunas cosillas para hijos, sobrinos, amigos, etc. Lo primero que hacemos es comprar chuches, bueno, en realidad, las compra Juanpe que es un golosón de cuidado, je, je. Nos movemos por toda la tienda viendo los juguetes conocidos y desconocidos, y seguimos los carteles para llegar al piano que salió en la película “Big”, de Tom Hanks. Encima del piano estaban unos niños aporreando las teclas, con los pies, y en un lado otros niños aguardando cola para hacer lo mismo. Estuvimos en un tris de hacer cola, pero no queríamos dejar en ridículo a las demás personas haciendo una demostración de cómo se toca el piano entre cuatro. Del piano nos fuimos para la salida. Pagamos las tres cosillas que nos llevábamos y nos fuimos al cubo de Apple.

Más que nada entramos por curiosidad de ver la tienda, que por cierto está debajo del cubo, y para preguntar por el iphone, por si nos lo podíamos llevar por el módico precio de 20 dólares más los puntos de promoción. Pero los dependientes se empeñaron en que debíamos hacer un contrato de dos años con AT&T y por ahí no pasábamos, así que nos fuimos.

En los siguientes minutos llegó unos de los momentos que mejor recuerdo me llevé de NY, a mí y creo que puedo decir que también a mis tres acompañantes.

Cruzamos de Apple hasta la entrada de Central Park que hay en esa esquina de la quinta avenida con Central Park South y nos encontramos con un caballero montando a su brioso corcel, aunque en este momento no se movía, pues era una estatua. A su lado una panda de palomas echándose la siesta del borrego, impertérritas ante el bullicio de gente y ruido.

Dejamos East Drive a la derecha y nos metemos por un caminito entre la arboleda. Vamos paseando y disfrutando del paisaje y de lo variopinto de la gente. Bajando empezamos a ver un claro dentro de la espesura, y un poco más allá un lago.

Conforme va extendiéndose la mirada y siguiendo un camino que rodea el lago por la derecha, los ojos van a parar a un puente que hay al final y que al volver la vista poco a poco a un plano más general, te vas quedando con la boca cada vez más abierta con el paisaje que tienes delante. Es la zona llamada The Pond. Un lago con plantas acuáticas en sus orillas, con macizos de flores en muchos puntos, con el camino rodeándolo con bancos mirando en dirección al agua que invitan a sentarse y disfrutar de la vista, o a leer tranquilamente o, simplemente, a meditar.

La gente va de aquí para allá, unos con pausa como nosotros, y otros con más prisa, hacia sus labores. Pero a pesar de que hay bastante gente, sigue dando sensación de tranquilidad y puedes ir  por la cantidad de caminos y vericuetos, o por la hierba, que tiene el sitio sin que te atosigue nadie.

¡Qué maravilla!, ¡qué gozada! da gusto poder disfrutar de esto, de un espectáculo así. Acabamos de entrar en Central Park y ya me ha sorprendido. Supongo que todo no será igual, que habrá puntos más aburridos o sosos, pero con que tenga partes como estas, mañana disfrutaré como un enano.

Me lío a hacer fotos por todos los lados y a todo lo que se menea o está estático. En un momento me tiran una piedra, es un decir, quien dice que te tiran una piedra, es que te llaman amablemente, lo mismo da. Son mis compas que reclaman mi atención para que les haga una foto con el lago y el puente de fondo. Una vez hecha seguimos disfrutando del paseo yendo hacia el puente. Desde la distancia el mismo parecía pequeño pero al ir acercándonos se iba convirtiendo al tamaño que tiene y que nos sorprende. No es el puente de Brooklyn pero no es un puentecito de madera. Se ve bastante robusto, recubierto de piedra y con una barandilla que llega al pecho de una persona con una estatura normal.

Estamos un ratico en el puente gozando de la vista. El lago bajo el puente y delante de nuestra mirada con el césped y árboles a los lados y enfrente, y detrás de todo esto, como mastodontes, los rascacielos de Manhattan, el Midtown.

Nos vamos en diagonal por el parque hacia la calle 66. Pasamos por uno de los múltiples campos de béisbol en los que perdemos un poco el tiempo viendo a la gente jugar. Continuamos y llegamos a la zona del Tavern on the Green, desde donde salimos del parque a Central Park West y subimos la calle hacia el Museo de Historia Natural. Por el camino nos damos cuenta que en esta calle no hay ni un solo local comercial, ni cafetería, tienda, nada. Pasamos por delante de edificios diferentes a los del Midtown. Aquí no hay edificios de cristal y, por supuesto, no son tan altos. No tengo ni idea de arquitectura, ni de arte, pero estos edificios tienen otro estilo, no se explicarme, simplemente me gustan más.

Unos pasos más adelante de nuestra salida del parque nos encontramos con el edificio Dakota, edificio famoso por una desgracia más que por su propio estilo de construcción. Seguramente antes del asesinato de John Lennon el lugar sería un punto de visita, pero desde esa fatídica fecha se le recuerda más por la muerte del ex-beatle que por su belleza. Aún más con la colocación de Strawberry Field como homenaje al cantante, que se ha convertido en un lugar de peregrinación de todos los fans de John Lennon, además de atraer a los turistas.

Llegamos a las dos al Museo de Historia Natural y lo mejor es que antes de entrar deberíamos comer, pero no hay nada a simple vista, así que Encarna y yo nos vamos aún más hacia arriba a ver si encontramos algún baretico de comida rápida, pero nada, no encontramos nada, así que volvemos a la puerta del museo y decidimos comer un par de perritos de unos de los puestos que hay enfrente de la puerta principal del museo. Al día siguiente nos dimos cuenta que en las avenidas de detrás estaban llenos de Starbucks, McDonald’s, y lugares de ese tipo. De todas formas por un día que comiéramos de esta guisa no nos pasaba nada.

Mientras comemos decidimos cambiar el plan que teníamos. En un principio, después de ver el Museo de Historia Natural cruzaríamos Central Park para ver el MET, pero la verdad es que eran las dos de la tarde, no habíamos comido y todavía no habíamos entrado al primer museo, como para ver esta tarde más arte. Así que decidimos dejar el MET para el día siguiente a primera hora y así hoy nos dejaba unas horas para ir de compras a Macy’s y resarcirnos del chasco del día anterior.

Entramos al museo y nos encontramos con un dilema. Pagar la entrada o hacer una donación. O pagar 80 dólares (veinte cada uno, creo recordar que es lo que vale la entrada) o unos dólares por los cuatro. En el foro de Nueva York todos aconsejan hacer una donación. A todos nos daba corte el dar sólo unos cuantos dólares, pero yo estaba por la labor de intentarlo, si luego nos decían que no podía ser, pues pagábamos y punto. Así, con la intención de hacer una donación de cinco dólares por los cuatro, nos acercamos al mostrador y pedimos que nos atienda alguien que sepa español. Nos dirigimos al taquillero y nos explica lo que hay:

— Son 20$ por persona, en total 80$.

— Gracias, pero queremos hacer una donación – esto dicho lleno de nervios y, seguramente, más colorado que un tomate por la vergüenza.

— ¿De cuánto?, por favor.

— De cinco dólares.

— Muy bien, entonces son 85$.

— No, no me ha entendido, sólo quiero hace la donación.

— Pero entonces no pueden pasar al museo.

— No puede ser, si con hacer la donación ya basta para visitar el museo.

— Si claro, y le ponemos una alfombra roja, le damos el almuerzo y le lavamos la ropa. No te digo.

Que no, que no ocurrió así. Vamos a volver a cuando nos acercamos a los mostradores para que nos atienda uno que sepa español. Nos explica lo que cuesta el entrar al museo, y en ese momento, viene lo más cortante. Le digo que queremos hacer una donación de cinco dólares, y, temiendo lo peor, nos dice que no hay problema. Nos extiende los tickets, le doy los cinco pavos y nos salimos de la fila sin ningún tipo de problema, pero con la sensación de haber cometido un delito.

Todavía con los nervios en el cuerpo, empezamos a disfrutar del lugar, comenzando con el tremendo dinosaurio que hay en el hall, creo que es un diplodocus. Lo que está claro es que no es el tiranosauro rex de la película de Ben Stiller, “Una noche en el museo”.

Al ser el museo muy grande decidimos ver solo algunas partes. Nos metemos en la zona marina, allí está todo muy bien montado con múltiples escenas de ese mundo, con mogollón de animalejos puestos en las paredes, o colgados del techo. Entramos en una gran sala donde nos sorprende una ballena azul a tamaño real, aunque no se si es realmente real o irreal, es decir, disecada o de cartón-piedra, pero, eso si, es tremenda de grande. Además la sala la han amenizado con sonido de los gritos o chillidos que da la ballena con lo que le da al lugar un tono relajante, a pesar del gentío que había en ese momento.

De esta sala pasamos a buscar a los dinosaurios, las múltiples salas con esqueletos de dinosaurios. Hasta que llegamos allí vamos pasando por otras salas con escenas de animales americanos, osos grizzlies, alces o bisontes. Ya dentro de la grandísima sección de los dinosaurios, nos sorprendemos de la cantidad de esqueletos o fósiles que hay, y de cómo están montados, algunos de los cuales necesitan prácticamente una sala para ellos solos.

Por donde pasábamos hacía fotos, alguna típica, como ponerse delante de una cabeza con cuernos y que parezca que eres tu el que los tiene, lo que nos hace que nos echemos una risas de vez en cuando.

Tras hora y media con esqueletos, nos paramos a tomar un refrigerio antes de seguir hacia otro punto. Terminamos la visita viendo un tótem de la isla de Pascua, pasando antes por una sección de animales africanos.

Tres horas después salimos del museo con una muy buena sensación, nos ha encantado, pero con tan poco tiempo que te quedas con ganas de quedarte allí y de ver muchas más cosas. Se necesitan varios días para poder verlo todo, así tenemos otra excusa para volver a Nueva York.

Cogemos el metro a la salida del museo y nos bajamos en la 34 con Penn Station, y de allí andandico a Macy’s. Al llegar, lo primero que hacemos es ir a por el vale descuento que hacen a todos los extranjeros, un 11%, creo recordar. Preguntamos donde teníamos que ir y nos mandaron a las oficinas. Allí con el pasaporte en la mano nos dieron una tarjeta válida para un cierto tiempo, no se si un mes, y que nos descontaban ese 11% en todo menos en cosmética y joyería.

Con la tarjeta descuento en nuestro poder solo faltaba comenzar a rayar la tarjeta y eso es lo que hicimos uno vez y otra vez y otra vez…

Personalmente me llevé dos Levi’s por 50 euros los dos y alguna camiseta. Los demás otras cosillas.

Nos tuvieron que echar del centro comercial, es un decir, y ya fuera, ahora tocaba buscar restaurante. ¡Buff! Con lo cansados que estábamos, ahora ponte a buscar sitio para picar algo. Lo que teníamos claro es que no nos apetecía un sitio de comida rápida, y más después de haber comido la comida más rápida que hay, perritos calientes.

El caso es que nos vamos para arriba por la novena, charlando sobre lo que hemos hecho en el día, mirando a ver si nos encontramos con algún restaurante en condiciones. Queríamos uno como el de la noche anterior, un sitio en el que estemos alrededor de una mesa, y que no nos atosigue la gente que va con prisa entrando y saliendo. Vamos, un restaurante como los que hay en España, como Dios manda.

Parece que vamos a acabar en la calle 46 cuando al pasar por la esquina de la 44 vemos el restaurante Marseille, oteamos como es, nos gusta y nos metemos dentro.

¡Tremenda decisión! ¡Magnífica decisión! Es el mejor restaurante del viaje en el que hemos comido y de los que vamos a comer, y eso que hay en San Francisco alguno que nos gustará, pero esa historia ya vendrá.

Al entrar te llama la atención la luz tan tenue que hay, a pesar de venir de fuera, que es noche cerrada, el ojo se tiene que acostumbrar a la poca luz que tiene el local. Luego, una vez dentro si se ve bien, se ve lo que comes y a las demás personas del restaurante, una vez que la retina se acostumbra a la luz existente.

Lo que si logro ver, y muy bien, es a la maître que nos atiende al entrar, está de muy buen ver, je, je. Nos sentamos en una mesa y empezamos a leer la carta, y como apenas entendemos algo, pedimos al camarero que nos atiende si hay alguien en el local que sepa castellano, y al rato aparece un argentino que nos explica de qué va cada plato.

En ese momento ya sabía lo que iba a pedir. Me apetecía pescado y me pedí una “tuna steak”. ¡¡Joder, que bueno!! ¡el atún está impresionante, delicioso! En general, toda la cena estuvo genial, no se si sería el hambre o las ganas que teníamos de comer algo en condiciones, pero nos sentó todo divinamente.

La cena nos salió por 150$, propina incluida, que al cambio nos salió a unos 25 euros por cabeza. La calidad-precio creo que estuvo más que bien. Le doy una nota de un nueve, porque la perfección no existe, para el restaurante Marseille.

Terminada la cena, volvemos a casa riéndonos de las tonterías que vamos diciendo hasta que casi le da algo a Encarna. Se nota que nos ha sentado genial la cena.

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Un día de rodaje

A petición de una grandísima persona, le coloco las fotos del rodaje del anuncio de Burger King de 2008. Lo vimos en las calles de Nueva York.

Un día normal, paseando, no nos llamó la atención el mogollón de gente que había en una esquina cualquiera de una calle cualquiera de NY. Pero al pasar al lado del grupo, vimos el travelling de lo que parecía ser un rodaje de algo que no podíamos concretar.

Para los que no habíamos visto nada igual y/o similar resultaba curioso como se hacían las cosas de publicidad y por ende del cine. Pasamos al lado del catering del personal, sin posibilidad de poder pillar ni un bocadillo, por más que le suplicamos.

Dispuesto a ver como hacen una toma, me coloco en la acera de enfrente, que no es lo mismo que ser de la acera de enfrente. Mientras el director se lo piensa, hablo con un trabajador, que me comenta que en un simple anuncio como este, están currando alrededor de 60 personas, la mayoría extras.

Llega el momento y… ¡¡¡ACCIÓN!!!

Yyyyyy….. ¡¡¡¡CORTEN!!!!

Esto fue todo. Hasta aquí estuvimos sopando, una vez que nos quitamos el jipo de conocer lo que era aquello, nos fuimos.

Espero que te haya gustado Miguelico. Y también a los demás.

Hasta pronto.

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Este fue el primer día sin jet-lag, eso sí, nadie nos libró del madrugón, que por otra parte no nos importaba, ya que queríamos disfrutar del día.

Fue un día de contrastes, de cosas buenas y de cosas malas, y de esa forma voy a explicarme.

Bueno.

Después de arreglarnos y echarnos un agüilla al ojo para despejarnos salimos en dirección a Port Authotity. Hoy nos vamos de comparas al outlet Woodbury Commons. Pero antes desayunamos en el European Café que sorprendentemente tienen tostadas, a parte de lo normal que tiene cualquier otro sitio. Como todo no podía ser perfecto, no tenían mermelada ni mantequilla para untar, te servían la tostada con la mantequilla ya untada, pero para hacerla con ella en la plancha.

Malo.

Durante el trayecto al desayuno, Toñi debió pisar mal y le empezó a doler el talón, así que después de desayunar nos fuimos en busca de una farmacia o parafarmacia para comprar una venda. Nos dijeron que en el Duane vendían vendas, y para allá que fuimos. La verdad que me sorprendió la tienda, parece un todo a cien porque tiene de todo pero a precios normales. Si necesitas algo en el Duane lo encontrarás, además estas tiendas las hay por todas partes. Al principio como  no necesitas nada no te das cuenta de que existen, pero una vez que las has utilizado las ves por todos los lados.

Bueno.

Llegamos a la terminal de autobuses donde buscamos la taquilla o ventanilla de venta del billete. Se encuentran en el primer piso, pero antes preguntamos en la cabina de información y nos encontramos con uno de los pocos cardos borriqueros que hay en NY. Con una apatía y desidia total nos dijo donde se encontraban las taquillas. Antes de subir Juanpe y yo miramos en el quiosco la prensa para ver si hay algún periódico español y así enterarnos de lo que pasa por el mundo y, sobre todo, de las olimpiadas. Pero no hay nada, como mucho periódicos mejicanos que no nos solucionan nada.

Accedemos a la primera planta, compramos los billetes (40 dólares cada billete, si alguien es audaz le sale mejor alquilar un coche por un día), nos montamos en el bus y nos vamos de compras.

Después de una hora de viaje, y tras echarme un rosquete, llegamos al outlet. Lo primero que hay que hacer es buscar la oficina de información para preguntar todo lo necesario, además con el billete nos dan un taco con vales de descuento en algunas tiendas y según lo que compres. Por supuesto cogemos un plano y planificamos como nos vamos a mover por allí.

La primera impresión que tenemos del centro comercial es muy buena. Es como si fuera un pueblo, las tiendas están en casicas bajas que se extienden a lo largo de distintas calles adoquinadas, con maceteros y pequeños jardines pegados a las casa, lo que hace que para acceder a las tiendas tengas que atravesar un caminito. Vamos, como en las típicas casas americanas. La disposición de las casas es como si fuera un lazo, las lazadas que forman un ocho y los cordones que caen desde la unión de las lazadas, además hay otra sección de tiendas que está situado fuera del mismo, al otro lado de un aparcamiento.

Empezamos el “paseo” por la derecha, conforme sales de información y empezamos a entrar en una y en otra y en otra y en otra tienda. Esto puede ser una ruina. Eso hace que cambiemos el plan y que a partir de ese momento solo entremos a las tiendas para ver y que más adelante volvamos a comprar lo que más nos guste o necesitemos. Y  también por el tipo de tienda y el gusto de unos y de otras hace que nos separemos, pero que estemos en contacto a través del teléfono.

Malo.

Nos separamos y empezamos a ver cada pareja sus cosicas. Pero pasado un tiempo, los maridos fuimos en busca de las mujeres y no las encontramos, nos lanzamos a localizarlas a través del maravilloso mundo de la electrónica, es decir, el móvil. Nosotros tan confiados y ¡zas! el móvil no encuentra cobertura, no funciona o no se que cojones le pasaba. El caso es que estábamos oficialmente no encontrados.

Digo bien, no encontrados, porque en realidad, perdidos no estábamos, simplemente no localizábamos a las mujeres. Si, nosotros no las habíamos encontrado porque ellas habían cambiado el rumbo establecido, sin darse cuenta, y seguían felices cuales mariposas revoloteando de flor en flor, en este caso, cuales compradoras compulsivas saltando de tienda en tienda.

Bueno.

A pesar de este contratiempo, decidimos seguir nuestra ruta, de nada sirve ponerse nerviosos, quedaba todavía mucho día y, seguramente estarían en alguna tienda de más adelante.

Continuando el itinerario, nos metimos en Converse, tienda magnífica donde las haya, donde adquiero unos muy buenos utensilios para la indumentaria cotidiana.

Malo.

Mientras tanto, Juanpe está con el móvil en la mano llamando a su mujer cada tres minutos y cabreándose, también cada tres minutos, porque no encuentra la cobertura, o se le ha ido la conexión, o alguna zarandaja relativa con el teléfono.

“No lo entiendo”, “cagüen la leche”, “estoy por mandar a la mierda el móvil”. Estaba nerviosito perdido. Yo, en cambio, no me preocupaba, sabía que las chicas estarían comprando tranquilamente y que ya aparecerían en algún momento, solo cuando llegase la hora de irse me preocuparía si no han aparecido.

Nos sentamos en un banco, al lado de un puesto de coca colas para que no nos faltara líquido mientras esperábamos. Allí estuvimos de cháchara, sin conexión de móvil, por si aparecían las niñas.

Se acercaba la hora de comer y estas no aparecían, así que ideamos un plan que haría que diéramos con ellas… o no. Estábamos cerca de la zona de restaurantes con lo que solo teníamos que separarnos, ¡qué peligro!, entrar en el lugar uno por cada puerta y así las atraparíamos en el centro mientras se estaban zampando alguna ensalada y/o similar. Así lo hicimos, Juanpe se fue por la derecha y yo por la izquierda. Anduve 50 metros rodeando tiendas, torcí a la izquierda y me topé con la puerta de la zona de comer. Me introduje, cual ratón, en el antro entre olores a mostaza, hamburguesa, y pollo al curry. Las tripas me empezaron a crujir como si no hubiese comido en días, pero me olvidé de mi estómago y avancé entre la gente con los ojos bien abiertos para localizar a las presas, nuestras mujeres, y también para que no se me escapara mi compañero de búsqueda. ¡Estupendo! El lugar no era muy grande, zigzagueo por entre la gente y las mesas mirando cada movimiento extraño, escrutando cada mirada y/o cuerpo y de esta manera alcancé la puerta contraria a la que entré.

¡Coño! ¡¿Dónde está Juanpe?! No solo habían desaparecido las dos chicas, sino que ahora también nosotros nos habíamos dejado de ver. Doy tropecientas vueltas al local y nada de nada. Salgo, entro, vuelvo a entrar, vuelvo a salir, doy la vuelta y voy al banco, donde todo empezó, tampoco está.

Bueno.

Al cabo de un tiempo y de unos cuantos viajes a los restaurantes, aparece Juanpe junto al banco. Resulta que no se había metido a la zona de la manduca, había seguido recto y se había ido a la otra punta del outlet. Así podía estar yo, dando vueltas al lugar, no lo hubiese encontrado ni en dos vidas juntas.

Bueno, una vez juntos, entramos de nuevo y decidimos comer, no merece la pena estresarse, ya aparecerán, además se piensa mejor con un bocata de medio metro en la panza. Lo que pasa es que Juanpe no se encuentra con fuerzas para comer, así decido comer por los dos, me zampo un wrap de no se que narices y una Pepsi que me sientan de cojones.

Malo.

A pesar del reencuentro masculino, Juanpe sigue nervioso por el desencuentro con la parte femenina, y eso a pesar de que le doy ánimos diciéndole que ahora somos hombres libres y que podemos hacer lo que queramos. No, creo que eso no fue lo que le dije, creo que simplemente le animé diciéndole que seguro que ellas están bien disfrutando de la compras.

Sobre las dos de la tarde, y una vez terminada la comilona, el cielo empieza a cubrirse y al poco tiempo comienza a caer un tormentón de muy señor mío. Dura unos ¾ de hora. Mientras llueve nos protegemos metiéndonos, otra vez, en la zona de comidas, pero sólo para guarecernos del agua, pues Juanpe no tiene pizca de ganas de comer.

Peor.

Es esas estábamos cuando, como en cualquier tormenta eléctrica que se precie, se va la luz. En un momento que parecía que iba a parar de llover, salimos en busca de lo más preciado, y decidimos ir por la calle en la que está Tommy y otras marcas en las que será más probable que estuvieran.

Vamos de chaflán en chaflán y pasando a algunas tiendas,  de las que se mantenían abiertas, para ver si estaban por allí, resguardándose de la lluvia. Pasamos enfrente de Tommy pero como ha vuelto a caer con fuerza, nos quedamos en el otro lado de la calle, total ya habrá tiempo de cruzar y pasar al otro lado de la misma. Situación que no se dio porque volvimos por otra calle hasta llegar, otra vez, al local de los restaurantes.

Bueno.

Una vez dentro, vuelta a empezar. De nuevo a buscar, chiringuito por chiringuito, mesa por mesa, a las niñas de nuestros ojos.

Pero, ete aquí que, casualidad, milagro, destino, no se, cuando íbamos a salir por la puerta contraria, nos reencontramos. ¡Por fin! Juanpe respira gozoso. Abrazos, besos, hacemos el amor en el suelo. Que no, que no, eso no.

Ellas habían estado muy tranquilas, como habían tomado un camino equivocado sin darse cuenta se pensaban que en un momento u otro nos íbamos a cruzar, y solo se preocuparon cuando empezó a llover, se fue la luz y no pudieron seguir comprando. Lo que le hace a las mujeres la obsesión de comprar, les ciega y les hace olvidar a lo más importante, no se si de su vida, pero si de este viaje, mientras puedan seguir viendo tiendas y comprar.

Como ya he comido, ahora les toca a ellos tres. Se pillan cualquier chuminá y nos contamos las batallitas. No tienen mucho donde elegir, pues al no haber luz, los restaurantes no pueden cobrar y han empezado a cerrar. Además disimuladamente van limpiando cada mesa en cuanto se vacía y no dejan que la ocupe nadie.

Para más inri, nos enteramos que los apagones en esa zona son de larga duración y que es raro que vuelva pronto.

Ha dejado de llover y salimos fuera para que nos de el aire y, de paso, comprobamos la situación de las tiendas, dando un paseo. Prácticamente todas las tiendas han cerrado y en algunos han dejado un cartel diciendo que no abrirán hasta el día siguiente, entre ellas Levi’s, lo que nos jode y mucho porque era una de las tiendas en las que íbamos a arrasar.

La ausencia de luz hace que haya momentos graciosos, especialmente, cuando se ha de ir al servicio. Estos no tienen ventanas y cuando entras es la oscuridad absoluta. Sólo con la luz del móvil y cuando acostumbras el ojo a la situación, es cuando puedes ver el urinario y atinar dentro.

Bueno.

Cuando estamos en el centro del outlet y pensando en irnos, ya que allí no hacíamos nada, viene la luz en una sección y nos vamos para allá como posesos. Encarna y Juanpe se van a ver ropa y Toñi y yo nos vamos a Timberland a comprar zapatos para toda la familia.

Malo.

Media hora después nosotros hemos terminado y vamos a por los otros dos. Los encontramos en una tienda ya dispuestos a pagar, y justo cuando les tocaba se va la luz otra vez. Se quedan con una cara de tontos a la vez que te ríes por no llorar.

Visto el problema y que ya las tiendas han cerrado, decidimos irnos de vuelta a la gran urbe. Hacemos cola para montar en el bus y mientras estamos esperando vuelve la luz (cinco horas después). Nos tienta salirnos de la fila  y mirar si aún podemos comprar algo (que consumismo), pero nos auto convencemos fácilmente ya que las tiendas estaban cerradas. A pesar de haber comprado poco, nos volvemos con unos gastos de 300 pavos, más o menos. Menos mal que se fue la luz, sino hubiera sido la ruina.

Bueno.

En el viaje de vuelta me echo un rosquete, como en la ida. Llegamos de noche, pero con un par de horas de adelanto a lo que teníamos previsto, y además, con menos cansancio. Vamos a casa a dejar los regalos y demás compras y nos vamos a cenar. Para no tener que estar dando vueltas, nos metemos en un restaurante de nuestra calle, de los muchos que hay, pero que nos había llamado la atención.

El Bourbon st. está situado, como ya he dicho, en la calle 46, entre la 8ª y la 9ª, rodeado de otros muchos restaurantes, rusos, españoles, italianos, orientales. Los hay tranquilos o con música en directo. De todos los colores.

El Bourbon tiene una fachada más grande que los demás restaurantes y la tiene iluminada, al contrario que los demás que apenas tienen iluminada la entrada. Tiene dos plantas con unos balcones. Se entra bajando unos escalones y tienes dos mesitas con su par de sillas en el porche de la entrada. En un lado de la puerta te da la bienvenida un cocodrilo, disecado, claro. Entras y te encuentras un local a medio iluminar, con la música con el volumen en su justa medida para que puedas hablar, con una escalera nada más entrar a la izquierda , que va al piso de arriba, donde solo hay mesas pegadas a la pared, con una barra al fondo, todo esto con una terraza en forma de “u”. En la planta baja, la barra está a la izquierda, conforme entras, mesas a la derecha y un pasillo amplio con mesas pequeñas y altas al lado de las columnas. Al fondo hay como un reservado. La decoración está básicamente realizada con televisiones, conté unos siete u ocho, cuatro pantallones detrás de la barra y los demás distribuidos por el local.

Cuando nos dieron la carta y empezamos a leer solo entendimos el plato de la hamburguesa y poco más. Intentamos que el camarero nos explicara lo que era cada cosa, pero acabamos pidiendo la hamburguesa lo que hizo que se riera el camarero como diciendo “pobrecitos no saben más vocabulario que el de la hamburguesa”.

¡Vaya pedazo de hamburguesa! ¡Ojalá sirvieran estas hamburguesas en el McDonald’s! Enorme, nos la sirvieron en un plato con todos los condimentos alrededor, así tu te la preparabas como tu querías. Estaba muy buena, sobre todo, con un par de cervezas.

Cuando terminamos de cenar, aprovechamos y nos pedimos unas copichuelas. Mientras estábamos allí, pedí permiso para hacer una foto, permiso que me concedieron. Cogí la cámara y el gorillapod y me fui arriba. Cuando estoy colocando la cámara y el trípode se acerca un camarero de la planta de arriba y me pregunta que qué hago y, a partir de aquí empezó la odisea de hacerme entender. Le intento explicar en mi inglés macarrónico que me han dado permiso para hacer un par de fotos, pero el tío se queda como si no me entendiera nada, que por otra parte sería lo más lógico. Tras diez minutos intentado que me entienda, al final lo consigo, o a lo mejor es lo que me pareció a mi y lo que en realidad pasó es que me dejó por inútil y me dejó hacer la dichosa foto, solo para no volver a oirme escupir palabras inconexas e incomprensibles.

Mejor.

Llegado el momento nos vamos a casa a coger la horizontal y descansar para el día de mañana.

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