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Posts Tagged ‘Panteón’

Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

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Debido a la majestuosidad de la ciudad, o por que no caes, o por que lo ves mimetizado en sus plazas, o por cualquier otra razón, cuando paseas por Roma no te das cuenta de la cantidad de piedras egipcias en forma de obeliscos que hay esturreadas por sus calles y plazas. Los hay solitarios, o encima de fuentes, o de elefantes, o delante de edificios oficiales. El caso es que hay mogollón de obeliscos por todos los lados, en concreto hay 13.

Todo es debido a los antiguos romanos, que se los traían de aquellas tierras, cuando la conquistaban o simplemente los espoliaban. Le gustaron mucho y no hacían nada más que traer, yo creo que crearon hasta una línea de barcos expresamente para ir trayéndose todos los obeliscos, la Obelisquian Ships. Pero fue a partir del siglo XVI cuando se empezaron a instalar en las distintas ubicaciones. El promotor de ello fue el papa Sixto V y de ahí en adelante fueron otros papas o magnates los que los movieron de lugar.

Como son tantos les voy a dedicar una entrada solo para ellos. No va a ser nada del otro mundo, solo va a ser nombrarlos, decir donde están y poner una fotico de ellos.

Para empezar, decir que nos faltaron por ver dos. Uno está en la Villa Celimontana, una zona ajardinada al este del circo máximo, la cual no nos llamó la atención de ser visitada. Otro no visto, por torpes y tontos fue el que está colocado al lado de la estación Termini, entre esta y las termas de Diocleciano. Tanto en la estación como en las termas estuvimos, si no vimos el obelisco (también es verdad que es de los pequeños) es porque estábamos despistados o yo que se.

De los otros once poco os voy a explicar más, solo que son egipcios y están en Roma. ¡Ah! y que os pongo una foto.

Empecemos por el más llamativo o más visto, el del Vaticano. Y no por que sea mejor o peor que los otros, simplemente por el lugar donde está, en la plaza de la basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.

Ahora el que se encuentra detrás de Santa María la Mayor, que posiblemente mucha gente de la que visita la ciudad no se da cuenta de el, porque está en la parte de atrás de la basílica y la gente no irá a la parte trasera a ver el obelisco, se queda delante de la iglesia.

Otro que se encuentra delante de otra de las grandes iglesias, es el de San Juan de Letrán. Es uno de los que más me gustaron, por la situación, con San Juan detrás y el palacio Lateranense a un lado. Es mi gusto, y para gustos los colores.

Uno de los más curiosos es el de Minerva, frente a la iglesia de Santa María sopra Minerva. Es el más pequeño y está situado encima de un elefante que realizó Bernini.

De los más espectaculares, es el de la fuente de los cuatro ríos. El obelisco culmina la tremenda fuente y la hace aún más bonita y grandiosa.

Otro que tiene una gran localización es el que está en la Plaza del Popolo. La amplitud de la plaza y su altitud (la del obelisco) hace que destaque mucho. Además desde cualquier punto que lo mires destaca, ya sea desde el mirador al este o con las dos iglesias del sur, o con la puerta del Popolo al norte. Da lo mismo, su soledad central, solo acompañada de cuatro figuras de animales con función de fuente, le da una belleza singular.

Muy cerca de este obelisco se encuentra otro, en el Pincio, en Villa Borghese. Casi pegado al mirador que da a la plaza del Popolo. Este estuve a punto de no verlo. Estaba más pendiente de ver donde estaba el mirador que del jardín que tenía a mi derecha y que es donde está. Fue puritita casualidad.

Uno situado en uno de los lugares más bonitos de Roma, el de la coqueta plaza de la Rotonda. Colocado encima de la fuente y frente al Panteón romano. No se si los turistas se darán cuenta de la belleza que da a la plaza, puede que se fijen más en el Panteón por lo grande que es frente a lo pequeño del obelisco, pero el conjunto de la fuente-obelisco en ese lugar, con las coloridas casas tan cercanas hacen de la plaza uno de los rincones más pintorescos y más bonitos de la ciudad, por lo menos para mi.

El parlamento no se podía quedar sin obelisco, aunque cuando se colocó allí, allá por el siglo XVIII, no estaría lo que es el edificio actual del parlamento.

Otro edificio oficial que “posee” otro obelisco es el palacio del Quirinale, donde vive el presi de Italia. El obelisco está acompañado por dos estatuas de Castor y Polux.

Y por último, y no menos importante, el que está situado en la parte superior de la escalinata de la plaza de España y delante de la iglesia de la Trinidad del Monte. Es fácil de ver, sobre todo si te sitúas en la plaza, y levantas la vista para ver la larga escalera y la iglesia.

Bueno, hasta aquí este post en homenaje a tanta pieza egipcia en tierra extranjera.

Hasta pronto.

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Aprovechando un viaje reciente a Roma con los alumnos del instituto, voy a empezar a publicar, en varios post, un viaje anterior que hice hace unos años con la familia y unos amigos a la ciudad eterna.

No me puedo inventar nada nuevo sobre Roma.

El que más o el que menos sabe algo de la vieja ciudad, bien porque ha leído algún libro, publicación o trabajo, o bien porque ha visto alguna película o documental, o bien porque la ha visitado (como mi cuñada que la ha visto ya 4 ó 5 veces)

Simplemente voy a exponer mi experiencia (sobre todo con imágenes) del viaje que realice a la capital de Italia, además de a Pompeya y Florencia (con sus alrededores).

Viajamos en avión de bajo coste, por suerte hay variedad de vuelos a un sitio como Roma. Prácticamente ocupamos el 10% del avión ya que íbamos 9 personas, aunque una de ellas valía por tres (sin acritud, Peter) Conseguimos un apartamento, que estaba de puta madre, para toda la tropa, 6 adultos, 1 semiadulto y 2 bichos, ¡uy!, perdón, niños.

Pasadas las explicaciones/preguntas pertinentes de/a los propietarios, comimos en un restaurante a las espaldas del Vaticano (que no resulto muy allá), compramos viandas y otras cosas y salimos a descubrir, para algunos, y redescubrir, para otros, la ciudad eterna. Tontín, tonteando, se nos hicieron las 8 de la tarde para pillar el autobús al centro, todo esto desde las 11 de la mañana que llegamos al apartamento.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Esa tarde-noche salimos a disfrutar de la ciudad como si no hubiéramos conducido toda la noche y solo hubiésemos dormido un par de horas en el avión.

El autobús fue nuestro amigo durante los nueve días que estuvimos allí y ese primer día no iba a ser menos. Bajamos en Largo Argentina o Largo di Torre Argentina y allí ya nos encontramos con las primeras piedras tiradas por el suelo, rodeadas de un centenar (¡hala!, que exagerao) de gatos.

Resulta que en Torre Argentina hay un refugio para gatos sin hogar, por eso hay una parva de gatos por las ruinas y alrededores.

En el orden histórico, las ruinas son de 4 templos romanos de la época republicana y de un teatro dedicado a Pompeyo. Las ruinas fueron descubiertas a principio de siglo XX al reconstruir Roma después de la Unificación de Italia.

Paseando, paseando, pasamos por delante del Gesú como alma que nos lleva el diábolo para ir a la Piazza, que no pizza, Venezia, donde se ubica, así como quien no quiere la cosa, el Monumento a Víctor Manuel, primer rey de la Italia unificada (no el marido de Ana Belén), también conocido como la tarta o la máquina de escribir (nombre que le pusieron los americanos al entrar a Roma en la II guerra mundial)

Disfrutamos de la tarta hasta que nos jartamos, pero ahora tocaba coger un empacho a base de pizzas en el Pizzarito que hay cerca de Venezia, en una de las calles que salen de la plaza.

Pero, amigo, una vez saciados los apetitos, no precisamente sexuales, aunque placenteros casi por igual, para el postre quedaba lo mejor. La Fontana de Trevi.

Atestada, llena, plagada, ocupada, atiborrada, abarrotada, completa, colmada, henchida de paisanos y alienígenas estaba la plaza donde se ubica la fuentecica. Lo primero que hicimos fue coger el número para poder sentarnos. Por suerte fue más pronto que tarde cuando conseguimos sitio para acoplar la posadera o culo y así extasiarnos de tal maravilla de arte, luz y agua.

De Trevi, ya habrá momento para contar historias y otras zarandajas.

Sin ganas, pero con necesidad, nos volvimos a casa para acoplarnos en el catre, que no cutre, y descansar, pero poco, hasta la mañana siguiente.

Tempranico empezamos a mover a los niños y demás personal y una vez puestos en marcha pillamos, de nuevo, el autobús, esta vez hasta la plaza de la Rovere, osease, más o menos cerca del Vaticano y Sant’Angelo, justo antes de cruzar el Tíber. Desde allí empezaba nuestro gran día. Gran, no por lo magnífico, que también, sino por la paliza que nos íbamos a dar, eso si, pero con gusto, que no hace daño, excepto para los pieses.

Bordeando el río por su margen derecha, la del río, nos acercamos al castillo con el Vaticano mirándonos de lejos. No nos introdujimos en él, no se porque, pero no teníamos mucho filling con el castillo, con lo que lo dejamos, lo de entrar, para un ratito que tuviéramos libre (que ilusos).

Y cruzamos el puente engalanado (que cursi, por Dios) con numerosas estatuas a ambos lados. Ángeles, arcángeles, con todo tipo de instrumentos, y un par de santos o frailes en uno de las puntas del puente.

Entramos en el centro viejo de Roma, o lo que es lo mismo el Campo Marcio (o de Marte). Este fue, en época romana, una zona pantanosa que utilizaban para campamento o entrenamientos militares, además de juegos. Ya cuando el Papa fijó su residencia en el Vaticano, esta zona se quedó como residencial y es lo que ha quedado hasta ahora, con calles estrechas e irregulares, salvo la principal, el Corso Vittorio Emmanuele II, que permanece tal cual desde entonces.

Paseamos por estas callejas y lo primero que vemos es el arco dei Banchi, donde nos encontramos una de las muchas curiosidades de la ciudad, es una de las muchas marcas que hay de hasta donde llegó el Tíber en el siglo XIII, más concretamente en 1277.

Andando y tropezando en los adoquines accedemos a la plazoletilla de la Chiesa Nuova, o Santa Maria della Vallicella. La primera de muchísimas iglesias que hay que ver en Roma. Como casi todas, posee unos techos con unos frescos (nunca los del barrio) o pinturas de tremenda belleza, osease, bonitos.

Una vez visto lo que teníamos que ver, cruzamos la calle de Vittorio dirigiéndonos al otro lado, donde callejeando nos encontramos muchos palacios y detalles de otros tiempos, más bien renacentistas y barrocos. Es en la vía Giulia donde hay más exponentes de dichos palacios.

Todo era paseo y goce del plan urbanístico local, calles estrechas y adoquinadas, mal adoquinadas, en las que una torcedura de tobillo no sería de extrañar, o si vas en coche, una rotura del eje de la transmisión. Sin embargo, no cabe duda que esta antigua zona pantanosa (hablo de la época romana) nos iba a dar muchas satisfacciones, buenos sabores de boca (sobre todo, en cucurucho y de dos sabores)

Así desde esta calle accedemos a la plaza Farnese donde deberíamos ver uno de los tres éxtasis de Bernini que hay en Roma. Pero, ¡chasco!, la iglesia de Santa Brígida está cerrada y a pesar de intentarlo por otra puerta nos dicen que ahora está chiusa y no podemos acceder a ver el interior. Pues nada, contemplamos el palacio Farnese, que actualmente es la embajada francesa. Hay algunos que dicen que es el palacio más importante de Roma y la verdad que te deja maravillado. Además el palacio con la plaza forma uno de los rincones más bonitos de la ciudad. Justo enfrente de la embajada está la de Chipre, pero no hay color con la de Francia.

Poco a poco vamos comprobando que aquí los ninis tuvieron mucha influencia en todo lo que hacían, los Bernini, Borromini, los Mini coches, estos imprescindibles para moverse con soltura por la urbe.

Al lado de esta plaza está una de las plazas más llamativas (aquí es todo llamativo, estrambótico, interesante, impresionante o de antes) El Campo de Fiori o mercado de las flores. En el hay instalado un mercado, tipo mercadillo de cualquier pueblo, con puestos de flores y de fruta u otras cosas.

Bebemos agua, tomamos fruta fresca (que, por cierto, estaba muy buena) en recipientes para turistas al módico precio de cinco euros (un buenísimo atraco).

En el sempiterno callejeo del día nos acercamos, sin darnos cuenta, a la iglesica de Sant’Andrea.Tremenda, suntuosa, las pinturas del techo, como en las anteriores iglesias que hemos visitado son alucinantes, te quedas con la boca abierta, maravillado. La cúpula de la iglesia es la más grande de Roma, después de la del Vaticano.

Desde aquí ya salimos de las callejas y pasamos al bullicio de la calle principal. Volvemos hacia atrás para hacer una ese y poder ver la estatua de Pasquino (la estatua parlante), y de esta a Navona, la piazza Navona.

Un antiguo circo que ahora es un punto neurálgico de la ciudad, donde Borromini y Bernini se emplearon fuerte para ganar el combate de la belleza, construyendo con todas sus fuerzas (valga la redundancia) y defenestrando todo lo que hacía el otro. De todas estas disputas nos queda un muy buen ejemplo. El conjunto de estatuas que rodea el obelisco (Bernini) y que tiene enfrente, bueno, enfrente, enfrente, no está, a un lado del conjunto del obelisco está la iglesia de Sant’Agnese in Agone (Borromini)

Como de la fontana de Trevi, ya habrá tiempo de contar algo sobre la piazza Navona.

Vamos con retraso y la hora de comer nos ha pillado antes de donde deberíamos haber estado. Aprovechando el momento nos resguardamos del calor veraniego que hace. Al salir por el lado norte de la plaza empezamos a buscar restaurante. En realidad ya hemos estado buscando sitio en los restaurantes de Navona, pero no ha habido forma de acercarnos a ellos sin que temblara el bolsillo.

Justo al salir de la plaza, te encuentras en otra más pequeña donde está el palacio Altemps, un palacio privado en el que podemos visitar (pero no lo hacemos) un pequeño museo. Sin más allá que un arte renacentista en su fachada, no tiene más que mirar, salvo que resultó ser una pieza más en el aprendizaje de mi tío. Allí pasó unos años estudiando o preparándose para el sacerdocio en su estancia romana.

Al lado está la calle que va en dirección al palacio de justicia y donde se encuentra nuestro restaurante preferido, la pizzería Zio Ciro. Manda huevos que pasamos por allí unas ochocientas veces y me acabo de acordar del nombre del puñetero restaurante. He tenido que buscar y rebuscar en internet para encontrar el nombre del susodicho.

Con la panza panzuda de pan, tomate y queso, osease, pizza, volvemos a las calles, a seguir pateando Roma. Una vez más entramos en callejas y callejuelas para ir a la Vía del Corso. Nos metemos en patios de casas, paseamos por delante de la iglesia de Sant’Agostino, o por delante de una tienda con una figura de un soldadito en la que hicimos un poco el tonto.

Mientras nuestro cuerpo iba haciendo la digestión llegamos al palacio de Montecitorio, que es el actual palacio de congresos o cámara de los diputados italianos. Justo enfrente hay otro obelisco (el segundo que vemos, hay trece en total en Roma) Continuando nuestro paseo entramos en la plaza Colonna donde está una de las columnas más bonitas de la época romana, la columna de Marco Aurelio. Por desgracia para esta, tiene que competir con la gran famosa, la columna de Trajano, y esto hace que sea una desconocida. Aún así no tiene mucho que envidiar a esta última.

La Columna de Marco Aurelio fue hecha en el 193 d.C. para celebrar la victoria (como casi todo lo que hicieron estos romanos) sobre energúmenos que no querían otra cosa que conquistar la ciudad. En la plaza está el palacio Chigi que es la sede de la oficina del primer ministro.

En uno de los cuatro lados de la plaza, con la vía del Corso por en medio, hay un centro comercial donde paramos un ratico para tomar un cafelico y así despejarnos de la modorra que nos ha provocado la comida.

Tras haber cafeteado un poco, seguimos nuestra visita a Roma en su primera parte. Zigzagueamos entre la gente y las calles y entramos en la plaza de Petra donde en uno de los muros de la Borsa di Roma están adosados 11 columnas de lo que fue un antiguo templo enalteciendo a Adriano.

Gozando de la calidez del sol y de las calles y como si no fuera la cosa con nosotros aparecimos en la plaza de la Rotonda, un punto clave de nuestro primer día. El Panteón de Agripa se encuentra en ese punto. Maravilla arquitectónica de los romanos que sin las tecnologías actuales consiguieron una cúpula de dimensiones exactas, sin defectos.

Fue dedicado a los dioses romanos, y construido por Agripa en el 27 a.C.,  se destruyó por un incendio en el 80 d.C. y reconstruido por completo  por Adriano. Es el primer templo circular que se construyó. Hasta entonces esta forma solo se hacían en las termas.

Está compuesto por un pórtico de 16 columnas y una cella cilíndrica. La cúpula tiene un óculo (o agujero) central de nueve metros que es por donde entra la luz (y la lluvia) e ilumina toda la estancia. El espacio interior lo forma un cilindro que tiene una altura igual al radio de ese cilindro, con lo que en el interior del panteón cabe una esfera completa perfecta, siendo esta cúpula la más grande construida en el mundo, incluso mayor que la del Vaticano.

El templo estaba dedicado a las siete divinidades celestes de la mitología romana: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En la edad media se trasformó en iglesia católica, situación que mantiene en la actualidad, aunque la cantidad de visitantes haga parecer que no sea así. En su interior reposan los cuerpos de Rafael y el rey Víctor Manuel II, entre otros.

Bueno, ya está bien de tanta historia. Volvamos a la plaza.

Y ¡¡joder!! Si es que paseando por la plaza, por el interior del Panteón o simplemente permaneciendo sentados en los escalones de la coqueta fuente del centro de este foro, uno puede entrar en un éxtasis de placer y tranquilidad (a pesar del gentío que hay en agosto en Roma) observando cada detalle del lugar. Las columnas del Panteón, las casicas coloreadas de la plaza, la gente disfrutando de un capuchino en la terrazas de los bares, o la fuente de Della Porta con un pequeño obelisco en el centro de la misma, hacen que uno no quiera seguir caminando y desee permanecer durante largo tiempo en cualquier punto de la Rotonda.

A pesar que queríamos continuar en el sitio, debíamos seguir para poder ver más cosas de Roma, en especial, lo que nos habíamos marcado para este día. Nuestra siguiente parada, la iglesia de Santa María sopra Minerva.

Apenas a 100 metros de la Rotonda, a la espalda del Panteón, se encuentra esta iglesia que se construyó sobre un templo pagano dedicado a Minerva (de ahí “sopra Minerva”) Con la fachada renacentista, sin embargo, tiene el interior gótico y allí está enterrada la patrona de Italia, Santa Catalina de Siena.

En la plazoleta de entrada a la iglesia se encuentra una estatua de Bernini, un elefante con, como no, un obelisco que hace de joroba puntiaguda. Representa la sabiduría y la inteligencia del animal (si ellos lo dicen será cierto)

De aquí nos vamos a ver Il Gesú (ya estuvimos la tarde-noche anterior, pero no pudimos entrar) paseando por la vía del Pie de Mármol y la del Gesú, hasta llegar a la plaza del mismo nombre. Esta iglesia es la sede (y madre) de los jesuitas. Se hizo con una nave más larga para las procesiones fueran más espectaculares. De estilo barroco se utilizaron el mármol, bronce dorado, lapislázuli y otros materiales valiosos en su construcción, echo que hace que sea más impresionante.

A estas alturas del día el cansancio empezaba a molestar más de la cuenta. Para ser el primer día por Roma nos estábamos dando una paliza del 15. Eso si, el cansancio desaparece viendo las maravillas que hay en la ciudad.

El sol empezaba a esconderse cuando salimos del Gesú. Continuamos por la calle de Aracoeli, pasando por el lateral del monumento a Victor Manuel, hasta llegar a la escalinata que subía a la iglesia del mismo nombre que la calle.

Aprovechando las escaleras nos tomamos un descanso (prácticamente nos tomábamos un descanso en cada rincón que nos encontrábamos) Rondaban las 7 de la tarde y la iglesia parecía cerrada con lo que no hicimos ni el amago de darnos la paliza de subir semejante escalinata. Solo una persona se encontró con fuerzas para subir, Juanpe. Desde entonces merece todo nuestro respeto y admiración. Ahora nos dirigimos a él como Señor Don Juanpe.

Durante nuestro kit-kat vimos pasar un “pequeño set” de cine, simulando un paseo en coche por la ciudad. La foto no es de buena calidad, por lo sorpresivo del momento, pero os lo muestro por lo curioso que es todo este tipo de cosas.

Entrábamos en la última etapa de nuestro larguísimo e intensísimo primer día. Ya nos quedaba poco. Bajamos por la calle del Teatro Marcelo y aunque solo nos teníamos que dejar llevar por la inercia y caeríamos, los pies estaban ya molidos y casi no nos podían llevar.

A mitad de camino o de la calle está el teatro de Marcelo, o lo que queda de él. Un teatro del que se conserva, y muy poco, la fachada, pero que en sus buenos tiempos llegó a albergar hasta ¡¡20000 espectadores!! En la actualidad se siguen dando conciertos o actuaciones, pero en un teatro moderno, en su interior. Junto a las ruinas hay tres columnas de lo que fue un templo dedicado a Apolo.

Cuatro foticos más tarde terminamos de descender la calle y llegamos a la zona llamada Forum Boarium y Forum Holitorium, donde en época romana había un par de mercados al aire libre de ganado y verduras.

Justo antes de llegar a la iglesia de Santa María in Cosmedin (donde está la boca de la verdad) hay un pequeño jardín con una fuente y dos templos, uno rectangular y otro circular. El rectangular estaba dedicado a Portunus, el dios de los puertos y el circular es el templo de Vesta, aunque eso es erróneo, según los expertos, pues en realidad estaba dedicado a Hércules Victor, ya que era el dios defensor de los ganaderos. Muchas de las columnas del templo son originales.

Agotados y hambrientos dimos por terminado el día turísitico, pero no el tour restauranteril. A partir de aquí, como no nos habíamos cansado bastante, empezamos a movernos para ir a un restaurante a cenar. Cogimos un autobús en Aracoeli para que nos acercara lo más posible a la plaza de España, pues nos habían dicho que había un buen restaurante allí, sobre todo, por el problema gastrointestinal de Ángela.

Pero después de pillar el bus y de andar unos 500 metros, nos encontramos que no encontramos ningún restaurante por la zona, salvo un McDonald y un par de bocaterías. Como era normal decidimos ir unos al McDonald y Ángela con Geli y Peter tuvieron que cogerse un bocadillo lo más ligero posible.

Mataos de todo el día, con el estrés suplementario de ir detrás y delante de los “+%&ç+&#¬” críos, nos fuimos a casa a descansar que al día siguiente nos esperaban más cosas que ver y descubrir.

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