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Posts Tagged ‘Pisa’

Antepenúltimo día de vacaciones.

Hoy toca un “road trip”. Hoy prácticamente (y sin la práctica) íbamos a estar todo el día por ahí. Primero veríamos Pisa, luego nos pasaríamos por San Gimignano, y finalmente acabaríamos en Siena hasta que se acabara el día.

Pero vayamos despacico. Un poco más temprano de lo habitual nos levantamos para así estar cuanto antes en Pisa. En realidad, más que en Pisa, íbamos a estar en la plaza del Duomo, nada más. Aproximadamente, sobre las diez aparcamos la flagoneta en una de las esquinas de la plaza de la catedral, más exactamente, en la puerta Nueva. Por suerte, a esta hora no había “mucha” gente, con lo que pudimos acercarnos sin problemas hacia las tres estructuras que conforman la plaza. El Baptisterio, la Catedral y el Campanario o Torre, como más la conocemos.

A mano derecha según nos acercábamos a la torre habían colocado unos “cuantos” puestecillos de baratijas varias, lo que servía de diablillo para las débiles mujeres (suena machista, pero es que fue así) que caían como moscas en sus stands.

Llegaba la hora de hacer la típica foto sujetando la torre para que no se caiga y así lo hicimos todos, no quedó ninguno del grupo que no se la hiciera. Nos acercábamos a la torre para verla más de cerca, aunque sabíamos que no podíamos subir porque se había cerrado por motivos de seguridad (justo un año después se volvió a abrir al público)

El conjunto románico es el más importante del mundo, o casi, por no hablar de absolutismo. En cambio, nadie conoce el lugar como el sitio de la catedral de Pisa, sino que se conoce por la inclinación de la torre, yo diría que ni siquiera debido a la torre, y si al hecho de que está inclinada. Seguro que si vas preguntando por ahí de qué estilo es la torre, el 90% (me incluyo) no sabría decirnos que es románica. Y si a esas mismas personas les preguntas que qué edificio está al lado, algunas te dirían “¿es que hay algún edificio al lado?” Pero así somos las personas, vamos a los lugares porque nos los recomiendan los amigos o los hemos visto en la tele o en libros, pero no nos preocupamos por saber algo más de esos lugares.

De la torre fuimos rodeando la catedral sin prestarle mucha atención (ya he dicho que fuimos a lo que fuimos porque somos lo que somos), y de ahí al baptisterio, situado frente a la fachada principal de la catedral. Aquí estuvimos un poco más de tiempo, pero solo por la sombra de la catedral que nos cobijaba de la solana que empezaba a caer.

Sobre las doce del mediodía estábamos otra vez metidos en la busoneta. Ahora tocaba ir hacia el interior de la Toscana, a ver el singular pueblecillo de San Gimignano y sus torres. Hasta llegar a nuestro destino pasearíamos por las colinas redondeadas, llenas de vides bañadas por el cálido sol, unidas a la tierra por sus centenarios troncos creciendo para convertirse en caldos exquisitos listos para degustar en una buena mesa acompañado de un buen queso curado y en compañía de buenos amigos con los que disfrutar de dichos manjares.

80 kilómetros y hora y media después, y tras esta palabrería melancólica, llegamos al pueblecito. Unos kilómetros antes de llegar se puede ver el skyline del pueblo con sus torres mirando al cielo. Una postal preciosa.

Una vez conseguido aparcamiento en las afueras del casco viejo nos dirigimos a otearlo. Con la tardanza del trayecto se nos hizo la hora de comer y conforme nos adentrábamos en el pueblo íbamos mirando donde zampar.

Entramos por la puerta de San Giovanni y empezamos a recorrer las medievales y peatonales callejuelas de San Gimignano. Ascendemos por la calle cuyo nombre coincide con el de la puerta que anteriormente hemos atravesado, paseando a través de heladerías, museos, hoteles y, sobre todo, tiendas de mercadería turística. A los pocos metros decidimos comer en el restaurante Bel Soggiorno, que pertenece al hotel del mismo nombre.

Tiene muy buena pinta y de precio anda bastante bien para lo que queremos gastarnos. Pero lo mejor está dentro. El local tiene unas vistas acojonantes, digo, alucinantes. El recinto es más o menos cuadrado y tiene una pared, de unos 15 metros de largo totalmente acristalada mirando a la campiña toscana. Aunque cuando entramos ya no tenemos sitio en el ventanal (una lastima), nos colocan en un lugar centrado y ligeramente elevado, con lo que también podemos disfrutar del campo a la vez que tragamos. De comer, más o menos, lo de siempre, los críos pasta y nosotros probamos alguna cosilla local, pero nada demasiado ostentoso ni nada de eso.

 

Bien alimentados y con el sol dándonos de lleno y por todos los lados comenzamos la visita al pueblo de las torres. La verdad es que me pesaban un poco los huesos (mentira, son los kilos, so gordo), una camica me vendría de cine para echar una siestecica. Como no podía ser, fui arrastrado los pies mientras nos movíamos cuesta arriba entre las casas hechas de sillería simulando otros tiempos anteriores hasta llegar a la primera plaza, la Piazza della Cisterna. Antes de llegar a ella ya pasamos por la primera de las torres, la de Cugnanesi (en castellano, del cuñao).

Antes de continuar voy a explicar eso de las torres, eso de que es la ciudad de las torres. San Gimignano es una ciudad medieval fortificada famosa por sus torres altas y finas como espaguetis, llegó a tener más de 70 torres. La construcción de éstas se debe a la competición de a ver quién la tenía más grande (la fortuna, mal pensados) de entre los ricachones del pueblo. El que tenía más dinero la tenía más grande (dime de que presumes y te diré de que careces) A lo mejor algunos querían sustituir algo que no tenían. Ya solo quedan unas 15 erectas y fuertes, el resto se han caído de viejas y ya no se levantarán más.

De la plaza della Cisterna pasamos a la del Duomo y/o Catedral, donde están situado el ayuntamiento y, por supuesto, la catedral y/o duomo. Allí el cansancio hizo que nos sentáramos en la escalinata. Mientras charlábamos de cosas banales, podíamos ver varias de las torres, la Grosa, la Rognosa (que sucia tiene que estar), otra pequeñita al lado de la Rognosa, y a la izquierda una doble. La plaza tiene un encanto encantador, la verdad es que todo el pueblo lo tiene. El haber mantenido ese aire medieval le hace un punto de referencia a la hora de visitar la zona, y al ser todo el centro del pueblo peatonal hace que el paseo por sus calles se haga más placentero.

 

Decidimos levantar el culo y nos metimos por un lateral de la catedral a la plaza Luigi Pecori para luego volver a la plaza principal. Ahí decidimos volver al coche para acercarnos a Siena. La verdad es que estuvimos poco tiempo en San Gimignano. Es una localidad que merece echarle más tiempo, pasear por cada rincón, subir a alguna torre (maldita sea la hora que no lo hicimos) para ver todo el paraje circundante, y sentarte a tomar un capuchino o helado en cualquiera de las terrazas diseminadas por sus calles. En otro viaje habrá que subir a una de las torres, como mínimo.

Al llegar a Siena el problema fue el aparcamiento más que otra cosa, tardamos un rato en encontrar un hueco grande para la fulgo. Eso si, cuando lo encontramos tocaba disfrutar de una ciudad pequeña, pero encantadora. La falta de tiempo, y el abotargamiento que llevábamos, hizo que estuviéramos más tiempo en la plaza del Campo, donde se celebra la famosa carrera de caballos, el Palio, que en otro lugar de la ciudad.

Sentados en una terracita, tomándonos unos heladitos y unos cafeses, pasamos el tiempo viendo la torre del palacio comunal de la ciudad, torre muy similar a la de la signoria de Florencia. La gente iba y venía por la plaza. Turistas o paisanos que descansaban en la plaza o que iban de un sitio a otro trabajando. Tras el descansito, me levanté y me moví por la plaza en forma de semicírculo o abanico para hacer foticos a todo lo que se movía o estuviera inerte. De un frente a otro, o de una parte a la de enfrente, de aquí a allí y de acá a allá. Principalmente le hice fotos a la cabeza que preside la plaza, el edificio comunal. A simple vista, si quitásemos la torre, parece un castillo con sus merlones en la parte superior para defender el edificio.

La torre es fina y alta (fue la más alta de Italia en la época en que se hizo, más que la de Florencia) y tiene el nombre de torre de Mangia. Lo curioso de su nombre es de donde viene, no se debe a ningún constructor o personalidad pública, sino a un guardian de la torre que tenía el apodo de “Mangiaguadagni”, que significa que gastaba todo su dinero en comida. Os podéis imaginar como estaba el colega.

Ya al final de la tarde nos acercamos a ver por fuera la catedral, que es muy parecida a todas las grandes iglesias de la zona de la Toscana, aunque esta es gótica, y no románica como la de Pisa. Paseamos por su plaza viendo su fachada (una verdadera joya) y su campanario (este si, con pegotes románicos) hasta que llegó la hora de empezar a recogernos.

Tranquilamente nos dirigimos a recoger el vehículo transportador. Antes de salir cenamos cualquier cosiña. Ya de noche cerrada, cerradísima, llegamos a nuestro hotel, y nos fuimos a la cama bastante cansados de estar todo el día por ahí aperreaos, como diría mi abuela. Mañana sería otro día.

Hasta pronto.

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Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

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