Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Ponte Vecchio’

Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

Anuncios

Read Full Post »

La ciudad de Florencia no es muy grande, y la parte vieja aún menos. De Santa María de la Novella a la Santa Croce hay un kilómetro y medio. De la Academia al palacio de los Pitti hay un poco más de un kilómetro y medio. Con lo que, en general, todo el arte se sitúa en apenas un kilómetro y medio cuadrado, estás a unos 20 minutos andando de un lugar u otro. Lo más lejano era el hotel que se encontraba diez minutos más allá de uno de los puntos, la Santa Croce. Con lo cual la ciudad iba a ser sencilla de ver, sin agobios ni prisas.

Comenzamos, como debe ser, desayunando y salimos paseando por la orilla derecha del Arno hacia el centro. Charlando de cosas banales llegamos a los pies del palacio de los Uffizi y desde el que tomamos el primer contacto visual con el ponte Vecchio (divino de la muerte) Hicimos la cola pertinente para entrar a ver la galería de arte y cuando nos tocó entramos, normal. La galería es pequeña si la comparamos con los grandes museos, pero contiene una cantidad enorme de arte, tanto en escultura, como en pintura. Es visita obligada si se va a Florencia y se tiene un mínimo de tiempo y de interés por el arte, claro.

La visita de las distintas salas no nos llevó más de hora y media, por supuesto, a los niños les sobró hora y veintinueve. Eran las doce cuando volvimos a las calles de la ciudad del renacimiento. En seguida llegamos a la plaza de la Signoria y deambulamos sin rumbo por la misma. De paso miramos en los distintos restaurantes que hay en la plaza y se nos quitaron las ganas de comer. Es lógico que sea el sitio más caro, o por lo menos, de los más caros de la ciudad, estás en el mismo centro. Así que no íbamos a comer allí. Tontín, tonteando, se iba pasando el tiempo y moviéndonos por la zona al final acabamos comiendo en uno de las muchas pizzerías que hay por esas callejuelas.

Una vez alimentados continuamos nuestro tranquilo paseo para rebajar la panza, pero teníamos tal modorra que decidimos ir al hotel a descansar un poco. ¿Descansar? Si no habíamos hecho nada. Sin embargo, por la razón que fuese estábamos para el arrastre, seguramente nos pasó factura los días anteriores que no paramos de movernos. Como había días para poder ver la ciudad nos recogimos un ratico.

A eso de las siete y media, de la tarde por supuesto, movimos otra vez el culo y fuimos a ver la Santa Croce. Por supuesto, llegamos tarde y estaba ya cerrada la iglesia. Uff, con que parsimonia íbamos este día. De todas formas, no todo estaba perdido, paseando también se disfruta del lugar que estás visitando, y más si te sobra tiempo para hacerlo. Sin mirar el reloj cruzamos la plaza de la Santa Croce, cosa que merece la pena debido a la belleza limpia que poseen sus edificios. En el centro de la plaza no hay nada, es diáfana, no hay ni siquiera una fuente o una estatua, por no haber, no hay ni sombra. Pero esta limpieza hace que la plaza se pueda admirar con más facilidad todo lo que hay en ella, y más, si miras hacia la iglesia desde la otra punta de la plaza.

¿De aquí a dónde íbamos a ir? A la plaza de la Signoria. Estaba al lado, unos 300 ó 400 metros de la Santa Croce. Ya estaba anocheciendo y empezaban a salir los colores anaranjados del atardecer. Aquí si que encontramos el palacio de la Signoria o, más apropiadamente, el palacio Vecchio (viejo, no bello, aunque también lo sea) abierto y pasamos a ver su patio interior. Su patio es pequeño y está compuesto por unas 10 columnas y la arcada está pintada con planos de la ciudad o vistas de la misma. Se ve rápido, pero creo que merece la pena verlo.

Antes de ir a cenar nos acercamos a ver la puesta de sol al puente Vecchio. Nos abrimos hueco entre el gentío para poder hacernos unas foticos de recuerdo. La verdad es que una vez hechas te das cuenta que el puente Vecchio no sale, más allá del muro-barandilla, con lo que la foto podía haber sido en cualquier sitio del mundo mundial. Lo que pasa es que nosotros si que sabemos que la hicimos allí, con lo que nos da lo mismo lo que puedan pensar los demás, je, je.

Ahora si, ahora nos vamos a cenar y ahora si que me acuerdo del lugar donde está el restaurante, y de su nombre. La plaza de cimatori y el restaurante se llama Birreria Centrale. La plaza es pequeñita y en ella se sitúan un par de locales de hostelería. En uno de ellos fue donde cenamos. La cervecería hace esquina con la via Dante Alighieri. Pero hay un par de detalles por los que me acuerdo del lugar. Uno por que era muy estrecho, incluso de perfil apenas entrábamos en la mesa, era tan estrecho que el que se sentaba en un fondo sin salida se tenía que quedar allí hasta el final, no podía ni ir a mear. Y dos porque allí probé el rissotto más bueno que he tomado hasta el momento, rissotto con ternera. ¡¡¡Bueniiiiisimo!!! Todavía tengo el recuerdo del sabor de esta cena. ¡Qué buena, leñe!.

Salimos ya con la intención de retirarnos a nuestros aposentos después de uno de los días más tranquilos que he vivido estando de vacaciones, aunque con esa misma tranquilidad nos íbamos a despedir de este día, ya noche. Volveríamos a pasar por la plaza de la Signoria, si mis cálculos no me fallan creo que fue la cuarta vez en el mismo día, en dirección al río Arno y así darle también las buenas noches a uno de los puentes más emblemáticos del mundo y el que más de Florencia, el Ponte Vecchio.

Cantando y riéndonos volvimos a hotel a sobar. Al día siguiente continuábamos en Florencia visitando más cosillas, o las mismas que hoy, ¿quién sabe?

Hasta pronto.

Read Full Post »