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Posts Tagged ‘Rolex’

Menos mal que ya nos vamos acostumbrando al horario local, hoy solo nos hemos despertado a las seis y media. Para que vamos a perder el tiempo, ¡todos arriba!, ¡¡que nos vamos de compras!!

Ya decidimos que el miércoles sería el día de hacer el gran gasto. Nos marcharemos al outlet Woodbury Commons, a unos ochenta kilómetros de NY. Pero antes de partir bajaremos a que yo haga el mayor gasto de todos, derrochar en B&H comprándome chorrocientas cosas para mi afición foteril.

Tomamos la octava avenida para abajo y desayunamos en un Starbucks, casi con la esquina de la calle 43, frente a un sex-shop. Muy didáctico.

Después de un café latte y una mierda de bollo, los demás ya son adictos al capuchino, continuamos nuestro paseo por la octava. Pasamos frente al Port Authority, o estación de autobuses, desde donde salen los autobuses para el outlet. Por todas las esquinas nos avasallan con publicidad de los autobuses turísticos y los del outlet. Cogemos un par para tener información y así no ir a ciegas cuando volvamos de B&H. Enfrente de la estación de autobuses se encuentra la sede del NY Times.

Llegado el momento cruzamos a la novena, que es donde está la tienda de fotografía y de otros aparatos electrónicos, en la esquina con la 34, la misma calle del ESB. La tienda es grandísima, es judía y en ella trabajan muchísimos judíos, apenas hay personal de otras religiones, eso si, se sabe quienes son. No llevan tirabuzones.

Miramos en los paneles donde se encuentra la sección de fotografía y nos vamos para allá. Mis compañeros de viaje me siguen, pero a ellos lo que voy a hacer ni les va ni les viene. De todas formas al ratillo deciden ir a otros sitios y oler lo que venden por ahí. Al llegar a la sección oportuna te tienes que colocar en un punto para que puedas ser atendido por un vendedor (creo recordar que hay hasta 60). Conforme se van liberando sale su número en un panel y hacia allá te tienes que dirigir para ser atendido. Por suerte hay algunos que saben castellano y solo te tienes que esperar a que se quede libre para ponerte con él y así no tener problemas por el idioma. Una vez delante del vendedor, le vas diciendo lo que quieres, y es curioso como llega lo que has pedido. A través del ordenador va pidiendo y los del almacén te mandan lo comprado por una cinta transportadora por debajo del mostrador hasta el punto en el que nos encontramos. Una vez visionado el producto para cerciorarte que es lo que quieres, lo vuelven a mandar al punto de pago, donde lo recoges cuando sales, y has pagado, por supuesto.

Por fin, tras hora y media comprando, comprobando en una salita lo que te has agenciado y después de la visita del diablo Juanpe, que quería que me comprase el i-pod touch, salimos de la tienda, para descanso de las mujeres, no sin antes cambiar de planes debido a mi tardanza en realizar las compras. Hoy no lo pasaremos en el outlet, haremos lo que estaba planeado hacer al día siguiente. La verdad es que es un descanso no ir de compras, no que no quiera ir, pero con el tiempo que me he pasado comprando estoy ya saturado de ellas, y eso que eran cosas mías.

Antes de comenzar la ruta volvemos a casa para dejar todos los cristalitos. Y una vez colocadas las cosas nos marchamos al Downtown. Por primera vez vamos a coger el metro, ya llevamos bastante rato andando, octava abajo, novena arriba, pero aún nos queda un ratito hasta llegar a TS para coger el famoso subway neoyorkino, el subterráneo más fotografiado y filmado del mundo.

Al llegar a la altura del hotel Marriot nos quedamos sorprendidos con el mogollón de gente que está haciendo cola. Están delante de las taquillas de los teatros, más bien, delante de las taquillas que venden las entradas sueltas que quedan en las obras de los teatros para ese día. Las venden a precios muy, muy baratos, pero si vas con gente seguro que te toca estar en diferentes asientos y a no ser que seas un apasionado de esa obra, creo que no merece la pena, por lo menos para mi. Además son para unas horas que no nos conviene, normalmente son para las primeras sesiones, es decir, para las dos o las cuatro de la tarde, y a esas horas estaremos en otros lugares. No nos cuadra estar en el sur de la ciudad y volver, para luego regresar al sitio donde estabas inicialmente.

Torcemos en broadway hacia el sur para ir a la boca del metro, pero antes de bajar entramos en la tienda de Levi’s para ver que precios tienen y de paso olemos un ratillo.

Nada, salimos de la tienda y cruzamos la séptima para bajar por la boquera del metro, que está en la esquina que forman la séptima y broadway. Compramos cuatro billetes (ahora no me acuerdo como los compramos, si lo hicimos en la máquina o al señor de la taquilla) y cruzamos las puertas de hierro. Aquí si que no se puede colar nadie, de las taquillas hacia dentro está totalmente cerrado, de techo a suelo y de pared a pared. Sólo hay una puerta para minusválidos o carritos de bebé y las puertas giratorias que se mueven cuando metes el ticket en la ranura de la maquinita.

Al cruzar la puerta entramos en otro mundo, el que sale en las películas, como en “Pelham 1, 2, 3”. A la derecha hay una zona abierta, con una pequeña valla, una especie de mirador, que cualquiera puede saltar e introducirse dentro de los túneles. Y a la izquierda hay un final de vía para que alguna vez duerma allí algún vagón de metro. Unos pasos más adelante nos encontramos ya en el andén propiamente dicho, con sus carteles informativos de líneas, bancos, las típicas columnas casi al borde del andén. Te introduces en algo que ya tienes visto pero en el que no has estado nunca, por eso cuando estás allí viéndolo tienes una sensación rara, como si fueras a ver al fantasma de Patrick Swayze pasear por el andén, o la pelea del señor Smith con Neo. Pero solo hay personas normales queriendo ir a otros lugares de la ciudad.

Entre las conversaciones que tenemos en el metro está la de cómo conseguir el dólar de plata, tanto para mi colección de monedas, como porque mis amigos quieren hacer un regalo a otros amigos suyos que también son coleccionistas. No sabíamos donde pillarla, la lógica es que fuera en un banco, pero con anterioridad ya habíamos preguntado a varias personas (en una oficina de correos) dónde podríamos conseguirla y no supieron decirnos con seguridad el lugar en el que poder comprarla. Así que cuando bajáramos (je, je, que curioso, bajar cuando en realidad hemos de subir) del metro iríamos a un banco para pedirla, comprarla o preguntar sobre la moneda dichosa y deseada.

Después de unos minutos ya estábamos en la plaza del ayuntamiento, bueno más bien jardín del ayuntamiento. Y desde allí vemos el impresionante edificio Woolworth. Espectacular construcción que se construyó el comerciante Woolworth, que pagó al contado, como si de calderilla se tratara, y dicen que se asemeja a una catedral gótica, tendrán que pasar por el oculista a que les traten. De 1913 hasta 1930 fue el edificio más alto del mundo, hasta cuando construyeron el Chrysler y el 40 de Wall street.

Justo en un edificio contiguo al Woolworth entramos al Citybank para preguntar sobre la moneda de plata. Una señora muy educada (en los maristas) nos dice que allí no tienen de plata y que no sabe donde podemos pillarlas. Pero con la confusión idiomática, pudimos comprender que en el banco podíamos cambiar billetes por monedas de un dólar, las de curso legal. Yo sabía que existían pero pensaba que eran monedas de difícil acceso, y la verdad es que luego nos dimos cuenta que en el único sitio donde las dan de cambio son las máquinas expendedoras de billetes del metro. En tiendas o en otros lugares prefieren devolverte en billetes de uno que en monedas de ese mismo valor, y si te devuelven monedas siempre serán en moneda fraccionaria. Encima para más sorpresa propia, resulta que hay distintos modelos o distintas acuñaciones, tanto en plateado como en dorado, así que lo que iba a ser un simple cambio de un dólar por otro, se convirtió en un masivo cambio monetario. Aproximadamente cambiamos unos 20 dólares, consiguiendo casi todas las acuñaciones que hay en el mercado. Lo del dólar de plata lo buscaremos en el edificio de la reserva federal, que es donde las cajeras creen que pueden cambiarnos.

Con las monedas en el bolsillo, cruzamos la calle y nos metimos en el parque del City Hall. Que pequeño es pero también muy tranquilo, está al lado de Broadway con el jaleo que provoca la circulación y dentro apenas te enteras. Te metes en la tranquilidad y el sosiego. La propia gente que pasea va despacio como si no tuviera preocupaciones ni prisas. Habría gente como nosotros, de vacaciones, pero otra iría de un sitio para otro y al pasar por el parque el paso se ralentiza. Te contagia el lugar.

Son las doce del mediodía. Buscamos un sitio para hacer el primer descanso y casi lo encontramos, todos los bancos a la sombra estaban ocupados. Sentados, terminamos de planear el día y leemos algo de información del libro que llevamos.

Una vez hecho el ligero descanso, partimos otra vez rodeando el parque en dirección al edificio anexo al ayuntamiento. Pasamos por la calle que va a parar al puente de Brooklyn y vemos un mogollón de gente que va hacia él para cruzarlo. Nosotros nos esperaremos un poco para hacer lo mismo. Terminamos de rodear el parque y el ayuntamiento, y cuando volvemos a Broadway veo por primera vez y, casi única, a un homeless de los de carro de supermercado. Por suerte las autoridades han sabido limpiar las calles tanto de delincuentes como de indigentes.

Por Broadway vamos bajando y en un esquina antes de llegar a Saint Paul’s Chapel vemos un puesto de perritos y allá que vamos a por el, para zamparnos el primer perrito caliente. Hay que hacer todas las cosas típicas de un viaje a NY. Juanpe es el único al que no le apetece un perrito, mientras que los demás nos lo tomamos con la decepción que supone el descubrir que tampoco es una cosa del otro mundo. Para quitarte el hambre en un momento dado, vale, pero para absolutamente nada más.

Llegamos a la capilla, a la pequeña capilla, pero para muchas personas milagrosa capilla. Hoy en día se ha convertido en una capilla museo del desgraciado 11-S. Allí se instaló el primer hospital de campaña el día del atentado y ahora posee un montón de recuerdos, de mensajes de apoyo a las familias de las víctimas, de objetos donados, de reliquias,… Hay cosas que te entristecen y otras que te estremecen, sobre todo, cuando recuerdas los acontecimientos que ocurrieron ese día. Entre muchas cosas encontramos varios escudos de policías locales de la provincia, de Murcia, Cartagena, Torre de Cotillas.

Salimos por la puerta que da al pequeño cementerio de la capilla. En el dicen que paseaba George Washington cuando estaba en la ciudad, hay un banco con una placa que así lo corrobora. Nada más salir, a la derecha, hay un tronco cortado de árbol, del que dicen fue el árbol que contuvo los cascotes de World Trade Center cuando se derrumbaron, y que por ese motivo la capilla fue el único edificio de los aledaños de la zona cero que no sufrió ningún daño.

Cruzamos el camposanto y salimos por la calle del World Trade Center o zona cero. Ahora ya no hay nada más que obras para construir el nuevo mastodonte de la ciudad. Como no pudimos hacernos una idea de lo grande o no que es la zona, seguimos adelante, volviendo a Broadway para dirigirnos a la Trinity church.

Justo enfrente de la calle muro, más conocida como Wall street, se sitúa la iglesia de la Trinidad, o Trinity church. La iglesia actual es la tercera que se levanta en el mismo sitio. La primera se terminó en 1698 y se incendió 78 años después. Se reconstruyó en 1787 y unos años después fue demolida para construir la iglesia neogótica actual. Como casi todos los edificios en esta ciudad, durante unos años fue el edificio más alto de la misma, eso ocurrió hasta el año 1860.

Al pasar me despisté del grupo y estuve deambulando un rato por toda la iglesia y su cementerio, más grande que el de Saint Paul, haciendo fotos y viendo las lápidas y panteones que había por allí. Al cabo de un rato empecé a buscarlos y encontré a los compañeros en la puerta de la iglesia.

Sólo tuvimos que cruzar la calle en perpendicular para entrar en la zona financiera más importante y más influenciadora del mundo. Wall street. Una calle estrecha que se hace aún más estrecha cuando miras hacia arriba, hacia los “pequeños” rascacielos. Lo único que hace que puedas pasear por ella es que es peatonal. El nombre de la calle se debe a una empalizada de madera levantada por los holandeses para proteger el lado norte de la colonia. Wall street nos conduce a Broad street, calle donde se encuentra la bolsa de NY, la bolsa que marca nuestros destinos, destinos económicos, pero indirectamente nuestras vidas. Si el presidente de la bolsa de NY se mea fuera del vater, el mundo se echa a temblar. Demasiada dependencia de un edificio, valores, personas o lo que sea. Mucha globalización.

Llegamos al Federal Hall, edificio que tiene una escalinata en la que se encuentra la estatua a George Washington. Éste juró aquí como primer presidente del país.

Sentándote junto a la estatua como muchos turistas y brokers, se observa el NYSE, New York Stock Exchange, la bolsa para los amigos. Un edificio que costó dos millones de dólares a principio del siglo XX y que maneja los valores de casi tres mil empresas que cuestan más de quince trillones de dólares en el mercado mundial. Lo curioso fueron sus comienzos. Hace más de 200 años, unos cuantos empresarios se reunían para cambiar acciones y bonos de sus empresas. De ahí hasta ahora, un mundo.

En el momento que pasamos por allí una gran bandera norteamericana cubría la columnata, lo que supone unas dimensiones tremendas. Lo curioso, por lo menos para mi, es que una de las tres banderitas que están al pie de la grande, era la de China en lugar de otra de USA. Y digo que es curioso porque los americanos son muy suyos y dejar libre un mástil para poner una bandera de otro país es muy raro, salvo que sea por intereses propios o por peloteo, pues China es el país al que más dinero debe Estados Unidos. Ignoro si realmente hubiesen puesto otra bandera, como la griega, cuatro años antes cuando coincidía con las olimpiadas, como sucedía ahora. De todas formas cada uno es libre de hacer lo que le de la gana, siempre que no moleste o fastidie a las demás personas, y en este caso no creo que moleste a nadie, salvo que sea al gusto de cada uno.

Bueno, eran las dos de la tarde y empezaba a asediarnos el hambre, con lo que empezamos a buscar un sitio donde comer. Cogemos otra vez Broadway y nos dirigimos hacia Battery park. Si antes de llegar a Bowling Green encontrábamos donde comer, comeríamos, pero no fue así. En la plaza de Bowling Green, donde antiguamente se jugaba a los bolos sobre la hierba, nos dispusimos a ver al toro famoso, el que dicen que da potencia a la economía, pero ahora tiene que estar depresivo, más que nada por conforme está la misma. El toro estaba atestado de gente, prácticamente había que coger número para poder hacernos unas fotos y aún así salieron unos cuantos japoneses por al lado.

Por la zona, antes de llegar a Battery park, vimos un par de sitios de comida rápida. Al final entramos en el “Au bon pain”, un restaurante de bocadillos, wraps y otros sandwichs. No está mal para comer algo en un momento, pero no se puede decir que sea un restaurante que vaya a salir en la guía michelín.

Por fin paseamos por el parque sur de Manhattan. En Battery park los británicos construyeron una batería de cañones, de ahí el nombre, para defender el puerto, esto ocurrió hace unos años, así como dos siglos. Enfrente del embarcadero de los ferrys a Staten Island se encuentra la casa de Elysabeth Ann Seton, la primera santa americana. Una pequeña casa anaranjada rodeada de rascacielos donde vivió la santa.

Nos adentramos hacia el paseo junto a las desembocaduras de los ríos East y Hudson disfrutando de las vistas hacia la estatua de la libertad y la isla de Ellis. Era genial, un rato tranquilo con el sol dándonos por todos los lados, disfrutando, si, se que me repito, pero es que estaba, estábamos disfrutando del momento, de un momento especial, de un viaje preparado durante cuatro años y, ahí, en este parque yendo despacio en la ciudad con más prisa del mundo, sentándonos en los bancos que miran hacia el agua, con el único ruido de los graznidos de las gaviotas y algún aislado silbato de los barcos que van y vienen de la isla de la estatua de la libertad. Como día laborable no había mucha gente en el paseo, pero aún así, como nosotros, algunas personas decidieron hacer lo mismo, tomar un respiro en una ciudad que me estaba sorprendiendo por momentos cada vez más.

Apenas nos movimos en 50 metros, y mientras que los demás se sentaban, yo me puse a probar el “torito” en los alrededores. Fotografiaba todo lo que se movía y lo que no, hasta que decidimos ir a tomar el ferry de Staten Island. Quisimos coger este y no el de la estatua, porque como no se podía subir a la misma, nos pareció una tontería hacer ese viaje. Pero como no queríamos perdérnosla, aunque fuera desde más lejos, pillamos, entre una marabunta de gente, el barco de la isla estatal, que además es gratuito, lo único gratuito que hay en NY.

Unos minutos después de las cuatro zarpamos, y unos cinco minutos más tarde pasábamos a unos 500 ó 700 metros de la Liberty island. Entonces todos los turistas a la derecha del barco según la dirección que llevábamos. Más foticos y a esperar llegar a puerto para dar la vuelta. Antes de llegar vemos a lo lejos el puente de Verrazanno, el más largo de Estados Unidos. De vuelta volvimos a hacerle foticos a la señora libertad y por supuesto al skyline de Manhattan.

A la hora de haber partido hacia Staten island estábamos otra vez de vuelta en Battery park, esta vez para pasear por él y ver lo que se cuece dentro. Lo primero que vemos es una fiesta con música a lo Macarena y toda la peña bailando al son de la música, todos con el mismo baile repetitivo. Al lado de donde se hacía la fiesta está situado el monumento a los caídos en la segunda guerra mundial. Una águila con las alas abiertas, de unos tres metros de grande, encima de un pedestal cúbico, y enfrente de el águila varios bloques de hormigón con centenares de nombres fallecidos en la guerra.

Continuamos hacia el fuerte, el castle Clinton. No tiene nada que ver con el ex-presidente, sino con el alcalde que reforzó las defensas del puerto, DeWitt Clinton. Lo curioso del fortín es que cuando se construyó estaba situado en una isla a 100 metros de la costa, para más tarde rellenar ese hueco y así formar lo que es el actual Battery park.

Desde sus inicios defensivos, con 28 cañones en su interior y que nunca fueron disparados, hasta la actualidad, ha tenido varios usos, parque de diversiones, centro de inmigración (antes de la apertura de la isla de Ellis), un acuario y finalmente, museo y monumento nacional. Al lado de este está la estatua dedicada a los millones de inmigrantes que han entrado en los Estados Unidos por esta ciudad y pasaron antes por el fuerte Clinton para tramitar los papeles.

En sus proximidades tuvimos el último y definitivo contacto con los vendedores de Rolex. Por 50 pavos adquirimos dos falsificaciones. Continuamos por el parque y vemos a una ardilla loca saltando de paloma en paloma por el jardín. Al fondo del mismo está la Sphera, la bola que estaba situada en el World Trade Center y que sufrió la caída de las torres gemelas. Hoy se conserva en este lugar tal y como se quedó el día del atentado. Al mismo tiempo que la observábamos escuchábamos la canción “When a man loves a woman” cantada por un cantante callejero.

Salimos del parque con la intención de dirigirnos al puente de Brooklyn, el punto fuerte del día, y para ello lo único que tenemos que hacer es subir por Broadway hasta llegar al ayuntamiento, y de ahí girar a la derecha. Pero a alguna mente lúcida se le ocurrió torcer hacia el este por Pine st lo que trajo cuasi fatales consecuencias para los ya maltrechos pies.

Pasamos por delante de uno de los edificios emblemáticos de NY, el 40 de wall st. Llegamos al borde del East river tres cuartos de hora más tarde, pasamos por delante del Pier 17 y no le hicimos ni puto caso de lo cansados que teníamos, bueno tenían los pies, porque yo hubiese seguido hasta reventarlos. Además lo que hacía que quisiera seguir era lo que me esperaba justo en el otro lado del río. Si hubiese sido por mis compañeros de viaje en ese momento hubiésemos cogido el metro para irnos a casa a descansar. Unos minutos después me agradecieron el que insistiera para que cruzáramos el puente andando.

A pesar que dimos un rodeo bueno, pues después de llegar al río tuvimos que volver a subir en paralelo al puente para llegar a la punta del mismo (hicimos un trayecto de c puesta al revés sobre el mapa de Manhattan), mereció la pena por las vistas que hay del puente y de Brooklyn desde el Pier 17 y sus alrededores. El trío calatrava prefirió no cruzar la calle para ir al dique y ver el puente, estaban hecho polvo, ellos se lo perdieron.

Cuando les dije que teníamos que subir la cuesta de Dover st para llegar al principio del puente me empezaron a tirar todo tipo de objetos pesados. Pero lo que hizo que subieran fue que no tenían más remedio que hacerlo, aunque nos hubiésemos ido para casa.

Una vez arriba, en park row, nos tomamos un descanso y un café en un starbucks antes de cruzar el puente.

El puente de Brooklyn se empezó a construir en 1870 y se concluyó trece años después. Fue el primer puente en el que se utilizó el acero como material de construcción y fue el primer puente colgante de acero del mundo. Tiene poco más de un kilómetro de largo y tiene dos pasarelas, una encima de la otra. La inferior es para vehículos y la superior es para los peatones y bicis. Es uno de los símbolos de NY y uno de los puntos preferidos por los turistas y nativos. Los viandantes tienen que tener un especial cuidado de no cruzar a la zona reservada para las bicicletas, pues estas suelen llevar una velocidad algo elevada y no se cortan en echarte la bronca si te encuentran en su camino.

Entramos en el puente disfrutando de las vistas que se ven de las dos orillas, haciendo fotos sin parar de mirar la calzada, no vaya a ser que en un descuido te lleve por delante una bici o hagas tropezar a algún footinero. Por el camino nos encontramos a muchos españoles. Los neoyorkinos, salvo que vayan haciendo footing o bicicleta, no suelen coger el puente, por lo menos en esta época del año.

En un momento del camino nos sentamos en uno de los bancos que hay en el trayecto, y mientras los demás descansan, yo me dispongo a hacerles una foto. Me sitúo en el carril bici vigilando que no venga ninguna, ellos se acicalan, les enfoco y empiezo a afotarles. La primera sale mal porque hay mucha gente que pasa andando y no se da cuenta que hay gente haciendo fotos, no importa. Pero el que tenga que repetir le causa la risa tonta a un par de chinos o japoneses que están sentados también en el banco, contagiándonos a nosotros de la risa tonta, con lo que al final salieron todos partidos de risa en la foto.

Recorridos los mil y pico metros del puente junto al resto de la fauna turística descendemos hacia el muelle desde donde se ve el skyline de NY. De camino vemos la pizzería Grimaldi’s que es donde pensábamos reservar para cenar, pero nos encontramos con una cola medianamente grande y resulta que no aceptan reservas, si quieres cenar o comer allí tienes que ponerte en la cola. Dejamos el restaurante para después de que pasemos el rato despidiendo el día viendo Manhattan. Pero antes vemos otro restaurante justo debajo del puente y entramos a ver que tal es y si podemos reservar para cenar, pero ¡Ángela María!, menuda pinta tiene, es de esos restaurantes de mírame y no me toques. Podías cenar en una terracita con vistas al downtown, con lucecitas tenues, prácticamente en familia, vamos un marco incomparable, pero un sitio en el que la tarjeta sale temblando, así que salimos por donde entramos y ya cenaremos más adelante donde sea.

Ahora tocaba disfrutar del paisaje, espectáculo o lo que quieras pensar. Estábamos en el muelle frente a Manhattan a la altura del Pier 17, justo al lado del puente de Brooklyn. Lo normal en estos casos, mogollón de gente. En ese momento echo en falta el trípode para poder hacer cientos de fotos de todas las formas posibles y sin tener que hacerlas a pulso. Por lo menos llevo el gorillapod de los chinos que utilizo poniéndolo en una papelera, pero lo malo es que no hay papeleras en el lugar que uno quiere para hacer la típica foto del skyline de la gran cebolla.

Mientras espero a que acabe otro fotógrafo que no ha traído el trípode y tiene agarrada una papelera que había en un lateral del muelle, nos sentamos en una mesa de un chiringuito a tomarnos una cervecita bien fresquita y unos panchitos. Nos sienta que no te digo na. Descansamos, disfrutamos, charlamos.

Al ratillo nos ponemos a disfrutar de las vistas, impresionantes, no digo más. Aunque están más vistas que el tebeo de Mortadelo y Filemón, eso de estar enfrente en vivo y en directo es otra sensación. Contemplar los edificios con tus propios ojos, que te esté dando la brisilla, viendo anochecer y pasar el tiempo sin tener ningún tipo de prisa y de cortapisa. Es genial, simplemente. Lo único malo fue que al no llevar trípode, las fotos no salieron todo lo bien que hubiese querido.

Una vez echadas unas risas y cuando empezaba el estomago a crujir más que el suelo de la mansión de Psicosis, nos dimos cuenta que ya era hora de tomar otra dirección, especialmente la del restaurante. Lo intentamos otra vez en Grimaldi’s, pero ahora había el doble de cola. Esta iba rapidilla, pero no lo suficiente, aún hubiésemos tenido que estar allí una horica, como mínimo.

Después de usar el inodoro de la pizzería nos vamos a pillar el metro, según las indicaciones del maître de la misma. Un rato más tarde estamos en el centro, cerca de donde vivimos. Allí, en la octava, nos metemos a cenar en la trattoría Daniela’s donde nos atienden más hispanos que en Hispania.

Terminamos la jornada y nos vamos a dormir machacados vivos. No hacemos más que llegar al portal de casa y Juanpe está dormido. No sabemos como sube las escaleras, pero logra llegar a su cama y descansar hasta el día siguiente.

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Mmmmnnnnnn, uff, ¿qué hora será? ¡Joder, las cinco de la mañana! No puede ser, el reloj del video tiene que estar mal.

Por la ventana no entra luz, o sea que tiene que ser esa hora, más o menos. Bueno esté o no bien, voy a ver si cojo otra vez el sueño.

Después de dar unas cuantas vueltas en la cama sigo despierto. Apenas pasan los minutos. El caso es que oigo movimiento en la casa, alguien tiene que estar igual que yo, que no se puede dormir. A las seis y media nos levantamos, es tontería estar en la cama dando vueltas, y además, ¡qué coño!, estamos en Nueva York, hay que moverse y disfrutar de la ciudad.

Hoy toca el Midtown, no nos cansaremos mucho, lo tenemos todo cerquita.

Nada más quitarnos las legañas de encima, salimos a la calle en busca de un lugar donde desayunar. Al no conocer ningún sitio en concreto hacemos como en la noche anterior, nos movemos hacia el punto de información de Times y si encontramos algún sitio donde picar allá desayunaremos. En el camino encontramos el European Café, cadena de comida rápida. Nos disponemos a pedir pero no sabemos si nos van a entender, cuando un dependiente se da cuenta que estamos un tanto perdidos y llama a uno que sabe español y nos soluciona el tema. Desayunamos y nos vamos a información.

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Otra vez en Times Square. “The Great White Way”. Este fue el nombre que puso O. J. Gude, creador de los primeros carteles publicitarios puestos en TS, a finales del siglo XIX, en los que utilizaban solo bombillas blancas.

El primer cartel se puso en 1898 para Coney Island. Luego en 1904 el NY Times se trasladó a la plaza y esto hizo que pasara a llamarse Times Square y donde, en 1910, puso la ya famosa cinta luminosa de noticias. La primera narración fue una pelea de boxeo entre Jim Jeffries y Jack Jonson. La cinta se componía de 15000 bombillas destellando a la velocidad de 75000 veces por segundo. Ahora esa cinta es digital conocida como zippers.

En el 17 se colocó el cartel más grande del mundo (24×61). En el 20 se empezó a introducir el color. Ha habido muchos anuncios famosos, como el de la Coca-Cola vaciándose a través de una pajita, o el de la Pepsi de los años 50, una cascada rodeada por botellas de Pepsi, u otro del hombre fumando Camel y echando anillos de humo.

Curioso es el hecho de que s_DSC7605e construyera un edificio especialmente diseñado para la colocación de carteles luminosos. Está situado en la parte norte de TS, en Duffy Square. Es el edificio donde está colocado el cartel de Coca-Cola.

Hoy en día bien que se podría cambiar el nombre por el de “The Great Colour Way”, ya que el blanco es precisamente el color que menos se utiliza.

Entramos al punto de información y nos encontramos varios ordenadores desde los que podemos buscar información durante diez minutos gratuitamente. También había unos ordenadores conectados a cámaras de video para hacer grabaciones cortas y poder mandarlas por e-mail. Está claro que no podíamos perder la oportunidad de hacer alguno y mandárselo a nuestros seres queridos y así darles envidia. Empezamos a hacer el pavo, sobre todo yo, mientras la máquina nos graba. Pasamos un rato bastante divertido con la tontería del video. Una vez visto lo visto y hecho lo hecho salimos a hacer lo que habíamos venido a hacer, turismo.

Empezamos a callejear en dirección a la estación Grand Central, observando todo lo que se nos pone a tiro, escaparates, gente, edificios, hasta las alcantarillas nos parecían bonitas y curiosas. Bajamos de la 46 a la 43 para ir más directamente a la estación. Mientras paseamos nos damos cuenta de lo escandalosos que son estos americanos, más concretamente los servicios de urgencia. Van a todos los sitios con las sirenas puestas sin haber situaciones de aparente peligro. Supongo que irán para acudir más rápidamente, y supongo que será para atender el peligro correspondiente, pero no nos parecía que todas las situaciones las requirieran.

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Recorremos los metros como sin darnos cuenta, disfrutando de lo espectacular que es la ciudad, cuando llegamos al cruce con la avenida de las américas observo una imagen que me deja anonadado, miraba al este y veía el edificio Chrysler, miraba al sur y veía el Empire State building, dos de los edificios más emblemáticos de NY estaban delante de mis ojos (y de los demás), esto con el paso de los días lo vería como una cosa normal, pero en ese momento me pareció de lo más precioso.

Después de uno de los momentos más bonitos de ese día, continuamos nuestro paseo por la acera norte de la calle 43 y al cruzar la quinta avenida nos topamos unos raíles en la calzada, en realidad creo que se llaman traveling. Eran unos raíles que llevaban la cámara para realizar un anuncio, concretamente de Burger King. En el otro lado de la calle estaban los extras junto a los protagonistas del anuncio, el King y unos “policías” que lo tenían que perseguir calle abajo.

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Era divertido ver lo que sería un decorado de cine pero en las calles de NY. La calle se cortaba sólo cuando se rodaba, mientras que no se hacía los camiones y coches pasaban. En una punta del traveling se situaba la cámara con varios operarios incluidos el cámara, por supuesto, y en el lado contrario había una carpa donde se encontraban las pantallas en las cuales se recogían lo grabado y donde se comprobaba si habían salido bien las cosas o no. Junto a la carpa se encontraban los del catering con sus bocadillos y bebidas, todo bien enfilado y colocadito. En cada punta de la zona de trabajo se colocaban seguratas y personal que controlaban a la gente para que no se colase dentro. Después de intentar, y fracasar, que contrataran de extra a nuestra compañera de viaje, me fui a una punta para ver mejor como trabajaban y a hacer unas fotillos. De paso, preguntándole a uno de los seguratas, me enteré de que trabajaban unas 60 personas en la realización del anuncio, mogollón de gente para 20 segundos. Toda esta peña todo lo hace a lo grande._DSC7692

Esperamos a que hicieran una toma para ver como era y tras pasar un buen rato disfrutando de la parafernalia del rey de la hamburguesa, continuamos nuestro camino. Sobre las 12 de la mañana llegamos a las inmediaciones de la estación, con la continua visión del Chrysler. Rodeamos el edificio hacia el sur buscando la fachada principal. Entramos en la calle 42, esta pasa por debajo de Park avenue, la estación queda a la izquierda. Justo debajo de la avenida hay una entrada a la estación y enfrente de esta se sitúa una cafetería aprovechando el hueco que forma el puente de la avenida. Levanté la cabeza y pude ver el reloj de la fachada con Mercurio y detrás de este un edificio por el cual yo conocí NY, más incluso que por las torres gemelas o por el Empire State Building. El edificio MetLife. Ahora es de la compañía de seguros, pero en mi niñez pertenecía a la compañía aérea Panam.

Bajamos por Park para coger la calle superior y así entrar justo por debajo de Mercurio. Mientras llegábamos al punto para cruzar, íbamos disfrutando de los reflejos de unos edificios en otros. Cuando alcanzamos el punto donde podíamos se unían las calles superior e inferior nos dimos cuenta que no podíamos ir hacia el reloj. No había aceras para el acceso de los peatones, sólo podían pasar los coches. Además desde lejos parecía que había puerta de acceso a la estación. Hice la foto oportuna cuando cruzábamos de acera y volvimos para entrar por la puerta inferior, que remedio.

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Al bajar nos coscamos de un fistro, digo bistro, en el que poder comer si nos pillaba por la zona, ya que después de ver la ONU íbamos a volver sobre nuestros pasos para ir a otro lugar.

Por fin nos disponemos a entrar a la mítica estación. Una vez que cruzas la puerta, la entrada es normalucha, no tiene nada especial, pero cuando descendemos las escaleras y tras cruzar un arco vimos el gran hall. Como suele pasar en USA, suele haber banderas presidiendo ventanas, edificios y, como no, también tenía que estar en la estación, tanto dentro como fuera. Lo curioso fue que al entrar te topas con una de frente, pero colgada del techo y de perfil conforme entramos había una bandera de unas dimensiones tremendas. No sabría calcular el tamaño exacto, pero si digo que tenía unos 10 metros de largo no me quedo corto. A mi personalmente que no soy patriótico, no me llama la atención todas estas cosas, pero entiendo que si uno se siente de su país quiera demostrarlo de alguna manera y poniendo banderas es una forma como otra cualquiera de hacerlo.

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Al entrar te llama la atención lo grande que es el hall, a ojo de buen cubero, diría que tiene unas medidas de unos 36,5 por 53 metros y una altura de 38 con un techo abovedado de color azul-verdoso pintado con constelaciones. Enfrente, en lado norte, se sitúan las taquillas y la entrada a los andenes. Más o menos en el centro se sitúa un punto de información con el reloj con forma esférica en su techado. En el este y el oeste hay grandes ventanales de más de 20 metros de altura que hacen que apenas se necesite luz artificial. Justo debajo de las ventanas se encuentran unas escaleras que ascienden a las entradas este y oeste al recinto, y descienden a un submundo inesperado en el que se encuentran restaurantes, bares, salas de espera, multitud de asientos, y demás servicios. Este submundo ocupa lo mismo que el hall.

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Hicimos las oportunas fotos y nos sentamos en la barra de un bar que hay en la puerta oeste para descansar y disfrutar del entorno y del ir y venir de la gente. A la vez pudimos ver algo de las olimpiadas en las pantallas que tenían y de las que casi no nos habíamos enterado.

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_DSC7731Retomamos el curso de nuestra aventura por la selva neoyorquina dirigiéndonos hacia la ONU. Así que rodeamos la estación desde el oeste pasando por detrás del edificio Metlife. No teníamos previsto entrar en el edificio de las Naciones Unidas, pero por lo menos había que pasear por los alrededores y ver el edificio. Una vez allí hacemos un poco el paripé delante de una de las estatuas que hay, regalo del gobierno de Luxemburgo. La verdad es que teníamos que haber entrado para ver el hemiciclo y otros departamentos, pero se acercaba la hora de comer y nos apetecía más volver para ver otros sitios con más detenimiento.

Pero antes de comer había que pasar para ver, solo por fuera, el edificio que más me gusta de NY, el Chrysler. Cogimos la 44 de vuelta al centro y en Lexington torcimos para apreciar el precioso edificio. _DSC7745De todas formas, por el camino le iba haciendo foticos, detalles, reflejos, planos generales, torcidos, de todas las maneras que se me ocurrían. La putada es que no se puede acceder al interior. Tal vez podríamos haber accedido al hall, pero ni lo intentamos, porque ¿para qué?, si no íbamos a pasar más adentro, o arriba del todo que tiene que ser lo más interesante.

Un poco de historia sobre el edificio no viene mal. Se llama así porque lo construyó el magnate de automoción Walter P. Chrysler. Está adornado con elementos automovilísticos, como la parte superior que simula una parrilla del radiador. La aguja superior estuvo guardada en secreto hasta que se terminara el que se creía iba a ser el edificio más grande de NY, el del banco de Manhattan. Pero cuando este termino, el arquitecto del Chrysler hizo emerger la aguja e hizo que se convirtiera, por poco tiempo, en el edificio más alto del mundo con 320 metros.

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Una vez dicho esto nos fuimos al bistro cercano a la estación central, en Park avenue. Allí los compañeros disfrutaron de la comida, pero yo no, estaba ligeramente mareado y no me apetecía mucho comer. Aún así tragué un poco, lo que hizo que no mejorara, aunque tampoco empeoré.

Tras descansar un rato, nos pusimos otra vez en marcha. Íbamos a culturizarnos, nos acercábamos a la biblioteca pública. En la acera de la calle que iba directamente a la biblioteca habían puesto placas de acero en relieve con dibujos y frases de escritores famosos o frases lapidarias tipo “la lectura te hará libre” u otras por el estilo y hasta más profundas. Cada placa estaba separada de otra unos 10 metros aproximadamente.

En algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no… Uff perdón, se me han cruzado los cables. Empiezo de nuevo.

En algún lugar entre la estación y la biblioteca, pillamos unos cafeses envasados en cartón, con anillo antiquemaduras de cartón y tapa antisalpicaduras de plástico y nos fuimos paseando por la calle hasta llegar al lugar de las letras. Antes de entrar nos sentamos en los tranquilos bancos que se encuentran a los lados de la entrada y nos terminamos los cafeses charlando de cosas varias, mientras veíamos pasar a la gente por la quinta avenida.

La biblioteca está presidida por dos leones llamados Paciencia y Fortaleza. En las escaleras que suben a la puerta de entrada se concentran muchos neoyorquinos, tal como ocurre en el kilómetro cero de Madrid o en la puerta de El Corte Inglés de Murcia. Es el edificio de diseño beaux-arts del país y dentro de dos años cumplirá los 100 años de vida.

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Las grandes salas de lectura están flanqueadas por ventanas y con lámparas de araña colgadas del techo, evidentemente. La verdad es que da reparo estar paseando por la biblioteca mientras la gente está leyendo o trabajando, hay que estar calladito para no molestar y que no te echen. En España no se como ocurrirá, pues no visito esos antros de perversión, pero allá tienes que pasar varios controles de seguridad, tanto para entrar como para salir, para que no te lleves ningún libro de extranjis.

De biblioteca a biblioteca y tiro porque me teca, je, je, je. De la pública nos dirigimos en diagonal hacia el sureste para poder ver la biblioteca Morgan, que habíamos leído que era pequeña, pero muy curiosa de ver. Lo malo es que cuando llegamos estaba cerrada y nos fuimos a nuestra siguiente cita que era ¡¡¡EL EMPIRE STATE BUILDING!!!

_DSC7798Por Madison avenue bajamos hasta la 34, calle del “pequeñín”. Ahora vamos hacia el oeste viendo el edificio continuamente, como para no verlo. El día ha ido empeorando poco a poco y cuando llegamos al ESB está ya totalmente nublado y tiene mala pinta. De todas formas no íbamos a subir todavía pues queríamos llegar al anochecer para ver los últimos rayos de sol y como llega la noche a la “gran cebolla”. Así que para hacer tiempo nos dirigimos hacia el Madison Square Garden, que está un poco más allá en la misma calle. Pasamos por delante de una tienda en la que venden zapatillas Converse y miramos en el escaparate si hay el modelo que busco. Pero como queríamos ir al Garden, continuamos andando.

No tardamos mucho en tener que refugiarnos debajo de un andamiaje de una obra que hay en la fachada de Zara (que casualidad), pues empieza a caer un tormentón de tres pares de narices. Así que como no podemos avanzar, pues queremos seguir secos, aprovechamos para pasar a Zara y ver si podemos agenciarnos algo, pero la sorpresa es morrocotuda, pues resulta que la ropa es mucho más cara que en España, es más, días después nos dimos cuenta que resulta más cara que otras marcas que en España están prohibitivas como DKNY o Tommy. De todas maneras, al no poder continuar pasamos el tiempo mirando, sobre todo, las mujeres (mira que les gusta a las mujeres ir de compras). Los hombres esperamos fuera, y vemos pasar la variedad social que vive o ha viajado aquí._DSC7799

La tormenta se alarga más de lo normal y tememos que no vamos a poder subir hoy. Después de casi una hora con la humedad en los huesos deja de llover y por fin volvemos a andar. Me alegro de perder de vista la tienda de Zara y de que se aleje mi mujer de ese lugar endemoniado que lo único que hace es volver loco al sexo femenino atrayéndole con cantos de sirena para que se deje el dinero en atuendos demasiado estrechos y cortos que luego lo dejan tirado en armarios gigantes donde se pierden en el tiempo haciendo que se olviden de ellos y tengan que volver a la tienda a sacudir el monedero encima del mostrador delante de una doncella de la máxima cantarina de las sirenas.

Tras esta pequeña paranoia capitalista y globalizante continuo con el relato.

Delante está Herald square, lugar donde están los almacenes más grandes del mundo. Macy’s. Vamos pasando por su lateral, donde siento algo que me tira del bolsillo. Al principio no comprendí que era, pero luego caí que era el dinero el que quería ir hacia el interior de la tienda, el papel sentía una atracción para entrar en el local y quedarse allí. Pero no pudo conmigo, ¡JA! Fui más duro y el dinero se quedó en mi bolsillo, momentáneamente.

Llegamos al Garden e intentamos entrar, pero estaba a punto de empezar una actuación y no continuamos, así que salimos y nos sentamos a descansar, ya empezaban a cansarse las piernas de todo el día danzando. Pero todavía quedaba lo mejor.

Durante más de 40 años fue el edificio más alto del mundo y ha sido escenario de muchas películas tanto de acción, como románticas. Estas son algunas de las películas en las que sale el ESB:

  • Annie Hall
  • Cualquier miércoles
  • Bola de fuego
  • Me enamoré de una bruja
  • Melodias de Broadway
  • Una bruja en Nueva York
  • Brigada 21
  • FBI contra el imperio del crimen
  • Contra el imperio de la droga
  • Ellos y ellas
  • Independence Day
  • King Kong
  • Klute
  • Kramer contra Kramer
  • Manhattan Manhattan
  • El enemigo público número 1
  • New York, New York
  • Historias de Nueva York
  • Con la muerte en los talones
  • La reina de Nueva York
  • Un día en Nueva York
  • La ley del silencio
  • Serpico
  • Shaft
  • Algo para recordar
  • La calle
  • Taxi Driver
  • Cuando Harry encontró a Sally

Se construyó en un tiempo record en la época de la depresión del 29, terminándose en 1931. Sufrió un accidente de aviación en el 45 sin sufrir daños estructurales. Y hasta la década de los 70 fue el edificio más alto del mundo, aunque en mi opinión eso es circunstancial pues los que le han superado son edificios sin ningún tipo de artificio, simples como las torres gemelas o la torre Sears de Chicago, y con un poco más de complicación como las Petronas, pero la belleza del ESB todavía no ha sido superada. La aguja también fue utilizada un par de veces como enganche o puerto de dirigibles.

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Si no recuerdo mal, entramos al edificio por la puerta de la quinta avenida. Habíamos comprado por internet el ticket Express sin llegar a saber que colas nos podía evitar, pero conforme íbamos enseñando las entradas se iban abriendo puertas. Cada vez que pasábamos un control flipábamos, dejábamos las colas atrás. No nos lo creíamos. Solo tuvimos unos cinco minutos de cola en un cambio de ascensor sobre el piso 70. Tardamos solamente unos 15 minutos en llegar arriba.

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¡Qué marabunta! Creo que está todo NY aquí. Lo primero que hacemos es coger número para poder asomarnos y nos ponemos en la cola.

  • ¿El último?
  • Yo.
  • ¿Le falta mucho para asomarse?
  • Cuarto y mitad.
  • Guárdeme la vez que voy al servicio.
  • No, quédese aquí y me hace compañía.
  • Bueno, vale.

Nos toca pelearnos con la gente para poder ver la ciudad y hacer fotos. Nos separamos y así poder acceder a la valla cuanto antes. La verdad es que aquí mi mujer y mis amigos se portaron genial conmigo. Con tal que cualquiera de ellos conseguía un sitio me llamaban para que pudiera colocar el minitrípode y así hacer fotos. Evidentemente, luego ellos accedían al sitio para poder disfrutar de la ciudad. Pero ese detalle no tiene precio porque yo tardaba un quintal en hacer fotos.

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Después de estar poco más de 30 ó 40 minutos a 380 metros de altura, nos vamos para abajo y nos encontramos una tremenda cola para pillar los ascensores. Pensando que los tickets solo valían para subir, sobre todo yo, y nos ponemos en la cola, pero Encanni decide enseñar las entradas a un operario y sorprendentemente quita un cordel de la valla y nos dice que pasemos, con lo que entramos en el primer ascensor que desciende y en un par de minutos estamos abajo.

Ya abajo comentamos la pasada que ha sido el ticket express. Nos costó 45 dólares, dos veces y media más que el pase normal, pero entre estar dos horas en colas o solo cinco, prefiero pagar ese suplemento y poder disfrutar el tiempo extra en hacer otras cosas. Está claro que el pase express sirve sobre todo para fechas clave en las que hay masificación de visitantes, porque me imagino que si vas el 18 de febrero no habrá nadie en las colas para poder subir arriba y no hará falta el pase.

Mejor volver ya para casa y descansar, siempre después de cenar. Como no nos apetece estar buscando un restaurante nos movemos y ya encontraremos algo por el camino, como hacemos normalmente, y si no, siempre podemos acabar en el Europe café de Times Square, que qué casualidad es donde terminamos pues el cansancio no nos deja pensar en otra cosa que en coger el catre y dormir.

Después de cenar podemos ir a casa por la 42, pero preferimos volver a pasar por la plaza que nos lleva locos, TS. En una esquina, creo que en la del Hard Rock, entramos por primera vez en contacto con los vendedores de Rolex. Nos enseñaron un par y al final decidimos dejarlos, no nos convencieron. Ya habrá tiempo de buscarlos en caso de que queramos pillar uno o dos, o siete u ocho, je, je.

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Ya pasada media hora de las once llegamos a casa y nos disponemos a descansar, mañana nos espera el día que dedicaremos a las compras.

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