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Posts Tagged ‘San Pedro’

Hoy iba a ser otro día de arte y monumentos. Íbamos a visitar la parte más al oeste de Normandía y lo más al este de Bretaña. El Monte San Miguel o Mt Saint Michel y St Malo.

Madrugar jode, pero en medio del campo, escuchando nada más que los pajaricos, se hace mucho más ameno, menos estresante. La tranquilidad que tiene la casa es única. Solo se rompe el silencio cuando los inquilinos, osea nosotros, se levantan, cuando empezamos a subir y bajar, cuando hacemos tintinear las cucharillas contra la porcelana de la taza de café haciendo que se disuelva el azúcar, cuando empiezan los gritos de a ver cuando sale uno del baño para entrar otro, en resumidas cuentas, cuando la vida empieza a emerger, cuando el sol se levanta por donde siempre.

Sobre las 8,30 de la mañana ya habíamos recorrido los casi 130 kilómetros que separaban la casa del aparcamiento habilitado para los turistas que van a visitar el pueblecito. De este al pueblecito hay varias formas de ir, un carruaje con sus caballos y todo, un autobús que sale cada cierto tiempo, o andando. Nosotros escogimos ir andando para así empaparnos de toda la belleza que rodea y que es St Michel.

Al llegar la marea estaba baja, así algunos de nosotros decidimos meternos a la arena y tener otra visión de la mole que emergía delante de nuestros cuerpos. Esa mole consta principalmente de la abadía dedicada al arcángel San Miguel y lleva más de 1300 años en pie (se empezó a construir en el año 709, aunque no fue hasta el 966 cuando se instalaron los benedictinos). El lugar es uno de los sitios más visitados de Francia y el más visitado de Normandía con alrededor de más de 3 millones de turistas al año. Y en cambio solo viven una treintena de persona en el peñasco. Fue nombrada patrimonio de la humanidad en el año 1979.

Mientras estábamos en la arena no paraba de acercarse gente, y conforme avanzaba más el día, más eran las personas que llegaban. Joaquí, Mariluz, Toñi y Elena se cansaron de esperarnos y accedieron al recinto amurallado, así, hasta una hora y pico más tarde no volvimos a estar juntos otra vez.

Hasta que no cruzamos la puerta de entrada/salida no nos dimos cuenta de la cantidad de peña que visita el monte. Prácticamente había de dar machetazos para poder avanzar, y como todo lugar de este tipo que se precie, antes tenías que pasar por multitud de tiendas y tiendecitas que vendían todo tipo de productos publicitarios del lugar, desde cucharillas y platos pintados hasta las típicas camisetas y sudaderas con distintos y variopintos dibujos del monte.

Empezamos a callejear por las tres calles que hay en una dirección y en otras. Nos movíamos despacio debido al gentío que había. Cruzamos por una callejuela que nos llevó a un cementerio al pie de la misma abadía. Y de allí, atravesando al iglesia de San Pedro, pensando que íbamos a acortar distancia, nos volvemos a encontrar en la calle principal.

Un poco más adelante se reúne el grupo otra vez. Empezamos a ver una cola que sale de una puerta de la muralla más cercana a la abadía. Resulta que era la cola para poder acceder a la misma. Si queríamos entrar deberíamos ponernos en la cola y esperar a poder entrar. Pero lo malo era que todavía nos quedaba una media hora o una hora para poder llegar a la puerta, y desde allí todavía un par de horas para poder entrar.

Así que decidimos dejarlo estar y no perder semejante tiempo, y no porque no valga la pena visitar la abadía, sino porque deberíamos vivir más tiempo y más lugares. Volvimos a la iglesia de San Pedro para que el resto del grupo la viera, así como el cementerio. Y de aquí, nos fuimos a un pequeño parquecito a comer. Allí teníamos que estar muy pendiente de las gaviotas, pues estaban al acecho para llevarse todo lo que pillasen. A nosotros no nos lo quitaron, pero a una familia descuidada si se llevo una gaviota un bocadillo. Y ahora vas y la pillas.

Aunque precioso, el monte se ve muy deprisa (salvo que entres en la abadía), y una vez comidos decidimos acercarnos a St Malo. No entraba en nuestros planes, pero como no teníamos nada que hacer nos dirigimos para allá.

Nos fuimos paseando por la carretera de la playa (salvo un par de tramos) En Le Vivier-sur-Mer hicimos una pequeña parada técnica y nos encontramos un pedazo de Rolls Royce antiguo. Todo un carro.

Sobre las 4 y pico llegamos al casco antiguo de St Malo. Esta es otra cosa, ni mejor ni peor, simplemente otra cosa. Es una ciudad con playa, más grande que Mont St Michel, y con un pequeño centro histórico. Allí fue donde nos dirigimos.

El casco viejo es una pequeña zona amurallada. Entramos por una de las puertas y nos dirigimos a ver al catedral. Aquí podíamos andar tranquilamente, a pesar que es verano y hay gente, pero no hay tanto gentío como en San Miguel. Tras la visita a la catedral, que, por cierto, es bastante pequeña, parece más una iglesia que toda una seo. Pues eso, tras la visita a la catedral, empezamos a callejear sin dirección. Aparecimos en una plazoletilla en un alto donde había una estatua dedicada a un corsario francés nacido en St Malo, Robert Surcouf. Seguramente, John Travolta se inspiró en esta estatua para realizar parte del baile de “Fiebre del sábado noche” Solo hace falta que la veáis para que sepáis lo que digo.

De ahí continuamos por lo alto de la muralla rodeando la zona vieja. Desde allí vimos distintas playas y el puerto. En una de las playas habían construido como una piscina, la cual se llena de agua cuando está la marea alta y se puede disfrutar cuando la marea es baja.

Tras un par de horas moviéndonos por allí llegaba la hora de empezar a recogerse. Aún nos quedaban un par de horas de regreso. Pero antes dimos una vuelta sin rumbo con el coche, así encontramos una torre que resulta ser un museo sobre los movimientos de navegación a través del cabo de Hornos.

Ya de forma directa llegamos a casa, cenamos y vimos las estrellas antes de irnos a dormir.

Hasta pronto.

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No todo era historia bélica. Este día se iba a dedicar más al arte que a otra cosa.

El segundo día lo íbamos a dedicar a ver Caen. Antes de empezar comentar para los no francófonos y/o ignorantes en el tema como yo, que la pronunciación de Caen no es tal y como muchos lo decimos aquí en España, sino es como una “o” más abierta y nasalizada, como entremedias de cong y cang, una “o” más abierta o una “a” más cerrada. Mu rara, tu.

Después de esta aclaración fonética sigo con el tema que nos atañe.

Empezamos temprano, como es costumbre en las vacaciones, para llegar a primera hora a la gran ciudad de Normandía y así no nos quiten el sitio. En realidad es la tercera ciudad de Normandía. Le Havre y Rouen (capital de la región) son más grandes, aunque no por mucho.

Llegamos tan temprano que no había abierto todavía el castillo o fortaleza y nos dimos una vueltecilla por las calles aledañas. Paseamos por los alrededores de la catedral, la iglesia de San Pedro, a la que accedimos antes del castillo ya que estábamos al lado de ella.

Aunque se denomina iglesia, los turistas la llamamos catedral de Caen, pero en realidad la ciudad no es un obispado, con lo que no puede ser catedral. Pinta tiene de ello. Sin embargo, en Murcia hay catedral y el obispado está en Cartagena, con lo que puede ser que haya catedral sin que sea necesariamente sede del obispado. Así que para mi es catedral.

Gótica y renacentista más algún que otro estilo. Sólo tiene una torre-campanario, en el lado derecho conforme miras la fachada, que fue destruida en la reconquista de Europa en la segunda guerra mundial por parte de los aliados, y posteriormente reconstruida en su totalidad. Esta mide seis metros más que la catedral de Notre-Dame de París, sin embargo no da la sensación de ser (ni es) tan grande como ella porque solo tiene una torre y porque la nave es más corta y más baja que Notre-Dame.

Esta situada en un lugar privilegiado, la plaza de San Pedro, con toda una zona verde enfrente y con el castillo mirándola. Desde este se ve hermosa y limpia, sin que haya nada delante que entorpezca su visión. No puedo pasar sin poneros una foto de como estaba la catedral en 1944. La foto está tomada desde la fortaleza y en aquella época se ve que si había unos edificios entre esta y la catedral. Hoy solo es una zona verde. Mas bonita, urbanísticamente hablando.

Por cierto, hay que decir, para que no haya problemas legales que la foto está tomada desde la wikipedia y según ella pertenece a la colección de Imperial War, y fue hecha por el Mayor Stewart del 5º Army Film and Photographic Unit.

Tras la rápida visita de la catedral, tocaba asomarnos al castillo. Estaba justo enfrente, como ya he dicho. Accedimos a el por la puerta de San Pedro (¿porqué será que le han puesto ese nombre?) El castillo es más que un castillo, es una zona amurallada en la que su interior se encuentran varios lugares que visitar, un par de museos, una pequeña iglesia y unas ruinas de lo que fue una torre prisión. Además tiene grandes explanadas con varios miradores hacia la ciudad o con un pequeño grupo de esculturas al aire libre.

Nosotros empezamos por esta última. Accedimos a las esculturas por un pasillo en cuesta, que también te llevaba a la terraza del restaurante, y por el que entrábamos a un recinto cerrado entre las murallas del castillo y las paredes del restaurante. La cuadrícula era muy simple, y las esculturas estaban subidas a postes lo que le hacía un recinto un tanto soso, con lo que estuvimos más bien muy poco tiempo.

De aquí nos fuimos a allí, a la iglesia, pasando de largo el museo de bellas artes. La iglesita se vio mu rápida, era mu pequeñita y sin grandes artificios. Así que continuamos nuestro camino, eso si, cada uno por un lado, los primos por un lado, las cuñadas por otro y los hermanos cada uno por su lado para no estorbarse.

Una vez paseado por todas las esquinas del recinto y con las tripas que empezaban a crujir decidimos salir del castillo e irnos a comer. Para ello nos fuimos por la puerta de los Campeones. No es que seamos unos campeones, que si, es que la puerta se llama así. Además era la puerta más cercana al lugar de restauración del centro de la ciudad al que íbamos a ir. Solo hacía falta cruzar la calle y llegábamos a una calle peatonal muy mona, con casas combinadas de madera y piedra, en la que había muchos bares y restaurantes. ¿El problema?, que eran muy caros, o muy pitiminí, o solo hamburgueserías (lo que querían los críos, y no lo queríamos los adultos), o no entendíamos el menú, o un conjunto de todo esto unido.

En fin, una vez recorrido los doscientos metros de calle para abajo y para arriba, nos decidimos por uno, La Poterne. No es que fuera una mala decisión, pero no fue muy acertada. Entre que no sabíamos demasiado el francés y que los camareros no sabían el español, no supimos lo que pedíamos y algunos acertaron y otros no. Es lo que suele pasar cuando no sabes idiomas.

No nos entretuvimos mucho en hacer la sobremesa, lo dicho, no estuvimos muy a gusto. Así que cogimos otra vez las zapatillas y salimos a ver más ciudad, esta vez hacia la Abadía de las Damas, o también de la Trinidad. Es una de las dos grandes abadías que hay en la ciudad, una es esta y la otra es la de los Hombres a más o menos un kilómetro de la de la Trinidad. La abadía fue creada por la reina Matilde, esposa del rey Guillermo el conquistador. En la iglesia todavía está la tumba de la reina Matilde. La abadía de las Damas, como la de los Hombres, tienen casi 1000 años de existencia, en los cuales han pasado numerosas vicisitudes, saqueos, guerras, etc. Desde 1986, además de abadía, es sede del Consejo Regional de la Basse-Normandie.

Hicimos una visita muy rápida al interior de la iglesia, que era lo único que se podía visitar de los edificios, y nos fuimos a dar una vuelta por los jardines más cercanos a la iglesia, precisamente donde está situado el edificio del Consejo Regional.

Lo malo era la modorra de después de comer. Empezaba a pesar en los cuerpos, pero no podíamos caer, no podíamos hacer que ganara la modorra frente a nuestras ganas de ver y conocer cosas. Con lo que teníamos que movernos para despejarnos. Nos íbamos a la otra gran abadía, la de los Hombres o de San Esteban. Para ello volvimos a deshacer nuestros pasos hasta llegar a la puerta de la catedral y de allí seguimos rectos por la calle de San Pedro, peatonal y llena de vida, se puede decir que es la calle principal o una de ellas.

Paseamos bajo el sol normando que, aunque menos caluroso, también pegaba bien. En mitad de la calle dejamos de lado la iglesia de Sant Sauveur y seguimos hasta el final de la calle que se bifurca en la calle Arcisse de Caumont y la calle Ecuyere. Es esta la que tomamos hasta la plaza Fontette, y de ahí a la izquierda hasta la explanada del Ayuntamiento, edificio que era parte de la abadía, justo pegado a la iglesia de San Esteban. Este complejo también fue realizado bajo el hospicio de Guillermo el conquistador y su mujer Matilde. Aquí es donde yace Guillermo. Es curioso que estuvieran unidos en vida y en la muerte separados, como si fuera un propósito de la iglesia (que perverso soy), ya que en vida la iglesia no vio bien la unión de ambos pues eran parientes, lo que, para resarcirse, los tortolitos proyectaron y realizaron ambas abadías. Pero cuando la muerte llegó ambos fueran separados, como la iglesia quiso en tiempos anteriores, y enterrados cada uno en sus abadías correspondientes.

Bueno continuemos. Enfrente de la explanada están las ruinas de la vieja iglesia de San Esteban ¿De que época serán si son más antiguas que la iglesia de la abadía? Si esta consta que es del siglo XI, la vieja tendrá los mil años fijo. En fin, ya me enteraré algún día, o no, de que año es. Las ruinas solo las vimos desde la lejanía, desde la explanada, ya que el paseo no nos despejó y solo estábamos más agotados (que flojos somos) Algunos nos sentamos en los bancos que había por allí con el peligro de que no nos pudiéramos levantar nunca más. Con gran esfuerzo conseguimos situarnos en vertical y mover los restos de nuestro bodies hacia la iglesia que vimos con muy pocas ganas y deprisa y corriendo, como se dice por ahí.

Seguro que Caen tiene más cosas que ver, al final solo fueron unas seis horas las que pasamos allí, pero aquí ya dijimos que habíamos dado todo por esta bonita ciudad, con lo que empezamos el camino de regreso al coche. Volvimos a la plaza Fontette donde habíamos localizado una pequeña heladería y nos aprovisionamos de unos politos para refrescarnos un poco. Con ellos en la mano pillamos la calle Sant Sauveur hasta llegar al castillo. Lo rodeamos y nos fuimos hasta la calle de la Délivrande que era donde estaba la furgo.

De vuelta paramos otra vez en el Carrefour de Bayeux a coger provisiones y papel higiénico (muy importante). Y ya justo antes de llegar a casa nos detuvimos en un chateau y nos hicimos unas foticos. Bueno, en realidad solo se hizo Mariluz las foticos porque los demás se quedaron en la furgoneta como ratas escondidas del gato del casero.

Y ya llegó a su fin este día con la esperanza de que al día siguiente el sol volviera a salir por el este y nos iluminara en nuestro camino al siguiente punto.

Hasta pronto.

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Debido a la majestuosidad de la ciudad, o por que no caes, o por que lo ves mimetizado en sus plazas, o por cualquier otra razón, cuando paseas por Roma no te das cuenta de la cantidad de piedras egipcias en forma de obeliscos que hay esturreadas por sus calles y plazas. Los hay solitarios, o encima de fuentes, o de elefantes, o delante de edificios oficiales. El caso es que hay mogollón de obeliscos por todos los lados, en concreto hay 13.

Todo es debido a los antiguos romanos, que se los traían de aquellas tierras, cuando la conquistaban o simplemente los espoliaban. Le gustaron mucho y no hacían nada más que traer, yo creo que crearon hasta una línea de barcos expresamente para ir trayéndose todos los obeliscos, la Obelisquian Ships. Pero fue a partir del siglo XVI cuando se empezaron a instalar en las distintas ubicaciones. El promotor de ello fue el papa Sixto V y de ahí en adelante fueron otros papas o magnates los que los movieron de lugar.

Como son tantos les voy a dedicar una entrada solo para ellos. No va a ser nada del otro mundo, solo va a ser nombrarlos, decir donde están y poner una fotico de ellos.

Para empezar, decir que nos faltaron por ver dos. Uno está en la Villa Celimontana, una zona ajardinada al este del circo máximo, la cual no nos llamó la atención de ser visitada. Otro no visto, por torpes y tontos fue el que está colocado al lado de la estación Termini, entre esta y las termas de Diocleciano. Tanto en la estación como en las termas estuvimos, si no vimos el obelisco (también es verdad que es de los pequeños) es porque estábamos despistados o yo que se.

De los otros once poco os voy a explicar más, solo que son egipcios y están en Roma. ¡Ah! y que os pongo una foto.

Empecemos por el más llamativo o más visto, el del Vaticano. Y no por que sea mejor o peor que los otros, simplemente por el lugar donde está, en la plaza de la basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.

Ahora el que se encuentra detrás de Santa María la Mayor, que posiblemente mucha gente de la que visita la ciudad no se da cuenta de el, porque está en la parte de atrás de la basílica y la gente no irá a la parte trasera a ver el obelisco, se queda delante de la iglesia.

Otro que se encuentra delante de otra de las grandes iglesias, es el de San Juan de Letrán. Es uno de los que más me gustaron, por la situación, con San Juan detrás y el palacio Lateranense a un lado. Es mi gusto, y para gustos los colores.

Uno de los más curiosos es el de Minerva, frente a la iglesia de Santa María sopra Minerva. Es el más pequeño y está situado encima de un elefante que realizó Bernini.

De los más espectaculares, es el de la fuente de los cuatro ríos. El obelisco culmina la tremenda fuente y la hace aún más bonita y grandiosa.

Otro que tiene una gran localización es el que está en la Plaza del Popolo. La amplitud de la plaza y su altitud (la del obelisco) hace que destaque mucho. Además desde cualquier punto que lo mires destaca, ya sea desde el mirador al este o con las dos iglesias del sur, o con la puerta del Popolo al norte. Da lo mismo, su soledad central, solo acompañada de cuatro figuras de animales con función de fuente, le da una belleza singular.

Muy cerca de este obelisco se encuentra otro, en el Pincio, en Villa Borghese. Casi pegado al mirador que da a la plaza del Popolo. Este estuve a punto de no verlo. Estaba más pendiente de ver donde estaba el mirador que del jardín que tenía a mi derecha y que es donde está. Fue puritita casualidad.

Uno situado en uno de los lugares más bonitos de Roma, el de la coqueta plaza de la Rotonda. Colocado encima de la fuente y frente al Panteón romano. No se si los turistas se darán cuenta de la belleza que da a la plaza, puede que se fijen más en el Panteón por lo grande que es frente a lo pequeño del obelisco, pero el conjunto de la fuente-obelisco en ese lugar, con las coloridas casas tan cercanas hacen de la plaza uno de los rincones más pintorescos y más bonitos de la ciudad, por lo menos para mi.

El parlamento no se podía quedar sin obelisco, aunque cuando se colocó allí, allá por el siglo XVIII, no estaría lo que es el edificio actual del parlamento.

Otro edificio oficial que “posee” otro obelisco es el palacio del Quirinale, donde vive el presi de Italia. El obelisco está acompañado por dos estatuas de Castor y Polux.

Y por último, y no menos importante, el que está situado en la parte superior de la escalinata de la plaza de España y delante de la iglesia de la Trinidad del Monte. Es fácil de ver, sobre todo si te sitúas en la plaza, y levantas la vista para ver la larga escalera y la iglesia.

Bueno, hasta aquí este post en homenaje a tanta pieza egipcia en tierra extranjera.

Hasta pronto.

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Primer y único día que refrescó en todas las vacances. Se levantó nublaico con lo que podría sorprendernos con unas gotas o con una tormenta de narices. La suerte fue que solo cayeron unas gotas, las suficientes para tener que comprar un mini paraguas a los chinos (que lo utilizamos durante apenas una hora) para no mojarnos, y que refrescara el ambiente y las calles y no pasáramos un calor de mil demonios.

Como todos, o casi todos los días nos desperezamos lentamente. Lo que más costaba enderezar eran los críos, y para más inri, se ponían a ver los dibujos animados y Disney Chanel en italiano, que no se enteraban de nada, a ellos les daba lo mismo. Teníamos que cogerlos de las orejas para que desayunaran, hicieran las camas, se lavaran la cara y los dientes, y, una vez hechas las tareas domésticas, ya podían vagabundear por la casa, o por internet, que era donde más disfrutaban los niñicos, era donde ellos querían estar todos los días, eso de ver piedras y monumentos no les llamaba la atención, eso es cosa de mayores.

Más o menos sobre las diez cogimos carretera y manta. Nuestro autobusico (este día prácticamente lo íbamos a hacer en bus) nos iba a dejar detrás de la tarta de la plaza Venecia. Allí nos separamos, unos nos acercamos al claustro de San Pietro in Vincoli andando y otros se quedaron a esperar el autobús que les llevara más cerca. Mientras discutíamos la situación, comenzó a chispear y entonces aparecieron de la nada los indues que vendían relojes u otros artefactos y que llevaban paraguas. Era sorprendente que lo que vendían el día anterior eran juguetes, relojes, gafas de sol y justo por la mañana que no había empezado a llover y ya llevaban paraguas. La logística de estas personas era alucinante.

Quedamos justo en las escaleras de la calle Cavour que ascienden hasta la puerta del claustro. Enfrente de estas, en la otra acera, había un chino y Toñi y Geli se acercaron para comprar unos paraguas, que, por suerte, luego utilizaron bien poco.

Ascendimos por las escaleras, un buen tramo de escaleras, pasando por un túnel que había debajo de uno de los edificios que rodean la plaza donde está San Pietro.

Al llegar a la plaza vimos lo simple, artísticamente hablando,  que era la basílica de San Pedro Encadenado. Nos protegimos de la fina lluvia en el porche de la misma, donde lo hacían también un buen número de turistas. A esta iglesia vinimos a ver la tumba del papa Julio II, que fue el que la restauró (la iglesia), allá por la edad media.

La iglesia la mandó construir la emperatriz Eudoxia para contener una de las cadenas con las que estuvo apresado San Pedro. Años más adelante se consiguieron otras cadenas que se utilizaron para lo mismo, y se colocaron juntas y, oye,  milagrosamente se unieron.

Como ya he dicho la iglesia es muy simple, no tiene mucha ornamentación. Lo único destacable (para mi) es el Moisés de Miguel Ángel. Lo que iba a ser un macro mausoleo para el papa Julio II, se quedó en apenas unas cuantas figuras. Eso si el Moisés es sensacional, tiene un realismo en sus formas que parece que te va a decir algo cuando lo miras. Unos dicen que el Moisés es “la tragedia de la vida de Miguel Ángel”, otros dicen que el autor cuando concluyó la obra le dio una palmada en la rodilla y le dijo “hablame”. De todas formas, es la obra que más tardó en terminar, empezó en 1513 y terminó 40 años después.

Al salir de la iglesia nos encontramos que apenas llovía. Deshicimos lo andado y volvimos a tomar las escaleras, esta vez, en dirección descendente. Nos fuimos a la derecha en la vía Cavour, ahora andando, dejamos el bus para otro momento. Nos íbamos a ver una de las cuatro magníficas (más bien patriarcales) de Roma. La basílica de Santa María la Mayor.

¿Qué es eso de las cuatro iglesias patriarcales o iglesias mayores? Patriarcal es el título de mayor rango que se le da a una iglesia. En un altar de una iglesia patriarcal no puede oficiar nadie que no sea el Papa. En este caso hay cuatro iglesias mayores o patriarcales: San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Estas cuatro junto a una basílica menor, San Lorenzo Extramuros, forman la Pentarquía. Básicamente, significa que son las cinco iglesias primordiales o principales de la iglesia católica. Junto a estas cuatro + una, había otras dos que eran consideradas mayores, pero que ahora son menores, la de San Sebastián Extramuros y la de la Santa Croce in Gerusalem.

Doblamos muy ligeramente hacia la derecha cogiendo la calle de Santa María la Mayor, y en la esquina de esta con la calle Liberiana decidimos tomar un cafelito, sentándose algunos en el bar que hay en esa esquina y de cuyo nombre no quiero acordarme, no por ningún motivo funesto, sino porque era un bar como otro cualquiera. Allí, mientras un par tomaba café, otros se fueron a la plaza de la entrada principal de la basílica y otros, entre ellos yo, nos fuimos a afotar la parte trasera de la misma, en la plaza del Esquilino.

Ya había dejado de llover y podíamos, de momento, movernos sin ningún problema meteorológico. En la plaza hay un obelisco, otro más (tendré que hablar de ellos en alguna entrada), en el centro, con apenas cuatro árboles en un lado y la parte trasera de la basílica en un lado. Ésta, con el obelisco, y la limpieza de la plaza, forman un conjunto muy ameno y tranquilo por el que pasear y/o permanecer. Supongo que a pleno sol, otro gallo cantaría, pero con el día nublado se estaba muy bien. También hay que tener en cuenta que la gente, normalmente, está en la parte de la fachada, no en la de la parte de atrás, je, je.

Bueno, nos fuimos para adelante a ver la fachada de la basílica y poder entrar en ella. La iglesia posee varios nombres, además del sabido, también se le llama como basílica de Santa María della Neve y basílica Liberiana. Liberiana porque la mandó construir el papa Liberio debido a una visión que tuvo cuando la Virgen María le dijo que construyera la iglesia en un lugar nevado. Al ser agosto era difícil que nevara, pero el 5 de ese mes cayó una nevada donde ahora está la basílica. Esto ocurrió en el año 358 (con lo que no lo pude constatar el dato con ningún abuelo del lugar, todos habían ya fallecido, una lástima) De aquí el nombre de Santa María de las Nieves. Todos los años se conmemora el milagro lanzando pétalos blancos desde la bóveda. Esta basílica es la más grande que se dedica al culto de la Virgen María en Roma.

Desde la plaza de entrada se puede apreciar como la basílica parece más un palacio que una iglesia. Así lo utilizaron los papas durante un tiempo después de su llegada desde Avignon. Su interior es típico, tres naves separadas unas de otras con grandes columnas. En la nave central se puede contemplar su techo pagado por los Reyes Católicos con el oro del nuevo mundo, es decir, América. Su campanario es el más alto de toda Roma. Una curiosidad es que la basílica no es italiana, por unos pactos o tratados forma parte del estado del Vaticano.

Aquí están enterrados dos papas, Pablo V y Sixto V. Este último realizó una de las capillas de la basílica y se llama igual que la de San Pedro, sixtina. También aquí está enterrado Bernini, aunque de una forma mucho más modesta, apenas una losa en el suelo con su nombre.

El “cura” a cargo de la basílica (nombrado por el papa) es el arcipreste español, y casi paisano, Santos Abril y Castelló. Digo “casi paisano” por que es turolense, de Alfambra, y mis antepasados inmediatos son también de la provincia de Teruel.

Después de esta maravilla, tocaba ir a otra de las grandes, San Juan de Letrán. Entre Santa María y San Juan solo debíamos bajar por la calle Merulana que conectan las dos basílicas, pero la puñetera calle tiene más de un kilómetro de largo, así que pillamos un autobús que nos bajó hasta la mismísima puerta de la iglesia.

Abajo, a varios de nosotros (entre ellos alguno de los niños) nos entró ganas de miccionar y había que hacerlo antes de entrar no fuera a ser que ensuciáramos los mármoles de la iglesia. Así nos dirigimos a buscar un lugar donde hacerlo, sin levantar sospechas. Por las cercanías de la puerta principal no había ningún local al que entrar disimuladamente y realizar el acto.

Cerca se encontraba una de las puertas de la ciudad, así que salimos por allí en busca de un bareto en el que colarnos. Na, justo al cruzar el arco había un mercado y en los edificios de allí un bareto en el que depositar el líquido interno. Por supuesto, antes y después de dicha acción, el menda estuvo haciendo unas cuantas foticos al entorno.

De vuelta al grupo, entramos en San Giovanni in Lanterano, otra de las grandes de la iglesia de Roma y todo el mundo católico, y la catedral (oficial) de Roma, ni San Pedro, ni Santa María la Mayor, ni Cristo que los fundo (con perdón). Es esta archibasílica la que hace la función de catedral de la ciudad eterna.

El nombre oficial de la basílica es Archibasílica del Salvador y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista, pero podemos llamarla San Juan de Letrán. Más fácil, ¿no?

Cuando pasas te encuentras en un museo, en un paraíso del arte. La basílica es tremenda, es maravillosa. Te sitúas en la nave central y observas las doce estatuas de los doce apóstoles con el baldaquino y el altar al fondo. En la iglesia pusieron las manos Borromini, Rusconi o de la Porta, aunque casi todos los grandes participaron en la construcción de la misma. Los dos primeros fueron los responsables de la mayoría de los apóstoles.

Todo el mundo visita San Pedro (que la merece), pero a la hora que fuimos a ver la iglesia apenas encontramos gente y creo que esta basílica merece tanto o más que San Pedro. Por lo menos es lo que a mi me parece. Yo me quedé boquiabierto al ver la iglesia y eso que no vimos prácticamente nada de la misma. En los edificios colindantes se encuentran un baptisterio octogonal que dicen que es digno de ver y en el palacio lateranense se encuentran la escalera santa, la que dicen que había en el palacio de Poncio Pilato y que subió Jesucristo. No se puede subir de pie, solo se puede ascender de rodillas u arrastras. También nos perdimos el claustro. Vamos que si nos damos cuenta no hubiésemos visto ni la basílica.

Salimos de la misma por la puerta lateral que hay en el crucero derecho. Sales a la plaza donde se encuentra el obelisco más alto de Roma, con el palacio latereranense a la derecha. Poco a poco nos fuimos reuniendo en la plaza de San Giovanni, y todos íbamos saliendo con las tripas cantando. Por lo tanto, llegó la hora de jalar. Justo enfrente del obelisco, al principio de la via Merulana, a la derecha conforme andábamos, se encuentra una de las pizzerías más buenas en las que comimos, la pizzeria Merulana (original nombre). No comimos nada más especial que otros días, pero todo estaba muy bueno y el ambiente era bastante cálido y confortable, además los precios fueron de lo más normal, conforme a lo que comimos. Vamos que recomiendo el lugar para todo aquel que visite la ciudad.

Llegado este momento volvimos a coger carretera y manta, en este caso, calle y chal. Nos dirigimos hacia la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalem que apenas se encontraba a un kilómetro del restaurante. Lo que no recuerdo es si pillamos autobús, a pesar de la corta distancia, o fuimos un rato andando y otro caminando. El caso es que cuando llegamos a la iglesia que mandó construir Helena, madre de Constantino, para conservar las reliquias que trajo de Tierra Santa, nos la encontramos cerrada, a pesar que no era una hora muy extravagante.

La iglesia, como ya he dicho, fue realizada para contener las reliquias que se trajo Santa Helena de Jerusalem. Esta era tan devota, o tan chiflada, que se trajo tierra para construir la iglesia sobre la misma. Dicen que contiene varios trozos de la Cruz, parte de la inscripción INRI, dos espinas de la corona, un clavo de la Cruz y un dedo de Santo Tomás. Pero todavía está por ver si todas la reliquias son verdaderas (oficialmente hablando). Creo que va siendo hora de comprobarlo, después de haber pasado casi 2000 años desde que las trajo la santa.

Sin perder más tiempo nos montamos en el tranvía y nos fuimos hasta San Lorenzo Extramuros, otra de las siete iglesias principales de peregrinación de Roma. Solo nos quedaría San Pablo Extramuros y San Esteban. Esta última no la veríamos, dijimos de dejarla para otro viaje. Y San Pablo si la veríamos, pero un par de días después.

Eran poco más de las seis de la tarde, pero el cansancio empezaba a salirnos por los poros, cuando empezamos a ver la iglesia, esta si estaba abierta, dedicada a San Lorenzo, que murió de una forma muy “curiosa”, fue asado a fuego latente (osea, a la brasa). El que lo hizo era un verdadero bárbaro.

La iglesia es la unión de dos, una del siglo 4, la original dedicada al santo, y otra del siglo 7. Pero fue en el siglo 13 cuando se unieron las dos al tirar sus ábsides. Está dispuesta en dos alturas, la vieja es la parte alta y la nueva es la baja. El altar se encuentra encima de la cripta y en la parte alta. La iglesia no es un lechado de ornamentación, pero es original eso de tener dos alturas, y las columnas que separan las naves, sobre todo en la parte vieja, son preciosas.

Después de esto ya nos quedaba poco que ver en el día de hoy. Volvimos a pillar un bus que nos dejó al lado de la basílica de San Clemente, a la cual llegamos tarde y estaba cerrada, solo pudimos pasar a un pequeño claustro que es la antesala de la basílica. La iglesia dedicada a este santo-mártir apenas se ve desde fuera, pues esta metida unos metros hacia abajo y por fuera pasa desapercibida ya que su majestuosidad está en su interior, dicen, ya que no pasamos. Si no sabes que está ahí pasas de largo sin darte cuenta.

A partir de aquí fue el único momento que paseamos largo y tendido en todo el día, fuimos desde la basílica de San Clemente hasta la Piazza Venezia, pasando al lado del coliseo y subiendo por la vía de los Foros Imperiales.

Salimos de la basílica por la vía de San Giovanni in Lanterano hacia el coliseo. Al llegar al final de la calle, o principio, según se mire, vemos unas ruinas, es el Ludus Magnus, el mayor gimnasio de gladiadores de Roma, construido por el emperador Domiciano en el siglo I. Estaba comunicado mediante túneles con el Coliseo y tenía su pequeño anfiteatro donde se entrenaban los gladiadores.

Rodeamos el Coliseo por la derecha, según nuestra dirección, y pasamos a la acera de la derecha de la vía de los Foros Imperiales para llegar a ellos más directamente. Los foros están compuestos por varios foros dedicados a otros tantos emperadores y están partidos por la vía de los Foros Imperiales que fue construida por el puto Musolini para poder realizar desfiles militares y así resaltar su ego por encima del ego de los antiguos emperadores.

Los foros dedicados a Nerva, Augusto y Trajano están a la derecha, según vas a Venezia, y el de Vespasiano y el más conocido, al que se llama romano, están a la izquierda. Este último lo íbamos a visitar al día siguiente.

Algunos dirían que solo son piedras tiradas en el suelo colocadas con cierto orden, y en parte pueden tener razón, pero si usas un poco la imaginación y terminas las construcciones con la mente puedes llegar a ver lo majestuosos que debieron ser estos centros de vida política y económica de Roma. Sobre todo el Foro Trajano, con el mercado semicircular y la tremenda columna Trajana, con su espiral grabada con 2600 figuras que cuenta la historia de las campañas militares contra los dacios, tiene una altura de 30 metros y está coronada con una figura de San Pedro, aunque originalmente había una de Trajano. En su base se guardaron los restos del emperador, una vez muerto, claro.

Ya llegaba a su fin este día y solo quedaba cenar e ir a acostarnos. No me acuerdo donde cenamos, pero teniendo en cuenta el sitio en el que estábamos yo diría que acabamos en el Pizzarito que hay cerca de la plaza de Venecia. En la cena acordamos que al día siguiente íbamos a ir solo Juanpe, Encarna, Toñi y yo al Foro Romano, ya que mis cuñados y mi sobrina lo vieron en la anterior visita que hicieron a la ciudad y mis críos estaban ya un poco hartos de tanta piedra y tanto paseo, así que descansarían esa mañana y nosotros podríamos ver las ruinas con tranquilidad absoluta. Todos ganábamos.

Cenados, cogimos el bus de vuelta al apartamento. Ducha, dientes y a la cama a sobar. Mañana sería otro día, otro día largo.

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Mañana del tercer día en Italia.

Levantar a nueve personas todos los días cuesta un poco, sobre todo, los críos que no tienen mucha gana de salir. Han encontrado el ordenador con internet de la casa y prefieren estar delante de la pantalla que salir y conocer Roma. Supongo que cambiarán sus prioridades más adelante, cuando sean más mayores.

Una vez que estamos arregladillos nos  vamos a recorrer la ciudad. Hoy nos vamos a rezar, digo a ver el Vaticano. Hemos tenido que madrugar más de la cuenta, ya que teníamos una hora específica para entrar a los Museos Vaticanos. A las nueve de la mañana, para evitar colas y también terminar más pronto para ver más de la pequeña ciudad del Vaticano, o de lo que te dejan ver, claro.

Con lo que sobre las ocho de la mañana salimos de la casa en dirección a los museos. El único que se ha quedado en el apartamento ha sido Peter, no le apetecía ver nada de arte. Luego quedaríamos con él a la salida del museo. Teníamos dos kilómetros hasta llegar a la puerta, que está situada en la parte de atrás del Vaticano, por lo menos desde donde nosotros salíamos, y lo íbamos a hacer andandico ya que nos pillaba cerca de la casa, además si esperábamos a que llegara un autobús que nos acercara, seguramente tardaríamos más esperándolo que cogiendo el caminico.

Había muy poca cola, pero como llevábamos las entradas pilladas no tuvimos que hacerla, así que pasamos directamente.

Una vez dentro, como en todo gran museo elegimos las zonas claves (para nosotros) y así no darnos el palizón de correr y recorrer todo el museo. No es como el British, o el Louvre, o el MET, pero es bastante grande y hemos de elegir donde y que ver. Principalmente será Grecia, Roma, Egipto y la Capilla Sixtina, el resto lo que nos apetezca.

Sin embargo, se puede decir, que en este museo si quitas la Capilla Sixtina se convierte en un museo, más bien, “pobre”. No quiero desmerecer el valor de que allí hay, pero no hay una colección verdaderamente grande como para destacar o igualar a los grandes museos del mundo.

Como ocurre en todos los lugares, es la iglesia la que más obras de arte tiene, con mayor o menos calidad, empezando por los propios edificios. En este caso, el Vaticano ha logrado, con el paso de los años, ya sea por donación, requisación o comprando, un tremendo patrimonio que ha ido instalando dentro del museo.

Aunque el patrimonio cultural empieza en tiempos inmemoriables, es a partir del siglo XVIII cuando se instaura el museo, llamado Pio-Clementino, en honor a ambos papas que lo instauraron. Después, a lo largo de los años, distintos papas fueron ampliando el museo (Estrusco, Egipcio, etc.)

La Capilla Sixtina, aunque pertenece físicamente a los museos, es anterior a estos. Han sido las distintas ampliaciones las que se fueron tragando distintas estacias del Vaticano, entre ellas la Capilla. Lo curioso es siempre he creido que la Capilla fue pintada por Miguel Ángel, pero resulta que este solo fue el que le dio el último retoque, el último gran toque. La Capilla fue mandada hacer, o más bien reestructurar otra Capilla, la Magna, por el papa Sixto IV (de ahí el nombre), y en total participaron nueve pintores en la realización de los frescos.

Sobre al una de la tarde, unas cuatro horas después de haber entrado, salimos de los museos por la escalera de caracol más fotografiada del mundo.

Ya fuera, volvemos a recorrer el caminico de vuelta, al lado de la muralla de la ciudad. Habíamos quedado con Peter en la columnata de la plaza de San Pedro, en la calle de la Puerta Angélica. A la sombra de los árboles hicimos un poco de tiempo y de paso descansamos. Tuve que comprar una tarjeta de memoria para la cámara ya que se me había agotado las que llevaba y no las había descargado en disco duro. Tonto de mi, me clavaron como a Jesucristo. Ya no me volverá a pasar más, digo yo.

Decidimos comer por allí aunque al ser zona super turística sabíamos que no iba a salir barato, pero la hora ya de comer encima y las pocas ganas de movernos hizo que recorriéramos la zona buscando restaurante. Al final encontramos en la calle Borgo Pio, una calle alejándote del Vaticano y hacia Roma, la Trattoria Al Passetto. No estuvo mal y, al final, no resultó ser muy caro. Como los días anteriores comimos a base pizzas, principalmente.

Por la tarde tocaba ver el Vaticano en si, es decir, la Basílica, su plaza, la cúpula, la cripta, vamos, todo lo que se pudiera ver o nos apeteciera.

La columnata de la plaza de San Pedro fue realizada por Bernini. Son 284 columnas dóricas formadas de cuatro en cuatro, con 88 pilastras y 140 estatuas encimas de ellas. Si te situas en un punto circular que hay en el suelo, entre el obelisco y las dos fuentes veras como las cuatro filas de columnas se convierten solo en una, las primeras no dejan ver las otras. Es curioso el efecto visual.

Estas columnas de la plaza junto a la basílica me parecen unos brazos saliendo del cuerpo (la basílica) con unas manos con forma cóncava para acoger o proteger a las personas que están y andan entre ellas. Parece una perorata banal lo que acabo de decir, pero es lo que mi mente me deja al ver las mismas. Otros dirán que son una tenazas para agarrar a todo el que pase por ahí y no se pueda escapar de las garras de la iglesia. Y otros dirán que son simplemente unas columnas puestas unas detrás de otras con esa forma, porque fue la idea del arquitecto, sin ningún sentido, sin más. Cada uno que piense lo que le de la gana.

La basílica actual está construida encima de la primera iglesia de San Pedro, mandada construir por Constantino y consagrada por el papa Silvestre I en el año 326 Justo 1300 años después fue inaugurada la nueva iglesia, la actual. Para ello, 120 años antes empezó a construirse, y como pasa en estas macroobras son varios constructores o arquitectos los que meten mano a la misma. El papa contemporáneo se la encargó a Bramante, pero  también se metieron Rafael, Peruzzi, Sangallo y Miguel Ángel. A saber quién más estuvo enfrascado en esta inmensa construcción.

La nave central es la más larga de todas las iglesias, 187 metros. Se hizo así para resalta las procesiones u otros ritos que se hacían en el interior. Debido a su longitud la cúpula no es lo primero que se ve, a pesar que se había planeado de tal forma para que la cúpula de Miguel Ángel fuese lo primero en ver por parte de los creyentes.

Atravesamos la tremenda columnata de mármol travertino de  la fachada y en seguida se vio la grandiosidad del lugar. Alta, ancha, larga, muy adornada. También llena de gente curiosa y devota para ver esta magnífica obra de arquitectura.

Lo primero que te encuentras en la nave central es como un metro, una medición en la cual se compara la longitud de la basílica de San Pedro con otras iglesias del mundo. Está claro que es la vaticana la que sale vencedora.

A la derecha se encuentra la famosa Piedad de Bernini, rodeada de una turba de gente deseosa de verla y fotografiarla (entre los que me encuentro) A lo largo de toda la basílica vamos viendo distintas esculturas, pinturas y ornamentos que nos van dejando maravillados.

Evidentemente es imposible no fijarse en el baldaquino de bronce de la iglesia, uno de los valores incalculables que se le da a esta basílica. Justo debajo de la cúpula está el susodicho baldaquino, y el conjunto hace que el espectador se quede boquiabierto, semejante espectáculo de belleza, arte, arquitectura, lo que quieras decir o escribir no llegará a terminar de describir lo magnífico del lugar.

Durante la visita teníamos que estar muy pendientes de los críos, que no se perdieran, pues en este sitio es muy fácil que se te extravíen con el gentío que había. Es más, en cuanto dejaba de tener vigilado a Alejandro, este desaparecía como por arte de magia, aunque luego estaba tan solo a un par de metros de mi, pero con tres o cuatro personas entre el y yo.

Las maravillas artísticas eran contínuas en la basílica, la grandiosidad que tiene, es tremenda. Estatuas por un lado, tumbas por otro, mosáicos por un lado y mármol por otro. No dejas de estar con la boca abierta, y eso que no entiendo de arte, que si no…

Una hora después salíamos maravillados, extasiados, anonadados. Bueno, no tanto, pero si salimos bastante llenos de belleza y arte.

Todavía no habíamos acabado con el Vaticano. Quedaba subir a lo más alto de la más alta torre, bueno subir a lo alto de la cúpula. Llegado este momento algunas se rajaron, no querían rememorar la larga escalinata que hay subir para llegar al arriba del todo, sobre todo, una vez que dejas el ascensor, cuando la pared se empieza a inclinar y se hace incómodo seguir, incluso mareante. Eso es lo que decían ellas (todas las que se rajaron eran mujeres), que tuvieron una mala experiencia la anterior ocasión que estuvieron en Roma.

Ahora bien, hubo cinco valientes que no nos amedrentaba nada, ni siquiera los chorrocientos escalones que habían hasta llegar arriba. Por ello decidimos quitarnos bastantes subiendo gran parte de la ascensión en ascensor, aunque costara unos eurillos más.

Nos pusimos en la cola pertinente donde estuvimos el rato pertinente. La subida en ascensor fue excitante, sobre todo, desde que se cerraron las puertas hasta que se abrieron. Dicen que tienes la misma sensación en todos los ascensores, la de estar encerrados.

Una vez soltada la tontería, sigamos con la historia. Cuando sales del ascensor llegas a lo que sería el tejado de la basílica. Subes unas pequeñas escaleras y entras a un pasillo que rodea toda la cúpula, en su parte interior, y que esta cerrado con una malla metálica por la cual no cabe ni una bola de papel y así evitar la tentación de lanzar algo a los que están viendo la basílica abajo, y ni que decir tiene que tampoco puede suicidarse nadie, claro.

Aquí se puede apreciar el mosaico del interior de la dome, realizado por un tal Cavaliere d’Alpino. Los que tenemos un poco de vértigo nos produce una sensación de mareo observarlos con  la caída que tiene. Menos mal que está vallada y no hay peligro sino me hubiese resultado un tanto complicado pasar por ese pasillo.

Saliendo del interior de la cúpula, enlazas con otra escalera, esta está entre la cara interna de la dome y la externa, es unidireccional y forma una gran escalera de caracol. Lo incómodo es cuando vas acercándote al punto más alto, el techo se va inclinando y te va haciendo más difícil la subida, incluso, para ciertas personas le puede suponer claustrofóbico. El tramo final, cuando entras en la linterna final, se hace más plácido pues te encuentras en una escalera normal y no estás tan agobiado.

Arriba, no eres el rey del mundo, pero estás en un punto en el que dominas, con la vista, mucho terreno y eso te hace sentir bien. Tienes la misma sensación que cuando subes una montaña o como cuando estuvimos en lo alto del Empire State Building. La sensación de vértigo me desapareció (no se porqué) y lo único que quieres es dar vueltas al pasillo estrecho, aunque tenga que pasar por encima de la gente que se encuentra allí contigo. También tienes que estar pendiente de los niños (que si quiesieron subir), no vayan a hacer alguna tontuna mientra que estamos allí arriba.

Desde empiezas a reconocer los lugares por los que has pasado. Buscas el apartamento (no lo encuentras), ves distintas cúpulas de otras iglesias, el castillo de Sant’Angelo, etc.

Ya era hora de volver con los demás que nos esperaban al pie del obelisco de la plaza. Cuando estábamos ya abajo y salíamos del edificio, vimos por primera vez un guardia de la guardia suiza. No se movía, estaba todo tieso viendo como salía la gente y nadie se pasaba de listo.

Eran las 6’30. Geli, Toñi nos esperaban donde habíamos quedado. Ellas se habían dado un premio en forma de helado mientras que estábamos arriba. Ya habíamos acabado con lo que nos tocaba por ver en el día y ahora teníamos tiempo libre.

Llamamos a Peter y a Ángela para que se reunieran con nosotros en el Coliseo. Es el lugar preferido de Peter. Nosotros, paseando, nos acercamos a una parada de autobús al otro lado del Tíver, en la calle de Vittorio Emanuel II.

Cuando llegamos aquello parecía el mercado de los sábados en la hora punta. ¡Qué gentío! Nos juntamos los que íbamos a pasear o ver el monumento con los que salían del foro romano y del coliseum. Aquello era un ir y venir de gente.

La zona es totalmente peatonal (como tiene que ser) y guarda un suelo totalmente irregular de grandes piedras que son un suplicio para quien vaya con tacones o sandalias finas. Se habrán dado muchas torceduras de tobillo. Pero este suelo va con el entorno y no un suelo moderno.

El coliseum es espectacular, tal vez estaba (y está) un tanto abandonado, o por lo menos no lo cuidado que debería estar una construcción del tamaño e historia como esta. De el ya hablaré en otro momento.

Junto al coliseum está el arco de Constantino, uno de los más importantes de la ciudad, junto al de Tito y el de Septimio Severo. El de Constantino es un arco hecho a retales. Estatuas, frisos, y otros ornamentos fueron cogidos de otros monumentos. El profano como yo, no se da cuenta. Solo cuando se lo lee, o se lo dice un experto en arte es cuando cae del burro y comprende que no es para tanto. Aun así, para mi, es digno de admirar y de ver.

Le fuimos dando la vuelta al coliseum, viendo y haciendo fotos del mismo. Poco a poco iba anocheciendo y nos íbamos cansando, además de ir teniendo gazuza. Llegaba la hora de la cena, y después de pasar bastante tiempo sin catar bocado, era la hora de tomar algo.

Con las mismas nos fuimos para cenar al Pizzarito que hay cerca de la tarta, de la plaza Venecia. No recuerdo si cogimos el autobús o nos fuimos andando. La plaza del coliseum está muy cerca, pero ya a estas horas las piernas responden solo en automático. En fin, no importa, llegamos al restaurante donde nos atizamos unas cervezoides con su correspondiente pizza. Y de allí, nos acercamos al Largo Argentina a pillar el bus y “pa” casa a sobar que ya iba siendo hora.

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Pinchando sobre las fotos podeis verlas más grandes.

Un día de verano como otro cualquiera, se me ocurrió salir a hacer fotos a mi Cuenca natal. La única diferencia con las anteriores ocasiones es que me levanté tempranísimo (ya ni me acuerdo de la hora que fue). Eso si, lo que empezó con una salida fotográfica acabó siendo un salida corta de senderismo.

Empecé la noche colocándome más o menos enfrente de la iglesia de San Miguel, en la hoz del Jucar, a media altura de la montaña, en la subida a la ermita de San Julián, patrón de mi ciudad.

Desde allí y con distinto objetivos empezó la serie de fotografías, a San Miguel y la catedral…

… un plano general del barrio de San Miguel, San Nicolas, la subida a las Angustias y el paseo de Camilo José Cela…

… la misma zona cuando estaba amaneciendo, con un pequeño y modestíiisimo painting, o iluminación del árbol de al lado,…

Poco a poco, la mañana y la luz fue asomando por detrás de la ciudad con lo que fue más complicado sacar un cielo en condiciones, no quemarlo.

Llegando esta hora, empecé a moverme hacia la ermita de San Julián. Por el camino se iban viendo escenas distintas de la ciudad. Abajo se ve un plano general de la parte que va desde el seminario (derecha) a la catedral (apenas se ve) con el barrio de San Miguel delante,…

…, la ermita de la Virgen de las Angustias (debajo) con la iglesia octogonal de San Pedro (arriba),…

… otro plano que va desde San Nicolás (izquierda), el cubo de la catedral (centro) y San Miguel (derecha) con su barrio detrás. Tal vez pongo muchas fotos de esta zona, pero es que no me canso de verla. Es uno de los barrios más bonitos de la parte vieja y por lo tanto de toda la ciudad.

Llegamos a la zona más alta de Cuenca, el barrio del castillo (o lo que queda de él). Aquí están las casas que dan a la hoz con la iglesia de San Pedro detrás.

Justo enfrente de la iglesia hay alguien escondindo tras los árboles que está observando siempre.

La puerta de entrada a Cuenca por arriba, junto al edificio que fue sede de la “Santa Inquisición” y que ahora es el Archivo Municipal (derecha), y las últimas casas de la ciudad y que conforman parte del barrio del castillo (izquierda)

Última vista general de la ciudad. De izquierda a derecha, el Archivo Municipal, el Sagrado Corazón de Jesús (arriba en el monte), San Pedro, las Angustias (debajo), el cubo de la catedral, San Nicolás, San Miguel y el Seminario.

Desde este punto no hice ninguna foto meritoria (normalmente, no hago nunca ninguna, je, je, je) hasta la llegada a la ermita de San Julián. Punto de peregrinación de los conquenses para venerar a nuestro antiguo obispo. En la foto se ve (enrejada) la gruta en la cual San Julián iba a retirarse a hacer ejercicios espirituales y también cestas de mimbre que después repartía entre los pobres.

Al lado de la gruta está la pequeña ermita que se construyó después de la guerra civil. La anterior fue destruida en la misma.

Ya de vuelta y con unas ganas tremendas de tomarme algo fresco (no me llevé nada pues no era mi pretensión llegar hasta aquí) seguí haciendo fotos, a los mismos paisajes, pero con algo más de luz. Separado por muy pocos metros del barrio del castillo se encuentra el coqueto y modesto cementerio de San Isidro. Aquí fue donde José Luis Coll quiso que le enterraran, pero que el Obispado no permitió que así sucediera.

De nuevo le hice fotos a la iglesia de San Pedro.

Y por último, justo ya cerca de donde dejé el coche, se encuentra una de las casas más curiosas de la ciudad. Está torcida, no lo está, es rara su construcción, las ventanas están a plomo, derechas, pero el resto de la casa no lo parece. Me gustaría verla por dentro, pero no puede ser.

Esto ha sido todo. Espero que os haga gustado lo que os he enseñado de mi ciudad.

Hasta pronto.

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