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Posts Tagged ‘Suciedad’

Último día.

The last day.

Todavía nos quedan 24 horas en San Francisco y, por lo tanto, en USA, pero esto está llegando a su fin.

Hacemos un pequeño, pero que muy pequeño esfuerzo y nos levantamos de la cama. Nos acicalamos y partimos en el circo-bus hacia el centro, aunque el circo más bien es por la noche y no por la mañana. La mujer barbuda y el bombero torero siguen durmiendo a estas horas.

Vamos a desayunar al bar Norcini, donde ya desayunamos hace un par de días. Para eso pasamos otra vez por la zona más sucia y apestosa de la ciudad. Es solo un momento pero que mal huele y que sucio. Definitivamente en San Francisco no tienen servicio de limpieza. Lo mal que lo tiene que pasar la gente que solo pasa por allí de largo, pero ¿es que los dueños de los locales no notan el hedor, ni ven la mierda en la puerta de sus comercios? Allá ellos, nosotros lo hemos sufrido dos días, ellos lo sufren todos los días.

Desayunamos de puta madre y salimos a una calle en la que se concentran varias compañías de alquiler de coches. No nos habíamos dado cuenta de que hoy era domingo, un día muy malo para lograr alquilar un coche, si no lo llevas reservado de antemano. Probamos en Budget y nada, no tiene ninguno. Tampoco en Avis, pero aquí nos mandan al hotel Nikko donde está la compañía Enterprise y donde, tal vez, les quede algún coche.

El hotel está a unos metros, así que vamos para allá y tenemos suerte, conseguimos coche, un Mazda 6. Lo queríamos grande para así poder llevar las maletas cuando al día siguiente fuéramos al aeropuerto.

Cogí el coche y nos preparamos para ir por las calles onduladas y empinadas de San Francisco. Eso si, lo primero que sucede cuando arranco el coche es que se oye la palabra “cuidado”, palabra que íbamos a oír durante casi todo el trayecto que haríamos ese día. Pero no se pronunciaba porque condujera mal, sino para que estuviera más atento al tráfico y por los nervios que llevaba Toñi ante lo que pudiera pasar con un coche desconocido y una ciudad nueva. Yo, en cambio, estaba deseando meterme entre los coches y montar por la montaña rusa que son estas calles de San Francisco. Al poco tiempo de estar metidos en el coche, nos encontramos con las primeras cuestas. No había tráfico, pero los ocupantes pensaron, porque piensan aunque parezca lo contrario, que sería mejor mantener una distancia considerable con el de delante para evitar que nos quedásemos colgados, como un chorizo, en una de las cuestas.

Pues fue decirlo y quedarnos colgados. La calle Taylor empezó a empinarse demasiado y en la esquina con California hay un stop. Pues a pesar de dejar el suficiente espacio con el coche de delante, este tuvo que esperar un tiempo en el stop para poder salir lo que hizo que llegáramos a su altura y nos quedásemos colgados. Nunca había estado tan inclinado, ni mirando hacia arriba ni hacia abajo. En el interior del coche se oyen frases como “¡que nos vamos para abajo!”, “¡pisa el freno y no lo sueltes, por lo que más quieras!”, “Santa María, madre de Dios, llena eres de gracia,…” Y yo para mis adentros, sorprendido por la inclinación (en Murcia, ni en otros sitios que haya estado no hay cuestas semejantes), pensando como actuaré, o mejor dicho, como actuará el coche teniendo en cuenta que nunca he manejado uno automático, salvo en este viaje.

Llegado el momento, suelto el freno, piso el acelerador, tal vez en demasía, y salimos chirriando ruedas para que seis metros más arriba tengamos que parar, otra vez, en el cruce, aunque ya más metidos en él y, por lo tanto, no tan inclinados.

Cuando arrancamos, ya de forma normal, se oyen suspiros de descanso y frases como “¡Dios mío!, creía que nos íbamos hacia abajo”, o “¡joder, que cuesta!”, o “… Amén”.

Hemos dejado la primera y única dificultad del día y nos dirigimos por Taylor hasta Fisherman. Allí torcemos a la izquierda y nos dirigimos como si fuéramos al Palace of Fine Arts. Pasado este, nos salimos del camino que lleva al puente para ir a Fort Point, el punto desde donde parte el Golden Gate.

Bastante antes de llegar ya vemos que no vamos a poder de disfrutar, en su plenitud, del puente, ya que la niebla lo tapaba desde su plataforma hacia arriba. De todos modos llegamos con el coche hasta donde nos dejan (a unos 800 metros de Fort Point). Nada más bajar nos hacemos una foto en grupo con el puente de fondo, pero desistimos de acercarnos más porque con la niebla no vamos a ver nada más que las “patas” del puente.

Montamos en el coche y nos disponemos a cruzar el puente colgante más famoso del mundo. Millones de veces fotografiado y filmado. Hoy lo íbamos a cruzar dos veces. Pasamos las cabinas de peaje que hoy no funcionan y empezamos a cruzar el puente. Vamos despacio por dos razones, una porque desconocemos como van los californianos y su forma de conducir, y siempre es mejor prevenir que curar; y la otra razón es turística, al ir despacio podemos contemplar, incluso yo, del mastodonte.

Una vez pasado el Golden Gate toca estar atento a la señalización. A los pocos kilómetros esta la salida al parque de secuoyas de Muir Woods.

Muir Woods National Monument es un parque pequeño de secuoyas que pueden llegar a ser milenarias y miden casi 80 metros de altura. Aún así, a pesar de su “grandeza” son relativamente jóvenes. El parque tiene varios senderos pero hay uno que es para tontos, como aquél que dice. Es cortico, ancho y está vallado, si te pierdes puedes considerarte el senderista más inútil del mundo.

El tiempo que pasamos allí nos lo tomamos como lo que es, un paseo para disfrutar del monte y los tremendos árboles, y un descanso de tanto edificio que hemos visto y visitado en los 13 días anteriores.

Voy haciendo fotos por todos los sitios, sin embargo, no me gusta el resultado de las mismas.

Una hora más tarde salimos del parque y cuando vamos al parking a coger el coche vemos que una de la ruedas ha perdido aire pero no lo suficiente para que tengamos que cambiarla. De camino a Sausalito paramos en una gasolinera y le echamos aire. Continuamos el viaje y en los cinco kilómetros escasos que nos quedaban para llegar, Encanni se duerme como una marmota y se despierta ya en las calles de Sausalito.

Sausalito es un pueblo residencial y de vacaciones, y no tiene mayor encanto que el de estar situado en la bahía, justo enfrente de San Francisco, y ser un lugar de recreo y de paseo. Los turistas acceden a Sausalito en transbordador o bicicleta en su mayoría, y los más vagos en coche, como nosotros.

Buscamos aparcamiento y vamos pensando en encontrar restaurante. Al ser un sitio turístico y estar en la hora de comer, sólo queda aparcamiento libre pagando, pero que justamente encontramos enfrente del restaurante donde vamos a comer, The Spinaker. Un buen restaurante situado, prácticamente, encima del agua, con unas vistas increíbles al skyline de San Francisco y a la bahía. No se si hubiésemos podido comer en otro sitio más idílico.

Nos hacen esperar una media hora hasta que se despeja una mesa que está situada, que suerte, junto al ventanal enorme que mira a San Francisco.

Habíamos oído que una de las cosas típicas para comer en Sausalito eran las ostras. Como todavía no las había probado, yo iba a pedirlas, pero justo en la mesa de al lado había una pareja española que nos desaconsejó que las tomáramos, que no estaban tan buenas, así que me quedé con las ganas de probarlas. En cambio nos tocó un camarero muy simpático, viejo, pero muy simpático.

Al acabar nos fuimos a pasear la comida por un paseo marítimo que estaba atestado de gente. En este paseo estaba el dique de los trasbordadores que se comunica con San Francisco. Una vez que pasas este y la zona de tiendas de cosas para el turista, empieza una zona de casas, o más bien mansiones, que tienen una situación privilegiada, pero que debido al terreno suelen estar a unos veinte o treinta metros por encima de la calle. Los dueños dejan el coche en la calle o garaje que está al nivel de ella y después tienen que subir unas tremendas escalinatas, a menos que tengan un ascensor en el interior de la roca para acceder a la vivienda.

Durante el día y lo que llevábamos de tarde se había disipando la niebla con lo que era el momento ideal para poder ver y disfrutar de la joya de la corona de San Francisco, el Golden Gate.

Pero antes de coger el coche, volvemos a compar cositas, las últimas compras en Estados Unidos. Por el camino de ida al puente paramos a comprar la cena en un supermercado. Era muy pronto pero hoy nos íbamos a acostar más temprano de lo habitual y no íbamos a parar en la ciudad a comprar comida, así que aprovechamos allí para hacer la compra.

Llegamos a East Fort Baker, un fuerte igualito al Fort Point del otro lado del puente, que servía para defender el puente del enemigo. ¿Qué enemigo? Estos americanos siempre pensando en que les van a hacer pupita.

Allí, casi debajo del puente, por fin podemos disfrutar de esta maravilla. Nos hacemos unas cuantas fotos y pasamos un poco de frío debido al aire que hace siempre en la zona.

El Golden Gate es una maravilla arquitectónica, mide más de dos kilómetros y medio, exactamente 2740 metros, de punta a punta, y 1280 metros de torre a torre. Fue el más grande del mundo hasta que en 1964 se construyó el puente Verrazano de Nueva York. Además las torres miden 228 metros de altura. Cada cable que sujeta el puente mide casi un metro de diámetro y está formado por 27572 alambres. Unidos uno tras otro darían tres vueltas a la tierra. La zona entre las torres puede balancearse hasta unos nueve metros en caso de vendaval o terremoto. Costó 35 millones de dólares y durante su construcción murieron sólo once trabajadores. En cambio, es un lugar “idóneo”, debido a sus 64 metros de altura que tiene su plataforma en su parte central, para el que quiera suicidarse. Más de 1000 hasta el momento. En el centro hay un teléfono conectado al teléfono de la esperanza por si alguien decide pedir ayuda antes de perder la vida.

Para mi es fabuloso, lo largo y grande que es (no he visto el de Verrazano), el lugar en el que está. No se. Color, forma, visión subjetiva, no se lo que será, pero para mi no hay otro puente igual. En Lisboa hay otro muy parecido en todo, pero no es lo mismo. Tal vez sea que estoy sugestionado hacia el de San Francisco. Lo dicho, estoy fascinado por este puente y cada vez que veo una foto de él, lo estoy más aún. A las chicas, sin embargo, les gustó más el de Brooklyn, les parece más romántico, onírico, bonito,…, y la verdad es tiene eso y más, pero si me dieran a elegir me quedo con el de San Francisco. En cambio, Juanpe no se pronuncia para no crear controversia.

Nos movemos de East Fort Baker antes de lo que nos hubiera gustado, el viento llega a ser molesto y tras la experiencia de la parada del tranvía, preferimos movernos y salir de allí.

Lo que no sabían es que continuaríamos por los alrededores. Los tres se creían que esto se había acabado y que nos volveríamos a San Francisco y a la casa. Pues no.

  • Pero, ¿a dónde vamos ahora?
  • A un sitio que os va a gustar.
  • Y no nos puedes decir a dónde nos llevas.
  • No. ¡Sorpresa!
  • Pero, ¿es en San Francisco?
  • No, no, está aquí cerca, no hay que cruzar el puente.
  • A ver por donde nos llevas, no nos vayamos a perder.
  • Je, je, je.

Simplemente nos dirigíamos al otro costado del puente. En la zona de la península de Marin, pasando por debajo de la autopista 101, tomando la Conzelman Road recorrimos unos cientos de metros, tal vez un kilómetro, y torcemos por un camino a la izquierda. Mientras recorríamos todo esto con el coche, las chicas, sobre todo, seguían con su murga:

  • Antonio, ¿dónde nos llevas?
  • Anda, da la vuelta y vámonos a casa, no nos vayamos a perder.
  • Que no conoces esto.
  • Dejarlo a él – dijo Juanpe.
  • Bueno, bueno, tú sabrás lo que haces.

Al torcer por el camino a la izquierda, este se empieza a empinar, teníamos que llegar al otro lado de la colina. Al par de minutos estábamos arriba.

¡Ah, amigo! Eso es lo que exclamaron con tal que aparecimos en la intersección con otro camino y desde el cual se veía toda la bahía de San Francisco con el puente en primer plano. Todos estábamos con la boca abierta de la preciosidad del panorama que teníamos delante de los ojos. De todas formas, torcimos a la derecha en el cruce con lo que nos alejábamos del puente y ascendíamos el monte.

Por los arcenes había mucha gente parada echándole un vistazo al paisaje.

Un kilómetro más arriba, más o menos, vimos un ensanchamiento en la cuneta y allí aparcamos el coche. Nos abrigamos bien antes de salir, ya que el aire era más fuerte y un poco más fresquito, a pesar que venía de poniente. Yo saqué el trípode para hacer mejor las fotos. La estampa que teníamos enfrente ha servido para muchas escenas de películas, sobre todo, las románticas. Para mi es la imagen, junto a las cuestas, que me llevo de San Francisco, el puente con la ciudad al fondo, como puesta en un marco.

Donde nos colocamos había mucha más gente y mirando hacia abajo, carretera abajo, se veían de vez en cuando pegotes de grupos de personas. Al poco de llegar nosotros llegó un coche, del cual se bajaron sus pasajeros, cada una con sus trípodes y sus Canon, todo preparadito con sus disparadores automáticos, dispuestos a hacer montones de fotos.

Al par de minutos de estar fuera, Juanpe se volvió a meter dentro del coche. Estaba helado. Yo diría que estaba incubando algún resfriado. Le dolía un poco el cuerpo y tenía malestar general. Menos mal que no llegó a nada más. El viento, la verdad, es que se hacía molesto por momentos.

Un ratito después montamos otra vez en el coche y descendimos la colina para acercarnos más al puente. Un par de kilómetros más allá paramos en una explanada que daba a lo que parecía un fuerte o una base pequeñita del defensa del puente. Estaba en ruinas, y, por lo tanto, en desuso. Estas estaban en un promontorio perfecto para defender el puente en caso que alguien lo atacara desde el Pacífico.

Aquí Juanpe dijo que no quería saber nada del puente, que hacía demasiado frío, y se quedó en el coche. Los demás si que bajamos, yo con el trípode, por supuesto. Aquí, al estar más desprotegido, hacía aún más viento, o más bien, se notaba más aun el viento. Al llegar al final del promontorio, la sensación que tenía es que casi se podía tocar el puente con la mano, de lo grande que es, a pesar de estar todavía a unos 500 metros. Hago las últimas fotos del viaje y con el puente como motivo principal. Tengo que echar el ancla al suelo para que el viento no nos lleve a mí y al trípode.

Las chicas, tapadas como el día anterior, aguantan solo dos fotos antes de salir corriendo para el coche. Yo aguanto un poco más viendo el mastodonte maravilloso, o maravilloso mastodonte, lo mismo da, que da lo mismo.

Momentos más tarde, recojo los bártulos y me voy al coche. Ya es hora de volver a casa que mañana nos espera un día muy largo.

Deshicimos el trayecto que habíamos hecho para llegar hasta allí, y cogimos la autopista para cruzar el puente, esta vez sin niebla.

Que precioso que es, ya lo he dicho y puedo pecar de cansino, pero me da igual. Es una maravilla de la construcción que no se lo debería perder nadie, como visitar París o las pirámides de Egipto.

Nada más atravesar la línea de peaje me equivoco de camino y me salgo por la primera salida, en la que pasamos por debajo de Presidio y salimos casi en el Golden Gate Park. A pesar de no ir por el camino que hubiéramos deseado, conducir por San Francisco es muy fácil, como en el resto de USA, prácticamente es todo una cuadrícula y muy sencillo volver a situarte.

Callejeando un poco, al final consigo salir a la calle Lombart, que es donde quería llegar desde un principio. Mis compañeros de fatiga se preguntaban el porque de tanto callejeo, pero cuando les dije que quería bajar la calle más sinuosa del mundo, cambiaron la cara y también querían bajarla.

Pillamos la calle casi desde el punto más al oeste de la misma, lo que hace que hagamos un recorrido de unos cuantos kilómetros, unos seis o siete. Casi todos son llanos, sin embargo, al llegar a Van Ness la calle empieza a empinarse para que al llegar a Polk se convierta casi en una pared. Se nota que cuando llegas a la confluencia con Hyde es cuando has llegado al punto clave.

Mucha gente y bastantes coches, entre ellos el nuestro, deseosos de ver descender la sinuosa calle. Hasta 1922 la calle era recta, pero se hicieron las curvas para cambiar la inclinación, que pasó de 27 a 16 grados.

Bajamos despacito ya que había multitud de vehículos que querían descender. Ya en la calle Leavenworth nos fuimos directamente a casita.

Y en casa, cena, ducha, hacer las maletas y a dormir que al día siguiente tocaba madrugón.

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Temía que nos quedáramos dormidos a pesar del despertador, pero el reloj sonó a las cinco de la mañana y nos levantamos sin problemas. Con sueño debido a la hora tan temprana, pero con buen ánimo. Nos vamos a San Francisco, nuestro último destino del viaje. Hoy nos esperaba un viaje largo, de estancias en aeropuertos y de cambios horarios.

Recogemos las cosas y, antes de salir, volvemos a mirar por encima para comprobar que no nos dejamos nada y salimos del apartamento.

Por las calles apenas hay movimiento y en la frontera no hay nadie. Solo hay una cabina en funcionamiento a esa hora. Supongo que al guardia le habremos servido de despertador. Nos hace las últimas preguntas, menos de las habituales, y pasamos la frontera hacia el aeropuerto. Por fin dejaremos de ver los caretos a los guardias y de pasarlo mal cada vez que la cruzamos.

Dejamos el coche en su aparcamiento y facturamos las maletas con la esperanza de que también esté la maleta perdida y que no nos pierdan ninguna otra. De paso, por si acaso, nosotros hemos dividido la ropa entre las dos maletas y así no encontrarnos en bolas cuando aterricemos en el aeropuerto de San Francisco.

Pasamos a la zona de embarque y allí desayunamos fatal. Mientras llega la hora de embarque pasamos el tiempo hablando, leyendo o paseando por la terminal. No hay vuelo directo desde Buffalo y en su día escogimos un vuelo que hace escala en Atlanta y no en Chicago o en Cleveland. Lo escogimos porque, aunque había que madrugar, era el que más temprano llegaba a San Francisco, las cuatro y pico, horario de la costa oeste. Los vuelos que iban por el norte salían más tarde, pero llegaban mucho más tarde, y además estábamos más horas en el aeropuerto de trasbordo lo que significaba más horas para llegar a la ciudad dorada.

El vuelo a Atlanta se hizo de lo más normal, pero al llegar al mismo, me quedé sorprendido por la dimensión del aeropuerto. Tenía siete u ocho terminales, todas en línea recta y estaban unidas unas con las otras con un tren eléctrico subterráneo. Cuando subimos a la zona de espera la vista se pierde en la lejanía de lo tremendo que es. Buscamos nuestro sitio y a través de las ventanas se podía ver que el aeropuerto tiene, como mínimo, tres pistas de aterrizaje y despegue, dos en paralelo y otra cruzada en perpendicular con estas. Era curioso como los aviones aterrizaban y despegaban de dos en dos.

Mientras dos se quedan cuidando de las cosas, los otros dos se van en busca de comida y luego al revés. Como en los aeropuertos no suelen haber restaurantes más o menos buenos y apenas teníamos una par de horas para comer, buscamos algo “decente” para meternos en el estómago. Yo comí una hamburguesa (como no) con bacon y chili, muy buena, pero picante, chorretosa y grasienta en demasía. Los demás tomaron algo menos seboso y con menos colesterol que lo mío, es decir, más verde y menos carne. Estos verduleros, digo vegetarianos.

Estábamos comiendo cuando vimos a través de los ventanales como traían las maletas correspondientes a nuestro vuelo. Los cuatro nos pusimos atentos para ver si veíamos la maleta de Encarna. Vimos como metían las nuestras y una grande y rosa, sin embargo la pequeña no la vimos. Pero, de todos modos, cuando las metían vimos varias del mismo tono y pensamos que podían haber metido la maleta sin darnos cuenta, o como no venían en nuestro primer vuelo, pensamos que, tal vez, ya la habían metido en otro momento en la bodega del avión.

A las tres de la tarde salimos de Atlanta. Lo que veíamos desde la terminal lo comprobé desde el avión, al mismo tiempo que salíamos nosotros salía otro avión a unos 400 metros de distancia en paralelo. Los dos llevábamos la misma velocidad y levantamos el vuelo a la vez, a pesar de que el otro avión era más pequeño y ligero que el nuestro.

El vuelo se nos hizo muy ameno, debido a que iba una azafata hispana muy graciosa, cada vez que pasaba por nuestro lado nos gastaba una broma y nos hacía reír un rato. También nos puso mote a los dos hombres. A mi llamó “pancita”, ¿porqué será? y a Juanpe, “dormilón” ya que se tiró la primera parte del viaje sobao.

Tras cuatro horas y pico de vuelo nos disponemos a tomar tierra en SF y comienza a descender. Dejamos de ver tierra y vemos solamente agua. Como todos ustedes saben muy bien, SF está situada en una península que cierra una bahía, y el aeropuerto está situado justo al sur de la ciudad y pegado a la costa del entrante de agua. Pues bien, conforme descendemos se va acercando más y más, más y más, más y más el avión al agua. Parece que no va a llegar nunca la tierra. Da la sensación que vamos a amerizar en lugar de aterrizar. Justo cuando prácticamente íbamos a tocar el agua aparece la pista de aterrizaje y apenas unos segundos después se posan las ruedas del avión tranquilizando a mi corazón. Estaba claro que no había ningún problema, por que sino nos habían hecho tomar unas medidas de aterrizaje de emergencia, pero conforme descendíamos parecía, tal cual, un amerizaje más que un aterrizaje.

Cuando vamos a por nuestras maletas con la esperanza de que encontraríamos la maleta perdida, resulta que nos encontramos con la misma historia de Buffalo. La maleta no apareció. Entre enfadados y desilusionados nos acercamos a la oficina de Delta para que nos vuelvan a decir lo mismo que dos días atrás, que no saben donde anda la maletica. Esta vez conseguimos que nos dieran un código para saber como estaba la situación de la maleta a través de la página web de Delta, lo cual era un avance, ya que no nos obligaba a ir al aeropuerto, y además nos pidieron nuestra dirección en San Francisco para mandarnos la maleta en cuanto apareciera.

Pasó una hora y pico antes de que tomáramos un taxi y nos fuéramos para SF. Durante el camino me tuve que sentar en el asiento de delante, otra vez, pero esta vez fue más fácil entenderse con el conductor. La putada fue que nos enteramos, durante el trayecto a la ciudad y a través de la radio del coche, del accidente aéreo de Madrid. No fue un shock, pero si un susto y un problema, porque a partir de ese momento nuestras familias estarían más preocupadas por el tema de los vuelos y lo primero que teníamos que hacer era tranquilizarlos, así que en cuanto pudimos nos pusimos a llamar por teléfono a todos y que vieran que a nosotros no nos había pasado nada.

El taxista nos deja en el sitio y ahora viene el problema del apartamento. Habíamos quedado con los dueños, bueno dueñas en este caso, que cuando saliéramos del aeropuerto les llamáramos para que estuvieran esperándonos. Lo que pasó es que no llamamos en el momento oportuno y si lo hicimos en cuanto llegamos a la puerta del apartamento. Tuve que luchar con las interferencias, con el idioma, conmigo mismo, para poder entender que el apartamento estaba abierto y que solo teníamos que empujar la puerta y entrar.

Dentro, encima de un aparador, las dueñas nos habían dejado unas pequeñas instrucciones sobre como proceder con el pago del piso. Ellas querían que les metiéramos un sobre con el dinero en el buzón de la puerta de al lado, que era donde, seguramente, ellas vivían. A nosotros no nos cuadró el tema y no se lo dejamos hasta el día siguiente que nos lo volvieron a pedir a través de una nota que nos echaron en el buzón. Nosotros queríamos conocerlas y así poder preguntarles sobre cosas del apartamento, como funcionamiento de electrodomésticos y cosas de esas. Pero no hubo manera de verlas ni de oírlas.

El piso era muy chulo, tipo de los que hay en la ciudad. Constaba de dos plantas, la baja era la nuestra. Está situado en la calle Steiner, 332 y es grande, pero oscuro y con mobiliario viejo. Cuando entras te recibe un olor a viejo, a mi no me causa buena impresión, pero en cambio a Encanni, si. Conforme vamos viéndolo va cambiando mi opinión sobre él. Es alargado, y nada más entrar a mano izquierda está el salón y la cocina. A la derecha estaba el pasillo que acababa en las dos habitaciones y un aseo completo. Tenía garaje, que no utilizamos, y un “jardín” en la parte trasera.

Una vez sorteadas las habitaciones, que, por cierto, las dos tenían cama de matrimonio, y colocar unas cuantas cosas en los armarios salimos con ganas de descubrir la ciudad.

Lo primero que hacemos es buscar una parada de autobús que nos lleve al centro. Gracias a un plano de las líneas de autobuses que nos bajamos de Internet vemos que una de dichas líneas pasa por la calle perpendicular a la nuestra, solo que en la esquina trasera, así que nos vamos hacia allá para pillar el primero que pase. Cuando llegamos a dicha calle, Haight street, el color salta a nuestros ojos, casas, tiendas, bares, todos llenos de mucho colorido. Eso si, también había una cantidad ingente de personajes vestidos de muchas formas distintas y de diferentes culturas o tribus metropolitanas. Dicho paisaje no le gustó lo más mínimo a Toñi, pero eso fue la primera impresión, la segunda siguió siendo la misma.

Cogemos el bus y nos fuimos p’al centro, ya que no teníamos otra cosa mejor que hacer, esa tarde nos íbamos a dedicar a hacer compras, ¡como no!

Bajamos en el cruce de Powell con Market, justo donde se encuentra una caseta que expide los tickets de los tranvías y demás transportes públicos, allí tenemos el primer contacto visual con el típico tranvía de San Francisco y que, por supuesto, nos hacemos las primeras fotos.

Subimos por Powell hacia Union Square buscando las tiendas, sobre todo Macy’s. Conforme va cayendo el día nos damos cuenta que en San Francisco hace más fresco que en la costa este, hace más viento y eso hace que pasemos más frío, con lo que hemos de encontrar alguna tienda para resguardarnos del fresco y del aire.

Visitamos Macy’s (no tiene nada que ver con el de Nueva York), Shepora, H&M, Gap, Zara,… No encontramos nada, ni para hacer regalos, ni para nosotros. Hombre, haber, hay cosas, pero no nos gustan o los precios no nos cuadran, con lo que tenemos las mismas. Al final acabamos en un centro comercial que hay enfrente de la calle Powell, en la calle Market, se llama San Francisco Center. Allí damos una vuelta y terminamos cenando en una pizzería del centro comercial. Cuando estábamos a punto de terminarnos la cena, empezaron a sonar unas sirenas, más bien unos bocinazos. Pensamos que podía ser una alarma de incendios, pero la gente estaba tan tranquila, por lo que nosotros seguimos haciendo lo mismo, sentados en la mesa terminándonos la cena. Al ratillo nos dijeron que la sirena era para que la gente supiera que se iba a cerrar el centro comercial, con lo que cogimos nuestras cosas y nos fuimos a pillar el autobús de vuelta.

Mientras esperamos el autobús, vemos la variada gente que está esperándolo. A Toñi le dan miedo. Y la verdad es que el elenco de personal es de lo más variado. Los hay de color con los típicos pantalones caídos y camisetas de la talla XXXXXL, con joyas por todos los lados; personas con las vestimentas normales, ya sean de color como blanquitos o de otra raza; indigentes con pulseras médicas en sus muñecas; indigentes sin pulseras; negros (sin ofender) vestidos con trajes blancos totalmente pulcros; góticos; jóvenes y viejos; personas que van hablando solas, y no es que mantengan una conversación con el manos libres, no, van hablando solas, es decir, que están un poco p’allá; terminator, perdón, terminator está en la casa del gobernador.

Una vez dentro, volvemos haciendo un rally por San Francisco. Si, lo que leéis, ¡un rally con un autobús! ¡y por una ciudad! La conductora nos lleva a toda velocidad por las calles del escenario de la película de Steve McQueen, “Bullit”, sorteando todos los coches que se le ponen por el camino. Eso sí, lo hace con velocidad, pero con bastante pericia. Ahora comprendía esa voz que nos decía antes de arrancar, después de cada parada, HOLD ON!, HOLD ON! (¡agárrense!, ¡agárrense!). Sino te agarrabas a alguna barra o asiento podías aparecer en el cristal trasero aplastado cual mosquito.

A la velocidad de la luz, como en el Halcón Milenario, llegamos vivitos y coleando a la casa para coger la cama, que encima la íbamos a pillar con ganas después del estrés de la vuelta.

La primera impresión de la ciudad no es buena, debido a la suciedad que hay en el centro de la misma y a la impresión que da ver a tanto indigente por la calle, al contrario que en Nueva York. De todas formas, en los días siguientes pudimos constatar que lo de la suciedad era solamente en la zona de Union Square, cosa que me extrañaría mucho, pues el ayuntamiento no fue capaz de mantener limpia la zona en todos los días que pasamos por allí. En cuanto a los indigentes, la situación fue curiosa. Tu no les molestaban y ellos no te prestaban ni la más mínima atención, ellos podían ir por cualquier sitio siempre y cuando no molestaran a nadie. Como diría aquel: “vive y deja vivir”.

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