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Posts Tagged ‘Times Square’

Sexto día de viaje.

Y otra vez nos levantamos a las siete. Nos arreglamos y nos vamos a desayunar a Times Square, como casi siempre. Terminado el mismo, nos acercamos al centro de información para echar un vistazo a Internet. La verdad que tanto tiempo sin estar delante de un ordenador da un pelín de mono, parece una tontería, pero estas acostumbrado a colocarte delante de la pantalla, casi inconscientemente, que cuando llevas un tiempo sin conectarte, lo echas de menos.

Cada uno mira lo que quiere. Yo le echo un vistazo a mi correo y hay un mensaje del dueño, pidiéndonos que salgamos antes de las 12 de mañana. Le respondo que no hay ningún tipo de problema, que saldremos bastante antes, pues tenemos que estar en el JFK a las 8’30. Además del correo miro el googlemaps y me apunto el itinerario de pasado mañana cuando cojamos el coche de alquiler en el aeropuerto de Buffalo para ir a Niagara.

Terminado todo, nos vamos al metro y ponemos dirección al MET. Salimos en la 86, donde nos damos cuenta que la calle paralela a Central Park East está plagada de chiringuitos de comida rápida. Y nosotros ayer comiendo mostaza y ketchup. Que pena.

Al salir del metro me pasa una cosa que no me suele ocurrir muy a menudo, por no decir que nunca. Me encontré desorientado, no sabía por donde debía ir. Por suerte se pasó pronto, na, apenas unos segundos, y pasados estos seguimos hacia el parque, en dirección al MET, como habíamos decidido el día anterior.

Habíamos salido dos avenidas al este, o como dicen allí “two bocas hacia el east”. Fuimos paseando por una de las zonas VIP de Nueva York, cada portal tiene su toldo que invade la acera con el número en el frontis y, a veces, también el nombre del edificio. Las calles muy limpias y muy poco transitadas, al no haber comercios la gente no necesita ir por esas calles, o van de paso como nosotros, o viven en la zona.

Llegamos a Central Park East y bajamos hasta llegar al museo. En la puerta, mucha gente que iba a entrar. La hora, la verdad es que no era muy temprana, las once de la mañana, madrugar, no habíamos madrugado, para llegar acá. En la acera un saxofonista afroamericano intentando agradar a la gente que pasaba y así hacer que la dieran unos dólares para poder vivir.

Dicen que el MET es el mayor museo de occidente, incluso más que el Louvre o el British. No se si será verdad, solo puedo compararlo con el parisino, pero a mi me parece muy grande.

Entramos por debajo de la columnata y lo primero que pasamos es la zona de seguridad. Nos miran los bolsos, mariconas, etc. A mi me llevan aparte, para abrir la mochila de la cámara. Le echan un vistazo y no encuentran nada raro, pero por motivos de seguridad, durante mi estancia en el museo debo llevar la mochila en el pecho o en la mano.

Nos arrejuntamos otra vez y vamos a las taquillas. Como ya teníamos la experiencia del día de ayer, hoy no nos da tanta vergüenza hacer una donación de cinco dólares por los cuatro. Como entrada nos dan una chapita que tenemos que ir enseñando por cada sala que entramos o cada vez que nos lo pida uno de seguridad o del museo. Es curioso porque el museo no tiene una entrada como la tienen otros. Las taquillas están dentro del edificio puedes ir a una u otra sala, salir de esta y pasar a otra pasando por el hall y las taquillas. Llevando la chapita todo va bien.

El plan para ver el museo pasa principalmente por Grecia, Roma y Egipto, para después ver alguna cosa que nos pille por el camino, es decir, apenas un 10% del museo, si llega.

A mi parece un museo como otro cualquiera de este estilo que tiene cosas imprescindibles de ver, pero que la mayoría es lo mismo que hay en otros museos pero con otro nombre, época y autor. Prefiero otro tipo de museo, como el que vimos ayer, que ves cosas diferentes. Eso si, no se pierde nada con ir a ver estos sitios, porque es cultura y siempre puedes aprender o ver algo nuevo.

Empezamos el tour por la antigua Grecia. Toñi va a alucinando de pieza en pieza, pero es que da gusto ver cascos, monedas, esculturas, mosaicos, cada una más bonita y atrayente que la anterior. Después de unas salas en Grecia pasamos a Roma con más piezas aún, sobre todo, esculturas con sus brazos rotos y todo.

Casi al acabar con Roma, de una de las salas se abría otra exposición, una exposición temporal que no tenía nada que ver con la época. Una exposición de trajes de héroes de comics y personajes de ficción, desde Spiderman hasta el bicho de Species. Era el único lugar del museo donde no se podían hacer fotos, una putada, aún así alguna salió de mi cámara. La exposición es corta y se termina pronto. Volvemos a Roma y de ahí, cruzando el hall, nos vamos a Egipto, donde la que flipa es Encanni, aunque los demás también. De la multitud de piezas me quedo con el templo de Dendur. Personalmente quedaría mejor al aire libre, sobre todo, en Central Park, pero me imagino que podrá más el pensamiento de seguridad y de tener un control de la gente que accede a él que cualquier otro pensamiento, como el que la gente pueda disfrutar del templo sin ningún tipo de cortapisa, salvo el de la responsabilidad ciudadana.

Después de terminar la tremenda sección de Egipto pasamos a ver la colección de armas y armaduras donde se pueden contemplar multitud de armas desde la edad media al lejano oeste pasando por el país del sol naciente.

Como el hambre azuzaba ya, decidimos comer en cualquier baretico del museo, pero al enterarnos que en la terraza del museo había uno, nos subimos allí, a comer al solecico. Al ir hacia ella pasábamos por una sala rectangular repleta de estatuas acojonantes, así que nos entretuvimos un rato más antes de comer, merecía la pena.

Subimos a la terraza y nos ponemos en la cola del tenderete, porque en realidad ni era restaurante, ni bar, ni nada de nada, era un mostrador de comida rápida en el que encima nos clavaron vilmente por un bocadillo y una cerveza. Lo único salvable es que teníamos unas vistas excepcionales de Central Park y del Midtown y el West side. Además también tenía “arte”. Había una especie de mampara de cristal semitransparente y con colorines formando una figura que se asemejaba a algo parecido a Cobi, la mascota de la olimpiada de Barcelona, y dos figuras más de unos tres metros de altura que parecían figuras que hacen los payasos con los globos, una era un corazón rojo chillón y otra un perro amarillo.

Llevábamos tres horas y media y los maridos estábamos ya hasta el moño del museo. Al bajar del ático nos dirigimos hacia la salida viendo arte moderno. Una vez en la salida, las mujeres, que no tienen hartura, se quedan en la tienda del museo, a ver si pillan algo. Derrochadoras. Nosotros nos vamos a Central Park y las esperamos en el obelisco egipcio que hay justo detrás del MET. Lo que no nos esperábamos es que tuviéramos que esperar, valga la redundancia, otra hora más a que llegaran las chicas, claro que tal vez hubiesen llegado antes si no se hubiesen perdido al intentar salir de la tienda y del museo. De todas formas son cosas que le suelen pasar a las mujeres.

Los chicos nos vamos a Cleopatra’s Leedle, el obelisco de 20 metros de altura que Egipto regaló a USA en 1885. Este sería un buen lugar para ubicar el templo de Dendur, que tiene el MET en su interior, justo al lado del obelisco. Nos sentamos en los bancos de alrededor, donde Roque hace su aparición y llama a Juanpe que no tarda en quedarse ídem.

Mientras Juanpe disfruta con la marmota, yo lo hago con el torito, nombre que se le da al objetivo 70-200 de Sigma en el ámbito fotográfico, haciendo fotos a la gente que está disfrutando del día soleado en The Great Lawn, una extensión muy grande de césped, limpia de árboles donde hay varios campos de béisbol, y donde además puedes ver a gente tumbada al sol, con sus perros paseándolos o jugando con ellos, tirándose el frisby o el balón de rugby, en fin, haciendo infinidad de cosas.

Cuando empecé a leer y escribir en el foro de Nueva York, recomendaban no ir a Central Park en fin de semana. ¡No! Es precisamente en fin de semana cuando se ha de ir, es cuando el parque esta en plena ebullición, cuando se ve a los neoyorquinos disfrutar del parque y cuando realmente tiene vida y se ve para qué fue realizado.

Central Park fue concebido a mediados del siglo XIX y terminado a finales del mismo. Tiene 341 hectáreas, 60 más de las que inicialmente fueron proyectadas. Aunque muchos conocen o han visto prácticamente Central Park, ya sea por televisión o lecturas o en persona, pero hay un detalle que no es muy conocido y que, por supuesto, yo tampoco lo conocía, y es que el parque tiene 18 puertas originales y cada una de ellas tiene nombre, aunque en solo tres de ellas (inventores, navegantes e ingenieros) aparecen escritos en las mismas. Nosotros no miramos, ni buscamos las puertas, pero la próxima vez que vayamos ya lo haremos. Una de las normas que pusieron en el reglamento del parque fue que no se podían organizar picnics, ni actividades en grupo. Quién lo ha visto y quién lo ve. Es precisamente todo lo contrario a estas prohibiciones lo que le da vida y es lo que hace que apetezca ir allí.

Bueno, mientras las mujeres seguían en el MET, de vez en cuando me pasaba por el banco para ver como seguía la siesta de Juanpe, y no podía seguir mejor. ¡Qué carita de ángel! Se nota que está descansando, ¡angelico!

¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! Me quedaría allí toda la eternidad, viendo pasar la gente, tomando el sol, sin hacer nada de nada, salvo lo fisiológicamente posible. A pesar de la cantidad de gente que había no te da la sensación de agobio, sino todo lo contrario.

Por fin llegan ellas y Juanpe ha dejado de ser un lindo lirón. Tras ver los regalitos que han comprado empezamos la visita de Central Park, en realidad, la media visita pues solo vamos a ver la mitad sur del parque. Vamos hacia el oeste para ver el castillo Belvedere situado en un pequeño montículo con el Turtle Pond debajo del mismo. Creo que el castillo funciona como observatorio de aves o algo parecido. Del castillo nos dirigimos en dirección sureste, hacia el Consevatory center. En el camino vamos atravesando rincones preciosos, viendo a la gente realizar distintas actividades. Si viviera en Nueva York haría todo lo que estuviera a mi alcance para pasar el mayor tiempo posible en este lugar, ya fuese con amigos o solo, haciendo deporte o paseando. Está claro que este es uno de los puntos que más me han dejado huella del viaje, y eso que no lo hemos visto en su totalidad.

Encontramos la estatua de Alicia en el país de las maravillas, que está junto al lago del Consevatory, lago en el que se juntan los aficionados al radio control de barcos. La estatua está plagada de niños. Niños por encima de Alicia, niños rodeándola, niños encima de las setas, niños por debajo de las setas, niños por doquier, y en medio, más niños. Pero llegamos nosotros y empezamos a hacernos un hueco, lo más grande posible, entre tanto niño.

Tras las oportunas fotos paseamos alrededor del lago. Este es el lago de la película, entre otras, “Stuart little”. Paseamos por el lado derecho, hacia la estatua de Hans Christian Andersen, famoso en Copenhague por su tortilla de espárragos. Allí nos sentamos a descansar y disfrutar del lago y sus barcos teledirigidos. Cuando estábamos sentados apareció una ardilla que, a pesar que se acercaba mucho no lo hacía lo suficiente para cazarla, llevárnosla y meterla en la olla para el cocido del día siguiente. Una lastima.

Cuando estuvimos hartos de descansar, continuamos el camino, esta vez hacia Bethesda. Cruzamos East drive y nos encontramos The lake, uno de los muchos lagos que hay en Central Park, y una cola tremenda para poder alquilar una barca y navegar por el lago. Nosotros continuamos nuestro paseo, no nos atrae eso de darle a los remos, más que nada porque te puedes topar con gente que lleva la barca al revés, o que insista e insista en una dirección aunque se este dando contra otra barca, como así sucedía con algunos supuestos marineros.

Al ratico llegamos a la fuente llamada “Ángeles en el agua”, situada en la plaza de Bethesda. Una fuente preciosa, llena de nenúfares, y también muy fotografiada en multitud de películas. La plaza está casi a rebosar y en un momento estoy a punto de perder a mi peña, todo por culpa de ambas partes, unos porque no se quedaron donde dijeron que se iban a quedar, y por mi parte por las ganas que tengo de olisquear por todos los lados. Por suerte, tras un par de minutos de mirar por todos los lados, consigo ver a Encarna y un poco más tarde a los demás.

Nos movemos por la plaza y vemos a tres o cuatro parejas de novios haciéndose fotos (además de ellos y los padrinos van a salir unas 2000 personas más en ellas).

Cuando estábamos a punto de irnos aparecen dos negros, perdón, dos hombres de color, que empiezan a montar un show. En un principio no nos atrae debido a nuestra escasez de entenderas del idioma, pero poco a poco nos va enganchando y gustando, es más resulta bastante gracioso, casi todo es mímica, saltos y piruetas y las frases que sueltan son sencillas o las entendemos por el contexto, con lo que al final nos acomodamos en una esquina, al igual que otras 200 ó 300 personas más. No todas en la esquina sino rodeándolos, a ver si nos vamos entendiendo. Al final pasamos unos cuarenta minutos muy buenos. Antes de acabar el show pasan el sombrero y entre unas cosas y otras les arreamos unos treinta dólares del ala.

Nos vamos de Bethesda y su fuente bordeando el lago y escuchando el murmullo del show que ha vuelto a empezar. Llegamos al puente Bow. Puente en el que el inmortal Christopher Lambert se cita con otro inmortal amigo suyo. Nos hacemos las fotos pertinentes, permanecemos un rato viendo el lago y los edificios del west side. Bordeamos el lago y disfrutamos de los parajes que nos deja por donde pasamos. Vamos hacia el oeste, hacia Strawberry fields. Cuando llegamos nos encontramos a una romería de fans de John Lennon y como tales están ya entrados en años, que no en carnes. La mayoría tienen pintas de ser hippies y seguidores del cantante pero también hay otros que son turistas como nosotros que vienen a ver el mosaico, con la palabra “imagine” en su interior, que donó el ayuntamiento de Nápoles tras la muerte de John. Para poder ver dicho mosaico casi hay que coger número y da cosa pasar por encima, pues está lleno de flores hasta casi tapar la palabra de la famosa canción del ex-beatle.

Hasta aquí hemos llegado con la visita del parque, el resto de la zona sur ya lo vimos el día anterior. Sólo nos falta la mitad norte que dejamos para la próxima visita de la ciudad. Llegamos al edificio Dakota y nos dirigimos a la boca de metro más cercana. Son las seis y media de la tarde y nos vamos a Times Square para hacer unas compras en la tienda oficial de Levi’s, donde Juanpe disfruta como un enano reventando la tarjeta y Toñi vuelve a fracasar como ZP. De allí a Sephora. De Sephora a buscar el dólar de plata, donde fracasamos estrepitosamente, parece que no vamos a poder encontrarlo por ningún lado.

Llega el momento deseado de la cena y entramos en la discusión de si vamos al apartamento a dejar las compras y arreglarnos, o irnos tal como vamos con las bolsas y trastos. Al final gana la segunda idea. No recuerdo el porque, pero seguro que si hubiésemos ido a la casa ya no hubiésemos salido del cansancio que llevábamos encima.

Con los apechusques nos vamos a cenar al BB King Blues and Grill, a la sala Lucille. El local se encuentra, si el alzheimer me lo permite,  en la calle 44 o en la 42. Tiene dos salas, una para conciertos más a lo grande y la otra, donde cenamos, es un restaurante con una tarima donde toca algún grupo amenizándote la cena. Nosotros entramos en la segunda. Una vez esquivas a dos maromos de seguridad como armarios roperos, bajas unas escaleras y en un pequeño descansillo, donde se encuentra el guardarropa, giras a la izquierda y entras en la sala Lucille.

Entramos y pedimos mesa para cuatro sin saber si iba a haber alguna libre, no habíamos hecho reserva. Por suerte, a pesar de ser sábado, había mesas de sobra. La verdad es que el local es bastante grande. Nos dieron una mesa a la derecha, bajando un par de escalones. Pedimos, pero no acertamos con la cena, me imagino que por la deficiencia idiomática. Yo cené lo que parecía un pollo asado, lo que comieron los demás no lo recuerdo. De todas formas se hizo amena la cena con la música, a pesar de que estaba un pelín alta y casi no dejaba que pudiéramos hablar.

En el local se podía ver todo tipo de gente, gente turista, al lado nuestro había una pareja española, gente muy arreglada que había salido de saturday night, y los tipos de color enjoyados vestidos con traje blanco y que te saludan con el signo de la paz.

La cena nos salió un poco más cara que otros días, 177 dólares, pero no estuvo mal. Le doy al sitio un 7 sobre 10, principalmente por la música en vivo.

Al final las chicas se fueron sin bailar, no porque no quisieran sino por la no adecuación de vestimenta. En fin, son cosas que suelen suceder.

Como colofón a un gran día, volvimos a casa dando un paseo, entre empujones, por Times Square, hay que ver no nos cansaremos de pasar por el “gran camino blanco” las veces que sean gustosamente necesarias. Sería la última vez que veríamos tanta luminaria en este viaje.

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Como diría Encanni: “madrugando voy, madrugando vengo, vengo”.

Es en el único sitio, de vacaciones, que da gusto levantarse temprano. Da lo mismo la hora ya que vas a disfrutar del día y el lugar. Hoy nos toca la 5ª avenida y los museos, el de historia natural y el MET.

Desayunamos en Times Square, como casi siempre, y nos vamos a ver la famosa avenida. La primera parada la hacemos en la catedral de Saint Patrick. Esta es grandísima, pero al estar rodeada de rascacielos parece más pequeña de lo que en realidad es. Lo malo es que la pillamos en periodo de restauración y está casi cubierta de andamios.

Tras verla por dentro y rezar por nuestros seres queridos, cruzamos la calle para hacernos la foto con el Atlas del Rockefeller Center.

Continuamos por la quinta hacia arriba y vamos cruzando de una acera a otra parando en cada escaparate que nos encontramos. De esta forma llegamos a la tienda de la NBA, pero está cerrada. Son la diez menos diez, faltan diez minutos para abrir, así que seguimos el camino viendo cada edificio y cada tienda, de esta forma llegamos a Tiffany’s. Como yo no tenía mucho interés por entrar, me separé de ellos y volví a la tienda de la NBA y quedamos en la joyería en un rato.

A pesar de haber comprado un par de cosillas y de tener el cambio del dólar a favor, había cosas que no se podían ni tocar.

Acabo con la NBA y vuelvo a Tiffany’s con la esperanza de que sigan dentro. Cuando entro en la joyería empiezo a mirar de un lado a otro para ver donde están y no los encuentro. Empiezo a moverme por dentro con la mirada en todos los lados y nada de nada. Como estos hayan salido a ver donde los encuentro. Llego al fondo de la tienda donde están los ascensores. Bueno, ahora si que la hemos hecho buena. ¿En qué piso estarán? yo que creía que era solo una planta, ahora, ¿a ver qué hago?

— Perdone, ¿quería algo?

¡Coño! un armario empotrao…, digo, un miembro…, digo, un segurata vestido de armani.

— ¿Perdón? – pregunto en un inglés perfecto.

— ¿Qué si quería algo?

Joder y ¿porqué se pensará este que quiero algo? solo porque voy en zapatillas, bermudas, mochila fotográfica y voy mirando a todos los lados como perdido, ¿debo querer algo?

— Busco a mi mujer.

— En la tercera planta.

— ¿Eiin?

— En la tercera planta, señor. – me dice con una sonrisa de pabellón auditivo a pabellón auditivo.

Con tanta seguridad uno no puede negarse, así que me voy a la tercera planta y mira tu por donde, allí encuentro al trío rociero mirando entre tanta joya.

Ahora entiendo el porqué tenía que estar mi peña en esa planta. Resulta que es la planta donde está la plata, y por lo tanto, la planta más asequible para los de a pie. Se ve que los turistas no tenemos acceso a otras joyas. De todas formas no teníamos intención de gastarnos más allá de diez o quince mil euros en Tiffany’s.

Después de un rato viendo tanto brillo, y de poner los dientes largos a las mujeres, y, por supuesto, de adquirir un par de cosillas, salimos a la calle para continuar nuestra ruta.

Un poquito más arriba llegamos a la esquina donde se encuentra el cubo de Apple y la tienda de juguetes FAO Schwartz, enfrente justo del archifilmado hotel Plaza, edificio este que si te lo encuentras en medio del monte, en un temporal de rayos y truenos y de noche, no se te ocurriría entrar ni de cachondeo del aire tétrico que tiene, por lo menos es lo que me parece a mi.

Nos vamos a la juguetería a comprar algunas cosillas para hijos, sobrinos, amigos, etc. Lo primero que hacemos es comprar chuches, bueno, en realidad, las compra Juanpe que es un golosón de cuidado, je, je. Nos movemos por toda la tienda viendo los juguetes conocidos y desconocidos, y seguimos los carteles para llegar al piano que salió en la película “Big”, de Tom Hanks. Encima del piano estaban unos niños aporreando las teclas, con los pies, y en un lado otros niños aguardando cola para hacer lo mismo. Estuvimos en un tris de hacer cola, pero no queríamos dejar en ridículo a las demás personas haciendo una demostración de cómo se toca el piano entre cuatro. Del piano nos fuimos para la salida. Pagamos las tres cosillas que nos llevábamos y nos fuimos al cubo de Apple.

Más que nada entramos por curiosidad de ver la tienda, que por cierto está debajo del cubo, y para preguntar por el iphone, por si nos lo podíamos llevar por el módico precio de 20 dólares más los puntos de promoción. Pero los dependientes se empeñaron en que debíamos hacer un contrato de dos años con AT&T y por ahí no pasábamos, así que nos fuimos.

En los siguientes minutos llegó unos de los momentos que mejor recuerdo me llevé de NY, a mí y creo que puedo decir que también a mis tres acompañantes.

Cruzamos de Apple hasta la entrada de Central Park que hay en esa esquina de la quinta avenida con Central Park South y nos encontramos con un caballero montando a su brioso corcel, aunque en este momento no se movía, pues era una estatua. A su lado una panda de palomas echándose la siesta del borrego, impertérritas ante el bullicio de gente y ruido.

Dejamos East Drive a la derecha y nos metemos por un caminito entre la arboleda. Vamos paseando y disfrutando del paisaje y de lo variopinto de la gente. Bajando empezamos a ver un claro dentro de la espesura, y un poco más allá un lago.

Conforme va extendiéndose la mirada y siguiendo un camino que rodea el lago por la derecha, los ojos van a parar a un puente que hay al final y que al volver la vista poco a poco a un plano más general, te vas quedando con la boca cada vez más abierta con el paisaje que tienes delante. Es la zona llamada The Pond. Un lago con plantas acuáticas en sus orillas, con macizos de flores en muchos puntos, con el camino rodeándolo con bancos mirando en dirección al agua que invitan a sentarse y disfrutar de la vista, o a leer tranquilamente o, simplemente, a meditar.

La gente va de aquí para allá, unos con pausa como nosotros, y otros con más prisa, hacia sus labores. Pero a pesar de que hay bastante gente, sigue dando sensación de tranquilidad y puedes ir  por la cantidad de caminos y vericuetos, o por la hierba, que tiene el sitio sin que te atosigue nadie.

¡Qué maravilla!, ¡qué gozada! da gusto poder disfrutar de esto, de un espectáculo así. Acabamos de entrar en Central Park y ya me ha sorprendido. Supongo que todo no será igual, que habrá puntos más aburridos o sosos, pero con que tenga partes como estas, mañana disfrutaré como un enano.

Me lío a hacer fotos por todos los lados y a todo lo que se menea o está estático. En un momento me tiran una piedra, es un decir, quien dice que te tiran una piedra, es que te llaman amablemente, lo mismo da. Son mis compas que reclaman mi atención para que les haga una foto con el lago y el puente de fondo. Una vez hecha seguimos disfrutando del paseo yendo hacia el puente. Desde la distancia el mismo parecía pequeño pero al ir acercándonos se iba convirtiendo al tamaño que tiene y que nos sorprende. No es el puente de Brooklyn pero no es un puentecito de madera. Se ve bastante robusto, recubierto de piedra y con una barandilla que llega al pecho de una persona con una estatura normal.

Estamos un ratico en el puente gozando de la vista. El lago bajo el puente y delante de nuestra mirada con el césped y árboles a los lados y enfrente, y detrás de todo esto, como mastodontes, los rascacielos de Manhattan, el Midtown.

Nos vamos en diagonal por el parque hacia la calle 66. Pasamos por uno de los múltiples campos de béisbol en los que perdemos un poco el tiempo viendo a la gente jugar. Continuamos y llegamos a la zona del Tavern on the Green, desde donde salimos del parque a Central Park West y subimos la calle hacia el Museo de Historia Natural. Por el camino nos damos cuenta que en esta calle no hay ni un solo local comercial, ni cafetería, tienda, nada. Pasamos por delante de edificios diferentes a los del Midtown. Aquí no hay edificios de cristal y, por supuesto, no son tan altos. No tengo ni idea de arquitectura, ni de arte, pero estos edificios tienen otro estilo, no se explicarme, simplemente me gustan más.

Unos pasos más adelante de nuestra salida del parque nos encontramos con el edificio Dakota, edificio famoso por una desgracia más que por su propio estilo de construcción. Seguramente antes del asesinato de John Lennon el lugar sería un punto de visita, pero desde esa fatídica fecha se le recuerda más por la muerte del ex-beatle que por su belleza. Aún más con la colocación de Strawberry Field como homenaje al cantante, que se ha convertido en un lugar de peregrinación de todos los fans de John Lennon, además de atraer a los turistas.

Llegamos a las dos al Museo de Historia Natural y lo mejor es que antes de entrar deberíamos comer, pero no hay nada a simple vista, así que Encarna y yo nos vamos aún más hacia arriba a ver si encontramos algún baretico de comida rápida, pero nada, no encontramos nada, así que volvemos a la puerta del museo y decidimos comer un par de perritos de unos de los puestos que hay enfrente de la puerta principal del museo. Al día siguiente nos dimos cuenta que en las avenidas de detrás estaban llenos de Starbucks, McDonald’s, y lugares de ese tipo. De todas formas por un día que comiéramos de esta guisa no nos pasaba nada.

Mientras comemos decidimos cambiar el plan que teníamos. En un principio, después de ver el Museo de Historia Natural cruzaríamos Central Park para ver el MET, pero la verdad es que eran las dos de la tarde, no habíamos comido y todavía no habíamos entrado al primer museo, como para ver esta tarde más arte. Así que decidimos dejar el MET para el día siguiente a primera hora y así hoy nos dejaba unas horas para ir de compras a Macy’s y resarcirnos del chasco del día anterior.

Entramos al museo y nos encontramos con un dilema. Pagar la entrada o hacer una donación. O pagar 80 dólares (veinte cada uno, creo recordar que es lo que vale la entrada) o unos dólares por los cuatro. En el foro de Nueva York todos aconsejan hacer una donación. A todos nos daba corte el dar sólo unos cuantos dólares, pero yo estaba por la labor de intentarlo, si luego nos decían que no podía ser, pues pagábamos y punto. Así, con la intención de hacer una donación de cinco dólares por los cuatro, nos acercamos al mostrador y pedimos que nos atienda alguien que sepa español. Nos dirigimos al taquillero y nos explica lo que hay:

— Son 20$ por persona, en total 80$.

— Gracias, pero queremos hacer una donación – esto dicho lleno de nervios y, seguramente, más colorado que un tomate por la vergüenza.

— ¿De cuánto?, por favor.

— De cinco dólares.

— Muy bien, entonces son 85$.

— No, no me ha entendido, sólo quiero hace la donación.

— Pero entonces no pueden pasar al museo.

— No puede ser, si con hacer la donación ya basta para visitar el museo.

— Si claro, y le ponemos una alfombra roja, le damos el almuerzo y le lavamos la ropa. No te digo.

Que no, que no ocurrió así. Vamos a volver a cuando nos acercamos a los mostradores para que nos atienda uno que sepa español. Nos explica lo que cuesta el entrar al museo, y en ese momento, viene lo más cortante. Le digo que queremos hacer una donación de cinco dólares, y, temiendo lo peor, nos dice que no hay problema. Nos extiende los tickets, le doy los cinco pavos y nos salimos de la fila sin ningún tipo de problema, pero con la sensación de haber cometido un delito.

Todavía con los nervios en el cuerpo, empezamos a disfrutar del lugar, comenzando con el tremendo dinosaurio que hay en el hall, creo que es un diplodocus. Lo que está claro es que no es el tiranosauro rex de la película de Ben Stiller, “Una noche en el museo”.

Al ser el museo muy grande decidimos ver solo algunas partes. Nos metemos en la zona marina, allí está todo muy bien montado con múltiples escenas de ese mundo, con mogollón de animalejos puestos en las paredes, o colgados del techo. Entramos en una gran sala donde nos sorprende una ballena azul a tamaño real, aunque no se si es realmente real o irreal, es decir, disecada o de cartón-piedra, pero, eso si, es tremenda de grande. Además la sala la han amenizado con sonido de los gritos o chillidos que da la ballena con lo que le da al lugar un tono relajante, a pesar del gentío que había en ese momento.

De esta sala pasamos a buscar a los dinosaurios, las múltiples salas con esqueletos de dinosaurios. Hasta que llegamos allí vamos pasando por otras salas con escenas de animales americanos, osos grizzlies, alces o bisontes. Ya dentro de la grandísima sección de los dinosaurios, nos sorprendemos de la cantidad de esqueletos o fósiles que hay, y de cómo están montados, algunos de los cuales necesitan prácticamente una sala para ellos solos.

Por donde pasábamos hacía fotos, alguna típica, como ponerse delante de una cabeza con cuernos y que parezca que eres tu el que los tiene, lo que nos hace que nos echemos una risas de vez en cuando.

Tras hora y media con esqueletos, nos paramos a tomar un refrigerio antes de seguir hacia otro punto. Terminamos la visita viendo un tótem de la isla de Pascua, pasando antes por una sección de animales africanos.

Tres horas después salimos del museo con una muy buena sensación, nos ha encantado, pero con tan poco tiempo que te quedas con ganas de quedarte allí y de ver muchas más cosas. Se necesitan varios días para poder verlo todo, así tenemos otra excusa para volver a Nueva York.

Cogemos el metro a la salida del museo y nos bajamos en la 34 con Penn Station, y de allí andandico a Macy’s. Al llegar, lo primero que hacemos es ir a por el vale descuento que hacen a todos los extranjeros, un 11%, creo recordar. Preguntamos donde teníamos que ir y nos mandaron a las oficinas. Allí con el pasaporte en la mano nos dieron una tarjeta válida para un cierto tiempo, no se si un mes, y que nos descontaban ese 11% en todo menos en cosmética y joyería.

Con la tarjeta descuento en nuestro poder solo faltaba comenzar a rayar la tarjeta y eso es lo que hicimos uno vez y otra vez y otra vez…

Personalmente me llevé dos Levi’s por 50 euros los dos y alguna camiseta. Los demás otras cosillas.

Nos tuvieron que echar del centro comercial, es un decir, y ya fuera, ahora tocaba buscar restaurante. ¡Buff! Con lo cansados que estábamos, ahora ponte a buscar sitio para picar algo. Lo que teníamos claro es que no nos apetecía un sitio de comida rápida, y más después de haber comido la comida más rápida que hay, perritos calientes.

El caso es que nos vamos para arriba por la novena, charlando sobre lo que hemos hecho en el día, mirando a ver si nos encontramos con algún restaurante en condiciones. Queríamos uno como el de la noche anterior, un sitio en el que estemos alrededor de una mesa, y que no nos atosigue la gente que va con prisa entrando y saliendo. Vamos, un restaurante como los que hay en España, como Dios manda.

Parece que vamos a acabar en la calle 46 cuando al pasar por la esquina de la 44 vemos el restaurante Marseille, oteamos como es, nos gusta y nos metemos dentro.

¡Tremenda decisión! ¡Magnífica decisión! Es el mejor restaurante del viaje en el que hemos comido y de los que vamos a comer, y eso que hay en San Francisco alguno que nos gustará, pero esa historia ya vendrá.

Al entrar te llama la atención la luz tan tenue que hay, a pesar de venir de fuera, que es noche cerrada, el ojo se tiene que acostumbrar a la poca luz que tiene el local. Luego, una vez dentro si se ve bien, se ve lo que comes y a las demás personas del restaurante, una vez que la retina se acostumbra a la luz existente.

Lo que si logro ver, y muy bien, es a la maître que nos atiende al entrar, está de muy buen ver, je, je. Nos sentamos en una mesa y empezamos a leer la carta, y como apenas entendemos algo, pedimos al camarero que nos atiende si hay alguien en el local que sepa castellano, y al rato aparece un argentino que nos explica de qué va cada plato.

En ese momento ya sabía lo que iba a pedir. Me apetecía pescado y me pedí una “tuna steak”. ¡¡Joder, que bueno!! ¡el atún está impresionante, delicioso! En general, toda la cena estuvo genial, no se si sería el hambre o las ganas que teníamos de comer algo en condiciones, pero nos sentó todo divinamente.

La cena nos salió por 150$, propina incluida, que al cambio nos salió a unos 25 euros por cabeza. La calidad-precio creo que estuvo más que bien. Le doy una nota de un nueve, porque la perfección no existe, para el restaurante Marseille.

Terminada la cena, volvemos a casa riéndonos de las tonterías que vamos diciendo hasta que casi le da algo a Encarna. Se nota que nos ha sentado genial la cena.

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Mmmmnnnnnn, uff, ¿qué hora será? ¡Joder, las cinco de la mañana! No puede ser, el reloj del video tiene que estar mal.

Por la ventana no entra luz, o sea que tiene que ser esa hora, más o menos. Bueno esté o no bien, voy a ver si cojo otra vez el sueño.

Después de dar unas cuantas vueltas en la cama sigo despierto. Apenas pasan los minutos. El caso es que oigo movimiento en la casa, alguien tiene que estar igual que yo, que no se puede dormir. A las seis y media nos levantamos, es tontería estar en la cama dando vueltas, y además, ¡qué coño!, estamos en Nueva York, hay que moverse y disfrutar de la ciudad.

Hoy toca el Midtown, no nos cansaremos mucho, lo tenemos todo cerquita.

Nada más quitarnos las legañas de encima, salimos a la calle en busca de un lugar donde desayunar. Al no conocer ningún sitio en concreto hacemos como en la noche anterior, nos movemos hacia el punto de información de Times y si encontramos algún sitio donde picar allá desayunaremos. En el camino encontramos el European Café, cadena de comida rápida. Nos disponemos a pedir pero no sabemos si nos van a entender, cuando un dependiente se da cuenta que estamos un tanto perdidos y llama a uno que sabe español y nos soluciona el tema. Desayunamos y nos vamos a información.

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Otra vez en Times Square. “The Great White Way”. Este fue el nombre que puso O. J. Gude, creador de los primeros carteles publicitarios puestos en TS, a finales del siglo XIX, en los que utilizaban solo bombillas blancas.

El primer cartel se puso en 1898 para Coney Island. Luego en 1904 el NY Times se trasladó a la plaza y esto hizo que pasara a llamarse Times Square y donde, en 1910, puso la ya famosa cinta luminosa de noticias. La primera narración fue una pelea de boxeo entre Jim Jeffries y Jack Jonson. La cinta se componía de 15000 bombillas destellando a la velocidad de 75000 veces por segundo. Ahora esa cinta es digital conocida como zippers.

En el 17 se colocó el cartel más grande del mundo (24×61). En el 20 se empezó a introducir el color. Ha habido muchos anuncios famosos, como el de la Coca-Cola vaciándose a través de una pajita, o el de la Pepsi de los años 50, una cascada rodeada por botellas de Pepsi, u otro del hombre fumando Camel y echando anillos de humo.

Curioso es el hecho de que s_DSC7605e construyera un edificio especialmente diseñado para la colocación de carteles luminosos. Está situado en la parte norte de TS, en Duffy Square. Es el edificio donde está colocado el cartel de Coca-Cola.

Hoy en día bien que se podría cambiar el nombre por el de “The Great Colour Way”, ya que el blanco es precisamente el color que menos se utiliza.

Entramos al punto de información y nos encontramos varios ordenadores desde los que podemos buscar información durante diez minutos gratuitamente. También había unos ordenadores conectados a cámaras de video para hacer grabaciones cortas y poder mandarlas por e-mail. Está claro que no podíamos perder la oportunidad de hacer alguno y mandárselo a nuestros seres queridos y así darles envidia. Empezamos a hacer el pavo, sobre todo yo, mientras la máquina nos graba. Pasamos un rato bastante divertido con la tontería del video. Una vez visto lo visto y hecho lo hecho salimos a hacer lo que habíamos venido a hacer, turismo.

Empezamos a callejear en dirección a la estación Grand Central, observando todo lo que se nos pone a tiro, escaparates, gente, edificios, hasta las alcantarillas nos parecían bonitas y curiosas. Bajamos de la 46 a la 43 para ir más directamente a la estación. Mientras paseamos nos damos cuenta de lo escandalosos que son estos americanos, más concretamente los servicios de urgencia. Van a todos los sitios con las sirenas puestas sin haber situaciones de aparente peligro. Supongo que irán para acudir más rápidamente, y supongo que será para atender el peligro correspondiente, pero no nos parecía que todas las situaciones las requirieran.

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Recorremos los metros como sin darnos cuenta, disfrutando de lo espectacular que es la ciudad, cuando llegamos al cruce con la avenida de las américas observo una imagen que me deja anonadado, miraba al este y veía el edificio Chrysler, miraba al sur y veía el Empire State building, dos de los edificios más emblemáticos de NY estaban delante de mis ojos (y de los demás), esto con el paso de los días lo vería como una cosa normal, pero en ese momento me pareció de lo más precioso.

Después de uno de los momentos más bonitos de ese día, continuamos nuestro paseo por la acera norte de la calle 43 y al cruzar la quinta avenida nos topamos unos raíles en la calzada, en realidad creo que se llaman traveling. Eran unos raíles que llevaban la cámara para realizar un anuncio, concretamente de Burger King. En el otro lado de la calle estaban los extras junto a los protagonistas del anuncio, el King y unos “policías” que lo tenían que perseguir calle abajo.

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Era divertido ver lo que sería un decorado de cine pero en las calles de NY. La calle se cortaba sólo cuando se rodaba, mientras que no se hacía los camiones y coches pasaban. En una punta del traveling se situaba la cámara con varios operarios incluidos el cámara, por supuesto, y en el lado contrario había una carpa donde se encontraban las pantallas en las cuales se recogían lo grabado y donde se comprobaba si habían salido bien las cosas o no. Junto a la carpa se encontraban los del catering con sus bocadillos y bebidas, todo bien enfilado y colocadito. En cada punta de la zona de trabajo se colocaban seguratas y personal que controlaban a la gente para que no se colase dentro. Después de intentar, y fracasar, que contrataran de extra a nuestra compañera de viaje, me fui a una punta para ver mejor como trabajaban y a hacer unas fotillos. De paso, preguntándole a uno de los seguratas, me enteré de que trabajaban unas 60 personas en la realización del anuncio, mogollón de gente para 20 segundos. Toda esta peña todo lo hace a lo grande._DSC7692

Esperamos a que hicieran una toma para ver como era y tras pasar un buen rato disfrutando de la parafernalia del rey de la hamburguesa, continuamos nuestro camino. Sobre las 12 de la mañana llegamos a las inmediaciones de la estación, con la continua visión del Chrysler. Rodeamos el edificio hacia el sur buscando la fachada principal. Entramos en la calle 42, esta pasa por debajo de Park avenue, la estación queda a la izquierda. Justo debajo de la avenida hay una entrada a la estación y enfrente de esta se sitúa una cafetería aprovechando el hueco que forma el puente de la avenida. Levanté la cabeza y pude ver el reloj de la fachada con Mercurio y detrás de este un edificio por el cual yo conocí NY, más incluso que por las torres gemelas o por el Empire State Building. El edificio MetLife. Ahora es de la compañía de seguros, pero en mi niñez pertenecía a la compañía aérea Panam.

Bajamos por Park para coger la calle superior y así entrar justo por debajo de Mercurio. Mientras llegábamos al punto para cruzar, íbamos disfrutando de los reflejos de unos edificios en otros. Cuando alcanzamos el punto donde podíamos se unían las calles superior e inferior nos dimos cuenta que no podíamos ir hacia el reloj. No había aceras para el acceso de los peatones, sólo podían pasar los coches. Además desde lejos parecía que había puerta de acceso a la estación. Hice la foto oportuna cuando cruzábamos de acera y volvimos para entrar por la puerta inferior, que remedio.

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Al bajar nos coscamos de un fistro, digo bistro, en el que poder comer si nos pillaba por la zona, ya que después de ver la ONU íbamos a volver sobre nuestros pasos para ir a otro lugar.

Por fin nos disponemos a entrar a la mítica estación. Una vez que cruzas la puerta, la entrada es normalucha, no tiene nada especial, pero cuando descendemos las escaleras y tras cruzar un arco vimos el gran hall. Como suele pasar en USA, suele haber banderas presidiendo ventanas, edificios y, como no, también tenía que estar en la estación, tanto dentro como fuera. Lo curioso fue que al entrar te topas con una de frente, pero colgada del techo y de perfil conforme entramos había una bandera de unas dimensiones tremendas. No sabría calcular el tamaño exacto, pero si digo que tenía unos 10 metros de largo no me quedo corto. A mi personalmente que no soy patriótico, no me llama la atención todas estas cosas, pero entiendo que si uno se siente de su país quiera demostrarlo de alguna manera y poniendo banderas es una forma como otra cualquiera de hacerlo.

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Al entrar te llama la atención lo grande que es el hall, a ojo de buen cubero, diría que tiene unas medidas de unos 36,5 por 53 metros y una altura de 38 con un techo abovedado de color azul-verdoso pintado con constelaciones. Enfrente, en lado norte, se sitúan las taquillas y la entrada a los andenes. Más o menos en el centro se sitúa un punto de información con el reloj con forma esférica en su techado. En el este y el oeste hay grandes ventanales de más de 20 metros de altura que hacen que apenas se necesite luz artificial. Justo debajo de las ventanas se encuentran unas escaleras que ascienden a las entradas este y oeste al recinto, y descienden a un submundo inesperado en el que se encuentran restaurantes, bares, salas de espera, multitud de asientos, y demás servicios. Este submundo ocupa lo mismo que el hall.

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Hicimos las oportunas fotos y nos sentamos en la barra de un bar que hay en la puerta oeste para descansar y disfrutar del entorno y del ir y venir de la gente. A la vez pudimos ver algo de las olimpiadas en las pantallas que tenían y de las que casi no nos habíamos enterado.

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_DSC7731Retomamos el curso de nuestra aventura por la selva neoyorquina dirigiéndonos hacia la ONU. Así que rodeamos la estación desde el oeste pasando por detrás del edificio Metlife. No teníamos previsto entrar en el edificio de las Naciones Unidas, pero por lo menos había que pasear por los alrededores y ver el edificio. Una vez allí hacemos un poco el paripé delante de una de las estatuas que hay, regalo del gobierno de Luxemburgo. La verdad es que teníamos que haber entrado para ver el hemiciclo y otros departamentos, pero se acercaba la hora de comer y nos apetecía más volver para ver otros sitios con más detenimiento.

Pero antes de comer había que pasar para ver, solo por fuera, el edificio que más me gusta de NY, el Chrysler. Cogimos la 44 de vuelta al centro y en Lexington torcimos para apreciar el precioso edificio. _DSC7745De todas formas, por el camino le iba haciendo foticos, detalles, reflejos, planos generales, torcidos, de todas las maneras que se me ocurrían. La putada es que no se puede acceder al interior. Tal vez podríamos haber accedido al hall, pero ni lo intentamos, porque ¿para qué?, si no íbamos a pasar más adentro, o arriba del todo que tiene que ser lo más interesante.

Un poco de historia sobre el edificio no viene mal. Se llama así porque lo construyó el magnate de automoción Walter P. Chrysler. Está adornado con elementos automovilísticos, como la parte superior que simula una parrilla del radiador. La aguja superior estuvo guardada en secreto hasta que se terminara el que se creía iba a ser el edificio más grande de NY, el del banco de Manhattan. Pero cuando este termino, el arquitecto del Chrysler hizo emerger la aguja e hizo que se convirtiera, por poco tiempo, en el edificio más alto del mundo con 320 metros.

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Una vez dicho esto nos fuimos al bistro cercano a la estación central, en Park avenue. Allí los compañeros disfrutaron de la comida, pero yo no, estaba ligeramente mareado y no me apetecía mucho comer. Aún así tragué un poco, lo que hizo que no mejorara, aunque tampoco empeoré.

Tras descansar un rato, nos pusimos otra vez en marcha. Íbamos a culturizarnos, nos acercábamos a la biblioteca pública. En la acera de la calle que iba directamente a la biblioteca habían puesto placas de acero en relieve con dibujos y frases de escritores famosos o frases lapidarias tipo “la lectura te hará libre” u otras por el estilo y hasta más profundas. Cada placa estaba separada de otra unos 10 metros aproximadamente.

En algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no… Uff perdón, se me han cruzado los cables. Empiezo de nuevo.

En algún lugar entre la estación y la biblioteca, pillamos unos cafeses envasados en cartón, con anillo antiquemaduras de cartón y tapa antisalpicaduras de plástico y nos fuimos paseando por la calle hasta llegar al lugar de las letras. Antes de entrar nos sentamos en los tranquilos bancos que se encuentran a los lados de la entrada y nos terminamos los cafeses charlando de cosas varias, mientras veíamos pasar a la gente por la quinta avenida.

La biblioteca está presidida por dos leones llamados Paciencia y Fortaleza. En las escaleras que suben a la puerta de entrada se concentran muchos neoyorquinos, tal como ocurre en el kilómetro cero de Madrid o en la puerta de El Corte Inglés de Murcia. Es el edificio de diseño beaux-arts del país y dentro de dos años cumplirá los 100 años de vida.

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Las grandes salas de lectura están flanqueadas por ventanas y con lámparas de araña colgadas del techo, evidentemente. La verdad es que da reparo estar paseando por la biblioteca mientras la gente está leyendo o trabajando, hay que estar calladito para no molestar y que no te echen. En España no se como ocurrirá, pues no visito esos antros de perversión, pero allá tienes que pasar varios controles de seguridad, tanto para entrar como para salir, para que no te lleves ningún libro de extranjis.

De biblioteca a biblioteca y tiro porque me teca, je, je, je. De la pública nos dirigimos en diagonal hacia el sureste para poder ver la biblioteca Morgan, que habíamos leído que era pequeña, pero muy curiosa de ver. Lo malo es que cuando llegamos estaba cerrada y nos fuimos a nuestra siguiente cita que era ¡¡¡EL EMPIRE STATE BUILDING!!!

_DSC7798Por Madison avenue bajamos hasta la 34, calle del “pequeñín”. Ahora vamos hacia el oeste viendo el edificio continuamente, como para no verlo. El día ha ido empeorando poco a poco y cuando llegamos al ESB está ya totalmente nublado y tiene mala pinta. De todas formas no íbamos a subir todavía pues queríamos llegar al anochecer para ver los últimos rayos de sol y como llega la noche a la “gran cebolla”. Así que para hacer tiempo nos dirigimos hacia el Madison Square Garden, que está un poco más allá en la misma calle. Pasamos por delante de una tienda en la que venden zapatillas Converse y miramos en el escaparate si hay el modelo que busco. Pero como queríamos ir al Garden, continuamos andando.

No tardamos mucho en tener que refugiarnos debajo de un andamiaje de una obra que hay en la fachada de Zara (que casualidad), pues empieza a caer un tormentón de tres pares de narices. Así que como no podemos avanzar, pues queremos seguir secos, aprovechamos para pasar a Zara y ver si podemos agenciarnos algo, pero la sorpresa es morrocotuda, pues resulta que la ropa es mucho más cara que en España, es más, días después nos dimos cuenta que resulta más cara que otras marcas que en España están prohibitivas como DKNY o Tommy. De todas maneras, al no poder continuar pasamos el tiempo mirando, sobre todo, las mujeres (mira que les gusta a las mujeres ir de compras). Los hombres esperamos fuera, y vemos pasar la variedad social que vive o ha viajado aquí._DSC7799

La tormenta se alarga más de lo normal y tememos que no vamos a poder subir hoy. Después de casi una hora con la humedad en los huesos deja de llover y por fin volvemos a andar. Me alegro de perder de vista la tienda de Zara y de que se aleje mi mujer de ese lugar endemoniado que lo único que hace es volver loco al sexo femenino atrayéndole con cantos de sirena para que se deje el dinero en atuendos demasiado estrechos y cortos que luego lo dejan tirado en armarios gigantes donde se pierden en el tiempo haciendo que se olviden de ellos y tengan que volver a la tienda a sacudir el monedero encima del mostrador delante de una doncella de la máxima cantarina de las sirenas.

Tras esta pequeña paranoia capitalista y globalizante continuo con el relato.

Delante está Herald square, lugar donde están los almacenes más grandes del mundo. Macy’s. Vamos pasando por su lateral, donde siento algo que me tira del bolsillo. Al principio no comprendí que era, pero luego caí que era el dinero el que quería ir hacia el interior de la tienda, el papel sentía una atracción para entrar en el local y quedarse allí. Pero no pudo conmigo, ¡JA! Fui más duro y el dinero se quedó en mi bolsillo, momentáneamente.

Llegamos al Garden e intentamos entrar, pero estaba a punto de empezar una actuación y no continuamos, así que salimos y nos sentamos a descansar, ya empezaban a cansarse las piernas de todo el día danzando. Pero todavía quedaba lo mejor.

Durante más de 40 años fue el edificio más alto del mundo y ha sido escenario de muchas películas tanto de acción, como románticas. Estas son algunas de las películas en las que sale el ESB:

  • Annie Hall
  • Cualquier miércoles
  • Bola de fuego
  • Me enamoré de una bruja
  • Melodias de Broadway
  • Una bruja en Nueva York
  • Brigada 21
  • FBI contra el imperio del crimen
  • Contra el imperio de la droga
  • Ellos y ellas
  • Independence Day
  • King Kong
  • Klute
  • Kramer contra Kramer
  • Manhattan Manhattan
  • El enemigo público número 1
  • New York, New York
  • Historias de Nueva York
  • Con la muerte en los talones
  • La reina de Nueva York
  • Un día en Nueva York
  • La ley del silencio
  • Serpico
  • Shaft
  • Algo para recordar
  • La calle
  • Taxi Driver
  • Cuando Harry encontró a Sally

Se construyó en un tiempo record en la época de la depresión del 29, terminándose en 1931. Sufrió un accidente de aviación en el 45 sin sufrir daños estructurales. Y hasta la década de los 70 fue el edificio más alto del mundo, aunque en mi opinión eso es circunstancial pues los que le han superado son edificios sin ningún tipo de artificio, simples como las torres gemelas o la torre Sears de Chicago, y con un poco más de complicación como las Petronas, pero la belleza del ESB todavía no ha sido superada. La aguja también fue utilizada un par de veces como enganche o puerto de dirigibles.

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Si no recuerdo mal, entramos al edificio por la puerta de la quinta avenida. Habíamos comprado por internet el ticket Express sin llegar a saber que colas nos podía evitar, pero conforme íbamos enseñando las entradas se iban abriendo puertas. Cada vez que pasábamos un control flipábamos, dejábamos las colas atrás. No nos lo creíamos. Solo tuvimos unos cinco minutos de cola en un cambio de ascensor sobre el piso 70. Tardamos solamente unos 15 minutos en llegar arriba.

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¡Qué marabunta! Creo que está todo NY aquí. Lo primero que hacemos es coger número para poder asomarnos y nos ponemos en la cola.

  • ¿El último?
  • Yo.
  • ¿Le falta mucho para asomarse?
  • Cuarto y mitad.
  • Guárdeme la vez que voy al servicio.
  • No, quédese aquí y me hace compañía.
  • Bueno, vale.

Nos toca pelearnos con la gente para poder ver la ciudad y hacer fotos. Nos separamos y así poder acceder a la valla cuanto antes. La verdad es que aquí mi mujer y mis amigos se portaron genial conmigo. Con tal que cualquiera de ellos conseguía un sitio me llamaban para que pudiera colocar el minitrípode y así hacer fotos. Evidentemente, luego ellos accedían al sitio para poder disfrutar de la ciudad. Pero ese detalle no tiene precio porque yo tardaba un quintal en hacer fotos.

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Después de estar poco más de 30 ó 40 minutos a 380 metros de altura, nos vamos para abajo y nos encontramos una tremenda cola para pillar los ascensores. Pensando que los tickets solo valían para subir, sobre todo yo, y nos ponemos en la cola, pero Encanni decide enseñar las entradas a un operario y sorprendentemente quita un cordel de la valla y nos dice que pasemos, con lo que entramos en el primer ascensor que desciende y en un par de minutos estamos abajo.

Ya abajo comentamos la pasada que ha sido el ticket express. Nos costó 45 dólares, dos veces y media más que el pase normal, pero entre estar dos horas en colas o solo cinco, prefiero pagar ese suplemento y poder disfrutar el tiempo extra en hacer otras cosas. Está claro que el pase express sirve sobre todo para fechas clave en las que hay masificación de visitantes, porque me imagino que si vas el 18 de febrero no habrá nadie en las colas para poder subir arriba y no hará falta el pase.

Mejor volver ya para casa y descansar, siempre después de cenar. Como no nos apetece estar buscando un restaurante nos movemos y ya encontraremos algo por el camino, como hacemos normalmente, y si no, siempre podemos acabar en el Europe café de Times Square, que qué casualidad es donde terminamos pues el cansancio no nos deja pensar en otra cosa que en coger el catre y dormir.

Después de cenar podemos ir a casa por la 42, pero preferimos volver a pasar por la plaza que nos lleva locos, TS. En una esquina, creo que en la del Hard Rock, entramos por primera vez en contacto con los vendedores de Rolex. Nos enseñaron un par y al final decidimos dejarlos, no nos convencieron. Ya habrá tiempo de buscarlos en caso de que queramos pillar uno o dos, o siete u ocho, je, je.

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Ya pasada media hora de las once llegamos a casa y nos disponemos a descansar, mañana nos espera el día que dedicaremos a las compras.

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Madrugamos para salir hacia el aeropuerto de Barajas. Eran las cuatro y cuarto cuando salimos dispuestos a disfrutar de nuestras vacaciones.

Después de cuatro horas de carretera, estábamos en la cola de facturación, y como no podía ser de otra forma, algo teníamos mal. Uno de nosotros llevaba más peso de lo normal en la maleta. Hala, quita de una y pon en otra para compensar, ¡que estupidez! que más dará que lleves los 50 kilos en una maleta o en dos, si al final llevas los 50 kilos igual. Estas mentes pensantes…

Una anécdota en la cola de facturación fue lo que le ocurrió a una familia. Estaba el padre portando una tremenda maleta, una megasupermaleta, una sola maleta, llevaban la ropa de toda la familia, cinco personas. Por supuesto cuando llegó a la báscula el indicador sobrepasó el límite de peso. Después de mosquearse y despotricar, para mí con razón, salió de la fila, puso a su familia a un lado y la maleta en el suelo. Parecía que no habría solución, a no ser que fuera a comprar otra maleta. Pero abrió su megasupermaleta, y dentro de ella apareció otra maleta que encajaba perfectamente en la grande, como esas figuritas rusas que una va dentro de la otra y así hasta seis o siete. Una vez fuera la maleta empezó a repartir la ropa y consecuentemente el peso. Después de esto, volver a ponerse a hacer la cola, responder las mismas tontas preguntas que te hacen, pesar las maletas y facturar definitivamente. Lo único que consiguen con eso es mosquear al personal y llevar el mismo peso en el avión.

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Despegamos con Delta Airlines hacia NY ¡qué ilusión!, cuatro años esperando esto y ya ha llegado el momento. Partimos, miramos a un lado, al otro, volvemos a repetir el movimiento, hacia abajo, arriba, ¡buff, que aburrimiento!, hacemos sudokus, leemos, vemos películas, lo que dan de sí ocho horas de viaje, perdón siete, porque la última si que estuvo emocionante.

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Comenzamos el descenso, vemos por la ventanilla y a través de los nubarrones algunas casitas (mansiones) del barrio de Long Island. Esto empieza a moverse en demasía. ¡JODER!, que descenso más brusco. ¡JODER!, otro más. Y otro, y otro. Ni la montaña rusa más grande del mundo puede ofrecer semejantes movimientos. La niña de la fila de atrás vomita. Los efluvios hacen que me entren ganas de vomitar. Esto no se acaba. Vuelta a descender bruscamente. Pensamos en nuestros seres queridos. Otro descenso brusco. Pensamos en lo peor. El movimiento hace que la regla se me pase en el mismo día en el que me ha venido, y eso que soy un tío. Salimos de las nubes y parecen desaparecer las turbulencias. No, sigue meneándose el avión. Entre el olor y el ajetreo elevan las ganas que tengo de echar todo lo que llevo dentro, principalmente pizza.

El avión sigue descendiendo, esta vez con más pausa, y menos turbulencias. Eso es bueno. Llegamos al tramo final, la toma de contacto de las ruedas con el suelo. Vamos acercándonos poco a poco, todos estamos con los nervios alterados. Por fin, notamos el golpe, pero con el ruido que hace, algunos pasajeros gritan. El miedo sigue latente. Las ruedas delanteras se posan en el suelo. Más gritos. El avión empieza a frenar y la gente empieza a sentir alivio. Cuando llegamos a velocidad de aeropuerto, se oyen aplausos dirigidos a la tripulación. La verdad es que da gusto sentirse a salvo. Pero sigo sin sentirme a gusto, quiero salir y que me de el aire y quitarme de encima el olor a vomito que tengo en la nariz.

Después de los últimos momentos del avión, pasamos a los primeros en tierras americanas. Empezamos a notar la estupidez estadounidense con respecto a los controles aduaneros. Hora y media de cola entre goteras para que simplemente pongamos los deditos en un papel y nos hagan una foto, todo ¿para qué?, para tener una base de datos macro gigantesca que les llene los ordenadores y no les sirva de nada. Me río de esa seguridad.

Pasamos la aduana, cogemos las maletas y salimos al mundo neoyorkino. ¡Qué mundo! Me pensaba que iba a salir a una sala enorme, luminosa, con cantidad de gente moviéndose de acá para allá. Pues no. Decepción. La salida de pasajeros del JFK es una cutrería. Techos bajos, pasillos estrechos y oscuros, gente apelotonada, los típicos señores trajeados con el cartelito “Smith”, “Warhinsky”.

Buscamos un teléfono para llamar al casero, pero primero necesitamos monedas. Encontramos un puestecito de información en el que nos cambian un dólar. Después de hacer la primera selección de las monedas para mi afición numismática, nos dirigimos a un teléfono. Llamamos una vez y una vocecita dulce me dice cositas al oído. No se como tomarlas, no se si me están haciendo una proposición para esta noche o simplemente me están diciendo que el número  marcado no existe. Mis amigos me dicen que seguramente será lo segundo lo que me habrá dicho, así que vuelvo a marcar, esta vez con más cuidado. Me contesta una voz de hombre. ¡Que chasco!, acabo de darme cuenta que la señorita no quería nada de mí. Sorprendentemente consigo entenderlo mejor que a la voz melodiosa anterior y quedamos con él en el apartamento de su propiedad en una media hora. Por fin parece que algo va aclarándose. La verdad que para ser el primer día de unas vacaciones, es un tanto caótico.

Salimos a un túnel donde se encuentran los taxis, esos taxis amarillo-mostaceros que dan color a las calles. Vemos tantos que tiene haber por lo menos, por lo menos, 1000 en toda la ciudad. Pillamos un monovolumen, por lo de las maletas y por ir más anchos detrás. Pero resulta que me tengo que montar delante, por dos razones: una por que han quitado una fila de asientos y solo hay tres plazas en la parte trasera; y dos porque los espabilados de mis acompañantes se han metido más rápido y me han quitado el sitio. Ahora toca entenderse con el conductor, claramente de otro país, pakistaní diría yo, aunque también puede ser de otro sitio, no se lo pregunté. Como me temía, al final tengo que escribirle la dirección en un papel, 416 de la calle 46, entre la novena y la décima, avenida claro.

Nos movemos todos llenos de ilusión, ya que estamos en la ciudad en la que queríamos estar de vacaciones. Oímos un ruido, ¿qué coño es? Otro más y otro. Cada vez que cogemos un bache escuchamos un ruido, hasta que damos con lo que es. ¡Y es que nos hemos subido en una tartana!

¡Va una mielda taxi!

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El tío va despacito para que no termine de romperse. La suerte para él, pero no para nosotros, es que pillamos un atasco nada más salir de la zona del aeropuerto. Pues empezamos bien.

_DSC7575Para más inri, estamos dando una vuelta de tres pares de narices, o por lo menos eso es lo que me indica la brújula que llevo dentro.

¿Brújula?, ¿qué dice este tío de que lleva una brújula dentro?

Pues si, las mujeres tienen un instinto especial, maternal se dice, u otros dicen que llevan la belleza en su interior. Yo no tengo nada de eso, yo llevo una brújula dentro.

Esperaba que nos pasara a Manhattan por el puente del mismo nombre, por el de Brooklyn o el Williansbourg, pero atravesó el East river por el Queens Midtown tunnel, por otra parte, cosa lógica, pues salíamos casi directos a nuestra calle.

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Comenzamos la tournée por las calles de Manhattan y, aunque excitado por llegar acá, me llevé un pequeño chasco, pues vi la ciudad un tanto oscura (debido a la altura de los edificios que no deja pasar la luz), desastrada, por lo menos por los meneos de los baches en el taxi. Por suerte esa impresión irá cambiando con el paso del tiempo.

Después de ver de lejos el edificio Chrysler, la estación central, y el Empire State building, el taxista nos lleva, esquivando Times Square, a la puerta de nuestro apartamento. Serían las tres y media de la tarde de la costa este, cuando le pagamos los 50 pavos más el 10% de propina, mucha propina teniendo en cuenta el cascajo _DSC7585de coche que tenía el pakistaní.

Nos quedamos chafados al ver la fachada del apartamento, un tanto lamentable. Tenemos un restaurante chino a un lado y un tailandés al otro, con la salida de humos a nuestro patio. Construido con ladrillo visto con la necesidad de una limpieza. Llamamos al dueño. Nada más hacerlo baja (estaba en el apartamento esperándonos) y nos ayuda a subir las maletas por una escalera estrechísima (calculo que no tendría más de 70 cm.). Subimos un par de pisos y entramos. Chapurreamos algo con él, lo que buenamente entendemos, le pagamos la semana y nos despedimos. Nos hemos librado de pagar la fianza, 500 dólares, supongo que porque ha visto que somos adultos y no una panda de niñatos jóvenes.

Echamos un primer vistazo y confirmamos la mala sensación que tenemos del piso. Es pequeño, eso lo sabíamos, pero una habitación no tiene ventana, la puerta de su cuarto de baño no cierra bien. Sólo tiene un par de cosas buenas, que precisamente son las mejores, las camas son buenas, con lo que descansaremos bien todas las noches, y que está muy céntrico, apenas a unos 600 metros de Times Square._DSC7604

Después de descansar un rato y colocar las maletas, cogemos la puerta y salimos a ver “la gran cebolla”. Vamos hacia el este por la 46 y nada más cruzar la novena nos encontramos con una ristra de restaurantes de todas las clases y con bastantes pubs. Nos quedamos con la situación para otro día venir y cenar o tomar una copichuela. Seguimos para adelante y llegamos al cruce de la 46 con Broadway. ¡¡¡ALUCINANTE!!! Me quedo boquiabierto, estamos en Times Square, y a pesar de que todavía es por la tarde y hay luz natural, los carteles publicitarios están encendidos y hay un colorido tremendo.

¡Esto si que es NY! Mogollón de gente por todos los lados, para arriba, hacia abajo, a cualquier sitio van, turistas, curiosos, gente que va o viene del trabajo, carteristas, vendedores de Rolex falsos, de entradas de teatro. Una marabunta, y es lunes, ¿qué será cuando sea fin de semana?

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Después de pasar un rato alucinando y de realizar las fotos correspondientes, continuamos en dirección al Radio City Music Hall, situado en la esquina de la 50th st con la 6th avenida. Le hago las pertinentes afotos. Mis compañeros me abandonan y tengo que correr para alcanzarles. Pasamos al lado del Rockefeller Center y de su plaza donde colocan todos los inviernos la famosa pista de patinaje. Es curioso, porque creía que me iba a encontrar una gran plaza y luego resulta que es muy pequeña, o eso es lo que me parece.

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Antes de subir al Top of the Rock, nos acercamos a echarle un rápido vistazo a la catedral de Saint Patrick en la quinta avenida, la famosa quinta avenida con sus tiendas de mírame pero no me toques, pero nos la encontramos cerrada (cierra sobre las cinco de la tarde) con lo que trasladamos la visita al viernes 15 por la mañana.

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Con las ganas de subir al TOR, volvemos sobre nuestros pasos, son las ocho de la tarde, la hora perfecta para hacer fotos atardeciendo, pillar la hora azul y ya de noche total. Nos adentramos en el hall, allí nos encontramos una lámpara impresionante hecha de cientos de cristalitos de Swarovsky. Compramos los tickets (creo recordar que nos costaron 18 dólares a cada uno) y cogemos el ascensor. Al montar nos damos cuenta que no hay techo, bueno en realidad si lo hay, pero es traslucido para que nos demos cuenta de la velocidad a la que sube, además han colocado lucecitas en el hueco del ascensor para así dar mayor sensación de rapidez.

Al salir del ascensor nos dirigimos a la terraza con las ganas de descubrir la ciudad desde las alturas, y al llegar a ella nos quedamos boquiabiertos, ¡qué vistas!, ¡qué panorama!, ¡grandioso!, ¡qué gastazo de luz más inútil! Estos son algunos de los comentarios que se nos ocurren observando a nuestro alrededor.

Cruzas las puertas y te encuentras en una amplia terraza rodeada de paneles de cristal blindado que sobresale de la barandilla propia del edificio. Estos paneles, puestos por seguridad para que ningún colgao se tire al vacío, y aunque te deja ver la ciudad, están colocados de tal manera que no encuentro un lugar lo suficientemente amplio entre paneles para meter la cámara y apoyarla para realizar fotos en condiciones, sin que salgan movidas. Me sorprende la poca gente que hay, es lunes pero en agosto hay mucho turista y creo que no es normal la ausencia de gente. Está claro que a la gente se le vende más las vistas desde el Empire State Building que desde aquí. Después de los primeros momentos en los que estamos babeando con el espectáculo que se nos ofrece, nos damos cuenta que hay otra altura más. Esta terraza, un poco más pequeña, está metida dentro de la grande, y está a la suficiente distancia del borde como para que no puedan tener la tentación de tirarse y cascarse contra el suelo. Y al no tener mamparas protectoras, puedo hacer todas las fotos que quiera colocando el mini trípode en la barandilla de piedra.

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Lo que se logra ver es tremendo, Brooklyn al este, New Jersey al oeste, Central Park y Harlem al norte y el downtown al sur. Mira tú por donde me ha salido una lección de geografía. Por supuesto, logras identificar otros lugares de Manhattan. Ves bajar los coches por la quinta avenida, el edificio Chrysler, el Empire, la zona financiera detrás de este, los puentes sobre el East river, y sobre todo, un gran rectángulo con apenas iluminación, Central Park.

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Tras casi un par de horas de permanencia en lo alto del Rockefeller center y con el estómago haciendo más ruido que una locomotora de vapor, decidimos ir a cenar. Cuando nos íbamos, en el hall de los ascensores se encuentra una vitrina en la que estaba expuesta la estrella que se pone en la copa del árbol de navidad en la plaza del edificio, una estrella de unos 25 centímetros de largo y ancho, si no recuerdo mal también es de cristal de Swarovsky, la verdad es que brilla una barbaridad.

Dejamos atrás la estrella y una vez abajo, empezamos a buscar un restaurante para cenar, al final decidimos volver hacia casa y si encontramos algo en el camino, paramos y entramos. Para ir más rápido preguntamos a unos españoles (hay que ver que pocos ves por estos sitios, je, je) a dónde podíamos ir. No supieron recomendarnos ningún restaurante en especial, lo único que nos aconsejaron fue que no fuéramos a un Burger King, que las hamburguesas eran aún más malas que en España. De todas formas lo que teníamos claro es que no íbamos a ir a ninguna hamburguesería tipo Mac o Burger. Después de unas risas con ellos nos vamos a Times Square a cenar a Friday’s, que era uno de los bares que nos habían recomendado, y entre que nos pillaba de camino y que teníamos hambre no nos paramos a buscar otra cosa.

Curioso lugar este Friday’s. Una decoración llena de barras y estrellas (que raro, no suelen verse por ahí), un tanto oscuro, y en el rellano de subida al piso de arriba han colgado una enorme cabeza de alce o ciervo, no se cual es. No recuerdo que cenamos, pero a Toñi no le sentó bien lo que tomó, tenía un sabor fuerte, con muchas especias. Nos soplaron 100 pavos.

Terminamos la cena y salimos hacia la casa, pero antes volvemos a pasar por la mayor zona publicitaria del mundo. Puede que me repita, pero es impresionante ver todos esos carteles-pantallas de grandísima calidad, te quedas embobado viendo la gran variedad de publicidad. Se puede comparar lo que hay con lo que había unos cuantos años antes. En el punto de información situada en la misma plaza está colocada una foto de la misma de finales del siglo XIX sin ningún cartel, las casas estaban tal cual como las construyeron, peladas, ¡se veían hasta las ventanas! Otra foto famosa en la que se puede comprobar lo pelados que estaban los edificios, es la del beso famoso que da un marinero americano a una mujer al enterarse que la segunda guerra mundial ha terminado.

A los que fuimos allí, el cartel publicitario que más nos impresionó fue uno que no está en Times Square propiamente dicho, está a unos 50 metros en la séptima avenida hacia el norte. Es uno patrocinado por M&M’s. No se, a lo mejor me equivoco, pero creo que podría medir unos 100 metros cuadrados y de tal calidad que daba la sensación que se iban a salir los caramelejos, sorprendente e impresionante (hay que ver como me repito).

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Dejamos atrás ese gran colorido y ya en la calle 46, nuestra calle, empezamos a notar el cansancio de tantas horas de pie o sentados en el avión, llevábamos unas 26 horas despiertos y una vez que nuestra mente empezó a descansar, nos pegó el bajón y solo deseábamos llegar a casa para coger el catre y descansar todo lo posible para estar bien al día siguiente, que también nos esperaba un día largo. Lo que no nos imaginábamos era lo que nos iba a pasar esa y un par de noches más, el jet-lag maldito.

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