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Posts Tagged ‘Toscana’

Antepenúltimo día de vacaciones.

Hoy toca un “road trip”. Hoy prácticamente (y sin la práctica) íbamos a estar todo el día por ahí. Primero veríamos Pisa, luego nos pasaríamos por San Gimignano, y finalmente acabaríamos en Siena hasta que se acabara el día.

Pero vayamos despacico. Un poco más temprano de lo habitual nos levantamos para así estar cuanto antes en Pisa. En realidad, más que en Pisa, íbamos a estar en la plaza del Duomo, nada más. Aproximadamente, sobre las diez aparcamos la flagoneta en una de las esquinas de la plaza de la catedral, más exactamente, en la puerta Nueva. Por suerte, a esta hora no había “mucha” gente, con lo que pudimos acercarnos sin problemas hacia las tres estructuras que conforman la plaza. El Baptisterio, la Catedral y el Campanario o Torre, como más la conocemos.

A mano derecha según nos acercábamos a la torre habían colocado unos “cuantos” puestecillos de baratijas varias, lo que servía de diablillo para las débiles mujeres (suena machista, pero es que fue así) que caían como moscas en sus stands.

Llegaba la hora de hacer la típica foto sujetando la torre para que no se caiga y así lo hicimos todos, no quedó ninguno del grupo que no se la hiciera. Nos acercábamos a la torre para verla más de cerca, aunque sabíamos que no podíamos subir porque se había cerrado por motivos de seguridad (justo un año después se volvió a abrir al público)

El conjunto románico es el más importante del mundo, o casi, por no hablar de absolutismo. En cambio, nadie conoce el lugar como el sitio de la catedral de Pisa, sino que se conoce por la inclinación de la torre, yo diría que ni siquiera debido a la torre, y si al hecho de que está inclinada. Seguro que si vas preguntando por ahí de qué estilo es la torre, el 90% (me incluyo) no sabría decirnos que es románica. Y si a esas mismas personas les preguntas que qué edificio está al lado, algunas te dirían “¿es que hay algún edificio al lado?” Pero así somos las personas, vamos a los lugares porque nos los recomiendan los amigos o los hemos visto en la tele o en libros, pero no nos preocupamos por saber algo más de esos lugares.

De la torre fuimos rodeando la catedral sin prestarle mucha atención (ya he dicho que fuimos a lo que fuimos porque somos lo que somos), y de ahí al baptisterio, situado frente a la fachada principal de la catedral. Aquí estuvimos un poco más de tiempo, pero solo por la sombra de la catedral que nos cobijaba de la solana que empezaba a caer.

Sobre las doce del mediodía estábamos otra vez metidos en la busoneta. Ahora tocaba ir hacia el interior de la Toscana, a ver el singular pueblecillo de San Gimignano y sus torres. Hasta llegar a nuestro destino pasearíamos por las colinas redondeadas, llenas de vides bañadas por el cálido sol, unidas a la tierra por sus centenarios troncos creciendo para convertirse en caldos exquisitos listos para degustar en una buena mesa acompañado de un buen queso curado y en compañía de buenos amigos con los que disfrutar de dichos manjares.

80 kilómetros y hora y media después, y tras esta palabrería melancólica, llegamos al pueblecito. Unos kilómetros antes de llegar se puede ver el skyline del pueblo con sus torres mirando al cielo. Una postal preciosa.

Una vez conseguido aparcamiento en las afueras del casco viejo nos dirigimos a otearlo. Con la tardanza del trayecto se nos hizo la hora de comer y conforme nos adentrábamos en el pueblo íbamos mirando donde zampar.

Entramos por la puerta de San Giovanni y empezamos a recorrer las medievales y peatonales callejuelas de San Gimignano. Ascendemos por la calle cuyo nombre coincide con el de la puerta que anteriormente hemos atravesado, paseando a través de heladerías, museos, hoteles y, sobre todo, tiendas de mercadería turística. A los pocos metros decidimos comer en el restaurante Bel Soggiorno, que pertenece al hotel del mismo nombre.

Tiene muy buena pinta y de precio anda bastante bien para lo que queremos gastarnos. Pero lo mejor está dentro. El local tiene unas vistas acojonantes, digo, alucinantes. El recinto es más o menos cuadrado y tiene una pared, de unos 15 metros de largo totalmente acristalada mirando a la campiña toscana. Aunque cuando entramos ya no tenemos sitio en el ventanal (una lastima), nos colocan en un lugar centrado y ligeramente elevado, con lo que también podemos disfrutar del campo a la vez que tragamos. De comer, más o menos, lo de siempre, los críos pasta y nosotros probamos alguna cosilla local, pero nada demasiado ostentoso ni nada de eso.

 

Bien alimentados y con el sol dándonos de lleno y por todos los lados comenzamos la visita al pueblo de las torres. La verdad es que me pesaban un poco los huesos (mentira, son los kilos, so gordo), una camica me vendría de cine para echar una siestecica. Como no podía ser, fui arrastrado los pies mientras nos movíamos cuesta arriba entre las casas hechas de sillería simulando otros tiempos anteriores hasta llegar a la primera plaza, la Piazza della Cisterna. Antes de llegar a ella ya pasamos por la primera de las torres, la de Cugnanesi (en castellano, del cuñao).

Antes de continuar voy a explicar eso de las torres, eso de que es la ciudad de las torres. San Gimignano es una ciudad medieval fortificada famosa por sus torres altas y finas como espaguetis, llegó a tener más de 70 torres. La construcción de éstas se debe a la competición de a ver quién la tenía más grande (la fortuna, mal pensados) de entre los ricachones del pueblo. El que tenía más dinero la tenía más grande (dime de que presumes y te diré de que careces) A lo mejor algunos querían sustituir algo que no tenían. Ya solo quedan unas 15 erectas y fuertes, el resto se han caído de viejas y ya no se levantarán más.

De la plaza della Cisterna pasamos a la del Duomo y/o Catedral, donde están situado el ayuntamiento y, por supuesto, la catedral y/o duomo. Allí el cansancio hizo que nos sentáramos en la escalinata. Mientras charlábamos de cosas banales, podíamos ver varias de las torres, la Grosa, la Rognosa (que sucia tiene que estar), otra pequeñita al lado de la Rognosa, y a la izquierda una doble. La plaza tiene un encanto encantador, la verdad es que todo el pueblo lo tiene. El haber mantenido ese aire medieval le hace un punto de referencia a la hora de visitar la zona, y al ser todo el centro del pueblo peatonal hace que el paseo por sus calles se haga más placentero.

 

Decidimos levantar el culo y nos metimos por un lateral de la catedral a la plaza Luigi Pecori para luego volver a la plaza principal. Ahí decidimos volver al coche para acercarnos a Siena. La verdad es que estuvimos poco tiempo en San Gimignano. Es una localidad que merece echarle más tiempo, pasear por cada rincón, subir a alguna torre (maldita sea la hora que no lo hicimos) para ver todo el paraje circundante, y sentarte a tomar un capuchino o helado en cualquiera de las terrazas diseminadas por sus calles. En otro viaje habrá que subir a una de las torres, como mínimo.

Al llegar a Siena el problema fue el aparcamiento más que otra cosa, tardamos un rato en encontrar un hueco grande para la fulgo. Eso si, cuando lo encontramos tocaba disfrutar de una ciudad pequeña, pero encantadora. La falta de tiempo, y el abotargamiento que llevábamos, hizo que estuviéramos más tiempo en la plaza del Campo, donde se celebra la famosa carrera de caballos, el Palio, que en otro lugar de la ciudad.

Sentados en una terracita, tomándonos unos heladitos y unos cafeses, pasamos el tiempo viendo la torre del palacio comunal de la ciudad, torre muy similar a la de la signoria de Florencia. La gente iba y venía por la plaza. Turistas o paisanos que descansaban en la plaza o que iban de un sitio a otro trabajando. Tras el descansito, me levanté y me moví por la plaza en forma de semicírculo o abanico para hacer foticos a todo lo que se movía o estuviera inerte. De un frente a otro, o de una parte a la de enfrente, de aquí a allí y de acá a allá. Principalmente le hice fotos a la cabeza que preside la plaza, el edificio comunal. A simple vista, si quitásemos la torre, parece un castillo con sus merlones en la parte superior para defender el edificio.

La torre es fina y alta (fue la más alta de Italia en la época en que se hizo, más que la de Florencia) y tiene el nombre de torre de Mangia. Lo curioso de su nombre es de donde viene, no se debe a ningún constructor o personalidad pública, sino a un guardian de la torre que tenía el apodo de “Mangiaguadagni”, que significa que gastaba todo su dinero en comida. Os podéis imaginar como estaba el colega.

Ya al final de la tarde nos acercamos a ver por fuera la catedral, que es muy parecida a todas las grandes iglesias de la zona de la Toscana, aunque esta es gótica, y no románica como la de Pisa. Paseamos por su plaza viendo su fachada (una verdadera joya) y su campanario (este si, con pegotes románicos) hasta que llegó la hora de empezar a recogernos.

Tranquilamente nos dirigimos a recoger el vehículo transportador. Antes de salir cenamos cualquier cosiña. Ya de noche cerrada, cerradísima, llegamos a nuestro hotel, y nos fuimos a la cama bastante cansados de estar todo el día por ahí aperreaos, como diría mi abuela. Mañana sería otro día.

Hasta pronto.

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Bonito día para ver Florencia y todo su arte (o el que pudiéramos) Hoy teníamos que estar a las diez en la iglesia de la Santa Croce, con lo que nos dimos un pequeño madrugón. Iba a ser el primer (y casi único) renacimiento que íbamos a ver por dentro y con un cierto detenimiento.

Para empezar es una basílica, no una iglesia, es de carácter menor, pero basílica al fin y al cabo. Es la basílica franciscana más grande del mundo y todo por el ego de los religiosos de aquella época. Los dominicos hicieron Santa María Novella y los franciscanos quisieron hacer otra iglesia, pero que fuera mayor que Santa María. Y el resultado fue la de Santa Croce.

Al final, la iglesia se fue convirtiendo en mausoleo, más que en una seo. Allí están enterrados, entre otros, Miguel Ángel y Galileo, o Dante Alighieri, Marconi y Maquiavelo. Por esto es conocido como el Panteón de las glorias italianas. Moviéndote por su interior te da la sensación que estás en un cementerio más que una iglesia de la cantidad de lápidas que hay en el suelo. Por lo menos, éstas tienen el escudo de las familias allí sepultadas. Visitamos también la cripta y salimos por el claustro de su convento a la plaza.

Cruzamos la plaza y salimos de ella por una de las calles que van al centro, y a través de ellas llegamos a la parte trasera de la catedral de Santa María del Fiore, al Duomo. Allí, Alejandro y yo fuimos los únicos que quisimos subir al Campanille (el campanario de la catedral). El Campanille es el típico campanario italiano, separado de la iglesia para evitar vibraciones en esta cuando sonaran las campanas. Nos pusimos en la pequeña cola, mientras que los demás pasarían el tiempo paseando, tomando un capuchino o sentados descansando. Tardamos en llegar arriba unos 20 minutos por las estrechas escaleras y porque, aunque no haya mucha gente, hay turistas subiendo y bajando continuamente y eso entorpece el tráfico.

Desde arriba obtienes una posición de privilegio para observar toda la ciudad de Florencia y sus monumentos, salvo desde la cúpula de la catedral que es 30 metros más alta. Mirases por donde mirases veías monumentos y las casas bajas con sus tejados naranjas. Echado un vistazo a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tocaba volver a reunirse con el resto de la tropa y dirigirnos a ver al David de Miguel Ángel. Así que cogimos la calle Ricasoli y apenas unos diez minutos después estábamos en la puerta de la Academia. Era la una de la tarde cuando entramos en la casa del David, que aunque te quedas maravillado con semejante escultura, el museo apenas son tres salas con distintas figuras acabadas e inacabadas de Miguel Ángel, con lo que dura menos la visita que un caramelo en la puerta de un colegio. Es un decir, estuvimos observando ese hercúleo cuerpo durante más de 45 minutos, nos aprendimos cada arruga de su body.

Nos fuimos a comer, que como en esta ciudad, y en el resto del viaje, no me acuerdo de dónde comimos. Cuando no te acuerdas es que no te ha llenado el lugar, con lo que no debía de ser bueno. Lo que pasa es que me hubiese gustado saber donde fuimos para así poner algo, ya sea bueno o malo. En fin, continuemos la visita. Salimos en dirección a la plaza del Duomo, a ver la catedral. Entramos con muchas ganas de ver ese gótico y ese renacimiento tan fantástico, y nos encontramos que estaba cerrada la mitad de la catedral, no se podía ver el altar ni la cúpula si no pagabas antes. No recuerdo (otra vez) cuánto había que pagar, el caso es que la gente no estaba muy dispuesta de pagar para verla, ni siquiera subir a la cúpula, así que estuvimos pululando por la mitad que si permitían ver hasta que decidimos salir a ver el Baptisterio de la plaza.

Nos encontramos cerrado el Baptisterio, pero si nos quedamos boquiabiertos con las puertas de bronce que tiene, una verdadera obra de arte de un tal Ghiberti. Entre el Baptisterio, el Campanille y la Catedral forman un conjunto artístico alucinante para todo aquel que goce del arte. No entiendo mucho de arte, pero paseando en los alrededores de la catedral solo puedes quedarte boquiabierto mirando estos edificios. La magnificencia, que cursi, bueno va, la grandeza de la cúpula no te deja inanimado, no puedes parar de verla, aunque no quieras, incluso cuando vas por las calles adyacentes no puedes dejar de mirarla.

Nos dirigimos a ver la iglesia de Santa Maria Novella, que apenas está a un escupitajo de donde nos encontrábamos. Es una basílica menor, al igual que la de la Santa Croce. Y como ya dije al principio, fue hecha por orden de los frailes Dominicos, y es del mismo estilo que las otras iglesias que vimos ese día. A esta si que no accedimos, seguramente después de ver la catedral, esta iglesia nos debió parecer poca cosa y ni siquiera intentamos pasar dentro. Pero al igual que la de la Santa Croce, Santa María Novella está en un entorno amplio lo que hace que destaque en la plaza por encima de otros edificios. Solo destacan dos obeliscos pequeños, uno más cercano a la iglesia y otro en el lado opuesto de la plaza.

Ahora nos tocaba la caminata más larga para ver un edificio o monumento, íbamos a ver el palacio Pitti. Para ello, aunque se puede ir por otro sitio, tendríamos que cruzar el Ponte Vecchio. No queríamos, pero no se que fuerza nos llevaba hacia el, y por más esfuerzos que hiciéramos para ir en otro sentido, no lo conseguimos y terminamos por rendirnos a la evidencia. La evidencia de que no queríamos perdernos, de nuevo, uno de los puentes más bonitos del mundo.

Es un puente, está claro, pero no lo parece desde fuera, parecen edificios que están encima del río más que un puente. En realidad, son locales comerciales, sobre todo, joyerías. Por suerte, es peatonal y puedes ir de allá para acá sin que te atropellen, aunque si te pueden pisar los numerosos transeúntes que atraviesan el puente. Además da lo mismo que vayas en verano (este viaje) como en invierno (uno que realicé hace nada), siempre hay mogollón de gente en el puente.

Pasamos despacico, oliendo todos los rincones, viendo todos los escaparates. Logramos cruzar y continuamos el camino hacia el palacio Pitti. Pocos metros más allá llegamos a nuestro siguiente destino, y nada más verlo me decepcionó. Solo vimos la fachada y, aunque muy grande, no me llamó la atención. Una fachada laaaarga, de ladrillo gordo visto (sillería creo que se llama), con una plaza amplia y limpia delante que no nos habló con la suficiente convicción como para entrar a ver su interior.

Poco tiempo perdimos delante del palacio, así que dimos media vuelta y volvimos sobre nuestros pasos hacia el ponte Vecchio. Rondarían las siete de la tarde y poco quedaba por ver. Una iglesia todavía debíamos ver, mejor dicho, una abadía, la de San Miniato al Monte. Para ello tuvimos que ir a coger el coche, ya que estaba en una colina al otro lado del río Arno.

Sobre las ocho llegamos a la escalinata que lleva a la abadía. Pensamos que solo la podríamos ver por fuera, pero, que va, a las ocho y poco todavía estaba abierta, por poco tiempo, pero pudimos entrar y verla un poco por encima. Es mucho más pequeña que las principales y más conocidas. San Miniato es románica, no renacentista como las otras, además una de las iglesias románicas más representativas de la Toscana.

El monasterio sigue congregando a monjes benedictinos, aunque hubo un periodo, allá por la edad media, que perteneció a la orden cluniacense. Su interior es parecido a la iglesia de San Lorenzo Extramuros de Roma, pues su interior tiene dos alturas, estando la cripta debajo de la planta superior.

Poquito tiempo estuvimos en la iglesia, ya que cerraban. Pero a partir de aquí tocaba ya descansar y disfrutar más del tiempo y de la ciudad, o de parte de ella. Solo quedaba bajar al mirador de Miguel Ángel, desde donde se ve toda la ciudad. Allí veríamos anochecer e iluminarse la capital de la Toscana. Nos hicimos unas fotillos, incluida una panorámica de la ciudad (encima de este párrafo)

Ya entrada la noche bajamos a cenar a cualquier sitio (más que nada porque no me acuerdo donde lo hicimos), y cansados de todo el día nos fuimos a sobar que al día siguiente nos tocaba visitar otras poblaciones cercanas, véase, Pisa, Siena y San Gimignano.

Hasta pronto.

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Bonito día para conducir y mover a toda la tropa a Florencia.

Una vez arreglados y echado un último vistazo al apartamento por si se nos olvidaba algo, cogimos las maletas y partimos hacia nuestro nuevo destino. Alguna lagrimita se nos escapó al mirar atrás. Habíamos pasado ocho días en la ciudad eterna y uno en Pompeya y sin embargo nos faltó tiempo para ver con más tranquilidad Roma, tal vez, un par de días más hubiese estado mejor para disfrutar totalmente de sus calles, y todo esto a pesar de los chiquillos porculeros.

El viaje a Florencia lo planteamos con tranquilidad, en lugar de coger la autopista y hacerlo de un tirón, que en poco más de un par de horas hubiésemos estado allí, decidimos ir por carreteras secundarias (aquí, en Italia, o hay autopistas de peaje o mierdas de carreteras secundarias, no hay un paso intermedio) y disfrutar de algún pueblecillo con encanto que haya por el camino.

Nuestro primer destino fue Bracciano y su castillo triangular. En una hora escasa estábamos a las puertas del castillo dispuestos a conquistarlo. Aparcamos justo a los pies de sus muros y esperamos a que se hiciera la hora de entrar, pues se entraba con guía y, por lo tanto, en grupo. El castillo es privado y de ahí esa exigencia, para tener controlado al personal y que no se desvíen por sus habitaciones libremente. Lo bueno, es que te van explicando su historia (si te enteras del idioma) Entre sus cosillas es la de poder hacer celebraciones de cualquier tipo, bodas, comuniones u otras. Destacan las celebraciones de boda de Tom Cruise y de Eros Ramazzotti, no entre ellos, sino la de ellos con sus respectivas parejas.

El castillo ha tenido varios nombres durante su larga vida. Uno el de Bracciano, lógico, ¿no?, todos dirían, “¿a dónde vas?” “a ver el castillo de Bracciano”, ya que está en esa localidad. Otro, el de Orsini, ya que en la edad media pertenecía a los Orsini. Allá por 1700 pasó a ser castillo de Odescalchi al pasar la propiedad a estos, los Odescalchi. De esta fecha hasta ahora, salvo un corto período de tiempo, sigue perteneciendo a esta familia de ricachones, aunque ahora al castillo (en algunas publicaciones) se le conoce como Orsini-Odescalchi.

El castillo merece la pena visitarlo, lo tienen muy bien conservado y da gusto pasear por sus salas y murallas. Encima está en una situación privilegiada. Como es normal en todos los castillos, está en alto, pero encima tiene unas vistas al lago de Bracciano acojonantes (alucinantes, flipantes), para quedarse allí toda la vida sin hacer nada que no sea disfrutar de las vistas. Por cierto, cambiando de tema, del lago salían uno o varios acueductos en la época romana para abastecer a la ciudad de Roma.

La visita duró una hora y media, más o menos, y sobre la una volvimos a partir hacia Florencia. Empezamos rodeando el lago, pegaditos a el, hasta coger otra carretera que nos llevara hacia nuestro destino en dirección a Viterbo. En esta ciudad no paramos y continuamos sin un rumbo en especial por esas carreteras inmundas, malas, estrechas, y con unos usuarios que no respetan las señales ni a los que circulan por ellas (la famosa fama de malos conductores que tienen los italianos) Sobre las dos dijimos de parar a comer y nos acercamos a Montefiascone. Sin querer paramos en la tratoria La Cavalla, donde comimos de lujo sin ser caro y encima con unas vistas al lago que tiene la ciudad a sus pies, el de Bolsena. Todo un acierto y un placer.

En la comida tomamos la decisión de coger la autopista porque sino no llegaríamos en la vida a nuestro destino. Apenas habíamos recorrido unos 130 kilométros y eran las cuatro de la tarde, y todavía nos quedaban 200 kilómetros más. Así pues, si no queríamos llegar muy de noche a Florencia debíamos dejar esas carreteruchas e ir más deprisa y más directos por la autopista. Y así fue, fuimos en dirección hacia la entrada de la autopista que hay en Orvieto. Por el camino paramos en un mirador desde donde se ve la ciudad y donde nos hicimos unas fotillos de recuerdo.

Desde aquí la ruta se volvió sosa de narices, rápida, pero sosa. Y sobre las siete y media, pizca más o menos, llegamos al hotel. Si, en Florencia no encontramos apartamento para los nueve, o yo no encontré, así que uno de mis cuñados nos recomendó el Gran Hotel Mediterráneo, y allí fuimos. El hotel de 4 estrellas tenía muy buena pinta, está situado a la orilla del Arno y pegado en un límite de la ciudad vieja, desde donde ya no se puede acceder con el coche, salvo que tengas permiso.

Nos aseamos, colocamos las cosas, los niños se volvieron locos corriendo por los pasillos del hotel, y a eso de las nueve nos fuimos en busca de papeo. Tu fíjate bien, recuerdo muy bien el hotel, pero para nada dónde puñetas cenamos esa noche. Seguro que fue pizza, pero no se donde. Estoy perdiendo la memoria.

Comenzamos a pasear (¿para que íbamos a correr?) por las callejuelas de la capital de la Toscana hasta encontrar un restaurante. Y tras cenar más de lo mismo. Hay momentos que no necesitas más en unas vacaciones, paseas, te mezclas con la gente local, no interactuas porque así somos nosotros de sosos, pero es una gozada ir sin ningún rumbo específico. Acabamos en la plaza donde está la logia del mercado nuevo o logia del porcellino, un techado sostenido por unas ventitantas columnas donde se colocan puestecillos de diversas mercancías para los turistas y en el que se encuentra un porcellino (o lechón o cochinillo, aunque en realidad es un jabalí adulto) de bronce que hace de fuente y que si le tocas el morro vuelves a Florencia, superchería que de un modo u otro hay en casi todas las ciudades. Y así ves a todos los turistas pasando la mano por el bicho como pardillos, yo incluido, como muestra la foto. En una de las esquinas de la plaza hay una heladería donde pedimos uno de los miles de cucuruchos que nos hemos ido tomando en este viaje. Buenísimo.

Era la hora de volver al hotel a descansar, no sin antes ir dando vueltecillas por esas calles (se estaba de gloria). Cogimos el catre con ganas y hasta el día siguiente.

Hasta pronto.

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Hoy iba a ser el último día en Roma, que no la última noche, pues al día siguiente, aunque dormiríamos en Roma, el día lo íbamos a pasar a 300 kilómetros de allí, en Pompeya.

Pero vamos a lo que vamos. Este día teníamos planeado visitar el puerto o ciudad de Ostia, pero como nos habíamos dejado algunas cosas sin ver los días anteriores, decidimos no movernos de la ciudad y visitar alguna cosilla local. Otra de las razones por la que no fuimos a Ostia fue que teníamos que recoger sobre la seis de la tarde la furgoneta que utilizaríamos hasta el final de las vacaciones italianas, con lo que sería un viaje muy corto.

Había varias cosas que podíamos ver, San Sebastián extramuros, las catacumbas, o las termas de Caracalla. Nos decidimos por esto último porque estaba más cerca que ningún otro lugar y, seguramente, porque al no ver las de Diocleciano hace unos días así veíamos lo que serían unas termas.

A todo esto no madrugamos prácticamente, fuimos sin ninguna prisa. Cuando llegamos a las puertas de las termas eran las 11,30 de la mañana, ya pegaba un buen solanero. Al llegar (una vez pagada la entrada correspondiente) nos encontramos con unas ruinas enormes, con unos muros gordísimos y altísimos, todo en ladrillo visto, pero que en su época estaría recubierto de paneles de mármol y esto haría que las termas fuesen majestuosas.

Al pasar vas caminando por tierra casi todo el trayecto, pero en su época estaba todo cubierto de mosaicos, de los cuales puedes observar algunos trozos apoyados en las paredes y se conservan algunas zonas en el suelo, que, por supuesto, no se pueden pisar.

Las termas las empezó a construir Settimio Severo, el mismo que el arco que hay en el Foro Romano, con su hijo Caracalla y solo para pasar a la historia, para que se les recordara (y vaya que nos acordamos de ellos) con esta macro construcción, al igual que hicieron Vespasiano con el Coliseo y Trajano con la Basílica Ulpia. Se dice que en las termas cabían 10.000 personas a la vez y eran tan grandes que estando lleno cada persona disponía de media de 10 metros cuadrados para cada uno. Eran tan fastuosas que allí no solo iban para quitarse la roña, sino que también para cerrar negocios y para otras ciertas cosillas. No seáis mal pensados, se leía y se hacían amistades.

En el recinto había hasta un estadio, además de bibliotecas y galerías de arte. Por desgracia, para los romanos, solo estuvieron en “pie” 300 años, hasta que los visigodos arramblaron con los acueductos que surtían de agua a las termas. A partir de aquí sufrieron saqueos continuos, como todas las ruinas romanas, y muchas de sus grandezas se encuentra esturreadas por toda Roma en distintas construcciones, ya sean grandes o caseras.

La visita es corta, apenas estuvimos poco más de una hora, ya que muchas zonas están cerradas o cortadas al público, aunque se ven salas a lo lejos. Está claro que para preservar la ruina, pero bien que podían abrir el sitio un poco más, pues se hace corto. Y encima, si no vas con una guía (de papel o humana) que te vaya explicando las distintas salas puede que el lugar no te parezca nada del otro mundo, a pesar de su grandeza.

Allá sobre la una de la tarde estábamos saliendo para ir de vuelta al Coliseo. Y antes de comer subimos para ver si podíamos ver (valga la repetición) la Domus Aurea, zona que fue donde vivió el loco de Nerón y que por el nombre os podéis imaginar como estaba hecha su casa, de oro. No toda la casa, pero si una gran parte estaba recubierta de este metal precioso. Por desgracia no pudimos ver nada más que algunas ruinas por fuera, pues la Domus estaba cerrada, se supone que por restauración. No se si lo comenté en el post de la visita al Coliseo, pero Nerón hizo inundar toda la zona en la que está el Coliseo para poder acceder a su casa en barco. Así de chulito era Nerón.

Más tarde, Trajano empezó a destruir sistemáticamente la casa y a taparla para construir sus termas, lo que hizo que se conservara “estupendamente” la Domus, que fue redescubierta en el renacimiento.

No recuerdo donde fuimos a comer, pero teniendo en cuenta donde estábamos y lo bien que comimos días atrás en el Squisito Cook, yo apostaría que volvimos a comer allí, enfrente del Coliseo.

Luego ya solo hicimos tiempo paseando por la zona del Coliseo y del arco de Constantino hasta que se hiciera la hora para ir a por el furgón. A las seis estábamos en la estación de Termini Juanpe, Alejandro y yo para retirar el vehículo que nos llevaría a Pompeya, Florencia y sus alrededores. Los demás creo que se fueron para casa. Aquí tengo un lapsus mental, pues no recuerdo eso, ni que cenamos, si fue cualquier cosa en el apartamento o cenamos en restaurante. Tengo que ir al médico a revisarme la chota para que me saque esos recuerdos.

Bueno hasta aquí mis vacaciones en Roma, pero esto no acaba, ya que la estancia en Italia continuó acercándonos a Pompeya y a la Toscana durante seis días más. Pero eso será en otros post.

Hasta pronto.

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